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—¡Pendejo! —gritó Luz. Gil había puesto en riesgo el anonimato de ambos como pareja de trabajo, fuera de su territorio Luz sabía que corría riesgo de vida, alguien de otro cártel podría intentar eliminarla.
En Mexicali se movieron cada quien por su cuenta. La idea era verse en el departamento de San Isidro. Luz se entrevistó con algunos contactos en el Centro Cívico de la capital del Estado y Gil tomó un autobús esa misma mañana para adelantar «algo» en Tijuana. Luz lo citó en San Isidro al día siguiente por la tarde.
Diez a la media noche, se abrió violentamente la puerta de su habitación del hotel, entró una Beretta apuntando para todos lados, de atrás de la cama salieron varios disparos que obligaron a correr a un cholo saltando gente y muebles. Se quejó con el administrador desviando toda sospecha con el cuento de un asalto. Se preguntó si de veras fue eso o un intento de eliminarla, cerró sin respuesta convincente, ya no durmió. Pensó en que pudo ser buena la idea de aceptar la invitación del «Yeyo», quien le había ofrecido una recámara de su casa, después de todo era gente de su confianza, pero el pobre «Yeyo» no tenía mucho que ofrecer como anfitrión y prefirió no molestarlo.
No fue a San Isidro. De Chula Vista llamó al Gilochas y por la noche salieron a Tijuana confundiéndose con la gente que salía a la frontera para divertirse. En las barras tomaron cerveza y hablaron con los contactos locales de su cártel, hicieron la cita en El Caliente para el otro día a las cinco de la tarde. En Tijuana sí convenía que la vieran con el Gil, él era quien manejaba el mercado de Cuco, pero ella era una total desconocida. Por más de una hora caminó con él por el centro de la ciudad, casi oscureciendo salieron a la colonia Hidalgo en busca de quién sabe quién, según Gilochas. Los emboscaron, él fingió defenderse, pero sus hombres estaban tan drogados que confundieron la acción y lo atacaron realmente, la Turbia saltó por encima de unos barandales y trepó a una azotea. Todo fue tan repentino y silencioso, de arriba hizo varios disparos encandilada por la luz de la lámpara del poste de electricidad, estaba tan sorprendida de los hechos que los falló todos, pero a ella sí le acertaron, primero uno que la tumbó de espaldas entre unas bolsas de basura que estaban en el traspatio de la casa a la que se había subido, se levantó como pudo y saltó a un callejón pantanoso, iba trastabillando entre charcos de lodo, la oscuridad era casi total, sintió un empellón que la hizo chapalear en un charco y perdió el equilibrio, un individuo se le echó encima encajándole una puñalada en el pecho, al mismo tiempo que el lamento apretó el gatillo de su arma y el cholo recibió el proyectil en medio de la frente; ambos cayeron, pero Luz se incorporó trabajosamente, recargándose en paredes, árboles y carros viejos pudo llegar al coche del Gilochas, sintió otro empujón por la espalda que se convirtió en jalón a la altura del pecho, enseguida le llegó el mortal zumbido de la bala que luego tronó como un bang, se recargó en la puerta del auto ya cuando su mano jalaba la manija que la abría, pujando se hizo a un lado para introducirse al carro, sabía cómo arrancar el motor, era uno de los vehículos de Samuel arreglado ex profeso para las fugas, con placas mexicanas y doble tanque de gasolina. Perdía mucha sangre, pero la chamarra de piel, aunque perforada, escondía muy bien las heridas. Sacando fuerzas de su agonía llegó a la garita y pasó a los Estados Unidos sin que la revisaran. Sentía mucho frío y le dolían los pies, cosa rara porque era en lo único que no traía golpes ni heridas; su mirada se hacía opaca, respirar era una tortura, como un sueño recordó los últimos gritos del Gilochas: «¡Soy yo, cabrones, el Gilochas! ¡A ella! ¡Chínguenla a ella!», y la señalaba con el dedo. Sabía que iba a morir, que le quedaban unos cuantos segundos de vida. Tomó el teléfono celular y marcó el número de Pepe...
Sufriendo las de Caín, llegué al departamento de San Isidro. Traía una bala en un hombro y otra que solo dejó un hueco lleno de sangre desde la espalda hasta el pecho, una puñalada en el seno derecho. Todo me dolía cuando jalaba media aspiración de ese aire espeso, viscoso y caliente que sentía iba a reventarme el pulmón. No me gustó nada venir sola con el Gil hasta Tijuana, pero Samuel me convenció porque dijo que solo yo podría resolver la problemática que le significaba la zona. Las veces en que trabajamos juntos Pepe y yo nunca fallamos, pero Samuel quería que recuperáramos el norte, que les disputáramos a los Arellano el territorio en el que, además, ya había otro intruso que les estaba peleando, una falange de los Zetas. Tantas operaciones que llevamos a cabo sin broncas. Pepe es mucho más inteligente y prudente que todos los del equipo de Samuel, pero por haber matado al Cuco no era el indicado para tratar con sus territorios. El Gilochas siempre fue un pendejo atrabancado, valiente sí, pero preveía poco las consecuencias de sus actos. Desde que salimos de Guadalajara yo presentía que iba a valer madre, todo dependía de mi buen desempeño en Tijuana; recuperar el mercado de la frontera era la misión. Cuco lo había establecido arrebatándoselo a los de Sinaloa, y por eso Samuel lo respetaba y lo protegía, por eso se encabronó con Pepe cuando lo mató en el jardín de la casa, delante de todos. Y a mí me tocaba restablecer los contactos, porque conocía Los Ángeles como la palma de mi mano, y algunas otras ciudades fronterizas del lugar, el haber vivido en el este de Los Ángeles luego de la muerte de mi Fernando me daba la seguridad para transitar por todas partes como en mi casa. Si tenía éxito, Pepe se quedaría como el tercero y yo como la segunda en la cadena de mando de Samuel, y con Pepe en mi bolsillo, prácticamente me tocaba mandar...
Cuando Pepe contestó el teléfono solo escuchó una fuerte aspiración, una exhalación pausada que pretendió decir: «Ahhh... soyyy LuLuzzz...»
Nunca se supo la traición de Gilochas, ni que pertenecía a los Zetas, como lo era también Cuco, un doble «agente» jugando dos manos de cartas. Todo lo contrario, fue considerado un héroe entre el cártel de occidente, había quien pedía que le compusieran al menos un corrido donde se narraran sus hazañas y la épica muerte que tuvo espalda con espalda esgrimiendo su arma, como lo hacían los Doce Pares de Francia en el periodo Carolingio defendiendo a la Turbia en una emboscada.
Pepe le pidió a Samuel autorización para encargarse del sepelio de la Turbia, personalmente se trasladó a San Isidro y realizó los trámites para la repatriación del cadáver. Con suma sobriedad diligenció lo conducente, soltó dinero, amagó con su fría voz hasta conseguir los permisos y la cancelación de la necropsia, «solo sáquenle las balas», dijo, «ya lo hicimos», le contestaron, «solo traía una, la otra tiene orificio de salida». La veía tanto que les pareció extraño a la gente de la funeraria, era un muchacho que no cumplía los veinte años y la finada se acercaba a los treinta. Sus rasgos aún le eran dulces, a pesar de haber muerto con dolor. Llorando hacia adentro regresó, la sepultó con una sencilla pero lujosa ceremonia que los miembros del cártel de Zapopan le hicieron como reconocimiento, mencionando la desaparición del Gilochas, otorgándole el rango de héroe por haber caído en un lugar desconocido por proteger a la Turbia. Unos decían que Los Tigres del Norte le compondrían el corrido, otros que Los Cadetes de Linares, y otros que Ramón Ayala, pero Pepe prohibió que alguien pagara por ello, «los muertos deben descansar», dijo.
No acabo de entender cómo es que salí de Cuyutlán en pleno julio. La milpa ya me rebasaba la cintura, y los problemas con Jesús Mayorga, según yo ya eran cosa del pasado. Pero el desasosiego me llegó al saber que andaba por aquellos rumbos luego de más de cinco años. Ya ni lo buscaba el gobierno, me dio mucho miedo. Por salvar a mi compadre Nacho, yo fui y dije quién era el dueño de lo que se habían encontrado en el Salto Grande. Llegué con los rurales al pueblo y les platiqué todo, que Jesús Mayorga había sembrado y cuidaba las plantas de amapola todas las tardes, que siempre dedicaba su tiempo al cultivo de plantas ilegales, que por eso, de ser un don nadie, había prosperado hasta llegar a ser el que más y mejores tierras tenía en todo Cuyutlán. Luego vinieron por él y se lo llevaron. Se supo que se les había escapado allá por el Arroyo del Toro, luego decían que andaba por el otro lado, otros que no, que andaba trabajando en la frontera. De todas formas, mi compadre Nacho duro más de tres años en la cárcel, y hasta las Islas Marías fue a dar. Necesitaron a alguien que cubriera al culpable y a mi compadre ya lo tenían preso, así que él terminó pagando.
La cosa es que por miedo dejé a mi mujer, a mis hijos y a mis tierras abandonadas. Luego supe que Ifigenia se había juntado con el Nabor y ya no quise regresar al rancho, pos pa’ qué...
En la ciudad Efrén no encontraba colocación. Cuidaba y lavaba carros por las calles, de eso vivía. Dormía en un lote baldío al amparo de unos cartones que le servían de techo. Era muy acomedido y nunca le faltó de qué vivir. Además, parecía que su única preocupación era sacar el sustento de cada día sin mirar el mañana, hasta que conoció a doña Chuy. Ella ya tenía tres muchachos, pero a Efrén no le importó, hasta le prometió cuidar de ella y su familia, entonces tomó muy en serio su trabajo de cuidador de autos y lavacoches, de vieneviene; ostentaba con orgullo la franela roja que, según él, le daba el poder sobre los automovilistas, como cuando un policía muestra su placa. Sabía que no podía aspirar a algo mejor, su nueva mujer no era propiamente una belleza, pero él, aunque era un hombre joven, tampoco era la gran cosa, así que se conformó con lo que la vida le estaba brindando.
Cierta ocasión, luego de la salida de casi todos sus empleadores, quedaba un vehículo de modelo reciente, y como Efrén lo había lavado, decidió esperar al dueño para cobrar los veinte pesos de la lavada, serían unos muy buenos pesos para alguien como él. Realmente no recordaba cómo era físicamente el dueño, y se sentó recargándose en el poste negro de teléfonos con la paciencia de un gato manso en espera de su premio al estoicismo. Estaba tan cansado que se quedó dormido luego de tres cabeceos. El rechinido de las llantas de un auto al frenar lo despertó sobresaltado, el carro que significaba la recompensa a su docilidad seguía ahí, ya era pasado de la medianoche. A lo lejos vio una preciosa muchacha que caminaba en su dirección, no quería asustarla y se cambió de acera, pero tuvo que correr cuando se dio cuenta de que era la dueña del coche que estaba cuidando; sin gritar llegó hasta la ventana del carro cuando la mujer bajaba el cristal, no había encendido el motor del vehículo cuando la sorpresa del rostro sucio y descuidado de Efrén la hizo jalar aire de manera desesperada, rápidamente echó mano de su bolso de donde sacó un atomizador de gas pimienta rociándole la cara, tartamudeando le dijo que era quien le había cuidado el carro y cómo lo lavó, pues quería que le pagara, se revolcaba llorando cuando la mujer bajó del carro y le pidió disculpas sinceramente apenada por su repentina reacción defensiva, le ayudó a subirlo al coche preguntándole dónde vivía para llevarlo a su casa. Sería por el dolor o lo cansado, pero Efrén se quedó con la imagen de las bellas piernas de la muchacha que dolorosamente se le grabó en la mente, poco a poco se durmió sin responder, quejándose como cachorro herido. La chica lo llevó a su departamento, y con trabajos lo acomodó en un sillón de la sala, al día siguiente le preparó de desayunar y se fue dejándolo dormido, con la mesa servida. Al despertar, Efrén quería de alguna manera corresponder a su hospitalidad, y se puso a asear el departamento; casi era mediodía cuando terminó y creyó que sería bueno prepararle algo de comer antes de irse, dejándoselo sobre la estufa. En eso estaba cuando llegó la muchacha, comieron juntos entre miradas furtivas de Efrén, quien no podía disimular la impresión que le causaba ese halo tan embriagador que emanan las mujeres bonitas, y por fin se despidió. Ya no se paró a la calle donde trabajaba cuidando y lavando carros, por ese día decidió no trabajar. No supo cómo decirle a doña Chuy cómo y con quién había pasado la noche, y prefirió decirle que se había quedado en una cantina; su señora no le creyó, claro, pero prefirió no discutir para no violentar más las cosas.
Pasaron los días y Efrén solamente pensaba en la chica. ¿Cómo era posible que una mujer tan bella le haya dejado dormir en su casa? No lo entendía. Pensó, con esa sabiduría engañosa de los hombres, de seguro le gusté, soñaba despierto caminando entre la gente, recordando las hermosas piernas que pisaban los pedales cuando se fue quedando dormido. Esa misma noche decidió ir a buscarla a su departamento, se decía para sí que bastaría con solo verla para saber si estaba equivocado en sus apreciaciones, se convencía a sí mismo que no. Resultó que cuando llegó, Vanesa tenía fiesta con muchos amigos de la agencia de modelos donde trabajaba. Lo vio a través del cristal de la puerta y les comentó a gritos que aquel era el tipo de quien les había hablado. Entonces, al ver la reacción de Vanesa, creyó tener razón. Desde que entró vieron lo ingenuo de Efrén, y le comenzaron a hacer bromas pesadas. Él, que no tenía armonía alguna en los movimientos cotidianos de su cuerpo, queriendo agradar a Vanesa, se puso a bailar tratando de seguirle el ritmo a unos pies que no encontraban acomodo en los meneos que le exigía la música; en un principio pensaron que las extrañas contorsiones eran a propósito y lo observaron a la expectativa, pero cuando ya no pudo ocultar lo ajeno a la grácil manifestación de la expresión corporal que debe tener un bailarín, una sonrisa estúpida trató de justificar la falta de coordinación motriz, despertado la hilaridad de todos. Luego, adivinando su necesidad de aceptación le pidieron que cantara, cosa que hizo y continuó haciéndolo hasta que le tuvieron que exigir que se callara. Ella comprendió que la actitud de Efrén se debía a lo que él experimentaba al verla. Lo llevó al balcón, simulando una escena en exceso romántica que el pobre creía estar soñando mientras que todos los demás estaban amontonados en el ventanal riendo a carcajadas. Vanesa le pidió que cerrara los ojos y se preparara para darle un beso, pero pasaban los segundos y nada, ahí lo dejó con los labios fruncidos en espera del cielo, abrió la puerta del ventanal para que todos pasaran y lo vieran en la más ridícula posición que puede tener un enamorado, y gritaron la burla más cruel y escandalosa que jamás siquiera había imaginado. Salió corriendo, tropezando con todo, sin sentir para nada los golpes, las contusiones que se acumulaban cada vez que se le atravesaba algún mueble, botella o vaso vacío. Salió a la calle llorando el ridículo, gritando que se lo merecía por pendejo...
Cada vez fue más difícil trabajar. Las cosas cambiaron cuando murió la Turbia. De alguna manera me las arreglaba para influir en toda nuestra gente y mantener la misma línea de trabajo negro, por más que los otros se enriquecían alternando «el negocio» con otras prácticas, que de por sí nunca aprobé, la violencia innecesaria es el verdadero indicador de que faltan neuronas. Desde que me había quedado solo sentía al mundo en una prolongada cuesta que me costaba un enorme esfuerzo seguir coherente, extrañaba a todos, a mi madre, amigos, pero de una forma especial a mi Turbia, a sus palabras, oscuras a veces, como enigmas gitanos. En muchas ocasiones me zumbaban frases que se las endilgaba a ella, momentos y anhelos tan dentro del inconsciente, que modificaban la idea del mundo en que vivía, «… ha de llegar un tipo físicamente distinto a ti, pero sentirás que pudiera ser tú en otra dimensión que se cruzó en ese instante, como en un déjà vu, deberás dejarle todo lo que esté para adelante, que te sustituya en la vida, para que sigas otra, ese será tu karma…», sin duda era que el viento que bajaba del cerro de la Cureña disfrazaba la voz de Luz, mi Turbia.
Ya no disfrutaba tanto como cuando Samuel me entregó una pistola y me dijo que me había ganado el derecho a ser de su equipo personal, desde entonces ya nada me faltó, dinero, poder, fama y la atención de Luz, que fue lo que más me llenó en este mundo. Luego, al paso del tiempo, me fui convirtiendo en la mano derecha de la organización, Samuel se desligó de todas las acciones del cártel, para dedicarse a disfrutar de los triunfos, de las relaciones y del dinero que su gente le proveía, es decir nosotros, cambió su domicilio y me prohibió terminantemente que fuera a su casa. Llegaba una o dos veces por semana un comunicado que me pedía que le depositara una fuerte suma, previamente lavada en los negocios alternos del cártel, hasta que, pasados los años, le perdí totalmente la pista, ya no me buscaba y yo menos, ahora era yo el propietario de todo; el patrón, aunque no me gustara que me dijeran así, sabía que lo hacían en mi ausencia. Una vez vi su foto en un periódico, decía que el respetable industrial veracruzano, era el fuerte por la candidatura al gobierno de aquel estado, que el tricolor confiaba plenamente en la probada honestidad del entonces precandidato, así comprendí por qué ya no me había buscado de manera personal para pedirme dinero, solo eventualmente me decía dónde hacer y dónde no, y a veces qué hacer y cómo. Mi grupo era pequeño, pero cada uno tenía una enorme red de empleados, nunca logré conocerlos a todos, pero ellos sí me identificaban en cualquier parte dónde me hallara, bien fuera en Centroamérica, en los Estados Unidos o cualquier estado de la República Mexicana. El problema estaba en que ahora ya no tenía a nadie de mi entera confianza, todos eran trabajadores, incondicionales sí, pero empleados, al fin y al cabo, ya no se sentía como una familia, como cuando salí de la cárcel luego del fallido negocio de Ciudad Granja en Zapopan, cuando Samuel me aceptó en su grupo personal y casi vivía en su casa.
Una vez que descansó en mí todo el poder, reuní a todos los brazos y falanges que tenía diseminados, les pedí lealtad, les dije que podían estar conmigo por amistad o por conveniencia, que no me importaba el motivo de su lealtad, que lo significativo era el hecho de contar con ellos, les dije que como amigo tengo mis defectos, pero como enemigo puedo ser perfecto, más que una advertencia fue una amenaza. Muchas miradas se clavaron el suelo, otras se encontraron a medio camino, supe entonces que debía cerrar filas. Centralicé todo el poder en mi persona para terminar aislado por completo. Me volví vertical y desconfiado desde que mandé que se liquidaran a los jefes e incondicionales de todos los rincones del cártel que no me inspiraron confianza, para evitar la competencia por el puesto más alto, creí que otro podía pensar lo mismo, y evitaba que se me arrimaran demasiado desde hacía mucho tiempo. Vivía en una loma, unos terrenos cerca de Monticcello, hacia la sierra, por rumbo de la Mesa de San Juan entre Zapopan y San Cristóbal de la Barranca, la había acondicionado de tal forma que podía ver a varios kilómetros a quien se acercara, le puse un helipuerto, pero no construí nada para comunicarlo por tierra, varios puestos vigilaban en las hondonadas que se abrían a las aguas del arroyo de Huaxtla, para impedir que cualquiera pudiera pasar. Cerca de la carretera a Colotlán había comprado otro rancho, donde tenía los vehículos para mis negocios, ahí dejaba el helicóptero cuando quería salir. Mis amigos eran tres perros rottweiller que yo mismo había entrenado, mi trato era frío y tajante, distante con quienes estaban conmigo...
Pepe circulaba ensimismado en otros tiempos, pensaba en que la vida no había valido la pena, vivir siempre para el dinero y por el mismo, lo había convertido en un misántropo desconfiado. Luego de Luz, «La Turbia», ya no hubo mujer que le importara. Es ardua la senda del viejo sin buen colofón, se decía a sus cuarenta años, con razón Samuel buscó el resquicio de la huida. En busca del pasado, acostumbraba pasear en carro por las calles en que había radicado cuando le era feliz y emocionante vivir, llegaba a la casa donde creciera con sus antiguos amigos del barrio y se estacionaba con nostalgia como regresando en el tiempo. Una vez, llegó hasta la puerta y trató de insertar la llave, ya no era la misma cerradura, alguien abrió para preguntar qué se le ofrecía, entonces se dio cuenta que ya no vivía ahí, se disculpó y se encaminó como perro con la cola entre las patas, se metió al carro y duró horas con la mirada perdida hacia la puerta, hasta que llegó la policía y lo corrió del lugar. En otra ocasión, conducía por la avenida Américas a un paso tan lento que los otros vehículos lo rebasaban con violencia y sus conductores le gritaban palabrotas que acompañaban con sacudidas de brazos que sacaban por la ventanilla, cuando un bulto lo obligó a frenar de pronto, se bajó de su carro y sujetó de las ropas al ser perdido que llorando le gritaba que por qué, «¡cálmese, hombre!», le habló con tal firmeza que no era propia de su estado de ánimo, de pronto el hombre lo levantó en vilo y lo arrojó a media avenida, un golpe en la cabeza lo conmocionó. Cuando cayó, el individuo lo tomó de la solapa de su gabardina y le encajó con furia una frase incomprensible para Pepe que estaba entre dormido y despierto: «De Efrén García, el Chicorcas, nadie se burla, ninguna Vanesa volverá a jugar conmigo...», se le quedó viendo por un breve rato hasta que comprendió que el señor no tenía nada que ver con su problema, lo soltó con cierto estupor, volteó para todos lados y se perdió en el anonimato de las calles.
El tráfico se interrumpió momentáneamente, un carro último modelo tenía la puerta del conductor abierta y los faros encendidos, un camión urbano se abría paso entre el tráfico de la avenida Américas por la noche. Nadie se daba por enterado. Poco a poco fue recobrando la claridad de su mente, un nombre le punzaba en la cabeza con cada latido, Efrén García... el Chicorcas... Efrén el Chicorcas...
Subió al coche como un autómata. Se sentía solo, completa y universalmente solo.
El cuerpo del Macachán salió a flote bocabajo, iba navegando por la corriente del arroyo, insensible al frío y a los golpes que se daba en las piedras. Ya no tenía vida, quedó atorado varios kilómetros arroyo abajo de donde murió, lugar al que nunca llegaba nadie, solo los animales de la sierra, entre ellos los carroñeros. Cuando el cielo paró de llover, el cadáver también dejó de moverse para siempre, salvo por las partes de su cuerpo que se disputaban los animales días después, sus huesos quedaron esparcidos entre lomas, madrigueras y matorrales alejados de todo camino que pudiera emprender una persona. Era triste, no merecía lo que le había ocurrido, aunque narco, era un ferviente católico, iba a misa los domingos y daba una buena limosna. Había aprendido de Pepe y la Turbia que no debía «trabajar» con la gente de sus territorios, con los que tratan de buscar un refugio en la batalla de la vida a través de las drogas, que no debía distribuir con los niños, que había mucha raza mal educada cuyos padres les mostraron que la vida hay que violentarla, arrebatársela a los demás, a esos había que envenenar. Supo también que debía elegir a un santo de su devoción y encomendarse a él, escogió a Jesús Malverde y visitó su capilla de Sinaloa por lo menos tres veces al año aportando buenas sumas para mejorar su construcción. Pero la muerte y el destino de sus restos no fueron socorridos como Dios manda.
La mochila siguió flotando por el arroyo hasta que se juntó con el río Santiago. La lluvia había sido tan persistente que se convirtió en tormenta, el agua hacía de un pequeño arroyuelo un verdadero peligro para quien lo quisiera cruzar, hubo momentos en que se atoraba entre algunas rocas, ramas o ensenadas, como el cuerpo del Macachán, pero terminaba siguiendo su carrera luego de un rato, se encontró con varias pequeñas cascadas que libró sin tanto problema, al día siguiente estaba flotando a medio cauce del río grande, el Santiago, con todo su torrente mezclado con los deshechos de las ciudades y núcleos industriales por los que pasa, al menos ya no era tan negra el agua una vez combinada con las corrientes pluviales de los arroyos. Aunque el agua entraba a la mochila, flotaba gracias a que los paquetes de dólares estaban herméticamente envueltos en bolsas de plástico para cada destino. Al igual que en el arroyo, se llegó a atorar en los remansos, entre troncos navegantes que tomaban un respiro en las aguas mansas, para luego seguir acompañada de otros viajeros obligados por el afluente de las montañas, entró a recovecos alejados de rancherías o lugares transitados por caminantes, pasó el Cerro de Santiaguito hasta que, junto con otros troncos y basura citadina, quedó varada en un alto recodo. Con el paso de los días las aguas bajaron y quedó atorada lejos de la ribera, en un cementerio de troncos deshidratados, como de blancos huesos de elefantes, amontonados por la casualidad.




