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Sin embargo, con todo su historial y contra todo pronóstico, lo peor vino cuando con veinticuatro años decidió meterse a gorrilla. Entonces comenzó a aparecer una semana sí y otra también en comisaría. Y eso que intenté impedirlo de mil maneras. Incluso fui un día a hablar a escondidas con el famoso Ortiga, con el que, además de profesión, Mario había comenzado a compartir vivienda. Muy bajito, de tez morena y con enormes rastas en el pelo, me recibió en el piso en el que vivía con mi hermano, sorprendentemente espacioso y bien acomodado para lo que podría esperarse, ubicado en una buena zona cercana a La Caleta. Portaba gafas de sol oscuras ―al parecer, no se las quitaba nunca―, así como una sudadera verde con capucha, y sujetaba en la mano izquierda una taza de un brebaje de dudosa composición que se asimilaba al mate. Era evidente que estaba colocado, pero dado que aparecí sin avisar, lo pasé por alto y empecé de buenas maneras.
―Quiero que me ayudes a que mi hermano deje el oficio ―le dije sin más, pasando al interior del apartamento sin esperar su invitación.
―Troncoooo…, ¿qué haces? ―escuché a mis espaldas―. Sal de aquí ahora mismo. Mario es un tío de puta madre y gana más pasta conmigo que en cualquier otro sitio ―me dijo, algo bravucón, pero sin llegar levantar la vista de su taza.
―Posee una carrera universitaria y es demasiado joven para echarse a perder ―repliqué suave, encarándolo de nuevo―. A su edad no debería ganarse la vida poniendo la mano cada vez que alguien aparca un coche sin una ayuda que no le piden e involucrándose en problemas constantemente con los de vuestro gremio. Seguro que a ti te escucha ―argumenté, poco esperanzado, pero conciliador.
―Men, nosotros somos pacíficos. No somos más que un par de almas libres que vagan de forma efímera por este mundo… ―respondió, levantando las manos hacia el techo, cual iluminado.
No necesité más. En cuanto apareció tras el marco de la puerta, supe que aquello no iba a llegar a ningún sitio, y en ese momento me pregunté para qué diantres me seguía esforzando. La sangre fluyó ardiendo desde el interior de mi estómago hasta la cabeza, buscando una salida urgente.
Con un rápido movimiento, di un salto hacia delante, lo empujé contra la pared y, agarrándolo de la capucha con una mano y del cuello de la sudadera con la otra, lo levanté hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. El mate o la bebida que fuese yacía ahora derramada por el suelo. Le quité las gafas de sol, las arrojé contra el televisor y pude ver de primera mano unos ojos completamente vacíos y esquivos. Ortiga habitaba en esos momentos en otro mundo, pero, aun así, decidí ponerle los puntos sobre las íes para que, cuando se le pasara el subidón, se siguiera acordando de lo que tenía que hacer.
―¡Mira, chaval, me importa una mierda lo que hagas con tu vida! ―vociferé, totalmente fuera de mis casillas―, pero más te vale que mi hermano deje cuanto antes ese trabajo. Te doy dos meses. Si no, iré a por ti. ¿Me has entendido?
Lo empujé sin la más mínima suavidad contra el sofá y me largué dando un portazo, mucho más furioso de lo que había llegado. A esas alturas, desconocía si Ortiga había hablado finalmente con mi hermano o todo había quedado en una mera quimera, aunque al ver nuevamente a Mario sentado frente a mí en la comisaría, imaginé que se habría tratado más bien de lo segundo.
―Cuídate, hazme el favor ―me despedí, con una ligera sonrisa, encarando el pasillo que conducía a las dependencias interiores.
―La próxima vez, será mejor que hables directamente conmigo ―pude oír que gritaba a mis espaldas.
Ni siquiera me volví. Mi hermano tenía entonces veintiséis años. Aunque se iba haciendo mayor, yo, de forma inconsciente y por más que quisiera evitarlo, seguía sorprendiéndome a mí mismo al comportarme de forma muy diferente a como se suponía que debía hacerlo. Muchas veces me sentía como el padre que nunca tuvo. En realidad, como el que ninguno de los dos tuvimos.
Resignado, atravesé la puerta de mi despacho. El expediente de Rodrigo Barbosa me esperaba encima de la mesa. Para mi asombro, no era lo único que me aguardaba allí.
―Buenas tardes, ¿quién es usted y en qué puedo ayudarla? ―pregunté, extremadamente sorprendido al ver a alguien ajeno al personal de comisaría en el interior de mi despacho.
―Me llamo Sofía Malmierca. Soy la madre de Rodrigo Barbosa ―respondió, con lágrimas en los ojos.
4
Sofía Malmierca era una señora que podría rondar los setenta y cinco años. Con pelo corto y canoso, al estilo garçon, vestía pantalón y jersey negros. No llevaba pendientes, pulseras, ni tampoco anillos. Solo portaba una mirada que desprendía un dolor tan intenso que podía atravesar el alma de cualquiera.
―¿Cómo ha llegado hasta aquí? ―pregunté, mientras me sentaba frente a ella e intentaba reponerme de la impresión.
―Ha sido un chico joven, el agente Javier Ardana, quien me ha traído a su despacho y me ha dicho que lo esperase.
Maldije para mis adentros al novato, aunque en realidad tampoco toda la culpa era suya. Recién salido de la academia, el chico se había incorporado cuatro días antes a mi equipo y yo apenas había podido cruzar unas pocas palabras con él. De hecho, no había tenido siquiera la ocasión de explicarle cómo funcionaba la unidad. Con todo, eso no le serviría de excusa, y mi mente ya visualizaba el buen chaparrón que le iba caer. No se podía meter así a alguien en el despacho de un superior sin avisar.
―Entiendo ―contesté, disimulando mi malestar―. Tenía pendiente hablar con usted, aunque, dadas las circunstancias, he de confesarle que no esperaba hacerlo hoy. Antes de nada, quiero expresarle mi más sentido pésame y aprovecho también para decirle que estamos aquí para todo lo que necesite ―dije, con toda la sutileza y afecto que me fue posible.
Sofía Malmierca mantenía los ojos acuosos y yo temía que rompiera a llorar de un instante a otro. Sin embargo, mantuvo el tono neutro del saludo anterior.
―Mi hijo no se suicidó. No me importa lo que diga la autopsia. Era demasiado cobarde para eso. Créame, soy su madre ―soltó de repente.
He de reconocer que su reacción no me sorprendió demasiado; que una madre afirmara eso podía llegar a ser de lo más normal del mundo. Decidí comenzar a indagar un poco más en la vida del difunto.
―¿Por qué piensa así? Mejor, empecemos por el principio. Cuénteme cómo era su hijo.
Sutilmente, pulsé el botón de acceso directo de mi teléfono móvil y activé la grabadora de mi dispositivo.
―De pequeño era muy travieso, ¿sabe? Se pasaba el día molestando a otros niños y lo tuve que sacar de algún lío en más de una ocasión, pero con el paso de los años se volvió cada vez más tímido y, tras la muerte de su padre, cuando él tenía diecisiete años, se encerró incluso más en sí mismo. Apenas salía de casa y se pasó buena parte de su juventud entre videojuegos y visitas a clubs de alterne que no lo llevaban a ningún sitio. Solo mantenía relación con un par de amigos cercanos, hasta que se fueron casando y teniendo hijos, lo que hizo que se distanciaran todavía más. Ya sabe, lo normal. Creo que ahí es cuando comenzó a sentirse verdaderamente solo.
―Entiendo ―asentí, dándole pie a que continuara.
―Supongo que también querrá saber si tenía o tuvo anteriormente alguna novia. Le sacaré de dudas: jamás trajo a nadie a casa y una única vez me enteré por los chismorreos de pueblo de que lo habían visto por Granada acompañado de una mujer, aunque de eso hace ya muchos años y él siempre fue muy reservado para esos temas.
Me sorprendió el aplomo con el que la mujer hablaba ya de su hijo en pasado; parecía que tenía totalmente asumida la pérdida de su vástago, apenas unas pocas horas después de confirmarse su trágica muerte.
―Tengo entendido que Rodrigo era hijo único. ―Ella sintió―. ¿Alguna otra afición o amistad que destacara en especial?
Sofía Malmierca pareció pararse a pensarlo durante un instante.
―Una cosa de cada, quizá. Hace alrededor de ocho o diez meses, noté que volvía a estar de nuevo muy activo socialmente. Aunque hace años que se independizó, su piso está a escasos minutos de mi casa y, desde hace un tiempo, comencé a percatarme de que se cuidaba más, se compraba mucha ropa y salía de nuevo por las noches… Al principio me alegré, pues pensaba que al fin había conocido a una buena mujer, pero pronto esas salidas empezaron también a preocuparme, pues a veces mi hijo, bastante responsable dentro de lo que cabe, se pasaba un día entero o más sin darme la más mínima señal de vida; ni una llamada, ni un mísero mensaje para decirme que estaba bien. Entiendo que a usted le parezca normal que un hijo de cuarenta y tantos actúe así, pero nosotros estábamos muy unidos y vivíamos a un paso. Y a pesar de que indagué por mi cuenta, pues sabía que él no me lo iba a contar directamente, no pude averiguar nada respecto a sus nuevas amistades o a lo que hacía en esos momentos en los que parecía escabullirse del mundo.
Tal y como me temía, Sofía no aguantó más y comenzó a sollozar.
―He sido una mala madre, eso es lo que he sido…
Se llevó las manos a la cara.
Me levanté de la silla e, inclinándome sobre la mesa, llevé mi mano con suavidad a su antebrazo.
―Vamos, cálmese. Estoy seguro de que usted puede ser cualquier otra cosa menos eso ―intenté reconfortarla mientras le daba unas suaves palmaditas.
Consolar no se me daba precisamente bien, y el caso era que bastante entereza había mostrado ya Sofía Malmierca, teniendo en cuenta que al día siguiente iba a enterrar a su único hijo. Decidí, por tanto, terminar con la entrevista, puesto que más adelante tendría que volver a visitarla en su casa y ver también el domicilio del propio Rodrigo Barbosa.
―¿Cree que su hijo podía tener deudas de juego o de algún otro tipo? ―Dado el perfil, la forma de morir y lo poco que me había contado su madre, fue lo primero que pasó por mi cabeza.
―No lo creo, a Rodrigo no le gustaba jugar ni al Monopoly ―contestó con seguridad.
―Me ha ayudado usted mucho. Váyase a descansar lo que pueda, que mañana le espera una dura jornada.
―Gracias, señor inspector ―me dijo, mientras se levantaba, secándose las lágrimas con un pañuelo que acababa de sacar del bolso. Acto seguido, mirándome directamente a los ojos, preguntó―: Me cree, ¿verdad? Mi hijo no se ha suicidado. Alguien lo ha matado, estoy segura. ¡Tiene que creerme, por favor! ―exclamó, con un deje de desesperación.
―Le prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos para esclarecer los hechos ―expresé con el tono de voz más seguro que pude encontrar en ese momento.
Ella asintió, probablemente un poco decepcionada ante mi respuesta, y se encaminó a la puerta del despacho. Justo cuando se disponía a salir, caí en la cuenta.
―Un momento, le he hecho una pregunta doble y solo me ha respondido a una de dos: la de la posible y misteriosa nueva amistad, pero no me ha dicho cuál era su afición particular.
Las cuencas de los ojos de Sofía Malmierca comenzaron a inundarse de lágrimas.
―A Rodrigo le encantaba pescar ―confesó, conteniendo el llanto―. Podía pasarse las horas muertas al lado de una diminuta charca si sabía que en su interior se encontraba un solo pez.
―Está bien, gracias ―respondí, algo aturdido, mientras abría amablemente la puerta del despacho para que saliese.
Cuando me quedé solo, dejé que la adrenalina bajara de intensidad progresivamente. Estaba poco a poco formándose una imagen del fallecido en mi mente que encajaba con varios tipos de perfiles a la vez. Lo de la pesca podía ser casualidad o no, pero, en cualquier caso, tendríamos que hablar nuevamente con el supuesto pescador aficionado que encontró el cuerpo. Era como si aquel hombre no encajase del todo con el escenario en el que lo encontramos, y por más que hubiese predicado sobre su gran afición a la pesca, no dejaba de darme la impresión de que parecía como si se hubiese situado allí adrede, de manera artificial.
Marqué la extensión y, al poco, escuché la respuesta de una voz juvenil al otro lado.
―Ardana, preséntate en mi despacho. De inmediato.
5
Eran las nueve y media de la noche cuando salí de comisaría. Jueves en Granada. La noche universitaria por excelencia. Por suerte, aún era temprano y la juventud apenas empezaba a salir a esa hora por las zonas típicas de tapeo, como la calle Gonzalo Gayas o el barrio de la Plaza de Toros. Disponía, por tanto, de un par de horas de relativa tranquilidad antes de que Plaza Einstein, sus calles aledañas y el centro en general estuvieran rebosantes de jóvenes estudiantes con ganas de juerga. Hacía tiempo que odiaba ese bullicioso ambiente, así que, resignado a no salirme de mi horario, enfilé en dirección a la calle Pedro Antonio de Alarcón antes de que el tiempo se me echase encima. Me paré en un puesto de comida rápida que solía frecuentar las veces que pasaba por allí y no me apetecía complicarme demasiado la vida con la cena. Tras una breve espera en la cola, logré pedir un kebab completo y, poco después, me vi nuevamente caminando mientras se me pringaban los dedos de salsa, a la par que yo hacía todo lo que podía por devorarlo a grandes bocados lo más rápidamente posible. Buscaba despejarme en un sitio tranquilo, por lo que decidí parar en el Ámsterdam, para mí el pub con más caché de aquella zona. Escasos minutos después, abría la puerta y, tal y como esperaba, a esas horas, el local estaba aún prácticamente vacío: un par de grupitos en las mesas del fondo y apenas tres o cuatro parroquianos que se agolpaban alrededor de la barra constituían toda la clientela del lugar, por cierto, decorado con mucho gusto. Las plantas que lo engalanaban, la acertada iluminación y los cómodos sofás componían un espacio magnífico para tomar un café o una copa en un ambiente distendido, sin el hándicap de una música estridente que impidiera disfrutar de una buena conversación.
Con el estómago ya lleno, pedí al camarero de la barra una ginebra con tónica y me acomodé en uno de los sofás. Cerré los ojos por un instante. Si Rodrigo Barbosa se había suicidado, ¿cuál era el motivo? Su madre estaba convencida de que él jamás habría hecho algo así, pero si alguien lo había empujado a ello, iba a ser tan difícil de demostrar… Si había saltado por el precipicio sin ninguna ayuda, mucho me temía que íbamos a tener que cerrar el caso como una muerte accidental o un suicidio más.
Una joven y atractiva camarera interrumpió mis pensamientos cuando puso sobre la mesita una copa de balón repleta de hielo junto con un pequeño cuenco de frutos secos. Acto seguido, abrió la botella de Martin Miller y comenzó a rociar mi vaso con aquella magnífica bebida espiritosa.
―¿Un mal día? ―preguntó ella, dedicándome una dulce sonrisa.
―Hace tiempo que no recuerdo uno bueno ―contesté, lacónico.
Ella se limitó a asentir con cara de circunstancias.
―Usted me indica cuándo parar, ¿vale? ―me pidió, mientras rellenaba de ginebra mi copa.
―Está bien así ―contesté, inmediatamente después.
Ella no paró al momento, sino que se demoró un par de segundos más.
―Un pequeño extra para que al menos la noche se haga algo más buena. ―Y, dedicándome otra sonrisa, añadió―: Si necesita algo más, pídamelo directamente a mí. Disfrute de la velada, inspector.
Mi corazón se aceleró ligeramente en cuanto se dio la vuelta. ¿Acaso conocía yo a aquella chica y no la recordaba? Lo dudaba… Ella tendría poco más de veinte años y yo no me solía mover en aquel ambiente nocturno. Probablemente, tendríamos algún conocido en común y yo lo había olvidado por completo, pero poco después y tras darle otra vuelta, no me satisfizo mi propia explicación. Ella no parecía ser la clase de chica de la que yo me pudiera olvidar.
Bebí más rápidamente de lo habitual y, unos minutos después, le hacía un gesto con la mano para que volviera a rellenar mi copa. A esas horas, y tras una jornada tan larga, me era imposible concentrarme ya en el trabajo. Únicamente tenía ganas de distraerme y charlar con quien fuese de cualquier cosa.
Ella volvió con su gran sonrisa.
―¿De qué nos conocemos? Disculpa, pero no te recuerdo… ―dejé caer.
―Oh, de nada ―repuso ella.
―Por favor, me siento fatal, no suelo olvidar una cara, y menos una como la tuya ―le solté sin pensarlo, casi a la vez que me arrepentía de pronunciar ese patético cumplido.
«Soy lamentable en esto», me fustigué. Por suerte, ella no pareció tener muy en cuenta mi penoso intento de piropo.
―Es que no nos conocemos. Bueno, en realidad, yo a usted sí.
Pedí con los ojos una explicación y ella se apresuró en proporcionármela.
―Estudio Criminología y hace poco analizamos en clase las noticias en la prensa de uno de sus casos, aquel de los curanderos y los productos homeopáticos. Su foto salía junto a la de sus compañeros en primera plana.
Era cierto. Hacía un par de años, habíamos destapado una importante trama de falsificación de los ya de por sí eternamente cuestionados productos homeopáticos, a los que una red de curanderos y espiritistas de baja calaña añadía sustancias tóxicas que no hacían sino enganchar a los pobres desgraciados que caían en sus redes hasta que se quedaban sin un céntimo. El efecto de la droga era tan potente que los sujetos olvidaban por completo para qué habían acudido inicialmente al supuesto curandero o si había tenido efecto alguno sobre su dolencia; simplemente querían más y más.
―Si me lo permite, en la facultad es usted uno de nuestros pequeños héroes ―añadió.
La miré, escéptico, cómo no, sin saber bien qué decir. Ella terminó de rellenarme nuevamente la copa, cambió el cuenco de frutos secos, a pesar de que el anterior estaba intacto, y antes de alejarse nuevamente, me dijo:
―Me llamo Paula Olmos. Estoy especializándome en Psicología Criminal y Victimología, así que, quién sabe, puede que en un futuro volvamos a encontrarnos ―comentó, divertida.
―Quién sabe ―sonreí a su vez.
Ella se alejó y yo, tras mirar el reloj y otear alrededor, reparé en que el local se estaba inundando paulatinamente de una alegre y ruidosa juventud, por lo que apuré también la segunda copa en pocos tragos y salí apresuradamente de allí. Eso sí, antes había dejado mi tarjeta junto al cuenco de frutos secos. En la calle, cuando pasé de vuelta y miré a través de la cristalera, pude comprobar que, efectivamente, Paula Olmos la recogía y parecía volver a sonreír tímidamente.
¿Había ligado o es que era famosillo en el círculo de estudiantes de Criminología de la Universidad de Granada y de ahí la simpatía y atención recibida? Me decantaba más por lo segundo. Era cierto que, en los últimos años, había llevado a buen puerto un par de casos con cierta repercusión en los medios. El de la homeopatía era uno de ellos. El otro asunto más mediático estaba relacionado con la falsificación masiva de bolsos de primeras marcas, un tema quizá mucho más complejo, pero que ni mucho menos había tenido el eco y la repercusión del primero.
De camino a mi apartamento en la plaza de los Lobos, cavilaba una vez más sobre el hecho de que, por mucho que quisiera, lo de ligar no terminaba de ser lo mío. Por entonces, llevaba tres años divorciado y, a la vista estaba, seguía sin mucha pericia al intentarlo. Cada vez que daba el primer paso, la fastidiaba, así que la experiencia me decía que lo mejor era estarse quietecito y hablar más bien poco. Al creciente frío de la noche que avanzaba, no pude evitar tornar mis pensamientos hacia el caso Barbosa de nuevo. Ya me había hecho a la idea de que la investigación iba a quedar en nada, pero eso no impedía que tuviésemos bastante trabajo por delante: tendríamos que echar un buen vistazo a la casa y amistades de Rodrigo Barbosa, además de pedir las explicaciones oportunas al hombre que encontró el cuerpo y dio el aviso a las autoridades.
Justo cuando me disponía a sacar la llave para abrir el portal, miré hacia arriba y, de repente, me pareció ver cómo una tenue luz se diluía tras las cortinas del cuarto y último piso. Mi corazón comenzó a latir apresuradamente. Ese era mi apartamento. Profundamente agitado, rápida e instintivamente, di un par de pasos para pegar mi espalda a la pared del edificio y doblé la esquina para ocultarme. Agazapado y sin dejar de vigilar el portal del inmueble en ningún momento, eché mano a la cintura y, para mi alivio, sentí mi reglamentaria, una USP Compact 9 mm, pegada fielmente al cuerpo. Con el ajetreo de la tarde, había olvidado por completo dejarla en el taquillón de comisaría.
Instantes después, marcaba desde mi teléfono móvil el número de Morrison, al que debí despertar de un profundo sueño.
―¿Inspector? ¿Qué sucede? ―preguntó con su grave voz, intentando ocultar un cierto malestar, probablemente por las horas.
―Morrison, necesito que mande inmediatamente una patrulla a mi domicilio.
―¿Qué ha ocurrido?
―Digamos que hay alguien hurgando en mis cosas.
―No haga ninguna tontería, en menos de cinco minutos tendrá una patrulla en la puerta.
La estrecha calle perpendicular a la plaza en la que se asentaba mi portal apenas se encontraba transitada a esa hora. Dejé correr un minuto, respirando profunda y pausadamente para intentar tranquilizarme y sacudirme así el miedo que se me había incrustado en el cuerpo, apoyando la mano sobre la cadera y acariciando con los dedos la culata de mi pistola, sin dejar de posar la vista alternativamente en la entrada y la ventana del cuarto piso. Sin embargo, no pude aguantar más la espera. En un par de grandes zancadas, alcancé el portal y, una vez en el interior, desenfundé mi reglamentaria y comencé a subir lentamente por las escaleras. No disponer de ascensor suponía en esos momentos toda una ventaja, pues sabía que si alguien pretendía abandonar el edificio, tenía que toparse conmigo sí o sí.
A oscuras y con extremo sigilo, alcancé la última planta, la única del edificio que, en lugar de dos viviendas, contenía solo una, mi pequeño ático. Con el corazón latiendo cada vez más aceleradamente, me agaché, intentando vislumbrar a través de la rejilla inferior de la puerta algo de luz en el interior, pero me fue imposible distinguir el mínimo resquicio de claridad. La oscuridad era total. El silencio también. ¿Habían sido imaginaciones mías? Al fin y al cabo, estaba agotado y me había tomado un par de copas. Podía haber sido el reflejo de la farola, el piso de enfrente… Sin embargo, en el fondo, yo sabía que no era así. Con determinación, me puse en pie y, con sumo cuidado, tanteé la llave en el interior de mi bolsillo. Tenía una sola oportunidad para sorprender. Probablemente, la cerradura no tendría dada ninguna vuelta adicional, así que me dispuse a entrar jugándome todo a un único giro rápido. No estaba en mis planes dar ninguna opción a quien o quienes estuviesen dentro.
«A la de tres ―me dije mentalmente―. Uno, dos y tres…».
Giré la llave ágilmente y abrí la puerta de golpe, pulsando el interruptor de la luz apenas medio segundo después. Tras una ligera ceguera, arma en alto y apuntando hacia el frente, me encontré con un salón completamente vacío. La televisión estaba apagada y el sofá, impoluto y desocupado. La pequeña cocina, comunicada con el salón mediante la típica barra americana, también lucía desierta. Más alerta si cabe, me dispuse a entrar en el dormitorio. La puerta se hallaba entreabierta y, esta vez sí, pude distinguir una tenue luz que se colaba por la rendija lateral. Tragué saliva y me coloqué nuevamente con la espalda pegada a la pared, junto al marco izquierdo. Mentalmente volví a contar hasta tres. «Uno, dos… ¡tres!».
Di una patada a la puerta y apunté directamente a la cama. Podría haber esperado cualquier cosa menos aquello. Tan asombrado estaba que me quedé totalmente paralizado.
―Vaya, vaya, Dieguito ―irrumpió una voz de mujer que conocía demasiado bien―. ¿A eso te dedicas ahora? ¿A ligar con zorritas universitarias entre semana? ¿A apuntar con un arma a tu exmujer? Podría denunciarte por esto.
―¿Qué cojones haces aquí? ―pregunté, visiblemente sorprendido, al encontrarme a Carlota, mi exmujer, tumbada en mi cama en picardías y con lo que parecía ser una copa de güisqui sobre mi mesita de noche.
―Esas no son formas de tratar a tu señora, Diego ―dijo.




