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Fue entonces cuando millones de lágrimas comenzaron a derramarse mientras no paraba de repetirse que debía encontrar la fortaleza necesaria para sostener la cabeza de su maestro entre sus piernas, que se veían tan pequeñas en ese lugar infernal. Miró a su lado y encontró los anteojos, los guardó en el bolsillo y esperó rezando que alguien viniera a ayudarlos.
El tiempo sin tiempo rozaba su alma como una guillotina, hasta que unos brazos fuertes lo separaron del maestro y lo llevaron fuera del edificio. Voces que gritaban, sirenas que sonaban, manos que lo tocaban y revisaban.
Lo llevaron a algún lugar, se sentó en una silla, le sirvieron un refresco. Esperó y esperó, palpando cada tanto los lentes en su bolsillo. Los olores no eran los de su hogar, pero parecían similares, estaba en una casa que no era la suya… no tenía intención de buscar más información.
Su infancia aturdida se sobresaltó al percibir una brisa fresca, que le rozó la cara como una navaja. La voz que se escuchaba, angustiada y resuelta a todo, desde el pasillo de la casa que no era la suya le cortó la piel del alma cuando gritó su nombre.
Giró la cabeza embotada de incendio y dolor. En ese instante sintió el cruce magnético de aquellos ojos color del tiempo con los suyos. El túnel invisible que lo llevaba a esos brazos, a esas manos expertas que lo colocaban en la ruta fabulosa de lo conocido y amado se había hecho presente.
¡Mamá lo había encontrado!
Capítulo 2
La queja
Una vez llegada la desgracia,
de nada sirve quejarse.
—Esopo (S. VII aC-S. VII aC)
Fabulista griego.
La hendidura, mi niña, el bicho y yo
Llueve, un insecto desafina su canto. Bendición que limpia, humedad que nutre mi profundo ser de marioneta.
El pobre bicho pretende hacer un ostinato que enriquezca el concierto de gotas; ojalá logre acompañar a la lluvia y componer una copla que no suene a quejas.
Me pregunto si los bichos tienen nombre. No logro entender por qué el alboroto. Tal vez, cuando consiga lo que quiere deje de quejarse, apague el motor que lo mantiene y me permita bucear en mis adentros…
La ventana a medio abrir nos separa a él y a mí, por suerte.
¡Sé que escucha el sonido del teclado que acompaña mi viaje en estos tiempos! Tal vez, para él sea tan monótono el golpe de mis dedos como para mí su compañía.
Así, sin propuesta previa, se ha creado este tintineo, mezcla torpe de felicidad y angustia, que moverá el mecanismo que germina en esta tarde sin montañas ni río…
A pesar de todo, busco sin treguas la paz que tanto ansío. Pero allí, detrás del canto desafinado, está ella, pequeña y aturdida…
Quiero rescatarla y ofrecerle el mundo, quiero abrazarla y deshacer sus miedos; pero el bicho tenaz, allá afuera, entre las plantas, se ocupa de mantener mis nervios en la cornisa. Mis ansias locas esperan que su grito de barítono en desgracia calle de una vez.
Anhelo desde hace tiempo conocer a la pequeña que, encarcelada detrás de la puerta que nos separa, me persigue con sus ojos de niña.
Hasta ahora, no he podido.
Ahí está. Saca su manito por una rendija, la sacude con los pocos movimientos que le deja la abertura alargada y estrecha. Sus ojos de nena me imploran que elimine la hendija y la libere pronto.
¡Hoy más que nunca, mi pequeña, el bicho y yo en infinita queja!
La lluvia se dispersa, el bicho calla al mandato de quien sabe qué patrón de pacotilla. Por la hendidura de la odiosa puerta, ella estira su manito para tocar la mía.
Decido estrechar, por fin, sus dedos regordetes. Empujar la gruesa y oscura lámina que nos separa con un valor germinado en tantos años sin ella; es en esta tarde, de bichos y de quejas, una de mis más dignas batallas.
Al apreciar la tibieza infantil de su sabiduría, mi alma se funde con su cuerpo pequeño. La puerta se rompe como un terrón de azúcar en el chocolate caliente.
El apretón nos mantiene para siempre juntas, libres y en paz.
La hendidura, por donde su carita buscaba mi abrazo, se queda en el tiempo de las fotos viejas; esas fotos viejas que, en un futuro desconocido, alguien destruirá.

Una noche de abril
Esta es una de tantas noches en mi vida, de más está decirles que será la última.
La contemplo en silencio, sus movimientos se han vuelto partes de mi rutina. Espero a cada uno de ellos con ansiedad y expectativa. Cada noche, llega a la habitación y busca el interruptor que está entre el marco de la puerta y la biblioteca, embutido en la pared. Le molesta la luz que cuelga del techo, lo sé. Una vez que el espacio es visible, enciende la lámpara que está sobre el viejo escritorio, acomoda los papeles y objetos que acumula a diario mientras observa sus manos una y otra vez.
Me pregunto si el barniz con el que pinta sus uñas se le habrá vuelto a correr, porque nunca espera a que se seque completamente cuando decide arreglarlas. El líquido cremoso se transforma en una masa brillante que la fastidia porque se corre y muy rara vez la pintura queda pareja. ¡Me encantaría interpretar sus pensamientos cuando emplea tiempo indefinido en la observación de cada dedo!
Mi instinto me dice que esta noche es especial, y vaya si lo es. No quiero preocuparme ni lidiar con quejas que solamente me traen cambios de humor. La verdad es que, hasta ahora, he podido moverme a voluntad.
Esta mujer siempre está tan concentrada en sus dedos, en sus escritos y en las luces que no me tiene en cuenta, no es novedad en lo absoluto.
¡Un momento!
Sus manos recorren el teclado con ese sonido característico que me tiene embrujada. ¡Ahora sí ha comenzado mi velada!
Esta noche no ha cruzado las piernas sobre el sillón de cuero, como es su costumbre. Lleva el cabello suelto, atrevidamente revuelto, debo decir que no le queda nada mal.
La lámpara del escritorio se entrega a los golpeteos de sus dedos sobre el pobre teclado. Espero que sea el final de ciclo luminoso de la lamparita que tanto me perturba. No puedo leer lo que escribe porque las intermitencias de su luz son insoportables. Ella parece no percibir el temblor radiante que reina en la habitación y sigue con el acompasado movimiento de parir letras sobre la pantalla. El embrujo corre por todo mi cuerpo de tal manera que logra borrar todos mis lamentos en contra de la lámpara, los dedos, el barniz, las uñas y la luz mortecina.
¡Ah, la pequeña luz ha decidido dejar de parpadear!
Esta es la oportunidad perfecta para acortar distancia y leer de qué trata el escrito de esta noche.
¡Necesito saber cómo continúa la historia! Es ahora o nunca.
La luz es constante por primera vez en mucho tiempo. Soy muy afortunada porque la naturaleza me ha dotado de movimientos silenciosos y ella no escucha cuando me traslado de un rincón a otro.
Puedo distinguir, con esfuerzo, el inicio de las oraciones que escribe, no así los finales que, generalmente, intuyo.
Habrán notado que tengo algunos problemas con la visión; nadie es perfecto y he pasado casi toda mi vida rezongando por mi disminución visual, pero hoy me doy cuenta de que no ha sido tan terrible ver un poco menos que otros.
Se recuesta sobre el respaldo de cuero oscuro, piensa, se mira las manos, cruza los dedos y resuelve si va a limar el índice o el mayor con la pequeña lima de vidrio que le trajeron de Viena.
¡Este es el momento justo para leer lo que escribe!
Para que se entienda mi relato, quiero contarles que lo que escribe mi observada señora, es una historia de amor que –como toda historia romántica– está llena de encuentros, desencuentros y dos quejosos que no paran de discutir.
Resumo lo que ha pasado hasta ahora:
La pareja lucha por emerger de costumbres familiares que arrastran en la biografía natural desde hace siglos. Pertenecen a distintos clanes o etnias. El amor los une desde que se conocieron. El modernismo, y lo atrevido de la personalidad de la mujer, los hace huir del pueblo en donde viven sus familias y amigos para poder estar juntos. En algún lugar distante, apartados lo más que puedan de tantas viejas tradiciones.
Les digo que hace tiempo que escribe sobre esta trama, que gira entre amores, peleas, enfermedad y reencuentro. Esta noche algo diferente brota de su creación y por ninguna razón voy a perderme un capítulo de la historia.
Los amantes están juntos en un entorno de montañas; él ha decidido rebelarse, por fin, a los mandatos familiares y ella se entrega al amor sin condiciones…
Veo algunos párrafos borrosos, pero la historia me cautiva de tal manera que adivino las palabras que no alcanzo a leer. La pequeña luz no parpadea, podré seguir el golpeteo del teclado hasta el fin de este capítulo.
¡Estoy feliz!
Es de día en la narración. Tiempos de lluvia, la protagonista grita…
El eco de sus lamentos choca con las paredes del cuarto de hospital, está rodeada de médicos y asistentes; él se ha desmayado, pero nadie puede atenderlo porque la mujer se retuerce en la cama. Ella es la prioridad de los que la asisten, médicos y enfermeras con barbijos y guantes.
¡Ah, mis ojos…! ¡Qué difícil me resulta enfocar! Me acerco un poco más, tanta incertidumbre provoca en mí un nerviosismo incontenible. Ahora sí, solo me queda orientar la visión y esperar a que se disipe la niebla de mi vista para poder continuar la lectura.
