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—¿Otra vez el «buen» pastor...?
—Sí, Eminencia, otra vez.
—¿Y de nuevo sobre reliquias?
—Sí, aunque esta vez no exactamente religiosas. Bueno, la verdad es que al final se ha permitido hacer un comentario sobre el suspiro de San José y...
—¡Ya! No me digas más. Y sobre el estornudo del Espíritu Santo, ¿no? Bueno, en realidad, ¿quién puede creerse algo semejante?
—Pero, Monseñor...
—¿Acaso tú lo crees...?
—Bueno, yo...
—Anda, tráeme una taza de té y una aspirina. Me duele la cabeza.
—Enseguida, Eminencia.
El buen pastor. Así es como se referían a él en el Vaticano, pero de alguna forma era un apodo entre cínico y simpático porque, en el fondo, le tenían aprecio. No por lo que escribía, claro, que no les hacía ninguna gracia, pero sí por la importante labor que llevaba a cabo en secreto para ellos. Sus conocimientos de simbología y criptología no se limitaban al mundo real. Era único transcribiendo y desvelando mensajes crípticos en Internet. Y en eso, hasta el mismísimo Papa se ponía a sus pies.
Lo había demostrado ya en innumerables ocasiones. Por ejemplo, cuando los servicios secretos vaticanos detectaron que unos hackers se comunicaban entre sí ante sus narices sin que pudieran identificar los mensajes ni sus direcciones de correo electrónico. Enseguida, él averiguó su original modus operandi. Crearon cuentas preasignadas de correo de Yahoo o Hotmail con nombres de usuario y contraseñas compartidos. Su secreto consistía en comunicarse alojando el borrador de los mensajes en el servidor sin tener nunca que enviar o recibir e-mails.
Uno de los casos más sonados dentro de la Santa Sede, calificado por el propio Papa como bochornoso, fue el descubrimiento por parte del padre «Bene» de unos mensajes codificados escondidos en las imágenes pornográficas de una página web. Un sacerdote había hecho una «casual» incursión en dicha página y encontró unos signos que no supo descifrar. El criptólogo verificó que se trataba de unos mensajes realizados mediante estenografía, una forma de taquigrafía que se remontaba a los tiempos de la Roma de Cicerón. El Vaticano se encargó de silenciar tanto el hallazgo de los mensajes como el desliz del sacerdote que los encontró. Ya tenían bastante con la difusión internacional de los abusos a menores cometidos por parte de numerosos miembros del clero.
A quien no pudieron callar fue al «buen» pastor. Su blog no solo se sumó a esa difusión, sino que contribuyó decisivamente a que el Santo Padre condenara por primera vez dichos abusos y pidiera perdón a las víctimas y a sus familias en nombre de toda la Iglesia católica:
«El escándalo por los casos de pederastia cometidos por miembros de la Iglesia no puede quedar impune. Cientos de abusos sexuales contra menores de edad han sido documentados y denunciados ante las autoridades de varios países. En los últimos años, han sido especialmente relevantes estos sucesos en Irlanda y Estados Unidos, donde se han encontrado culpables a sacerdotes católicos de cientos de acusaciones. La mayoría de estos casos se produjeron en escuelas y orfanatos, con niños y adolescentes bajo el cuidado del clero.
La actitud que muchos obispos y superiores religiosos han adoptado frente a hechos tan evidentes es inaceptable. Algunos se han limitado a simples llamadas de atención o al traslado del infractor a otra diócesis, mientras se mostraba una total indiferencia frente a las víctimas. Debido a esto, organizaciones de víctimas de pederastia han señalado que los dos últimos Papas también son responsables en cierta medida al encubrir estos abusos u omitir algunas denuncias. No basta con que la Iglesia católica condene públicamente la pedofilia.
Es cierto que muchas de esas denuncias fueron falsas y que algunos sectores opositores de la Iglesia se han aprovechado de ellas, pero eso no es eximente para que el Vaticano emita un comunicado reconociendo que se trata de actos criminales que han dañado primero a las víctimas y después la imagen de la Iglesia en todo el mundo. Por dichos actos, los sacerdotes implicados han de responder no solo ante Dios sino, además, ante los tribunales».
La otra labor, no oculta, por la que Benedicto Santibáñez gozaba de una gran reputación dentro de la Iglesia era su trabajo como exorcista. No era precisamente un tema de dominio público, pero los poseídos existían y a él le satisfacía liberarlos.
A semejante tarea no podía dedicarse cualquiera. Como establecía el Derecho Canónico, «se concederá esta licencia solamente a un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida». Y a pesar de lo que en ocasiones pudiese parecer, él cumplía perfectamente con el perfil. En pleno siglo XXI, la idea del Demonio, los poseídos, los rituales satánicos y cosas semejantes resultaba antigua para mucha gente. Les parecía un mundo de ficción. Según las estadísticas, solo un treinta por ciento de los católicos practicantes creía en el Infierno. Con encuestas así, el Diablo debía sentirse plenamente satisfecho. Lo malo era que, en muchas diócesis, hasta los propios obispos tampoco querían saber nada del tema. Sin embargo, la realidad era muy distinta y los ejemplos no dejaban de sucederse. La presencia del Maligno gozaba de gran actividad. Cada vez se practicaban más rituales: brujería, adivinación, espiritismo... Incluso el propio Juan Pablo II había llevado a cabo cuatro exorcismos durante su pontificado.
Internet era otro ejemplo de ello con más de un centenar de direcciones dedicadas a Satán y a su culto. La adoración al Diablo no solo no había desaparecido, sino que utilizaba todos los medios disponibles para difundir sus rituales. Y las numerosas páginas web así lo atestiguaban. La gran mayoría tomaba a los poseídos por locos. Al no aceptarse como tal su verdadera «dolencia», los pobres desdichados terminaban en el lugar menos apropiado: un sanatorio mental donde se les medicaba y adormecía de por vida.
Para el padre «Bene» no cabía ninguna duda de quién estaba poseído y quién no. Todos los posesos manifestaban una serie de características similares e imposibles de ocultar: expresaban su odio blasfemando contra todo lo sagrado, hablaban en otras lenguas, predecían el futuro, se movían compulsivamente, actuaban de forma imprevisible, poseían de pronto una fuerza sobrehumana, entraban en periodos de trance, vomitaban, hacían funciones biológicas como si fuesen animales... Presenciar tales hechos hacía creer a cualquiera. Todo aquello no podía fingirse.
Hasta le entrevistaron sobre este asunto y no tuvo ningún reparo en contestar con toda naturalidad a las preguntas de la periodista que le visitó, Ángela Rubio, con quien mantenía desde entonces una singular relación. De vez en cuando, venían a su cabeza flashes de aquella entrevista.
—Padre, ¿cuál es el auténtico significado de «exorcismo»?
—El origen de la palabra deriva del latín exorcismus, que significa estar sujeto a un juramento, pero en algunas religiones o culturas como la nuestra se denomina así a la acción de expulsar a una fuerza o ente maligno utilizando métodos determinados para hacerlo.
—¿Y esos entes son siempre los mismos?
—Estos entes, dependiendo de cuáles sean las religiones y creencias de los implicados, pueden ser espíritus malignos, demonios, brujería, etcétera.
—¿Y el poseído es siempre una persona?
—El objeto de la posesión puede ser tanto una persona como un animal, objetos e incluso lugares. Pueblos, casas... La posesión puede ser total. El demonio o espíritu toma el control de la persona poseída y el ente utiliza al poseído para sus fines.
—¿Se practican exorcismos en otras religiones?
—Sí. Los judíos llevan a cabo un ritual para expulsar espíritus malignos del cuerpo del poseído a los que llaman dibbuk. El exorcismo judío debe llevarse a cabo por un rabino experto en la kabbalah, el texto místico del judaísmo, junto a otras diez personas que forman un círculo alrededor del poseso mientras todos recitan tres veces un salmo. El rabino hace sonar un cuerno de carnero para desorientar a la entidad y pedirle que abandone el cuerpo.
—¿Y los musulmanes?
