- -
- 100%
- +
—¿Por qué tantos enfrentamientos a lo largo de la Historia, padre? ¿Tanto se diferencia una religión de otra?
—Todo lo contrario. Hay más semejanzas de las que pueda parecer.
—¿Por ejemplo?
—Las tres principales religiones coinciden en el monoteísmo, la creencia en un solo dios, y las tres se basan en textos sagrados: la Biblia, el Corán y la Torá.
—Y las tres tienen mediadores.
—Así es. El judaísmo tiene rabinos, el Islam tiene la figura del imán y los cristianos tenemos sacerdotes. Pero eso no es todo.
—¿Hay más coincidencias?
—Muchas más. Las tres creen en el Cielo y en el Infierno, en ángeles y demonios, en el ayuno como forma de expiación, en el pecado...
—¿Ha dicho ángeles y demonios? ¿En las tres?
—Sí, la existencia de entidades maléficas y contrarias a un Dios benevolente es compartida tanto por el cristianismo como por el Islam. Pero como ambas religiones son monoteístas, dichas entidades no pueden equipararse con Dios.
—¿Y el judaísmo?
—El judaísmo llega aún más lejos. Tiene varias corrientes y algunas de ellas consideran incluso idolatría la creencia en un ser maligno.
—Son muchos paralelismos.
—Si examina con atención el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, encontrará numerosos personajes y eventos que aparecen tanto en la Biblia como en la Torá judía. Al leerlos, verá nombres como Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús, Juan Bautista...
—Los mismos protagonistas...
—Todos no, pero muchos de ellos sí. Y si hablamos de pasajes concretos, le llamará la atención que se narren en los distintos libros acontecimientos como el Diluvio, el Éxodo, la tentación de Cristo... Las similitudes son tantas que podrían llenar cientos de páginas.
—Ahora comprendo por qué durante un tiempo se habló de la buena convivencia entre las tres culturas.
—No, no se equivoque. Eso es un mito.
—¿Un mito? ¿Quiere decir que eso fue mentira?
—Sí, solo fue una invención. Desde la invasión del Islam en el siglo VIII hasta su expulsión en el siglo XV por los Reyes Católicos, la historia de la Edad Media en España se centra en las luchas entre cristianos y musulmanes para controlar los territorios que los reyes godos perdieron por culpa de su mala gestión.
—Además, España no participó en las Cruzadas, ¿no?
—No. El Papa Urbano II se lo prohibió. Pidió a los españoles que centraran sus esfuerzos en reconquistar sus propios territorios.
—Y así lo hicieron.
—Sí. En la Alta Edad Media solo la guerra defensiva se consideraba justa, pero ese concepto cambió con la Reconquista española. De hecho, la Reconquista de la Península Ibérica fue un modelo ejemplar para las Cruzadas. Urbano había declarado la necesidad de luchar para liberar a los cristianos orientales y a Jerusalén. Pero desde su punto de vista, si tenías al «enemigo» en casa, debías quedarte para expulsarlo.
—Pero, entonces, ¿lo de Alfonso X el Sabio también es un mito?
—Bueno, es cierto que Alfonso X fundó la Escuela de Traductores de Toledo y la Escuela de latín y árabe de Sevilla. Y también que en ellas reunió a profesores e intelectuales de las tres religiones. Pero sus razones para tener colaboradores musulmanes eran más bien pragmáticas.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que esas colaboraciones no fueron precisamente un intercambio cultural ni religioso. Lo dispuso así para conocer algunas ciencias.
—¿Se refiere a la Medicina?
—Sí, entre otras. No era tonto y estaba al corriente de que los árabes tenían buenos médicos. ¿Por qué cree que le llamaban «el Sabio»?
—¡Vaya, nadie como usted para romper el encanto de una época!
—Digamos que soy realista.
—¿Y lo dice alguien que cree en algo que no se puede demostrar?
—¿Estamos cambiando de tema?
—Perdón, había olvidado que usted siempre responde a una pregunta incómoda con otra.
—¿La incomodo, señorita Rubio?
—Mejor volvamos al «tema».
—Pues no quiero desilusionarla, pero quizá haya oído decir que Alfonso X también mandó traducir el Corán al castellano.
—Y tampoco por razones interculturales, me temo.
—Teme usted bien. Lo único que pretendía con su traducción era conocerlo y refutarlo desde el cristianismo.
—Bueno, pero si colaboraban, eso significa que los musulmanes y los cristianos se entendían, ¿no?
—No. Quizá hubo una tolerancia relativa. Se soportaban, sí, pero está claro que no llegaron a entenderse nunca.
Cada vez que entrevistaba a Benedicto Santibáñez, la sensación de Ángela era la de estar sentada en un pupitre de la facultad escuchando absorta a un atractivo profesor que impartía sus conocimientos de forma interesante y amena. No podía negar que su trabajo le gustaba cada día más, pero aquel hombre empezaba a ser una verdadera adicción. Le atraía poderosamente. Desde luego, no era una chica tímida y hasta recordaba haberse excitado más de una vez fantaseando con la idea de flirtear con un cura, pero una cosa eran sus fantasías y otra tener al cura delante. Debía reconocer que él la ponía nerviosa, la seducía con su forma de ser, con su manera de hablar, la epataba... Pero también la intimidaba.
Después de aquella segunda entrevista y excusándose en tenerle localizado, se armó de valor y le pidió su número de móvil. Le hacía gracia recordar la anécdota:
—Padre, ¿podría darme su número de móvil para estar en contacto?
—Sí, por supuesto. Es el 666...
—¿En serio? —Ángela no pudo evitar una risotada.
—¿Qué...? ¡Ah, ya! Siempre le hace gracia a todo el mundo.
—El número de un exorcista no podía empezar de otra forma, ¿no? Por cierto, ¿por qué siempre se relaciona ese número con la «Bestia»... ?
—Bueno, mucho se ha contado sobre él a raíz del famoso versículo de la Biblia, pero pocos saben de dónde proviene.
—¿Y de dónde viene? —preguntó la periodista.
—El versículo del Libro del Apocalipsis termina diciendo: «Aquí se verá la sabiduría; el que entienda, calcule el número de la bestia, que es un número de hombre. Ese número es el seiscientos sesenta y seis.»
—Parece una adivinanza —dijo ella.
—Como si lo fuera. Durante siglos, se han dado las versiones más dispares de a quién podría corresponder esa cifra. La que se toma por más acertada corresponde a Nerón.
—¿El emperador romano?
—Sí. En el Apocalipsis se habla de una bestia surgida del mar. Es lógico suponer que se refería al ejército romano que desembarcó y ocupó aquellas tierras. Es probable que, cuando San Juan citó ese número, se refiriera al César Nerón. Los números romanos estaban basados en letras y cada número equivale a una letra determinada. En hebreo pasa algo similar. Los valores numéricos se basan en letras con un valor propio. Aplicando los números a las letras KSR NRON, la cifra resultante es 666.
—¿Y por qué ese significado negativo?
—El significado de los números estaría en función del sentido que los cristianos les daban en aquella época, influenciado a su vez por el que les aplicaban los judíos. El seis denotaba imperfección, pues le faltaba uno para llegar a la cifra perfecta.
—¡El siete!
—Sí. Para los judíos, el número siete representaba la perfección. Por tanto, el «666» era la imperfección llevada al extremo.
—¿Y por eso es el «número del Mal»... ?
—Así es. Y aunque solo se afirma tres veces en la Biblia como maligno, se convirtió en el símbolo secreto de los antiguos misterios paganos relacionados con la adoración al Diablo. El «666» marca la culminación de la oposición del hombre a Dios en la persona del Anticristo.
—Pero todo eso parece pura superstición —alegó Ángela.
—Puede ser. Pero, ¿qué me dirías si te cuento que el antiguo imperio asirio duró exactamente 666 años antes de ser conquistado por Babilonia?
—¡Que fue una casualidad!
—¿Y si añado que el imperio romano gobernó en Jerusalén también 666 años, desde la batalla de Accio, en el año 31 a.C. hasta la conquista sarracena en el 636 d.C...? ¿También te parece casual?
—Al final voy a volverme supersticiosa yo también. Pero antes decía que pocos saben realmente de dónde proviene esa cifra. ¿Es anterior a esa época?
—Verás... El número como tal no tiene un origen claro. Para los egipcios, el enigmático «666» evoca el nombre secreto de Amón-Ra, llamado «Señor de los dos cuernos», que permitía ejercer a quien lo conociera una parte del mágico poder de la divinidad.
—¿Señor de los dos cuernos? Entonces, ¿el símbolo del macho cabrío como símbolo diabólico viene de los egipcios?
—Sí y no. El «666» recuerda a aquellas esfinges egipcias con cabeza de carnero y cuerpo de león que flanqueaban las avenidas ceremoniales de los templos, como representación de Amón-Ra, dios supremo de Egipto. Los egipcios adoraban tanto a los dioses de la Luz como a los de las sombras.
—¡Claro! Ra era el dios del Sol y Anubis, el de los muertos.
—A Amón se le representaba mediante una cabeza de carnero. Hasta la Edad Media, durante el Románico, no comienzan las representaciones del carnero con cuernos enroscados en espiral. Pero eso fue más adelante. Lo que me preguntas tiene su origen en las prácticas religiosas de Babilonia en los tiempos del profeta Daniel. Los sacerdotes babilónicos promovieron la adoración de dioses asociados con el Sol, la Luna, los planetas y ciertas estrellas relacionadas con la práctica de la astrología. Contaban con 37 dioses supremos. Uno de ellos, asociado al Sol, primaba sobre los demás. Ellos pensaban que los números tenían poder sobre los dioses que adoraban. Asignaron números a cada uno de sus dioses con el fin de tener poder sobre ellos. Luego sumaron los números de cada dios, del 1 al 36. La suma de los números totalizaba 666, el número asignado al dios Sol.
—Pero entonces, para ellos no era un mal número, ¿no?
—Déjame acabar —prosiguió él—. Los babilonios temían mucho a sus dioses y pensaban que alguno de ellos podría destruirlos algún día, así que hicieron amuletos con una matriz de los números ordenada en un cuadro de 6 por 6, del 1 al 36. Para incrementar el poder de esos amuletos, ordenaron los números de tal manera que al ser sumados en filas o columnas, siempre totalizaban 111. Por tanto, la suma total de las 6 columnas y las 6 filas sumaban 666. Inscribían estos números en una pequeña tablilla de barro que luego colgaban en sus cuellos para sentirse protegidos. Los romanos también practicaban esta creencia. Y tanto babilonios como romanos tuvieron esclavos judíos.
—¡Ah! Ahora lo entiendo —exclamó ella—. Fueron los judíos y los cristianos quienes, a partir del sometimiento de unos y la persecución de otros, le dieron el significado negativo a la dichosa cifra.
—Sí. San Juan tomó la cifra de Daniel, que a su vez la tomó de babilonios y egipcios. De todas formas, ten cuidado con tus supersticiones.
—¿Por qué lo dice?
—Hay gente que padece trihexafobia.
—¿Fobia al triple seis? ¿Eso es una enfermedad?
—Digamos que es un miedo irracional al número «666». Se caracteriza por el rechazo a cualquier cosa que pueda estar relacionada con esa cifra. El caso más famoso es el de Ronald Reagan y su esposa, Nancy.
—A los presidentes norteamericanos les pasa de todo —dijo ella.
—Una vez aparecieron en las noticias porque habían comprado una casa cuyo número era precisamente ese. Según parece, solucionaron el problema cambiándolo por «668».
—No sabía que tres simples dígitos dieran tanto de sí.
—Pues dan para eso y más. ¿Tampoco has oído que se relacionan con la «World Wide Web», las tres «W» de Internet?
—¡No se salva ni la Red! ¿Y de dónde viene esa relación tan absurda?
—Pues aunque te parezca imposible, la idea también parte del Libro del Apocalipsis. En un pasaje se dice que, en el futuro, nadie podrá comprar ni vender si no es con el número de la Bestia. Y ya sabes que el comercio electrónico está cada vez más extendido a través de la Red.
—Bueno, eso puede hasta tener su lógica. Para mucha gente, Internet ya es de por sí algo «maligno» que pervierte al que entra allí —dijo con sorna la periodista.
Sin esperarlo, los acontecimientos iban a proporcionar a la periodista una larga relación con su idolatrado sacerdote. Él conocía sus artimañas como hacker y la llamó en varias ocasiones para pedirle su colaboración. En todas y cada una de esas ocasiones comprobó que la joven e intrépida periodista era muy buena en ese aspecto. Siempre obtenía la información necesaria para documentar un tema o el dato preciso que se estaba buscando.
No hacía mucho tiempo que un sacerdote estadounidense fue noticia por revelar públicamente que, en su labor de exorcista, «había traspasado los límites de la castidad» con una mujer. Ahora, las quejas parecían apuntar a un hipotético exorcista español que abusaba de mujeres supuestamente poseídas durante las sesiones, pero no había pruebas suficientes para inculparle. Benedicto pidió ayuda a Ángela y ella resolvió el caso en menos de tres días. Como buena hacker, accedió al disco duro del ordenador del pretendido abusador con la acertada sospecha de que, además, grababa sus exorcismos. Consiguió dos vídeos del interfecto con las manos en la masa. En las imágenes se veía cómo el sacerdote pedía a las mujeres que se quedasen en ropa interior «para sentir más de cerca al Maligno» y acto seguido colocaba sin pudor las manos en sus pechos y en su pubis mientras se santiguaba y rezaba. En uno de los vídeos, el oficiante le practicaba incluso el «boca a boca» a la posesa asegurándole que aquello era «el aliento del Señor». Con pruebas tan irrefutables, el exorcista fue cesado de sus labores por el obispo de su diócesis.
Por si fuera poco, los últimos reportajes habían hecho aumentar espectacularmente las ventas de la revista en la que trabajaba Ángela. La dirección de la misma decidió hacer una oferta al sacerdote para colaborar con ellos en una serie de artículos sobre algo de lo que había hablado recientemente en su blog: el fanatismo religioso.
Al principio, Benedicto declinó amablemente la oferta, pero luego pensó que tampoco había tanta diferencia entre escribir un blog y hacerlo en la columna semanal de una revista que había triplicado en pocos meses su número de lectores. Además, podía compaginar ambas cosas, así que finalmente decidió aceptar.
Como no podía ser de otro modo, su primer artículo volvió a levantar ampollas en la Santa Sede. Máxime cuando decidió bautizar su nuevo espacio editorial con el nombre de «El Baldaquino», en honor al templete formado por cuatro columnas destinado a cobijar el altar de una iglesia cuando este tiene una posición aislada. Y obviamente, el baldaquino más famoso era el de San Pedro del Vaticano.
La columna con la que inauguraba dicha sección versaba sobre la primera Cruzada. El titular hacía presagiar lo peor: «¿DIOS LO QUISO?». El texto echó más leña al fuego:
«Sin duda, Odón de Lagery era un hombre elocuente. De ello dio fe, como buen Papa, el último día del Concilio de Clermont que él mismo había convocado. Urbano II, el pontífice número 159 de la Iglesia católica, arengaba a los presentes aquel 27 de noviembre de 1095 exhortándoles a marchar contra los infieles. En teoría, se trataba de un sínodo mixto al que acudieron más de trescientos eclesiásticos, entre arzobispos, obispos y abades, así como miles de nobles y caballeros, con el fin de comunicarles la llamada de auxilio del emperador bizantino Alejo I, que solicitaba desesperadamente ayuda militar contra los turcos selyúcidas. Pero eso solo era el pretexto.
El Concilio, planteado en principio para debatir tal cuestión y garantizar el apoyo a los bizantinos, fue utilizado astutamente por Urbano. El sumo pontífice ya había concebido la idea de arrebatar Jerusalén a los turcos y, valiéndose de su don para la oratoria, hizo un auténtico llamamiento a la Guerra Santa que los allí reunidos escuchaban totalmente enfervorizados.
El discurso de Urbano II surtió el efecto deseado tras promulgar una indulgencia, prometiendo el perdón de los pecados y la recompensa de fértiles tierras y riquezas para todo aquel que participase movido por su devoción a Dios.
Como colofón, preguntó a los asistentes si pondrían su espada al servicio de Dios. Todos respondieron al unísono con un grito que se convirtió posteriormente en su lema: «¡Dios lo quiere!». Las Cruzadas habían comenzado. Pero… ¿realmente Dios lo quiso?».
Desde aquellas entrevistas, ella siempre encontraba una excusa para encontrarse con él. A veces, le llamaba para pedirle ayuda o consejo sobre algún artículo o reportaje que estaba escribiendo y que trataba sobre temas relacionados con la Iglesia. Otras, le pedía información de primera mano sobre asuntos religiosos. Él viajaba a menudo a Madrid y, cuando lo hacía, quedaban a comer o a tomar café y se ponían al día. Empezaron a tutearse. Ella le llamaba Ben y él la llamaba Angie.
Cuando le contó que su hermano fue una de las víctimas del 11-M y, mientras lo relataba, no vio secuelas de odio en sus ojos, Benedicto supo que podía confiar en ella. «No tengo nada en contra de los musulmanes» —le dijo la reportera—, «pero sí de los terroristas.»
Cuando él le confesó que era descendiente de un templario, Ángela hizo alguna broma al respecto, pero también comprendió que era un hombre de ley. En la Universidad había hecho un trabajo sobre ellos y sabía el significado de que un miles Templi o soldado del Temple diera su palabra. Aquel hombre no era ya realmente uno de aquellos monjes, aunque sin lugar a dudas sí era todo un caballero.
Poco a poco, Ángela fue descubriendo dos cosas: la primera, que distaba mucho de ser tan solo un párroco poco corriente ya que tenía más ocupaciones de lo que sus feligreses podrían suponer; y la segunda, que no sabía ni cómo ni por qué, pero aquel hombre empezaba a ejercer sobre ella una atracción similar a la que los ídolos mediáticos producían en las fans adolescentes.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.




