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Voz para la Iglesia y el mundo actual
La experiencia de Teresa de Jesús es todo un reto para la Iglesia actual y para la pastoral actual. Santa Teresa de Jesús experimentó a Dios con todo su cuerpo, con toda su inteligencia, con todo su ser, y así quiso que lo hicieran sus monjas. Le gustaba afrontar los problemas, discutir con libertad, hablar con parresia, como veremos en uno de los capítulos de este libro. Recomendaba «aceptar con razonamiento», todo un reto para la sociedad y la Iglesia de nuestros días. Amaba la libertad, la amistad, la autonomía de la mujer, la inteligencia, la cultura, el amor: realidades que se resienten en la actualidad. «Poned inteligencia y corazón en lo que decís». No quería que las mujeres estuvieran relegadas a sus labores; ella detestaba frases como «mejor será que hilen» (CV 21, 2), en referencia a la oposición de clérigos y varones religiosos al avance y autonomía de las mujeres. No eran féminas. Vivió una relación apasionada con Dios y con la vida. Sabía que su fuerza venía de Dios, «entierras tus talentos en tierra astrosa» (V 18, 4), decía, en referencia a la abundancia que sabía que recibía de Dios. Ella se reconoce en Dios y a Dios le reconoce en su debilidad.
Doctora de la Iglesia
A base de mucho diálogo y lucha profunda con los varones creó un espacio de vida nuevo a las mujeres, para encontrarse con Dios y con la vida donde la diversidad y las relaciones inclusivas y no excluyentes eran muy importantes. Dios invita a todos.
Cuando Pablo VI la nombró doctora de la Iglesia, se quedó como suspenso un minuto y exclamó: «Qué grande, única, humana y atrayente es esta figura». Y a continuación explicaba el significado de la proclamación doctoral diciendo que se trataba de «un hecho que grabamos en la historia de la Iglesia y que confiamos a la piedad y a la reflexión del Pueblo de Dios».
Y en la audiencia de Pablo VI a la misión española decía el 27 de septiembre de 1970: «La espiritualidad de santa Teresa, su clarividente impulso renovador, su fidelidad a la Iglesia y su profundo humanismo no deben ser solamente una singular gloria del pasado, sino un mensaje actual y vivo, que se proyecte sobre este mundo nuestro, tan lleno a la vez de turbación y de esperanzas»[1].
El famoso jesuita Karl Rahner escribía poco después de la declaración pontificia: «Santa Teresa es declarada doctora de la Iglesia. Este acontecimiento tiene, naturalmente, su significado de cara al puesto y función de la mujer en la Iglesia. El carisma del magisterio, y precisamente dirigido a la Iglesia en cuanto tal, no es un privilegio del hombre, del varón. Queda así rechazada la idea de que la mujer, en el aspecto espiritual y religioso, sea inferior al hombre. Y el hecho de que también la mujer estudie teología queda con esto expresamente reconocido [...]. Su declaración como doctora de la Iglesia demuestra que si antes no se reconoció este título a las mujeres no fue debido a la falta de mujeres dignas de tal título, sino a la actitud de no conferirlo por razones nacidas precisamente de una valoración histórica y cultural de la mujer»[2].
Al proponer nosotros a Teresa como una voz para nuestro tiempo, nos hacemos eco múltiple de lo que dejó dicho Pablo VI en la última frase de su homilía de aquel 27 de septiembre: «Debemos ver una llamada dirigida a todos a hacernos eco de su voz, convirtiéndola en lema de nuestra vida para poder repetir con ella: ¡Somos hijos de la Iglesia!». Y entendemos que ella quiere que bebamos de la fuente de donde ella bebía, y que, como ella escuchemos a Dios que sembró en ella unas semillas poderosas de vida y de verdad. Por ello creo que es una voz fuerte y fértil para nuestro tiempo. El mejor homenaje será, pues, que la escuchemos muy atentos con los oídos del alma y nos dejemos adoctrinar por tan esclarecida Maestra.
Capítulo 2. Retratos de santa Teresa
Teresa de Jesús es conocida y reconocida en la Iglesia como maestra de oración por su vida y por sus escritos, que son un regalo, un patrimonio de la Iglesia universal, no solo de su familia religiosa del Carmelo.
Después de la primera consideración global que hemos hecho de la figura de santa Teresa en las páginas anteriores, conviene diseñar ahora su retrato, con el objetivo de abrir con más seguridad el diálogo con ella. Para hablar de sus retratos debidamente, dejando a un lado los vuelos poéticos, hay que señalar dos tipos de retratos: literario y pictórico.
