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—Sí, un sentimiento constante que ha crecido con la crisis —dijo Ben.
—Según una encuesta encargada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, la mayoría de consultados opina que los judíos tenéis un poder determinante porque un buen número de vosotros controla la economía y los medios de comunicación.
—No puede ser que la opinión de más de un tercio de las personas encuestadas sea desfavorable a nuestra comunidad.
—Pues así es. Unos lo achacan al llamado «conflicto» de Oriente Medio. Otros alegan motivos religiosos o vuestras propias costumbres.
—Además de todo esto —dijo Samuel—, existe otra serie de problemas que no son pecata minuta y hay que tener muy en cuenta, como los insultos a través de Internet, las pintadas en sinagogas, conciertos racistas o algo más preocupante aún: cada vez se trivializa más el Holocausto.
—Tranquilo, Samuel —le calmó el español—. Nuestro objetivo es analizar los incidentes, identificar a los causantes y fomentar la reflexión.
—Es prioritario. Los grupos ultras y neonazis van en aumento. En el informe, documentamos en total cuatro mil casos de carácter antirreligioso y violencia xenófoba.
Por el contrario, y a pesar de lo que pudiera parecer en un primer momento, no ocurría lo mismo con los musulmanes. Tras los atentados del 11-M en Madrid, la reacción de la ciudadanía española fue ejemplar. No se registró ni un solo incidente de acoso o agresión al colectivo musulmán residente en España. Quizá también por eso, en comparación con el resto de Europa o con Estados Unidos, este colectivo consideraba que existía un menor grado de rechazo a su religión en territorio español.
Así se lo hizo saber a Ben su amigo Abdul Farûq, miembro de la Unión de Comunidades Islámicas de España. Desde luego, su nombre tampoco podía estar mejor elegido para las funciones que desempeñaba. En árabe, Abdul se traducía como «sirviente de Alah», y Farûq significaba «el que distingue la verdad de la falsedad».
—Para los inmigrantes musulmanes en España —dijo el árabe—, la religión constituye su primera seña de identidad. Es muy importante en su vida y se declaran practicantes de su fe en una proporción claramente mayor que los españoles de la suya.
—En efecto —confirmó Ben—. Hacen una evaluación positiva tanto de la sociedad y de las instituciones como del trato que reciben de ellas.
—La gran mayoría piensa que hoy, en España, somos bien acogidos, pero la vida del inmigrante no es fácil y menos cuando las diferencias religiosas y culturales con el país de acogida son tan grandes.
—Además, la situación económica reduce de forma considerable las posibilidades de encontrar un trabajo que facilite la integración. Y entonces surgen dudas sobre esas encuestas. Cada vez hay más gente que no se fía de esos datos.
Para evitar conflictos y salvaguardar la buena convivencia entre religiones en España, Ben, Samuel y Abdul llevaron a cabo por separado una selección de hackers cristianos, judíos y musulmanes. Los elegidos pasaron a formar parte de un grupo especializado en detectar determinados comentarios y contenidos en Internet. Dado que las tres religiones monoteístas creían en los ángeles, pensaron que la mejor denominación para ese equipo solo podía ser una: los Custodios.
El «Templario» y los «guardianes» de la paz y la verdad estaban en contacto permanente con el CNI debido a sus funciones extraoficiales. Desde ese momento, los agentes de la unidad dedicada al terrorismo internacional perteneciente al Centro Nacional de Inteligencia contaban con una ayuda inestimable. El seguimiento realizado por los Custodios iba a ser decisivo a la hora de identificar y localizar a un buen número de implicados y de resolver numerosas amenazas.
* * *
Ángela dejó atrás su etapa exhibicionista y empezó a colaborar en un periódico de tirada gratuita. Su incorporación coincidió con las acciones del 15-M, un movimiento ciudadano formado el 15 de mayo de 2011. El mundo se hizo eco de sus protestas pacíficas, solicitando una democracia más participativa alejada del bipartidismo y del dominio de bancos y corporaciones. Los «indignados» comenzaron a organizarse tras el establecimiento de centenares de acampadas en grandes plazas de ciudades españolas. A Ángela la desplazaron hasta la Puerta del Sol, en Madrid, para cubrir a pie de calle las novedades que se produjeran sobre el tema en tiempo real. Pronto se vio tan representada por lo que allí se decía, que no hubiese querido estar en ningún otro sitio. Y se quedó con ellos.
