- -
- 100%
- +

tú vivirás mejor que yo
Ramón Martínez Piqueres
© Tú vivirás mejor que yo
© Ramón Martínez Piqueres
ISBN ebook: 978-84-18411-62-5
Editado por Tregolam (España)
© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid
Calle Colegiata, 6, bajo - 28012 - Madrid
gestion@tregolam.com
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Imágen de portada: © Shutterstock
Diseño de portada: © Tregolam
1ª edición: 2021
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o
parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni
su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,
mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por
escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos
puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Este libro va dedicado a mis hijos.
Ellos han sido mi motor en los momentos más duros.
Y es a ellos y a todos los hijos a los que se les ha de decir:
“Tú vivirás mejor que yo”.
Y luego, hacer lo posible para que así sea.
«Ser libre no es sólo deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás».
Nelson Mandela
«El nacionalismo es creer que el hombre desciende de distintos monos».
Juame Perich
«Sólo el egoísmo tiene patria. ¡La fraternidad no la tiene!»
Alphonse Marie Louis de Lamartine
AGRADECIMIENTOS
Mi primer pensamiento, a la hora de agradecer las colaboraciones que he tenido en este libro, es para aquellas personas que en él se verán reflejadas y sin las cuales la ficción no se hubiera convertido en realidad. Por eso, muchas gracias a todas ellas. Y también a quienes, por cualquier motivo, no pudieron brindarme su colaboración.
Quiero agradecer, en no menor medida, a mi compañera de viaje en el día a día, Maite, sin la que, mucho me temo, esto no hubiera salido adelante.
Por supuesto, a mi padre, que me ha proporcionado datos históricos de primera mano. Y a mi madre que, sin ya estar aquí, ha sido mi mayor fuente de inspiración.
También quiero agradecer, sobremanera, la colaboración que me brindó, nada más solicitársela, a la que fue mi institutriz en las labores legislativas y que a buen seguro no hace falta que la nombre, porque ella sabe quién es. Sin duda, si Rabudo existiera trabajaría en el área de Cultura y Patrimonio Histórico.
Y en esa misma línea, también quiero hacer extensivo este agradecimiento a esa «Personita», con mayúsculas, que es la que haría, día a día, desde hace muchísimos años, que la alcaldía de ese ficticio Rabudo, fuera del color que fuera, funcionara.
Desde luego, quiero agradecer a los osados prologuistas, D. Jesús Navarro Alberola y Jordi Davó Moltó, que se han atrevido a estampar su firma delante de este manuscrito, ¡esos son atributos y no los del «del caballo del Espartero»!
Mi admiración más profunda hacia ellos.
Y, por último, pero no menos importante, quiero transmitir mi agradecimiento a todos aquellos que se pongan «manos a la obra» y vayan pasando páginas.
Muchas gracias a todos.
PRÓLOGO
Como muchos de los que se acerquen a este prólogo, conocí a Ramón Martínez en su etapa pública. Sin embargo, bastante de lo que sé de él me ha llegado a través de mi amado hermano Toni, que compartió con Ramón pupitres del Dehón, olor a borrador y muchas misas entre Solas y Soletas.
Venía a casa a jugar. Lo recuerdo muy formal, serio, con una mirada más profunda de la que corresponde a un chaval de diez años. Perdí el contacto cuando se marchó a estudiar a Salamanca. Al volver a verlo, ya era doctor y concejal. Sin embargo, me hacía gracia ver exactamente al mismo niño de rodillas peladas que jugaba desaforado con Toni, pero ahora con corbata y manejando poder político. Era la misma mirada, con el mismo trato exquisito, razonador y conciliador, sobre todo con los contrarios a sus ideas. Todos ellos guardan un gran recuerdo de su trato personal, con un nivel de estima, creo, muy superior a sus correligionarios ideológicos. En esto es gemelo a mi gran amigo y presidente de la Diputación, Carlos Monzón. ¿O quizá será Mazón…?