Primer retrato literario
Un primer retrato literario lo encontramos en la declaración que hace el 5 de septiembre de 1595 el padre Miguel de Carranza, carmelita calzado, en el proceso de Valencia. Lo cuenta así: «Primeramente dijo que conoció a la Madre Teresa de Jesús, siendo ella de poca edad». Y esto sucedió así:
Carranza era secretario del Vicario general de España, fray Damián de León [...]. Visitando la provincia de Castilla en el año 1552 llegaron a la ciudad de Ávila, y después de haber visitado el convento de sus frailes, fueron a visitar el convento de monjas de la misma ciudad, llamado de la Encarnación, que en aquel tiempo era de ciento y ochenta monjas, las cuales por su mucha multitud y poca renta vivían en grande parsimonia y pobreza. Y en él vivía entonces una religiosa llamada Teresa de Ahumada [...]. Era mujer de buenas partes, por ser de linaje esclarecido y de buen ingenio y habilidad; era entonces de pocos años, que según le parece, sería de treinta años, poco más o menos; y que era mujer morena y de buena estatura, el rostro redondo y muy alegre, y regocijada, y amiga de buenas y discretas conversaciones. Y tenía entonces, como dicen, sus devotos en la Orden, aunque nunca entendió que la dicha doña Teresa fuese amiga de malos tratos ni que fuesen fuera de los límites de religiosa, aunque con alguna libertad como en aquella casa y en otras de monjas de otras Órdenes, antes del santo Concilio se usaban (BMC 19, 133).
Otro retrato literario
El retrato literario más primoroso se debe a la pluma de María de San José, que fue priora de las descalzas carmelitas de Sevilla y de Lisboa. Siendo jovencita estuvo con la Santa cuando ella fue a Toledo y se aposentó en la casa de doña Luisa de la Cerda en 1562, donde vivía esta jovencita.
El retrato de la Madre lo extendió, tres o cuatro años después de la muerte de la Santa, en uno de sus libros titulado Libro de recreaciones. Dice así:
Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña; tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo; era su rostro no nada común sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la frente ancha e igual y muy hermosa, las cejas de color rubio oscuro con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, mas muy bien puestos; la nariz redonda y en derecho de los lagrimales para arriba disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo, la punta redonda y un poco inclinada para abajo, las ventanas arqueaditas y pequeñas y toda ella no muy desviada del rostro. Mal se puede con pluma pintar la perfección que en todo tenía: la boca de muy buen tamaño: el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y un poco caído, de muy linda gracia y color; y así la tenía en el rostro, que con ser ya de edad y muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones; era gruesa más que flaca y en todo bien proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado izquierdo, tenía tres lunares levantados como verrugas pequeñas, en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, el último en la nariz más de cerca de abajo que de arriba[3].
Observadora y detallista al sumo esta mujer ha podido darnos este retrato precioso de la Madre Teresa de Jesús.
Uno más
Lo dejó hecho Francisco de Ribera, el primer biógrafo de la Santa[4]. De él extractamos algunos puntos que no aparecen tanto en el anterior. Dice por ejemplo:
Los ojos negros y redondos y un poco papujados (que así los llaman, y no sé cómo mejor declararme), no grandes pero muy bien puestos y vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad. [...] El labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso, y un poco caído de muy buena gracia y color, los dientes muy buenos, la barba bien hecha, las orejas ni chicas ni grandes, la garganta ancha y no alta, sino antes metida un poco. [...] Toda junta parecía muy bien y de buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente complacía mucho.
Retrato pictórico
Quien mandó que la pintasen, Jerónimo Gracián, cuenta lo sucedido como sigue:
Estando en Sevilla (impuse a la Madre) una mortificación, que fue de las que más sintió, que fue mandarla retratar. Y que obedeciese a todo lo que fray Juan de la Miseria, que fue quien la retrató, le mandase [...], y porque entraba allá dentro en el monasterio a pintar, venía bien que él la retratase. Pues teniendo aparejados sus colores y su lienzo, la llamó. Y así, sin mirar más primores, la mandaba poner el rostro en el semblante que quería, riñendo con ella si tantico se reía o meneaba el rostro. Otra vez no contentándose, tomábale él mismo la cara con sus manos y volvíala a la luz que le daba más gusto[5].
