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—Perdonen que interrumpa, pero si tuvieran una pantalla que pudiera conectarse a Edén, yo podría intentar neutralizar el Mach 5 —intervino Elel.
—No tenemos nada que perder. ¿Qué opinas, D?
—¡Qué más da! Ya sabrán de la existencia de señales desde la Torre, así que adelante.
Consiguieron contactar desde los Pumas con la lancha AMG y esta, a su vez, con las chicas de alrededor de la Torre, dejando un mensaje claro de que conectaran la señal y que solo la cortaran cuando Elel se lo indicara desde su pantalla. En el momento que Elel detectó la señal abierta, lo tenía todo preparado para pilotar el Mach 5 enemigo, pero saltó el sistema de seguridad de manipulación de otro piloto, y la máquina estaba configurada para ir automáticamente al lugar de la señal y destruirla.
—¡Dile a tu piloto que derribe inmediatamente al hipersónico! —exclamó Elel.
—Piloto, aquí Ricina. Cambio.
—Aquí SR-71. Cambio.
—Salga de caza mayor y destruya el dron de Luz de Diamante. Rápido, se dirige hacia nosotros. No duraremos ni dos minutos.
Cuando el SR-71 se colocó justamente detrás del dron de Médula con la intención de abatirlo, este último soltó un misil aire-tierra dirigido, de apunta y olvida a cincuenta kilómetros del convoy. Acto seguido, la piloto trató de contrarrestar el misil lanzando otro. En apenas unos segundos, todas miraron a través de los huecos y pantallas de los Puma y vieron venir a gran velocidad un cilindro incandescente que iba dejando un haz blanco en el cielo. El misil de la República hizo explotar al del dron tan cerca que el primer Puma quedó completamente calcinado y los demás tuvieron que esquivarlo, ya que iban a bastante velocidad y podrían haber colisionado con los restos en llamas del primer transporte.
—¡Por el deísmo! ¡Qué desastre! ¡No podemos parar a ver si ha quedado alguna con vida! —exclamó Ricina angustiada.
—Piloto, aquí Dedalera. Muy justo. Hemos perdido el Puma de cabeza, pero aun así, buen trabajo. Ahora, deje la radio abierta y vaya explicando lo que sucede con el dron. Cambio y cierro.
—De acuerdo. Lo sigo de cerca. Está ascendiendo de forma vertical. Si sigue así, se va a congelar y se le pararán los estatorreactores. Yo no puedo arriesgar más. Perderé la conciencia, aunque lleve puesto el traje anti-G (estos trajes se hicieron en épocas antiguas para comprimir el cuerpo del piloto y reducir lo que se conoce como la visión negra en la ascensión y la eritropsia o visión roja en los picados), y perderemos el SR-71. Lo dejo. ¡Desciendo! ¡Vaya, lo llevo detrás y me ha disparado otro misil aire-aire! Intentaré hacer un tirabuzón horizontal. Nada, no consigo despegarme del cohete. A ver con el vuelo rasante. Intentaré pegarme a la costa oeste y cerca del mar. Estoy levantando unas columnas de agua que hasta el propio Moisés envidiaría. ¡Bien! Me he deshecho del misil. Ha impactado contra los pilares del océano. Abran las pantallas. Ahora que tengo diez segundos de respiro pondré la frecuencia de cámara, para que vean todas mis maniobras, y no tenga que estar con distracciones mortales. Cambio.
—Piloto, ¿cuál es su nombre? Cambio —preguntó Dedalera movida por la curiosidad.
—Narcis. Cambio.
—Muy bien, Narcis. Le deseamos suerte y le estamos agradecidas. Dependemos de usted. Cambio.
—Gracias. Siempre me dejaré la vida por salvar las vuestras. Gran responsabilidad. Cambio y cierro.
Al SR-71 le quedaba poco combustible, mientras que el Mach 5 todavía no necesitaba repostar. Sin embargo, este último tendría que bajar la velocidad o dar la vuelta para recargar en el aire con una de las naves que traería Médula. Ese era el momento de seguirlo. Cuando consiguió tenerlo a tiro, el aparato de la universidad disparó otro misil y las esquivas del dron hicieron que gastara más energía. La máquina sabía que ya no podría volver, así que tomó la decisión de gastar su último empuje para estrellarse como un kamikaze contra la aeronave de Wãnanga. Narcis los vio venir de frente por los aparatos de control, no por la vista, porque a tal velocidad era imposible observar el acercamiento de dos dioses del cielo hipersónicos, y cuando se dio cuenta de que era improbable evitar el encuentro, dejó la trayectoria automática hacia el Mach 5, fue eyectada por el asiento y salió disparada hacia el cielo, viendo la explosión desde lejos, igual que las hembras de los Pumas. El paracaídas de Narcis había sido perforado por algún trozo de los aparatos o del fuselaje, lo que provocó que este cayera rápidamente en mitad del mar de Tasmania, donde quedó flotando inconsciente.
—Aguante, Narcis. Mandaré a alguien. No olvidaremos lo que ha hecho por nosotras. Equipo AMG, recojan a Narcis del SR-71. Según mi informe de constantes vitales, está inconsciente. Les mando las coordenadas exactas para su localización.
Luz de Diamante estaba en el puente de mando de la Reina de los Cielos. Desde allí observaba el viaje por las ventanas cuando la Rubí Dicentra le notificó la caída del Mach 5.
—Tenemos todas las imágenes de la actuación de nuestro dron. Bombardeó una zona que analizó en Wellington; detectó una gran señal emitida desde la zona norte de la isla norte de Nueva Zelanda; intentó neutralizar un grupo de vehículos desde el que se quiso manipular y, por último, se sacrificó contra otra nave aérea de estas rebeldes —expuso Dicentra.
—¿Cuánto queda para llegar a Nueva Zelanda? Porque Australia ahora ya no es una prioridad.
—A esta velocidad, unas dos horas y media, pero podemos llegar en una hora si usted lo ordena.
—Sí. Con una hora me sobra para organizar la ofensiva. Ven dentro de 20 minutos y te daré las órdenes. Ahora, retírate.
—¡X por la unión! —gritó la Rubí.
Luz sospechaba que en la zona de Wellington había una base secreta de la República El Cambio, porque la habían informado de ese nuevo movimiento para derrocarla. Pero Médula y ella pensaban que esto era un grupo desorganizado sin fuerza, que nada tenía que ver con ayudar a los hombres a implantar su igualdad y su vida libre. El caso era que se equivocaba. Poco a poco, estaban contactando con las mujeres de todo el mundo y reuniendo a más para dicha causa, sobre todo a aquellas que estuvieran a las afueras de las grandes ciudades tecnológicas del continente europeo, aunque los Campos de la Protección llegaran a estos lugares.
Eran las 7:00 p. m. cuando la flota arribaba a la costa oeste de Wellington.
—Órdenes —solicitó Dicentra.
—Después del desastre que ha causado el dron, no ha quedado nada en la superficie de lo que me han definido como la universidad. Escaneemos el interior. Si siguen ahí abajo, bombardearemos. Si no funcionara, dejaremos caer la Lava (un líquido artificial capaz de perforar cualquier tipo de material, salvo el que lo contiene) e introduciremos explosivos. Ya no me importa la destrucción aquí. Mientras, manda dos Aeros con la Zafiro Eva y la Esmeralda Caléndula a la zona de la gran señal y que las coordine Eva —ordenó Luz de Diamante.
—Si el bombardeo no funciona, probaremos con las químicas. Así acabaríamos con ellas y no dañaríamos las estructuras para analizar todo lo que contengan (archivos, mapas, lugares de reunión y tecnología), con la posibilidad de tener más ventaja sobre el enemigo.
—Lo dejo en tus manos.
—Gracias, señora. No la defraudaré.
Mientras la Zafiro Eva y la Esmeralda Caléndula limaban asperezas jugando al ajedrez, la Argentum Jazmín miraba sus movimientos y jugadas. Al ver que Eva se enrocaba, Jazmín pidió permiso para hablar.
—Ese movimiento en el que desplazas el Rey dos casillas en un mismo turno para que lo proteja una torre, ¿es defensivo, no?
—Caléndula, explícale cómo ves el enroque en la batalla.
—Puede parecer de protección, pero también puede ser un cebo o un sacrificio para un bien mayor, como el gambito de dama. ¿Usted cómo lo ve, señora Eva?
—Sé honorable con quienes te protejan, pero juega sucio con el enemigo.
—Con todo mi respeto hacia ustedes, demasiada filosofía para mí —interrumpió Jazmín.
—Por eso, aunque seamos amigas, no olvides que yo soy tu superior y tú mi subordinada.
«Debería haberme guardado ese comentario para mí» —pensó Jazmín—. Sí, señora —contestó.
Dicentra se presentó en la habitación de ocio de la nave y les comunicó a las tres que Eva iría en una Aeros y Caléndula en otra, con destino a la fuente de la señal. Cada una llevaría consigo veinte efectivas, mitad negras y mitad amarillas (refiriéndose al color de la piel). No se sabía el motivo por el cual esas mujeres no escalaban los rangos como las de raza caucásica, pero algunas se preguntaban si se había producido de manera natural o fue algo provocado, como había ocurrido en antiguas guerras.
—Nosotras nos encargaremos de la Universidad de Wellington —afirmó Dicentra.
Ricina tenía que llegar a Edén, y temía otro ataque. Iban a gran velocidad dentro de los transportes, tanta que los cuerpos cimbreaban a causa de los baches; de esa forma, los tres Pumas llegarían pronto. La lancha estaba amarrada. Habían rescatado a Narcis viva, dado que estaba boca arriba y su chaleco salvavidas había hecho bien su trabajo. Se unirían a las hembras de la Torre.
Durante el camino, la conductora del primer monstruo de seis ruedas observó al fondo lo que parecía un manto de pelo grisáceo y marrón claro, que ocupaba todo el camino y entorpece el paso. Sus sensores indicaban vida.
—Señora Ricina, si está viendo lo mismo que yo, deme la orden de disparar con el Magnerail (cañón que acelera los proyectiles por bobinas) —solicitó la conductora.
—Hazlo si estás segura de que es una amenaza —dijo Ricina.
Al disparar los vehículos, una especie de grandes cánidos empezaron a correr en todas direcciones, mientras los que caían muertos iban formando una masa que impedía el paso. Sin embargo, estos transportes estaban achaflanados por el frente, hecho que les servía para embestir y arrollar; de esta forma, la conductora se enfrentó a la masa de carne, hueso, pelo y sangre, pasando por encima de ella sin demasiada dificultad, al tiempo que los demás cánidos aullaban entrecortados alrededor de los transportes en movimiento.
—¿Qué animales eran esos? ¡Parecían Dharuks enormes! —exclamó Elel.
—No lo sé exactamente. Las mujeres de la Torre del Edén me comentaron que habían visto huesos de perros muy grandes, así que podrían ser estos —dedujo Ricina.
—Es raro que con la cantidad que había no busquen comida fuera de esta zona y no hayan atacado a las hembras de la Torre.
—Hermana, no supongas. Quizá después del cambio que ha sufrido el mundo, no coman ni carne y se hayan vuelto herbívoros.
—No tenían pinta de ser herbívoros con esos colmillos. Tal vez estuvieran protegiendo su territorio. En cualquier caso, fueran lo que fuesen no vamos a poder examinarlos, aunque tampoco es que me hiciera mucha ilusión.
—Nuestro Puma delantero nos acaba de allanar el camino. Ojalá no surjan más contratiempos o no podremos ayudar a las de la Torre si son atacadas. Nos quedaremos cerca, pero no con ellas, para no caer todas.
—Queda muy poco para la puesta de sol. Debemos llegar cuanto antes y colocarnos en posiciones estratégicas, antes de que anochezca. Avisa a la conductora de cabeza de que aumente su velocidad al máximo —ordenó Ricina.
—Maestra, podríamos colisionar por estos caminos y antiguas carreteras por no poder maniobrar a tiempo —señaló Dedalera a modo de advertencia.
—¡Obedece!
Ricina tenía un dilema. No sabía si salvar a las tres cuartas partes del convoy sin ayudar a Edén, o bien, proteger la Torre, aun a riesgo de poner en peligro al grupo y a Elel, una pieza fundamental en ese juego de ajedrez.
Las dos Aeros llegaron a las 8:00 p. m. a la parte norte de la isla, cerca de la costa. Tras flanquear la Torre, desaceleraron poco a poco e hicieron batidas con el haz de láser en todas direcciones, abarcando un sector más grande que la base de esa estructura. Detectaron doce formas de vida en su interior, aunque dos de ellas parecían animales domésticos, y otras cinco en el exterior; sin embargo, hubo algunas formas que su tecnología no logró detectar.
Mientras las naves mandaban información a la Reina de los cielos, una mujer equipada con un lanzacohetes apuntaba a una de ellas desde los alrededores, en las rocas del litoral. El pitido que emitía el arma se mantuvo intermitente durante unos segundos hasta que pasó a ser continuo. Era el aviso de la marcación de objetivo preparado para seguirlo. La mujer pidió permiso para disparar, pero Ricina le ordenó por radio que esperara un momento.
—¡Es nuestra oportunidad, derribemos al menos una! —sugirió Dedalera.
—Si iniciamos el ataque, ya no habrá vuelta atrás. ¿Esperar su primer movimiento o atacar? Podemos perder la Torre.
Mientras tanto, en la Reina de los Cielos, la Rubí Dicentra le preguntaba a Sieva:
—Mi Diamante, ¿conquistarla o destruirla? Es una antena magnifica para tener el control en esta zona. Mi voto es conquistarla, no destruirla, pero usted tiene la última palabra.
—Conquistarla, y ahórrate esos comentarios.
—Sí, mi señora.
Desde la Reina de los Cielos habían detectado en Wãnanga cincuenta y cuatro formas de vida, de las cuales cincuenta eran mujeres. El hombre, junto con el resto, habían huido a la base Scott. La nave comenzó a atacar con armas químicas para que murieran todas (Médula solo hacía prisioneras si estaban bajo los Campos de la Protección), pero no surtió efecto. La estanqueidad de los sótanos era muy grande, y como no querían más destrucción, evitaron lanzar Pequeñas de Fusión, así que recurrieron a otra arma. Dejaron caer la Lava, que empezó a calar el suelo. Las primeras plantas de los sótanos fueron perforadas. Todavía quedaban un par de plantas por atravesar. Las féminas se habían refugiado en la planta más profunda a esperar a la muerte, no sin antes hacer un último intento de dañar de algún modo las tropas de Médula. Pero no fue así.
Cuando vieron entrar ese líquido corrosivo, supieron que las que no llevaran máscara morirían por las químicas, mientras que las que llevaban lo harían por desintegración o el ataque por el agujero que iba dejando. Desde el último de los suelos a lo más alto que alcanzaban sus vistas, que no era más que la sombra de la Reina de los Cielos, se colocaron con todo lo que tenían y comenzaron a disparar, falleciendo por los gases y la Lava, que las iba deshaciendo. La nave sufrió daños en uno de sus motores, a pesar de que los sistemas de seguridad antiataques habrían evitado el 90 % de la agresión. Dejó caer entonces una Pequeña de Fusión, que fue bajando planta por planta. Las mujeres se apartaron del centro del agujero, echándose hacia atrás contra las paredes. En el momento que la Pequeña de Fusión tomó contacto con el suelo, la nave ya había dejado el agujero, permitiendo que entraran los rayos de luna. La explosión fue de tal magnitud que del agujero salía fuego como si de un soplete se tratara, con una llama tan alta que se hizo de día en los alrededores. El destello fue visto desde los Pumas y la Torre del Edén. Todas las mujeres murieron.
A raíz de esto, las Aeros, la Reina de los Cielos y otras naves que quedaron en Australia contactaron para comunicarse las novedades. Luz optó por seguir adelante, viajando hacia esa antena sin ayuda.
—¡Dispara! ¡Dispara ya! ¡Por nuestras hermanas! —ordenó Ricina desde el segundo Puma a la mujer de la costa. Esta obedeció y apretó el pulsador sudoroso. Los sistemas de defensa de las Aeros detectaron un fogonazo que las hizo maniobrar; sin embargo, la nave de la Esmeralda Caléndula no fue tan rápida y en el intento de eludir perdió velocidad, colisionando con el cohete. La nave, humeante, en llamas y girando sobre sí, se alejaba para caer al mar, sin saber si había alguna superviviente entre las veintiuna miliares que la ocupaban.
La Aeros de la Zafiro Eva arrasó la zona de donde creían que procedía el disparo del cohete de seguimiento; de hecho, la tiradora murió, no quedando de ella ni el ADN.
Ricina llegó a Auckland, pero no se acerca a la Torre. Bajaron de los transportes por la noche y divisaron varios fuegos cerca de esta. Se disponían a avanzar armadas para defenderse de todo aquel que no fuera de la República El Cambio.
—Tomad esto, y cuidado con dispararnos a nosotras —les advirtió Ricina, dándoles a Elel e Ídem armas para su defensa. Estos las cogieron, las examinaron y las montaron con una expresión de incredulidad en sus rostros—. Dirige D.
—Cada una de las escuadras que avance en punta de flecha, con una separación de cinco metros, y los extremos cubriendo las espaldas —indicó Dedalera.
En el grupo de la Maestra, esta iba haciendo de punta. Elel iba en medio para poder protegerlo e Ídem en un extremo, ambos de espaldas por si eran de gatillo fácil ante una situación de peligro. Las formaciones marchaban del mismo modo que en los vehículos. La formación V, o punta de flecha, de Ricina iba en segundo lugar.
Por la noche, la primera V se encontró con un montón de ojos brillantes frente a ellas. Eran los grandes Dharuks, que habían seguido con el olfato el rastro de quien los había masacrado, como si tuvieran un recuerdo de odio. Por alguna razón desconocida, las gafas térmicas y de visión nocturna no los habían detectado. La primera formación pensaba que se encontraba en clara ventaja; sin embargo, cuando alumbraron a los lados y comprobaron que las bestias que había allí rodeaban a las tres formaciones, la primera empezó a disparar y a lanzar granadas. Entre los disparos se escucharon gritos de dolor y voces pidiendo auxilio que se alejaban por las calles de Auckland. La primera formación cayó, al igual que un gran número de bestias sedientas de venganza.
La segunda V miró hacia atrás mientras se defendía y vio como la tercera formación era arrollada por un número masivo de esas bestias, y sus amigas y compañeras eran despellejadas con sus afilados colmillos. Solo quedó en pie la segunda formación. Entonces, Ricina, tratando de calmar los nervios, le pidió al grupo que aguantara los ataques de los cánidos, que se acercaban lentamente desde casi todos los ángulos.
—¡Entremos a este edificio! ¡Rápido, cierra! —ordenó Ricina.
Dedalera aprovechó un hueco por donde los animales no los rodeaban para entrar la última y cerrar prácticamente con las bestias saltando sobre ellas. Una vez dentro, buscaron posibles entradas para los monstruos y las taponaron con todo lo que tenían a su alcance, desde grandes archivadores hasta muebles de antiguos servidores de red. Se escuchaban golpes por todos los lugares de entrada, así que Dedalera mandó a los hermanos, que tenían aspecto de asustados, a vigilar una de ellas y a dos de las hembras a otra. Ricina y Dedalera se quedaron en la puerta por la que entraron.
Uno de los perros intentó acceder por la zona que cubrían Elel y su hermana, dejando ver parte de su cabeza y su pata, y dando dentelladas mientras empujaba.
—¡Dispara, hermana! —gritó Elel.
Ídem dudó y los dos, con los ojos casi cerrados, mirando con las cabezas de lado, soltaron unas ráfagas que vaciaron los cargadores.
—Maestra, voy a ver. Ha sido en la entrada que cubren los hermanos.
—Ve, yo me encargo de la puerta.
Al llegar a la zona, Dedalera observó que la habitación donde vigilaban los prójimos estaba llena de sangre y que la bestia que había intentado entrar había sido acribillada por múltiples impactos de proyectiles. Cinco minutos más tarde, tras comprobar que las fieras se habían ido, el grupo encontró un aparato de ultrasonidos en una de las habitaciones y lo pusieron en marcha. No creyeron que estuviese allí por casualidad. Al salir de la antigua construcción con las fachadas llenas de musgo, siguieron avanzando sin más problemas hasta establecerse con cautela alrededor de la Torre del Edén. La Aeros de Eva sobrevolaba la Torre a una distancia prudencial para no ser derribada, esperando noticias de la misión, mientras disparaba algunas ráfagas hacia el suelo y los arrabales de Edén.
—¡Eva, deja de disparar ahora mismo hacia la Torre! Luz de Diamante la quiere intacta —ordenó la Rubí Dicentra, subiendo el tono considerablemente.
—Estamos expuestas con este vuelo de espera. ¿Qué recomienda, señora?
—Aterricen, desembarquen y acérquense con sigilo para poder entrar y apoderarnos de esta poderosa máquina de comunicación.
—Entendido. Jazmín, organice a las mujeres para un asalto a la antena.
—¿El equipo de asalto letal y destructivo? —preguntó Jazmín.
—Procura no dañar demasiado el exterior de la Torre, y mucho menos su interior. La maquinaria a examinar después del ataque ha de estar indemne. Tendremos apoyo de la dama Luz, que viene de camino en la Reina de los Cielos —expuso la Zafiro.
—Sí, señora.
Eva aterrizó en los aledaños, a unos dos kilómetros de distancia. Desplegó a Jazmín con un grupo de mujeres que iban cercando la Torre. El grupo de Ricina las vio a lo lejos. Acto seguido, esta le dijo a Ídem que se tapara la cara, porque en el caso de que cualquiera de los dos bandos la viera, podrían confundirla con Luz, incluso sin llevar su uniforme. Y eso sería un desastre tanto para ella como para la misión.
—Comunica el asedio. Que preparen las defensas —ordenó Ricina a Elel por el mero hecho de ser hombre.
—Aquí Dedalera, de Wãnanga, a Jefa de Edén. Cambio.
—Me alegro de oírla. Sé que un grupo salió hacia aquí y otro hacia la base Scott, pero también sabemos que muchas de ellas han muerto. Desde aquí arriba vimos un gran resplandor que subía hacia el cielo, iluminando la noche. Tenemos a su piloto y a dos de su grupo. ¿Qué datos valiosos traéis? Cambio —explicó la Jefa de la Torre, una mujer ruda de unos cincuenta años.
—Entiendo su alegría, pero ha de saber que la Torre está siendo sitiada por El Grito. Ahora mismo van por tierra. ¿Qué defensas tienen?
—Las féminas armadas abajo, los cañones automáticos arriba y la Red Electrificada Diametral (RED). Cambio.
—¿Y están activas? Cambio.
—Desde que nos informaron de la inspección. Cambio.
—Observaremos desde aquí y le comunicaremos todos los movimientos. Cambio y fuera.
Una Sombrero Blanco que iba en el grupo de Ricina modificó los comunicadores para poder tener un entendimiento verbal más fluido, sin los molestos términos «cambio», «cambio y fuera», «cambio y cierro», etc. después de todas las frases.
La Jefa de la Torre del Edén hizo entrar a toda la guardia en la gran construcción, con su forma cónica de aguja y sus grandes discos cerca de la punta, donde se divisaba en el horizonte un día despejado. Durante la recogida de las hembras, algunas murieron intentando llegar a las entradas ante el fuego enemigo. Al ver cómo iban cayendo a manos de El Grito, Ricina no pudo quedarse mirando e intervino, disparando por la espalda a algunas de las hembras enemigas que avanzaban hacia la Torre, cerrando el círculo. Cuando esta se levantó y avanzó, Dedalera cogió su arma y saltó, disparando desde el muro donde lo estaban viendo todo. Lo mismo hicieron las demás e, incluso, los hermanos, que tras mirarse cogieron las suyas y salieron a ayudar. Abrieron brecha en la circunferencia y algunas lograron ver un uniforme diferente con piedras azules en sus pequeñas charreteras. Consiguieron llegar corriendo a la entrada de la majestuosa estructura, a la vez que disparaban y esquivaban los proyectiles. Miraron hacia arriba una centésima de segundo para ver cómo se estiraba el armazón hasta los cielos. Una vez dentro, cerraron y escucharon los impactos en una de las gruesas puertas.
—¡Subid! —se escuchó decir a una voz.
—¡Señoras, algunas ya habéis visto a la Zafiro Eva, la que se enfrentó a las Frías en la misión Zugspitze, sobrevivió a un alud y a una bestia primitiva como el Mamut! Si la atrapáramos, podría servir como moneda de cambio. Quedaos aquí, tras la puerta, alejadas de ella por si ponen explosivos y reforzando la entrada con la guardia que ya hay —exclamó Ricina, refiriéndose a la Sombrero Blanco y la compañera—. Las demás me sigan.
Narcis, que estaba de guardia en las puertas, conocía a Dedalera, a Ídem y a Elel, y los saludó con aprecio. Todas y él le dieron la enhorabuena.
—¿Esta es la piloto que venció a la máquina? Mi más sentido agradecimiento —dijo Ricina.




