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Aspen y Anturia disfrutaban de un poco de tranquilidad. Se abrazaban y respiran profundamente.
—Aspen, eres parte de la cura de este sistema. Eres más valioso que yo. No oses más.
—Lo hice para alejarlas de vosotras, pero por lo que he podido comprobar lo único que conseguí fue atraer a la que tenía más rabia. No perdamos más tiempo. Busquemos con cuidado cualquier cosa a modo de colchón y mantas para pasar la noche. Haremos guardias de hora y media. Si uno se cansa antes, avisa al otro, ¿de acuerdo? No podemos quedarnos dormidos los dos. No sabemos qué puede abrir esa puerta esta noche.
—¡Por El Cambio! —dijo Anturia—. De acuerdo, pero después me tienes que contar todo lo que ha pasado ahí fuera.
Aspen encontró por los alrededores unas colchonetas mínimamente higiénicas. Las sacudió y le dijo a Anturia que se tumbara. Esta se echó, tapándose con ropas que había encontrado por allí. Él se quitó su chaqueta, que simulaba roca y nieve, y la tapó.
—Por ser caballero no morirás en la batalla, sino de frío por servir a una mujer —le advirtió Anturia.
—Apunta a la puerta y a todo lo que veas entrar, que no avise, le das muerte.
—¿A dónde vas?
Aspen salió de la habitación sin decir nada.
—¡Hombres! —dijo para sí Anturia.

Aspen le quitó la chaqueta llena de sangre a la mujer que perdió la pierna y que murió desangrada en la entrada. Cogió también lo necesario para tratarse y volvió con Anturia, avisándola antes de entrar. Se exploró la herida y se dio cuenta de que estaba a salvo, ya que no había tocado la arteria femoral, y se hizo una improvisada cura. Comieron las sobras de unas raciones que llevaban para la misión y él le explicó lo ocurrido con la bestia. A ella le costaba creerlo, pero la radiación y las sustancias de antaño podrían haber mutado en especies que, en cuestión de siglos, darían lugar a criaturas adaptadas.
Aspen sacó un frontal de luz pequeño y se lo colocó en la cabeza, diciéndole a Anturia que sería él quien haría la primera guardia. Ella trataba de hacerle ver que estaba muy fatigado y que había perdido algo de sangre, pero él insistió. Llegó la siguiente guardia y se turnaron, así hasta que cayó la noche. El macho encendió la luz de su frente y ella, dormida, se estremecía de frío. Anturia se desveló y animó a Aspen a que se metiera debajo de las ropas que hacían la veces de mantas.
—Calienta mi cuerpo con el tuyo —le sugirió Anturia.
—Dejaré la luz a la mitad para no llamar la atención al lado de la improvisada cama, apuntando hacia la puerta y el arma cerca.
Los dos sabían que no era el momento de pensar en otros deseos fisiológicos y se acostó con ella, echando ambos todas sus ropas encima y se abrazaron, quedándose casi desnudos debajo.
—Te contaré la historia de mi nombre para que no te acuerdes del frío. Algunos hombres que vivimos en constante alerta y sin poder confiar en nadie, nos tenemos que unir a grupos rebeldes de la República El Cambio para sobrevivir. Pero otros tienen que pasar por mujeres, porque cualquiera te puede traicionar. Nos ponen nombres de flores de Bach, para recordarle al mundo la parte buena de nosotros; en mi caso, Aspen significa que los que están cerca sienten menos miedo y transmito sensación de seguridad.
Aunque Aspen ya había mostrado con anterioridad su naturaleza real a Anturia, esta declaración no la conocía, todo esto sin quitarle ojo a la salida e intentando no perder la concentración. Con el paso del tiempo, ambos acabaron calentándose y relajándose, hablando en susurros para poder oír otros sonidos. Aspen, sin intención ninguna, empezó a excitarse y ella lo notó.
—Será mejor que me levante y haga la siguiente guardia, aunque desearía quedarme aquí caliente —dijo Anturia.
—Será lo mejor. Así dormiremos algo, pero tenemos una cosa pendiente.
Anturia esbozó una sonrisa, pero no pronunció palabra. Al levantarse, él vio su cuerpo de espaldas en la penumbra semidesnudo. Intentaba pensar en dormir, pero la imagen de esa bella dama y la alerta de posibles incursiones en su improvisada guarida no le dejarían hacerlo. Anturia se cubrió, cogió una vieja silla, su defensa y se sentó pegada a la pared a pocos pasos de la puerta.
Aun sin tener recursos, porque la avalancha los esparció y los enterró, Eva tuvo suerte al encontrar en su escondite lo necesario para arreglar su uniforme y pasar la noche sin frío ni hambre, ya que encontró una ración de Bactfi (barras de activación física, con siete porciones, una para cada día, dejadas de fabricar por producir úlcera al completar la semana). Ella era fuerte y después de semejante desgaste físico y psíquico podía aguantar una noche sin alimento; sin embargo, conforme iba pasando el tiempo, se dio cuenta de que no era así. Tuvo que utilizar una porción de aquella barra y guardarse el resto. El tema de la sed lo resolvió rompiendo carámbanos y deshaciéndolos.
En cuanto la claridad del día elevó la luz de la habitación, Aspen y Anturia salieron de las estancias, más o menos descansados, y comenzaron el descenso. Ella cogió su radio para llamar a algún miembro de su grupo o al cuartel, pero no recibió respuesta. Después de insistir tres veces sonó por la radio una voz no reconocida por ellos, que decía:
—¡Os encontraremos y acabaremos con vosotras y con los hombres!
Desde el cuartel le comunicaron que apagara la radio inmediatamente, orden que ella acató, no sin antes contestar:
—No sabéis nada. La solución a vuestra tiranía es la guerra que está por llegar. Seréis legión, porque sois muchas, pero ya has visto cómo tu pelotón ha quedado reducido.
Tras pronunciar esas palabras, Anturia apagó la radio.
—Prometo no hacer nada para enfadarte —exclamó Aspen mirándola fijamente.
—Esté usted tranquilo, mientras no me traicione. Debemos proseguir y buscar alimentos guardados en ciertos puntos que tenemos marcados en el mapa, en la ruta de vuelta al lago Eibsee, donde está escondida una de nuestras bases temporales.
Se acercaba una ventisca; de hecho, la pareja iba a paso más lento, sin pararse, por si tras ellos hubiera la posibilidad de algo o alguien los amenazase.
Eva salió de su madriguera más tarde que ellos. Necesitaba recuperar algo más que la pareja por el principio de hipotermia que empezó a padecer antes de entrar. Al rato se resguardó entre las rocas y esperó un poco a que la ventisca amainara. Aprovechó esta parada para utilizar su radio.
—¡Al habla Eva, equipo Eco! ¡Contesten, cambio! ¿Equipo Eco, están ahí?
—¡Aquí Jazmín, cambio!
—¡Me dejaste sola! ¡Espero que tengas una muy buena explicación, cambio!
—Afrontaré mi castigo, pero ahora le mandaré apoyo, cambio.
—¡Ni se te ocurra! Bastantes han muerto ya. Espérame en El Descanso del Cerro. Cambio y cierro.
Esta Argentum tenía en su poder la radio de una de las Frías, que cogió de un cadáver cuando bajaba el día anterior. Tenía la frecuencia del grupo de Anturia y, cambiando la onda, se pudo comunicar con Eva.
La Argentum Jazmín llegó a la casa de piedra a mediodía. Fue recibida por la pequeña Gerbera, que la hizo pasar. Adelfa también la saludó. Acudió a las pantallas para averiguar dónde estaban y todas las que quedaban vivas, tanto si eran amigas como enemigas, diferenciándolas por puntos verdes y rojos; en este caso, solo se veía un punto verde, así que supuso que sería Eva. Ahora tocaba esperar.
No se entendía por qué no se había dejado ningún efectivo en esa casa cuartel para la comunicación de novedades y la orientación. Quizá no esperaban ese golpe tan fuerte a las escuadras de Médula.
Se despejaba el día. El viento iba desapareciendo y todo se hacía más visible. Aspen y Anturia llegaron al embalse Eibsee. Él se colocó el pasamontañas y se tapó la cabeza con la capucha de la chaqueta, pues a lo lejos divisaba a compañeras del campamento, que esperaban a la entrada para acompañarlos rápidamente y atenderlos. Una vez dentro, se presentaron ante Cerasifera, una jefa de esta nueva revolución (no sabemos por qué esta hembra tiene el nombre de una flor de Bach cuando suelen ser los hombres libres que se unen a las revueltas los que los llevan).
—¡Por El Cambio! —saluda Anturia firmemente y con respeto.
—Siento mucho la pérdida de tus compañeras. La misión ha sido un éxito. Ahora Médula cree que no nos ha dado tiempo a manipular las balizas, cuando en realidad trabajan en nuestro beneficio, sin hacer sospechar al régimen de Luz de Diamante.
La comparación menos compleja sería como ponerle un bucle de vídeo a una cámara que está monitorizando un vigilante para que no vea lo que está pasando en realidad.
—Al menos, le dejamos impreso a Médula que la República El Cambio, aunque sea desconocida para ella, pronto empezará a hacerle daño.
—Ahora descansad. Más tarde nos sentaremos y haremos los informes.
—Gracias, señora.
Un rato después, Eva llegó al hogar El Descanso del Cerro. Jazmín, que la estaba esperando a unos pasos de la puerta, vio el uniforme remendado y el aspecto de abatimiento de su superior.
—¡X por la unión! Señora, ¿necesita ayuda?
—¿Sabemos algo del grupo que nos atacó? —preguntó Eva rápidamente.
—Entremos y contestaré a todas sus preguntas.
Adelfa salió al encuentro de ambas e hizo gestos para que entraran. Viendo el estado en el que se encontraba Eva, intentó ayudarla cogiéndola del brazo y pasándoselo por encima de su cabeza para sujetarla. Sin embargo, Eva se sacudió para que no pudiera colocárselo y le dio las gracias diciéndole que no necesitaba ayuda.
—Ya lo he intentado yo —le susurró Jazmín a Adelfa.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Gerbera al verla entrar en la casa.
—Luego te lo cuento —contestó la Zafiro sonriendo.
Eva se sentó delante de la chimenea y Jazmín la puso al día, sin que la madre y la hija pudieran escuchar demasiado.
—Señora, fui en su busca, pero perdí su huella y, al verme sin comunicación, decidí volver aquí; sin embargo, durante el camino de vuelta encontré un comunicador para hablar con usted. El equipo que nos atacó, según mi investigación y la de Teufelsberg, se hace llamar las Frías y parece pertenece a una organización más grande: la República El Cambio.
Adelfa pudo escuchar algo. Entendió que Médula había recibido su primer golpe, y miró a Eva.
—Señora, no eran leyendas. Esa criatura existía y ha matado a casi todo mi equipo, pero ya podrán dormir tranquilas —aseguró Eva.
La Zafiro pensó que debería haber dejado a alguien, por si esa madre se comunicaba mientras estaban en la montaña, pero al no tener pruebas de su conspiración, no podía actuar contra ella.
Adelfa le dio las gracias, sin creerse que se encontrarían con una criatura y mucho menos que esta hubiera matado a tantos miembros de un equipo bien entrenado, porque no le habían dado esa información todavía. Eva ordenó a Jazmín que avisara de que trajeran personal para transportar todo el material de la casa y pilotar la Amphibius. Cuando las tropas de El Grito aparecieron en El Descanso del Cerro, Eva dejó colocados el micro y la cámara en la casa, y se marchó, no sin antes decirle a Adelfa:
—Presiento que nos volveremos a encontrar.
El primer combate entre El Cambio y la organización Médula, manipulada por Luz de Diamante, se había saldado con la pérdida de dos integrantes de las Frías y la aniquilación casi completa del pelotón de la Zafiro Eva.
Capítulo 2
INQUISICIÓN FRUSTRADA
Las cuatro Diamantes (Europa, América, Asia y África) habían decidido reunirse para dirigir la ofensiva ante otros posibles ataques o sabotajes. Luz de Diamante se había reunido con Médula. La decisión que tomaron fue hacer una visita a cada continente, con el fin repartir el trabajo. Esta se encargaría de Oceanía.
Hace un año, cuando Elel vio morir inexplicablemente a su tío y a los hombres de su alrededor, sintió un pánico tremendo. Pensó en cuándo le llegaría su turno. Comparó analíticas, pero lo único que descubrió fue una insuficiencia cardiaca. Sabía que no era de la antigua radiación ni de las sustancias químicas que podía haber en el ambiente, así que le pidió al grupo de la base Scott en la Antártida que trajeran el cuerpo de un hombre que murió por congelación, sin saber si había fallecido por esa plaga.
Ídem ayudó a su hermano y cuando descongelaron el cadáver, se dieron cuenta de que había movimientos de microorganismos. Aunque el virus trabajaba, el huésped estaba muerto. No le había dado tiempo a la absorción. Buscaba el par 23-XY. La enfermedad que pensaba la gente era en realidad un ataque a la humanidad y a la naturalidad del mundo. Hasta donde se sabía, habían quedado dos varones en Wellington (Oceanía) y otros dos en la base Scott (Antártida).
8 de marzo de 3011. Día Nacional de la Mujer. Wellington (Nueva Zelanda). Sótanos de la antigua Universidad Wãnanga.
—Leyendo algunas indicaciones de nuestro tío, descubrí que Madre Esperanza decidió llamarme Elel en honor a los hombres, de ahí la suma del pronombre él, mientras que a ti te concedió el nombre de Ídem, como gemela de Noeva (el nombre real de Sieva o Luz de Diamante). Madre sabía que ocurriría algo así cuando vino con su hermano aquí en el momento que supo de su embarazo antes de alumbrarnos, dejándonos y volviendo a Berlín solo con Noeva. Al menos, eso fue lo que me contó nuestro tío.
—¿Crees que lo ha hecho Luz sin el conocimiento de Médula? ¿Cuál es tu hipótesis? —preguntó Ídem, ciertamente intrigada.
—Hermana, no seas inocente. Esto tiene la firma de Luz y dudo que Médula no esté al tanto. Ojalá me equivoque —respondió Elel, seguro de saber lo que decía.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
—Tengo un par de ideas. Una es buscar un antídoto para los nacidos después. La otra no te va a gustar.
—Suéltalo.
—Ídem, tú eres igual, gemela. ¿Por qué no aprovecharlo?
—¿Me quieres poner en riesgo? No sé cómo habla ni cómo se mueve. Ni siquiera sé el carácter que tiene. Se darán cuenta —contestó Ídem con cierto recelo.
—La estudiaremos y te harás pasar por ella —aseguró Elel con rotundidad.
—De acuerdo. Confío en ti. Espero que sepas lo que estás diciendo.
La resignación de Ídem se hacía cada vez más latente. Mientras tanto, en Teufelsberg, Luz organizaba la salida con la flota de navíos aéreos. Tenían 18 000 kilómetros por delante. Llevaba consigo a la Rubí Dicentra (Corazón Sangrante), a la Zafiro Eva, por su valor en la misión de Zugspitze, a la Esmeralda Caléndula y la Argentum Jazmín, por petición expresa de Eva. El objetivo de la misión era analizar aquellas zonas a las que no llegaban los Campos de la Protección o los ojos de Médula.
Luz de Diamante reunió a tres de estas cuatro mujeres en una de las salas de juntas de su nave, la Reina de los Cielos. En su interior albergaba tecnología para volar con energía eléctrica y fusión nuclear. Cuando entró Luz, todas se levantaron y gritaron al unísono:
—¡X por la unión!
—Señoras, descansen. Desde arriba observaremos cualquier anomalía importante. Descenderán la Zafiro, la Esmeralda y el equipo que ellas mismas asignen. Atenderán desde aquí las órdenes de la Rubí Dicentra. ¿Entendido?
—Con el debido respeto, señora, ¿qué buscamos en realidad?
—Lo que más odiamos, sobre todo, tú y yo. Aparte de cualquier indicio del llamado El Cambio, extinguir a todos los varones y hembras que motiven ese intento de república. Prepárense.
Tras marcharse Luz, la Rubí Dicentra, que tenía mucha curiosidad, formuló la siguiente pregunta:
—¿Cómo es la lucha con un hombre salvaje?
—Hubo un momento en el que al ver el rostro de un indeseable macho perdí la fuerza, pero mi odio me la devolvió. Sentí su aliento cerca de mí y cuando lo vi sangrar, entré en locura y la criatura interrumpió lo que para mí hubiera sido el mejor de mis trofeos —reconoció la Zafiro Eva.
—Señora, ¿puedo hacerle una pregunta más personal? —dijo la Esmeralda Caléndula.
—Por supuesto. Hágamela y ya veré si le respondo.
—¿Por qué tanto odio guardado?
—¿Acaso tú no procesas odio a lo varones? Pues si es poco el que tienes hacia ellos, procura no dudar delante de mí cuando tengas que aniquilar a alguno e intenta que no llegue a oídos de la más grande. Que así sea.
Las palabras de la Zafiro resonaron en la cabeza de Caléndula como cuchillas afiladas y cortantes.
—Creo que, más que el odio, lo que te hizo sobrevivir allí fue la determinación —aseguró la Rubí Dicentra.
—Creo que ambas, señora.
—Está bien. Dispongámoslo todo para estar preparadas.
El equipo en Wãnanga avisó a Elel y a Ídem de la llegada de algunas aeronaves de Médula. Ellos sabían que, después de la misión de Anturia, no iba a ser por controles rutinarios, sino para eliminar cualquier formación de grupos rebeldes, así que avisaron a la Torre del Edén (una antigua antena de TV, de 328 metros de altura, que había en la parte superior de la isla y que utilizaban para comunicaciones a nivel mundial con la República El Cambio).
—No logramos contactar con la Torre. Si en menos de una hora no tenemos señal de ellos, tendremos que dirigirnos allí para avisarles —le advirtió Ídem a su hermano.
—¿No hay otra manera que arriesgarnos todos?
—Ellas no quieren que vayamos ni tú ni yo, porque somos valiosos. Tú por el hecho de ser un hombre de nivel 8, además de médico, y yo por ser igual que Sieva y científica. Aun así, iré. ¿Te apuntas?
—–Por supuesto. Todo sea por salir de aquí y ayudar a nuestras amigas de la Torre del Edén. Por ese orden, claro. Pero, ¿quién nos guiará?
—Ricina (esta fémina, cabeza de la organización en Oceanía, controlaba la Universidad Victoria, aislada de satélites y escáneres con cien mujeres; la Torre en Auckland (Nueva Zelanda) con veinte hembras y la base Scott en la Antártida con otras diez.
—Me estoy pensando lo de ir.
—Aquello fue hace mucho. No le guardes rencor.
—Es peor que el veneno de la flor que lleva su nombre.
—Quiero que vengas. Eres quien me anima a seguir adelante con la recuperación de vuestra estirpe.
—De acuerdo, de acuerdo. No llores más, iré.
—Ese es el decidido de mi hermano —concluyó Ídem.
Elel sentía las miradas de las mujeres a su alrededor, pero lo llevaba bien. Era lógico que un par de hombres entre cien damas, algunas de ella en plenas facultades sin tomar ninguna droga legal o ilegal para el control de la libido, montara algún que otro altercado, bastante bien controlado por la impecable seguridad que había.
Tenían un equipo en todos los aspectos básico y pretérito en comparación con la flota, así que evitarían un enfrentamiento por todos los medios. Su prioridad era esconderse. Había que hacer que la mayoría del planeta estuviera con la República.
Pasados treinta minutos, hubo una pequeña señal, pero no la mantuvieron, por lo que no pudieron comunicarse con Edén.
—Ojalá podamos tener contacto con ellas. Así nos evitaríamos esto —musitó Ídem con voz pausada.
—Estoy totalmente de acuerdo, por varias razones —añadió Elel. Sin embargo, pasó otra media hora y no hubo comunicación.
Mientras tanto, en la salida de Wãnanga hacia la Torre del Edén, Ricina mandaba por aire un SR-71 con estatorreactor modificado, que tardaría diez minutos en llegar; una lancha AMG de 12 motores eléctricos por la costa este, que llegaría en unas cuatro horas, y el convoy de cuatro Pumas altamente equipados, que lo haría en seis.
En la parte interior del tercer Puma viajaban la Maestra Ricina, la dama Dedalera, Elel, Ídem y dos integrantes más.
—Mandarán un dron Mach 5, que estará aquí en tres horas, de las cuales nosotras ya hemos perdido una. Luego, según la información del dron, vendrá la flota en modo inspección o en modo ataque. Si lo hace en el primer modo, tardará unas seis horas, lo mismo que nosotras en llegar a Edén aproximadamente —explicó Ricina.
—Si ya hemos avisado, ¿qué hacemos yendo hacia allí? —preguntó Elel.
—Buena pregunta. La dama Dedalera les Informará.
—Tenemos la intención de escondernos, pero si nuestros sistemas de camuflaje no son todo lo efectivo que quisiéramos en Wãnanga, que no nos masacren juntos. Debemos mantener separado este grupo. Somos veintitrés y un macho. Más objetivos, mayor distracción. Menos atención sobre el mismo punto, más probabilidades de sobrevivir.
—¡Ah, Dedalera! Gracias por lo de macho —comentó irónicamente Elel.
—¿Este qué es? ¿Un macho gracioso? —respondió Dedalera, mirándolo. Luego, habló para todas.
—Está bien, Dedalera —interrumpió Ricina.
Ídem miró a Elel como preguntándose qué le pasaba a esa mujer, pero no llegó a decir ni una palabra, quedándose ahí la conversación.
Eran las 5:00 p. m. Había pasado otra hora y habían recorrido poco más de 100 kilómetros.
—¿Sabemos algo? —preguntó Ídem, dejándose llevar por la inquietud.
—Según la información de la piloto que ya ha vuelto a Wellington, tuvieron que dejar de emitir. Nos avisaron desde el lago Eibsee de que nos anticipáramos a la inspección de Médula. Han hecho un intento de contactar, pero temen que la señal haya sido descubierta —informó Dedalera.
—¿Y para qué ir entonces?
—Pudiste no haber venido y haberte quedado en la universidad.
—Ídem, te dije que era mala idea. ¿Lo ves?
—Señora Dedalera, por favor, contéstele usted si es tan amable. A mí también me gustaría saberlo, si es posible —añadió Ídem para suavizar un poco la conversación.
—Hemos dejado setenta y cuatro mujeres en Wãnanga y veinte en la Torre del Edén, así que voy a ayudar en todo lo que pueda o se me mande —respondió Dedalera, con la respiración algo agitada.
—¿Ves como no era tan difícil?
—¡Elel! —le reprendió Ídem, muy seria.
—Está bien, está bien.
Dedalera, en clara señal de que su paciencia estaba llegando a un límite, no dejaba de separar y despegar la lengua del paladar.
Habían pasado tres horas desde que tuvieron conocimiento del despegue del dron y la flota de Médula.
—Paramos cinco minutos para estirar o lo que tengáis que hacer —dijo Ricina.
Veinte grados de temperatura. Algunas aprovecharon para beber algo fresco. Estaban en una zona de Mangamahu llena de ríos y montañas. Las trampillas de los vehículos se abrieron por la parte trasera. Elel bajó el primero, un poco alterado. Echó a correr y se colocó detrás de un árbol, de espaldas y dejando parte de su cuerpo visible. Empezó a orinar, reclinando la cabeza hacia atrás y suspirando. Cuando terminó, se recolocó la ropa y se giró, comprobando que la mayoría de las mujeres estaban mirándolo.
—¿Qué ocurre? ¿No habéis visto nunca a un varón orinar? —preguntó Elel con tono seco.
—¡Ya hace tiempo! ¡Tú sigue así, provocador! —le gritaban algunas entre risas.
De repente, algo muy rápido sobrevoló el cielo, proyectando en el suelo una sombra que no les dio tiempo a identificar. Cuando se miraron todas entre sí, habían pasado tres segundos. Las frases se quedaban a medias. Pero cuando pasaron cinco segundo el estruendo fue aun peor. Estuvieron tosiendo y escupiendo un buen rato a causa de la polvareda. Cuando la nube de arena se disipó, vieron que algunas partes del equipo interior que llevaban habían quedado alborotadas por tener los vehículos abiertos, pero sin mayores consecuencias, dado que estos eran blindados.
—¡Dama Dedalera, reúnalos a todos! ¡El Mach 5 informará a la flota! —ordenó Ricina.
—¡En marcha! No perdamos más tiempo y estén alerta. Viaje rápido.
Avisaron desde Wellington del bombardeo de la Universidad por el Mach 5, pero no habían sufrido daños en el interior y todavía se guardaban las químicas. Al parecer Médula no utilizaba demasiado las armas nucleares de destrucción masiva, para no dejar una escombrera a su paso.
—No podemos enfrentarnos a Médula, pero sí a uno de sus drones. Dile a la piloto que salga y espere nuestras órdenes —le dijo Ricina a Dedalera.