Los médicos gritan: «Ya viene, tengo su cabecita entre mis manos». La mujer, en la camilla de parto, jadea su último esfuerzo perfeccionado por el nacimiento de una hermosa niña de cabellos pegados a su cráneo. La pequeñita grita y se contorsiona sin poder adaptarse al nuevo ambiente sin líquido amniótico ni cordón que resuelva sus apetencias…
¡Otra vez la lámpara parpadea! No lo puedo creer. ¿Cuándo piensa cambiar la lamparita del maldito cacharro luminoso?
¡No es la lámpara esta vez!
¡Es mi tela que cede, me acerqué demasiado sin calcular el peso que he ganado en estos tiempos! ¡Se está deshilachando la trama del tejido, el hilo que sujeta mi cuerpo se deshace!
¡Caigo a la velocidad del rayo!
¡Ella grita!
¡El sillón de cuero gira sobre sí mismo!
La luz se apaga para siempre cuando un objeto desconocido y pesado cae sobre mí y termina con la vida de araña que me tocó en suerte…
¡Qué pena… ser una araña y morir el mismo día de abril en que nació la beba de la historia!
¿Volverá?
La foto nos muestra a los dos: rubios, pequeños y tristes. Intento apoyar el codo sobre el pasto y descansar; posición que no me deja ver el cielo, aunque me da comodidad para observar el horizonte. Mi hermano, siempre pegado a mi cuerpo, insiste en meterse debajo de mi panza, pero he desarrollado una nueva teoría que se llama “crear un muro”; no me sale tan mal. Por suerte la fotografía es en blanco y negro, no se distingue con claridad que el color original de nuestros ojos es muy claro, demasiado claro para mi gusto.
¿Cómo no lo entendí antes?
Los mayores prometen un par de cosas y, como somos niños, debemos creerles y no quejarnos porque somos niños.
¿Creer…?
Si me esfuerzo un poco más, tal vez llegue a distinguir algo en esa inmensidad que es el mar, pero… ¿si con tanto esfuerzo mis brazos se duermen, si mi panza ya no quiere quedarse tranquila y aparece el dolor del hambre?
No importa, voy a resistir; tengo que hacerlo y dejar de quejarme.
Qué suerte que está mi hermanito cerca. Espero que se quede en su lugar, no podría soportar el roce de su piel; es tan pequeño, no entiendo por qué insiste en hacer lo mismo que yo. A veces no sé si piensa o usa mis ideas para hacerlas propias.
Creo que voy a suspender el proyecto muro en unos minutos más.
No voy a girar mi cabeza, no voy a mirarlo; no obstante, apuesto a que está en la misma posición que yo. Somos parecidos, pero no iguales, él es tierno y yo siempre estoy enojada.
¿Qué me importa?
Papá dijo que volvería. Los grandes no cumplen su palabra, el tiempo pasa, los inviernos se van y dan paso a este sol que quema. No hago otra cosa más que buscar en el horizonte y él no regresa a casa.
Tal vez se olvidó de nosotros, tal vez no se acuerda de mí o quizás olvidó mi nombre, ¿sabrá que lo espero? ¿Sabrá que no podemos hacer lo que hacen los demás niños porque él no está?
¿Cuándo aprenderemos a nadar? Sin padre no podemos entrar al mar.
¿Y si no viene? ¿qué vamos a hacer?
¿Este niño seguirá copiando todo lo que yo hago o alguna vez tendrá una idea propia?
El proyecto muro será demolido si papá no regresa, alguien tiene que cuidar de mi hermanito. Tal vez sea tiempo de eliminar también mis quejas y dejar de mirar el horizonte…
¿Volverá?

Ese raro color de cabello
El viaje en tren fue más corto de lo que Rufo había imaginado. Para él todos los sitios eran iguales, los paisajes no lo conmovían y los viajes no le gustaban.
Rufo había perdido a su madre hacía un tiempo ya. Nadie le contó cómo fue que murió, sabía que algo tremendo le había pasado cuando viajaba en auto con su papá, rumbo a San Luis. Desde entonces a Rufo no le gustaba viajar. Su padre lo trataba de quejoso, motivo que lo hacía reprimir toda conversación posible con el único familiar que le quedaba al niño, que era su padre. Cuando subieron al tren supo, con solo ver la actitud del hombre, que no habría conversación posible, ni roce de cuerpos, ni caricias, ni nada.
Al llegar a destino, un alivio inesperado se apoderó de él y amortiguó la tristeza que le provocaba la distancia que imponía su padre. Rufo pensaba que había una razón secreta que hacía que el hombre no se le acercara. Estaba convencido de que era ese color de cabello rojo y estridente. Además, su nombre significaba pelirrojo o rojizo, según recordaba que le había contado la mamá en alguna de aquellas charlas de cocina y guisos, tan lejanas ahora.
Cuando el tren se detuvo sintió un pellizco en el brazo y la voz del padre, que le decía:
—¡Llegamos a Córdoba!
Bien recordaría aquel día el resto de su vida. Algo inesperado sucedió después. Papá lo tomó de la mano con fuerza, sin soltarlo siquiera dentro del coche que los condujo al destino que le cambiaría la vida para siempre. El conductor del auto no paraba de hablar ni un instante. Sus dedos empezaban a dormirse por la fuerte presión de la mano del padre, que miraba el paisaje por la ventanilla; le daba la sensación de que estaba perdido o desorientado porque no despegaba la nariz del vidrio.
El vehículo comandado por el parlanchín chofer comenzó a trepar por un camino terrible de curvas y contracurvas. El pequeño colorado pudo dominar el estómago de milagro.
El auto se detuvo en un paraje lleno de pinos. La puerta se abrió y la mano del niño, la que hasta aquel momento se mantenía libre sobre sus piernitas, fue agarrada por una fuerza desconocida. Lo raro fue que el papá lo permitió, le soltó la otra mano que, a esas alturas, estaba agarrotada por la presión. Sin decir palabra alguna lo desenganchó.
La mujer que lo sujetaba lo llevaba casi a la rastra por el sendero de lajas. Apenas pudo Rufo observar la partida del taxi con su padre dentro. La valija con sus pocas cosas de niño se había quedado sola debajo del arco de entrada de aquel lugar enorme. ¡Tan sola como su propio ser!
La señora que sostenía con rudeza el brazo del niño parecía no darse cuenta de que no era un brazo extensible, porque lo llevaba a los tirones. Cuando detuvo la marcha, se presentó como la Señora Directora y sin ninguna contemplación lo llevó del mismo modo por pasillos y puertas demasiado altas para observarlas.
Interrumpió la caminata al llegar a un gran salón lleno de camas superpuestas. Le indicó una cama con el número nueve, sin mirarlo a los ojos, mientras el niño sostenía su abrigo gris, el saco de felpa destinado a los domingos o festivos que le había hecho su difunta madre. La directora le informó que la cama nueve sería desde ese momento la suya. Debería desarmarla para dormir y volverla a tender por las mañanas, le explicó. El niño contenía el llanto lo más que podía porque un par de muchachos estaban detrás de una puerta observándolo y, seguramente, se burlarían de su color de cabello. El olor de las mantas era horrible, la almohada que mamá le había hecho no estaba ahí.
Papá lo había abandonado…
Pronto llegó la noche y lo llevaron junto a los demás rumbo a un gran comedor. Le sirvieron un plato de comida que no supo que era, pero el hambre y el susto pudieron más, y Rufo comió. Al sonar una campana, todos doblaron las servilletas y las pusieron sobre la mesa. La directora ordenó el retiro a los dormitorios, allá fue nuestro pequeño pelirrojo sin entender nada de nada. Totalmente convencido de que todo esto le pasaba por su color de cabello.
Un hombre, que se hizo llamar “señor celador”, les ordenó el ritual previo a meterse en las camas y así lo hicieron todos a la vez.
El llanto brotaba sin control dentro de la trinchera que formaron las sábanas, que olían a miedo, en la cama nueve del salón dormitorio. Hasta que escuchó una voz desde el lecho de arriba que le decía:
—No llores, colorado, mañana será igual y pasado también. Lo mejor es dormirse porque si te escuchan llorar serás castigado.
—Es que no sé dónde estoy —rebatió el pequeño sin aliento.
Desde una cucheta lejana a la nueve, otro chico contestó su interrogante:
—Estás en algún lugar de las sierras de Córdoba; un internado en donde nos dejan porque somos huérfanos… lo primero que tenés que aprender es a “no quejarte”.
Aquella noche se durmió con al menos una pregunta respondida.
Al día siguiente, comenzó un nuevo ritual que con el tiempo se le hizo costumbre. Lo que nunca pudo entender fue el nombre del lugar: “Hogar Escuela…”.
El hogar era otra cosa, estaba seguro.
A pesar de lo raro del color de su cabello, Rufo se hizo un hombre de bien. Formó un hogar de verdad, lejos de las serranías y de los abandonos. Un hogar en donde aprendió a criar y amar a sus hijos.
Cierta mañana, cuando las canas ya habían coronado parte de su cabeza, y las sierras habían quedado muy lejos, conducía su taxi en busca de un cliente, como todos los días, en la ciudad de la furia. En plena Avenida de Mayo, subió a una pasajera con tonada cordobesa que le ponderó ese raro color de cabello. Rufo la observó por el espejo retrovisor y decidió contarle su historia en “El Hogar Escuela de Córdoba”.
Fue entonces cuando el taxista colorado le pidió a la escritora que escribiera su historia, que cuento hoy.
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