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Quinto obstáculo. Ālasya. Desánimo
También se convierte en un obstáculo la falta de entusiasmo. Uno puede tener todo a su favor: medios, conocimiento, personas que nos asesoran con su experiencia pero si falta el entusiasmo la mayor parte permanece en la superficie: algo aguada, sin sustancia ni vitalidad.
Cuando uno se resigna a una realidad dada, a lo que ya se ha conseguido y se deja llevar por la inercia pierde estabilidad en su camino. Es cierto que muchas veces aflora la fatiga tras un desmedido esfuerzo (pues no se han medido bien las fuerzas) y se tira la toalla en el primer round.
El entusiasmo es un pozo inagotable de energía, es una curiosidad sana por el florecimiento que conlleva una práctica, una disci plina. De alguna manera es ponerle un cachito de corazón a eso que uno quiere hacer, a su compromiso.
Sexto obstáculo. Avirati. Distracción
Habitualmente la distracción viene de la mano de la mente que cede a la información que nos traen los sentidos. Lo que vemos y oímos del mundo se vuelve tan poderoso que perdemos de vista nuestro rumbo. El mundo es tentador y nos propone infinidad de caminos cada uno más y más prometedor. Los sentidos son los medios de esta visión del mundo que nos puede transformar en personas cada vez más dependientes. También el mundo del Yoga puede ser, a su vez, tentador y crear dependencia.
En definitiva, la distracción es una debilidad por la que pasa todo individuo y en la que hay confusión, confusión entre lo circunstancial y lo esencial, entre el tener y el ser. Tanto el sexo como el dinero, la fama como el poder son difíciles de manejar y pueden acrecentar aún más nuestra distracción.
Cuando queremos ver sólo la parte placentera de la vida y caemos en un exceso de complacencia perdemos fuerza en nuestro camino. Por eso hemos de contemplar la dimensión creativa de nuestra vida que requiere de una dirección, pues en la mente dispersa, distraída o torpe no se enciende ninguna luz.
Séptimo obstáculo. Bhrānti-darshana. Visión errónea
A menudo, tenemos una falta de criterio para ser ecuánimes en nuestro verdadero progreso espiritual. Nuestra ilusión nos hace interpretar ciertos avances como culminación de un camino y algunos poderes como consagración de nuestro desarrollo espiritual. En general somos víctimas de un orgullo sutil difícil de desenmascarar. Creemos ver a Dios mismo cuando apenas hemos subido un par de peldaños en nuestra escalera de crecimiento personal. Es aquí donde se impone la humildad, una humildad que se gesta con la conciencia de la propia realidad, con la validación de las medidas de control que tiene todo linaje y con los resultados que encontramos en nuestro hacer.
Esta arrogancia y obstinación es una visión ciega sobre uno mismo y sobre el misterio de la vida que transitamos. Nos imaginamos en un pedestal cuando en realidad estamos atados a la noria del deseo persiguiendo una vulgar zanahoria.
Octavo obstáculo. Alabdha-bhūmikatva. Estancamiento
Es cierto que a veces echamos una mirada hacia atrás y vemos orgullosamente todo lo que hemos progresado, aunque también, cuando podemos mirar hacia delante, vemos todo lo que nos queda por progresar. Descorazonados por todo lo que aún nos falta, somos incapaces de dar un paso más y nos cuesta horrores caminar en el sendero marcado porque cada paso tiene el peso del tiempo, del tiempo futuro. Es precisamente el ego el que vive en ese tiempo lineal que va del pasado al futuro sin apenas detenerse en el presente, un tiempo que habla de causas y efectos. Y sin embargo, la vida nos enseña a no ofuscarnos en la rentabilidad, a percibir que cada momento es un fin en sí mismo, pues la meta no está en un futuro posible sino en el eterno presente.
Eso es precisamente lo que acaba por congelar los ánimos, no ver todavía tierra firme cuando estamos cansados de navegar. La falta de perseverancia nos bloquea cuando sentimos que no avanzamos, aunque internamente se esté cociendo un proceso fértil de crecimiento espiritual.
Noveno obstáculo. Anavasthitatva. Regresión
En este último obstáculo cabe el riesgo de echarlo todo a perder. Cuando todo lo anterior ha ido dejando poso y la motivación ha perdido consistencia, podemos sin darnos cuenta ir marcha atrás, entrar de pronto en una regresión y perder todo lo conquistado. El problema no está tanto en esos momentos (que los hay) en los que nos tomamos un respiro, nos damos un tiempo de asueto y logramos reflexionar sobre los pasos andados.
Este obstáculo es la falta total de confianza que nos hunde en un pozo oscuro del cual nos es cada vez más difícil salir. Sin confianza no hay apertura y sin apertura uno no ve más que su propia proyección, sus propios miedos.
Estrategias
A menudo la distancia más “corta” entre dos puntos no es la línea recta. En toda práctica hay que tener mano izquierda, hay que sortear las rocas más duras dando un pequeño o gran rodeo. Desde los pequeños retos a la evocación de la interioridad que produce nuestro espacio de práctica, desde la creatividad para renovar los ejercicios y evitar así el aburrimiento, hasta la plasmación en nuestra conciencia de los objetivos claros, todo ayuda a nuestro proceso en el Yoga.
Veamos algunas estrategias que pueden incidir en la práctica para hacerla más amena y efectiva.
Orientación de la práctica. Nuestra práctica puede estar basada en el aprendizaje de técnicas concretas para ampliar nuestro repertorio y poder así ajustarnos mejor a lo que necesitamos, o también podemos orientarla en nuestra mejora de la condición física, mental o espiritual.
Medios auxiliares. No tengamos vergüenza en utilizar sillas, cintas, bloques, mantas, pelotas, bastones o incluso la pared si con ellos podemos ajustar mejor los apoyos, las proyecciones, la intensidad o la regulación en cada una de las posturas que hacemos.
El entorno nos ayuda. Si el espacio donde practicamos está limpio y ordenado, ventilado y luminoso, cálido y silencioso y además prevenimos las interrupciones, seguramente nuestra concentración ganará en calidad. De todas maneras hemos de recordar que, incluso en las condiciones más adversas, somos capaces de centrarnos en una práctica si hay voluntad y entusiasmo. No se trata tampoco de renunciar a una práctica porque las condiciones no sean las más adecuadas. Tenemos que prestar atención a nuestro entorno de práctica, aunque tampoco es muy recomendable obsesionarnos con él, lo importante siempre es lo que ocurre en el interior de esa práctica.
Nada que demostrar. Aunque nuestra práctica sea personal y practiquemos en solitario, a menudo mantenemos una especie de juicio acerca de lo que podemos o no podemos hacer. Es el crítico que siempre se sienta en la primera fila de butacas. Pero ya hemos insinuado que el Yoga constituye una evolución interna e íntima que no es posible comparar con otras personas y otros procesos. Merece la pena, eso sí, ver los avances y las resistencias dentro de una misma práctica, no tanto para juzgarla como para ajustarla.
Evitación inconsciente. Cuando hacemos las primeras revisiones, nos damos cuenta de que, de forma inconsciente, evitamos ciertos ejercicios que nos ponen en aprietos o que nos recuerdan demasiado nuestros límites. Hay ejercicios que consideramos demasiado simples o demasiado complejos y que descartamos aunque podrían ser muy adecuados a nuestras necesidades. Practicar lo que no te implica ningún reto es una pérdida de tiempo. Hay que realizar lo que nos conviene aunque necesitemos tiempo y medios auxiliares.
Abordaje creativo. Los ingredientes que utilizamos en una cocina son limitados pero las posibilidades de combinación y de cocción son ciertamente ilimitados. Lo importante en nuestra práctica es tener claro los objetivos y los puntos donde tenemos que insistir. Ahora bien, los ejercicios y los protocolos de nuestra práctica pueden cambiar para hacerla menos monótona y más rica en matices.
Calidad de presencia. La práctica no se puede medir por el tiempo que marca el reloj. Una duración de dos horas puede resultar insustancial si no hemos indagado en profundidad, y en cambio quince minutos puede ser suficientes si hay una gran calidad de presencia.
Pequeños retos. Aquí reside la clave de una práctica inteligente: si nos dejamos llevar por nuestra ilusión plantearemos retos casi imposibles pero si gestionamos bien nuestros límites y nuestro esfuerzo podremos avanzar mucho aunque sea pasito a pasito. Como dice el refrán, hay que ir sin prisas y a la vez sin pausas.
Mente en el infinito. Es cierto que la práctica tiene que ser real, concreta, con unos objetivos claros, pero no podemos olvidar que el verdadero objetivo del Yoga tiene una profunda interiorización. Mientras practicamos tenemos que tener los pies en la tierra y también la mente en el infinito. Recordar esa unión con la totalidad es la base para que nuestra práctica sea sagrada.
Compartir la práctica. Es cierto que la práctica base es en solitario pues buscamos una interiorización a través de un ritmo muy personal, pero en determinadas épocas, sobretodo cuando nuestra voluntad flaquea es útil, y hasta agradable, quedar con alguien y compartir nuestra práctica. Uno puede supervisar y/o ayudar al otro en aquellos ejercicios que plantean una mayor dificultad.
Simplemente practicar. Leyendo todo lo anterior quizá se nos quitarían las ganas de arrancar una práctica, dada la complejidad del proceso, por la anticipación de los obstáculos o a causa de las numerosas herramientas o estrategias que tenemos que tener en cuenta. Es cierto que vale la pena practicar porque nos aporta salud, vigor, armonía y poder personal, pero incluso sin todo eso, tenemos una vía mucho más directa: simplemente practicar. Practicar porque sí, porque nos apetece, porque es el momento y basta.

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