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En la pantalla de su radio estaban escritos los nombres de los integrantes del grupo, y justo al lado una casilla, en la cual iba saliendo el visto, que confirmaba que ellas habían escuchado el mensaje.
Anturia esperaba el último visto de confirmación de mensaje, pero este no llegaba, así que dio la orden de volver a conectar el pulso. Sabía que una de ellas no lo había recibido o no le había dado tiempo a chequear, pero no podía arriesgar más al equipo y todo por lo que iban a luchar ellas y la República El Cambio.
Mientras, en la casa El Descanso del Cerro, el pelotón ya había averiguado la procedencia de ese pulso y había marcado en los mapas cómo orientarse sin brújula, recordando que nada que fuera magnético ni eléctrico funcionaría.
A la mañana siguiente Adelfa se levantó angustiada, sabiendo que ella y su hija podían meterse en graves problemas y que incluso compañeras suyas podían morir en la búsqueda de esa criatura. Adelfa y Eva sabían que ninguna de las dos decía la verdad. Las mujeres de la puerta y las encargadas de los monitores fueron cambiando cada dos horas. Casi todas las del grupo estaban frescas para la marcha. Cogieron el material de montaña y Eva se despidió de la madre y de la hija.
—Deberían desistir de esta búsqueda. Solo son viejas leyendas pueblerinas o posibles alucinaciones de alguna mujer bajo los efectos del uso abusivo del DAN (drogas no legales que provocaban orgasmos seguidos de inconsciencia durante cerca de un minuto).
—Puede ser. Pero, ¿qué más le da? Si yo fuera Adelfa, estaría encantada con esta búsqueda por y para la protección de mi hija.
—Tiene razón, señora. Buena caza.
Ambas se miraron con desconfianza y Eva se alejó con su grupo por la vereda nevada a los pies de la puerta.
El día se presentaba claro y sin demasiado frío. Las damas iban levemente cargadas y sus trajes miméticos con regulación térmica aguantaban bien, aunque perdieran un poco de temperatura cuando se desconectaba la parte electrónica. Desde Grainau hasta Zugspitze había unos 18 kilómetros por la ruta posterior sur, con un desnivel de 2200 metros. Una persona normal recorrería esta distancia en unas cinco horas y media, pero estas adultas bien entrenadas probablemente lo harían en apenas cuatro horas. Había refugios y edificios vacíos en la ruta para descansar o pasar la noche. Eva decidió que había que hacer del pelotón dos escuadras, una de seis unidades y otra de 7. Más adelante comunicaría su bifurcación y la misión que debería llevar a cabo cada uno de los grupos.
AL cabo de tres horas, sin haberse encontrado ninguna complicación, llegaron a la cabaña de Knorrhütte, a 2051 metros de altura.
Casi todas las áreas de este mundo en las que el ser humano podía vivir estaban controladas, ya que todas las mujeres tenían implantados nanolocalizadores que servían para controlar casi todos los sectores.
—Descansaremos aquí para adaptarnos. No quiero a nadie en la subida con MAM — Mal Agudo de Montaña— aunque sea improbable. Las Argentum Silene y Jazmín se encargarán de las escuadras. Dejad el avisador de señal conectado para cuando solucionemos el problema de la comunicación. Silene, usted irá ascendiendo con su grupo por el oeste. Su escuadra se llamará Óscar y llevará un tirador letal, otro no letal, dos exploradores y un ojo del cielo. Yo iré con Jazmín por el este de la ruta trazada en el mapa y la suya se llamará Eco. La cima está a una hora, pero con la búsqueda de los artefactos inhibidores se prolongará. Ahora mismo son las 10:30 horas. Saldremos a las 12:00 horas. ¿Entendido?
—¡X por la unión! —pronunciaron ambos a la vez.
Silene y Jazmín repartieron las tareas para buscar los aparatos. Había cuatro alrededor de la cima y uno en el edificio de meteorología cerca del punto geodésico.
Durante la noche anterior, Anturia había logrado reunir a nueve del grupo de diez integrantes de la República El Cambio cuando ya habían hecho su trabajo, que consistía en hacer que estos aparatos funcionaran para ellas, para que las tropas de Luz de Diamante creyeran que seguían en perfecto funcionamiento, gracias a varias de las Sombreros Blancos, que indicaban cómo hacerlo.
Esa noche Anturia se disponía a apagar la máquina PEMM de manera intermitente para que las Sombreros Blancos pudieran hacer su trabajo, y así el pelotón de Médula no las detectara, todo ello en sincronización con Adelfa. Cuando cortaban el pulso, en el auricular de Adelfa saltaba el avisador de señal abierta e inmediatamente se levantaba e iba al baño, diciéndoles a las chicas que estaban de guardia en su casa que tenía un pequeño problema de incontinencia urinaria. Luego volvía a su dormitorio y con la radio portátil comunicaba por Morse si había vigilancia en las pantallas.
La guardia encargada de las pantallas despertó a la Zafiro Eva y le dio las novedades de los escáneres de la montaña, que habían vuelto a funcionar por un período corto de tiempo con una comunicación cifrada. Sin embargo, Eva le dijo que la despertara solo en caso de que hubiera movimiento.
—¡X por la unión! —contestó la guardia.
—¡No grite, que están durmiendo! —respondió la Zafiro.
Obviamente, cuando el pulso desaparecía, cualquier ser vivo de más de 40 kilos y todo aquello que desprendiera calor eran detectados por los hitos, además de que podían ser vistos por el satélite EDRS, con independencia de si el pulso estaba conectado o no. Pero esta vigilante no la iba a importunar más, sabiendo que los movimientos que vieron por la tarde y por la noche podrían ser de algún animal más grande.
A Anturia y a muchas hembras que apoyaban a la República les habían sido extraídos los nanolocalizadores, pero algunas como Adelfa necesitaban tenerlos para fines de espionaje y demás misiones. Esa misma noche el grupo de la jefa rebelde se reunió junto a la máquina situada cerca de la cumbre, donde se le informó que la misión había concluido con éxito y algunas del grupo se tendrían que quedar hasta que se hiciera de día, mientras ellas bajaban de noche, protegidas por los escudos de ser localizadas.

—Nos quedamos tres: Azalea (a la que nadie le había visto la cara, ya que llevaba siempre su pasamontañas y su capucha puestos), que es buena en combate y en infiltración, por si tenemos mañana un tropiezo con las escuadras, según me notificó Adelfa, y Aconita, miembro de las Sombreros Blancos, por si necesito apoyo técnico. Y ahora, váyanse.
—¿Lo tenía preparado y no nos avisa? Señora, no nos iremos sin usted. ¡Lucharemos todas juntas! —exclamó una de las compañeras.
—Somos pocas las que luchamos por El Cambio, si nos comparamos con el arsenal de Médula y Luz de Diamante. No sacrificaré a todo el grupo. Vivid y luchad. No lo diré más. ¡Váyanse!
—¡Buena suerte! —se escuchó entre murmullos.
Se perdieron en la nieve de la montaña, pero ellas sabían volver, ya que esta misión se preparó con tiempo para enseñar a las integrantes a orientarse sin métodos eléctricos ni magnéticos. Ya solo tocaba esperar a la mañana para desconectar el aparato y destruirlo, pues no se podía transportar, dado que para construirlo se había ascendido varias veces para montarlo por piezas y, como no había guardas en toda la montaña, subían burlando las balizas, así que la mejor opción era deshacerse del aparato; de esa manera, no podrían utilizarlos ni investigar sobre él ni sobre este clan: una pérdida y un sacrificio para un beneficio.
Llegó la hora para los grupos de ataque de Médula. La Zafiro salió del refugio. El equipo Óscar buscaba el PEMM para desconectarlo e investigarlo, mientras el equipo Eco buscaba los señalizadores para su comprobación y evaluación. Ambos ascendían lentamente por caminos diferentes. Silene iba acercándose al punto marcado en el mapa de polimerización de carbono que llevaba en la mano, y avisaba a su escuadra de la proximidad del objetivo y de la búsqueda con énfasis, ya que el aparato estaría oculto, no se sabía si bajo la nieve o por un efecto óptico.
A una distancia segura, Anturia, Azalea y Aconita veían con unas lentes como la escuadra de Silene se acercaba a la máquina y la descubría. Minutos después, una de las soldados averiguaba cómo desconectarla. En ese momento funcionaba todo.
Mientras las tres esperaban a que la escuadra Óscar se reuniera muy cerca del aparato que generaba el pulso, el equipo Eco trabajaba en la comprobación de los testigos electrónicos.
—¡Hazlo! —ordenó Anturia.
Azalea no podía evitar las dudas.
—¡Hazlo! —Volvió a oírse la voz, esta vez algo más fuerte.
Al apretar Azalea el botón de su emisor, Silene y tres de las suyas volaron por los aires junto con la máquina PEMM. Otra de ellas, mal herida por la explosión, intentaba correr, hundiéndose en la nieve, para alejarse del lugar; sin embargo, al escucharse el eco de un arma de fuego en la montaña, cayó abatida, empapando de sangre la nieve de su alrededor. La ultima de este grupo de seis intentaba descubrir de dónde procedía el disparo, siguiendo unas huellas. Pasado un tiempo, Anturia, Azalea y Aconita la vieron venir, pero no hicieron nada, tan solo observarla hasta que cayó en un cepo que le atrapó la pierna. No podía dejar de gritar cuando de nuevo otro disparo de Anturia en la cabeza acabó con ella, quedando así eliminada la escuadra Óscar.
Azalea y Aconita le reprocharon a Anturia que le pudiera el odio, y que debería haber interrogado a la atrapada.
—Siempre somos nosotras las que tememos a las tropas de El Grito. Ahora es nuestro turno, que escuchen sus propios alaridos. El sistema de posicionamiento global que llevan sabe dónde se encuentra cada una de ellas. Además, no nos hubiera dado tiempo de llegar allí y hacerla hablar. Después de todo esto tendremos que movernos rápido, porque vendrán las que faltan.
La Zafiro Eva y todo el grupo Eco escucharon la explosión y los disparos. Era el momento de hablar por radio.
—Equipo Óscar, ¿me escucha? Cambio. Equipo Óscar, ¿me escucha? ¿Alguien que hable por radio? ¡Si reciben este mensaje y no se pueden comunicar de otro modo, manden una señal o una bengala!
La unidad Eco analizó las señalizadoras y comprobó que funcionaban correctamente antes de escuchar el estruendo. Siempre tenían visual de, al menos, dos miembros cuando trabajaban o se desplazaban, y ahora Eva les informaba por radio.
—Jazmín, ven a mi posición. Cambio —ordenó la Zafiro Eva.
—Entendido —respondió la Argentum Jazmín.
Una vez reunidas en el antiguo edificio alemán de la cumbre, la Zafiro Eva le dio las órdenes a la Argentum, quien a su vez las transmitía por radio.
—Al habla la Argentum Jazmín. Nos reuniremos todas aquí, en la localización de la Zafiro.
No estaban muy lejos entre sí y, una vez juntas, Jazmín se dirigió a todas:
—Nos desplazaremos a otro edificio, que antaño estaba en la frontera de un país llamado Austria. Doy las indicaciones aquí, porque el enemigo puede tener micrófonos direccionales, interceptarnos las comunicaciones o estar escuchando por la radio, ya que ahora funciona todo.
Después de recibir las indicaciones, salieron del refugio de la cima y empezaron el descenso, buscando al enemigo que posiblemente había causado esa explosión.
El Schneefernerhaus eran unas instalaciones antiguas ubicadas en lo que antes eran los Alpes. Ahora estaban abandonadas, como todos los edificios de la montaña. Estaban situadas justamente debajo de la cima, a una altitud de 2656 m. Allí se refugiaron Anturia, Azalea y Aconita, pero el equipo Eco bajaba en esa misma dirección. Mientras las tres investigaban la base, escucharon un ruido que les hizo sacar las armas de mano. Por uno de los pasillos más largos desde el otro extremo pasaba una figura de aspecto humano a contraluz.
—¿Has visto lo mismo que yo? Voy a investigar —le dijo Azalea a Anturia.
—Cuidado. Nosotras estaremos tras de ti y a cubierto.
—Voy a utilizar mi sensor de calor.
No había pasado ni un segundo, cuando Aconita volvió a hablar.
—Azalea, se ha metido en una habitación sin salida.
Cuando la mujer de la capucha se acercó a la puerta donde creían que se encontraba esa figura, la abrió rápidamente unos centímetros para introducir por ese hueco una granada de humo. Luego, la volvió a cerrar y se separó unos metros. Sabía que fuera lo que fuese saldría de la habitación. Unos segundos después se abrió la hoja y empezó a salir humo. Entre la confusión alguien salió corriendo y se puso a disparar sin ver nada. El equipo de Anturia también. Cuando se acabaron los disparos y se disolvió el humo, dejando ver la forma de una mujer tumbada en el suelo, inmóvil, vieron que se trataba de la compañera que no pudo contactar con el grupo.
—¡Por el deísmo! ¡Hemos matado a Lantana! —exclamó desde atrás Anturia.
—¡Espera! —interrumpió Azalea con voz ronca, mientras comprobaba sus constantes vitales—. ¡Está viva! ¡Lleva chaleco!
Mientras Lantana se despertaba dolorida y un tanto perturbada, intentaba golpear a sus compañeras que estaban a su alrededor, entre ellas, la mujer del pasamontañas, que la sujetaba diciéndole:
—Tranquilízate. Somos nosotras, el grupo de las Frías, de la República El Cambio.
Cuando por fin consiguió relajarse, Lantana se incorporó y se acercó a las tres para darles un fuerte abrazo.
Todas notaron algo en la voz de Azalea que no era común. Anturia sabía por qué, pero el mal trago de esa situación no dio lugar a preguntas innecesarias.
—Pongámonos en marcha. Luego lo celebraremos —ordenó Anturia.
Las cuatro se disponían a salir de El Schneefernerhaus cuando, bajando la ladera y dejando atrás las salidas principales de la Casa de Nieve, se encontraron a gran parte del equipo Eco, que ya había descendido.
Ambos equipos se sorprendieron y tomaron sus armas, apuntándose entre sí y cambiando de objetivo, preguntándose cuál de ellos daría el primer paso o sería la peor amenaza.
—¿Dónde está el equipo Óscar? —preguntó la Zafiro Eva a voces.
Un instante después el autocontrol de cada una empezaba a perderse.
—Deberías contestarle algo ya —le susurró Aconita a Anturia.
—¡Contesta o juro que os mataré a todas, aunque con ello caigamos algunas de nosotras!
El armamento era parecido, pero las Frías estaban en inferioridad tanto numérica como estratégica.
—¡Todas muertas y algunas no han sufrido lo suficiente! ¡Sentid vuestra propia medicina! —gritaba Anturia.
—Señora, ¿quiere que nos maten?
Aconita no había terminado de decir esto cuando, como consecuencia de la explosión, los disparos, los gritos de dolor y desesperación que anteriormente se habían producido, la montaña se estremeció enfurecida, dejando caer toda su ira y provocando un alud desde la cresta hasta la base vacía. Los primeros que la divisaron fueron los miembros del equipo Eco.
—¡Avalancha! —advirtió la Zafiro Eva.

El equipo de Jazmín intentaba correr disparando sin poder apuntar con exactitud para refugiarse en las edificaciones; sin embargo, las Frías las vieron venir. Por suerte para ellas poseían los escudos que las protegían y con los que lograron amortiguar algún que otro proyectil.
—¡Disparen! ¡A cubierto! —ordenó de inmediato Anturia.
Hundiéndose en el espesor blanco, el grupo buscaba el refugio de la estructura humana mientras disparaban hacia la escuadra de Médula casi sin mirar. La oleada de nieve se precipitaba a gran velocidad. Demasiado tarde para todas. La avalancha hizo rodar a unas y enterró por doquier a otras.
Después del corrimiento de ese manto de nieve y de su sonido ensordecedor, hubo un silencio absoluto durante un corto período de tiempo. El grupo de Anturia había quedado enterrado al estar más cerca de las instalaciones de El Schneefernerhaus. Poco a poco, iban apareciendo empujando la nieve con los escudos; sin embargo, Aconita había rodado pendiente abajo con las mujeres de Luz de Diamante. Cuando Aconita se levantó aturdida, miró en todas las direcciones y vio a su lado dos cadáveres con uniforme. Cerca, a unos metros, empezaron a moverse algunos montículos níveos, de los cuales salían puños. Esta hembra comenzó a disparar a la primera que brotó de la nieve. Tras acabar con ella, Eva y Jazmín, más las dos que estaban ya fuera, acabaron a ráfagas con la vida de esta fémina de las Frías.
Anturia, Azalea y Lantana quedaron a unos pasos del gran techo, en la entrada de la antigua base, y vieron cómo su compañera caía a lo lejos. Esto hizo que empezaran a maldecir a gritos a la reducida escuadra de Médula.
Las cuatro restantes iniciaron la subida para enfrentarse a lo que quedaba de las Frías. Azalea subió bordeando el edificio para tener ventaja. Al verla, Eva decidió seguirla, separándose ambas de sus grupos. Anturia y Lantana se refugiaron en la Casa de la Nieve. Jazmín siguió subiendo. Cuando llegaron a la puerta, mandó a la exploradora que entrara con el arma en las manos. Al escuchar un clic, la primera tuvo que decir adiós a una pierna, quedando fuera de combate, desangrándose y sin la ayuda de sus compañeras que estaban a poca distancia sordas temporalmente. La explosión hizo que Eva y Azalea parasen por un momento, dirigiendo sus miradas hacia el lugar del cual procedía ese fuerte sonido, y prosiguiera la persecución. Ahora estaban igualadas. Jazmín y la tiradora entraron por los pasillos, dejando morir atrás a su exploradora, evitando así exponerse y ser un blanco fácil. Estando a cubierto y viendo dos cabezas que asomaban al final de un corredor, se disparaban en equis. Cuando los disparos cesaban, las cuatro cabezas dejaban de mostrarse.
—¿De verdad es esto lo que queréis? ¿Es tanta la fe que tenéis en Médula que os da igual matar a hermanas sin saber la verdad? —preguntó Lantana con un tono más elevado.
—¡Acabaré con vosotras! ¡Habéis matado a todas las nuestras cruelmente y sin tiempo para defenderse! ¡Podríamos estar todas en casa, celebrando que las balizas están en buen estado, porque las hemos comprobado y no habéis conseguido nada! ¡No sé por qué me molesto! ¡Muere!
Jazmín salió de su zona de seguridad y empezó a utilizar su arma, al tiempo que avanzaba por el corredor sin ningún miedo. Parecía que le da igual sucumbir. La tiradora la cubría desde atrás y hacía pasar sus balas cerca de esta, obligando a Anturia a esconderse y acertando en Lantana. En un último acto de valentía, Anturia apareció por la esquina, se detuvo sabiendo que le podían volar la cabeza y derribó a la tiradora. Acto seguido, se escondió. Pensó que no era hora de lamentar las muertes de sus compañeras y salió corriendo por dos motivos: el primero era que se había quedado sin munición; el segundo, la dureza en la mirada de Jazmín, que venía de frente, disparando, aunque sabía que a ese paso también se quedaría pronto sin munición. Cuando salió de la Casa de la Nieve, vio unas huellas que se dirigían a la derecha y hacia arriba. Se puso a seguirlas, deduciendo por la gran pisada que eran de Azalea y que Eva la estaba persiguiendo.
La dama que se enfrentó a ellas y que después del desprendimiento se separó del grupo tenía una piedra de color azul que relucía en cada hombro de la chaqueta del uniforme como un zafiro.
—¡Te encontraré! —vociferaba Jazmín por el corredor.
Mientras Anturia subía de nuevo la montaña, Jazmín salía de la instalación para llamar por radio, pero comprobó que no tenía nada con lo que comunicarse, ya que gran parte del instrumental que llevaban las señoras de ambos bandos se perdió en el alud. Como no había huellas que pudiera seguir, decidió bajar a la casa El Descanso del Cerro en Grainau, siguiendo las referencias que vio en la subida, un mapa y la brújula que ahora sí funcionaba.
De la escuadra Óscar del pelotón que servía a Médula quedaban Eva y Jazmín, mientras que del grupo de las Frías, de la República El Cambio, solo estaban Anturia y Azalea.
Después de seguir durante un buen rato las grandes huellas de Azalea, Eva observó que estas se perdían como si las hubieran borrado con una rama. En la subida miró al frente y vio dos rocas, una a cada lado, de la altura de un pequeño árbol, por cuyo centro cabrían poco más que varias personas. La Zafiro Eva avanzaba atenta y cargada. Tras pasar el montículo de la derecha apuntó por si se encontraba a la más fuerte de las Frías, pero no había nadie. Antes de que le diera tiempo a mirar hacia el otro lado, Azalea le intentó disparar, pero se le encasquilló el arma y, sin pensarlo dos veces, saltó sobre ella golpeándola con la empuñadura de la pistola y derribándola. Eva cayó de bruces, pero tan pronto como su cara tocó la nieve se dio la vuelta y empezó a defenderse.
Azalea logró estrangularla e inmovilizarla con las técnicas de entrenamiento cuerpo a cuerpo SAL (Sistema Anatómico Lógico), un medio de combate de esta era, quedando ambas sentadas en el manto blanco. Con una de las manos que le quedaba libre, la mujer con más rango del pelotón de Luz de Diamante sacó una hoja de cuchillo de 8 centímetros de largo con un hueco para el pulgar de uno de sus bolsillos camuflados del pantalón y se lo clavó en el muslo a la poderosa mujer que servía a la República. Esta se puso a gritar, aflojando la inmovilización del cuello. Entonces, Eva aprovechó para lanzarse y volcar a Azalea, quedando tumbada encima de ella con la punta del cuchillo cerca de sus dientes apretados y empujando con las dos manos. Durante el forcejeo logró quitarle rápidamente el pasamontañas con una mano, mientras con la otra utilizaba todas sus fuerzas y su odio para clavarle el cuchillo y acabar con su vida.
Tal fue la sorpresa al ver que se trataba de un varón adulto con barba de una semana que, por un momento, perdió las fuerzas, instante que este aprovechó para liberarse un poco y decirle a Eva:
—¡Mi nombre como hombre libre es Aspen. Recuérdalo, aunque me mates, porque llegarán muchos más!
—¡Yo puedo portar, mantener y alimentar a un embrión. ¿Y tú?!
—¡Dar la vida!
—¡Sois la peor plaga que tiene este mundo! —sentenció Eva con rotundidad.
Mientras sus manos permanecían ensangrentadas por intentar que el cuchillo no se hundiera en su rostro, Aspen escuchó algo. Ambos miraron a la vez, girando las cabezas hacia el mismo sitio y vieron como una criatura de unos 4,5 metros de altura, cuadrúpedo y lanudo salía de detrás de unas grandes rocas que había cerca de ellos. Aspen giró a la mujer que tenía encima, la golpeó con su puño en la cara, dañándola levemente, y echó a correr montaña abajo. Conforme Eva se ponía en pie, veía venir a esta bestia de ocho toneladas y cuando va a embestirla, ella se giró y la esquivó a la vez que volvía a coger su arma. La bestia frenó, necesitando mucho terreno, y se dio la vuelta. A pesar de sus enormes colmillos en curva ascendentes, su envergadura y su velocidad para moverse, esta señora no se movió. No se sabía si por las sustancias químicas o por la radiación de las antiguas guerras había aparecido de nuevo un M. Primigenius; de hecho, hasta el momento era el primero. La bestia volvió a embestir y Eva, quedándose quieta, iba descargando todo su cargador, mientras esta se le acercaba corriendo. Cuando parecía que la iba a matar, la fiera cayó ante sus pies y Eva exhaló.
Llegó un momento en el que Aspen y Anturia se encontraron. Aspen le explicó que si Eva seguía viva, bajaría pronto y le preguntaría por Lantana. Anturia movió la cabeza y echó la mirada al suelo, dándole a entender que había muerto. Al ver la herida sangrándole, le preguntó si se encontraba bien, pero él no le dio importancia. Entonces comenzaron a bajar juntos, apresurándose en buscar refugio en El Schneefernerhaus, que otra vez estaba vacío. Buscaron la mejor estancia para descansar. Eva bajaba sigilosa y atenta a posibles sorpresas, ya que había tenido dos bastante difíciles de digerir. Los dos grados bajo cero de temperatura empezaban a calarle. Además, tenía el uniforme roto por el roce del cuerno de la bestia; sin embargo, al final vio que podría quedarse en una de las casetas laterales de la edificación de la Casa de la Nieve, sin tener que enfrentarse en su estado con lo que quedara de las Frías.




