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SENDEROS TRAS LA NIEBLA
José Piqueras
SENDEROS TRAS LA NIEBLA

Bohodón Ediciones
Senderos tras la niebla
Primera edición: septiembre de 2021
© De la obra: José Antonio Piqueras Román
© Bohodón EdicionesTM S.L.
www.bohodon.es
Sector Oficios Nº 7
28760, Tres Cantos (Madrid)
e-mail: ediciones@bohodon.es
ISBN-13: 978-84-18633-34-8
ISBN-E-Book: 978-84-18633-35-5
Depósito legal: M-21441-2021
Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A mi hija Celia.
Cuando abriste los ojos en este mundo,
llenaste de luz el mío.
III PREMIO DE NOVELA BLACK MOUNTAIN
BOSSÒST 2021
Reunido el jurado formado por Fernando Martínez Laínez, escritor; Gustavo Abrevaya, escritor; Pedro Moret, escritor; y Marisa Carbajo, en representación de Bohodón Ediciones, el 25 de mayo de 2021, acuerdan premiar la novela presentada a concurso con el título Senderos tras la niebla, cuyo autor es José Piqueras.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado
Proverbios y cantares (XXIX)
Campos de Castilla
Noche del 21 de diciembre de 2017
Provincia de Granada, alrededores de Güéjar Sierra
―¡Voy a disparar, Morrison! ―grité angustiado a mi compañero―. ¡Le juro por mi vida que si no frena ya voy a freír a tiros a ese maldito brujo!
Tragué saliva para intentar convencerme de que tenía que hacerlo si quería evitar que aquello acabase en una nueva tragedia.
El conductor del vehículo que teníamos delante pareció oírme, porque, de repente, aceleró aún más, levantando tras de sí una enorme nube de polvo.
―Pise a fondo. ¡Joder, se nos va! ―vociferé.
Morrison dio un fuerte apretón al pedal de gas, procurando guardar cierta distancia con el Seat León negro al que perseguíamos desde hacía escasos minutos. Tenía la mirada fija en la carretera, intentando no perder de vista el otro coche ni dar un mal paso ante la cantidad de baches y cruces que conformaban el terregoso camino.
Si algo había aprendido a lo largo de mi existencia era que finalmente las hostias me las solía llevar, pero al menos era cierto que yo era de esas personas que también las veía venir. Lo de esquivarlas ya era otra cosa. Y desde el instante en que lo vi salir a toda prisa de ese apartamento, supe que esa noche la cosa no podía acabar bien.
Accioné con decisión el interruptor del elevalunas, saqué la cabeza por la ventanilla del copiloto y quité el seguro de mi reglamentaria, dispuesto a abrir fuego a la primera oportunidad. La oscuridad de la noche, mezclada con la gravilla y el denso humo negro que nos salpicaba desde el vehículo al que pretendíamos dar caza, apenas me permitía ver con un mínimo de claridad, por lo que, prácticamente cegado, intenté apuntar a la rueda trasera derecha. Solo tenía un objetivo en mente: detener ese coche como fuera.
―¡Va hacia el pantano! ¡Ese lunático se va a lanzar al agua! ―exclamé aterrado, al ver que tomaba el cruce que llevaba directo al embalse.
Apenas cien metros nos separaban de la inmensa presa de agua. A esa velocidad eran muy pocos segundos los que nos quedaban, así que, sin pensarlo más, intenté mantener el pulso lo más firme posible y disparé. ¡Pum! Un sonido ensordecedor se mezcló con el de los motores de nuestros vehículos en marcha, y sin darme tiempo a comprobar el resultado, repetí el gesto dos veces más. ¡Pum! ¡Pum!
De forma instantánea, pude vislumbrar cómo la luna trasera estallaba en mil pedazos, pero el coche no se detuvo.
―Jefe, ese tío va directo al risco, tengo que frenar ―dijo Morrison.
Ahí fue cuando lo vi venir.
―¡La curva, Morrison, gire a la derecha! ―clamé mientras volvía a meter apresuradamente la cabeza en el interior del habitáculo.
Morrison dio un fuerte volantazo y las ruedas traseras de nuestro coche derraparon, haciendo que el vehículo girase sobre sí mismo y se estampase por el lado del piloto con el quitamiedos. El impacto fue bestial. Aún sueño a veces con ese efímero instante en medio de aquella fría y aciaga noche. Siempre que lo hago me despierto de golpe y de la misma manera: aturdido, empapado en sudor y con el eco constante de ese enorme estallido resonando en mi cabeza una y otra vez.
Apenas medio segundo antes, tuve el tiempo justo para llegar a ver cómo el Seat León, sin intención alguna de parar, se despeñaba desde varios metros de altura hacia el agua. Después oí un fuerte golpe.
Y luego, la oscuridad total.
1
Tres meses antes
El hombre caminó lentamente hacia el escarpado barranco. Un sudor frío le recorrió las mejillas sin que la suave brisa mañanera pudiera hacer nada por impedirlo. Fue a pocos pasos del borde cuando supo que ellos también estaban allí.
Se preguntó cómo pudo haberlo hecho, cómo pudo haber escapado. Tembló al adivinar que en ese preciso instante lo observaban desde la distancia, al acecho, esperando un movimiento en falso para darse el gusto de acabar la tarea por sí mismos. Notaba cómo los oscuros y acuosos ojos de ella, enmarcados por profundas arrugas, se le clavaban en la nuca, arrastrándolo hacia un destino del que ya no podía escapar.
Dio un par de pasos más y, una vez en el filo, se sintió tentado de mirar atrás una última vez. Había imaginado con anterioridad esa escena muchas veces, por lo que, antes de dar el último paso, tenía que cerciorarse de que todo se mostraba tal y como suponía. Entonces la vio. Vestida totalmente de negro, sus largas canas bañadas por la fría claridad del amanecer se mecían al viento. Su enorme boca mostraba una maquiavélica sonrisa. Se sorprendió al descubrir un arma de fuego en su mano derecha, aunque no lo apuntaba con ella. Ambos sabían que no haría falta llegar a ese punto.
El hombre tragó saliva con aquella macabra imagen clavada en su retina y volvió la vista hacia el precipicio. De pronto, un grito desgarrador, de esos que se guardan para siempre en la memoria, irrumpió a sus espaldas. Al poco, vino otro aullido. Y luego otro, resonando cada vez más cerca.
La estampa que acababa de entrever junto con aquellos sórdidos alaridos nubló lo poco que restaba de sus sentidos. Un inmenso pánico se apoderó de él. Tomó una última bocanada de aire.
Entonces saltó.
2
El subinspector Morrison se acercó un poco más y asomó la cabeza por el precipicio.
―¿Y dice usted que vio el coche aparcado justo ahí? ―preguntó, señalando unos metros a su derecha.
La mujer asintió de forma solemne sin soltar palabra alguna. Yo me limitaba a observar a Morrison, intrigado por ver hasta dónde era capaz de llegar esta vez sin meter la pata.
―¿Podría usted decirme a qué hora fue aproximadamente eso? ―inquirió nuevamente.
―Serían sobre las seis y media de la mañana. Tal vez un poco más tarde. Suelo ir cada día a esa hora a la cuadra a dar de comer a los caballos.
―¿Es usted quien da de comer a los caballos?
―¿Quién si no? ―repuso a su vez ella, más sorprendida que ofendida ante la cuestión.
Ahí estaba. Demasiado tardaba ya. Me di la vuelta y solté una risilla para mis adentros. El subinspector Morrison siempre se apuntaba un tanto en su peculiar cuenta personal de meteduras de pata cuando tenía que realizar cualquier tipo de entrevista o interrogatorio. De ascendencia canadiense por parte de padre y española por el lado materno, Jorge Morrison no era ni mucho menos un mal policía; más bien, todo lo contrario: tenía un olfato incuestionable y una dilatada carrera aderezada con muchos más éxitos que fracasos, pero, a pesar de ello, había ciertas situaciones sociales que no terminaba de manejar bien. Probablemente, ese había sido el principal motivo por el que no había ascendido como se merecía, teniendo en cuenta sus muchas otras virtudes como agente. Con el bloc de notas en una mano y un desgastado bolígrafo entre los dedos de la otra, me vi obligado, finalmente, a intervenir y echar un cable a mi colaborador.
―Disculpe, señora ―intercedí, mirando de reojo al subinspector―, nos ha dicho que se trataba de un Citroën Berlingo, un Peugeot Partner o un vehículo similar, pero no nos ha indicado el color.
―Blanco ―respondió con desgana.
―¿Está segura?
―Sí.
―Eso nos lo pondrá difícil. La mayoría de los autónomos de la zona estilan un coche parecido y por aquí no se suele salir del blanco o el gris. ¿Qué coche tiene usted, por cierto?
―Yo… también tengo un Peugeot Partner ―respondió, algo desconcertada.
―Déjeme adivinar, ¿blanco? ―pregunté, malicioso, sabiendo de antemano la respuesta. Había visto aparcado un vehículo de esas características en el porche del caserío que suponía era el suyo, el más cercano de todos, asentado justamente al fondo de la explanada que se extendía ante nosotros y cubierto parcialmente por un espeso pinar.
La mujer asintió con gesto indiferente una vez más. Se palpaba en el aire que no estaba para jugar a las adivinanzas. Viendo el panorama, me volví de espaldas para echar una última ojeada al terreno, con la esperanza de que, en ese pequeño intervalo de tiempo, ella hiciera nuevamente memoria y, con suerte, nos pudiese aportar algún otro dato de interés.
Me agaché y palpé la superficie. A pesar de que estaba siendo un inicio de otoño sin apenas lluvias, la composición de aquel suelo lo hacía propenso a registrar las huellas, y, en esta ocasión, había multitud de señales de neumáticos y pisadas humanas por los alrededores. Con todo, eso entraba dentro de una perfecta normalidad; al fin y al cabo, desde aquel punto se obtenía una panorámica perfecta del valle y los pueblos que lo guardaban. Se decía que, en días despejados, hasta se podía llegar a distinguir la ciudad de Granada desde allí.
Levanté de nuevo la vista y volví a enfrentar la mirada con la de aquella testigo, incómoda a todas luces con la posibilidad de que una situación tan desagradable hubiese podido ocurrir tan cerca de su vivienda.
―¿No vio nada más? ¿Quién conducía? ¿Algo particularmente extraño durante las horas inmediatamente anteriores o posteriores? ―insistí.
―No. Cuando pasé de vuelta, no más de cinco minutos después, el coche ya no estaba. Es todo lo que puedo decirles ―respondió, nuevamente con un deje de resignación, pasándose una mano por el oscuro y ondulado cabello.
―Bien, muchas gracias por su colaboración, señora. Ya puede marcharse. Subinspector, si es tan amable, proceda con las fotografías ―añadí, dirigiéndome a Morrison―. Yo lo esperaré en el coche.
La mujer pareció ligeramente sorprendida al cerciorarse de que era yo quien daba las órdenes y no al revés, pero tampoco me extrañó el hecho; era algo que pasaba con relativa frecuencia. Muchas veces solía dejar al bueno de Morrison, un tiparraco de casi dos metros de altura, de espeso bigote entrecano y algo barrigudo, hacer todo el trabajo de campo, incluidas las preguntas a testigos y sospechosos cuando se terciaba. Y, claro, la gente terminaba creyendo que era él quien dirigía el operativo. No puedo culpar a nadie, dado que no suele ser habitual ver a un inspector tan joven, y mucho menos dando instrucciones a un compañero con veintitantos años más.
La mujer se repuso rápidamente, se ajustó bien la chaqueta y volvió caminando a paso ligero en dirección a su caserío, erigido sobre una verde y bonita planicie, entre un denso mar de pinos que se extendía mucho más allá de los bordes de las innumerables curvas que conformaban aquella sinuosa carretera secundaria tan genuinamente típica de la sierra granadina. Me senté en el coche mientras observaba a Morrison tomar fotos desde diferentes ángulos. Cuando parecía que había terminado, me sorprendí al presenciar cómo el subinspector sacaba su teléfono móvil del bolsillo y, encaramado al pie del barranco, obtenía una instantánea de aquel precioso paisaje. Estuve a punto de bajarme a reprenderlo, dadas las prisas, pero ¡qué diantres! Aquel era un bonito amanecer desde un lugar espectacular y nosotros no disfrutábamos de unas vistas como aquellas muy a menudo. A casi mil metros de altitud, el paisaje en su conjunto bañado por los primeros rayos del día, se mostraba hermosamente abrumador.
Morrison cerró el maletero con el equipo fotográfico en su interior y subió al fin al coche. Dejé que él condujera; esa era otra de las cosas en las que el teórico statu quo definido como regla general en el cuerpo de Policía me importaba un pepino. Muchos agentes siguen teniendo la creencia de que quien tiene el rango más alto debe ir al volante. ¿Por qué? Yo siempre lo he visto al revés. Y eso de que te lleven de un lado a otro siempre es mejor que ir conduciendo, pendiente del típico pimpollo de turno que te pone de los nervios en todos los cruces hasta que, en el siguiente semáforo, te bajas del coche, le enseñas la placa y ves cómo el supuesto gallito empieza a hacerse pis en los pantalones. Aquel estrés para mí no estaba justificado, y yo, además, tenía la suerte de que mi compañero parecía disfrutar sobremanera con el arte de la conducción.
―Ya está todo, inspector ―dijo mientras ponía el vehículo en marcha.
―Bien, hagamos un breve repaso durante el trayecto de todo lo que tenemos hasta ahora. Si es tan amable, refrésqueme la memoria, subinspector.
Desde el primer día, un lustro atrás, Morrison comenzó a tratarme de usted, a pesar de que jamás se lo hubiera pedido. Y yo, sin saber bien por qué, tal vez por no contradecirle pensando que se trataba de algo inherente a su mitad canadiense, o tal vez por seguirle el juego, hice exactamente lo mismo. A la larga, así nos quedamos. Supongo que son cosas que pasan debido a la dejadez y la falta de fuerzas que impone el paso del tiempo cuando pretendemos corregir algo y no tenemos la certeza de si ese borrón mejorará o empeorará el original. Sea como fuere, no dejaba de ser curioso que entre mi longevo compañero ―y también mi mejor amigo, por qué no decirlo― y yo, nos tratásemos de usted. Vivir para ver.
―Rodrigo Barbosa. Varón, soltero, cuarenta y seis años recién cumplidos. La última señal del teléfono móvil sitúa al individuo en este punto hace unas cuarenta y ocho horas. La señora del caserío más cercano nos ha confirmado que esa mañana le pareció ver una sombra al borde del precipicio, pero no está nada segura y declara que podría ser un hombre, una mujer o incluso dos personas juntas. Aún estaba muy oscuro y un vehículo de tipo comercial de color blanco tapaba su visión. Tampoco le dio importancia, pues afirma que encontrar gente a esa hora en el mirador es de lo más normal, y que en ciertas épocas del año el sitio suele estar lleno de excursionistas que, en muchas ocasiones, ponen en peligro su integridad física en busca de la mejor instantánea.
―Y ahora llegamos a la parte en la que, cinco minutos después, cuando pasa de vuelta de la cuadra y echa una ojeada, no divisa ni vehículo ni sombra alguna. ¿Alguien más aparte de la madre ha denunciado la desaparición?
―No, al menos de momento. El parte de denuncia indica que, tras llamarlo varias veces al móvil sin obtener respuesta, se presentó en su apartamento de la calle Niebla y abrió con su propia llave. Encontró el piso impoluto, tal y como su hijo lo solía tener, pero ni rastro del susodicho. Inmediatamente después, alarmada y tras telefonear a un par de amigos de confianza que poco o nada sabían del asunto, denunció su desaparición.
―Habrá que volver a hablar con ella. Además, tendremos que pedir una orden para hacer un registro exhaustivo de la vivienda de Barbosa y sus dispositivos informáticos. ¿Podrá encargarse de eso en cuanto lleguemos a comisaría?
―Delo por hecho ―afirmó sin más.
―Yo citaré a la madre a las cinco de la tarde, me gustaría tener una primera charla con ella cara a cara.
Se hizo un breve silencio. Mientras dejábamos atrás el frondoso y bello paisaje de la sierra granadina, mi mente viajaba ya por otros derroteros. La investigación no había hecho más que comenzar, pero no podía dejar de devanarme los sesos para intentar dilucidar qué había pasado al pie de ese acantilado durante aquellos escasos cinco minutos.
―¿Alguna cosa más? ―añadió Morrison, interrumpiendo el hilo de mis reflexiones.
―Cite, por favor, a todo el equipo en la sala de reuniones a las once. Como sabe, las primeras horas tras una desaparición son las más críticas y nos las hemos perdido, así que nos pondremos de inmediato manos a la obra con todos los recursos disponibles. Ese hombre ya no tiene edad para escaparse y hacer travesuras más bien propias de un adolescente resentido. Por cierto, déjeme en la puerta de El Piedra, necesito un café bien cargado antes de entrar.
Hicimos el resto del trayecto en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. El agreste paisaje comenzó a transformarse de forma gradual, hasta que los polígonos industriales de las afueras y los primeros arrabales de la ciudad dieron paso paulatinamente a una urbe que amanecía y que, en un abrir y cerrar de ojos, terminó por atraparnos por completo.
Poco después, Morrison paraba el coche en una calle estrecha paralela a la de la comisaría. A pesar de que a su lado teníamos una cafetería estupenda, a mí me daba repelús desayunar con aquel lúgubre edificio rojizo y construido de forma chapucera como paisaje de fondo. El café matutino me gustaba tomármelo con tranquilidad y sin la losa (o más bien ladrillo, en este caso) de aquella antiestética construcción recordándome todo el tiempo que ya era hora de continuar persiguiendo a los malos. Aquel primer café del día, antes de las ocho y media de la mañana, acompañado de la lectura de un periódico deportivo, constituía mi peculiar bálsamo, un pequeño oasis de rutina en mis impredecibles jornadas laborales.
Cuando Ramón, el hombre barbudo y sesentón que regentaba el local, me vio entrar, soltó un berrido a la otra camarera, que en esos momentos se afanaba en extraer de la máquina un café tras otro ante la creciente clientela que inundaba el local.
―¡Loli, pon un café bien cargado para el principito, que hoy trae mala cara!
Ramón me llamaba «el Principito», pero a mí no me molestaba en absoluto; es más, hasta me hacía cierta gracia.
―¡Marchando…! ―escuché que respondía desde el fondo de la barra.
Me refugié en mi habitual mesita de la esquina y cogí uno de los periódicos deportivos, gracias a lo temprano de la hora poco manoseados aún. Loli llegó con el café instantes después.
―Aquí tienes... Mi rey… ―añadió casi en un susurro―. Porque tú sabes que para mí eres mucho más que un simple príncipe… ―Me guiñó con una mirada pícara.
Esbocé una ligera sonrisa y volví la vista a la portada del periódico. Loli me solía tirar los trastos día sí y día también. Aquella mujer, a pesar de rondar la edad de jubilación, tenía cuerda para rato, y yo sabía de más que si le daba coba, no me la quitaría de encima hasta que volviera a salir por la puerta del local.
―Ay, que no vea yo sufrir a esa carita de guapo, ¿eh? ¡Alégrame esa jeta, hombre, que ya estamos a jueves! ―añadió, enérgica, mientras volvía en dirección a la máquina de café.
La seguí de reojo y no tuve más remedio que sonreír. Cuando al fin parecía que podría concentrarme en la siempre efímera actualidad deportiva, el pitido de mi teléfono móvil interrumpió bruscamente mi fugaz rato de esparcimiento, mostrando, para más inri, el número de mi jefa en pantalla. La comisaria Ana Figueroa no solía ser persona que se anduviese con rodeos y a mí, a pesar del año y medio que llevábamos trabajando juntos, todavía me seguía intimidando. Algo nervioso, descolgué al segundo toque.
―Buenos días, dígame, comisaria.
―Velázquez, ha aparecido el cuerpo de Rodrigo Barbosa hace apenas unos minutos. Estaba a unos cuatro kilómetros río abajo del mirador de Las Lomas, oculto parcialmente por unas ramas en el margen derecho ―me comunicó en tono neutro.
Respiré hondo. Siempre que comenzaba a investigar el caso de un desaparecido, tenía la esperanza de que esa persona terminase apareciendo y de que, finalmente, todo quedase en la rabieta de alguien que buscaba evadirse unos días. En los peores casos, incluso esperaba una llamada solicitando un rescate, cosa que había sucedido en más de una ocasión. Sin embargo, cuando me daban la mala noticia, cuando llegaba la certeza de que ya no había nada que pudiésemos hacer, era como si me cayese encima un enorme jarro de agua fría.
―Lo quiero en menos de cinco minutos en mi despacho ―añadió, para colgar inmediatamente después.
Dejé el café a medias y, a pesar de lo poco que había bebido, parecía que la leche se iba a cortar en mi interior. Anduve los escasos dos minutos que separaban el bar de Ramón de la comisaría y entré como en una especie de estado de shock, intentando asimilar la derrota en el caso del que apenas acabábamos de tomar las riendas. Parcamente, saludé a la amable recepcionista, una joven recién incorporada a su puesto. Yo había intentado llamar su atención un par de veces, aunque todos mis esfuerzos habían resultado en vano. Por supuesto, eso cada vez me importaba menos. La ristra de mujeres por las que había hecho el ridículo en los últimos tiempos a raíz de mi divorcio no era nada desdeñable, pero de momento no me desanimaba. Más bien, me inclinaba a pensar que lo peor que podía pasarme era añadir un nuevo nombre a mi creciente lista.
Entré en mi despacho, dejé el abrigo en la robusta percha que se erguía tras la puerta, me senté apoyando los codos en la mesa y pensé en cómo afrontar ahora este caso antes de reunirme con la comisaria Figueroa. Segundos después, me convencí a mí mismo de que, con total seguridad, se trataba de un simple suicidio, y de que la autopsia y algunas preguntas de rigor al entorno más cercano de la víctima terminarían por confirmarlo en uno o dos días.
De camino a mi encuentro con Ana Figueroa, pude ver a través del cristal cómo Morrison tomaba un café de pie con un par de agentes en la pequeña sala interior que solíamos usar como office. Parecía distraído, por lo que preferí no molestarlo y enfilé directamente rumbo hacia el despacho de la comisaria. Respiré profundamente por enésima vez aquella mañana y, acto seguido, golpeé con los nudillos la puerta.
―Adelante ―escuché que decía desde el interior.
―Buenos días, comisaria ―saludé al entrar, un poco turbado.
―De buenos nada. Siéntese, Velázquez ―replicó tajante.
Obedecí como un corderillo y me senté frente a aquella mujer, una policía con un currículum intachable y cuya capacidad de liderazgo estaba fuera de toda duda. Había ido ascendiendo desde lo más bajo del escalafón policial en tiempo récord y ahora, en su posición, demostraba día tras día que su astronómica carrera en el cuerpo no estaba siendo ni mucho menos fruto del azar. A pesar de sus esporádicas malas formas, había tenido la virtud de ganarse a la mayoría de los agentes de la plaza, y hasta los inicialmente más reacios a su persona no tenían ya inconveniente alguno en ponerse bajo su mando de manera incondicional y recibir sus bruscas órdenes. Alta, de pelo castaño que habitualmente solía recoger en un discreto moño y con unos ojos azules claros que a veces podían cortar como el hielo, Ana Figueroa estaba entre esas personas que siempre solían conseguir lo que querían a base de tesón.



