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—Gracias, señora.
—Te diré algo, pero no se lo cuentes a nadie: ni un hombre lo hubiera hecho mejor. Luego nos vemos, si salimos de esta —le confesó Elel, con una sonrisa picaresca.
—Cierto. Ánimo, Elel y suerte a todas —dijo Narcis, despidiéndose del grupo.
Las tres entraron en el ascensor y subieron hasta el centro de mando en el mirador. Allí encontraron a la Jefa.
—Ricina, ¿te encuentras bien? ¡Estás herida y sangrando!
—Esta sangre no es mía. Tranquila, estoy bien —le aseguró Ricina.
Tras escuchar esas palabras, la Jefa abrazó a Ricina sin importarle mancharse de sangre ni manifestar afecto dentro de la normativa de grados de la República El Cambio.
—Gracias por tu recibimiento. Aunque no es jerárquicamente correcto, yo también me alegro.
—¡Sois más que bien recibidas! —exclamó la Jefa de la Torre.
—Ya está bien. Centrémonos en cómo afrontar lo que va ocurrir ahora —interrumpió Ricina, logrando captar la atención de todas—. Médula quiere esta antena para tener más control sobre el mundo y no la van a destruir. Intentarán poseerla y posiblemente lo consigan. Sin desanimar a nadie, lucharemos para que no entren y lanzaremos todo lo que tengamos. ¡Por El Cambio!
—¡Por El Cambio!
—Hemos contado dieciocho mujeres dentro de Edén, incluyéndoos a vosotras y a tu piloto, y fuera a salvo tus dos chicas de la lancha y algunas de las mías.
—Dedalera, coordina la maniobra con la Jefa —solicitó Ricina.
—Sí, Maestra. Jefa, ¿damos orden de ataque para las hembras de fuera más las automáticas y nosotras desde aquí?
—Hemos visto la nave de Luz en los radares y se dirige hacia aquí. Si descubre que todo lo que envió aquí ha muerto, lo mismo cambia de opinión y decide destruirnos. Tengo una posible solución para esta batalla, pero no para la guerra que está en ciernes. La RED está activa, solo falta que todas las hembras de Médula se acerquen a las puertas.
—¿Cómo haremos para que más de una veintena de mujeres se acerquen lo suficiente a este cilindro de hormigón reforzado? —preguntó Dedalera.
—¡Cilindro, no! La gran, majestuosa y solemne Torre del Edén que ha llevado mensajes a todas la mujeres, que contribuye al derroque de este asfixiante sistema de Médula y su Luz de Diamante, sobre todo al poner en contacto a Oceanía con el resto del mundo, así que un poco de respeto hacia esta arma de gran valor para nosotras.
—Disculpe, no era mi intención enojarla.
—¿Ves? Dedalera no le cae bien a nadie —le susurró Elel a Ídem al oído.
—Calla, que te va a oír.
Dedalera lo miró brevemente para hacerle saber que le ha oído y él lo dijo cerca para que ella se enterase.
—Le dejo a usted que busque la forma de atraerlas antes de que llegue la Reina de los Cielos —dijo la Jefa.
—¿Reina de los Cielos?
El miedo hizo que a Elel se le escapara una carcajada, preguntándose quién había buscado un nombre tan cursi para algo tan destructivo.
—Sí. Es el nombre que recibe la aeronave donde viaja la más grande de Médula. Si abatiéramos esa nave y Luz pereciera, asestaríamos un duro golpe a este gobierno dictador.
—Probemos con esto. Diremos por la megafonía exterior de la Torre que dejamos de oponer resistencia y que deponemos las armas, que vamos a salir. Abrimos y unas pocas mujeres sueltan las armas en el suelo con las manos en alto y que vengan.
—¿Y luego qué, señora? —preguntó Dedalera con cierto escepticismo.
—Tú encárgate de traerlas dentro del diámetro establecido. Luego, sorpresa, y no me llame señora. Llámeme Jefa, como todo el mundo.
—Maestra Ricina, ¿vamos a confiar en ella?
—Lleva mucho tiempo dirigiendo la Torre y hasta ahora lo ha hecho bien.
—Sin saber nada del ataque, no sabré actuar si falla. Allá ustedes —quiso aclarar D.
—Por una vez, estoy con ella —reconoció Elel en voz baja.
—Y yo, hermano.
—¡Y usted ya puede quitarse el pasamontañas aquí dentro! —exclamó la Jefa, dirigiéndose a Ídem.
—Lo lleva puesto por motivos de seguridad tanto para ella como para las demás. Es Ídem, la hermana de nuestro hombre, Elel.
—Ustedes sabrán.
—¡Nos rendimos, no nos maten! ¡Abriremos las puertas, desarmados! Repito… —anunciaba Dedalera por megafonía, dando vida a la obra de teatro.
Después de unos momentos en los que vio desde las cristaleras del puesto de mando cómo se movilizaba lentamente ese círculo de mujeres, de las que cayeron en combate unas pocas y que ahora había que convencer, Dedalera le indicó a la Jefa que abriera las puertas. Las mujeres de Eva apuntaban, acercándose a las entradas.
—¡Salgan con las manos donde podamos verlas! —les ordenó Eva.
Las guardias de las puertas permanecían con las manos en alto, sin moverse, mientras el grupo de la Zafiro continuaba acercándose.
—Todavía no están dentro del perímetro de la RED —puntualizó la Jefa.
Dedalera les había preparado a las guardias unos auriculares intraauditivos.
—¡No lo diré más! ¡Muévanse y salgan! —gritó airadamente la Zafiro.
Eva pensó que podía tratarse de una trampa, pero Dedalera habló con las guardias de las puertas y le pidió que dieran unos pasos hacia el exterior y que volvieran a pararse. Cuando escucharan «¡Dentro!», debían saltar al interior de Edén y cerrar lo más rápido posible. Al ver que cumplían su aviso a medias, Eva avanzó un poco más.
—¡Dentro!
Era el momento de entrar. Las hembras saltaron y recibieron muchos disparos., lo que provocó la muerte de alguna. Las mujeres de Eva entraron disparando antes de cerrar las puertas. Acto seguido, la Jefa activó la RED, una malla electrificada que era estirada por unas bolas de acero, proyectadas en dirección opuesta al centro, desde el disco superior de la Torre, abarcando veinte metros más de diámetro y cayendo por el mástil hacia el suelo. Entre la confusión y los disparos, el grupo de Eva y Jazmín no escuchó la proyección de esas bolas y la malla. Cuando miraron hacia arriba, esta les cayó encima, haciendo que todas empezaran a convulsionar por la electricidad. La mayoría de ellas quedaron paralizadas, pero no muertas; sin embargo, el corazón de algunas no pudo aguantar. Cuando las guardias le aseguraron que todas habían quedado inconscientes, la Jefa desconectó la RED.
—Guardias, desármenlas y tráiganlas al centro de mando.
Las guardias metieron a una docena de mujeres en el ascensor como si fueran sacos. Al llegar arriba, las sentaron y las ataron dormidas.
—Buen trabajo a todas —exclamó Ricina, orgullosa.
—Luz de Diamante está a punto de llegar. ¿Negociamos o destruimos Edén con ellas dentro?
—¿Cómo puedes decir esto, cuando lo último que tú querrías sería perder la Torre?
—La Torre está perdida, si no ahora, lo estará a la vuelta de Médula, ya sea para conquistarla o para destruirla —contestó resignada la Jefa.
Por la noche, la Reina de los Cielos apenas se escuchaba y se camuflaba mejor.
—Veo algo por las cristaleras. ¿Podéis encender los focos? —preguntó Elel.
—¡Es la nave de Luz! —anunció Ídem.
Fue entonces cuando Dedalera lo vio claro:
—Ya ha empezado la negociación; si no, ya estaría Edén en el suelo.
La Jefa encendió los focos y todas pudieron ver por los ventanales la grandiosidad de la nave, suspendida en el aire, con un motor en malas condiciones, a la misma altura que ellos y con el puente de mando mirando hacia las cristaleras. De repente, proyectó un láser en el espacio con el que dibujó una frecuencia. Todos los de Edén se preguntaron qué querría decir ese número flotando en el cielo.
—Maestra Ricina, eso es una frecuencia de radio para poder hablar desde aquí con ellas —respondió la Sombrero Blanco, cayendo en la cuenta.
—Gracias, Jefa. Conecte.
Noeva, Sieva, Luz o El Grito eran los nombres que Luz de Diamante había adoptado en algún momento de su vida, tanto por sus actos como por su propia voluntad.
—Dadme una razón por la que no echaros abajo. Ya no están mis mujeres.
La nave no detectaba al grupo de Eva, porque la Jefa les había echado por encima una funda eléctrica inmediatamente después de que las ataran, haciendo que la señal de sus trajes no llegara.
Ricina levantó a Eva semiinconsciente y la colocó frente a la nave, mostrándosela a Luz. Sin que nadie le dijera nada, Ídem se quitó el pasamontañas y cogió a la que quedaba con uniforme diferente y dragonas de plata e hizo lo mismo. Colocó a Jazmín de pie y al lado.
—¿Quieres a tu Zafiro y a las demás? —le pregunto Ricina.
—No me provoques. No es suficiente para que mi odio baje, perdonándoos la vida. Salid y hablaremos.
Elel, que se había quitado el pasamontañas que llevaba puesto para no ser visible, asomó la cabeza. Sin embargo, Dedalera le reprendió, diciéndole en voz baja que, si Luz veía un hombre en Edén, no dudaría en arrasar la zona con todos dentro, incluso los suyos, y Elel vuelve a esconderse.
—¿Crees que saldremos? ¡Prefiero morir aquí con las tuyas que ahí fuera! —afirmó convencida Ricina.
—Está bien. Tú ganas. ¿Qué quieres?
—Vete ahora y las tuyas vivirán.
—¡Aaaggghhh!
La furia y la ira de Luz eran tales que agarró los mandos de una de las armas de la nave y disparó una ráfaga de láser, dejando marcada la pared central de la Torre del Edén, desde la cual comenzaron a disparar.
—¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! —vociferaba Ricina, mientras los disparos apenas habían agotado una pequeña parte del escudo de la nave.
—¿Y bien?
—Volveré y lo sabéis. Esto no queda aquí. Te buscaré, te encontraré y te torturaré —concluyó Luz en tono amenazante.
—Tu autocracia no puede durar mucho, y esa mentira de enfermedad que inventasteis para dejar al mundo huérfano se dará a conocer. Lo organizasteis Médula, que está a tus pies, y tú.
—Mientras haya un solo hombre, seguirá tu guerra. Pero en el momento que los extinga, ¿cual será la motivación de tu lucha?
—Tu muerte y la disolución de Médula.
—Suerte.
Luz se marchó, girando la nave en dirección a Berlín. Todas lo celebraron, extrañadas por la igualdad entre Ídem y su mayor enemiga. Aquel jaleo despertó del todo a las nuevas invitadas. Ídem abrazó a Elel y Ricina felicitó a Dedalera y a la Jefa.
—Celebrad vuestro pequeño momento, porque sabéis que volverá y entonces le dará igual matarnos a todas, incluso desintegrar la antena —se escuchó decir a una voz durante la celebración. Era la voz de la Zafiro Eva, a la cual habían sentado de nuevo. Jazmín también aportó su grano de arena, diciendo:
—¡Cuando me liberéis o lo haga Luz de Diamante, os mataré con mis propias manos!
Terminando de decir esto, la Jefa colocó un arma pequeña en la frente de Jazmín y la calló, pero esta continuó despotricando hasta que se oyó un disparo que perforó el cráneo de la Argentum, salpicando de sangre a la Zafiro Eva, que guardó silencio.
—¿Pero qué has hecho? Creía que eras la más sabia. Son una torre y un alfil en esta guerra. Servía de moneda de cambio para negociar. No me dejas más opción que apresarte. ¡Deténganla! —ordenó Ricina.
—¿Puedo decir algo en mi favor?
—Adelante.
—El Grito tiene que ver que aquí mandamos nosotras. Esta debe ser una tierra libre. ¡Por El Cambio! —gritó airadamente la Jefa.
Algunas compañeras que habían pasado tiempo con ella le devolvieron el saludo, pero no con demasiado entusiasmo. Las demás no salían de su asombro, de tal manera que se la llevaron para encerrarla.
Ahora Ricina debía abandonar la Torre y pensar qué hacer con ella: si inutilizarla o introducir un virus informático, creado por las Sombreros Blancos, para escuchar las comunicaciones, en caso de que alguien utilice la antena. También debía decidir qué hacer con las rehenes y hacia dónde dirigirse, ya que Wãnanga había sido destruida.
Elel e Ídem hicieron la danza de guerra maorí, o haka, que les enseñó su tío delante de las prisioneras, sacando la lengua y golpeándose los brazos, las piernas y el pecho a la vez que desorbitaban los ojos y pronuncian palabras en esa lengua. Las prisioneras quedan un poco desorientadas y aturdidas, no por los efectos de la RED, sino por ver realizar esa danza de lucha a un hombre y, lo que era más asombroso, a una copia exacta de su señora Luz de Diamante, pero sabían que no podía ser, así que ninguna dijo nada.
Sabiendo el odio que procuraba Eva a los machos, esta se arriesgó a que la golpearan o la matasen, escupiendo a Elel en la cara cuando en uno de sus movimientos se acercó a ella y le acarició el rostro, diciéndole:
—Una caricia de un hombre te puede dar más asco que tus escupitajos a mí.
Él sabía del odio de Eva, ya que mantenía contacto con algunos hombres y uno de ellos era Aspen.
Durante el viaje de vuelta a Europa, la Rubí Dicentra analizaba en la Reina de los Cielos la grabación en vídeo de la conversación que Luz había mantenido con Ricina. Cuando detuvo la imagen en la que esta última sujetaba a Eva e Ídem a Jazmín, que aún vivía, acercó el fotograma hasta verle la cara a la hembra que sujetaba a la Argentum y se quedó de piedra al identificarla, llamando inmediatamente a Luz.

«¡Si soy yo! ¿Cómo es posible? ¿Acaso es un juego de mal gusto de alguno de nuestros ancestros o es una clonación? En el viaje a Berlín decidiré qué hacer con todo», pensó Luz. —Gracias, Dicentra. Esto lo cambia todo. Por el momento, lo mantendremos en secreto.
Después de un rato, Ídem se acercó a una mesa de control, que estaba llena de gente mirando un monitor. Empezaron a susurrar entre sí. Así unas cuantas veces hasta que decidió preguntar:
—¿Qué ocurre? —le contestan.
—Averígualo tú misma —respondieron, girando la pantalla para que viera el parecido extraordinario con Luz. En ese instante, comprendió que alunas mujeres y hombres de la República El Cambio no estaban informados de que una científica que trabajaba en la Universidad Victoria de Wellington, y que se llamaba Ídem, era idéntica a Luz. Solo variaba el peinado y conocía a su igual por la información que llegaba. Tenía fotos de Luz de pequeña, que su madre Esperanza le mandaba a escondidas a su hermano desde Alemania a través de cualquier medio tecnológico, pero de eso hacía ya muchos años.
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