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- Darías lo que fuera, darías lo que fuera, ¡bah! - la mirada de su madre se perdía mirando a un lado y a otro buscando vete tú a saber qué mientras se dirigía a él con dureza - ¡Ya no puedes arreglarlo Ethan!, además, ¿qué pinto yo en todo esto?
- ¡Eras su madre, maldita sea! - gritó él en un estallido de furia - ¿Cómo que qué pintas tú? Tuvimos que arreglárnoslas solos desde que éramos unos mocosos, un buen día tú desapareciste de nuestras vidas sin más y no tuvimos más remedio que aprender a sobrevivir por nuestra cuenta ¿Cuántas veces vamos a tener que seguir hablando de esto, hasta cuándo Nancy, hasta cuándo? Ya has perdido a un hijo y parece que no te importe lo más mínimo perder al único que te queda. Yo al menos soy consciente de mis errores.
- ¡Déjame en paz desgraciado! - rugió Nancy arrojándole a Ethan una lata vacía recogida del suelo de aquella pocilga, al momento apretó sus sucios dientes furiosa mientras emitía un sonido que casi parecía un gruñido. Luego prosiguió - ¿Quién coño te has creído que eres, eh? ¿Piensas que puedes aparecer por aquí y soltarme todo ese discursito sin más como si pretendieras juzgarme? Si quieres juzgar empieza por ti mismo, estás tan al cuello de mierda como yo.
- ¡Ya lo hago Nancy, ya lo hago! Ni tan siquiera sé muy bien por qué he venido. Sin Sam me siento… me siento tan perdido.
- Siempre has sido igual Ethan, nunca cambiarás - cargó de nuevo su madre -. Siempre lloriqueando, siempre lamentándote por las oportunidades perdidas, por lo que pudo ser y no fue ¡A la sombra de tu hermano menor! Sin él no hubieras llegado a ninguna parte, sin él tus despojos hace tiempo que estarían pudriéndose en cualquier montón de basura de esta puta ciudad. Yo al menos sé de qué va todo esto y he decidido terminar mi vida como yo quiero.
- Si tus planes pasan por acabar así - Ethan contempló una vez más aquel nauseabundo agujero -, es algo mucho más triste de lo que pensaba.
- ¡Ja, como si tú vivieras en un maldito palacio! - se mofó Nancy -.
Después de la repentina descarga de adrenalina todo había pasado, quedando únicamente un negro pozo de desesperación. Sabía que su madre tenía razón, él nunca había sido nada, tan sólo se había limitado a dejarse llevar por Samuel. Fue él quien los sacó adelante a los dos. Ethan quería pensar que también había hecho su contribución, pero en el fondo comprendía que sin el apoyo de su hermano ni siquiera hubiera logrado lo más mínimo, era ese apoyo el que siempre le había dado fuerzas y coraje. Ahora esas muletas habían desaparecido, se las habían arrebatado de repente y se sentía más tullido que nunca.
- ¡Lárgate de aquí, márchate ya! - escupió ella en tono aún más despectivo -. Déjame en paz, no necesito lecciones de nadie. Menos aún de alguien que es menos que nadie.
No supo por qué pero aquello le dolió especialmente. Quería creer que, muy en el fondo, su madre aún seguía queriéndole y que todo aquello sólo lo había dicho por el dolor y la rabia que la desgarraban por dentro, por ese sentimiento de pérdida que únicamente el consumo de base podía aliviar en parte.
- Creo que me he equivocado al venir aquí - reconoció al fin -. Tranquila Nancy, nunca volveré a molestarte ni a pedirte nada.
- ¡Sí eso, desaparece! Deberías haber sido tú el que cayera en Watford, ¿sabes? Hubiese sido mejor así, al menos con Samuel las cosas podrían haber cambiado. Pero ahora ya no queda nada, las oportunidades se acabaron.
- Lamento ser ese hijo que hubieses preferido ver muerto - la voz de Ethan era ahora dura, amarga -. Adiós Nancy, que tengas suerte.
Prefirió largarse de allí cuanto antes, poner tierra de por medio, eso lo sabía hacer mejor que nadie. Pero antes de perderse por entre los innumerables recovecos de aquella ruina aún alcanzó a oír como su madre gritaba:
- ¡Nada tiene sentido, nada tiene sentido! ¿Dónde coño está la mierda, joder?
En aquel momento Ethan reparó en que apenas sí había llorado a causa de la muerte de su hermano, incapaz de exteriorizar sus tormentosas emociones. Sentía que tenía ganas de llorar pero no le salían las lágrimas, se encontraba perdido, sin expectativas, sin saber a dónde ir o lo que hacer. Tal vez lo mejor fuera arrojarse al río y acabar con todo de una vez, pero ni tan siquiera tenía valor para eso. Tan solo deambuló y deambuló sin rumbo, tratando de olvidar la última y patética visión de su madre, tratando de contener el arrollador sentimiento de culpa que lo consumía. Samuel regresaba una y otra vez a sus pensamientos. Con él había muerto también una parte de Ethan, quizá la más importante de todas. Ahora sólo quedaba una fría carcasa vacía por dentro, restos de lo que podría haber sido un ser humano completo.
Y como él los restos de la ciudad todavía seguían ahí, después de innumerables ataques, después de los infinitos golpes recibidos. Londres subsistía como una mera sombra de su glorioso pasado, un pasado que ya nadie recordaba. Muchos decían que, en un tiempo anterior a la Guerra, aquella fue una metrópolis opulenta, dinámica, vibrante y orgullosa de sí misma. Ahora sólo quedaba un ruinoso fantasma habitado por una triste legión de figuras sin alma que ya no esperaban gran cosa. Una más vagando por lo que una vez fueron sus calles no importaba demasiado. De hecho ya nada importaba en aquella tierra maldita en la que nunca salía el sol.
2
La versión oficial cuenta que Ethan Sutton fue una persona íntegra, un buen chico como suele decirse, pero que realmente tuvo muy mala suerte durante la mayor parte de su vida. Perdió a toda su familia y, al caer en desgracia, terminó en manos de unos desalmados que desde el primer momento se aprovecharon de su vulnerabilidad y su buen corazón. Él jamás se hubiera metido en asuntos turbios, como tampoco deseaba terminar convertido en un ladrón o un criminal. Pero aquella gente lo embaucó, se hicieron pasar por sus amigos pues los conoció cuando Samuel todavía vivía y, mediante mentiras y falsas promesas, consiguieron arrastrarle a Edimburgo. Se ha dicho que Ethan nunca supo nada de los planes de Marcel Louis y su banda, que lo utilizaron haciéndole creer que viajaban hasta el frente para un trabajo por completo legal. Un pobre inocente destinado a cargar con todas las culpas llegado el momento. Así, cuando aquel chapucero intento de robo en los almacenes de la Cuarta División terminó en desastre, los demás pusieron pies en polvorosa dejando tirado al pobre Ethan, que por supuesto no tenía la menor idea de lo que se le venía encima. Si debía haber algún sacrificado en todo aquel asunto no podía ser otro más que él.
Así fue como comenzó todo según dicen o, más bien, según como nos lo han contado. A pesar de que Ethan se esforzó siempre por mostrar una actitud intachable en un mundo corrupto y degradado, fuerzas prácticamente irresistibles terminaban arrastrándole por el mal camino. No era culpa suya, tan solo las circunstancias de la época. Pero como todos los héroes han de encontrar al fin su recompensa, lo que en un principio parecía ser la mayor de las desgracias se convirtió en el punto de inicio de la gran aventura. Al fin y al cabo fue cosa del destino.
En realidad Ethan supo desde el principio de qué trataba exactamente el trabajo de Edimburgo. De hecho anduvo detrás de Louis durante semanas, suplicándole que lo incluyera en el grupo que viajaría hasta allí para perpetrar el gran golpe. Era la mayor oportunidad de su vida, la oportunidad que cualquier miserable que no tenía donde caerse muerto deseaba tener al alcance, pues cosas así rara vez se veían. Él no tenía ni idea de cerebros electrónicos para aplicaciones militares, ni mucho menos sabía cuál era su valor en el mercado negro, pero sí comprendía que participar en el robo de aquellos chismes le reportaría una suma de dinero con la que ni tan siquiera se había atrevido a soñar. Al menos eso era lo que decían. Si quedaba fuera de esto no merecía la pena seguir viviendo. Era algo así como el último tren que partía de la estación de la condena, si lo perdía ya no habría esperanza.
Sin embargo Louis tuvo muy claro desde el primer momento que no quería contar con Ethan para aquel trabajo. En realidad lo despreciaba, pues no veía en él más que a un torpe estúpido demasiado dado a intoxicarse con base o cualquier otra porquería que se pudiera encontrar en las calles de Londres. Alguien sin dignidad que incluso había llegado a rebajarse hasta extremos insospechados con tal de pagarse sus vicios. Tipos así los había a patadas y de entrada no los necesitaba para sus grandes planes. Si había tolerado a Ethan hasta ese momento era en cierto sentido para honrar el recuerdo de Samuel, que siempre le cayó bien y tenía un gran potencial. De haber vivido hubiera sido un buen socio en el que confiar, pero su patético hermano mayor en cambio sólo servía para tareas sencillas. A Louis le venía bien utilizarlo para ciertos recados, ya que lo tenía por un sujeto sin agallas y no especialmente avispado, razón por la cual sabía que nunca se atrevería a jugársela.
No, Ethan no entraba en los planes de Louis. Sin embargo una semana antes de partir para Edimburgo sus previsiones se vieron dramáticamente alteradas por un imprevisto catastrófico. El trabajo de aquella noche en los almacenes portuarios de Milwall era algo rutinario, ya lo habían hecho más de cien veces y nunca hubo complicaciones. Las patrullas de contención rara vez hacían acto de presencia en esa zona y mucho menos a esas horas, pero el caso es que en aquella ocasión sí lo hicieron. Tal vez alguien dio el chivatazo, tal vez sólo fue mala suerte, incluso se llegó a decir que aquello fue una trampa que los jefazos de la zona sur le tendieron a Louis, en respuesta a sus pretensiones de ir por libre para así controlar su propio territorio al otro lado del Támesis. Los motivos no importaron. Lo único que importó en ese instante fue que les pillaron con las manos en la masa y apenas quedó tiempo de reacción. Harold y Randall cayeron bajo los disparos de los soldados, que no dudaron ni un segundo a la hora de abrir fuego, Travis fue capturado y, en la confusión de la huida, el condenado Grabinsky desapareció y nunca más se supo de él.
De la noche a la mañana todo se había ido al carajo. Ahora el equipo de Louis había quedado reducido a tres personas incluyéndole a él, un número insuficiente para llevar a cabo el gran golpe en el frente. Necesitaban como mínimo a dos más si querían que aquello saliera bien. El trabajo no podía posponerse, pues el contacto que tenían en los almacenes de la Cuarta División en Edimburgo lo había dispuesto todo para la noche del dieciséis de octubre, fecha del antiguo calendario. El robo debía realizarse en ese momento o de lo contrario no habría otra oportunidad igual hasta el año siguiente y, como era de imaginar, nadie estaba dispuesto a esperar tanto. Sería como desaprovechar una oportunidad increíble y había demasiado en juego.
Por eso Louis adoptó medidas desesperadas. A menos de una semana para partir no había tiempo para buscar a gente experimentada en la que además se pudiera confiar. Tenía que tirar de lo que tuviera más a mano y, cómo no, ahí estaba Ethan arrastrándose tras él y suplicando formar parte de aquello. No era ni mucho menos la mejor opción, pero al menos sabía de su carácter sumiso, por lo que obedecería sin rechistar y no causaría excesivos problemas si se le encomendaba la parte más sencilla del trabajo. Además, si todo salía bien, podía darle una parte mínima de los beneficios, por no decir insignificante, y aquel pobre desgraciado estaría más que contento.
Así fue como Ethan terminó embarcado en todo aquello sin ser muy consciente de dónde se metía. El viaje había sido mucho más largo de lo que esperaba, pues en aquella época las infraestructuras del país estaban devastadas y el camino de Londres a Edimburgo, la frontera de la Guerra, presentaba numerosas complicaciones. A pesar de ello se sentía optimista por vez primera en mucho tiempo, su suerte parecía estar a punto de cambiar porque pensaba que participaba en algo grande, casi sentía que era alguien importante. Aun así los recuerdos de Samuel y el sentimiento de culpa no dejaban de atormentarle. Soñaba una y otra vez con aquel fatídico día que nunca debió llegar, con el rostro sonriente de su hermano despidiéndose en aquellas escaleras, con el espantoso momento en que le notificaron su muerte. Aquella noche no había sido una excepción y para colmo el sueño pareció ser más vívido, más real, que de costumbre. Tal vez era la excitación del momento.
- ¡Eh tú, capullo! - la voz cantarina de Fergie sonó detrás de Ethan - ¿Qué coño haces ahí encantado mirando esa mierda? Larguémonos ya de casa de estos putos viejos, Louis y los demás ya están junto a la cargo. Date prisa o te dejamos tirado.
- Vale, vale, perdona - se disculpó él -. Es que esta noche no he dormido bien porque he tenido problemas de vientre. He ido varias veces al baño y…
- ¿A quién cojones le importa que te vayas por la pata abajo? ¡Vamos joder!
Diciendo esto Fergie, un poco fiable mulato de ascendencia jamaicana, dio media vuelta y se apresuró a salir de la casa.
A decir verdad Ethan se había quedado ensimismado contemplando los retratos que había sobre la chimenea de la sala de estar del hogar de los ancianos Wallace. Fotos impresas, como las que se decía que la gente atesoraba mucho tiempo atrás, de rostros desconocidos posando en lugares igualmente desconocidos. Por lo visto algunas retrataban al hijo de aquellos dos viejecitos, fallecido hace años presumiblemente en combate. Otras no se sabía de quién eran, reliquias que los Wallace habían conservado como tesoros de un pasado lejano. Ethan nunca había visto nada igual, las fotografías sobre papel ya eran una auténtica rareza en aquella época y muy pocos las poseían. Aquellas en concreto mostraban un mundo muy distinto al que él conocía, posiblemente el que debió de existir antes de la Guerra y por eso lo cautivaron. En ese mundo gentes felices y despreocupadas disfrutaban de todo tipo de lujos, derrochaban y malgastaban como si no importara el mañana y desconocían por completo la escasez y la miseria que atenazarían a las generaciones posteriores. En algunas instantáneas se las veía retozar en playas paradisiacas que no parecían reales, en otras mostraban orgullosas flamantes casas y vehículos recién estrenados y aun en otras se entregaban a pantagruélicos banquetes donde se reunía más comida que toda la que Ethan había visto en su vida.
“¿Cómo era posible que las cosas hubiesen cambiado tanto?”, pensaba. Bien es verdad que aquellas increíbles fotos, bastante deterioradas y ya descoloridas, pudieron tomarse hace ya muchísimo tiempo. Era posible incluso que ni tan siquiera los abuelos de los, al parecer, octogenarios Wallace hubieran conocido esa época de infinita abundancia. Nadie lo sabía, pero daba la impresión que aquellas imágenes mostraban más bien la vida en otro planeta. No, sin lugar a dudas aquello no podía ser la Tierra.
- ¡Venga, maldita sea! - una irritada voz femenina resonaba procedente del exterior - ¡Vámonos antes de que los cabezas cuadradas vuelvan a cerrar los accesos a la ciudad!
Aquello era un claro aviso a Ethan, el rezagado del grupo. No quiso importunar más a los restantes miembros del equipo y salió presto de la casa para subirse a la cargo. La encantadora señora Wallace estaba también fuera para despedirles. Empujaba la silla de ruedas en la que iba su marido, que parecía más viejo incluso que ella, un hombre sombrío que apenas sí había abierto la boca desde que estaban allí.
- Que tengan un buen viaje - dijo la menuda ancianita, que para la ocasión se había ataviado un llamativo chándal color fucsia a buen seguro cortesía de anteriores huéspedes -. Y no desesperen, ya sé que el viaje desde el sur puede ser terrible, pero Edimburgo ya está a la vuelta de la esquina.
- Descuide señora y muchas gracias por todo - anunció Louis con fingida cortesía -. De no haber sido por su buen corazón no habríamos tenido más remedio que dormir una noche más en ese incómodo vehículo - señaló la cargo -. Ha sido todo un detalle por su parte que nos aceptara en su humilde hogar, nos ofreciera camas blandas, un baño y, sobre todo, que haya compartido su escasa comida con nosotros. Lamento muchísimo no poder compensar esta infinita muestra de hospitalidad, pero como ya dije ayer son tiempos de gran necesidad y apenas sí poseemos más que lo que llevamos puesto.
- ¡Oh por Dios no es necesario que me den nada! - repuso la señora Wallace -. Ustedes los brigadistas ya hacen bastante, son casi lo único que nos separa de la barbarie. Mi Henry y yo siempre tendremos la puerta abierta para todo aquel miembro del servicio que no encuentre cobijo por los alrededores. No es lugar este en el que la vida resulte sencilla, ¿saben ustedes?
- Razón de más para que, de parte mía y de mi grupo, mostremos nuestro más sincero agradecimiento así como un profundo sentimiento de admiración hacia ustedes - Louis se deshacía en falsos elogios y al final aquel discursito de despedida quedó excesivamente forzado -. Sólo unos auténticos héroes se atreverían a resistir fijando su residencia aquí, tan cerca de la amenaza del Enemigo.
- ¡Oh vamos tío, no te pases o al final la vieja se va a dar cuenta! - mascullaba Donna en voz baja desde el asiento del conductor en el interior de la cargo. Ella era la única mujer del grupo aunque, por su aspecto y maneras, más bien parecía un muchacho menudo y delgado que no hubiera cumplido los veinte -.
- Bueno, bueno, no sea usted tan adulador - sonreía la anciana con timidez repentina, pues parecía un tanto emocionada al tiempo que avergonzada por las palabras de Louis -. Márchense ya, no vaya a ser que luego tengan complicaciones.
- Eso, vayámonos - apremió Donna esta vez en voz más alta -.
Finalmente partieron enfilando el descuidado camino que moría en la vivienda de los Wallace. La anciana, empujando siempre la silla con su en apariencia inerte marido, se adelantó para despedir brazo en alto a los que ella consideraba unos valientes voluntarios que marchaban en pos de un abnegado servicio a la patria. La casa se fue alejando progresivamente, una vetusta y maltrecha construcción en medio de un paisaje inverosímil. Su mera existencia resultaba surrealista, allí junto a uno de los muchos baluartes del ejército en la retaguardia, un agujero infecto rodeado de desolación que al parecer se llamaba Gorebridge. Qué importaba, aquel anciano matrimonio vivía al borde del abismo como si nada y había logrado subsistir gracias a la caridad de los integrantes de las Brigadas de Salvación destinados al norte y seguramente también de algunos militares. Los Wallace eran el último y sorprendente residuo de una población que tiempo atrás habitó aquellas tierras, todo lo demás había desaparecido y sólo ellos quedaban. Pero tarde o temprano aquella casa y sus moradores también desaparecerían y serían olvidados.
- No entiendo cómo esos dos han logrado sobrevivir aquí durante todos estos años - confesaba Donna mientras tomaba el desvío que los llevaría hasta los accesos a Edimburgo -. Esto está demasiado cerca del frente y son lo suficientemente viejos como para haber vivido los tiempos más duros, cuando Ellos atacaban de verdad. A pesar de todo no huyeron al sur como los demás, decidieron quedarse aquí.
- ¡Qué más da! - espetó Rod, otro de los miembros del equipo y hombre de confianza de Louis -. Nos ha venido bien poder pasar una noche fuera de esta maldita cargo y comer algo de caliente. Por lo demás esa casucha estaba tan en las últimas como sus dueños, sin luz ni agua corriente. Nos hemos tenido que lavar con el agua fría de los bidones que les habían dejado los brigadistas.
- ¡Y que lo digas tío, ha sido una puta mierda! - le secundaba Fergie -. Esta mañana se me han congelado las pelotas, aquí es como si ya hubiera comenzado el invierno.
- Podéis quejaros todo lo que queráis, pero no habéis perdido la oportunidad de saquear la despensa de los viejos - manifestó Donna -. Un poco más y les dejáis sin nada.
- No te sientas culpable por eso - intervino Louis, que iba a su lado en el asiento del copiloto - ¡Estábamos muertos de hambre, joder! Durante cinco días no hemos comido otra cosa que la bazofia enlatada que nos coló esa maldita bruja tramposa de Charlotte. Hoy es el día grande y necesitábamos reponer fuerzas después de un viaje tan duro ¡Vamos mujer, ni que lo hubiéramos hecho con mala intención!
- No me malinterpretes, a mí los viejos me importan un carajo - replicó ella -. Lo que pasa es que no me hace gracia llamar la atención más de la cuenta. Vamos a colarnos en un área de máxima seguridad con identificaciones falsas, si pretendemos hacernos pasar por brigadistas debemos parecerlo de verdad. No estamos en Londres, esto no es el barrio, si nos comportamos igual que siempre levantaremos sospechas. Eso es lo que realmente me preocupa.
- Tú di lo que quieras, pero de momento lo de las identificaciones ha funcionado - afirmó Rod sacando pecho -. Para los trabajos serios busco a auténticos profesionales y ya has visto que las falsificaciones son de primera. Hemos pasado ya por un montón de controles ¡Joder, hasta he perdido la cuenta! Y en todos, los putos cabezas cuadradas no han sospechado una mierda, ha colado sin problemas y en Edimburgo no va a ser distinto.
- Eso es cierto, pero no estaría de más hacerle un poco de caso a Donna - reflexionó Louis -. Esto no es el barrio, no es el territorio que conocemos, habrá que ir con cuidado y no hacer gilipolleces.
- Ahora dirás que debemos cuidar nuestros modales, ¿no? - sonría burlón Rod, un sujeto que podía ser cualquier cosa menos delicado -. Vas a decir que esto será como asistir a una de esas jodidas fiestas que dan los ricachones que se refugian en Dublín ¡Venga hombre! Lo único que diferencia Edimburgo de Londres es que está metido en Tierra de Nadie y por eso hay muchos más cabezas cuadradas, por lo demás es la misma clase de estercolero con el mismo tipo de cucarachas. Que lleven petos de brigadista o no es lo de menos, cada vez hay más reclutamientos forzosos porque los palurdos dispuestos a alistarse escasean en estos días. Lo único que nos diferencia de ellos es que, una vez terminado el trabajo, nosotros podremos largarnos y los demás seguirán encadenados al servicio.
- Te entiendo Rod - contemporizó Donna -, pero aun así procuremos ir con cuidado, ¿vale? Sólo será un día, si todo va bien mañana estaremos de vuelta con el mayor botín de nuestras vidas.
- Yo siempre voy con cuidado - respondió ásperamente éste -. Y nadie desea más que yo que este trabajo salga a la perfección.
- Todos estamos en lo mismo tío - habló ahora Fergie -. Y si nos hemos pasado un poco en casa de esos dos tampoco creo que sea para preocuparse demasiado. Esa vieja chalada no paraba de hablar, pero seguía sin enterarse de nada ¡Fíjate que no ha dejado de llamarme Francis en todo momento! - exhibió una sucia sonrisa amarillenta que más bien parecía una mueca grotesca -. Y el carcamal de su marido no era más que un puto vegetal, ahí en la silla de ruedas cagándose y meándose encima. Si ni tan siquiera recordaban bien nuestros nombres menos aún habrán sospechado nada.
- Pues mira tú que en lo del viejo no te doy la razón, listillo - indicó Rod -. Podía parecer que estaba en la Luna, pero a mí me daba mal rollo. No hablaba nada y era como si no nos quitara ojo, como si se oliera el pastel o algo así.
- Bueno, bueno, de todas formas no importa - intervino Louis -. Lo único que importa ahora es entrar en la ciudad y contactar con Sergey en el lugar convenido.
- Sí tío, eso… eso es lo único que importa - habló entonces Ethan tratando de sonreír -.
Siempre ocurría igual, las pocas veces que abría la boca tenía la sensación de que nadie lo escuchaba. Quizá fuera porque muchas de sus intervenciones no aportaban nada, si bien parecía pasar lo mismo dijera lo que dijera. En todo el viaje Donna y Rod no habían dejado de tratarlo con desdén, ni al él ni al liante de Fergie, pues eran los dos sujetos de última hora que no habían tenido más remedio que fichar.
Ethan miró a Fergie, que estaba a su lado en la parte trasera de la cargo. No es que lo considerara un gran tipo, ya que no era más que otro tirado como él que malvivía haciendo recados para Louis y que tenía tendencia a meterse en toda clase de líos. Como en su caso la base tenía mucho que ver en eso. Sin embargo a lo largo del viaje había tratado de mejorar su relación con Fergie, pues lo veía casi como un igual, aunque para su decepción el mulato no se había mostrado especialmente receptivo a dicho acercamiento. Trató de marcar distancias con él manteniendo una actitud no pocas veces despectiva, quizá porque lo consideraba el miembro más débil del grupo y no quería contagiarse de esa debilidad. A pesar de todo ahora ambos compartían un secreto, uno que ya no podía durar más y había que mostrar al resto.




