- -
- 100%
- +
Las movilizaciones callejeras a favor de unos y otros era lo cotidiano desde hacía meses y, tras las elecciones, habían experimentado un repunte. Los escraches, tan habituales diez años atrás, se retomaron como arma política de la extrema izquierda que no dudaba en realizarlos contra cualquiera que pensara que iba en contra del interés de «el pueblo», objeto, motivo y «santa sanctórum» de su retahíla programática. Los asaltos a instituciones y organismo privados o públicos, que comenzaba siendo pacíficos y acababan siempre con la intervención de los antidisturbios, se producían semana sí, semana también.
Las manifestaciones públicas en lugares «calientes» había sido la estrategia que la extrema derecha adoptó para sus reivindicaciones. Y claro, tan calientes no eran algunos lugares que, la situación acaba quemando y se acababan produciendo disturbios en las calles. Estos, los ultraderechistas, habían fijado el epicentro de su ser, de su ideario en medidas proteccionistas, defensoras de lo patrio y con un claro olor autárquico utópico y arcaico que chocaba, a las claras, con el sentimiento de globalización mundial y más concretamente con el de la Europa unida y aglutinadora de las distintas sensibilidades de los Estados que la conformaban. En una época de crisis económica, donde había campado a sus anchas el deterioro económico, la precariedad laboral y la falta de trabajo, el discurso xenófobo de esa derecha rancia había calado entre parte de la población que se creía perjudicada por los migrantes venidos del norte de África y el este de Europa, sobre todo.
Eran tiempos —ya hacía tiempo que eran tiempos de ello— de llegadas masivas de migrantes subsaharianos quienes llegaban por cualquier medio a las costas españolas, huyendo de la devastación económica, social y bélica que imperaba en sus países de origen, con la esperanza de alcanzar una tierra próspera que les permitiese subsistir, al menos. Cada día llegaban decenas de ellos, en ocasiones centenares, a bordo de pateras, cayucos, balsas neumáticas, etc.
Y con estos mimbres, el tono de los discursos políticos de todos, no solo de los extremos, se recrudecía cada vez más. Se había pasado de la defensa de lo propio a la crítica de lo ajeno, de lo constructivo a lo destructivo, del discurso político genuino a la arenga reaccionaria. Se buscaba cualquier excusa para argumentar contra lo que fuera, con tal de ganar o recuperar espacio político.
Y lo peor era que todo el mundo participaba de aquella crispación de una manera u otra, aun cuando todo el mundo veía que ese viaje de confrontación no podía traer nada bueno y que era necesario frenar la escalada de violencia verbal y de baja moralidad. A pesar de ello, nadie de los que podía ponerle freno se lo había puesto ni parecía querer ponérselo.
La situación tenía que traer consecuencias, pero nadie, o casi nadie, había previsto que se llegase a un escenario como el que ahora, embelesado, anonadado, incrédulo, estaba contemplando José en la pantalla de su televisor, mientras en su cabeza se había instalado una pregunta: «¿Cómo hemos podido llegar a esto?».
Las formaciones políticas, a lo largo de los últimos años, se habían renovado mucho, intentando subsanar errores de un pasado muy reciente, pero, así y todo, lejos de mejorar, la crispación se había enconado hasta extremos impensables hacía apenas veinte años atrás. Los nuevos o remozados liderazgos no habían aportado más estabilidad de la que se perdió en primera década del siglo XXI y principios de la segunda. Salvo el presidente en funciones, que seguía al frente de una izquierda moderada, o ya no tanto, el resto de los líderes de las distintas formaciones, lo eran de nuevo cuño. Intentando aparcar errores del pasado reciente, los Casado, Arrimadas, Rivera, Iglesias y otros tantos de formaciones minoritarias, habían dado paso a otra generación que, se suponía, venía a por la regeneración política.
Por desgracia, y de momento, nada más lejos de la realidad.
La periodista seguía aportando datos en relación con la autoría del atentado, con las características del artefacto, con los daños causados, con el número de heridos y muertos…
Mientras tanto, el Dr. Martín se levantó y se dirigió, con su teléfono móvil pegado a la oreja, hacia la habitación. Antes de que pudiera llegar al dormitorio, del otro lado de la línea contestó una voz femenina.