En esta novela que empieza en unas páginas y que ya deberían estar leyendo, porque los prólogos no son más que un impedimento para el disfrute verdadero, el pasado, el presente y el futuro se dan cita, se entretejen y se confunden en una madeja que empieza a rodar con la tensión que provoca el estallido de una bomba en la estación de AVE de Alicante. Es lunes, ١٧ de noviembre de ٢٠٢٥, y el atentado deja seis muertos y decenas de heridos. Enseguida, el narrador, en tercera persona, traslada el foco de atención al médico de urgencias José Martín Piquet —cualquier parecido con el doctor Ramón Martínez Piqueres es fortuito—, que tiene que arremangarse y recibir a los heridos. Entre ellos, un pequeño de once años, Javier, con el que el doctor Martín se encariña, quizá porque le recuerda, por la edad, a su propio hijo.
Pero, como todos, el propio Martín fue alguna vez un crío de esa edad, que se abría al mundo y que lo observaba desde su propia perspectiva. En la novela, que oscila entre el pasado y el presente, las vivencias del padre de José Martín, Ramiro, abarcan desde la muerte de Franco hasta nuestro presente. Prácticamente, se terminó de escribir ayer. Y lo interesante de esa parte del relato es lo que se narra, próximo a todos nosotros, pues el pasado de José, que vemos mientras seguimos la pista de Ramiro y su esposa, se sitúa en la ciudad ficticia de Rabudo, que ninguno de nosotros tendrá problemas en reconocer. El padre, que por circunstancias termina trabajando como asesor y corredor de seguros, entra en política y sus recuerdos son también los nuestros como noveldenses. Los nombres de los personajes son muy reconocibles —Juan Crespín, Luis Gámez, Alonso Carrascosa, Mario Beltrán, Milagros Navarro…—, mezclados con otros reales de la política nacional. Los sucesos, desde el asalto al Congreso el 23F, hasta las distintas legislaturas del ayuntamiento, pasando por acontecimientos nacionales que a todos nos conmovieron, como la violencia de ETA, son bien reales, aunque en muchos casos explicados desde el punto de vista del doctor Martín, trasunto de Ramón Martínez. Los espacios, para quienes nos movemos por nuestra querida Novelda, tampoco dejan lugar a dudas: el bar «Stop», el «Bowling Bar», el «Kalifa»… Guiños del autor a los lugares por donde se movió en su época de concejal; guiños, sin ir más lejos, a los bares en general. Como se dice en la novela: «Si uno quería enterarse de las noticias, había sitios mejores que la tele; y los bares siempre, en esta bendita España, habían sido uno de ellos».
Ese filosofar de los bares, uno de los deportes patrios que todos dominamos, salpica la trama de reflexiones sobre la política pasada, presente y futura, y aquí Ramón Martínez presagia un mañana próximo donde las peleas políticas pasan del Congreso y el plató a las calles, perdido ya por completo ese espíritu con el que fuimos bendecidos durante la Transición.
Otro de los aciertos de esta novela es, sin duda, la descripción de los procesos médicos, los entresijos del día a día de la labor de un médico de urgencias, las noches en vela, los conflictos familiares, las amistades de pasillo… Y, ante todo, los recuerdos de juventud. Solo por el capítulo XV, cuando la historia se traslada a Salamanca para una reunión de antiguos compañeros de universidad, vale la pena leer este libro. Esas páginas, cargadas de emoción sincera, de la que es difícil no contagiarse, son la mejor tarjeta de presentación para esta nueva faceta de Ramón Martínez.
Tú vivirás mejor que yo es el mensaje que todos deseamos para nuestros hijos. Esperemos que sea así. Quizá si todos pensáramos igual lo que se cuenta en las próximas páginas jamás ocurrirá. Entonces, la única verdad será la que habla desde el corazón a cada frase, a cada capítulo.
Una historia que empieza en breve, ambientada en un futuro que, esperemos, no llegue nunca a hacerse realidad.
Jesús Navarro Alberola
Director general de Carmencita Alimentación
PRÒLEG
En este llibre falta un passatge. Els el contaré en primera persona. Havia quedat jo a dinar amb dos dels personatges que apareixen en la novel·la. L’un era un vell amic. A l’altre, no l’havia tractat mai en persona, però supose que aquella trobada devia ser molt important per a ell, perquè els polítics professionals sempre van acompanyats a les grans cites. Entre el seguici del diputat hi havia un senyor seriós però afable, distant en la ideologia però pròxim en la manera de raonar i enraonar. Parlava de política amb l’ardor i la serenitat d’un centurió llicenciat, un estrateg abatut més pel foc amic que pels embats de l’adversari. No li faltava humor, ironia i autocrítica. Em va caure bé, els altres també.
Ja deuen imaginar que la nova amistat responia al nom de Ramón Martínez Piqueres, un senyor que vivia la política, però no de la política. No ho necessitava perquè era, i és, metge per la Universitat de Salamanca. I ací tenen la seua primera incursió en la literatura. Tú vivirás mejor que yo és la història de José Martín Piquet, un metge valencià format a Salamanca, bon professional, polític escaldat, pare de dos fills, acèrrim madridiste, reputat gurmet... Des del primer capítol el José de la ficció es pareix tant al Ramón de la ciència, que u no sap si devora una novel·la o una autobiografia servida en format trompe-l’oiel.
No queda ahí la cosa. El llibre que tenen a les mans és també un manual de la història recent d’Espanya i un assaig, la literatura de les idees. Les vides de Ramiro i Paola, pares del doctor Martín, són també en molts aspectes les dels nostres pares i les dels xiquets que vam ser: les eleccions, els canvis, el progressos, les esperances i les pors, una quotidianitat que compartíem i unes excepcionalitats, dramàtiques o joioses, que no hem oblidat, però ara recordem amb més intensitat i tendresa gràcies al doctor Martínez. En cada reflexió, en cada diàleg va, en boca dels personatges o en la veu omniscient del narrador, el pensament de l’autor. Podríem extraure fragments d’esta novel·la i encaixar-los perfectament en una revista d’opinió, en una miscel·lània sobre història o sociologia.
Però no ens enganyem: Tú vivirás mejor que yo és una novel·la. Hi ha alegries, ambicions, amics, amor, baixesa, enemics, grandeses, intrigues, lleialtat, passions, penes, traïcions... I molts més elements que continuaria citant per ordre alfabètic, perquè no vull prioritzar-ne cap. El present de l’obra és el nostre futur pròxim. Un futur dibuixat de manera plausible, però en un marc distòpic igualment versemblant i, consegüentment, esfereïdor. El desenllaç, pel que fa al gran context de la història, podrà paréixer-nos lògic o utòpic. Només el temps dirà si la Providència ha obsequiat Ramón Martínez amb el do d’albirar el futur o no. Tant fa que esta obra acabe en auguri o ucronia, el que tots busquem en la bona literatura és el gust de llegir, vibrar, patir i somriure, i ací tenim una bona ració de tot això.
Acabe. Deia Joan Fuster que “els llibres no supleixen la vida, però la vida tampoc supleix els llibres”. Ací tenim un llibre que parla de la vida, de la vida que hem viscut com a col·lectivitat, de moltes vides, que identifiquem amb facilitat darrere del nom estrafet que tímidament vol amagar-les, i de la vida real o imaginada d’un home real i imaginatiu, un home tranquil —com el Sean Thornton de John Ford— i un home feliç, en el sentit etimològic d’este adjectiu tan cobejat. Qui és feliç és fecund i dona fruit, i ací en teniu un que es titula Tú vivirás mejor que yo. Disfrutar-lo a mos redó és quasi una prescripció facultativa.
Jordi Davó i Moltó
Professor associat de la Universitat d´Alacant
INTRODUCCIÓN
Esta es la historia de dos personajes ficticios, originarios de un municipio irreal, en la real provincia de Alicante y en el «Real» país que es España, hoy en día.