Ya el padre Ribera dejó dicho:
Sacóse estando ella viva un retrato bien, porque la mandó su provincial, que era el padre maestro fray Jerónimo Gracián, que se dejase retratar. En esto lo hizo muy bien el padre Gracián, pero mal en no buscar para ello el mejor pintor que había en España para retratar a persona tan ilustre al vivo para consuelo de muchos[6].
El mismo Gracián que cuenta la aventura del retrato dice:
Y al cabo la retrató mal, porque, aunque era pintor, no era muy primo; y así decía la Madre Teresa con mucha gracia: «Dios te lo perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa»[7].
El original se conserva actualmente en el convento de las Carmelitas Descalzas de Sevilla, de la calle santa Teresa, 7.
Noticias autobiográficas
Las noticias autobiográficas que ahora nos interesan giran en torno a su modo de ser y, como las da la propia santa Teresa, se refieren particularmente a la condición que tiene:
Bien veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe ser natural, que con una sardina que me den me sobornarán (Cta 264, 1).
Con ser yo de mi condición tan agradecida (V 35, 11).
Esta cualidad de la que ella tenía una buena conciencia la examinamos oportunamente en el capítulo 11. Ahora nos han de bastar estas pinceladas acerca de su condición que añadimos a los retratos literarios que anteceden.
De su condición de persona humilde brotan las innumerables confesiones que hace de su ruindad, de lo que llama «mis grandes pecados y ruin vida», de la que dice que «no he hallado santo, de los que se tornaron a Dios, con quien me consolar» (V prólogo 1). Es increíble las veces que habla de esta ruindad y los acentos con que la proclama; ruin y ruindad las usa entre las dos 214 veces: ruin 209 y ruindad 5 veces. Los retratos que hemos presentado y estas rápidas señalaciones de su modo de ser, de su condición y lo que iremos diciendo a lo largo de este libro nos hará ver la grandeza de esta mujer.
Gracián, hablando todavía del retrato físico de la Madre dice:
Nuestra beata Teresa no fue en su tiempo fea de rostro. Que aunque algunos retratos suyos que andan por ahí no muestran mucha hermosura, es porque se retrató siendo ya de sesenta años [...]. Tenía hermosísima condición, y tan apacible y agradable que a todos los que la comunicaban y trataban con ella, llevaba tras sí, y la amaban y querían; aborreciendo ella las condiciones ásperas y desagradables que suelen tener algunos santos crudos, con que se hacen a sí mismos y a la perfección aborrecibles. Era hermosa en el alma, que la tenía hermosísima con todas las virtudes heroicas y partes y caminos de la perfección[8].
Bibliografía: T. Álvarez, El retrato de santa Teresa en los primeros grabados, en Estudios Teresianos 1, Burgos 1995, 47-54; y en Diccionario de santa Teresa, Monte Carmelo, Burgos 20062, 519-522.
Capítulo 3. Santa Teresa, hija de Dios
Confesiones rotundas
Santa Teresa hace, a veces, unas confesiones personales que son difíciles de olvidar por la contundencia con que se expresa. Fijémonos, por ejemplo:
Cuando digo Credo, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo; y cuando (digo) Padrenuestro, amor será entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que nos enseñó esta oración (CV 24, 2).
Así se expresa refiriéndose a estas dos oraciones del cristiano: el Credo y el Padrenuestro; y el Padrenuestro que, además de una oración, es como un Credo en el Padre que está en el cielo.
El tipo de su oración
La oración que ella enseña, y de la que es Maestra, es filial y amistosa con Dios Padre y con Cristo, el Señor. Enseñando el camino de ese trato confidencial, quiere que se comience con gran determinación a tener oración y a no hacer caso de los inconvenientes que ella sabía que circulaban en el ambiente.
Recoge frases que se decían en aquel tiempo. Oímos, dice ella:
«hay peligro»;
«fulana por aquí se perdió»;
«el otro se engañó»;
«el otro que rezaba mucho cayó»;
«hacen daño a la virtud»;
«no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones»;
«mejor será que hilen»;
«no han menester esas delicadezas»;
«¡basta el Paternóster y el Avemaría!».
Y, soltando el ansia contenida que lleva recordando esos dichos, exclama:
Esto así lo digo yo, hermanas: y ¡cómo si basta! Siempre es gran bien fundar vuestra oración sobre oraciones dichas de tal boca como la del Señor. En esto tienen razón, que si no estuviese ya nuestra flaqueza tan flaca, y nuestra devoción tan tibia, no eran menester otros conciertos de oraciones, ni eran menester otros libros (CV 21, 3).
