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El capítulo que cierra esta primera sección es “Cartografiando traspaíses del Caribe continental: turismo comunitario, redes colaborativas e identidades”, del geógrafo Samuel Jouault. Centrándose en el turismo de las sociedades locales y la confrontación de estos colectivos con intereses gubernamentales, Jouault expone los posibles sitios de construcción identitaria que se negocian desde las prácticas comunitarias. Con estudios de caso en el traspaís yucateco y en la Bahía de Tela, Honduras, los cuales trazan paralelos fascinantes en estas dos zonas del Caribe continental (la presencia de pueblos originarios, la presencia de macroproyectos turísticos con desarrollo explosivo que amenaza los territorios, entre otros), Jouault pone en evidencia los continuos desalojos que enfrentan las comunidades. Los proyectos de turismo local se construyen como sitios que posibilitan una autonomía local y que son una oportunidad para frenar la destrucción de saberes culturales, lingüísticos y medioambientales.
Si la primera sección de esta colección de ensayos aborda, a grandes rasgos, las des/articulaciones entre islas y continente, focalizando en relaciones socioeconómicas e históricas, la segunda sección considera experiencias cotidianas al interior de las regiones, las tensiones y paradojas en el seno de la construcción identitaria en zonas que configuran identidades nacionales en conflicto con su propia heterogeneidad regional, y propone una poética transfronteriza que permite discutir las representaciones identitarias del área.
El primer capítulo de esta sección es “Representaciones literarias en el Caribe continental. Interrogando la insularidad en la península de Yucatán”, de Margaret Shrimpton Masson. Este trabajo propone, en primer lugar, un modelo teórico metodológico para al abordaje del Caribe continental a partir del concepto de insularidad. En la segunda parte del capítulo se evidencian y analizan representaciones literarias de escritores comunitarios, que discuten aspectos del aislamiento-conectividad insular, en los espacios interiores, a espaldas del mar, reconfigurando un paisaje de selvas, manglares y salinas, en vez de playas, sol y “turismo-todo-incluido”.
Los siguientes dos capítulos focalizan la mirada desde el continente hacia las islas. Ambos trabajos exploran acciones diplomáticas y evidencian las complejas narraciones sobre la región desde la geopolítica. El estudio de Wilson Enrique Genao, “Vientos de guerra. Estados Unidos y Alemania en el escenario geopolítico del Caribe insular (1898-1919)”, pone de manifiesto las elaboradas coreografías diplomáticas de dos poderes ajenos a la región que buscan abrir camino en el Caribe, creando estrategias confrontacionales. En este contexto geopolítico, se perfila el rol de Alemania en la región y la amenaza que este significó para EE. UU. durante las primeras décadas del siglo XX. El capítulo siguiente, “Murder in the tropics. La participación de México frente al conflicto fronterizo dominico-haitiano de 1937”, de Laura Muñoz Mata, examina la participación mexicana en la búsqueda de una solución al conflicto entre Haití y la República Dominicana, que desborda en 1937 con la masacre de haitianos en la frontera entre las dos naciones. Muñoz propone que el cuerpo diplomático mexicano actuó desde sus intereses regionales (antes que desde lo nacional) al intentar limitar el alcance del conflicto.
Los dos capítulos que siguen están inmersos en los Caribes insulares y sudamericanos, al considerar una geopoética de los desastres naturales en textos literarios del Caribe francófono y poéticas identitarias colectivas en Guyana. Margarita Vargas Canales analiza un amplio corpus literario en francés y creole, en “Geopoética de una naturaleza devastada en el Caribe francófono”, en donde su análisis parte de una propuesta metodológica centrada en la transdisciplinariedad: el estudio en y desde la literatura de la precariedad, la ecología, la pobreza y los desastres naturales. La geopoética que resulta es intrínsecamente transdisciplinaria y aporta nuevos métodos y paradigmas para el abordaje de nuestra región.
Por su parte, en “Identidades colectivas: experiencia mítica y acto narrativo en The Ventriloquist’s Tale (1997)”, Susana Barradas explora la construcción de identidad en la novela de la escritora guyanesa Pauline Melville. Barradas argumenta que la novela de Melville existe como un sitio dinámico de producción de identidades y expone un tejido narrativo de patrones míticos y experiencias cotidianas desde donde se recupera la memoria cultural a través de un performance de arraigo y conectividad entre los diferentes actores. El capítulo expone y discute —como también sucede en los capítulos de Romero y Niño, Jouault, Mezeta y Shrimpton— la producción contestataria de identidades en zonas con una presencia de pueblos originarios que no se entienden a partir de las narrativas nacionales.
El capítulo de Adriana García Mendiola, “'En el fondo del caño hay un negrito': la plena del aislamiento”, vuelve al abordaje de las insularidades como dinámicas móviles. Si bien el texto se centra en una situación antillana, la conceptualización del aislamiento, en este caso urbano, y la visualización de microespacios insulares que se crean como resultado de procesos de migración y marginación, crean un diálogo con varios de los capítulos de este libro.
El capítulo final de este libro, “Caliban chicanizado”, de Tomás Ramos Rodríguez, conceptualiza la frontera como espacio performático y utiliza a Caliban y a la calibanización como marco para analizar los procesos de resistencia en las comunidades de la frontera norte, una diáspora caribeña-chicana. Este espacio fronterizo se vuelve un lugar de memoria transnacional al ser hogar de cada vez más migrantes del área Caribe. Al profundizar en las identidades y el sentido de pertenencia, encontramos nuevamente este proceso performático de raíz y rizoma, en esta frontera que es también puente entre lo caribeño y lo chicano.
Juntos, los quince capítulos de Desde otros Caribes. Fronteras, poéticas e identidades ponen en escena a “otros Caribes” en un performance dialógico y transdisciplinario que permite su discusión como actores en un espacio Caribe diverso e interrelacionado. Esta colección impacta en los estudios académicos del área al afirmar —y no cuestionar— un área Caribe que plantea nuevos diálogos hacia dentro y fuera del área, en un acto consciente de construcción de poéticas dinámicas, transdisciplinarias y transfronterizas. Lejos de ser una propuesta que amplía sin límites al área, el libro profundiza en las historias de arraigo que se comparten de manera performática en la región, las historias profundas de estos otros Caribes.
Santo Domingo y Mérida, noviembre 2020.
2. Ver: Brito Villanueva, G. (2019). Los usuarios y sus espacios: la fragmentación de la ciudad de Cancún vista desde su literatura (tesis de licenciatura). UADY; Valdéz Castillo, G. J. (2020). Memorias al Reencuentro: Panorama y catálogo de Cozumel y su literatura 1874-2019 (tesis de licenciatura). UADY.
3. Ver: García Mendiola, A. M. (2018). Denuncia, resistencia y marginación en el cuento “En el fondo del caño hay un negrito” y la película Beasts of the Southern Wild (tesis de licenciatura). UADY; Arroyo Méndez, F. A. (2018). La dehiscencia de América Latina: Horizontes expectativos en “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” de Gabriel García Márquez (tesis de licenciatura). UADY.
4. Barradas Rosado, S. C. (2016). Pasear jardines es construir senderos: patrones de dialogismo textual en “El jardín de senderos que se bifurcan” (1942) desde los estudios de traducción (tesis de licenciatura). UADY. Can Caballero, D. A. (2017). Rumbo a una Identidad Oceánica: relatos de identidad a través del habla y el movimiento en cuatro cuentos puertorriqueños (tesis de licenciatura). UADY; Ortiz Tzuc, A. (2018). Los imaginarios nacionales en las identidades invisibilizadas de Puerto Rico en “La borinqueña” (tesis de licenciatura). UADY; Argáez Cáceres, A. I. (2020). El contrapunto en la fuga de La consagración de la primavera de Alejo Carpentier (Tesis de licenciatura). UADY.
Capítulo 1
Redes autoorganizadas y agentes comerciales en las franjas de la Mosquitia y Yucatán durante los siglos XVII y XVIII
Antonino Vidal Ortega
Centro Estudios Caribeños. PUCMM. RD
La costa de la Mosquitia y Yucatán es extensa y dilatada y está constituida por un alto número de islas bajas y cayos con extensos arrecifes que hacen que la navegación sea peligrosa. Este cinturón de cayos siempre fue una barrera efectiva de protección del litoral que provee así un colchón de aguas calmadas entre islas y continente. Aunque está ubicada entre los trópicos, el clima es atemperado por brisas oceánicas que barren sus costas ocho o nueve meses al año ininterrumpidamente. La temporada seca va de febrero a mayo y la lluviosa de septiembre a noviembre. Sus exuberantes selvas y la abundancia de maderas preciosas atrajeron, desde comienzos del siglo XVII, a grupos de marinos ingleses marginales que hicieron de la piratería forestal y el contrabando su forma de vida en esta periferia del Imperio español, una frontera de agua, una región de contactos donde diferentes grupos étnicos, europeos y criollos urdieron relaciones complejas (Rupert, 2012; Victoria, 2015).
Por su valor geopolítico, fue durante dos siglos un área de disputa política, diplomática y militar, una franja imperial de gran valor por la abundancia de sus recursos naturales y la posibilidad de tener acceso al comercio del Pacífico (Elliot, 2007). Un territorio donde, desde el siglo XVII, se conformaron redes comerciales autoorganizadas de aventureros que supieron insertarse al comercio británico, vía Kingston, y al tráfico del añil, el cacao y la zarzaparrilla de América Central, desde sus asentamientos costeros. Fue un área del Caribe carente de poblaciones españolas que pasó a ser un lugar de interacciones frecuentes entre los nativos y los nuevos actores sociales de origen europeo y africano venidos del mar.
Un espacio enlazado al mundo Atlántico que configuró instituciones integradoras y flexibles fuera de los marcos jurídicos imperiales. Un crisol caribeño, entre imperios, esclavitud y contrabando, que dio paso a un comercio no bilateral, enmarañado en comisiones con diferentes escalas de negocios durante la travesía oceánica. Un intercambio mercantil entre individuos de diferentes nacionalidades, razas y religiones, agentes involucrados en torno a diferentes intereses en una amplia gama de negocios dentro del circuito comercial atlántico. El monopolio y el contrabando fueron dos aspectos complementarios de la economía del periodo colonial durante los siglos XVII y XVIII.
Tras la toma inglesa de Jamaica en 1655, la isla se transformó en una base marítima y comercial en el Caribe occidental, cuyos puertos recibían embarcaciones de distintas nacionalidades para abastecerse de esclavizados y productos caribeños y europeos. El tratado de Utrecht, en 1713, permitió a Inglaterra el acceso directo a los mercados de la América española con el Asiento. Desde inicios del siglo XVII, los agentes ingleses transitaron en sinuosos caminos entre la piratería, lo ilícito e, incluso, lo legal, centrándose en lugares y actividades sin reprimir el impulso egoísta del individuo y donde a veces, como en la trata humana, los intereses católicos y protestantes coincidieron.
Desde mediados del XVII, los asentamientos de la franja mosquita y la costa yucateca explotaron la caoba, el cedro y los palos de tintes. El aumento de las navegaciones volvió a estos territorios espacios de sociabilidad, de intercambios y de transferencias culturales y de conocimiento en un marco mercantil cada vez más mundial. Entre los años de 1620 y 1650, los primeros colonos llegaron vía islas Bermudas y Providencia y, paulatinamente, se desplegaron por las costas de Yucatán, el río Walix y la Mosquitia. Negociaron la protección política y militar, en primer lugar, pactando con los pueblos mosquitos, actores importantes de la creación de este espacio colonial y organizados en un reino independiente (Offen, 2008, pp. 1-36), y, después, de manera oficial, con Inglaterra a través de Jamaica.
En 1630, tras la aprobación del almirantazgo en Londres, se organizó una compañía puritana con interés en establecer plantaciones, tomando como base Providencia y Bermuda, pero con intención de explotar la costa de América Central (Sorsby, 1982, pp. 69-76; Solorzano, 1992, pp. 41-60). Las islas recibían asiduas visitas de piratas holandeses de Curazao, que navegaban la región desde antes de la llegada inglesa. Entre ellos destacó el holandés Abraham Blauveldt, quien como intermediario facilitó los contactos y las relaciones entre los recién llegados y los pueblos nativos del litoral continental (García, 2002, pp. 441-462).
Cuando Providencia fue recuperada por los españoles en 1641, los colonos decidieron trasladarse a la costa de Mosquitos, lejos de los puertos españoles; algunos eran prófugos de la justicia y otros estaban unidos sentimentalmente a mujeres nativas. Los mosquitos negociaron con los ingleses todo tipo de acuerdos, como formar parte de las expediciones para cortar maderas o embarcarse en las correrías piratas por ser excelentes marineros y expertos pescadores de tortugas y manatíes. Proveyeron, desde entonces, el abasto de los asentamientos y los barcos madereros (Offen, 2002, pp. 319-372).
Desde 1679, la diplomacia española acogió el derecho adquirido de estos hombres enraizados que sostenían prósperos enclaves madereros. En 1730, destacaban tres colonias organizadas con autoridades propias: Black Rivers, Cabo de Gracias y Bluefields. Los tratados de París (1763) y de Versalles (1783) reconocieron los enclaves del golfo de Honduras, nunca derogados por la monarquía hispánica, a pesar de las arremetidas bélicas desde el virreinato de Nueva España y la capitanía General de Guatemala (Reichel, 2013; Conover, 2016, pp. 91-133). Incluso, se extendieron los derechos en la convención de 1786.
Entendemos el Caribe occidental como un territorio marítimo articulado por encadenamientos transimperiales y transfronterizos más allá de cualquier regulación. Conexiones que acoplaron circuitos interregionales y vincularon regiones distantes, a menudo eludiendo los centros metropolitanos, pero afectando sus aconteceres políticos, económicos y sociales. No debemos entender este territorio sin contemplarlo como un nodo de interacción transimperial.
La piratería forestal desempeñó un papel crucial en la integración de las regiones interiores a los procesos atlánticos y fue una actividad que forjó vínculos de larga duración entre sujetos de múltiples procedencias y mezclas culturales que cristalizaron en redes comerciales independientes. Más allá de su ubicación estratégica, el Caribe occidental fue un escenario que propició la interacción y diversidad de los agentes comerciales. Territorio de escasa población y periferia colonial que padeció largas disputas, un espacio fluido donde los imperios se disputaban la soberanía en negociación con grupos nativos (Prado, 2019, pp. 1-25; Bassi, 2017; Rupert, 2019).
De las islas al continente: la llegada de los primeros hombres
En enero de 1620, un minero de la Nueva España llamado Diego Mercado despachó un navío de aviso desde Veracruz, enviando una propuesta para tomar militarmente las islas Bermudas como fórmula de protección del comercio del Perú y la Nueva España. Su propuesta se basaba en la información encargada al piloto flamenco Simón Zacarías, conocedor de las islas, para demostrar el daño que dicho archipiélago ocasionaba a la Carrera de Indias.
El informe muestra cómo era la vida en las Bermudas5. Describe un archipiélago de 106 islas, cercanas entre sí, con un entorno de bajos y arrecifes. Nueva Londres, la principal, albergaba un representante de la Corona inglesa y estaba habitada por 400 vecinos. Disfrutaba de un excelente puerto protegido por 3 isletas, con 5 fuertes artillados. La guarnición la componían 160 hombres, mayormente desterrados por delitos. Disponían de ganados, cortaban madera de cedro para vender en Inglaterra y fabricaban cajas para el tabaco de Virginia. Las islas disponían de sementeras de tabaco, trigo y maíz para alimentar el ganado, y cultivaban viñedos para elaborar vinos. Producían abundante y variada alimentación; la escasez de agua, su único problema, fue superado con pozos y jagueyes que captaban agua de lluvia. Describía también la existencia de un molino de viento para el trigo y el cultivo de lúpulo para fabricar cerveza como en Flandes. Sobre la idiosincrasia de su población, se expresaba en los siguientes términos:
La gente que vive en las islas es muy viciosa y vive de embriagarse y lo hacen muy a menudo y cuando alcanzan vino de España que lo apetecen muchísimo. Más de la mitad de la gente de la isla, están en ella como forzados y desterrados por delitos en Inglaterra y desean por momentos la libertad (Archivo General de Indias, 7 de enero 1620, Indiferente General 1526, n.o 17).
De sus arrecifes y playas sacaban ámbar y perlas de valor escaso. Ahora bien, el centro de su interés fue el negocio con traficantes, con los que realizaban operaciones comerciales comprando géneros del pillaje piráticos a cambio de bastimentos y mercancías baratas (por su carácter ilícito). Como puerto de resguardo, fue lugar estratégico para asaltar barcos incautos que navegaban entre las Antillas y las costas de Yucatán, y desde Bermudas hasta el eje portuario Cartagena-Portobello.
Entre soldados y artilleros había 700 hombres y, añadiendo niños, mujeres y ancianos, todos sumaban 2.000 personas, en su mayoría ingleses, pero también había un nutrido grupo de comerciantes judíos y calvinistas flamencos: “Los más son forajidos […], todos desean por cualquier medio la libertad” (Relación de las islas de las Bermudas, p. 4). Su fundación fue espontánea, no planificada por la monarquía, sino por mercaderes aventureros que, incluso, designaban sus propios gobernadores encargados de cobrar derechos a las mercancías enviadas a los armadores de Inglaterra y otros lugares. Especialmente, compraban cueros y tabaco, por entonces muy demandados en el mercado británico.
Los habitantes de las Bermudas desempeñaron el rol crucial de favorecedores del comercio oceánico transimperial. Desplegaron estrategias para crear sólidas redes de familiares extendidas en el mundo Atlántico, ubicadas en diferentes puertos, donde asentaban su residencia y canalizaban transacciones entre parientes y paisanos, acomodando mecanismos sostenidos sobre la seguridad y reciprocidad mutua. Fueron clanes de marineros complejamente entrelazados que engrasaron la maquinaria del comercio transoceánico (Jarvis, 2010).
Figura 1. Plano de la Bermuda y sus arrecifes, levantado por los buques Yngleses de la estación, rectificado por el comandante de la Fragata de Guerra Francesa la Hermione en su pérdida sobre el bajo A; copiado por el comandante Pavia de la de S. M. C. Esperanza. 1840

Fuente: Biblioteca Virtual Ministerio de Defensa (España). Plano de la Bermuda y sus arrecifes [MN- 14-B-5].
De las Bermudas a Yucatán y la Mosquitia. Maderas y contrabando
Durante el siglo XVI, los Habsburgo intentaron evitar que en el comercio americano participaran sus rivales; sin embargo, superadas las dificultades técnicas de navegación, los franceses primero y, luego, holandeses e ingleses, navegaron con asiduidad por el mar Caribe a finales del siglo. Desde el norte de La Española, e incluso Cuba, desarrollaron un expedito comercio de cooperación ilícita. Del mismo modo, numerosos grupos de contrabandistas se extendieron por las costas de la tierra firme, en concreto desde Margarita, Trinidad y, sobre todo, la península de Araya. La sal y el tabaco fueron los primeros reclamos comerciales por los que ingleses y holandeses mostraron interés (Naranjo, 2017).
Los impedimentos españoles a todo comercio por fuera del monopolio llevaron a los europeos a pensar en sus colonias y procurar su desarrollo agrario, sobre todo entre 1625 y 1650, tiempo en que el contrabando fue virulentamente perseguido. Los ingleses impulsaron con fuerza el cultivo de tabaco en Virginia, Saint Christopher, Barbados y otras pequeñas Antillas. Igualmente, los franceses tomaron Martinica, Guadalupe y Santa Cruz, y los holandeses se instalaron en Curazao, Aruba, Bonaire y San Eustaquio (Klooster, 2014, pp. 141-180).
En 1629, la Providence Company colonizó en el Caribe occidental el archipiélago de Providencia, San Andrés y Santa Catalina, lugar que sirvió posteriormente de base de apoyo y aprovisionamiento de Jamaica hacia el litoral de Honduras y Nicaragua en el siglo XVIII (Román y Vidal, 2019; Parson, 1964; Sandner, 2001). En la segunda mitad del siglo, los marinos ingleses regularizaron varios campamentos madereros en la costa este de Yucatán y la actual Belice y se enfocaron en la caoba, el cedro y las maderas tintóreas (Offen, 2000, pp. 113-135). Los piratas forestales agregaron el contrabando a la tala, afianzando así, desde 1670 en adelante, circuitos comerciales al interior de América Central, sobre todo cuando Inglaterra retiró su apoyo a los bucaneros, circunstancia que empujó a muchos al negocio de exportar maderas a Inglaterra, Nueva York y Jamaica. El consumo de tintes aumentó con el desarrollo textil e hizo de la piratería forestal una actividad lucrativa (Finamore, 2004, p. 30-47).
A medida que deforestaban los bosques costeros más accesibles, los leñadores extendieron sus operaciones a los ríos y penetraron el continente. A partir de ahí, durante dos siglos, las necesidades de las armadas y el consumo textil y maderero de Inglaterra y Europa depredaron los bosques del Caribe. Fue un comercio que, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, alteró el paisaje natural, social y económico de las costas de América Central, Yucatán y las islas del Caribe, mientras que en Londres y Nueva York solo cambió el gusto por el estilo del mobiliario, la arquitectura y el color de la lana con la que abrigaban sus largos y fríos inviernos (Evans, 2013).
Al tiempo, los cortadores operaron también en el noroeste de Yucatán, en la laguna de Términos. Los leñadores fraguaron alianzas con los pueblos nativos costeros que, a cambio de armas y ron, sirvieron como temporeros en el corte, como mercenarios en Jamaica y como tratantes de esclavizados indígenas (Marcus, 1990; Winzerling, 1946).
Tras apropiarse de Jamaica, los ingleses fortalecieron su presencia en Honduras y la Mosquitia, aumentando los contingentes de hombres que acudieron a la corta de madera. La actividad forestal alimentó el contrabando: Jamaica, ubicada estratégicamente, está situada al este del continente, siendo la isla más cercana, guarecida de los vientos del Atlántico, pero cruzada permanentemente por suaves brisas. Situada a veinte leguas de Cuba, treinta y cinco de La Española y, hacia el sur, a 150 leguas de Santa Marta y Portobello y a 140 de Cartagena de Indias.
A través de Cartagena y Portobello, su comercio accedía a los circuitos de la plata y el oro del Perú (Vidal, 2002), pero también a la demandada Quina, clave para combatir la malaria y otras fiebres en tierras tropicales. Las costas de Santa Marta albergaban, además, un comercio de perlas, conectadas a Curazao y Santo Domingo. Por último, Campeche y Veracruz daban acceso a los tintes, la cochinilla, la plata mexicana y la medicinal zarzaparrilla, todos productos exportados a Inglaterra, donde gozaban de especial prestigio. Cerca también se hallaban las Islas Caimán y cientos de cayos vacíos con abundancia de tortugas, comida básica de la gente del mar. Durante el siglo XVIII, la isla se convirtió en el centro de la administración imperial y de los intereses ingleses en el Caribe occidental y, principalmente, en un centro de información. También, fue la colonia que concentró más población de lengua inglesa en el Caribe y, sobre todo, proveyó toda la logística imperial más allá de la ocupación de la región.
Los asentamientos costeros obstaculizaron el comercio entre España y el golfo de Honduras, y los mercaderes centroamericanos fueron obligados a desviar los envíos del añil de Guatemala y Honduras hacia el puerto de Veracruz a través de largas, difíciles y costosas rutas terrestres. En la segunda mitad del siglo XVII, el lago de Granada y el río San Juan dejaron de ser el lugar que recibía recuas de mulas con cochinilla, añil y pieles de Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica, para introducirlas, vía Cartagena de Indias o Portobello, en la Carrera de Indias. Durante el siglo anterior, esta fue la vía principal de las exportaciones de América Central. A finales del siglo XVII, las bocas del río San Juan quedaron sujetas a los pueblos mosquitos y sus socios, situación que duró más de un siglo, aunque el río nunca pudo ser tomado a pesar de este control (Raddel, 1970, pp. 107-125).