Y todo lo demás es accesorio, aunque pudiera ser fundamental.
No vale la pena caer en la tentación de pensar que «cualquier parecido con realidad es mera coincidencia» o que «la realidad siempre supera a la ficción». Como alguien dijo, «no se puede escribir nada, sin tener en cuenta la realidad; por muy ficción que parezca».
Simplemente, piensen lo que quieran pensar mientras leen. Y al final del libro, si llegan a él, saquen sus conclusiones.
Las historias se escriben para ser leídas y solo cuando son leídas, cobran vida: la que cada lector quiere darle a la historia.
Lo que algunos consideran novela, otros, ensayo ficción y otros, un relato «sin más», es precisamente eso: cualquiera cosa de las tres cosas. De todos modos, a partir de estas líneas, si se atreven a ir más allá, entrarán en un mundo real lleno de fantasía; toda la que hay escrita y toda la que cada uno lea.
Hay páginas de este libro que son, indefectiblemente, reales. Hay otras que también son, inexcusablemente, interpretables. Esas últimas son las que se encuentran en nuestras manos para ser descifradas; las que hacen grande o no a este relato.
Sobre todo, mientras lean esta obra, hagan eso, leer, disfrutar y lo más importante, intentar meterse en cualquiera de los papeles que en ella se ofrecen.
España, en los últimos años, nunca ha sido un lugar tranquilo, pero nunca ha sido, tampoco, un lugar caótico.
Queda por descubrir qué pasará en los próximos años.
CAPÍTULO I
Al Dr. Martín no le gustaba ir a dormir al pequeño cubículo creado para tal uso, en la primera planta del hospital. Él prefería aprovechar el remanso que propiciaban las últimas horas de la madrugada en el office adjunto al mostrador de admisión de urgencias, en la planta baja para, ante la escasa afluencia de colegas que a esas horas había en el lugar, recostarse, a veces acostarse literalmente, en uno de los tresillos dispuestos en la salita y dejar que el sueño viniera a visitarlo aprovechando que la fatiga ya se había instalado en él.
Llevaba años realizando el mismo ritual con las lógicas variaciones de protocolo que un servicio de urgencias garantiza día tras día. «¡No es precisamente rutinario un día a día en urgencias!», exclamaba con frecuencia el Dr. Martín. Sin embargo, a José, tras veinticinco años en el servicio, más de mil guardias, más de treinta mil horas de urgencias y aproximadamente doce mil de refuerzos, ya casi todo le parecía rutinario, cotidiano, repetido, protocolizado. Entre los compañeros, más aún los más jóvenes, se había hecho famoso por sus frases, sus coletillas; y entre ellas estaba aquella de «nunca se sabe qué puede ocurrir en una guardia y siempre se ha de estar preparado para eso que no se sabe». Gozaba, evidentemente, de cierta preeminencia entre los miembros del servicio. Por otra parte, se la había ganado a pulso, a base de horas y de saber estar en cada situación y, ante todo, a base de comer, tragar y digerir cualquier tipo de sapos y culebras en el trabajo.
El 17 de noviembre de 2025, lunes, estaba transcurriendo dentro de los parámetros que podían ser considerados como normales en el servicio de urgencias. Eran ya las siete y diez de la mañana y había conseguido conciliar el sueño bajo la atenta mirada de las presentadoras de las noticias matinales de Antena3. José estaba en uno de esos escasos momentos, a lo largo de una guardia, en que cualquier profesional sanitario podía disfrutar del verdadero descanso físico y mental. Esa fase del sueño en la que todos se pueden refugiar horas a lo largo de la noche y que en el caso de algunas profesiones solo se alcanzan algunos minutos por guardia.
Como quien sale o entra en un duermevela, de manera entre imaginada o constatada, oyó gritos, jaleo. Sobresaltado, se incorporó sentándose en el tresillo. Miró hacia la puerta de la estancia. Allí, de pie, con la cara descompuesta, estaba el celador encargado del mostrador de admisión. Señalaba con una mano hacia afuera y con la otra al doctor sin ser capaz de articular las palabras como consecuencia de la respiración entrecortada que se había instalado en el bedel. Había llegado corriendo desde algún lugar del hospital. No era extraño que a esas horas de la mañana y a, escasamente, una hora de finalizar la guardia, se relajasen las actitudes y se tomaran licencias en forma de cafés y corrillos entre compañeros en la cafetería recién abierta o en los pasillos adyacentes a la sala de espera de urgencias; por lo que nadie consideraría insólito que se encontrara en cualquier sitio y no en el propio de trabajo.
José tardó unos segundos en el trasiego del sueño a la vigilia completa. Una vez completado ese viaje, sin mediar palabra con el celador, el uno por no poder hablar y el otro por no querer, se dirigió raudo hacia afuera de la habitación. Una vez traspasado el mostrador de urgencias empezó a ver un poco más movimiento del habitual en la sala de espera a esas horas de la mañana de un lunes cualquiera. Siguió avanzando sin pararse a hablar con nadie hasta que llegó a la zona de ingreso del hospital. Cruzó la puerta y se encontró con Belinda, todavía vestida de calle. Esta lo cogió por los hombros y lo apartó de la zona de paso de las camillas y sillas de ruedas, y llevándolo a un recoveco del pasillo le dijo:
—Prepárate para alargar la guardia, mi niño. —Antes de que el Dr. Martín pudiera articular palabra, Belinda siguió—: Acaban de anunciar hace tres minutos, a través del 112, que ha habido una explosión en la zona noble de la estación del AVE. Hasta el instante no se ha hablado de víctimas, pero se sabe que había decenas de personas en el hall previo al andén del AVE a Madrid de las 7:15. La buenaventura ha querido que la gran mayoría de personas que viajaban a Madrid ya estuvieran embarcadas y las que llegaron en el de las 6:45 habían desalojado la zona. Pero, así y todo, se presume que los heridos pueden ser varias decenas.
José escuchaba atentamente mientras iba procesando y planeando sus inmediatas acciones. La experiencia le había enseñado a escuchar los motivos de la urgencia al tiempo que buscaba la solución. De hecho, esa cualidad le había otorgado parte de la fama mencionada y le había proporcionado, a lo largo de los años, el «honor» de tener que coordinar varios dispositivos especiales de urgencias y emergencias sanitarias, tanto en su hospital como en otros lares.
Lo primero que pasó por su mente fue la disposición de la estación de trenes de Alicante, los accesos por si fuera preciso desplazar medios de transporte sanitario; pensó en la afluencia habitual a esas horas, en los servicios sanitarios y de seguridad que habría en ese instante en el lugar. Conocía bien esas dependencias, no en vano él había tomado ese AVE en multitud de ocasiones. Siguió su rápido análisis a la vez que miraba su reloj.
—Las siete y veinte —se dijo a sí mismo. Si el aviso se había dado hacía cinco minutos, no tardarían más de diez o quince minutos en llegar los primeros heridos.
«Salvo que los accesos de entrada o salida a la estación estén bloqueados. ¡Oh, Dios!», razonó alarmado.
Y seguía organizando mentalmente sus futuras acciones en base a lo que había conseguido procesar de la información recibida, Belinda lo sacó de su ensimismamiento.
—Tienes que organizar el dispositivo de recepción de heridos. Aquí, en la zona de hospitalización, ya está el director y yo me quedo con él. Te envío a una compañera para que se encargue de la coordinación de enfermería. Vuelves a estar al mando de las urgencias, gran jefe —ironizó mientras se alejaba, despojándose de la chaqueta de cuero.
Sin perder ni un segundo, el Dr. Martín se dirigió hacia las dependencias del servicio de urgencias. En el trayecto, en uno de los pasillos, un televisor en lo alto continuaba albergando a las presentadoras de las noticias matinales. Pero en esta ocasión la atención de José sí se centró en el aparato.
«Según ha podido saber esta redacción, al menos cinco muertos y más de cincuenta heridos, según las primeras noticias, se contabilizan tras la explosión de lo que parece ser un artefacto explosivo en la estación de trenes de Alicante. Se desconocen más datos en relación con el suceso».
Relataba una de las dos presentadoras con rostro contrariado y con evidente malestar por la escasa información de la que disponía para continuar informando.
—¡Mierda! —exclamó José en voz alta. «Otra vez», reflexionó.
Sus elucubraciones fueron vertiginosamente dirigidas al terrorismo islámico que estaba azotando toda Europa mes sí y mes también. Y, aunque hacía tiempo que las organizaciones terroristas yihadistas parecían no tener capacidad para organizar un atentado de tal magnitud, todo le hacía pensar que aquello era un atentado y que la autoría era esa.
Cuando el Dr. Martín volvió a la sala de espera de urgencias, el panorama era totalmente distintito al que él había abandonado hacía apenas unos minutos. «Dios mío». Y tuvo tiempo para poco más antes de ponerse manos a la obra.
Ante él yacían pacientes por el suelo, rudimentarios vendajes y apósitos intentaban taponar heridas sin apenas conseguirlo, la sangre los empapaba, rebosaba y lo manchaba todo. Las escasas butacas de la sala estaban todas ocupadas por pacientes y algunos improvisados y voluntariosos acompañantes. De pie estaban los que aún se podían sostener, no con mejor aspecto, pero sí con mayor vigor en apariencia. La sangre ya no era algo accidental en aquel lugar, ahora parecía un elemento más del decorado de paredes, suelo, sillones… Y junto a aquel escenario dantesco, cual banda sonora, de fondo, alaridos, quejas, solicitudes de atención, bramidos, llantos, preguntas, gente buscando a gente, niños con su «mamá» en la boca, madres llorando el nombre de sus vástagos. El caos.
Con mucha dificultad, el Dr. Martín consiguió llegar al fondo de la sala donde se encontraban las consultas y los boxes de atención urgente. La agitación, la improvisación, el nerviosismo y la urgencia se respiraban en el ambiente y se evidenciaba en el ir y venir desordenado del personal que intentaba dar abasto para atender aquella avalancha de heridos. Antes de ponerse al frente del contingente, José vio, en una de las camillas, a un niño prácticamente vendado de pies a cuello, con heridas en la cara que le desfiguraban el rostro al tiempo que se percibía que respiraba con dificultad. Se acercó a la camilla y comprobó que no tendría más de once o doce años, trece a lo sumo. Las heridas del rostro desfiguraban una cara angelical. Su pelo castaño, convertido en mechas de brea por la sangre ennegrecida que lo empapaba, le confería un aspecto macabro. Con ojos de color azul etéreo que difícilmente se intuía por tenerlos prácticamente cerrados y empapados en lágrimas; lágrimas de dolor, de incomprensión y de miedo. Sus mejillas, ahora cercenadas por heridas con restos de cristal en ellas, sugerían los mofletes rosados y deseados por cualquier abuela para pellizcarlos. Sus finos labios describían una curva de concavidad inferior, característica de la tristeza, y de ellos brotaba un hilo de voz llamando a mamá. Su cuerpecito apenas se podía ver debajo de tanta venda empapada en sangre. Era la imagen del dolor, de la crueldad, del miedo, de la soledad.
Nunca el Dr. Martín se había mostrado tan impresionado en su vida, más allá de la impresión implícita en su día a día, como en aquel momento: al espectáculo se unía el sentimiento de rabia e impotencia que sentía al pensar en la causa de todo eso. Se sentía abatido, desolado, como si le hubieran arrancado el corazón tras abrirle el tórax violentamente y le hubieran dicho que, a pesar de todo, tenía que seguir viviendo; con el dolor y sin corazón. Su cara describía la desolación y su lenguaje corporal recitaba la rendición. De sus ojos comenzaban a brotar dos lágrimas cuando una mano sobre su hombro le comentó:




