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Danilo Porter no creía en las casualidades. Ahuyentó un nuevo pensamiento que le traía a las vísceras los pequeños pies de Eleonore y buscó conciliar el sueño encendiendo su libro electrónico en busca de alguna lectura que lo distrajera lo suficiente como para que llegara el sueño. Imposible. Era incapaz de concentrarse. A su mente venía una y otra vez el relato de Catalina Prieto.
Ese día Armando Monteliú estaba en el gran patio trasero de su casa, una casa terrera que estaba muy cerca de la iglesia matriz, donde Armando concelebraba sus oficios religiosos. Nos gustaban sus homilías, a menudo adornadas con citas, sobre todo porque siempre incluían enseñanzas prácticas. No solo las típicas abstracciones bíblicas, los consejos basados en historias con moraleja, los habituales padrenuestros y avemarías sino que Armando, yo siempre lo tuteé, sembraba sus discursos con recomendaciones cotidianas y muy útiles, qué sé yo, trucos para ahorrar agua y luz, o para cocinar, aunque sus preferidos eran los dirigidos a aprovechar mejor los recursos naturales y así ahorrar en las facturas, cuestiones simples, pero que muchos de nosotros desconocíamos y que por eso se lo agradecemos todavía. Siempre nos resultaba cercano, nada que ver con esos curas marisabidillos. Desde que llegó, a principios de mayo del año 1990, aquí en la isla todos le quisimos. Era un cura atípico, un párroco que arrimaba el hombro, que a menudo ayudaba en la cosecha de papas o en la recogida de higos. Armando, creo yo, ha sido el hombre más inteligente que ha pisado esta isla. Por eso, porque todos le queríamos, le pasamos por alto alguna de sus homilías extravagantes. De pronto comenzó a soltarnos desde el púlpito retahílas extrañas, ininteligibles. Trató de prepararnos para el advenimiento del Maligno, según decía, porque había descubierto que Isla Calibán, precisamente por estar tan aislada y perdida en los mapas, había sido elegida por el Maligno como laboratorio, como lugar idóneo para probar sus experimentos. Nunca decía el Diablo o Satanás o Belcebú, sino que hablaba del Mal mayúsculo, del Mal en general, un Mal que sale del hombre maligno, algo así. Sin embargo, sus argumentaciones y filosofías y desmanes intelectuales en torno al Mal no nos hicieron sospechar su locura. Ahí, latente, próxima al estallido.
Fueron los perros.
La desaparición de los perros.
En esta isla mucha gente tiene perro y, cuando comenzaron a desaparecer, todo el mundo comenzó a comentar el hecho con extrañeza, aunque hacer, lo que se dice hacer, nadie hacía nada, como dando tiempo al tiempo para ver si así aparecía alguna explicación. Y así pasó el tiempo hasta que un día apareció Tarzán.
Tarzán era el perro de Campiro, un pescador de aquí de Rijalbo. Era un can monumental, no sé decirle la raza porque de eso yo no entiendo, pero sí le digo que era un chucho de esos que cuando se yerguen sobre sus patas traseras son del tamaño de un hombre. Apareció por la plaza del pueblo, con la cabeza gacha y la cola entre las patas, temblando de miedo, pero ladrando a todos los que intentaron acercarse. Sangraba. Chorreaba sangre por dos orificios que tenía ahora donde debieron estar sus orejas porque alguien, alguien sin corazón, se las había cercenado de cuajo, tal que si fuera un toro exitosamente abatido por un torero de aquellos de antaño, de cuando todavía no habían prohibido las corridas. ¿Sabe lo que le digo? Es que es usted tan joven. Pues corrieron a avisar a Campiro, que lo había estado buscando con desespero, pero para cuando el pescador llegó el pobre perro se había tumbado en una esquina de la plaza y había descansado su cabeza sobre un charco de su propia sangre. Le alcanzó la vida para reconocer a su dueño, porque dio una especie de pequeño ladrido conmemorativo, casi ahogado por su sangre, y se dejó morir en los brazos de Campiro. Nunca olvidaré cómo lloró aquel hombre la muerte de su animal.
Pasó casi un año y continuaron desapareciendo perros, pero, aunque se dio parte a la policía, que tampoco es que hiciera mucho caso, no hubo modo de encontrar al culpable o culpables, porque, salvo especulaciones propias de pueblos pequeños, nadie supo a quién acusar. Nadie, hasta el día en que yo misma entré a casa de Armando y me encontré en el patio con dos perros muertos. Muertos y desorejados. Ahí empezó todo.
Yo iba un día a la semana a casa de Armando, por aquello de limpiarle un poco la vivienda o prepararle algún guiso. A cambio, él me había enseñado a leer y a tocar el piano, porque Armando fue siempre un hombre cultísimo. Yo nunca estuve en el patio trasero de la vivienda. No. Allí no se me había perdido nada. Yo sabía que allí estaba el aljibe de la casa, por si faltaba alguna vez el agua. Ya sabe usted que en esta isla siempre ha escaseado. Pero ese día, no sé qué intuición me dio, me fui hacia el patio trasero y me encontré con los perros muertos. Quizá fuera el olor, un hedor extraño lo que me llevó allí.
No pude reprimir un grito. De susto y de asco. Pero, a fin de cuentas, un grito. Armando debió oírlo, porque, no sé en qué minuto, se me apareció de la nada, y lo vi ante mí, con la sotana puesta y un gran cuchillo carnicero en la mano. Tenía puesto su crucifijo, uno grande labrado en plata que colgaba de su cuello y descansaba sobre la sotana. Ese detalle no se me olvida. Me dijo, Catalina, el Maligno me ha hablado, Catalina. Catalina, me dijo, he descubierto el plan del Mal, Catalina, y comenzó a explicarme en voz muy baja, como si temiera que alguien más pudiera oírlo, que los perros de la isla eran enviados del demonio, ángeles del infierno transmutados en perros cuyo principal cometido era esparcir sibilinamente la semilla del mal. Solo cortándoles las orejas perdían su poder maléfico, porque el primer paso del Maligno sería conducirnos hacia la sordera.
Se había vuelto rematadamente loco, sí, lo veo en su cara, pero es que usted nunca conoció a Armando. Era un hombre que rezumaba bonhomía. Bondad es una palabra demasiado corta para definirlo. Generoso, piadoso, amable, cariñoso. Y encantador. Para quien lo hubiera conocido, era del todo imposible creerse aquel cambio esquizofrénico, creer que aquel loco de ojos encendidos, pero voz musical era Armando, Armando nuestro párroco. Eso explica que no me asustara, que no huyera ni siquiera cuando Armando, ayudándose con el cuchillo, comenzó a levantar las baldosas del piso del patio para que yo viera los numerosos cadáveres de perro que bajo ellas había sepultado.
Solo me asusté en serio cuando comenzó a acariciarme la oreja. Nunca me había tocado un solo pelo, se lo juro. Nunca. Ni un leve roce de su mano cuando me enseñaba a tocar el piano. Nunca es nunca. No crea lo que dicen por ahí. Era cierto, sin embargo, que su voz era como un imán. Para hombres y mujeres. Una voz barítona, musical, masculina, junto con su envidiable habilidad para la oratoria, hacían que cualquiera acabara escuchándolo como quien atiende a un oráculo. Y ese día, rodeados de perros muertos, comencé a escuchar sus explicaciones, embebida, atónita, hasta que me acarició la oreja. Y me asusté porque era la primera vez que sentía su mano. Suave, pero capaz de transmitir fuerza, determinación, poder, convencimiento. Si le digo que casi no sentí dolor cuando cortó con el cuchillo mi oreja, sé que le resultará difícil de creer, pero así fue. Tenía sus ojos en mis ojos, imanes ardientes, su voz en mi cerebro musitando un sonsonete agradable, un rezo maravilloso, y tenía además el calor de su mano en mi oreja, como si estuviera hipnotizada. Si no llega a ser porque uno de los perros que creíamos muertos pareció resucitar, volver de la muerte con fuerzas suficientes como para morder una de las piernas de Armando, creo que habría perdido la otra oreja.
No sé qué me pasó, pero en ese instante volví a la realidad y la realidad era un Armando con los ojos hirviendo en sangre, lanzando patadas a un perro desorejado que se aferraba a su canilla y un sopor caliente que me bajaba por el cuello y que, ahora me daba cuenta, eran ríos de mi propia sangre manando de mi oreja cercenada, del hueco donde había estado, antes, hace nada, mi oreja derecha.
Aquel perro me dio la vida. Con su último esfuerzo, lo escuché lloriquear mientras yo corría por fin. Armando debió clavarle el cuchillo para que sus mandíbulas le soltaran la canilla. Aquel perro me devolvió la vida.
Porque sangraba mucho.
Y corrí por las calles del pueblo en dirección a la comisaría de policía. Y oía en algún lugar de mis tímpanos los golpeteos de mi corazón. Y la vista se me iba nublando hasta que me cogieron unos brazos fuertes que me miraban con ojos asustados y ese susto, el susto grande que vi en esos ojos auxiliadores fue lo último que pude ver porque las nubes del desmayo se espesaron tanto que el día se me apagó.
Todo lo demás ya lo conocerá usted por los informes de la policía. Siguieron el rastro de sangre que yo había dejado y llegaron a la casa de Armando. Se había cortado sus propias orejas, torero de sí mismo, y yacía desangrándose rodeado de perros muertos. Varios agentes, sin entender nada, se acercaron a Armando, quien, con su último hilillo de vida, pudo advertirles del peligro de vivir en esta isla, laboratorio del Mal, y desgranarles esos incomprensibles consejos que transcribieron en su informe y que usted seguramente habrá leído, esa su cantinela de que la semilla del mal se nos colará por las orejas hasta dejarnos sordos y conducirnos a un futuro apocalíptico.
No habremos de ponerles nombre porque solo los veremos volar. A., Z., B., T., C., S., D., R., E., P., O., F., N., G., L., K., J., I., H., serán iniciales suficientes para conocerlos un poco, casi nada, aunque quizá fueran algunos más. Nadie, a ciencia cierta, pudo contarlos. Ni siquiera cuando algunos flotaron sobre la mar antes de definitivamente hundirse.
Fueron al menos veinte, aunque quizá estuvieron también V., Ñ. y Q., y entonces habrían sido más, pero tacharemos sus iniciales por inoportunas o antipáticas, y nos quedaremos con A., Z., B., T., C., S., D., R., E., P., O., F., N., G., L., K., J., I., H., en este pequeño esfuerzo por distinguirlos aunque solo les veamos volar, volar brevemente tras haberse lanzado por los acantilados del Verodal, los que están justo al norte de Calibán, conocidos sobre todo porque allí se refugiaron en el pasado los lagartos gigantes, presuntos descendientes de Setebos, que durante siglos habitaron la isla. Esos farallones de aire místico, también visitados por Danilo Porter cuando estuvo investigando en Calibán el origen de la horda de suicidios. En ese paisaje austero de la isla Danilo Porter se sacó varias fotos, utilizando el mecanismo de la cámara automática, porque siempre estuvo allí solo. Catalina Prieto no quiso acompañarlo cuando se lo pidió y Danilo Porter no quiso perderse esa fotografía, con las escarpadas rocas rojizas al fondo, su particular tributo al turismo más ramplón. A la vuelta a su piso madrileño sería una de las instantáneas que pegaría a la colección que adornaba la puerta de su nevera. Solo porque sí, porque le gustaba el contraste de la piedra volcánica tan roja y el trozo azul de cielo y ese otro azul del mar repleto de zarpazos, porque esa costa es peligrosa y siempre está humillada por el viento y la mar de fondo.
Danilo Porter no les vio volar sino con los ojos de la imaginación, que a menudo ven mejor. Mientras estuvo en aquel paisaje supo que algo del tiempo general del mundo se había quedado allí, congelado, petrificado en rojo acantilado. Sensaciones que no sintió cuando estuvo en la casa que el matrimonio formado por A. y K. poseía en el claro del bosque de pinos que rodeaba al pueblo de Masilva.
Era un caserón bien armado, a pesar de estar hecho solo de madera. Con tejado a dos aguas y larga chimenea, dibujada casi como las casitas que pintan los niños pequeños cuando se les pide que describan su hogar. A. pasaba allí sus días pintando cuadros sacados del propio bosque de pinos, paisajes generales, detalles, unas ramas, algo de pinocha, unas piñas, la luz cambiante remojándose entre verdes de pino, las punzantes hojas del árbol con las que no puede el invierno, sus raíces cuando asoman sus lomos a la tierra. Sus cuadros se cotizaron al alza durante un tiempo en mercados extranjeros y aunque K., su esposa, se aburría a menudo, era feliz junto a A. En cuanto a E., H., R., y Z. fueron, en principio, simples admiradores de A. que, gracias a su hospitalidad, acabaron quedándose a compartir las enseñanzas del maestro.
El discurso iluminado de A. ya se colaba en sus parlamentos antes de que Hans Marcus Müller arribara a Calibán y se pusiera a experimentar con su alquimia pendenciera y, aunque no se conocieron, de algún modo extraño, se dieron la razón. A. se había rapado el pelo y, al menos durante dos horas al día, recitaba salmodias tomadas de un libro que recogía antiguos sortilegios y bienaventuranzas de una tribu amazónica ya extinguida. Eran unas letanías que fueron aún más musicales cuando T. y P., afinados guitarristas, se unieron a la comuna del claro del bosque. Descansaron su deambular jipi en aquel caserón campestre de Calibán y ni siquiera cuando la sordera comenzó a hacer estragos entre tantos vecinos bien avenidos perdieron su rara habilidad para la música. Aunque su audiencia estuviera casi sorda, todavía podían ver los dedos moviéndose sobre las cuerdas de la guitarra y tener así la impresión de escuchar los acordes a través de los poros de la piel.
Todos sabían que era una vida rara, como vivida con un tiempo prestado. Danilo Porter, en el improbable caso de haber conocido a los variopintos miembros de aquella comunidad, se habría sentido atraído por su forma de vida, por esa extraña catarsis colectiva que los conectaba para ponerlos en un espacio más allá del entendimiento. Habría sentido, acaso, la tentación de unirse a su alegre desamparo, porque, aunque en todo momento dieran la sensación de estar esperando a la muerte, el tiempo transcurrido, el tiempo prestado, fue un tiempo auténtico, un tiempo sincero porque ya tenía implícita la aceptación de la muerte, una muerte más o menos próxima. Danilo Porter pensó que no estaría nada mal desgajarse de la habitual inercia del pensamiento propio para flotar en el aire de un universo sin destino. Sin salida, pero también sin ataduras, sin tener que pensar en vilezas como el dinero o las facturas o en tener que cumplir una jornada laboral, en toda esa trivialidad cotidiana que sin embargo nos va gastando la vida para que un día la muerte, inapelablemente, sí o sí, nos sorprenda con todo por hacer, con mil planes que cumplir y mil deseos soslayados. Quizá todo el misterio de la vida bien vivida resida en ese breve espacio de tiempo que dura el vuelo desde la cima del farallón al mar, rocoso y bravo, siempre hambriento su eterno retorno de olas. Quizá. Magia sin desprecios, unánime posicionamiento del alma en ese espacio cómodo donde no hay dudas ni insatisfacción, apenas la certeza de haberse tocado por dentro y por fin volar.
La mañana en que se encaminaron hacia el acantilado de Calibán el filo hiriente del amanecer prometía calor. Salieron desnudos de la casa del claro del bosque de Masilva y atravesaron el paisaje de pinos en silencio porque, aunque pudieran hablarse, ninguno se escucharía. Fueron bajando lentamente hacia la costa y, cuando la alcanzaron, tampoco pudieron oír el frenético movimiento de la mar agitada por el alisio. Conmovedor muro azul encrestado por los flecos blancos que trazaba el veleidoso pincel del viento. A. sintió las ganas de pintarlo durante unos segundos, flecha veloz que surcó su pensamiento. No fue el primero ni el último en saltar al vacío. No hubo ningún tipo de ceremonia ni arenga ni grito ni aplauso enfervorecido, sino que, con el mismo silencio armonioso del paisaje, con la mismísima armonía silenciosa que habían cargado durante todo el camino, se fueron lanzando al mar, disfrutando del vuelo, casi sin pausa, uno detrás de otro, ignorando incluso el propio orden impuesto por el alfabeto. De hecho, fue P. la primera en inaugurar el vuelo, con su guitarra al hombro para que no le estorbara a la hora de abrir sus brazos. Su larga melena negra azuleó al aire con gracilidad de alas mientras caía como sostenida por los rayos del sol, ahora colgado a medio cielo, iluminando lo que habría de quedarle al mundo.
El vuelo era breve, pero suficiente para que el siguiente en volar tuviera que esperar al menos un minuto. Cada vez que un cuerpo caía, el mar se lo tragaba unos segundos, pero enseguida venía la ola y lo alzaba rematando su vorágine enloquecida como si el muerto fuera su mascarón de proa o su gárgola hasta estamparlo contra el acantilado, guiñol grotesco, y arrastrarlo de nuevo hacia la marea que daba marcha atrás en busca de renovados bríos. Ese era el aviso, la breve pausa, el momento para inaugurar el nuevo vuelo y garantizar un orden que impidiera que el nuevo suicida cayera sobre el anterior y no sobre la dura superficie marina. Desde esa altura, cada brutal impacto se aseguraba su mortalidad.
Llamaba la atención que estuvieran tan organizados sin que en ningún momento hubieran hablado de la operación, compacto suicidio en grupo. Siempre hubo orden. Nunca se dieron empujones, sino que llegaron al precipicio, más o menos en fila india por lo estrecho de la vereda, y continuaron camino, aunque no hubiera camino sino aire, aire en el aire que los acogía con cierto mimo, trazándoles ese otro camino invisible que solo veían ellos, acunándolos sin hacer distingos entre viejos y jóvenes, blancos o negros, adultos o niños, que también los había. Si acaso, forzando las cosas, habría que reseñar que el vuelo de los más gordos y de los más corpulentos era algo más corto que el vuelo de los niños, caso, por ejemplo, de J., que a punto estuvo de sugerir la posibilidad real de flotar, de mecerse en el aire como hacían ahora las gaviotas que, butaca de primera fila, asistían curiosas a esos vuelos que, en caso de poder hacerlo, voladoras expertas ellas, tildarían de principiantes o atropellados o algo peor. No abrían sus picos, sino que movían sus ojos saltones acompañando los vuelos, instaladas las muy pajarracas en el propio confort de sus alas cortando la corriente del alisio, a una prudente distancia de voyeur, no fuera a ser que aquel espectáculo extravagante acarreara algún peligro para su majestuosidad voladora o para sus crías, bien anidadas en las grutas y huecos del acantilado del Verodal.
F., N., O., E., R., M. fueron volando sin alharacas o sustos, sin gritos, sin siquiera cambiar un ápice el guion establecido. Todos saltaban y abrían los brazos para inaugurar el vuelo y ninguno improvisó por ejemplo saltar de espaldas o haciendo una figura diferente. No. Saltaban y abrían los brazos cual águilas o ángeles y en silencio se precipitaban al mar. A. pensó que era hermoso, un hermoso vuelo, pero esto tampoco tendría relevancia alguna porque, a fuerza de ser sinceros, ninguno de ellos, ninguna de esas personas a las que no hemos puesto nombre porque solo las veremos volar, pensó lo contrario. Unanimidad absoluta en la belleza angelical de verse volar, jamás tan seguros de haberse cobrado su tiempo.
Nunca habría pactado con las viudas si no llega a ser por el odio. Un odio feroz que me nació en la sangre el día en que el Estado filipino, esa panda de desagradecidos, sacó a subasta todo lo que era mío, todos los regalos que me había hecho mi marido, mi pobre Ferdinand. Esa humillación de proporciones internacionales no la perdonaré nunca. Nunca. Imelda solo hay una. Imelda soy yo.
¿Disfrutar de la venganza? Por supuesto. La venganza es un plato que se sirve frío, pero que sabe dulce. Subastaron mi hermosa colección de 1220 pares de zapatos cuando aún estaba inconclusa. Me quitaron mis joyas y los cuadros de Picasso, Gauguin y Pisarro que tenía en casa, porque la pintura es una de mis debilidades y no es lo mismo levantarse cada día sin ver Mujeres de Tahití o Las señoritas de Aviñón. Destartalaron mi vestidor, el corazón de mi hogar, y ese día pude oír estremecerse de cólera, allá en su tumba, a mi esposo Ferdinand, en paz descanse. Lo que el mundo le estaba haciendo a su santa esposa merecería venganza.
Pasé toda una vida forjando mi colección de zapatos como para aguantar que unos justicieros de poca monta la subastaran con la excusa del dinero del pueblo. Mi proyecto era acumular siete mil pares de zapatos, como siete mil islas tiene mi país, mi Filipinas del alma. Truncaron de mala manera mis ilusiones y desvalijaron mi vestidor y eso para mí fue lo mismo que si me hubieran violado en una plaza pública. Incluso peor. No me dieron tiempo de explicar siquiera las mágicas conexiones entre pares de zapatos. Nunca fue una colección azarosa, sino que cada pareja de zapatos estaba revestida de un simbolismo valioso. No era un simple montón de calzado caro. No. Había en mi colección cierta precisión museística, y si había pares de grandes diseñadores no era solo por su exclusividad, precio prohibitivo para mortales y belleza, sino por las secretas conexiones artísticas que establecían entre ellos al ponerlos juntos, al exponerlos en mi vestidor. Un museo reúne belleza. La belleza es sagrada. Mi zapatera era un museo y, consiguientemente, un lugar inviolable.
Mi extravagancia ostentosa es un ismo más, una vanguardia artística. Por eso ordené incluir en los diccionarios la palabra imeldífica, sinónimo de esa ostentación que ya marca tendencias, porque a mí lo que de veras me interesó siempre fue la moda. Y aunque mis compañeras del Pacto no acaben de entender mi frenética actividad como mecenas, es lo que de verdad me hace feliz. Becar a los artistas del siglo XXI a través de mi fundación para que me ayuden a inmortalizar el imeldismo como movimiento artístico surgido a partir de Imelda, viuda de Ferdinand Marcos, dictador filipino, es mi razón de ser. Impresionismo, Cubismo y pronto, tiempo al tiempo, el Imeldismo, principal corriente artística desde el Postmodernismo.
Me resulta fácil corromper artistas para que promocionen sus propuestas, en cualquiera de los campos del arte, como imeldistas o imeldíficas, término este último que prefiero porque denota, además, cualidad de magnífico. Es facilísimo, cuando se tiene tanto dinero y poder, manejar el mercado del arte. Gracias a mi billetera pongo de moda, por ejemplo, una calavera humana hecha de diamantes, orquesto una buena campaña de comunicación en los suplementos culturales de los principales diarios europeos y americanos y después organizo una buena subasta mediática previo pago de alguna cifra astronómica y ya está, semanas después comienza el goteo de peticiones de museos y galerías de arte de todo el mundo solicitando alguna obra imeldífica.
Pero mi venganza no ha sido siempre tan artística. No. Confesemos la verdad. El Imeldismo es un divertimento, aunque también un invento a mi medida para continuar haciendo dinero fácil, pero es incapaz de saciar todos los huecos de aquella humillación. Quiero que mueran los flacos de espíritu, los mediocres. Quiero que mueran los débiles y quiero que mueran todas esas gentes comunistas, ecologistas y yo qué sé qué más, pero que hacen siempre un mundo peor. Y hay que decirlo claro. A mis compañeras del Pacto no les gusta que hable así. Yo les digo que es mi forma de ser y que si una vez dije que sería la madre del mundo es porque sabía que sería verdad. ¿Qué otra cosa hacemos las que estamos en el Pacto? Parir, como mujeres que somos. Parir. Pero parir un mundo nuevo. Un mundo mejor. Un mundo diferente.
–Todos estos años le han dado la razón a Armando. Nadie habría pensado que esto pudiera ir tan rápido. Calibán es la isla de los demonios— le dijo Catalina Prieto a Danilo Porter.
Observó su casa, al menos el pequeño salón donde lo había agasajado con café y unas galletitas danesas de mantequilla que extrajo de una lata redonda y azul. Nada, en todo lo que vio desde que Catalina le abriera la puerta y lo condujera por un largo pasillo hacia el fondo de la vivienda, donde se hallaba el acogedor salón, le había parecido raro o sospechoso a Danilo Porter. Pensó encontrar numerosa imaginería religiosa, altares, santos, cirios gruesos y velas envueltas en plástico rojo, colores cardenalicios, rosarios, cuentas, en fin, ese tipo de decoración propia de los hogares de personas beatas. Sin embargo, los objetos que contemplaba eran normales. La austeridad se imponía en el mobiliario, en su mayoría piezas forjadas en madera de pino y barnizadas después en marrón oscuro, pero brillante. Había algunos libros y reconoció algunos títulos del escritorzuelo local, Alameda del Rosario, mezclados con novelas románticas, a juzgar por los habituales diseños de tapas rosas. Había pequeños mantelillos bordados en tela blanca con pespuntes de motivos florales, dos o tres figuritas de porcelana, unos elefantes, unos cisnes, un adonis con un violín y tres cuadros: dos marinas y una acuarela que representaba con realismo el bosque de sabinas, el emblemático árbol autóctono de la isla. Al fondo del salón, en penumbras, la silueta de un piano.