—Realizan exorcismos muy similares a la religión católica. Ellos llaman djinn, genios, a esos entes que supuestamente ocupan el cuerpo de los poseídos. Deben ser expulsados usando ciertas suras o pasajes del Corán en una ceremonia muy parecida al exorcismo católico.
—¿Por qué se habla de «posesión» para referirse a este fenómeno?
—La palabra proviene del latín possedere, que significa «ser dueño» o «apoderarse de algo», pero lo más revelador es el origen etimológico de possedere. En realidad, tiene dos partes: post, prefijo que indica «después» o «más allá», y sedere, «estar sentado» o «situado» —respondió él.
—¿Quiere decir «estar sentado detrás»... ? —continuó ella.
—Efectivamente. Lo más probable es que esto venga de una antigua creencia popular que presentaba a la posesión como a pequeños espectros situados en los hombros del damnificado, que se dedicaban constantemente a ocasionarle pesadillas.
—¿En la Biblia se habla de ello?
—En todo el Antiguo Testamento, la posesión demoníaca apenas se menciona en dos pasajes, pero en el Nuevo abundan las menciones de Jesús o los Apóstoles expulsando demonios de los cuerpos de los poseídos.
—¿Y eso significa algo? —preguntó intrigada.
—Eso podría significar dos cosas. Que el Diablo se puso a trabajar a partir de la Era cristiana o que la Iglesia convirtió el temor a la posesión en una razón más para pedir ayuda a Dios.
—¿Y usted qué opina?
—Que las dos tienen sentido.
—¿Entonces afirma que la Iglesia utilizó el temor a ser poseído para ganar fieles? —preguntó ella con segundas intenciones.
—Ni afirmo, ni desmiento. ¿A usted no le parece que ambas posibilidades son viables? —contraatacó el sacerdote.
—A mí no tiene que parecerme nada.
—¿Usted cree?
—Que si creo qué.
—Quiero decir que si es usted creyente.
—No. Soy atea.
—Entiendo.
—¿Qué entiende?
—Para usted esto solo es un reportaje morboso más, ¿no?
—Es un reportaje sobre algo que interesa a la gente.
—¿Usted cree?
—Ya le he dicho que no.
—Digo que si cree realmente que esto le interesa a alguien.
—¿Está tratando de liarme, padre?
—Quizá eso pudiera ser motivo para otro reportaje. ¿A cuánta gente le interesan las preguntas que usted me está haciendo?
—¿Le importa que sigamos? —dijo ella conciliadora.
—Está bien. Adelante.
—¿Hablan entre ustedes? Quiero decir... ¿Los exorcistas comentan experiencias? ¿Intercambian información?
—Bueno, los avances han sido notables. Antes, un exorcista casi nunca dejaba constancia de ello. Hoy, con los medios existentes, es todo más fácil. Compartimos experiencias entre exorcistas de todo el mundo y cada vez descubrimos cosas más interesantes. Evidentemente, no son temas para debatir con la gente, pero sí para hacerlo entre nosotros.
—¿Hay siempre pruebas evidentes de que una persona está poseída?
—¿Acaso podría ser de otra forma? Hay gritos, convulsiones... Cuando alguien está poseído, el espíritu que lo posee habla a través de él. Incluso en otros idiomas.
—¿Sin saber hablar en ellos?
—Así es. Hace poco tuve un caso en el que la persona en cuestión hablaba en latín todo el tiempo. Y era prácticamente analfabeto.
—Tengo entendido que apenas hay exorcistas en España. ¿No hay demasiados «demonios» en nuestro país para tan poca vocación?
—Bueno, al principio solo había dos o tres. Ahora somos doce y para ocuparnos de los nuestros somos suficientes. Para otro tipo de demonios, le aseguro que trabajos como el que usted lleva a cabo son mucho más eficaces —ironizó el sacerdote.
—¿Aún hay gente que no se toma en serio todo esto, verdad?
—¿Se sorprendería si le dijera que no? La gente más conservadora cree en lo demoníaco. Lo que ocurre es que no le gusta hablar de ello. En cambio, gente más progresista que antes no creía en ello, ahora hasta nos invita a coloquios y debates.
—¿Siempre responde a una pregunta con otra, padre?
—¿Le molesta?
—Esto empieza a parecerse al quid proquo del doctor Lecter en El silencio de los corderos.
—Tranquila, tengo poco de psicópata, aunque bueno... Supongo que hay que estar un poco loco para dedicarse a esto. Pero seguro que eso ya lo había usted pensado, ¿no?
Fue una entrevista corta, pero intensa.
Ella a él le pareció muy madura para la edad que tenía. Hablaba desenfadadamente, a veces con descaro, pero con mucho respeto sobre un tema considerado por muchos como tabú. Pensó que era buena en su trabajo, metódica, reflexiva, aunque algo le decía que no se había dedicado siempre a lo mismo. No era una periodista típica, pero... ¿Qué derecho tenía a sacar conclusiones un sacerdote al que podía calificarse de muchas formas menos de típico?
Él a ella le pareció un hombre muy diferente a todos los que se habían cruzado en su camino. Si le hubiese conocido en otro ambiente, nunca habría sospechado que era un hombre de fe. Su físico tampoco le pasó desapercibido. «Un cura inteligente, culto, atractivo y con muchos secretos que por supuesto nunca confesará» —pensó—, «a menos que yo los descubra». De repente, le pareció una de las personas más interesantes que había conocido. Además de culto y atractivo, tenía un gran sentido del humor, a veces irónico, a veces incluso sarcástico, cualidades para ella imprescindibles a la hora de sentirse atraída por alguien. Si no fuera sacerdote, la cosa sería diferente. Pero lo era, qué casualidad. El caso es que, entre unas cosas y otras, a Ángela la entrevista le había dado mucho morbo. Tenía claro que deseaba seguir conociendo a un hombre tan fascinante.
II. La oveja negra
«Si algún hombre tiene cien ovejas y se extravía una, ¿acaso no dejará las noventa y nueve en las montañas e irá a buscar la descarriada? Y si sucede que la encuentra, de cierto os digo que se goza más por aquella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Así que, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni una sola de ellas.»
Parábola de la oveja perdida
(Mateo, 18: 12-14)
La infancia de Ángela Rubio no fue fácil. Desde pequeña supo lo que significaba la necesidad. Era hija de madre soltera. Una madre que trabajaba en lo que podía y, como cualquier otra, hacía lo que fuera para sacar a su familia adelante. Criar a tres hijos era complicado, y más sin estudios. Nunca conoció a su padre, ni quiso conocerlo. Por lo poco que la había oído contar, era un vividor. Machista, prepotente, violento y, para rematar, alcohólico. ¿Quién podía querer a alguien así en casa? Sin duda, se estaba mucho mejor sin él. Por lo visto, su hermano mayor había salido al padre. No daba un palo al agua. No trabajaba ni colaboraba en la manutención. Se metió en el mundo de la droga y murió víctima de una sobredosis. Su hermano pequeño era completamente distinto: sensible, luchador, responsable... Hasta que aquel fatídico 11 de marzo de 2004 salió de casa para ir a su trabajo y subió a uno de los trenes en que, como él, perdieron la vida otras ciento noventa personas. Ella soñó su muerte.
Desde que tenía uso de razón, recordaba cosas así. Soñaba con accidentes, con muertos, escuchaba voces, adivinaba algo que ocurría poco tiempo después... Su reacción, como la de la mayoría de ciudadanos españoles, fue de impotencia y rabia contenida. De claro y firme rechazo al terrorismo. Pero no de odio hacia el colectivo musulmán. En este caso, como en cualquier otra religión, no podían pagar justos por pecadores. Para ella, todas las razas y todas las religiones eran igual de buenas y malas.
También sentía la energía de los lugares donde se encontraba. Algunos ambientes la agotaban, le hacían sentirse mal. Otros, en cambio, la tranquilizaban. Le daban paz. No sabía si aquello era un don o una especie de castigo, pero poco a poco lo fue asumiendo.
A veces, hasta le parecía divertido, como cuando adivinó el sexo del bebé de su vecina antes de que se lo dijeran al realizarle una ecografía, o cuando cogía el paraguas y su madre la miraba de forma rara porque el cielo no estaba nublado, pero al poco tiempo comenzaba a llover.
En ocasiones, sentía la presencia de su hermano. Era una sensación casi física. Le parecía que estaba junto a ella. Identificaba sus emociones y su estado de ánimo. Era absolutamente consciente de cuándo llegaba y de cuándo se iba. Escuchaba su voz internamente. Eran mensajes cortos, con muy pocas palabras, pero le gustaba oírle decir que estaba bien. Incluso percibía un beso o una caricia suya.
Procuraba no hablar con su madre de estas experiencias, porque ella ni las entendía ni las aceptaba, pero a Ángela le resultaban apasionantes y empezó a documentarse sobre las mismas. Durante miles de años, la humanidad también se había debatido en cuanto a la creencia o no en estos fenómenos. Desempeñaban un papel muy importante en la mayoría de religiones, cosa que a ella le sorprendía porque se consideraba atea, pero como se veían siempre rodeados de circunstancias difíciles de comprobar, los científicos mostraban su escepticismo ante ellos.
Desde la Edad Media y hasta el siglo XIX, la Iglesia entendía todos los fenómenos paranormales como hechos milagrosos derivados del poder de Dios o del Demonio. Con la llegada de la Parapsicología, empezaron a llamar la atención de los investigadores y de la sociedad en general. En principio todo el mundo tenía su grado de percepción extrasensorial, pero determinados aspectos la hacían más notoria en ciertas personas. Algunas hasta podían llegar a tener experiencias de este tipo sin ser conscientes de ello. Como decía Ángela, el ser humano era demasiado grande como para verse limitado por sus sentidos.
Cuando llegó a la mayoría de edad, se las ingenió para hacer distintos trabajos con los que aportar algún dinero en casa y matricularse en la facultad de Periodismo. Quería estudiar y, si se lo proponía, podía hacerlo. Aquí nadie iba a poner en peligro su integridad física por eso. Al menos, no como ocurría en otros países. Había oído en las noticias lo de la chica paquistaní de catorce años a la que un talibán había tiroteado por el simple hecho de defender su derecho a recibir una educación. La bala le entró por un oído, pero los médicos lograron extraerla. El espectacular valle donde vivía era uno de los destinos turísticos favoritos de los paquistaníes, pero la llegada de los talibanes transformó la zona por completo. Impusieron su ley castigando a quien no la acataba. Una de sus primeras y desafortunadas decisiones había sido cerrar las escuelas femeninas.
Ángela empezó como teleoperadora en un servicio de sexo telefónico, pero le aburría decir las mismas obscenidades por un micrófono a quién sabe qué degenerado del otro lado de la línea. Luego probó como comercial de cosmética, de esas de «Avon llama a tu puerta», pero también se cansó pronto de llamar a tantas. No era una chica alta, pero sí bien proporcionada, simpática y muy fotogénica. Su atractivo le sirvió para trabajar también como modelo de catálogos de moda e incluso hizo sus pinitos como «extra» en algunos capítulos de una conocida serie de televisión. Hasta estuvo a punto de ser elegida para un reality si no se hubieran decidido en el último momento por una enana lesbiana que, según el productor, iba a ser la revelación de la temporada.
Le gustaba la música, se movía bien y siempre tuvo un lado exhibicionista, así que cuando vio en el periódico un anuncio en el que buscaban bailarinas para un espectáculo nocturno, no se lo pensó dos veces. Se presentó, le hicieron una prueba y la contrataron de inmediato. En su cabeza pululaban fragmentos de películas como Flashdance, donde la protagonista interpretaba coreografías en un escenario distinto para cada una de ellas, al ritmo de canciones pegadizas. ¡Qué equivocada estaba!
De día, acudía a las clases en la Universidad. Era una alumna aplicada, sacaba buenas notas, vestía desenfadada pero correctamente y se había integrado bien en el ambiente académico. Nadie podría sospechar nada sobre sus ocupaciones nocturnas, porque entonces el ángel rubio se transformaba en un auténtico demonio, en otro tipo de colegiala. Una chica mala que actuaba sin inhibiciones en un show para adultos.
Sabía que el trabajo de stripper estaba estigmatizado en una sociedad tan hipócrita. Para muchos resultaba moralmente reprobable, pero tampoco se lo tomaba muy en serio. Quitarse la ropa por dinero era un negocio antiguo y siempre rentable, aunque no llegaba al nivel de la prostitución. Por ahí no estaba dispuesta a pasar. Pensaba que aquello era algo pasajero. «Para ir tirando», decía. Solo le correspondía el veinte por ciento de cada uno de sus bailes. El resto del dinero se lo quedaba el club donde bailaba, pero las propinas sí eran íntegras para ella y casi siempre se llevaba una sustanciosa cantidad de las mismas.
Al principio, reconocía que exhibirse medio desnuda ante tantos tíos tenía su punto, pero hacerlo cada noche repitiendo paso a paso los mismos movimientos con la misma música, empezaba a resultarle desagradable. Aquel trabajo estaba estrechamente ligado a la precariedad salarial y a la falta de oportunidades. Y por supuesto, totalmente desprotegido a nivel laboral. Bueno, no del todo. Teóricamente, mientras actuaba, nadie podía tocarla. Su seguridad estaba garantizada por los gorilas del local. Claro que ella tampoco era manca. Ni coja. Por eso, lo más probable era que, si algún valiente osaba subir al escenario durante su actuación, se llevara una buena patada en la entrepierna.
Poco a poco, el club donde dejaba salir a diario su lado más oscuro y daba rienda suelta a sus morbosas fantasías exhibicionistas se había ido transformando para ella en lo que era realmente: un cutre y lúgubre garito donde una pobre chica sin recursos hacía striptease para sobrevivir.
Lo reconocía. No era más que una show-girl de barra americana que tenía que soportar los comentarios y toqueteos de los salidos y babosos miembros del género masculino que acudían cada noche a ver su representación. Y ya empezaba a estar más que harta de aquella historia.
Un día, al volver de un examen en la facultad, su corazón le dio un vuelco. Presintió que algo le pasaba a su madre y fue a casa corriendo. Se encontró a los vecinos cotilleando y murmurando en el rellano de la escalera. Nada que no fuese habitual por otra parte, excepto porque la puerta estaba abierta y, de pronto, unos camilleros la sacaban para trasladarla en ambulancia al hospital.
Al día siguiente, su madre pasó a mejor vida de la que nunca tuvo. A pesar de tantos años de sufrimientos, frustraciones y sueños rotos, Ángela se vio sola por primera vez. Rompió a llorar. En ese mismo instante decidió que se merecía un futuro mejor.
* * *
La Federación de Comunidades Judías de España agrupaba a la inmensa mayoría de comunidades y organizaciones de dicha confesión en nuestro país. Los judíos españoles disponían de colegios específicos, más de treinta sinagogas y también cementerios exclusivos para ellos.
En la España medieval constituyeron quizá la comunidad más próspera de su historia, tanto bajo el dominio musulmán como cristiano. En 1492 fueron expulsados por los Reyes Católicos a pesar de que por las venas del propio rey Fernando corría sangre judía. En la actualidad, la población judía en España constaba de unas cuarenta mil personas. Los sefardíes, descendientes de los judíos españoles, eran aproximadamente un quinto de la población judía mundial.
Ben tenía una excelente relación con uno de los representantes de la Federación, el rabino Samuel Shalom, al que conoció cuando estudiaba en Jerusalén. Su apellido era muy significativo: shalom era «paz» en hebreo. Hablaba con él a menudo. En su última conversación coincidieron en haber percibido un peligroso crecimiento del antisemitismo en nuestro país que se había agravado aún más con la situación económica.
—La Federación de Comunidades Judías de España y el Movimiento contra la Intolerancia han presentado un informe conjunto —le anunció el rabino—. España figura a la cabeza de la Unión Europea en actos violentos y manifestaciones de odio a los judíos.




