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Muchas veces intentamos mantener nuestro pasado bajo llave. No creemos que valga la pena analizar los capítulos más difíciles y traumáticos. Sin embargo, parafraseando a Richard Rohr, el dolor que no se transforma, se transmite. Para crecer, debemos rescatar el bronce de entre los cadáveres y martillarlo para crear algo diferente. Como escribe el psicólogo y teólogo estadounidense Dan Allender, en The Wounded Heart [El corazón herido]: “Enfrentarnos al pasado nos permite ver el presente con mayor claridad”. Cuando no lo hacemos, “el pasado se aferra al presente como […] un ancla invisible que demora el progreso de la embarcación”. En el proceso de recuperar y martillar el bronce, entresacando lo bueno de lo malo, Dios le dio al pueblo de Israel la oportunidad de transformar la historia y redimir el dolor.
Teniendo en cuenta cómo estos 250 hombres habían deshonrado los incensarios, Dios podría haber instruido que la lámina de bronce tuviera un uso secular. Sin embargo, Dios dijo que debía utilizarse para cubrir el altar, como un recordatorio. ¡Esta parte de la historia me parece tan significativa y conmovedora! Luego de la ardua tarea de martillar el bronce a mano, la lámina se usa en el servicio sagrado del Tabernáculo. El pasado, procesado, no es basura: es sagrado. ¡Dios puede usarlo para su honra!
Señor, gracias porque tú puedes redimir mi historia. Tú puedes liberarme del dolor y del trauma del pasado y transformarlo en algo útil y santo.
18 de marzo
Cicatrices de oro

“Dios escogió lo despreciado por el mundo —lo que se considera como nada— y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante. Como resultado, nadie puede jamás jactarse en presencia de Dios” (1 Cor. 1:28, 29, NTV).
El Kintsugi es un arte milenario japonés que se usa para reparar jarros o platos de cerámica rotos, en lugar de tirarlos a la basura. Lo extraordinario de esta técnica es que, en lugar de usar un pegamento invisible, los japoneses utilizan un barniz de resina mezclado con polvo de oro, resaltando así las imperfecciones. La idea es que las “cicatrices”, las vetas de oro de un objeto reparado, lo hacen más hermoso porque cuentan una historia de redención. A través de esta técnica, lo que hubiera sido basura se transforma en tesoro valioso.
Dios es un maestro artesano que utiliza nuestros peores errores para narrar una poderosa historia de redención. Sin embargo, a veces nos avergüenzan las cicatrices; queremos editar el pasado y pretender que nunca nos quebramos. Pensamos que tendremos mayor influencia y prestigio si aparentamos ser perfectas. ¡No podríamos estar más equivocadas! El autor cristiano Craig Groeschel, en Soul Detox [Desintoxicación del alma], lo explica de esta manera: “Podemos impresionar a los demás con nuestras fortalezas, pero nos conectamos con los demás a través de nuestras debilidades”. Las cicatrices de oro que llevamos en el corazón dan gloria a Dios, quien nos sanó. También nos dan una oportunidad única para acercarnos a las personas que tienen, o han tenido, heridas similares. ¡Son un símbolo de esperanza!
Los agujeros y las rajaduras permiten que pase la luz. “Cuando las cosas se desmoronan, los pedazos rotos permiten que muchas cosas entren, y una de ellas es la presencia de Dios”, escribe Shauna Niequist en Bittersweet [Agridulce]. Irónicamente, las imperfecciones y los errores que desesperadamente intentamos ocultar pueden ser herramientas ideales en las manos de Dios. Dejemos que él nos sane y que las cicatrices cuenten la historia de su maravilloso poder.
Señor, te agradezco porque tú puedes transformar mi vergüenza en un símbolo de esperanza. Dame la valentía y la integridad emocional que necesito para ser auténtica, para contar mi verdadera historia para la gloria de tu nombre.
19 de marzo
El regalo de la incertidumbre

“Dios le dijo: ‘Deja tu patria y a tus parientes y entra en la tierra que yo te mostraré’ ” (Hech. 7:3, NTV).
Mi amiga Judy es una escocesa bella y aventurera. Juntas, recorrimos la ciudad de Münich, en Alemania, y la capital de Escocia, Edimburgo. Hace muchos años, para mi cumpleaños, Judy organizó un viaje a París. Ver las luces de la Torre Eiffel encenderse esa noche fue maravilloso; un regalo inigualable.
Si Judy viniera hoy a mi casa y me dijera: “Toma una muda de ropa y sube al auto rápidamente. Vamos de paseo”, lo haría sin dudar. Aunque ella no me dijera adónde vamos, me subiría al auto sin protestar y empezaría a disfrutar de la aventura. Quiero tener una relación así con Jesús. ¿Qué me lo impide? Mi deseo de controlarlo todo.
El control no es más que una ilusión, ¡pero cómo cuesta soltarlo! Es un mecanismo de defensa para tratar con nuestros miedos: miedo al fracaso, al dolor, a la muerte... Controlamos y manipulamos para sentirnos más poderosas (o un poco menos vulnerables). Nos enojamos cuando las cosas no salen a nuestro modo, porque es como si la vida nos gritara en la cara: “¡No tienes todo bajo control!”
Seguir a Jesús implica ceder el control. Pero la incertidumbre no es nuestra archienemiga, sino un regalo. Que Dios nos regale incertidumbre es como recibir un par de medias para Navidad. Todos los niños prefieren juguetes, pero los padres entienden la diferencia entre “querer” y “necesitar”. Si abrazamos la incertidumbre, aumenta nuestra tolerancia al riesgo y nuestra dependencia de Dios.
El desafío es sobrenatural, pero también lo es el poder del Espíritu Santo. Hace poco tomé una decisión que me llenó de miedo con respecto al futuro. Pasé noches durmiendo muy poco. En medio del terremoto emocional, sentí que Dios me llamaba a abrazar la incertidumbre. De a poco, comencé a desprender mis dedos entumecidos al volante y poner mis manos en las de Jesús. Paulatinamente, Dios comenzó a reemplazar mi pánico con un sentimiento de expectativa y aventura.
Jesús, ayúdame a aceptar el regalo de la incertidumbre, que me obliga a avanzar por fe, y no por vista. Quiero dejarme sorprender. Quiero confiar más en ti y abrir mi corazón a lo inesperado, a la aventura de vivir la vida juntos, tú y yo.
20 de marzo
Haz algo

“Mi mandato es: ‘¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas’ ” (Jos. 1:9, NTV).
¿Alguna vez intentaste descubrir el plan de Dios para tu vida? ¿Dónde deberías estudiar? ¿Con quién deberías casarte? ¿Deberías aceptar este trabajo o aquel? ¿Es tiempo de mudarte a otra provincia, o tal vez a otro país? ¡Desear hacer la voluntad de Dios es algo muy bueno! Sin embargo, a veces pensamos en el plan de Dios para nuestra vida como si fuera un laberinto, o un examen. Creemos que si damos un paso en falso nos vamos a perder, y ya nunca encontraremos el camino correcto. Tememos, a menos que todas nuestras decisiones sean perfectas, terminar con el plan “B” o el “C” (que son tan buenos o tan bendecidos como el plan “A”). Estas ideas incorrectas acerca de la voluntad de Dios hacen que nos paralicemos del miedo cuando tenemos que tomar decisiones. En su libro Haz algo, Kevin DeYoung comenta: “No es solo que estamos siempre inquietos y llenos de temor, sino que hemos espiritualizado nuestra inquietud y cobardía tratando de hacer que parezca piedad en vez de pasividad”. En otras palabras, no solo vivimos aterradas, con muy poca fe en la soberanía divina y en nuestro propio intelecto, sino además nos convencemos de que esta pasividad es un gran acto de sumisión a Dios.
Sí, debemos orar, ayunar y, muchas veces, esperar. Sin embargo, después de llenar nuestras mentes de la Palabra de Dios y nuestros oídos de consejos sabios, avancemos con confianza, sabiendo que él nos guiará exactamente adonde tenemos que ir. Tengamos cuidado de no usar la voluntad de Dios como una excusa para hacer nada, o como un seguro contra todo riesgo. DeYoung escribe: “Dios no es una bola mágica a la que podamos acudir y consultar cada vez que tengamos que tomar una decisión. Él es un Dios bueno que nos dio cerebros. Nos muestra su camino de obediencia y nos invita a tomar riesgos por él”. No hace falta que nos torturemos con cada decisión, ni precisamos recibir una señal del Cielo a cada paso. Avancemos obedeciendo las verdades reveladas en la Biblia, siendo fieles en el recorrido. Y en aquellas áreas no reveladas, tomemos decisiones sabias confiando que Dios cuidará de nosotras.
Señor, si hay áreas de mi vida en las que estoy postergando la toma de decisiones porque tengo miedo de equivocarme, muéstramelo hoy. Quiero avanzar confiada, sabiendo que tú cuidarás de mí.
21 de marzo
Fe de pies mojados

“Era la temporada de la cosecha, y el Jordán desbordaba su cauce. Pero en cuanto los pies de los sacerdotes que llevaban el arca tocaron el agua a la orilla del río, el agua que venía de río arriba dejó de fluir y comenzó a amontonarse a una gran distancia de allí” (Jos. 3:15, 16, NTV).
Existen dos tipos de fe: la de pies secos y la de pies mojados. A veces, Dios nos guía hacia el Mar Rojo, con un ejército enemigo que nos pisa los talones. Entonces, frente a nuestros ojos asombrados, Dios abre el mar y cruzamos por tierra seca. Esta es la fe de pies secos: Dios abre un camino, de forma milagrosa, antes de que nos mojemos.
Otras veces, sin embargo, Dios espera de nosotras una fe de pies mojados. Cuando ya hemos caminado con él durante un tiempo, Dios nos puede guiar al río Jordán. Él nos dice claramente que avancemos, ¡pero el río está salido de cauce! En ocasiones como estas, el río no se abre sino hasta que nuestros pies tocan el agua: esta es la fe de pies mojados.
Si nos negamos a creer y avanzar hasta que toda incertidumbre desaparezca, nunca experimentaremos este tipo de fe. La fe de pies mojados requiere abandono y coraje emocional. En What Happens When Women Walk in Faith [Qué sucede cuando las mujeres caminan en la fe], la autora Lysa Terkeurst se pregunta: “¿Soy la clase de líder que necesita ver la tierra seca primero, o estoy dispuesta a mojarme y ensuciarme un poco, a avanzar hacia lo desconocido y confiar en él?” Y tú, ¿qué clase de fe quieres tener?
Estoy convencida de que Dios nos da oportunidades para crecer en la fe. Generalmente, leemos el relato de Pedro, que baja de la barca y camina hacia Jesús sobre las aguas, como un fracaso (Mat. 14:22, 33). Es cierto que Pedro dudó y comenzó a hundirse; sin embargo, también es cierto que Pedro se arriesgó y se mojó más que los pies. En el proceso, Pedro aprendió una lección valiosa: que Jesús no nos abandona cuando nuestra fe flaquea.
No sé cuál es tu barca o tu orilla hoy, pero te invito a creer y a avanzar. La fe de pies mojados no es presunción, es confianza. Es creer que cuando Dios te llama, también abrirá caminos inesperados; en el desierto y aun sobre el mar.
Señor, hoy quiero bajarme de la barca de la certidumbre y lo conocido. Quiero, por fe, abrirme paso hacia un territorio inexplorado y conquistarlo para tu reino. Dame una fe de pies mojados y un coraje santo. Amén.
22 de marzo
El rol de la incertidumbre

“El Señor le había dicho a Abram: ‘Deja tu patria y a tus parientes y a la familia de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré’ ” (Gén. 12:1, NTV).
Hablaba con una amiga que es soltera y que por años ha esperado fielmente un compañero para la vida. “Sería mucho más fácil si Dios me dijera que nunca me voy a casar”, me dijo. “Dolería menos que esta incertidumbre”. Entiendo lo que siente. La esperanza muchas veces duele. Mientras que el cinismo adormece el corazón, para creer hay que mantener el corazón abierto, humilde y vulnerable. Así que, no le dije mucho; no la atiborré de consejos simplistas, solo la abracé y le dije que la quería.
A veces pareciera que Dios nos da información acerca de nuestro futuro con un cuentagotas. ¿Para qué tanta incertidumbre? ¿No sería más eficiente que Dios nos diera un itinerario detallado para la vida? John Barry, el autor y fundador de la organización “Jesus’s Economy” (La economía de Jesús), cree que la incertidumbre cumple una función importante. En su artículo “How God Uses Pain to Help Us Grow”, dice: “Si miras hacia atrás, a la vida de los profetas —desde Moisés, hasta Elías y Jonás—, está claro que sus vidas a menudo transcurrieron en la incertidumbre. Dios los guio a lugares desconocidos, desde desiertos, hasta las cimas de montañas y ciudades extranjeras, pero estuvo con ellos a cada paso del camino. Dios les dio […] la provisión que necesitaban. Los profetas debían crecer y aprender. Y en la incertidumbre, Dios hizo que eso sucediera”.
Creemos que si sabemos más seremos más felices. Dios sabe que esto no es verdad. Nuestro corazón, adicto al control, dice: “Muéstrame y te seguiré”. Dios dice: “Sígueme y te mostraré”. Dios usa la incertidumbre para despegar nuestros dedos acalambrados del volante, para recordarnos nuestra completa dependencia. Abram, José y David enfrentaron períodos de gran incertidumbre, aun habiendo aceptado el llamado de Dios. Paradójicamente, a medida que cedían más el control, más paz encontraban. Ellos se sometieron a una vida de incertidumbre con una única certeza: la presencia de Dios. Y descubrieron que era más que suficiente.
Señor, ayúdame a aceptar los períodos de incertidumbre de mi vida como una oportunidad para crecer y aprender. Tú eres la única certeza eterna. Quiero estar en tu presencia y que llenes mi corazón de paz.
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