Hecha esta presentación y este barrido, promete, apoyándose en el Paternóster, ir fundando (así dice): unos principios y medios y fines de oración.
Enseguida hace otra de sus confesiones personalísimas: «Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los evangelios, que libros muy concertados» (CV 21, 3). Y en los evangelios lo que más podía encontrar era la referencia a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre de sus hermanos los hombres; pues si de algo se habla en los cuatro evangelios es precisamente de la paternidad de Dios y de nuestra filiación.
Por eso, «allegada a este Maestro de la sabiduría», que nos enseñó el Paternóster, que nos enseñó a ser hijos de Dios, espera que le enseñe alguna consideración útil.
Y, verdaderamente, yo me imagino a la Santa como a quien toma de la boca del divino Maestro con una mano esas consideraciones y nos da, nos pasa lo que ha meditado, lo que ha entendido, lo que a ella le han dado y regalado, nos lo pasa con la otra mano a nosotros.
Arranque contemplativo
Cita las primeras palabras del Paternóster: «Padre nuestro que estás en los cielos», y, emocionada por lo que ha dicho, se lanza a bendecir al Señor, como hace tantas veces en sus libros: «¡Bendito seáis por siempre jamás!» (CV 27, 1).
Teresa bendice en este caso a Cristo Jesús porque ya de entrada en esta oración del Padrenuestro nos llena las manos y nos hace una merced, un beneficio tan grande como es la filiación divina. El beneficio inmenso que descubre ya en esas primeras palabras es el siguiente: «nos hace hijos de Dios», al enseñarnos a invocar a Dios como «Padre nuestro»; y al llamarnos hijos de Dios, se hace él hermano nuestro, es decir, nada más comenzar esta oración ya se nos revela por boca de quien no nos engaña, que tenemos, que poseemos, que son nuestras estas dos realidades: la filiación divina y la hermandad con Cristo.
La actitud o reacción de quien dice ya esas primeras palabras: «Padre nuestro», debiera ser la de entrar en contemplación perfecta, es decir, quedarse sin palabras ante la grandeza de esos dones divinos. Y quedarse así sin palabras es entrar en silencio adorante, que ese tipo de silencio es una buena y muy gran parte de la oración (CV 27, 1).
La contemplación perfecta a la que alude aquí la Santa no es ese tipo de contemplación que analizan los maestros de espíritu, a la que dan mil vueltas los tratadistas para explicar algo de lo que tiene que ser ese tipo de reacción contemplativa a la que alude la Santa.
Alocución de Pablo VI y secuencias teresianas
Para ilustrar este punto de la contemplación perfecta que aparece en los escritos de la Madre, me parece muy a propósito recordar algo que sucedió en la plaza de San Pedro de Roma. Me refiero a la alocución de Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, durante la sesión pública con que se clausuró el concilio Vaticano II, en la que queriendo el Papa presentar el valor religioso del Concilio habla de las que llama pretensiones del Concilio, asumiendo que seguramente el «juicio del mundo calificará primeramente esas pretensiones como insensatas», pero que luego tratará de reconocerlas como verdaderamente humanas, como prudentes y como saludables, a saber:
Que Dios sí existe, es real, viviente, personal, providente, infinitamente bueno. No solo bueno en sí, sino inmensamente bueno para nosotros, nuestro Creador, nuestra verdad, nuestra felicidad, de tal modo que el esfuerzo de clavar en Él la mirada y el corazón, que llamamos contemplación, viene a ser el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que aún hoy puede y debe jerarquizar la inmensa pirámide de la actividad humana.
Ese esfuerzo de clavar la mirada y el corazón en Él, en Dios, lo podemos llamar contemplación, es decir, atención amorosa, en la que uno se queda sin palabras, invadido por el silencio enriquecedor. Así la Santa cree que ya las primeras palabras del Padrenuestro deben servirnos para clavar la mirada y el corazón en Él.
Al fijarse la Madre en ese doble regalo: ser hijos del Padre y hermanos de Cristo, ve en este gesto del Señor un acto extremo de humildad, al juntarse con nosotros y pedir y hacerse de hecho, de verdad, hermano nuestro, hermano, dice ella, «de cosa tan baja y miserable». Haciendo esto nos da en nombre del Padre «todo lo que se puede dar, pues quiere que nos tenga por hijos» (CV 27, 2).
Y se explaya diciendo que, al darnos todo eso en el Paternóster, está Cristo como obligando al Padre a que nos tenga por hijos y nos trate como a tales. Dice así:
Obligáisle a que la cumpla, que no es pequeña carga, pues, en siendo Padre, nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él, como al hijo pródigo hanos de perdonar (Lc 15,20), hanos de consolar en nuestros trabajos (Mt 11,28), hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre –que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en Él no puede haber sino todo bien cumplido (Mt 7,11)– y después de todo esto hacernos partícipes y herederos con Vos (CV 27, 2).
En otra ocasión, hablando también del hijo pródigo, dice que teniendo tan buen amigo, «tal huésped que le hará señor de todos los bienes, si él quiere no andar perdido, como el hijo pródigo, comiendo manjar de puercos» (2M 1, 4).
Y una vez más después de todas estas reflexiones no sabe cómo ponderar la grandeza de tantos regalos y lo expresa así: «¡Bendito seáis por siempre, Señor mío, que tan amigo sois de dar, que no se os pone cosa delante!» (CV 27, 4). Aquí vemos otra vez uno de esos benditos que le salen del alma con fuerza.
La grandeza y la bondad de Cristo Maestro también ha llamado la atención de la Santa y, según ella, se manifiesta como un bueno, un buenísimo maestro, en el hecho de que, para aficionarnos a que aprendamos de él todo lo que nos quiere enseñar, ha comenzado haciéndonos ese par de favores ya dichos: la filiación divina y la hermandad con Cristo. Y ponderando aún más la grandeza del Maestro dice a sus hijas: «Mirad [...] si tenéis buen Maestro, que, como sabe por dónde ha de ganar la voluntad de su Padre, enséñanos a cómo y con qué le hemos de servir» (CV 32, 11).
Guiados por este Maestro, al decir Padre nuestro, hemos de procurar entender lo que esto significa en sí mismo y para nosotros de modo que «se haga pedazos nuestro corazón con ver tal amor» (CV 27, 5). Para llegar a este amor tan grande nos ayudará procurar saber quién es y cómo es nuestro Padre, «un Padre tan bueno y de tanta majestad y señorío» (CV 27, 5). Y les aconseja a sus monjas con todo su convencimiento: «Buen Padre os tenéis, que os da el buen Jesús; no se conozca aquí otro padre para tratar de él; y procurad, hijas mías, ser tales que merezcáis regalaros con él y echaros en sus brazos. Ya sabéis que no os echará de sí, si sois buenas hijas; pues, ¿quién no procurará no perder tal Padre?» (CV 27, 6).
Pasa luego a comentar las siguientes palabras: «que estás en los cielos» (CV 28,1). Y asegura que es importante para todos, y muy en particular para «entendimientos derramados, que importa mucho no solo creer esto, sino procurarlo entender por experiencia; porque es una de las cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma» (CV 28, 1).
Siendo esto tan importante como está diciendo lo quiere exponer con toda claridad:
Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice san Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo (CV 28, 2).
Intimando con el Padre Celestial
Y para ser más incisiva abre la siguiente pregunta: «¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces?». A pregunta tan larga contesta:
Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija (CV 28, 2).
¡Fuera falsas humildades!
No le parece suficiente lo que está diciendo y echa por otro camino: el de la falsa humildad en que se empeñan algunas personas. Dice:
Se deje de unos encogimientos que tienen algunas personas y piensan es humildad. Sí, que no está la humildad en que si el rey os hace una merced no la toméis, sino tomarla y entender cuán sobrada os viene y holgaros con ella. ¡Donosa humildad!, que me tenga yo al Emperador del cielo y de la tierra en mi casa, que se viene a ella por hacerme merced y por holgarse conmigo, y que por humildad ni le quiera responder ni estarme con Él ni tomar lo que me da, sino que le deje solo, y que estándome diciendo y rogando le pida, por humildad, me quede pobre, y aun le deje ir, de que ve que no acabo de determinarme (CV 28, 3).
Fuera esas humildades tontas:
No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con Él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que Él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal (CV 28, 3).
A continuación, ayudando a esos entendimientos derramados les explica las excelencias de este modo de rezar, «aunque sea vocalmente, con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo muchos bienes». Y ¿por qué se llama oración de recogimiento?:




