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—Doctor, lo necesitamos, esta gente lo necesita.
Cual bálsamo de fierabrás para las heridas del alma, esas palabras lo devolvieron a la realidad, a su realidad: había que organizar aquel servicio, había que atender aquella urgencia, debía prestar atención a los pacientes. Ese era su cometido y, como siempre, tenía que ponerse manos a la obra.
Giró en redondo sobre sí mismo trescientos sesenta grados, cual faro marítimo en mitad del océano, y tras la inspección visual dio inicio.
—Pedro, desde la puerta hasta aquí quiero un triaje y derivación de pacientes más graves a las unidades especializadas que se determine, ¡ya! Lucía, contacta con hospitalización y diles que empezamos a derivar inmediatamente. Este niño es el primero —dijo mientras señala al pequeño de la camilla—, prioridad absoluta. Marta —prosiguió—, inventario de material y necesidades, y envía a Antonio a por todo lo que necesitemos; antes de cinco minutos quiero que aquí no falte ni limonada si fuera precisa. Pepe, conmigo al box uno.
El Dr. Martín y su colega Pepe, el Dr. Andreu, comenzaron con una paciente que presentaba heridas inciso-contusas en ambas piernas y una fractura abierta en el antebrazo izquierdo que sangraba profusamente al tiempo que enfermería se afanaba por coartar. Tras canalizar a la paciente y realizar los primeros auxilios precisos para que la mujer no corriera ningún riesgo vital, se ordenó su traslado a radiología para valorar con mayor precisión el alcance de sus heridas y posterior tratamiento pormenorizado de las mismas.
Tras esa paciente fue el turno de una anciana, de alrededor de setenta años, con signos clínicos evidentes de fractura de cadera y heridas múltiples en ambas piernas y brazos. Luego llegó el instante de atender a una joven que tenía la cara llena de cristales incrustados en la piel, produciendo heridas que apenas sangraban, pero que desfiguraban su rostro hasta hacerlo picassiano, así como quemaduras de distinta consideración en tronco y miembros superiores.
Y así, durante horas, el Dr. Martín y sus colegas se afanaron por ir resolviendo de manera urgente todo aquel panorama de dolor, sufrimiento, rabia y otras muchas más sensaciones que se vivían en el ambiente. Derivaciones, traslados, intervenciones in situ… Poco a poco, lo que a primera hora de la mañana era un caos descontrolado, se había convertido en un caos controlado, asumible, casi como lo cotidiano en el servicio.
—Antonio, llama a Belinda y dile que quiero a todos los especialistas en plantilla disponibles; y disponible son «todos», y lo quiero para ayer. ¡Vamos! —sentenció el Dr. Martín, dirigiéndose al celador.
Dejó a cargo del operativo al Dr. Andreu y a la enfermera que, para la ocasión, le había enviado Belinda. Y, tras hablar con la Dra. Buforn, compañera habitual del servicio, para encomendarle algunos pacientes concretos, volvió a salir de la sala de urgencias en dirección al área de hospitalización.
«Según nos informan medios oficiales, los hechos acontecidos en la estación de trenes de Alicante en la mañana de hoy, a las 7:05, y que han causado más de cincuenta heridos y al menos cuatro muertos, se han debido a la explosión de un artefacto, sin que, hasta ahora, se haya dado información sobre la composición del mismo ni sobre la autoría, lo que hasta ahora apunta, ha sido un atentado». Las noticias seguían siendo confusas.
La televisión era, por el instante, el único enlace con el exterior del hospital con el que podía contar José. Desde el 112, a través del Centro de Información y Coordinación de Urgencias, únicamente se obtenía información sobre traslados urgentes desde el lugar, sobre datos de heridos, sobre requerimientos de servicios ordinarios, etc.
«Está claro. Estos cabritos de la yihad la han vuelto a liar», pensó el Dr. Martín, que nunca había tenido muy claro el qué, el cómo ni el porqué de la yihad. Sabía que venía a ser lo que él conoció de ETA, pero en internacional y musulmán: una banda de sanguinarios terroristas bajo unos lemas que solo utilizaban para justificar lo injustificable.
