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―Se hará cargo de esta investigación, que no es más que la continuación de la que la que ya mantenía en curso ―me comunicó, enérgica.
Asentí y me tomé un par de segundos antes de hablar.
―Con toda probabilidad, nos hallamos ante un caso de suicidio ―me aventuré a decir―. ¿Le han adelantado si el cuerpo presenta signos de violencia? ―pregunté.
―Aún no. La científica y el juez están de camino. Aunque todo apunta a un suicidio, como bien dice, debemos ser cautos y estar atentos. Sería el segundo hombre que fallece ahogado en la zona en apenas dos semanas. Como imaginará, no me agrada ese dato en absoluto. Llévese a Morrison y a Pulido a la inspección ocular. Esta noche quiero respuestas ―zanjó.
Asentí con la cabeza y salí disparado del despacho. Ahora sí, asomé la cabeza por la sala que colindaba con el office y en el otro extremo pude distinguir de nuevo la alargada silueta de Morrison, precisamente charlando con la subinspectora Pulido y el agente Ardana, un policía recién incorporado al que habían asignado unos días antes a mi equipo.
―Los tres, conmigo ―voceé serio desde la distancia, mientras hacía un gesto con la mano para que me siguieran de inmediato.
De pronto, sentí cómo un fuego interior emergía desde lo más profundo de mi estómago. Cada vez que sabía que tenía que ver a la muerte con mis propios ojos, enfrentarme con ella cara a cara, una mezcla de rabia y congoja invadía todo mi ser. Era una especie de combinación de impotencia y repugnancia a partes iguales, un sentimiento que, aun a día de hoy, me angustia profundamente.
Para mi fortuna, mis compañeros intuían cuándo se trataba de algo especialmente grave, y salieron lanzados tras mis pasos sin rechistar. Poco después, me vi sentado nuevamente en el asiento del copiloto, con Morrison a los mandos del vehículo. Pulido y «el nuevo» nos seguían desde otro coche. Gracias al GPS, en poco más de media hora llegamos directos por un camino de grava y repleto de baches al margen del río en el que había aparecido el cuerpo de Rodrigo Barbosa. Varios coches se agolpaban ya en la orilla y pude comprobar de inmediato que el vehículo de los forenses también se encontraba aparcado. Eché una ojeada al espejo retrovisor y divisé la oronda figura del juez Parreño que, justamente en ese momento, se aproximaba al lugar de los hechos.
Me encaminé hacia él mientras ambos nos saludábamos con la mano.
―¿Qué tenemos, Velázquez?
―Parece que se trata del tipo que desapareció hace un par de días por la zona ―contesté.
El juez asintió en silencio, y yo me acerqué al resto de compañeros, seguido de Pulido, mientras Morrison y Ardana sacaban el equipo fotográfico del coche. A los pocos pasos, salió a mi encuentro el agente Santiago Rodríguez, un tipo hablador y campechano de la vieja escuela con el que afortunadamente tenía muy buena relación.
―Velázquez, justo a tiempo ―me saludó, tendiéndome la mano―. Palma y yo constituíamos la patrulla más cercana cuando llegó el aviso a la centralita ―prosiguió―. La comisaria Figueroa nos acaba de comunicar que estás al mando del operativo. ―Y dirigiendo la mirada hacia el cadáver a la par que se rascaba la nuca, dijo―: Este es otro que se ha querido quitar de en medio más pronto que tarde, ¿no te parece? ―preguntó, irónico―. Ese pescador de ahí encontró el cuerpo hace una hora ―añadió nuevamente, mientras señalaba a un hombre sentado sobre una pequeña roca a unos veinte metros―. Todavía tiembla del susto que se ha llevado. No me extraña. No nos ha costado mucho cerciorarnos de que el hombre estaba muerto, así que nos hemos limitado a esperar a la caballería.
Asentí ligeramente a todas y cada una de las palabras que salían de los labios de Rodríguez, al tiempo que trataba de hacerme una idea de cómo podía haber llegado el cuerpo justo allí y no a otro lugar, supuestamente desde el escarpado barranco coronado por un bonito mirador situado a unos tres o cuatro kilómetros río arriba y desde el que apenas hacía un par de horas Morrison inmortalizaba con su teléfono móvil una preciosa y perfecta panorámica. Rodríguez, al que era evidente que le encantaba parlotear, siguió dándome el parte:
―Solo por la foto que tenemos de la denuncia, ya podemos decir que se trata de él con toda seguridad. Por cierto, la científica acaba de llegar hace tan solo unos minutos. Allí tienes a tu amiguito Salvatierra… ―dejó caer con cierto retintín.
Giré la vista hacia el lugar en el que se hallaba el cuerpo y lo vi. Gonzalo Salvatierra era mi enemigo natural por antonomasia. Rondaría mi edad y, aunque me pese, he de decir que más bien parecía un galán recién salido de cualquier película del Hollywood más clásico que el jefe del equipo forense. Era rubio, alto, de ojos azules y con un cuerpo atlético y bien proporcionado. Lo conocía bastante bien. Por eso sabía que era un arrogante, un estirado, un soplagaitas y lo que viene siendo un prepotente insoportable en toda regla. El verlo allí me puso repentinamente de peor humor.
Nuestra historia de enemistad se remontaba a años atrás, cuando ambos estábamos recién incorporados a nuestros respectivos puestos. Una noche cualquiera, mientras estaba de cañas con unos compañeros en un garito cercano a la comisaría, a él no se le ocurrió otra cosa que acercarse adrede a decirme que se había enrollado (detalles incluidos) con la chica con la que yo llevaba un par de meses saliendo. Por supuesto que no lo dejé terminar y que acabamos a mamporros en mitad de aquel antro nocturno, y si la cosa no trascendió más, fue porque estábamos fuera de servicio. Ese hecho no impidió que aquel incidente se estuviera rumoreando durante meses en cualquier corrillo que se preciase y que, aún por esas fechas, siguiese siendo un tema recurrente. Gonzalo Salvatierra. Para mi infortunio, yo ya lo había tenido que tratar bastante y sabía que su máxima en la vida era solo una y bien sencilla: ganar a todo y a todos como fuera y a cualquier precio. Cuando sucedió aquello con mi novia de entonces, probablemente se tratase de eso mismo, porque apenas un par de semanas después, la dejó. Todavía me sigo haciendo la misma pregunta: ¿A quién en su sano juicio se le ocurre ir voluntariamente a decirle al novio de una chica algo así cuando ni siquiera ella le interesa?
Apenas a un par de metros de distancia de Salvatierra, pude divisar nuevamente el cuerpo de Barbosa, atrapado en la orilla del río bajo unas gruesas ramas que habían hecho de barrera natural en el proceso de arrastre. El cadáver estaba boca arriba y la cara y el cuerpo no parecían presentar signos de violencia aparentes. Aparté la mirada de aquella ingrata imagen y, muy a mi pesar, me acerqué al jefe del equipo forense con lentitud. Obviamente, no nos estrechamos la mano.
―Buenos días ―saludé fríamente―. ¿Puede adelantarme algo?
―Ese suele ser su trabajo, inspector, no el mío ―contestó, con su habitual tono altanero―. Tendrá mi informe a lo largo del día de mañana.
Las ganas de volver a partirle la cara a ese cretino volvieron con más fuerza que nunca, pero me contuve una vez más. Insistí en tono neutro, sin ganas de gresca, pasando por alto su habitual mala baba.
―¿Podremos saber, al menos, a lo largo de la jornada de hoy, si el cuerpo presenta signos de violencia o alguna otra señal que nos obligue a descartar la hipótesis del suicidio?
―Le diré a mi ayudante que lo llame esta tarde a última hora ―contestó sin más.
―Muy bien ―respondí secamente.
Acto seguido, me di la vuelta y le hice un gesto a la subinspectora Pulido para que me acompañara a la orilla del río. El cuerpo parecía haber llegado allí, sin duda alguna, por el arrastre natural de la corriente. Era prácticamente imposible que Barbosa hubiera fallecido encallado entre dos ramas como estaba. De pelo ralo, tenía la cara morada y ya algo hinchada. A pesar de que habitualmente solía entretenerme en la escena en la que aparecía la víctima, esta vez mi intuición me dijo que allí había poco que rascar, por lo que resolví que, si era necesario, examinaría con detalle las fotografías que el bueno de Morrison se aplicaba en lanzar desde un sinfín de ángulos distintos.
Me acerqué con Pulido a hablar con el pescador que había hallado el cadáver. Prefería que fuese Morrison quien se encargase de las fotos y aprovechar así esa virtud fuera de lo común para captar detalles que, al resto de agentes, incluidos los de la policía científica, se nos escapaban por completo. Más de una vez, esa habilidad suya nos había aportado luz en algunos de los casos más complicados a los que nos habíamos enfrentado. Esperaba, además, que el jovenzuelo agente que nos acompañaba aprendiera un poco del veterano subinspector en el complejo arte de las fotografías policiales.
En unos instantes, llegamos al lado del hombre que había encontrado el cuerpo. De mediana edad, delgado, pelo canoso y barba blanca de tres días a juego, permanecía sentado sobre una gran piedra grisácea. El hombre mantenía la mirada perdida en el vacío, aparentemente ajeno al trasiego que transcurría a su alrededor. Una caña de pescar de color negro adornada por unos cuantos ribetes plateados y un pequeño cubo que contenía el cebo reposaban a su derecha sobre la tierra mojada.
―Buenos días, señor ―saludé, elevando un poco la voz―. Soy el inspector Julio Velázquez y esta es mi compañera, la subinspectora Rosa Pulido. Venimos a hacerle unas preguntas rutinarias. No se preocupe, enseguida lo dejaremos tranquilo ―añadí de corrido para intentar templar esos posibles nervios de los que me había hablado Rodríguez.
El hombre me miró algo extrañado, pero se incorporó rápidamente para estrechar, con mano temblorosa, la mía y a continuación la de mi compañera, saliendo como por arte de magia de su ensimismamiento.
―Lo he encontrado hace un rato, tal y como está ―comenzó a relatarnos sin más―. Suelo venir de vez en cuando a este pequeño recodo del río a pescar. Habitualmente, llego aquí antes del amanecer, porque después me tengo que ir a trabajar, pero hace apenas una semana que me cambiaron el turno y hoy, que he venido más tarde, miren con lo que me he encontrado…
El hombre se llevó las manos a la cara en un ligero sollozo. Pensé que si Morrison, con su peculiar sentido del humor, hubiese estado allí en lugar de Pulido, habría soltado algo como «no era la clase de pez que esperaba pescar, ¿verdad?» o algún otro comentario por el estilo. En ese momento, me alegré nuevamente de tenerlo ocupado con las instantáneas.
―Tranquilícese. Ya ha pasado lo peor y nosotros nos haremos cargo de todo ―intercedió Pulido, deslizando con cierta ternura una mano sobre su brazo.
―¿Siempre suele pescar por aquí? ―pregunté.
―Sí, señor, en este mismo recodo, durante los últimos diez años.
―¿Cuándo fue la última vez que vino?
―Si no recuerdo mal, fue anteayer por la mañana.
El corazón me dio un pequeño vuelco. Según los datos de los que disponíamos, ese amanecer se correspondía con el último rastro de la señal del teléfono móvil de Barbosa.
―¿Recuerda a qué hora llegó usted exactamente?
―Pues anteayer madrugué bastante, así que, sobre las siete de la mañana, o incluso puede que antes, ya estaba por aquí. Lo que sí puedo decirles con seguridad es que cuando llegué, aún no había amanecido.
―¿Y cuánto tiempo se entretuvo pescando?
―Mmm… ―El hombre, que parecía haberse recompuesto por completo, dudó unos instantes―. Creo que como siempre, una hora y media o dos. No más.
―Muy bien. Ya estamos terminando, nos está ayudando usted mucho ―añadí, cordial―. ¿Suele venir siempre solo? ―Volví a la carga.
―Sí, señor. Pescar es un arte propicio para cultivar la soledad ―comentó, con un deje de orgullo que no supe bien cómo interpretar.
―Estoy de acuerdo con usted ―afirmé―. ¿Y no vio nada particularmente raro ese día? ¿Algún coche desconocido en el camino, un sonido inusual…? No sé, cualquier cosa que pudiera llamarle especialmente la atención.
―La verdad es que no. ¿Sabe una cosa? ―preguntó de pronto sin esperar mi respuesta―. No hay nada más relajante que un amanecer con esas montañas de fondo mientras estás sujetando la caña fuertemente entre las manos. ―Hizo una pausa y cogió aire―. Se empieza el día con otra energía. Más aun cuando notas que la cuerda tira un poco… ―Sonrió tímidamente.
El hombre hablaba ahora ligeramente acalorado, lo que nos dejó entrever que la pesca parecía ser más que un hobby para él, pero yo no estaba allí en ese momento para hablar de la noble y antiquísima disciplina basada en atrapar peces con una caña.
―Muchas gracias. ―Di por finalizada la conversación―. Mis compañeros tomarán sus datos de contacto por si necesitamos hacerle alguna otra pregunta más adelante ―añadí.
El hombre asintió. Al volver sobre mis pasos pude contemplar, por desgracia para mi estómago, el proceso de levantamiento del cadáver y el principal motivo por el que el juez nos honraba con su presencia en aquel recóndito lugar. Me fui directo al coche y, en la libreta que guardaba en el cajón de la puerta del copiloto, anoté la hora, un resumen de la declaración del testigo que había encontrado el cuerpo y una breve descripción del lugar. Desde donde me encontraba, podía ver a lo lejos el precipicio que hacía las veces de mirador y en el que habíamos estado dos escasas horas antes: enorme, abrupto, salvaje; alzándose orgulloso sobre el río que, a su vez, custodiaba.
Poco a poco, todos los vehículos fueron abandonando el lugar. El juez Parreño, que había sido el último en llegar, fue el primero en marcharse, seguido del agente Rodríguez y de su compañero Palma, a los que pedí que escoltaran al pescador a su domicilio. Por último, el equipo de la científica, con Gonzalo Salvatierra a la cabeza, pasó a mi lado con la ventanilla bajada y sin saludar. En definitiva, nada fuera de lo habitual.
Reflexivo, me aparté del vehículo y di unos pasos hacia adelante, encarando nuevamente el accidentado barranco que se extendía en la lejanía frente a nosotros.
―¿Qué sucede? ―me preguntó Morrison.
―Creo que hay algo que no cuadra.
―¿Qué pasa? ―intervino Pulido, ya desde el interior de su coche junto al agente Ardana.
―¿Desde cuándo un pescador experimentado sale con su caña sin hilo para el carrete? ―les pregunté, incrédulo.
3
Me desperté sobresaltado al percibir la insistente vibración de mi teléfono móvil sobre la mesilla de noche. Las tres y media de la tarde. Era una llamada de la subinspectora Pulido, y aunque me vi tentado de no responder, terminé cediendo ante la curiosidad y un cierto sentido del deber. Si Pulido llamaba a sabiendas de que me había ido a casa a descansar unas horas, tenía que ser importante.
―Hola, ¿te pillo bien? ―preguntó, con su melosa voz.
―Sí, claro. Estaba despierto ―mentí.
―No sé cómo decirlo… Es tu hermano otra vez.
No podía ser. Mi hermano, hermanastro para ser más exactos, no dejaba de meterse en un lío tras otro y mi paciencia hacía ya mucho tiempo que se había agotado.
―¿Qué ha hecho esta vez? ―pregunté, con cierta desgana.
―Se ha vuelto a meter en un fregado con otros dos del gremio. Ya sabes cómo se las gastan entre ellos. La cosa no ha llegado a más porque una patrulla pasaba por allí de casualidad y ha podido intervenir a tiempo.
―¿Él está bien? ―pregunté, algo más despabilado ya.
―Sí, lo tenemos aquí en comisaría, junto con los otros dos. He pensado que quizá querías venir tú mismo a comprobarlo.
Suspiré para mis adentros, resignado.
―En menos de media hora estoy allí. Gracias por avisar.
Me desperecé de un salto y me fui directo a la ducha. Giré tímidamente el mando del agua caliente y accioné el mando del agua fría con decisión. Una ducha a baja temperatura y un buen café casero eran para mí el mejor remedio para disipar la pereza. Apenas había podido dormir un par de horas y me esperaba una tarde más bien movida. Aunque había pospuesto la cita con la madre del fallecido Rodrigo Barbosa, teníamos la primera reunión del equipo de investigación a la que, tras recopilar la información ―que con suerte incluiría ya un informe preliminar de la autopsia―, seguiría con toda probabilidad otra breve e intensa entrevista con la comisaria Figueroa para ponerla al tanto de los avances. Algo agitado ante la marabunta de tareas en mi «debe», me puse un pantalón vaquero, una camisa azul ―la única planchada que me quedaba en el armario― y enchufé la vieja máquina de café que había heredado de mi madre y cuyo espantoso ruido me ayudaba a despertar tanto o más que la propia bebida que preparaba. Instantes después, mientras daba cortos y rápidos sorbos, la muerte de Rodrigo Barbosa planeó de forma intermitente sobre mi cabeza, aunque, en realidad, desde que había puesto el primer pie fuera de la cama, era mi hermano el que copaba mis preocupaciones más inmediatas.
Mario era una oveja descarriada digna de nuestro progenitor. Sí, mi padre había sido lo que se dice «un pieza» de los buenos. El caradura había desaparecido tras la muerte por sobredosis de la madre de Mario ―otro magnífico ejemplar, dicho sea de paso― cuando este apenas contaba diez años. Según pude averiguar después, huyó destino a Brasil en busca de una nueva vida, aunque pocos meses más tarde, mis colegas del otro lado del charco me notificaron su fallecimiento durante una trifulca arrabalera en los alrededores de São Paulo. El caso es que mi hermano, que ya de por sí se había criado en un hogar desestructurado, se quedó aún más tocado cuando se vio solo y abandonado sin ser más que un preadolescente. Sin dudarlo ni un segundo, mi madre y yo acudimos en su ayuda ―al fin y al cabo, éramos la única familia conocida que tenía―, aunque él prefirió marcharse a un centro de acogida para menores. He de decir que el chaval, espabilado como él solo, parecía que podía llegar a enderezarse por momentos; tanto que incluso consiguió obtener una titulación universitaria: graduado en Ciencias Medioambientales. No obstante, Mario era avispado de más y cuando la crisis financiera de 2008 golpeó con fuerza, vino a acordarse de un tal Ortiga, un joven al que había conocido en el centro en el que se crio y que, según él mismo me contaba, se presentaba a sí mismo como técnico de estacionamiento de vehículos en suelo urbano; es decir, lo que viene siendo conocido popularmente como un gorrilla de toda la vida. Ortiga pronto introdujo a Mario en el negocio del parquímetro a discreción y este se dio cuenta de que, si invertía cuatro o cinco horas diarias, ganaba el mismo dinero o más que la suma que pudieran ofrecerle en cualquier otro trabajo que pudiera conseguir a corto y medio plazo.
Así que, tras varios empleos en los que no había durado ni una semana, en esas andaba metido ahora. Era una verdadera lástima que cuando parecía que lo peor ya había pasado, Mario se volviera a torcer una vez más. A modo de consuelo, diré que mi padre habría estado orgulloso de su segundo hijo por haber heredado su picaresca, aunque en poco más se asimilaban. El primero, además de toxicómano, chorizo y estafador, había sido siempre un verdadero bromista. Mi nombre era un claro ejemplo de ello. A mí me llamó Julio a petición de mi madre, pero en el registro, probablemente con la borrachera, añadió un Diego a última hora para que mi nombre completo sonase como el del famoso pintor sevillano del siglo xvii. Julio Diego Velázquez Saavedra. Así me llamaba, al completo y sin filtros. Esa guasa me costó años de burlas y más de una broma de mal gusto, aunque gracias a mi tenacidad y al paso de los lustros, el nombre de Diego había desaparecido prácticamente de mi vida cotidiana, en favor del Julio a secas.
La historia se repitió en gran parte con Mario. Al nacer yo, mi padre se recuperó de sus peores adicciones durante unos pocos años, al menos aparentemente, pero antes de que cumpliera mi primera década, encontró un alma gemela, tan rota como la suya, con la que decidió engañar a mi santa madre y, de paso, traer a otra criatura a este mundo. El divorcio fue rápido, aunque no así el hecho de poder sacarlo de nuestras vidas. Escándalo tras escándalo, nos involucraba de manera habitual (principalmente a mi madre) en todas sus tretas, deudas y trapicheos. Cuando no se presentaba borracho o drogado en nuestra puerta, aparecía pidiendo dinero a gritos a cualquier hora, evidentemente, sin importarle lo más mínimo el devenir de nuestras vidas. Por todas esas razones, en el fondo de mi ser, había terminado anidando la idea de que me hice policía gracias a él. Finalmente, con el paso de los años y con la llegada de mi madurez, llegué a la conclusión de que mi padre no había sido más que un pobre diablo. Pese a ello, seguía odiando a Miguel Velázquez tras su muerte con todas mis fuerzas, y estaba empeñado en luchar para que el mundo no tuviera que aguantar a gente así, personas que se humillaban a sí mismas, a los demás y que causaban vergüenza ajena a la especie humana en general.
Bajé las cuatro plantas de escalera y caminé unos pocos pasos hasta llegar a la plaza de los Lobos. Llevaba mucho tiempo prometiéndome a mí mismo que iba a cambiar de piso y a comprar uno a las afueras, más grande y con ascensor, pero siempre lo posponía. Aquel céntrico y viejo apartamento era una pequeña pero importante parte de mi vida que, en lo más profundo de mi subconsciente, me resistía a dejar atrás.
Decidí recorrer a pie los veinte minutos que separaban mi domicilio de la comisaría. La ciudad se mostraba algo adormecida a esa primera hora de la tarde. El calor otoñal apretaba todavía, especialmente en esa franja horaria, supuestamente dedicada por antonomasia a la siesta en nuestro país. Para mi asombro, me crucé con un par de grupos universitarios que parecían volver de algún guateque matutino, lo que me provocó una pequeña punzada de envidia al recordar esa despreocupación que solo se siente en la vida cuando rondas los veinte años y todo un mundo de cosas por hacer y descubrir.
Poco más de quince minutos después cruzaba las puertas de comisaría. Le eché una mirada severa apenas lo vi allí sentado. Aunque era un vago y un cretino, no dejaba de ser mi hermano pequeño, y a pesar de las broncas que le echaba cada vez que tenía ocasión, siempre terminaba por invadirme un cierto e inevitable sentimiento protector. No se apreciaba ningún signo del supuesto altercado ni en su cuerpo ni en su rostro, así que obvié la pregunta sobre su estado y, encarándolo, fui directamente al grano.
―¿Qué has roto ahora? ―pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.
―Han empezado esos puercos, Julio… ―se justificó, lastimoso, para a continuación volver la vista y arrojar una dura mirada a los dos desarrapados a los que Pulido tomaba declaración un par de mesas más allá―. Esa siempre había sido mi calle... ―siguió excusándose.
―Ya estamos con lo mismo de siempre. ¿Quién empezó en realidad? ―insistí, cada vez más impaciente, ante la creciente sospecha de que Mario no decía la verdad.
―Te juro que fueron ellos… Yo estaba ya allí y vinieron buscando gresca ―replicó―. Me querían matar los muy animales, tan solo por estar en mi puesto de trabajo. Hoy en día, uno no puede ausentarse ni un par de horas, como en cualquier otro trabajo normal ―se lamentó con aire resignado.
―¡Sabes de sobra que eso que haces no es un trabajo normal! ―Alcé bruscamente la voz, indignado, llamando a su vez la atención de los compañeros de las mesas más cercanas, que ya conocían a mi hermano y, por deferencia hacia mí, simularon no enterarse―. Y eso pasando por alto que es ilegal. Más te valdría buscar un empleo de lo tuyo, ya que milagrosamente has conseguido acabar la carrera. Al menos, así no te tendría aquí cada semana ―le espeté.
―¿Estoy detenido? ―preguntó, con cierta chulería.
―No ―contesté, intentando suavizar mis formas―, pero no quiero volver a verte por aquí en mucho tiempo, ¿entendido?
Y, sin darle opción a réplica, añadí:
―Mi compañera, la subinspectora Pulido, te tomará declaración para incluirla en el parte en cuanto termine con ellos.
―Prefiero que no…
―Lo harás y punto. Así constará en el registro, que nunca se sabe lo que puede pasar ―zanjé.
―Está bien, pero solo porque parece que está potente la tal Pulido esa. Se llama Rosa, ¿no? Menuda madurita… ―me dijo, guiñándome un ojo.
Mario no parecía tomarse nada demasiado en serio, y esos comentarios, con los que parecía querer demostrar que venía a la comisaría más bien de visita, me conseguían sacar completamente de mis casillas. Con un esfuerzo titánico, me contuve, suspiré ruidosamente y decidí no posponer más el trabajo pendiente sobre la mesa de mi despacho. El insensato de mi hermano había jugueteado ya con casi todo lo que no se debía: algún trapicheo de drogas, hurtos en la calle a plena luz del día, pequeños robos en grandes superficies… Mario siempre danzaba sobre la delgada línea entre salir airoso de una complicada situación y pasar una pequeña temporada entre rejas. No obstante, tengo que volver a reconocer que el tipo era listo, y siempre que caía lo hacía para el lado bueno. Malacostumbrado, era muy consciente, además, de que yo estaba ahí para cuando necesitaba que le echaran un cable adicional.