Enviaba sus crónicas por e-mail y se sentía una privilegiada por su doble condición de periodista e «indignada». Los participantes reclamaban un cambio en la política y la sociedad españolas al considerar que los partidos políticos ni les representaban ni tomaban medidas pensando en las necesidades de la población.
La prensa internacional relacionó desde el principio aquella protesta social, inédita desde la Transición, con la crisis económica española y sus derivados: elevada tasa de paro, precariedad laboral, congelación de los salarios, restricción del crédito… A ello se sumaban unas políticas de ajuste que suponían un gran recorte en el Estado del bienestar.
En sus crónicas, Ángela no solo informaba sobre lo que ocurría a cada instante. Hacía amplios reportajes en los que contaba con todo lujo de detalles las principales aspiraciones de los indignados, que también eran las suyas. El 15-M abogaba por acabar con los privilegios de la clase política. El movimiento canalizaba la decepción de la sociedad española con los políticos no solo por sus excesos —elevados salarios, jugosas jubilaciones, derecho a coche oficial, dietas—, sino sobre todo por el nivel de corrupción en el que estaban involucrados buena parte de ellos. Ángela no podía entender cómo alguien imputado judicialmente podía formar parte de una lista electoral.
Tras las elecciones, las protestas no desaparecieron del todo pero poco a poco fueron perdiendo fuerza. El bipartidismo seguía gozando de buena salud y las cosas quedaron más o menos como estaban. Sin embargo, la experiencia le había resultado muy útil a Ángela. Por una parte, descubrió que la unión de muchas personas podía llegar a conseguir casi todo lo que se propusieran. Por otra, sus reportajes le valieron un contrato de media jornada en su periódico a pesar de no haber obtenido aún el título en Periodismo.
Gracias al buen trabajo realizado durante todas las jornadas del 15-M, le encargaron hacer un seguimiento de lo que se había dado en llamar Primavera Árabe, una serie de alzamientos populares en los países árabes, principalmente del norte de África. Las revoluciones habían sido desde siempre muy numerosas en el mundo árabe, pero hasta ahora todas habían surgido de golpes de estado que daban paso a gobiernos autoritarios. En cambio, en los acontecimientos actuales se pedía un régimen democrático y mejorar las condiciones de vida de la gente. La crisis económica había sumido a los países norteafricanos en una pobreza aún más acuciante. La subida de precio de los alimentos y otros productos básicos provocó la hambruna en la población más pobre. Todo ello terminó sacando a la gente a la calle. Curiosamente, Túnez fue el primer país en manifestar su descontento a pesar de contar con el gobierno menos restrictivo. La inmolación de un joven tunecino fue el detonante. El ejército se puso del lado del pueblo y Ben Alí fue derrocado. A continuación, la plaza Tahrir de El Cairo se convirtió en el nuevo foco de las protestas y la población egipcia consiguió la caída de Mubarak. Tras Túnez y Egipto, el efecto contagio hizo lo propio trasladando las rebeliones a Yemen, Libia y Siria. El líder libio Gadafi había corrido la peor de las suertes hasta la fecha. El único que se mantenía en el poder y no daba ninguna muestra de flaqueza era el presidente sirio Bachar El Asad. Su represión contra las revueltas se había ganado la condena internacional. Según datos de la ONU, la cifra de muertos entre los contrarios al régimen se elevaba a diez mil.
Las nuevas tecnologías y las redes sociales estaban siendo determinantes en el desarrollo de las protestas y el cambio de la región. Sin plataformas como Al Yazira, Facebook, Twitter o YouTube, y sin el trabajo de los activistas hubiera sido imposible saber qué estaba ocurriendo durante las revueltas. En la Universidad, Ángela descubrió que tenía un don especial para la informática y decidió sacar partido de ello. Se le daba bien escribir, pero más aún rastrear la red en busca de alguna noticia interesante a la que dar forma posteriormente con su afilada pluma. Fue entonces cuando, por medio de un amigo, entró en contacto con Anonymous, un movimiento internacional de ciberactivistas que se denominaban así porque nunca revelaban su identidad. No pertenecían a ningún partido político, se repartían por todos los rincones del mundo y llevaban a cabo sus acciones tras someterlas a votación. Con su lema —El conocimiento es libre—, reivindicaban sus ciberataques contra páginas web de distintas entidades. Utilizaban como símbolo la careta que representaba al personaje histórico inglés Guy Fawkes, protagonista de la película V de Vendetta, una máscara que se convirtió en un conocido emblema al ser utilizada en algunas manifestaciones por parte de los «indignados». Ángela comulgaba con sus ideas y no tardó en colaborar con ellos. Su bautizo de fuego con los también llamados hacktivistas, por ser activistas y piratas informáticos al mismo tiempo, fueron los ataques a la web de la Santa Sede y al sistema informático de Radio Vaticano.
Ella era atea confesa y respetaba las creencias de todo el mundo, pero tampoco estaba de acuerdo con muchas de las cosas que pasaban en la Santa Sede. El grupo acusó al Vaticano de usar repetidores con una potencia que superaba ampliamente los límites permitidos por la ley para hacer que Radio Vaticano llegara a todos los rincones de la Tierra. Esto conllevaba, según ellos, exponer a la población que residía cerca de esos repetidores a ondas electromagnéticas de tanta intensidad que causaban graves enfermedades como leucemia y otros tipos de cáncer. En su blog italiano manifestaban que Anonymous había decidido atacar su sitio web en respuesta a las doctrinas que su organización extendía por todo el mundo. Les acusaban de quemar libros de incalculable valor histórico, de ejecutar a sus detractores a lo largo de los siglos y de negar teorías consideradas universalmente válidas. También les consideraban culpables de esclavizar a poblaciones enteras con el pretexto de su misión evangelizadora, de jugar un papel importante en la evasión y refugio de criminales de guerra nazis, y de permitir y encubrir abusos sexuales sobre menores por parte de un buen número de miembros del clero. Los reproches no quedaban ahí. Les recriminaban tener propiedades de valor incalculable, dirigir lucrativos negocios, disfrutar de incentivos fiscales o rechazar el preservativo o el aborto. Eso sí, matizaban que no era un ataque a la religión cristiana o a sus fieles, sino a la corrupta Iglesia Apostólica Romana.
A raíz de aquel ataque a la web vaticana, la intrépida periodista hizo amistad con varios hackers y, en vista de los resultados, se pusieron de acuerdo para formar un grupo al que llamaron The Hacker-Tracker, los «Piratas Rastreadores». Cada vez que uno de ellos necesitaba investigar algo, pedía ayuda a los demás. Su colaboración resultaba crucial.
Ángela terminó sus estudios y se licenció en Ciencias de la Información. A pesar de todo lo que estaba pasando, tenía suerte de vivir en España. Mucha suerte. Y si no, que se lo preguntaran a la periodista sudanesa que había sido condenada a recibir cuarenta latigazos por vestir pantalones en público, prenda considerada inmoral para una mujer por las leyes de ese país africano. Gracias a la presión internacional, le habían cambiado la pena por el pago de una multa, pero tras conocer la sentencia la periodista desafió a la justicia negándose a pagarla y fue ingresada en prisión. «Soy musulmana y cumplo las leyes, pero me pregunto en qué pasaje del Corán se prohíbe a las mujeres llevar pantalones», afirmó en una entrevista días antes de su condena. La valiente periodista se convirtió en un símbolo para las sudanesas. El mismo día del juicio la policía sudanesa disolvió una protesta llevada a cabo por unas doscientas personas, en su mayoría mujeres. Todas ellas vestían pantalones.
Tras varias entrevistas, Ángela dejó su periódico gratuito al conseguir trabajo como redactora en una publicación sensacionalista que no le entusiasmaba, pero allí le pagaban más y podía hacer algo con lo que disfrutaba al máximo: sacar a la luz muchos trapos sucios. Al menos, la prensa rosa —o amarilla, según se mire, para gustos los colores—, había cambiado mucho. En sus páginas ya no salían solo millonarios famosos en plena escapada romántica a la nieve o a lugares exóticos, ni bodorrios entre folklóricas y toreros. Ni tan siquiera supuestas fotos robadas a modelos o actrices haciendo top-less en playas paradisíacas. Las revistas del corazón se habían transformado en folletines de hígados y criadillas. Ahora, sus portadas llamaban mucho más la atención del público mostrando a banqueros o políticos corruptos entrando en los tribunales de justicia, deportistas dopados, maltratadores, niños desaparecidos, monjas «roba-bebés» y hasta mandatarios de países en crisis pillados en plena orgía o participando en cacerías financiadas por magnates del petróleo.
En medio de semejante fauna, Ángela se movía como pez en el agua. Sobre todo porque tenía un secreto que le proporcionaba una sustancial ventaja con respecto a sus compañeros de redacción. Nadie sabía que era una consumada hacker. Siempre se las ingeniaba para destapar las mayores corruptelas de la clase política, los detalles más morbosos o escabrosos de una relación adúltera entre personajes siempre de sobra conocidos, o los entresijos más sórdidos de algún tema de actualidad.
La principal causa de los escándalos era el alto número de cargos de designación política en las instituciones nacionales, autonómicas y locales. Sorprendentemente, esto se llevaba ya produciendo desde hacía años en democracias capitalistas avanzadas como Italia, Francia, Portugal o España, pero parecía más propio de regímenes autoritarios en vías de desarrollo. Gracias a sus habilidades informáticas, se dedicó a investigar la mala administración pública en sitios concretos, el enriquecimiento de pequeños grupos empresariales y el destino de recursos estatales que impedían la prestación de servicios públicos básicos.
En su primer año como periodista, Ángela sacó a la luz más de treinta casos que abarcaban prácticamente todo el amplio abanico de la corrupción en nuestro país: prevaricación, malversación de fondos, cohecho, especulación inmobiliaria, recalificación de terrenos, etc. Sus jefes se preguntaban cómo lo conseguía, pero siempre esperaban hasta el último momento para el cierre de la edición por si ella se presentaba con algún nuevo dato: un informe, una firma, facturas, reservas de hoteles o viajes, fotos... O quizá algo que permitiera destapar otro bombazo tipo Gürtel. Todo valía para descubrir la verdad. Y para aumentar la tirada. Hasta que un día, a Ángela la pusieron de patitas en la calle. Parece ser que investigó a quien no debía y eso le costó el puesto. No tenía mucho sentido. ¿La echaban de una empresa por airear los trapos sucios de los demás, cuando esa empresa se dedicaba precisamente a ello?
El director no debía ser consciente de lo que había hecho. Ella pasó de investigar para él a investigarle a él. Pronto ató cabos y tiró de la manta. El negocio no podía ser más redondo. La publicación pertenecía a un holding compuesto por todo tipo de negocios, sucios todos ellos, y denunciaba los ajenos para que nadie reparara en los propios. Despedir a Ángela fue su sentencia de muerte. Su último trabajo para la revista fue hacer que la cerraran.
El olfato y el buen tino de la periodista no pasaron desapercibidos para los grandes periódicos del país. Uno de ellos la contrató para seguir investigando corruptelas. Quedaban muchas por destapar y ella se había convertido en toda una especialista. En pocos días, el director del nuevo periódico de Ángela comprobó que no se había equivocado al incluirla en su plantilla cuando ella destapó un caso de soborno, extorsión y tráfico de influencias en la adjudicación de contratos públicos en concursos de gestión por parte de varios ayuntamientos.
Cuando le encargaron entrevistar a un exorcista, Ángela pensó que le había tocado la lotería. «Por fin alguien interesante, para variar», se dijo. Debía ser una persona muy especial para dedicarse a semejante labor. No dudó en comprobarlo por sí misma y decidió investigarle un poco antes del encuentro. Al instante, descubrió su blog. Comenzó a leerlo y le atrapó desde la primera línea. Aquel hombre era sacerdote, pero no le temblaba el pulso a la hora de hablar de religión, de sociedad, de política, o de lo que hiciera falta. Ni de poner a caldo a cualquiera si realmente lo merecía.
Le hizo mucha gracia lo que el sacerdote había escrito sobre las reliquias. Para una persona como ella, convencida de su ateísmo, ese tema no podía considerarse más que como algo propio de fanáticos. Gente que no quiere dar su brazo a torcer con respecto a huesos u otros objetos sobre los que resulta imposible averiguar a quién habían pertenecido. Para Ángela, creer sin razonar era sinónimo de fanatismo. Un creyente nunca se cuestionaría la autenticidad de una reliquia. Se limitaba a creer en ella, admirarla y venerarla. No podía entender por qué para ellos dudar era de ignorantes, pero la Iglesia necesitaba fieles totalmente entregados en cuerpo y alma, no personas inteligentes que se plantearan nada.
En las curaciones milagrosas, por ejemplo, se daba por supuesto que si el paciente no mejoraba no era por culpa del sanador o de los falsos remedios suministrados, sino por la falta de fe del enfermo. Para que los poderes de las reliquias religiosas tuvieran la capacidad de influir en un creyente, lo primero que este debía asimilar es que no eran lo que veía, sino algo superior, sagrado, que no se apreciaba a simple vista. ¿Cómo si no, después de probar científicamente que los supuestos huesos de Juana de Arco eran de un gato, continuaban siendo venerados hoy?
La propia Iglesia no se terminaba de pronunciar sobre la Síndone, la famosa Sábana Santa de Turín. Muchos fieles la veneraban desde hace siglos como la tela con la que se amortajó a Cristo. Por supuesto, nadie estaba obligado a creer en su autenticidad, pero el hecho de que la Iglesia católica no fuera concluyente sobre el tema, sembraba aún más dudas. En cualquier caso, la fe cristiana se basaba en la resurrección de un judío, el llamado Hijo de Dios, y no en una sábana de lino, por mucho que esta hubiera sido utilizada para su enterramiento. De lo que no cabía ninguna duda era que, con casos como el de la Síndone, la Iglesia conseguía una notoriedad insuperable.
A Ángela nadie le podía quitar de la cabeza que la historia del fanatismo era una historia de odio. El enfrentamiento entre el Islam y el cristianismo tenía siglos y siglos de antigüedad, pero desde el fin de la Guerra Fría y especialmente a partir del 11 de septiembre de 2001, los recelos de los occidentales frente al Islam y los deseos de venganza en el mundo musulmán con respecto a Occidente habían crecido. Hasta finales de los ochenta, la religión parecía algo en franca decadencia, pero en los noventa, con el fin de la política de bloques y del control de las grandes potencias, muchas sociedades buscaron refugio en ella.
En Estados Unidos, grupos religiosos conservadores tan arraigados como los evangélicos comenzaron a levantar su voz. Rechazaban el aborto, condenaban a los homosexuales y clamaban contra la igualdad de la mujer.
En el mundo musulmán, algunos líderes religiosos aprovecharon ese renacimiento para ganar apoyo social proclamando guerras contra gobernantes corruptos y contra EE.UU., el heredero del colonialismo.
Estadounidenses, europeos y árabes radicales se ocupaban así de calentar el ambiente con regularidad. Odios y resentimientos resurgían una y otra vez de sus cenizas. La opinión de intelectuales y políticos, más que invitar al diálogo, producía el efecto contrario. Según ellos, el Islam era esencialmente violento y no compatible con la democracia.
De todo ello hablaba sin tapujos aquel sacerdote. A medida que leía sus artículos, la admiración de la periodista iba en aumento. En uno de ellos, aquel hombre se dirigía al mismísimo Papa y le reprochaba no tomar medidas en el asunto de los casos de pederastia. ¡Y a los pocos días, el sumo pontífice pedía perdón en nombre de la Iglesia y condenaba dichos casos! ¿Quién podía ser tan osado y conseguir algo semejante?
Aún tenía que llegar a algo que le había tocado muy de cerca. Leyó con mucho interés una de sus más recientes publicaciones en aquel blog, «LOS MUY DIGNOS INDIGNADOS», donde opinaba precisamente del movimiento 15-M:
«¿A quién puede sorprender que, en plena campaña electoral, un nutrido grupo de gente indignada e insatisfecha haya irrumpido en escena y haya quitado el protagonismo a los partidos políticos? Desde luego, razones no les faltan. La principal, un veinte por ciento de paro en la población y más de un cuarenta por ciento de paro juvenil. Pero no la única. ¿Cómo no mostrarse desencantados con una clase política incapaz de ofrecer propuestas atractivas a su electorado y plagada de dirigentes que no muestran ningún reparo en incluir en sus listas electorales a imputados en casos de corrupción?
Toda una generación se ha rebelado ante un modelo económico obsoleto, el inaceptable nivel de desempleo y la dictadura del bipartidismo que parece no tener fin. Las nuevas tecnologías han estado y están de parte de estos muy dignos indignados. Su forma de rebeldía les ha llevado no solo a protestar en calles y plazas, sino a compartir esas protestas a través de las redes sociales. ¿Acaso importa que sean desalojados de sus concentraciones en espacios urbanos, cuando su verdadera concentración está en el ciberespacio? Sus reivindicaciones han ido fraguándose a nivel real y creciendo a nivel virtual. Ahí es donde radica su fuerza.
Probablemente, este movimiento permanecerá latente tras las elecciones, pero no desaparecerá. Esperarán respuesta a los problemas planteados y, si no la hay, despertarán con más fuerza. Y tarde o temprano, serán los políticos quienes caigan en sus redes».
Después de haber leído todo aquello, reconoció que ya le caía bien sin haberle conocido. Investigó un poco más y le resultó un personaje fascinante. Lo que no encontró en ninguna parte, fue una imagen suya. Normalmente, las personas a las que entrevistaba eran conocidas o las había visto en algún reportaje, pero de él no tenía ninguna referencia.
Había visualizado un sacerdote bajito, rechoncho y medio calvo. No sabía por qué. Simplemente se lo imaginaba así. Desde luego, no le había puesto ni la cara de Keanu Reeves en Constantine, ni la de Antonio Banderas en The Body. Pensaba en un hombre mayor, quizá más del estilo de Anthony Hopkins en The Rite.
Cuando lo tuvo ante ella, al principio sus ojos se dilataron y su corazón comenzó a latir muy deprisa. Luego, sin saber cómo ni por qué, sintió una gran paz en su interior. Nunca lo había visto antes, pero era como si le conociera desde siempre. También él sintió que estaba ante alguien especial. En ella vio un ser de luz. Le extendió su mano para recibirla y Ángela, sin más preámbulos, le dio un beso en la mejilla. Él sonrió y lo tomó como una muestra de confianza. Ambos se encontraron cómodos frente a frente. Ni el sacerdote estaba acostumbrado a la prensa, ni la periodista a realizar entrevistas sobre asuntos tan poco «terrenales», pero desde el primer momento la comunicación y algo más fluyó entre ellos. El reportaje fue todo un éxito. La tirada se agotó en los kioscos el mismo día de salir a la venta y se realizaron varias ediciones más. Qué ironías tiene la vida —pensaba—. No hace mucho tiempo, casi me vendía al mejor postor y ahora se me rifan. Ángela pasó a convertirse muy pronto en una reputada profesional dentro de su sector y empezaron a lloverle suculentas ofertas de distintos medios de comunicación que querían incorporarla a su plantilla a cualquier precio.
La segunda entrevista que Ángela le hizo al polifacético párroco fue también sobre los polémicos conflictos entre religiones. Sabía que la opinión de alguien como él no dejaría indiferente a nadie y esa vez tampoco se equivocó:




