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Él no era un matemático, pero conocía sus rudimentos como buen ingeniero. Hasta ahí llegó. No progresó más en eso, simplemente porque no le interesó. Tampoco hubo más posibilidades, así que se dedicó por completo a la música. Yo seguí más allá, soy un matemático, esa es mi vida. Mi padre hizo de la música su vida, con altos y bajos.
A mi papá lo conocí mejor como adulto, siendo yo un hombre ya formado. Entre 1970 y 1974 viví en su casa de la calle Manuel de Salas en Ñuñoa. Fue una relación muy buena. Él me admiraba porque se dio cuenta de que yo era bueno en mis estudios de ingeniería. A la escuela entraban del orden de 400 jóvenes a primer año. A mí me costó entrar. Fui de los últimos, porque en el colegio era flojo. Pero ya una vez dentro, debo haber estado en cuanto a notas entre el 5% de los mejores. Mi papá respetaba eso y era un punto de unión entre nosotros. Y lo otro que nos unió fue el ajedrez, teníamos un tablero y, ocasionalmente, nos echábamos una partida de esas que duran de 2 a 3 horas. A veces, ganaba él; a veces, ganaba yo. Cuando uno de los dos ganaba, no daba la revancha, tenía que rogarle al otro, porque sabía perfectamente que había ganado, pero que en un par de semanas le tocaría perder. Lo que sucede con el ajedrez es que es otro lenguaje abstracto. Mucho más acotado que las matemáticas. Tiene particularidades, reglas que tienes que seguir estrictamente y, según ellas, cuando se enfrentan dos jugadores emerge algo que es la partida que tú estás jugando.
No sé de dónde le vino a mi papá el amor por el ajedrez. Nunca lo averigüé. En mi caso, fue porque en Antofagasta el Club de Aficionados al Ajedrez quedaba a una cuadra de mi casa. Cuando volvía del colegio, pasaba por ahí y me terminé entusiasmando. Era un niño, tenía 10 o 12 años. Me enseñaba un amigo mayor que vivía en el barrio y toda la gente de ese círculo de ajedrez. Entonces, como no me bastó con que me enseñaran las movidas, le dije a mi mamá que me consiguiera libros de ajedrez y esas fueron mis lecturas.
El ajedrez tiene una notación. Aprendí a jugar, a reproducir las partidas del tablero, al punto que llegué a ser campeón infantil de Antofagasta. No me acuerdo cuál era su nombre de pila, pero su apellido era Letelier y era el campeón de Chile. Jugué con él en una partida simultánea como de 15 jugadores contra él. Nunca había estado tan concentrado. Mi cerebro era ese tablero, vivía adentro de él. Me dolía la cabeza de tensión, era muy chico, pero sentía que me iba a reventar. Y le gané. Ha sido uno de los lindos momentos de mi vida. Y en ese momento aparece otra cosa que heredé de mis padres: el amor al reconocimiento público. Todos tenemos un ego. Para mí, es espontáneo, porque con una madre actriz y un padre artista, exponerme frente al público y que me aplaudan es del todo natural.
Teníamos una manera de relacionarnos muy buena con mi padre. Le tenía cariño de hijo, admiración. Era un tipo de gran talento, que en un entorno distinto habría destacado mucho más. Imagínate, era de Antofagasta y tenía un talento artístico y matemático muy desarrollados, habría sido un excelente ingeniero, hubiera podido ser lo que se hubiera propuesto.
un estudiante al ritmo de la música
Daniça
A los 15 años mi papá terminó el colegio. De forma paralela, se había convertido en ajedrecista e incluso había construido su propio bote a mano. Ya entonces destacaba su capacidad de liderazgo y su persistencia obsesiva por el logro, por el sentido de propósito de las cosas. Ese fue el sello de su vida.
Partió a Santiago, prácticamente, de pantalón corto. Tenía 16 años cuando llegó a la Escuela de Ingeniería, en 1933. Eligió la carrera de ingeniería porque simplemente era genial, tenía una visión en tres dimensiones de las cosas del mundo. Era un inventor, un creador que volcó su vida a la música, pero podía crear cualquier cosa, máquinas, sistemas, modelos, autos. Por ejemplo, inventó un sistema para abrir el portón de la casa sobre la base de poleas, contrapesos y contactos magnéticos, nada electrónico. En mi casa había una puerta que se abría sola cuando apretabas un botón, sonaba una alarma y pasaban cosas. En ese sentido, era un Giro Sintornillos.
En la Escuela de Ingeniería fue un alumno destacado. Entre tanto, sobrevino la crisis económica de los 30 y toda mi familia de Antofagasta quebró, remataron el hotel y emigraron a Santiago, a una casa gigantesca en la calle Ejército. Mi papá, por su parte, se fue a la casa de mi tía María Goles cerca de la Plaza Brasil.
Su paso por la Escuela de Ingeniería está llena de historias que se han convertido en leyendas familiares, muchas de las cuales me las contó mi papá y eran tema de sobremesa en casa. Lo que pasó fue que mientras estudiaba ingeniería, comenzó a atraerle la bohemia y, aunque iba poco a clases, tenía tanta habilidad que no afectaba su rendimiento, le iba increíble. Entre las anécdotas, recuerdo una en la que tenía que dar una prueba de uno de los ramos difíciles de ingeniería. Pero luego de un carrete tocando música, se quedó dormido y no llegó a dar la prueba. El profesor, que era uno de los terrores de la escuela en ese momento, y en vista de que mi papá no apareció, dijo que no merecía nota. Pero mi papá fue y lo enfrentó. Era su estilo, la confrontación. Y lo hizo con una estrategia: terminó desafiando al profesor con que no valía la pena rendir su prueba, porque era tan básico lo que enseñaba en su curso que no tenía sentido evaluar si lo había aprendido, porque era obvio. El profesor enganchó en la disputa y aceptó una contienda. Entonces lo desafió a una partida de ajedrez, si ganaba aprobaba el ramo de forma automática. La partida se jugó en uno de los grandes salones del edificio de calle Beauchef. Concurrieron desde sus compañeros de primer año hasta los titulados, fue una partida de varias horas en la que finalmente mi papá ganó y salvó el semestre.
La música siempre estaba presente y se transformó en un nuevo desafío cuando llegó la fiesta de la primavera. En esa época, los estudiantes hacían todos los años fiestas de la primavera. En segundo y tercer año de su carrera de ingeniería, mi papá participó con sus amigos en la construcción y diseño de los carros alegóricos. Uno de esos carros de ingeniería representaba la muerte y tenía la forma de una calavera. Los estudiantes del pedagógico, que eran en su mayoría mujeres, armaron un coro, un grupo musical de mujeres. Para hacer la contraparte y para ir a conquistar, los estudiantes de ingeniería formaron un grupo de cuerdas para competir con los alumnos y alumnas del pedagógico. Y es así como crearon Los Estudiantes Rítmicos, al que se integraron también jóvenes de las carreras de medicina y de construcción. Definieron su estilo por lo que estaba de moda en esa época, el foxtrot. Y siguieron tocando por entretención hasta transformarse en un número fijo de los eventos universitarios.
En el peak de Los Estudiantes Rítmicos apareció en la vida de Goles Mercedes Chacc, la mamá de Eric. Ella vino a Santiago a presentarle sus creaciones musicales al presidente de la sociedad de autores. Quería pedirle su opinión, lo que era como ir a pedir la bendición al Papa, así se conocieron y engancharon. Debe haber sido por allá en 1950. Pero la Meche volvió a Antofagasta y mi papá se enteró de que estaba embarazada. Entonces, mi nona, que era una matriarca dura, muy dura, le dice a Goles: tienes que casarte, porque ese niño es tu responsabilidad y tienes que hacerte cargo. Y se casó. La verdad es que ellos nunca tuvieron una relación permanente. Pero lo intentaron. Cuando nació Eric, la Meche se vino a Santiago a la casa de mis abuelos, pero no funcionó. A Eric lo conocí cuando yo tenía siete años y él se vino a Santiago a estudiar ingeniería.
Mi hermana Pamela vivía con mi nona Elena, pero iba todos los fines de semana a mi casa. Mi nona nunca quiso que Pamela viviera con su madre; y como era la matriarca dura, se las arregló para que así fuera. Lily Fabres, la mamá de Pamela, era cantante, sencillamente hermosa, cantaba en una radio y también tenía una vida muy bohemia. Por eso, apenas Pamela creció un poquito, mi nona le ofreció a Lily criarla. Y yo creo que lo hizo fantástico, la convirtió en una gran mujer. Pamela se fue de la casa a los 18 años en contra de la opinión de mi papá. Se fue a estudiar inglés en Estados Unidos y vivió allí cuarenta y tantos años.
Nosotros siempre hemos sido tres hermanos. Nunca nos importó quién era la madre de cada uno. Pero tal vez yo fui la única que tuvo la ventaja de vivir con Goles durante 30 años.
capítulo ii
la música
Goles y sus Estudiantes Rítmicos
Juan Pablo González[1]
Conocí a José Goles en 1976, cuando tuve que realizar un trabajo sobre la presencia en Santiago de músicas de otros lugares del mundo como parte de mis estudios de musicología en la Universidad de Chile. Por ese entonces, no eran demasiadas las músicas del mundo que sonaban en Chile y menos como prácticas musicales activas. La migración era mínima y solamente se podía recurrir a alguna embajada para intentar tomar contacto con un extranjero residente que tuviera instrumentos de su país y los tocara. Normalmente, dichos instrumentos resultaban totalmente exóticos para nuestros oídos occidentalizados.
Sin embargo, existía una excepción de la que no recuerdo bien cómo me enteré. Había un músico de ascendencia croata en Santiago que había utilizado instrumentos folclóricos de su nación, mezclándolos con instrumentos de estudiantina y de las orquestas de música bailable de los años 40. Todo esto para hacer una música original que, si bien no era folclor croata propiamente tal, constituía una temprana muestra de la fusión que marcaría tan fuertemente el destino de la música chilena a partir de las mezclas de Violeta Parra y de todo lo que vendría después. Se trataba de José Goles Radnic y de su orquesta Los Estudiantes Rítmicos (1939-1974).
De este modo, si bien mi trabajo sobre las músicas del mundo practicadas en Santiago no fue lo que la profesora María Ester Grebe exactamente nos pidió, al menos me permitió conocer al maestro Goles de cerca y solo a los pocos años de que cesara la actividad de su particular y exitosa agrupación. José Goles me recibió muy cordialmente, como era su costumbre, y me mostró algunos de los instrumentos de cuerda de la familia de la tamburitza, que formaban parte de Los Estudiantes Rítmicos. Si bien la agrupación no se dedicaba a la música de la ex Yugoslavia, la sola presencia de estos instrumentos en Santiago, bien conservados y afinados, bastaba para nutrir mi indagación y afortunadamente la profesora Grebe lo entendió así.
José Goles había sido un testigo y un actor privilegiado del intenso desarrollo experimentado por la música y la industria en Chile durante el siglo XX, con la consecuente necesidad que nacerá en él de avanzar en la protección de la labor de los músicos y de sus derechos autorales. Como hijo de inmigrantes croatas que habían instalado un hotel en Antofagasta, desde pequeño pudo conocer de cerca las estrellas del mundo de la música y del espectáculo que circulaban por el hotel, despertando su pasión por la música y por la escena.
Si bien sus estudios universitarios no fueron en música, sino en ingeniería, fue justamente en el ámbito estudiantil donde pudo volcar de manera más sistemática su pasión artística, organizando con sus compañeros de la Universidad de Chile humoradas musicales, veladas bufas y actividades para las fiestas de la primavera, celebradas masivamente en el país hasta los años 60. Ese impulso fue el que desembocó en la creación de Los Estudiantes Rítmicos en 1939, una pequeña orquesta donde se mezclaban instrumentos de distintas tradiciones. No era extraño que se formara una agrupación musical de estudiantes donde cada uno llevara el instrumento que lograba conseguir o que podía tocar. La heterogeneidad instrumental de Los Estudiantes Rítmicos surge, entonces, de esa espontaneidad estudiantil para hacer música, en la que los recursos propios se ponen al servicio de una causa común.
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