—Pero ¿tú has visto qué hora es? —inquirió de forma abrupta Loreto—. ¡Estas no son horas de llamar! ¡Los niños todavía están durmiendo!
Aquella última frase relajó el ánimo tenso del buen doctor. Al fin y al cabo, lo que pretendía con la llamada era obtener esa tranquilidad que se busca cuando algo pasa y no lo podemos controlar; llamamos a quien primero se nos ocurre para que eso nos sirva de consuelo o sosiego. Y el simple hecho de haber oído «los niños aún están durmiendo» le había aportado la recompensa buscada, ralentizándole el corazón que hasta ese instante le iba a más de ciento veinte pulsaciones por minuto. Realmente, no tenía por qué preocuparse de sus hijos, era del todo imposible que estuvieran en la estación de tren el día anterior. Pero el bueno de José sintió la necesidad de constatar una evidencia.
—Ayer hubo un atentado en Alicante —José cortó la airada respuesta de Loreto—. ¿Te habías enterado?
—Pues claro que me he enterado —respondió más pausada—. ¿Y para decirme eso me despiertas a las seis y media de la mañana?
José respiró hondo un segundo y prosiguió justificando la hora de su llamada y la importancia de esta.
—¿Tu pareja no estaba metida en política? Pues adviértele que el atentado lo ha reivindicado la extrema izquierda. Lo acaban de decir en el telediario. Y él, por lo que yo sé, no va de ese palo.
Hubo un silencio de unos segundos y…
—Pero él no es ningún cargo relevante —indicó Loreto—, no es más que un mero simpatizante. Además, salvo su círculo de amistades, dudo que nadie sepa de sus querencias políticas. No creo que esto pueda afectarnos en nada. Además, sabes que locos hay en todos los bandos.
—Loreto, esto pinta mal y me preocupa —la voz de José adquirió un tono profundo— que los niños…
No pudo continuar, su exmujer le interrumpió en seco.
—¡No metas a los niños en esto! ¿Qué tienen que ver tus hijos en un atentado que ha ocurrido azarosamente en Alicante? ¡Por favor! ¡Pareces mi madre!, que cada vez que sale una noticia de algún jaleo internacional en el telediario, aunque sea en Burundi, me llama para saber si estamos bien. Nada tiene que ver que mi pareja simpatice con una u otra postura política para que los niños estén bien. ¿Acaso no has militado tú en política? ¿Acaso no simpatizas con unos? ¡Pues eso! ¿Te he llamado yo para decirte que no pongas en peligro a los niños? ¡Por Dios!
—Únicamente pretendía advertirte —José continuó sin reparar en las frases que le había espetado la madre de las criaturas—, que las cosas en política se están poniendo negras. De todos modos, si te digo la verdad, lo único que pretendía es… ¡Bueno, da igual! Tenlo en cuenta, ¿vale? Dales un beso a los niños y ya pasaré el viernes a por ellos.
Sin dar tiempo a más, José separó el auricular de su oreja, apretó el botón rojo y, cabizbajo, abrió el armario, sacó su ropa del interior con intención de vestirse y se sentó en el borde de la cama. Ya se había puesto la camisa y con una pierna dentro de una pernera del pantalón, sin llegar a levantar la otra del suelo, se volvió a quedar ensimismado pensando en lo que había oído en el noticiario.
Se le pasaba por la cabeza cómo había prejuzgado quién podría haber sido el autor. Se arrepentía de haber tenido y sentido aquellos prejuicios. Sintió vergüenza —le sacudió el recuerdo de algo similar que le aconteció al Gobierno de turno en el famoso 11-M—, al tiempo que la sensación de ira se iba adueñando de él.
—Pero ¿cómo se ha podido llegar hasta aquí? Los muy cabrones —murmuraba con el ceño fruncido—, han dejado inutilizada gran parte de la estación, han conseguido que se tenga que cancelar la mayor parte de la actividad ferroviaria de la ciudad, han metido el miedo en el cuerpo a todo el mundo y lo peor —ahora un gesto de rabia tapaba su rostro—, han matado a seis personas, han herido a más de cincuenta y todo para reivindicar que «la extrema derecha quiere apoderarse del Estado del pueblo y no lo vamos a consentir. El pueblo y sus derechos, lo primero». Al parecer, según había informado la periodista, esa era la reivindicación esgrimida.
»¡Pero si los estáis matando! No los estáis salvando.
»¡HIJOS DE PUTA! —gritó de manera involuntaria y colérica en la soledad de su dormitorio. Cayó hacia atrás, con los pantalones a medio poner, los brazos en cruz, con parte de la camisa pendiente de abotonar y con los ojos cerrados en un gesto de angustia.
Ahora, dos lágrimas se escapan por los laterales de sus párpados apretados y que, con un recorrido simétrico, recorrían su cara hasta mojar las sábanas de la todavía desecha cama.
Allí, en la cama, más que tumbado, hundido, permaneció durante unos minutos mientras, de fondo, se oía el murmurar de la presentadora de las noticias que seguía destripando el asunto del atentado. Pasaba de dar datos imprecisos a recordar la presunta autoría; luego volvía a dar cifras y cuantía de los daños. Parecía inmersa en un bucle macabro y terrible del que parecía no tener intención de salir.
Esta impotencia y desasosiego no eran de extrañar en el buen doctor ante una circunstancia como la que se había dado. El padre de José, como él, ejerció en política en el pasado —como maliciosamente le había recordado su exmujer— y de su padre había aprendido que «en política las cosas se han de hacer por y para el pueblo, pero no poniendo de excusa al mismo para hacer barbaridades». Y su padre conocía bien de lo que hablaba. No en vano, tuvo que ver cómo, tras la guerra civil española, su padre, el abuelo de José, sufrió prisión a manos de uno de los bandos por ser defensor del otro y, finalmente, acabó muriendo como consecuencia del encarcelamiento. Aquello le había enseñado lo innecesario y gratuito de esa muerte, de la guerra; y así se lo trasmitió a su hijo. Le había enseñado a respetar a los demás, a no juzgar sin escuchar, a entender que, si alguien creía que su idea era la mejor, el otro tenía derecho a pensar lo mismo de la suya. Y, sobre todo, a comprender que la muerte de una persona, cualquiera, a manos de otra por la defensa de unas ideas nunca lleva a nada bueno y nunca tiene justificación alguna. «Las ideas se rebaten con ideas, no a cañonazos», le había dicho en muchas ocasiones. José pudo comprobar, mientras su padre desarrolló labores políticas, que esta forma de entender la política no era tan solo una teoría. Fue lo que el bueno de su padre hizo durante toda su etapa como político municipal, intentar llevarla a cabo.
José Martín también tuvo un breve paso por la política, pero su andanza por la escena del «arte de gobernar» se saldó con más pena que gloria. A él, inmolándose, le gustaba decir: «De menudo paquete se ha librado la política y ha cargado con él la medicina en su chepa».
No eran aún las siete de la mañana y sonó el teléfono; está vez no era el WhatsApp, se trataba de una llamada entrante y en pantalla, el nombre de Belinda.
CAPÍTULO III
—¡Quito! ¡Quito! Me´n vaig. Son casi les nou —gritó Ramiro, en su valenciano natal, desde delante de la puerta de salida del taller, justo antes de oír a su hermano Francisco corresponderle a la despedida.
Y es que, aunque el valenciano como lengua, en aquella época, gozaba de mal querer por parte de los gobernantes, no dejaba de ser la lengua de la gente, de los de a pie. La lengua materna, la de su tierra.
Ya en casa, Paola, su mujer, le esperaba con la cena a punto de servir, como de costumbre y con el niño a punto de acostar. No en vano, a los cinco años, las nueve y media era una muy buena hora para visitar a los duendes de los sueños.
—Buenas noches, papá —le deseó mientras se le abalanzaba al cuello, desde su diminuta cama, para darle el beso de buenas noches.
—Buenas noches, hijo. A dormir, que mañana es jueves y hay que madrugar.
—Vale, pero ¿el sábado podré ir a jugar al patio del colegio? —suplicó, más que preguntar.
Y es que los sábados, el colegio abría, pero solo para jugar. Esa visión del «cole» era diferente y encantadora para los abnegados rapaces, que de lunes a viernes sufrían el, para ellos, tedio de la enseñanza preescolar.
—¡Uy! De aquí al sábado queda mucho. Pero seguro que podrás. Un beso y hasta mañana.
Salió de la habitación y se encaminó a la cocina.
—Hola, guapa. ¿Qué hay para cenar? —le dijo cariñosamente a su mujer.
—Ramiro, se muere —comentó su mujer con un hilo de voz y la cara compungida.
—¿Quién se muere? —articuló Ramiro entre la preocupación y la extrañeza.
—Franco. Lo ha dicho la tele. Dicen que está muy mal.
—¡Por Dios, Paola! Casi me da un infarto —se quejó Ramiro llevándose la mano al corazón y con rostro serio—. Ya creía yo que era alguien importante.
—¿Te parece poco importante el generalísimo?
—¡No, mujer! Me refería a importante… Pues eso, tus hermanos, mis hermanos, la gente que nos importa… ¡Ya sabes! El generalísimo es importante, pero… a su entierro no vamos a ir, ¿verdad? —intentó restar gravedad al anuncio de la esposa, aun cuando la preocupación también anidaba en él y en casi todos los españoles—. Bueno, vamos a cenar y me cuentas qué tal tu día de costura y qué tal el crío y tu madre.
El 20 de noviembre amaneció nublado, casi a gala con el clima y tensión sociopolítica del momento. A la cesión del Sahara, las revueltas sociales in crescendo, la crisis del petróleo, a la que no se le acababa de dar respuesta desde el Gobierno español, había que sumarle la enfermedad del caudillo. Así las cosas, el simple hecho de levantarse a trabajar y darle un beso en la frente a un hijo y a una esposa era motivo suficiente para sentirse satisfecho. Y así se sentía Ramiro.
No había hecho más que entrar en la cafetería de al lado del taller de ferralla que tenía junto con su hermano Francisco, cuando, como si de una emergencia se tratará, Paco, «El cura» —los apodos eran algo muy común en el pueblo—, lo cogió por los hombros y lo zarandeó.
—S´ha mort El Caudillo —sonó neutro.
—Però què dius!1
Así era. Franco había muerto a las 4:58 de la mañana de aquel 20 de noviembre de 1975, según fuentes oficiales.
Fuentes oficiosas lo hacían muerto desde el día 19, asegurando que su anuncio se había retrasado para hacerlo coincidir con la fecha en la que había muerto José Antonio Primo de Rivera, el que fuera líder de la Falange española allá por 1936.
* * *
Atrás quedaban las reyertas del 76, la inestabilidad política reinante desde antes y tras la muerte del caudillo, el Gobierno fallido de Arias Navarro —franquismo en estado puro que, inteligentemente, D. Juan Carlos I, rey de España desde el 22 de noviembre de 1975, había rogado expresamente que continuara en la jefatura de Gobierno, en aras de no convulsionar más de lo necesario la escena política—, el nombramiento de Adolfo Suárez para suceder a Arias Navarro, la Ley para la Reforma Política de Torcuato Fernández Miranda y todas las peripecias que hubo que vivir y dificultades a sortear para la legalización de formaciones políticas, amnistiar a los condenados por delitos de opinión e iniciar la normalización democrática de la sociedad española.
Adolfo Suárez y su recién estrenado Gobierno en julio de 1976 iniciaban la democratización de España, atendiendo al mandato real. En varios movimientos audaces y, sobre todo, pensados al milímetro, Suárez había diseñado una partida que, aunque muchos no entendieron al principio, tenía que acabar arrojando una victoria del aperturismo, de la renovación, de la libertad.
Para ello, entre esos movimientos, uno de los más arriesgado, necesario y determinante, era la legalización de las formaciones políticas que en aquel instante seguían siendo ilegales; y dentro de estas legitimaciones, especialmente significativa y determinante resultaba la legalización del Partido Comunista de España (PCE).
Entre el secretismo inicial y una calculada puesta en escena, Adolfo Suárez, con la inestimable y silenciosa colaboración del rey de España, Juan Carlos I, entabló las conversaciones precisas con Santiago Carrillo, máximo responsable el PCE, para que la operación viera la luz con un éxito meridiano y con la menor irritación posible de los sectores más reaccionarios a la implantación de un régimen democrático abierto a todas las opciones políticas.
De este modo, con los esfuerzos de unos y otros, los de derechas, los de izquierdas, los del centro y las formaciones nacionalistas que también conformaban el mapa político español, se estableció el punto de partida para que tuviera lugar un acontecimiento que marcaría el rumbo de la nueva España: las elecciones democráticas.
Por fin, tras más de cuarenta años, en junio de 1977 se celebraban las primeras elecciones democráticas para elegir diputados a las Cortes Generales. El resultado de las mismas arrojó una victoria de la Unión de Centro Democrático, fundada por Adolfo Suárez para la ocasión y, a escasos nueve puntos porcentuales, le siguió el Partido Socialista Obrero Español de Felipe González, el nuevo, joven y ambicioso baluarte de la izquierda moderada española. Con resultados inferiores al diez por ciento de lo escrutado quedaban Alianza Popular, fundada por el exministro franquista Manuel Fraga, y el Partido Comunista de España, recién legalizado, de Santiago Carrillo.
—A mí ese hombre me gusta —comentaba Antonio, profesor en un colegio religioso del municipio, refiriéndose a Adolfo Suárez.
—No sé —dudaba Ramiro—. Lo veo postizo. Inventado para la ocasión. Me quedo con Fraga. Alguien con experiencia y con capacidad de sobra demostrada.
—¿Fraga? ¡Más franquista que Franco! —aseveró categóricamente Amador, mientras daba cuenta del bocadillo de queso que Pepe, el dueño del bar, le había puesto para almorzar.
—No digas eso, Amador. Sabes de sobra que a Franco y a Carrero Blanco, Fraga los sacaba de sus casillas. A ver si no por qué se lo quitó de encima, enviándolo a Londres en lugar de dejarlo como ministro.
—No te rompas la cabeza, Ramiro. ¡Franquista «redomao»! —insistió Amador.
—No te hagas mala sangre, Ramiro. Ya sabes que, aquí, el estucador es del «morritos González» —terció Antonio.
Y en esas andaban, entretenidos con la recién inaugurada democracia y con los chismes de las diferentes formaciones políticas, mientras la crisis económica campaba a sus anchas. Si bien, en el día a día del españolito de a pie apenas se notaba; llevaban en situación de carestía, de una u otra cosa, más de cuarenta años.
Ramiro repartía su tiempo entre el taller de ferralla que tenía junto a su hermano Francisco y las labores administrativas que desarrollaba en una fábrica de complementos para el calzado. Los ratos que le quedaban libres los dedicaba a la familia, aunque no eran muchos; prácticamente se reducían a las horas de las comidas, sábados tarde y domingos. Había que trabajar muchas horas en aquella «bendita» España para poder ir los domingos a tomar el aperitivo al bar y comprar un pollo asado para comer, al tiempo que pagar, religiosamente, la hipoteca. Porque otra cosa no, pero cualquier español que quisiera presumir de ser de clase media estaba encadenado a una hipoteca y, por ende, a una jornada laboral bastante superior a las cuarenta horas.
Los días transcurrían como siempre. La convulsión que vivía el país desde hacía dos años, tras la muerte del dictador, no parecía haber calado en los estratos más básicos de la sociedad, más allá de haberse convertido en motivo de conversación y entretenimiento. Pero aquel 2 de marzo de 1978 a las 11:13 de la mañana, al margen de la trascendencia que todos los días tenían para la recién estrenada democracia en España, fue un jueves crucial en la vida de Ramiro.
—Le paso una llamada del 722. ¿Acepta la llamada? —preguntó la telefonista a Paola.
—Sí. La acepto.
Su cara fue deviniendo del tono caucásico normal hasta el blanco nacarado. Paola seguía aferrada al auricular del teléfono apretándolo cada vez más, inmóvil, sin pronunciar palabra. Su madre, Dolores, se acercó.
—¿Estás bien, hija?
Colgó el teléfono. Se dio la vuelta. Miró a su madre horrorizada.
—Ramiro está en el hospital.
Antes de que la madre pudiera decir nada, Paola se quitó el delantal.
—Recoge al crío del colegio —gritó, y salió por la puerta.
—¿Dónde está mamá? —consultó extrañado.
—Ha tenido que ir a hacer un recado y tardará un poco —mintió la abuela—. Hoy comeremos solos. Mamá y papá comen en casa de unos amigos.
Eran las cinco de la tarde, la criatura había vuelto al colegio cuando sonó el teléfono. La telefonista dio paso a una llamada.
—¿Está bien? Sí. Sí. De acuerdo. No te preocupes, ya me arreglo yo. Al crío ya le contaré cualquier cosa. Llámame cuando sepas algo más o cuando sepas que volvéis —conversó la abuela con su hija.
A Ramiro le había saltado una esquirla metálica en el ojo, produciéndole una amplia lesión corneal y estaba en estudio para valorar el alcance de la lesión y la pérdida o no de visión en el ojo derecho.
El sábado por la mañana, mientras la abuela preparaba el desayuno y el niño se arreglaba en la habitación para ir al cole a jugar, oyeron abrirse la puerta de la calle… Ramiro, con un ojo tapado, y su mujer estaban de vuelta en casa.
Tras haber sido intervenido con éxito, se comprobó que no había daño en la retina y que todo había quedado en un susto y en una úlcera corneal de amplia distribución y afectación parcial del iris. En unos días podría quitarse el parche, acudir a revisión y probablemente retomar su actividad normal.
Su hijo, con cara de preocupación y curiosidad, no apartaba la vista ni un segundo del aparatoso parche que cubría el ojo derecho de su padre.
—¿Te duele, papá?
—No, hijo. Ya no me duele. Lo que pasa es que todavía es pronto para que me dé la luz de manera directa y por eso llevo el ojo tapado —le informó Ramiro cariñosamente, al tiempo que lo cogía en sus brazos—. Míralo por el lado bueno: el papá va a quedarse en casa, cuatro o cinco días, sin ir a trabajar. Podremos jugar juntos, cada día, cuando vuelvas del cole.
Evidentemente, aquella aclaración produjo en el niño un efecto balsámico. Podría estar con su padre todos los días. En su interior, la criatura, llegó a pensar que no era tan malo lo del ojo, ¡al contrario!
—Anda. Prepárate si quieres ir a jugar al patio del colegio.
—Hoy no me apetece, papá. ¿Puedo quedarme aquí, en casa, contigo?
—¡Por supuesto! Ahora ve con la abuela y en un rato va el papá a jugar contigo. Vamos a montar el Exin Castillos. ¿De acuerdo?
No hizo falta repetírselo dos veces. El niño salió corriendo en busca de su abuela mientras, a voz en grito, repetía:
—Exin Castillos, Exin Castillos…
Cuando el niño hubo salido de la salita, Ramiro llamó a su mujer.
—Sabes. Desde anteayer, después del accidente, le he estado dando muchas vueltas —sonó solemne—. Este accidente puede que sirva para algo bueno.
»Verás, la forja da para lo que da. Para mi hermano y para nosotros nos alcanza muy justito y requiere mucha dedicación. Yo solo puedo dedicarle media jornada, la otra se va en la fábrica de don Marco. Y el taller, como hemos podido comprobar, es un pelín peligroso.
»Pepe, el de los seguros —siguió con su exposición de motivos—, lleva tiempo diciéndome que yo, en lo de las pólizas, haría carrera. Y me permitiría mantener el trabajo de contable en la fábrica, ¡y a jornada completa! Antes de entrar y al salir podría dedicarle un par de horas a visitar a gente, ir a los bares, ofrecerles seguros de vivienda, coche, defunción, vida… Desde que ha llegado la democracia la gente empieza a comprar más, diferente…
»Pepe dice que ahora todo el mundo quiere asegurar todo por si acaso y porque tienen algo para asegurar. Las comisiones son de más del veinte por ciento del valor del seguro y Pepe me facilitaría clientela al principio. Él quiere ir dejándolo poco a poco y la idea es que yo me vaya haciendo con su cartera de clientes. Eso me sacaría del taller, lo cual me evitaría riesgos, mi hermano iría un poco más desahogado y podría meter a su hijo, el mayor, a trabajar con él y así, matamos dos pájaros de un tiro. ¿Qué me dices?