Cuando el Dr. Martín llegó a la zona de hospitalización urgente a la primera que pudo ver, yendo de un sitio a otro y dando órdenes precisas a todo aquel que pudiera encontrar a su paso, fue de nuevo a Belinda.
Belinda era la enfermera jefa del servicio de hospitalización urgente. No hacía mucho tiempo que ostentaba esa función, apenas un par de años. Antes estuvo doce años en el servicio de urgencias, codo con codo con el Dr. Martín. Llegó a Alicante desde Salamanca, donde estudió la diplomatura en Enfermería y se especializó como matrona. Después estuvo trabajando seis años en el servicio de ginecología de una clínica privada, allá por tierras charras. Fue su carácter dinámico, inquieto más bien y, sobre todo, su insaciabilidad en materia académica y laboral lo que la llevó hasta Alicante en busca de nuevas emociones profesionales. Una vez allí entró en contacto con viejos amigos de la Universidad, quienes a su vez tenían íntimo contacto con las urgencias levantinas. No tardó, una vez instalada en Alicante, en adquirir la formación precisa para poder optar al servicio. Aunque el principal requisito era tener ganas de trabajar por la noche y los días festivos; y Belinda lo tenía. No era mujer que permitiera que la trataran o miraran como una «mujer florero» en ninguna de las facetas de su vida, por eso no tardó en convertirse en una gran profesional de la urgencia sanitaria.
Aunque ya hacía dos años que no coincidía más que de modo esporádico con el personal de urgencias, por cuestiones de horario y calendario, Belinda seguía teniendo devoción profesional por José y por el servicio de urgencias. Y en ese orden. Las malas lenguas decían que por José sentía algo más que devoción. Esas mismas malas lenguas afirmaban que se había marchado del servicio de urgencias precisamente por eso, para no, como diría un mesetario, «mezclar churras con merinas». Lo cierto es que, mientras trabajaron juntos, formaron un equipo de trabajo digno de mención en la profesión e incluso de envidias por otros «ansiosos» por hacer méritos en el servicio.
Belinda era una gran profesional y también una gran mujer.
A sus cuarenta y ocho tenía una presencia física que podría ser perfectamente envidiada por cualquier mozuela de escasos treinta. Castaña, teñida de negro, con media melena, cara con finos pómulos, pero resaltados, labios finos, pero carnosos, nariz redondeada, pero proporcionada, ojos marrones, pero vivarachos, pestañas cual abanicos, pero sin exageración, cejas delineadas, pero de forma natural, frente lisa, pero sin bótox. Y el cuerpo, digno de mención lo proporcionado del mismo. No era exuberante en alguna de sus medidas, pero ninguna pasaba desapercibida por su realce. Y a modo de halo, recubriendo lo descrito, vistiéndolo, la elegancia. Esa elegancia natural que se tiene o no se tiene; esa que le permitiría acudir ataviada con un chándal a la gala de los Nobel y pasar desapercibida entre tanto glamur.
Se le conocía un novio hacía años, pero desde entonces no se recordaba en los mentideros del hospital varón alguno en la vida de la enfermera jefa. Nunca estuvo casada y no se le recordaba compromiso formal.
Amiga de sus amigos y de los no tanto, no dudaba en echar una mano a cualquiera que se lo pidiera. En este aspecto llegaba incluso, como muchas veces le recordó José, a ser o parecer tonta; «pero era su carácter», acababa concluyendo el Dr. Martín. Así y todo, también tenía su pronto; el Dr. Martín lo conocía bien. Y es que, solo siendo afable al tiempo que temperamental, se puede desarrollar una función como la que ella había estado desarrollando desde que a los veintiocho añitos le dieron su título de enfermera comadrona.
—Belinda —llamó el Dr. Martín dirigiéndose a la enfermera—, la cosa en urgencias se controla poco a poco. He ordenado que deriven todo lo derivable y que los distintos especialistas acudan hoy al hospital sin ningún tipo de justificación o excusa.
—Ya me han informado —señaló en voz baja Belinda mientras dirigía una cálida sonrisa al doctor—. Deberías marcharte ya a casa.
—¡Estás loca! —espetó el doctor a la enfermera.
—Ya sabía que te ibas a poner así y decir algo parecido. Pero, José —comentó Belinda con ternura—, la cosa empieza a estar controlada y esto ya es cosa de los «curritos», lo importante, la coordinación del momento explosivo está hecha. No seas lo que siempre has sido, cabezón. Llevas ya casi treinta horas al pie del cañón; deja que los que estamos más frescos nos ocupemos. Luego, si quieres, después de comer, vuelve. ¡O mejor mañana! —exclamó la amiga del doctor con aire de sapiencia maternal.
Eran casi las dos de la tarde y el Dr. Martín sabía que Belinda tenía razón, aunque se resistía a abandonar el hospital, a dejar a la gente allí, sin él. Como si los dejara desamparados; aun cuando sabía que eso no era así. Allí había profesionales de grandísimo nivel, capaces de manejar situaciones como esa e incluso peores. Él siempre se había sentido mal cuando tenía que abandonar una situación de emergencia por muy obvios que fueran los motivos que lo obligaran a abandonar la escena.
—Un par de cosillas… —se dispuso a preguntar cabizbajo y con aire queda—, ¿qué se sabe de un chiquillo que he enviado a hospitalización hace un par de horas aproximadamente?
Iba a responder Belinda cuando, sin dejarle opción, se anticipó el bueno del doctor.
—¿Qué se sabe de los cabrones que han causado todo esto?
Ahora, el silencio se instauró entre la enfermera y el médico. Fueron escasos cuatro, cinco segundos, pero tensos, muy tensos. Finalmente…
—El chaval está mal —aclaró con resignación la enfermera Botero—. Está en UCI. No está sedado aún, pero sus heridas y, por encima del resto, sus traumatismos torácico y craneal preocupan.
—¿Y de esos cabrones…? —intempestivamente, cortando la explicación de Belinda, cuestionó José—. ¿Se sabe quién o quiénes han sido? ¿Qué querían? ¿Qué hostias esperaban haciendo esto?
Antes de que Belinda pudiera replicar a la segunda cuestión, el Dr. Martín se apoyó con las manos en la pared y sobre estas puso su cabeza. No se podía distinguir qué parte de rabia, cuál de dolor, cuál de miedo y cuánta de indignación había en ese gesto. Belinda puso una mano en su coronilla y con un suave movimiento acarició el pelo hasta la nuca.
—No te tortures por lo que no puedes evitar. Me lo dijiste tú haces muchos años —recordó la enfermera, al tiempo que, con la otra mano, le daba palmadas comprensivas en uno de sus hombros—. José, ahora es ocasión de estar más sereno y frío que nunca. También lo aprendí de ti —expresó con cierta resignación Belinda—. ¡Parezco un repetidor de tus mejores jugadas! —enfatizó la broma intentando restar dramatismo.
Esas últimas palabras arrancaron a José de la pared y le dibujaron una suave sonrisa en la cara. La agarró con sus manos por los hombros, la acercó a su cara y le dio un beso en cada una de sus rosadas mejillas.
—Tienes razón, Belinda —asintió mientras la miraba tiernamente—. Hay que hacer las cosas que se deben de hacer para que las cosas salgan bien. Te veré después, pero por favor, mantenme informado de todo. Dudo que pueda dormir.
—Sabes que lo haré. Siempre lo he hecho —aseguró suavemente y lo despidió con la mirada—. Te veo luego.
Eran ya las dos y media. José se dirigía hacia los vestuarios cuando vio, al pasar por la cafetería de pacientes, en la tableta de uno de ellos, la imagen de un joven presentador por encima de un subtitular de última hora que rezaba: «Hay sospechas fundadas de la motivación política del atentado de Alicante».
—¡Lo sabía! —murmuró airado—. No se cansarán hasta provocar un altercado internacional.
CAPÍTULO II
Se despertó sobresaltado, sin saber muy bien dónde estaba ni qué hora era. Comprobó con sorpresa que se encontraba en su sofá, el del salón de su casa, con la televisión y la luz de la lámpara de mesa accesoria encendidas. Cogió el móvil para ver la hora y comprobó, envuelto en la sorpresa todavía, que eran las tres de la mañana. Sin abandonar por completo su asombro, se sentó e intentó recomponer los pasos que le habían llevado a aquella situación. No le fue difícil ir atando cabos. Había llegado a casa el día anterior tras haber comido en la cafetería del hospital y pasar por el supermercado para proveerse de lo preciso para subsistir. Había hecho su tabla de ejercicios diarios y tras la ducha se había sentado en el sofá con intención de repasar unos artículos médicos que le habían llegado por correo ordinario —seguía recibiendo multitud de suscripciones a través del formato tradicional—. Y ahí en la lectura, entre interesante y cansina, de la documentación científica, había caído en los brazos de la fatiga acumulada. Ahora ya, sentado en aquel sofá, relativamente despierto, creía recordar que la última vez que vio la hora en su móvil eran las nueve de la noche.
—Ahora va a ser difícil de narices volver a dormirse —farfulló José, entrando de manera plena en la vigilia—. Al menos mañana no tengo que ir a trabajar.
Fue al baño y dispuso lo preciso para intentar continuar compartiendo cuestiones con Morfeo, pero esta vez ya en un lugar al uso: la cama. Fue imposible. No llevaba más de cinco minutos acostado cuando, a su cabeza, vino de golpe y a cámara rápida, toda la guardia del día anterior: el atentado, la sangre, el caos, el trajín, el dolor, el horror…
—¡El niño! —dijo en voz alta, mientras se incorporaba en la cama.
No podía quitarse de la cabeza aquel niño. Únicamente fue capaz de olvidarlo el tiempo en que el cansancio lo tuvo secuestrado hacía apenas un rato. Veía constantemente su carita ajada por las heridas, su cuerpo frágil, la pena y el miedo que destilaba. Recordaba el cuerpecito envuelto completamente en vendas teñidas de rojo. Resonaban en su cabeza sus tenues lamentos y su lastimoso llamar a mamá.
No era capaz de concretar la edad de la criatura, pero todo le hacía pensar que tendría alrededor de diez u once años. Esa edad volvía más familiar su presencia. No en vano, su hijo pequeño tenía doce años.
José tenía dos hijos, niño y niña. La mayor, Davinia, de diecisiete años, y el pequeño, Iván, de doce, cumplidos en junio. Hacía días que no los veía; casi tres semanas. La imagen de aquella crueldad se los trajo a la memoria de modo intenso, añorante, casi angustioso.
José se había separado de su mujer once años atrás y desde entonces su rutina «familiar» se amoldaba al régimen de visitas impuestas por un juez. Aunque al principio la situación fue difícil con la madre de las criaturas —como por otra parte es habitual en los divorcios—, con el paso del tiempo, tanto él como su exmujer habían entendido de la importancia, por el bien de los críos, de normalizar la relación de separación, hacerla adulta, lógica, racional. Poco a poco, sin que fuera una relación especialmente afectiva, Loreto —así se llamaba su exmujer— y él habían conseguido mantenerse unidos por sus hijos, intentando ser ambos participes de la crianza de los niños. Y, con los altibajos propios de quienes se respetan, pero al tiempo no olvidan lo acontecido, las cosas iban relativamente bien en el día a día de los niños y en su relación mutua. Pero claro, como todo en esta vida, la tranquilidad no podía ser absoluta ni durar eternamente y el tiempo se encargó de crear nuevos problemas. Porque, con lo que nunca se cuenta cuando se planea la crianza de unos niños, es que acaban creciendo, siendo prepúberes, adolescentes, etc. Y eso había traído quebrantos con los que José no había contado.
Davinia ya llevaba tiempo un tanto rebelde, más pendiente de «sus» cosas que de las visitas a papá, de los caprichos propios de su edad, de sus primeros escarceos con el amor, con la pasión, con la vida…, en resumen, con su despertar al recién inaugurado mundo que tenía ante ella. Pero ni eso había conseguido, más que por un pequeño espacio de tiempo, que José no estuviera constantemente pendiente de los que él siempre había llamado, de manera cariñosa, sus «gremlings»; ella e Iván. Que ese estar pendiente se hubiera convertido en dependencia, en preocupación continua, en devoción por sus hijos, por supuesto que estuviera dispuesto a hacer las concesiones oportunas a aquella mujer en ciernes para que todo siguiera bien.
Davinia llevaba desde mayo sin pasar más que medios días en casa de José, y hacía ya casi dos meses que no había vuelto a verla; eso sí, procuraban establecer contacto telefónico cada tres o cuatro días, aunque Davinia no siempre estaba por la labor. En cambio, Iván seguía viniendo de forma regular cada dos semanas, aunque en esta ocasión, por problemas laborales y acordado con la madre, el plazo se fuera a prorrogar algo más.
En aquel mismo instante los echó de menos intensamente, sobre todo a Iván. Hubiera querido reír con él, jugar, dejar que lo machacara a chistes malos —a Iván le encantaba contar chistes—, sorprenderse con su facilidad de palabra, quedarse embobado por ese nuevo lenguaje que iba adquiriendo y que lo acercaba de modo gracioso a esa fase que hay entre la infancia y lo prepuberal, a la etapa a la que tanto miedo le tenía José. Hubiera querido tenerlo ahí para estrujarlo contra su pecho y sentirlo parte suya al tiempo que, sin que el crío lo viera, llorar de impotencia sintiendo su frágil cuerpo y rememorando el del niño del hospital. Pero no, no estaba allí; y eso lo sumió, aún más, en esa sensación de desamparo y desasosiego que lo había invadido desde que vio a aquel crío en la camilla de urgencias y que ahora se había visto reagudizada al despertarse, ya hacía un buen rato.
Volvió a tumbarse y permaneció en la cama intentando conciliar el sueño, pero fue imposible.
José se sentó, de nuevo, en el borde de la cama y volvió a mirar su teléfono móvil, las 4:30.
«Creo que hoy ya he dormido todo lo que tenía que dormir —meditó resignado—. Así que es hora de ponerse en marcha».
Tras haber realizado los ejercicios reglamentados por él mismo para cada día, ducharse, afeitarse y puesto una bata de estar por casa por encima de la ropa interior, se disponía a sentarse en la mesa del despacho cuando oyó vibrar el teléfono móvil. Era la vibración característica de su WhatsApp.
—¿Quién será a estas horas? —se cuestionó en voz alta mientras se dirigía a la mesilla de noche donde todavía permanecía el aparatito.
«Cuando puedas pon las noticias en la tele o en la radio. O si tienes Twitter, léelo; aunque dudo que tengas». Era el texto del mensaje que le acababa de enviar Belinda. Pensó en contestarle para averiguar qué quería que viera en las noticias, pero concluyó que sería más rápido poner directamente la televisión y no enredarse en una de esas cadenas eternas del «Whats» que tanto odiaba.
«…Repetimos: según últimas informaciones que han llegado a nuestra redacción, tal como ya informábamos en la tarde de ayer, la autoría del atentado perpetrado en la estación de trenes de Alicante ha sido reivindicada por el grupo de ultraizquierda, “El poder del pueblo”. Este grupo, hasta la fecha, era conocido por las revueltas callejeras protagonizadas en ocasiones anteriores en distintas capitales del país y por lo escraches llevados a cabo contra personalidades del mundo empresarial y político español…». La presentadora de los informativos de la cadena de 24 horas en La 1 explicaba los pormenores de las últimas noticias relacionadas con el atentado del día anterior.
Casi sin poder reaccionar, con la boca entreabierta, entre sorprendido, aterrado y sobrecogido, atendía sin pestañear.
«…si bien está todo pendiente de confirmación, al parecer, una llamada anónima realizada a las seis de la tarde de ayer a las oficinas de la agencia de noticias EFE asumía la autoría de los hechos en nombre del mencionado grupo activista de izquierda. Hasta ahora no se conocían actividades terroristas por parte de esta organización. Si bien es de todos conocida su intensa implicación como grupo activista en movilizaciones sociales.
Según fuentes policiales, la investigación permanece abierta y contempla varias líneas de actuación sin que, de momento, se haya concluido nada más al respecto de la autoría o de los autores; más allá de la reivindicación mencionada a través de una llamada anónima, cuyo origen se sigue investigando…».
José seguía sin salir de su ensimismamiento. Se quedó ahí, frente a la televisión, mirando fijamente, como quien no pierde ripio de la emisión. Ojiplático. Era evidente que no estaba pendiente de la televisión, tan solo su cuerpo se hallaba frente a la misma. Él estaba en otro lado, pensando, perplejo.
La situación política en España desde hacía unos años se había complicado bastante. En el año 2015 había irrumpido, en esa escena política, la extrema izquierda, que no aparecía de manera significativa desde el año 2000. Y eso había modificado notablemente la forma de ver, de interpretar y de analizar el escenario político por parte de los españoles de a pie; y también de los que iban en coches oficiales.
De modo casi sorprendente para todos, esa izquierda se vio aupada como tercera fuerza del país y con capacidad de establecer vetos, plantear cuestiones legislativas y, lo más importante, de ser considerada como una opción, por parte de la ciudadanía, lejos de las alternativas tradicionales. Junto a esa nueva forma de interpretar la política patria, los partidos habituales se desangraban poco a poco a consecuencia del descontento que se había ido instalando en la población como resultado del «buenismo» político, el lenguaje políticamente correcto y el hartazgo popular del «Lo cambiaremos todo» para que al final, gobernara quien gobernara, «todo quedara igual».
Y en esas, al pairo de la nueva situación, también había surgido una nueva opción, más moderada, más centrada y también ampliamente reclamada de forma tácita por la ciudadanía; sobre todo por aquella que seguía estando descontenta con el establishment, pero que tampoco quería optar por actitudes extremistas que atemorizaba a muchos por sus discursos y su intención de asaltar las instituciones e incluso «asaltar los cielos», como de hecho, había llegado a manifestar alguno de sus líderes de ese, ya antiguo, año 2015.
Por si a ese nuevo escenario instaurado hacía escasos años le faltaba algo, más recientemente aún, apenas cinco o seis años, había aparecido en escena una formación de extrema derecha que venía a ser la imagen especular de la recién estrenada extrema izquierda. Todo estaba tensionado el ambiente de manera notable, afectando a los políticos, las instituciones y, más aún, estaba indignando a la sociedad que veía como día a día la situación de enfrentamiento político y social iba aumentando. Hacía apenas dos semanas, en las últimas elecciones generales del pasado 2 de noviembre, la ultraderecha había conseguido una representación de cincuenta y cinco de los trescientos cincuenta diputados que conformaban la Cámara Baja. Mucho más allá de lo que podría considerarse una representación testimonial. No en vano, se había convertido en la llave para la formación de gobierno.
Y en ello estaban la derecha moderada —noventa diputados—, el «nouvel centro» —catorce diputados— y la extrema derecha, a punto de llegar a un acuerdo para la proclamación de un gobierno de coalición, a falta de pactos con formaciones minoritarias en la Cámara. Formaciones que, desde siempre, pero ahora más, acababan siendo determinantes a la hora de formar gobiernos en el país.
Desde antes de las elecciones de este 2025, el ambiente político era irrespirable. Y con el anuncio del más que probable acuerdo de «las derechas», así se referían al posible pacto entre esos tres partidos, los representantes de izquierdas, la cosa había empeorado. El «y tú más» se había convertido en el «padre nuestro» de cada día. La tensión se había trasladado irremediablemente a la sociedad que andaba revolucionada. La juventud a través de las redes sociales y en universidades, los más mayores en los bares y lugares de trabajo y la tercera edad en los parques y residencias, se habían instalado en el enfrentamiento. La reinstauración de los tan conocidos bandos se había vuelto a establecer. La nueva España, la del siglo XXI, se empezaba a parecer más a la España de siempre, a esa España que parecía no haber acabado de desaparecer nunca. Era casi obvio que, en este bendito país, el conflicto social era como parte de su ADN. Afloraba, a pesar de todo lo logrado, la vieja España, la rancia. Esa España olvidada hacía cincuenta años, esa España que todo el mundo quería olvidar pero que nadie olvidaba. ¡Ni siquiera los que no la habían conocido!




