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―No me llames Diego ―repliqué―. Y te recuerdo que ya no eres mi señora. ¿Cómo has entrado? ―insistí, ahora enfurecido, mientras bajaba y enfundaba nuevamente mi pistola.
Había cambiado la cerradura precisamente porque, recién divorciados, Carlota se dedicó durante un tiempo a entrar en mi nuevo piso de soltero de forma recurrente y a destrozar todo lo que se le pusiera por delante: muebles, electrodomésticos, el televisor de cincuenta pulgadas para el que había estado ahorrando meses...
De pronto, el sonido de mi teléfono interrumpió la curiosa escena: los agentes de refuerzo se encontraban al pie del edificio, esperando mis instrucciones.
―Todo está en orden, ha sido una falsa alarma, compañeros. Disculpad las molestias, os tengo que dejar.
―Pero, inspector… ―escuché protestar al otro lado.
Colgué sin más. Me sentía demasiado furioso. Ya habría tiempo para explicaciones más adelante. Por un breve instante, pensé que mi vida estaba rodeada de personas que, de una u otra forma, afectaban negativamente a mi estado anímico en el día a día: mi hermano Mario, mi pobre y senil abuela o la inestable de mi exmujer eran claros ejemplos de ello.
―Vaya, vaya, no me digas que has pedido refuerzos. Dieguito, van a decir por ahí que no puedes controlar tú solo a tu mujer…
―Carlota, ¿qué diantres quieres esta vez y qué haces aquí? ―le grité, colérico―. ¡Dame la llave con la que has entrado y sal inmediatamente del apartamento si no quieres dormir esta noche en un calabozo!
Ella rio.
―Estás muy soso y tenso últimamente, cariño. Ven aquí y relájate conmigo ―sugirió, mientras daba una palmadita sobre el colchón.
―¿En serio? ―exclamé, más ofendido que otra cosa―. Carlota, lárgate, te lo pido por las buenas una última vez.
Mi tono implacable surtió efecto, porque ella comenzó a poner cara de morros y a gimotear.
―Veo que sigues sin querer arreglar lo nuestro…
Rompió en un ligero sollozo. Yo no sabía qué era peor: si encontrarme a la Carlota fría y calculadora queriendo jugar conmigo o la que se convertía de golpe y porrazo en un manto de lágrimas. Estuvimos dos años casados tras otros tres de noviazgo y lo cierto es que fueron cinco años estupendos, posiblemente los mejores de mi vida. Todo iba bien hasta que ella me dejó por un tipo mucho mayor, un empresario que estaba forrado y al que ella no pudo o no supo decir que no. Con treinta y un años me quedé hundido. Mi carrera, entonces como subinspector, estaba comenzando a despegar, y mi mediocre pero razonable sueldo no parecía suficiente para llevar el tren de vida que ella pretendía. Lo pasé mal, francamente mal, sobre todo porque no esperaba ese golpe. Estábamos supuestamente bien; es más, incluso habíamos hablado ya de formar una familia, pero todo se precipitó de repente. Ella se marchó, y lo único que dejó en mi recuerdo fueron los meses más horribles de mi existencia. Sin embargo, lo peor para mí vino un tiempo después. Al poco, el tipo por el que me abandonó se cansó de ella y la dejó en la estacada con una depresión de caballo, lo que hizo que volviera a mí periódicamente de las formas más variopintas posibles… Al principio intenté ayudarla, pero con el paso de los meses la cosa se volvió insostenible. Carlota, la que había sido la mujer a la que más he querido, se estaba echando a perder, tomando una mala decisión tras otra ―incluso una noche, tuve que ir a sacarla del calabozo―. A pesar de que podía decirse que la mayor parte del tiempo se comportaba como una persona completamente estable, la depresión que sufría le provocaba altibajos, y sus brotes más virulentos siempre me afectaban de un modo u otro. Para mi fortuna, sus apariciones en mi vida eran cada vez más esporádicas y, según me explicó su psicólogo, que me mantenía puntualmente informado, si yo me mantenía firme en mis convicciones y no le daba cuerda, terminaría por superar sus frustraciones, recuperar del todo la cordura y comenzar a rehacer verdaderamente su vida.
―Carlota, hace años que se acabó lo nuestro, lo sabes bien. No sé a qué sigues jugando, pensaba que ya te habías cansado. ¿Qué ha sucedido esta vez? ―pregunté, ahora lo más amigablemente que pude.
―Los hombres son unos cerdos, Julio.
Por momentos, parecía la verdadera Carlota que yo conocí, la chica dulce y amable siempre dispuesta a echar una mano a quien lo necesitase.
―Lo somos, sí ―concedí―, pero eso tú ya lo sabías ―puntualicé, algo cortante.
―Tú eres diferente, Julio. Me equivoqué tanto contigo… ¿Me perdonarás algún día? ―preguntó, con ojillos de cordero degollado.
Callé. Cuando ella ponía esa mirada, me moría de ganas de abrazar y besar a aquella mujer, la única que, hasta ese momento, me había hecho sentir algo de verdad, pero después recordaba el sinfín de torturas a las que me había sometido aquella cara angelical durante los últimos años y bajaba de nuevo al suelo a pisar tierra firme.
―Date por perdonada ―le respondí―. Venga, te ayudaré a vestirte y pediré un taxi para que vuelvas a casa.
Para mi sorpresa, ella asintió y obedeció sin reparos. Poco después, nos encontrábamos en la calle ante un vehículo blanco con el motor en marcha y una franja roja en su lateral.
―¿De verdad que estás bien? ―insistí.
―Sí, ha sido una tontería. Pensé que quizás…
―No te preocupes ―la corté―. Descansa ―añadí, mientras cerraba la puerta trasera del coche.
Ella bajo rápidamente la ventanilla.
―Julio, estás muy guapo.
El taxi comenzó su carrera y yo me quedé parado en medio de la calle y la gélida noche, viendo el vehículo deslizarse lentamente sobre los adoquines. Una parte muy importante de mi vida iba en aquel coche, y a medida que Carlota parecía que volvía en sí, yo me preguntaba si realmente estaba haciendo lo correcto.
6
―Dime, Pulido, ¿quién era Rodrigo Barbosa?
―Un pringado, un manta, un cero a la izquierda. No era nadie. Solo escoria. Sí, eso, escoria.
―Pero ¿saltó o lo arrojaron?
―Jefe, un manta no salta sin paracaídas. A ese primo lo han tirado por el barranco.
Tras dormir unas pocas horas, puse rumbo a comisaría. Después de varios meses en blanco, había vuelto a tener nuevamente el sueño con la Pulido macarra que dibujaba mi subconsciente… Me inquieté por un instante, pero tenía cosas más importantes en las que pensar, así que ya habría tiempo para eso cuando volviera a visitar a la doctora Corvina. Y es que, aunque debido al cansancio no reparé en el hecho la noche anterior, todavía no me terminaba de fiar del todo de Carlota, por lo que antes de salir me puse a revisar el apartamento de cabo a rabo.
Tras realizar un chequeo a conciencia y no encontrar ninguna anomalía, me di una ducha con agua templada y salí caminando con cierta parsimonia, respirando profundamente e intentando que el frescor del aire mañanero procedente de la cercana Sierra Nevada penetrara lentamente por la nariz y me invadiera todo el cuerpo, refrescándolo por completo. Necesitaba estar lo más despejado posible para la jornada que se me avecinaba y, para ello, decidí desayunar en mi bar favorito, El Piedra. Apenas quince minutos después, traspasaba su cochambrosa puerta.
―Buenos días, Ramón, lo de siempre ―dije, a modo de saludo.
Tomé un periódico deportivo y me dirigí a mi mesa habitual.
―Aquí tienes, guapetón ―me dijo Loli un par de minutos después, vaciando su bandeja para poner sobre mi mesa un café y una tostada de jamón serrano regada con una buena dosis de aceite de oliva.
―Gracias, Loli ―le contesté, sin apartar la vista del periódico.
―¿Cuándo vas a invitarme a salir de una vez? ―me lanzó a bote pronto.
No sabía si se trataba de una broma o aquella señora realmente tenía la esperanza de que yo la invitara a salir. En cualquier caso, era viernes, y ese era el día de la semana en el que mi buen humor solía estar en su momento álgido. Decidí hacer gala de ello y seguirle un poco el juego por una vez.
―Ya mismo, Loli. Ahora mismo estoy hasta arriba de trabajo, pero en cuanto cierre un par de flecos del caso que tengo entre manos, saldremos a cenar.
―¡Ay, qué alegría! ¿Los dos solos? ¿Y dónde me vas a llevar? ¿Bailaremos después? ―preguntó de seguido, poniendo los ojos como platos.
Loli era muy persistente y, aunque tendría que haber cortado ahí, seguí dándole cancha.
―Hay un italiano no muy lejos de aquí que te va a encantar, el Grotta Mare. ¿Lo conoces? ―le pregunté, jovial.
―No, pero seguro que es un lugar maravilloso…
Mi teléfono sonó de pronto y yo le hice un gesto a Loli, señalando con el dedo índice mi aparato móvil. Ella lo comprendió y se alejó, dando una vuelta sobre sí, cual colegiala en su baile de fin de curso, con una sonrisa de felicidad inundándole el rostro.
―Aquí Velázquez.
―Inspector, ¿se encuentra bien? Molero y Requena me dijeron que se trataba una falsa alarma y luego no atendió mis llamadas…
Morrison no pudo evitar un ligero deje de reproche en sus palabras. No era para menos. Llevábamos cinco años trabajando juntos y, en esta ocasión, tenía que darle toda la razón. Debería haberle avisado después de encontrar a Carlota en mi apartamento para decirle que todo estaba bien, pero nada más subir a casa, y tras dejar a mi exmujer en el interior del taxi, me sentí extremadamente agotado, así que apagué el teléfono, me tumbé en la cama y caí en un profundo sueño de inmediato.
―Disculpe, Morrison, se me fue el santo al cielo. Fueron imaginaciones mías ―me excusé, puesto que no quería darle explicaciones sobre la aparición de Carlota.
―Últimamente lo noto muy estresado. Quizá debería tomarse unas vacaciones ―me sugirió en su tono sobrio habitual.
Aquello fue como la típica bofetada que no ves venir. Morrison me notaba ahora estresado. ¿Acaso era para menos? Mi vida iba a la deriva y la mayoría de las personas más cercanas no hacían sino complicármela mucho más en lugar de intentar echarme un cable de vez en cuando. El problema era que, hasta ese momento, yo pensaba que lo disimulaba medianamente bien.
―Quizás pronto lo haga… ―respondí vagamente y, cambiando inmediatamente de tema, le dije―: Reúna a todo el equipo en media hora. Nuestro deber es investigar a fondo la muerte de Rodrigo Barbosa.
Apuré el café y la tostada y me dirigí raudo a comisaría, directo hacia mi despacho. Dejé la cazadora en la percha, cerré la puerta, bajé las cortinillas y, dirigiéndome al segundo de los cajones de mi escritorio, saqué un cigarrillo electrónico. Jamás había fumado de forma habitual pero, para mi desgracia, esa era una de las secuelas que había dejado mi traumático divorcio; así que ahora intentaba paliar tristemente la ansiedad pasajera con una dosis electrificada y comedida de nicotina, escondido tras la mesa, como un adolescente rebelde que teme ser pillado por sus padres.
Mientras daba sorbitos y exhalaba diminutas bocanadas de vapor, eché un vistazo al expediente de Rodrigo Barbosa. Abrí el correo electrónico y, al fin, pude ver resaltado en negrita en mi bandeja de entrada el mensaje que estaba esperando: el informe competo de la autopsia firmado por el cretino de Salvatierra. Su ayudante no me había llamado la tarde anterior, pero, al menos, se habían dado prisa. Abrí el email y descargué el archivo adjunto. Tras una ojeada rápida, resultó obvio que no íbamos a encontrar nada extraordinario en aquel documento. A grandes rasgos, venía a decir que se trataba de una muerte natural por ahogamiento tras una conmoción craneoencefálica, que a su vez podía corresponderse con una caída desde una gran altura. Voilà. Encajaba perfectamente con lo que ya suponíamos. Barbosa saltó al vacío desde aquel bonito acantilado-mirador en el paraje de Las Lomas, se quedó grogui al golpearse con el agua o una roca y murió ahogado. La corriente lo arrastró hacia aquel recodo unos pocos kilómetros más abajo hasta que el supuesto aficionado a la pesca lo encontró. El esquema de lo que posiblemente había sucedido se pintaba claro. Sin embargo, la pregunta era: ¿Por qué saltó Rodrigo Barbosa? ¿Fue un accidente? En mi cabeza resonaban con fuerza las palabras de Sofía Malmierca: «Mi hijo no se ha suicidado, créame, inspector».
Preparé en una memoria USB el material de la reunión: la documentación de la autopsia, las fotos de Morrison y el informe de mis colegas, Rodríguez y Palma, una vez llegaron al lugar en el que se encontró el cuerpo.
A las nueve y media en punto, todos estaban ya en la sala de reuniones con el proyector preparado. Pulido y Morrison se habían situado en los asientos más cercanos, mientras que Ardana se había colocado justo detrás, al lado de Ana Ríos, la joven ayudante de Salvatierra, quien solía asistir a las primeras reuniones de las investigaciones convocada por el propio Morrison para esclarecer posibles dudas sobre el informe de la autopsia. En la pequeña sala quedaba un hueco libre que solíamos reservar para la comisaria Figueroa, que de vez en cuando se dejaba caer para ver nuestros avances de primera mano. Aquel día no fue así.
―Buenos días ―comencé, de pie y con el proyector en el que iba a mostrar las fotografías y el material recopilado a mis espaldas―. Imagino que todos habéis leído ya el informe de la autopsia, así que haremos una rápida puesta en común y veremos los próximos pasos a seguir para liberar cuanto antes a la señorita Ríos ―dije, haciendo alusión a la ayudante de Salvatierra, de la que se rumoreaba además era su amante―. Por tanto, procedamos primero a comentar dudas sobre el informe.
Dirigiéndome al agente Ardana directamente, le pregunté:
―Ardana, es tu primera reunión de investigación con este equipo. ¿Alguna cuestión al respecto?
Todavía le debía escocer la reprimenda del día anterior por citar a la madre de Barbosa en mi despacho sin avisarme siquiera, así que en parte yo quería ponerlo a prueba. Parecía un muchacho con cualidades, y si verdaderamente las tenía, mi deber era sacarlas a relucir y explotarlas al máximo.
―No, inspector, todo claro ―respondió.
―Y bien, ¿cuál es tu teoría, entonces? ―lo sondeé.
―Pues que ese hombre saltó desde uno de los riscos al río, se dio un golpe en la cabeza y falleció ahogado. No hay más ―resolvió, con un cierto aire sobrado.
―Ibas muy bien hasta el «no hay más», Ardana. Cuando una persona se quita la vida, o se la arrebatan, siempre hay algo más ―maticé, severo.
Ardana asintió con gesto serio ante mi pequeña corrección y yo me dirigí, a continuación, a la mujer que se sentaba junto a él.
―Señorita Ríos, creo que todos tenemos perfectamente claro su informe, por lo que puede retirarse si así lo desea.
La joven, una escultural chica rubia de ojos claros, se levantó y se despidió con unas breves palabras y una amigable sonrisa, dedicándome una última mirada durante los dos largos segundos que se demoró en cerrar la puerta tras de sí. Pensé por un momento en qué pasaría si le pagara a Gonzalo Salvatierra con su misma moneda, arrebatándole de los brazos a su joven y atractiva ayudante. Fantaseé durante un segundo con la idea, y no solo por el hecho de que conquistar a la señorita Ríos constituyese para mí la venganza soñada contra el jefe del equipo forense.
―Bien ―tomé de nuevo la palabra―, tal y como apunta Ardana, todo parece indicar que nos encontramos ante un suicidio. Sin embargo, como es habitual en este tipo de casos, nos vemos obligados a investigar a fondo el entorno de la víctima para descartar de forma certera cualquier otra hipótesis. Hablaremos con sus familiares más cercanos, amigos más íntimos, compañeros de trabajo… Nuestra obligación es intentar dilucidar qué pasaba por la cabeza de Barbosa antes de saltar al vacío. Para ello, nos dividiremos en dos grupos que seguirán dos líneas de trabajo diferentes.
―¿Qué hay del teléfono? ―interrumpió la siempre atenta Pulido.
―No se hallaba con el cuerpo, y la última señal móvil la tenemos cuatro kilómetros más arriba, cerca de un bonito mirador que Morrison y yo tuvimos la suerte de visitar ayer mismo ―respondí―. Mucho me temo que el aparato se encuentra en algún lugar a lo largo de esos cuatro kilómetros de agua entre un punto y el otro. Será casi imposible que demos con él, pero, ya que lo mencionas, Pulido, ve pidiendo a la compañía telefónica el registro de llamadas, mensajes y, en definitiva, toda la información al respecto que nos pueda proporcionar.
―Eso está hecho.
―Ayer la madre de Barbosa vino a hablar conmigo ―proseguí, lanzando una mirada de reojo a Ardana― y, como es natural, piensa que su hijo no se ha suicidado. Morrison y yo iremos a hablar nuevamente con ella y a echar un vistazo a la casa del difunto. También nos ocuparemos del pescador amateur que encontró el cuerpo. Por otra vía, vosotros dos, Pulido y Ardana, iréis al trabajo de Barbosa y os entrevistaréis con los jefes y compañeros que consideréis conveniente. Si hoy a última hora traemos los deberes hechos, puede que incluso podamos disfrutar de un buen merecido fin de semana.
Los tres asintieron, y Ardana y Pulido salieron de la sala de reuniones con la motivación extra de tener por delante un trabajo, en teoría fácil, para dar carpetazo al caso y cerrar de paso así la semana laboral.
Morrison mantenía la vista en la presentación que se proyectaba a mis espaldas, atusándose el bigote entrecano, tal y como solía hacer cuando reflexionaba.
―¿Qué sucede, Morrison?
―Nada ―me contestó, cerrando el expediente que sostenía entre sus manos, abstraído.
―Entonces, pongámonos en marcha. El tiempo es oro ―zanjé
* * *
Sofía Malmierca vivía en Monachil, un pequeño y tranquilo pueblo del extrarradio. Tras dejar atrás la siempre espectacular y monumental Granada, subimos por las sinuosas callejuelas de la localidad hasta llegar a una calle residencial empedrada de coquetas casitas adosadas a cada lado. Desde ese lugar, a una altura considerable, podíamos ver al oeste la bella ciudad nazarí, con la Alhambra y sus espectaculares jardines del Generalife esparcidos en la loma que se situaba en su costado izquierdo. Morrison había conducido en silencio todo el trayecto, algo bastante inusual en él, por lo que intuí que sin duda seguía molesto por mi comportamiento de la noche anterior.
Parecía que de las calles de Monachil, a diferencia de la siempre bulliciosa Granada, emanaba una profunda tristeza. Tal vez fuese porque apenas nos cruzamos con viandantes, o quizá por las pronunciadas cuestas; incluso puede que fuese por el propio estado anímico que desprendía mi compañero, pero no pude evitar que una ligera sensación de melancolía me invadiese mientras aparcamos nuestro vehículo frente al domicilio de Sofía Malmierca.
No nos hizo falta llamar a la puerta, ya que el ruido del motor en la tranquila calle alertó a la madre de Rodrigo Barbosa de nuestra presencia. Pese a que esa misma tarde enterraba a su hijo, ella había sido la primera que había insistido en vernos cuanto antes.
Apenas un minuto después de los saludos y presentaciones oportunos, nos vimos en el interior de un abarrotado salón estilo rococó, con Sofía Malmierca frente a nosotros, mirándonos alternativamente a uno y otro con la misma cara de pena que lucía en nuestro primer encuentro.
―¿Y bien? ―nos preguntó, expectante.
No sabía cómo decirle que la principal y prácticamente única hipótesis sobre la muerte de su hijo era la del suicido. Por tanto, con el mayor aplomo que pude reunir, se lo trasladé tal cual, sin tapujos:
―Señora Malmierca, según el informe forense y las pruebas de las que disponemos, todo parece indicar que su hijo se lanzó por ese barranco de forma voluntaria.
―Noooooooooooooooo ―gritó de pronto, mientras daba un brinco sorprendentemente ágil desde su asiento y ponía los ojos como platos―. ¡Eso es imposible! ¡Lo han matado! ―voceó acalorada, como si le hubieran dado una puñalada en el corazón.
―Cálmese, señora Malmierca, precisamente por eso estamos aquí, para valorar otras posibles hipótesis antes de descartarlas por completo ―contesté suavemente, levantándome también e invitándola con la mano a que se sentara de nuevo.
―Lo han empujado. Alguien lo ha empujado. Él jamás haría algo así ―jadeó atropelladamente.
―Puede ser. Le digo que eso es lo que trataremos de averiguar, pero para que podamos charlar es imprescindible que se calme ―insistí, lo más amablemente que pude.
Me era imposible reconducir la conversación hacia donde quería llevarla, pero tras mis últimas palabras, Sofía Malmierca pareció comprender que con esa actitud no nos estaba ayudando. Morrison contemplaba la escena a mi lado, en silencio, manteniéndose en un discreto segundo plano.
―Hablemos de su hijo ―propuse―. Si le parece, yo le haré una serie de preguntas rápidas a las que usted podrá responder fácilmente, ¿está de acuerdo?
Ella asintió levemente y, sin darle tiempo casi ni a tomar aire, comencé a disparar.
―¿Quién era la persona más cercana a su hijo después de usted?
―No sé, supongo que serían sus dos amigos de toda la vida. El Tony y el Charlie.
―¿Es una broma, señora? ¿El Tony y el Charlie? ―pregunté, sorprendido por aquellos nombres en versión spanglish cutre.
―No sé de qué se extraña. Usted tiene pinta de ser de por aquí, ¿no?
―Bueno, más o menos ―respondí vagamente.
―Pues entonces sabrá que la gente de esta zona se pone motes a edad temprana con mucha facilidad. A mi hijo lo conocían como «el Rodri».
―Muy bien, conversaremos con los dos ―respondí, sin darle más importancia al asunto―. ¿Sabe si se veían con mucha frecuencia?
―Se trata de sus amigos de siempre y ambos viven aquí, en Monachil, pero los dos se casaron jóvenes y tienen críos ya adolescentes. Creo que se veían para tomar una cerveza o ver el fútbol, pero ya solo muy de vez en cuando.
―Bien, tomamos nota ―dije mirando a Morrison, que, libreta en mano, se esforzaba en hacer la mejor letra posible sobre el papel, algo que le tenía que recordar a menudo, dada su horrible e ininteligible caligrafía.
―Además de pescar, ¿tenía alguna otra afición o interés particular? Música, deporte… No sé, incluso los tatuajes, como el que tenía cerca de la cintura.
―¿Qué tatuaje? ―preguntó.
Ahora ella era la que parecía sorprendida.
―Pues uno al costado con una especie de dibujo que parece una lanza. Su hijo estaba tatuado, señora Malmierca. Imagino que si usted no era consciente de ello, no pudo apreciarlo, dada su ubicación, cuando fue ayer a identificarlo.
―Mi hijo detestaba los tatuajes, siempre criticaba a la gente que los llevaba. Es imposible que se haya hecho uno, y menos ya a su edad ―afirmó, totalmente convencida.
―Pudo hacerlo y ocultárselo, como parece que ha sucedido. Quizás alguien le hizo cambiar de idea recientemente. Tal vez un amigo, una amante…
―No creo, mi hijo no era de esos que se deja convencer por una mujer así como así, y menos aún sobre un tema del que siempre ha hablado mal abiertamente.
―Entiendo.
Crucé la mirada con la del subinspector y, tras un par de preguntas más sobre el trabajo de Barbosa en la fábrica de cartonaje y algunas otras cuestiones meramente intrascendentes, salimos de allí sin demora. Nos íbamos haciendo una primera idea de la personalidad del difunto, y a medida que íbamos indagando en su persona, cada vez teníamos más indicios para pensar que las cosas podían no ser tan sencillas como pintaban en un principio.
Con todo, la casa del propio Barbosa tendría que esperar. Si quería salir de dudas cuanto antes, me urgía mucho más una visita a un viejo amigo.
7
Paré el motor y bajé del coche. Lo vi acercándose a lo lejos: portaba sombrero de fieltro gris de medio pelo y, como de costumbre, acentuaba a propósito su leve cojera. Cada dos o tres pasos, hacía el gesto de sujetar sus enormes gafas, como si temiera que, a pesar de la raída cuerdecilla que las mantenía enganchabas a su cuello, se le fuesen a caer de un momento a otro.
―Julio Diego Velázquez… Mediocre policía granadino con nombre de ilustre pintor sevillano, ¿qué le trae por aquí? ―me saludó, a pocos metros ya.
Viniendo de él, me pareció todo un cumplido. En una de nuestras primeras charlas, cometí el error garrafal de revelarle mi segundo nombre y, claro, ahora tenía que lidiar con ello. He de confesar que de vez en cuando solía relacionarme con personas de la más baja estofa, gente de mal vivir y chusma de la peor calaña en general que se movían por el entorno granadino y circundante. Era la única manera de poder enterarme de los trapicheos y trapos sucios que se agitaban alrededor de la capital. En ese aspecto, no me salía del perfil clásico de investigador: tenía mi pequeño círculo de cuatro o cinco confidentes, llamémoslo así, que, dicho sea de paso, mucho sudor y más de una lágrima me había costado ganar. Yo no los molestaba mucho con pequeñeces y, a cambio, ellos no me solían tocar demasiado las narices y no armaban más escándalo del justo y necesario.




