- -
- 100%
- +
—Sabe que confío plenamente en usted y le agradezco su confianza hacia mi persona. Pero supondrá hacer algunos cambios en mi vida.
—¿Y eso le causa algún problema?
—Ninguno.
—Pues entonces está todo dicho.
El señor Scott era un hombre muy convincente. Si le dejabas hablar, era capaz de convertir al demonio en un ángel. Una vez dado mi consentimiento, me explicó los detalles de mi cometido, mi misión.
Nueve días después, el jueves, 16 de enero de 1958, volaba hacia Helsinki, Finlandia, con un único propósito: mantener un encuentro con un hombre de toda confianza del Sr. Scott, quien me daría información de un alto dirigente de la KGB6. A aquel desconocido le pusimos el apodo de «yanqui rojo», por supuesto, fuera del conocimiento de nuestra embajada. Era un viaje de incógnito, aparentemente de vacaciones. A esas alturas ya tenía totalmente asumido que mi papel estaba dentro del círculo del señor Scott, un círculo muy restringido y que actuaba de forma independiente, fuera de la influencia y el control de La Compañía, como así llamábamos a la CIA.
A pesar de estar preparado para convivir con el frío y la nieve en los duros inviernos de Nueva York y Washington, cuando aterricé en el nuevo aeropuerto de Vantaa, a 19 kilómetros de la capital Helsinki, pude comprobar el inmenso manto blanco que cubría toda la ciudad. Una estampa preciosa que no cambia hasta que tus inseguros pies rompen el frío gélido a cada paso. Los termómetros marcaban -8 ºC.
Lo primero que hice fue comprarme un gorro de piel de marta para que me cubriera la cabeza y mis sensibles orejas; para lo demás, iba bien equipado. Era mediodía y se podía decir que el momento de máxima concurrencia de la población; aun así, en comparación con la gran City, la imagen que veía era de escasa presencia humana, y aunque en Estados Unidos estábamos en invierno, no se parecía en absoluto al frío que noté al llegar a Finlandia. Era tal la sensación gélida que notaba cómo los cristalitos de hielo se aposentaban hasta en los minúsculos vellos de mi nariz. Con aquella sensación pedí a un taxi que me acercara al hotel. Le enseñé un papel escrito con el nombre: «Radisson Blu Plaza Hotel».
Cuando el conductor leyó la nota, me contestó en un perfecto inglés:
—De acuerdo, no se preocupe. Enseguida le llevo.
—Cómo me alegro de que hable usted mi idioma. No hablo casi finés y sé que me resultará difícil comunicarme estos días.
—¿De dónde es usted?
—Norteamericano.
—Bueno, no se preocupe. No tendrá ningún problema.
—El inglés se practica mucho, ¿verdad?
—Sí, lo habla mucha gente, especialmente los jóvenes; esos saben hasta latín.
—Muchas gracias.
—¿De negocios? —preguntó el taxista.
—Un poco de todo. ¿Qué tal el hotel?
—Muy bien. Un histórico, tiene unos cuarenta años y alberga el restaurante Plaza, que tiene muy buena cocina. Se encuentra junto al parque Kaisaniemi y a veinte minutos a pie de casi todo lo importante que se puede ver de la ciudad.
—¿Está lejos el hotel del Teatro Ruso?
—De dieciocho a veinte minutos; en verano y a paso ligero, unos doce o trece. Está muy cerca, aunque ahora tiene que ir mucho más despacio. Hay placas de hielo bajo la nieve y uno puede resbalarse. El secreto, caminar despacio.
—Muchas gracias. ¿Me permite una pregunta?
—Por supuesto.
—Como voy a estar bastantes días, quisiera escuchar alguna pieza de Sibelius. ¿Es posible?
—¿Le gusta a usted la música?
—Cuando puedo, intento escucharla, pero aquí, en la tierra del gran músico y con mucho tiempo disponible, no me perdonaría perder la ocasión.
—No le podría contestar a su pregunta. Sé que todos los martes en la Sala de Conciertos del Ayuntamiento se puede escuchar y ver a la Orquesta Sinfónica. Seguro que allí siempre interpretan algo de Sibelius.
—Pues muchas gracias de nuevo.
Con aquella simple explicación, que luego complementé en la recepción del hotel, pude hacerme una composición del lugar y de mis siguientes pasos a realizar. Lo primero que hice fue comprarme una pequeña cámara fotográfica. Así podría disimular y representar mejor mi papel de turista; además, me ayudaría a pasar mejor los tiempos de espera, que seguro los habría.
El sábado 18 tenía el contacto con el desconocido. El lugar, el Teatro Alexander, más conocido comoTeatro Ruso, situado en la calle Bulevardi, lugar de la sede de la Ópera Nacional de Finlandia. Allí, en la fila número 8, butaca 10, sector derecho, tenía cita con un desconocido que, según mi información, estaría sentado junto a mí. Pero había un problema: no sabía si se sentaría a mi derecha o mi izquierda para hablar de otro hombre, aún más desconocido.
Recuerdo que la obra que representaban era El lago de los cisnes, de Tchaikovsky. Pero, debido a mis circunstancias, no tuvo en mí el éxito deseado, dada la preocupación por ver quién era mi contacto. Antes de comenzar, a mi izquierda había sentado un hombre mayor de barba bien recortada, mientras que a mi derecha el asiento estaba vacío, por lo que estaba más pendiente de mirar a mi alrededor que al escenario. Momentos antes de apagar las luces para dar comienzo a aquella representación, una señora accedió a la butaca vacía por el pasillo derecho, haciendo que se levantasen todos los ocupantes de sus respectivas butacas. Por fin se sentó. De su bolso sacó unas gafas y el programa, al tiempo que me dijo:
—Iemaneman enkasavu7— o algo parecido; más tarde supe su significado.
No entendí nada. De mí solo recibió una leve y simpática sonrisa. Al instante, las luces se apagaron y comenzó a escucharse la música. Tres minutos después, el telón se abrió y empezó la representación de aquella ópera, la transformación real de la princesa Odette, que se convertía por primera vez en un cisne. Luego, junto al decorado de un parque ante palacio, el príncipe Sigfrido celebraba su vigésimo primer cumpleaños con su tutor, amigos y campesinos. Las diversiones eran interrumpidas por la reina, madre de Sigfrido, y sus damas de honor, que se preocupaba por el estilo de vida que llevaba su hijo. La madre le recordó que la noche siguiente debería escoger esposa durante el baile real de celebración oficial de su cumpleaños, al que acudirían las más jóvenes y hermosas muchachas de la comarca, de entre las cuales el príncipe tendría que elegir a una como futura esposa. Era fácil seguir el programa porque, aunque muy resumida, ofrecía una traducción al inglés; todo un detalle.
La música, la escenificación y los movimientos armoniosos de los personajes eran tales que trasladaron, no sé a dónde, mi misión. Tenía que realizar grandes esfuerzos para dejar de contemplar aquellas bellas imágenes. Como debía prestar atención tanto a mi derecha como a mi izquierda, muchas veces dejaba de contemplar lo bello y maravilloso de aquel acto. Pensar si era la señora de mi derecha o el señor de barba de mi izquierda, el enlace con quien tenía que recibir alguna señal para cerrar aquel encuentro, me producía tensión y, a veces, nerviosismo e impaciencia.
Viendo que ambos asistentes estaban tan atentos a aquella maravillosa ópera, y dado que no me había apercibido de ningún contacto, opté por imitarlos. El tiempo pasó y me sumergí de nuevo en ese cuento de hadas, convirtiéndome en el desolado príncipe y esperando a que mi Odette, de quien me había enamorado, y ya convertida en cisne junto a toda su corte por el hechizo del malvado Von Rothbart, recuperara su forma humana a la noche siguiente. Así que debía esperar, y esperé.
Tengo que admitir que hubo momentos en que la música me puso los pelos de punta, sobre todo cuando vi el acto cuarto, donde a orillas del lago las jóvenes cisnes esperan tristemente la llegada de Odette. Ella llega llorando desesperada por la traición de Sigfrido y les cuenta los tristes acontecimientos de la fiesta en palacio. Las doncellas cisnes tratan de consolarla, pero ella se resigna a la muerte. Aparece Sigfrido implorando su perdón. Ella lo perdona y la pareja reafirma su amor. Ya sé que es de un romanticismo exagerado, pero aquella puesta en escena de tantas bailarinas cisnes danzando junto a su reina, la música, las luces y los movimientos de sus brazos y sus cuerpos le dejan a uno perplejo. Sentí que se detuvo el tiempo.
Supe que pronto se acabaría y nada me hacía sospechar que el contacto se fuera a producir; miré a mi derecha y aquella mujer estaba llorando. Luego, volví la mirada a mi izquierda. ¡Mierda! El hombre de barba recortada había desaparecido y yo no me había enterado. ¿Pero cuándo se marchó?
No me extrañó que tuviera tal descuido, porque aquella música, aquel ballet te hipnotizaban. Me dejé llevar en mi frustración y vi terminar, como todos los presentes, los últimos bailes, los últimos movimientos hasta el abrazo final de los dos enamorados. Os puedo asegurar que sentí la misma emoción que cuando escucho el himno nacional. Fue impresionante. Diez minutos de pie todos aplaudiendo, entre ellos, yo. Cuando terminó, todas las luces se encendieron y la señora me preguntó en palabras inteligibles:
—¿Le ha gustado?
Me sorprendió tanto que mis labios quedaron sellados por segundos. Al final respondí un «mucho» que casi ni yo mismo escuché.
—Mañana a las once en la fuente de Havis Amanda. No se olvide. Fuente Havis Amanda a las once de la mañana.
Sin darme tiempo a reaccionar, se marchó más rápido de lo que había venido. Recogí mi abrigo y mi gorro en la guardarropía y me fui. Tras dos horas sentado, necesitaba dar un paseo hasta el hotel, memorizando aquel mensaje y recordando la conversación que tuve con el señor Scott:
—Esta misión no es de alto riesgo. Es más, diría que de riesgo cero. Tan solo tiene que escuchar y memorizar bien lo que le digan, pidan o soliciten. Una persona, bien consolidada en el Partido Comunista Ruso y perteneciente a la KGB, tiene pensamiento de desertar. Al menos, así se lo ha hecho saber a uno de mis agentes. No quiero ni debo poner en riesgo la integridad de esa persona, por lo que no se utilizarán los cauces oficiales de la CIA hasta que todo esté confirmado, seguro y ratificado por mí. Por eso, esta misión es ideal para usted. No está fichado ni ha operado en ningún país fuera de México.
—Creo que me vendrá muy bien un cambio de aires. ¿Quién es el contacto? —recuerdo que le pregunté.
—Una persona se pondrá en contacto con usted en el Teatro Ruso, donde irá a ver una ópera. En este sobre están las entradas al teatro, monedas del país y un plano de ubicación. Una cosa importante: no escriba nada. Todo lo debe memorizar. Recuerde que va de viaje de turismo durante un mes, así que considere que le he dado sus merecidas vacaciones pagadas. Si le ocurriese algo, diga la verdad, que es asesor en materia energética de la Embajada de los Estados Unidos en México. No tendrá ningún problema. Y si se complicaran mucho las cosas, llame a nuestro embajador.
—¿Pero no me ha dicho que no hay ningún riesgo?
—Se lo he dicho, pero esto es como los médicos cuando operan, que no garantizan un éxito al cien por cien.
—Bueno, dicho así, mantendré esa esperanza. Muchas gracias, señor Scott.
—Gracias a usted. Otra cosa, ya va siendo hora de que nos tuteemos, ¿verdad, Bill?
—Me parece muy bien, Wim.
Sin darme cuenta de lo que había caminado y pensando en el espectáculo que presencié, me encontré en el Parque Esplanadi. Giré hacia el norte por la calle Mikonkatu y llegué al Hotel Plaza; los tan solo veintitrés minutos que tardé fueron suficientes para que se me helara la nariz. Eran las 20:15 y la temperatura marcaba -15 ºC. Fui directo a cenar. Después, como no bebo alcohol, me acosté enseguida para calentarme.
A la mañana siguiente, domingo, amaneció totalmente despejado. Tomé un largo baño y, después de un fuerte desayuno, marché hacia el lugar de encuentro al final del Parque Esplanadi en su lado este, donde se hallaba la Fuente Havis Amanda, en la misma Plaza del Mercado. Hice algunas fotos como recuerdo y esperé mirando los edificios de alrededor.
—¿Señor Sullivan? —escuché una voz a mis espaldas.
Cuando me volví, reconocí a aquel hombre. Era el que se había sentado a mi izquierda en el teatro la tarde anterior.
—¡Sí! ¿No es usted…?
—El de su izquierda —me interrumpió.
—Espero que hoy no desaparezca sin avisar.
—Perdone, si le molesté, pero debemos tomar todo tipo de precauciones. Si es tan amable, vayamos paseando.
No dimos más de diez pasos cuando le pregunté:
—¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Mi nombre que debe saber es Jalo. Pertenezco a un grupo secreto que mantiene relaciones en ambos lados. Ya sabe, entre occidentales y rusos. Y le puedo asegurar que es difícil mantener un equilibrio perfecto. A veces, los de un lado nos ven como sus enemigos; otras, los mismos nos consideran sus amigos y colaboradores. Es muy complicado, pero así es este juego.
—Le entiendo.
—Sin embargo, y pese a todo, soy un hombre fiel a Scott. Él me salvó la vida cuando estuvo en Europa. Desde entonces, opero y le ayudo cada vez que me lo pide. Supongo que esto le habrá resuelto cualquier duda o, por lo menos, le habrá tranquilizado saber quién tiene de frente, ¿no?
—Sin duda. Pero, dígame, solo por curiosidad, ¿quién era la señora de ayer, la del mensaje?
—Es mi número dos, de toda confianza.A su marido lo asesinaron los rusos. Haría cualquier cosa por ayudar a que un ruso desertara y se pasara al otro bando. Bien, ahora quiero que preste mucha atención. Cuando termine, me puede hacer las preguntas que usted considere pertinentes.
—De acuerdo.
—Nuestro hombre en cuestión estuvo trabajando como jefe de sección en el Departamento del Servicio de Inteligencia Soviético, como responsable del servicio de contrainteligencia. Durante dos años trabajó enViena, espiando. Luego lo nombraron subsecretario de la organización del partido. Hace dos años recibimos un aviso para mantener una reunión en Viena. Allí me trasladé, pero no pude hablar con él personalmente, sino por teléfono. Todavía no sabemos exactamente quién es, aunque la información que tenemos es correcta. A pesar de que hemos filtrado las voces de algunas personas que reúnen posibilidades, no se le ha reconocido su voz, suponemos, estaría distorsionada a propósito. Por entonces, me manifestó que empezaba a desilusionarse con el sistema soviético. La causa que esgrimió fue lo acaecido en Hungría ese año. De lo acaecido y de lo que me contó solo informé a nuestro superior Scott, por decisión expresa del propio interesado. Hace tres meses recibí la misma clave que utilizamos enViena para tener un encuentro. Lamentablemente, y al igual que en aquella ocasión, el encuentro físico no fue posible, pero envió a un correo, una persona de toda confianza; se presentó como su esposa. Nos vimos en el mismo sitio que ahora estamos pisando y me entregó un documento escrito con sus intenciones futuras. Esa información ahora está en manos del señor Scott, que es quien lleva personalmente este affaire. Sabemos que nuestro susodicho ha pedido ser enviado a la Embajada soviética en Helsinki, cosa que pronto ocurrirá, y si se confirma que Estados Unidos lo adopta, se preparará toda la operación para sacarlo del país. Pero esa será otra historia. ¿Preguntas?
—¿Conocemos su nombre?
—Nunca lo ha dicho, aunque sabemos que se hace llamar Ivan Klimov. Como esto no se ha dado a conocer a la CIA, no podemos rastrear los archivos y vamos un poco a ciegas; por otra parte, al indagar por los canales soviéticos, levantaríamos la liebre.Tenemos que esperar a ver qué nos dice nuestra propia investigación. De momento, los tiempos los marca él. Descubrir el hilo que nos puede hacer dar con el verdadero nombre es a través de fotos de su presunta esposa, a quien seguimos esporádicamente con mucha dificultad, por razones obvias. Estamos en ello, pero aún no sabemos con seguridad de quién se trata y cuál es su nombre verdadero.
—¿Y no podría ser que se hiciera pasar como arrepentido para convertirse con el tiempo en agente doble o topo soviético?
—Tal vez. Eso ocurre con frecuencia en ambos lados, pero es un riesgo que se asume. A ambas partes les interesa esa forma de conquistar a la persona, es un método que muchos países practican. Aunque luego está la persona interesada, que es quien se inclina hacia un lado u otro.
—Pero entrañará peligro, ¿no?
—Peligro y mucho dinero. Buscar un equilibrio es la garantía para que te respeten en ambas partes. Precisamente Klimov nos dio el nombre de una importante espía rusa, una funcionaria que trabaja en la CIA. Lo está comprobando Scott. Pero lo que nos da más seguridad de su sinceridad es que quiere desertar acompañado de su esposa y su hija. Eso para nosotros ya es una garantía.
—Podría ser. Y bien, ¿qué debo hacer? ¿Me espero a tener más información sobre Klimov, o…?
—Lo mejor es que se quede. Creo que faltan pocos días para conocer su verdadera identidad, de manera que disfrute de sus vacaciones y espere. Cuando tengamos la información, nos pondremos en comunicación con usted; le dejaremos aviso en recepción. El lugar de encuentro siempre es aquí en la fuente; el día y la hora, se los indicaremos. De cualquier forma, antes de marcharse nos veremos de nuevo. Entretanto, ¡disfrute de Finlandia y de nuestro sisu!
—¿Cómo dice?
Jalo se sonrió por la cara de extrañeza que puse.
—Si hay una palabra que defina mejor a Finlandia es, sin duda, sisu.
—¿Es algún pescado?
Recuerdo que soltó una fuerte carcajada.
—No es una palabra, es un concepto que existe desde hace más de quinientos años. Para nosotros, es una especie de coraje, bravura o perseverancia. Digamos que es un grito a la unidad para superar una circunstancia adversa o sobreponerse a situaciones límite.
—¿Una aptitud?
—Sí, algo así. El sisu detalla la manera de ser de nuestra gente, su carácter, es…
—El espíritu finlandés —recuerdo que le interrumpí.
—Nunca lo habría definido mejor. Correcto.
—Bueno, pero cultivar eso me costará tiempo, ¿no? —le dije, sonriendo.
—No lo crea. Con poco que esté en este país y lo conozca, lo entenderá, y aún mejor, lo asumirá.
—Pues gracias por el consejo. Saborearé cada momento que esté aquí.
—¡Eso es, eso es, señor Sullivan! —exclamó, marchándose con toda satisfacción.
—¡Conforme! —le contesté ya en voz alta.
Permanecí allí de pie mientras observaba cómo poco a poco aquel hombre se alejaba.Todo lo que me estaba ocurriendo allí, en ese escenario, era más propio de una novela o de una película que de una realidad, pero así era.
A partir de aquel momento, quizá por haber expulsado la ansiedad o la tensión de conocer lo desconocido, la ciudad de Helsinki me pareció más bella, más bonita, y veía cosas que antes la nieve me ocultaba. Percibía a la gente más alegre, más activa, de modo que decidí disfrutar y recorrer la ciudad. Hasta me prometí verla en temporada estival, sin su manto blanco. Así que aproveché para visitar Tallin, en Estonia, a tan solo 80 kilómetros al sur de la capital; desde luego, se notaba que había sido territorio ocupado por los soviéticos.También visitéTurku, la ciudad más antigua de Finlandia. Me gustó mucho, es una de esas ciudades donde no me importaría vivir. Creo que sentí el sisu.
El sábado 25 recibí una nota que me dejaron en recepción: «Lunes, 11:30. Jalo». Como era de esperar, acudí puntualmente. Esto es lo que recuerdo de lo que hablamos en aquella cita:
—¿Está disfrutando de sus vacaciones?
—Sí, y estoy descubriendo que Finlandia es muy bonita.
—Me gusta que se encuentre a gusto entre nosotros y le guste esta tierra. Bien, hay novedades.
—¿Buenas o malas? —le interrumpí.
—Muy buenas. Antes de que viniera usted, hace un mes, enviamos un correo a Klimov, pidiéndole una prueba para que ustedes pudieran confiar en él. Por supuesto, le hicimos sabedor de que debía desvelarnos información interesante. Hace cuatro días recibimos la respuesta: «Indagar en el club Delicias. Washington, dos de sus mujeres son espías nuestras».
—Bien, es una buena pista para comenzar.
—¿Conoce el club?
—No, pero es evidente que si se hace una buena investigación, seguro que sacaremos información sustancial. Solo así tendremos la oportunidad de saber lo que vale este Ivan Klimov, y si nos dice la verdad.
—La otra noticia importante es que sabemos, casi con total seguridad, su identidad. Se trata de Anatoliy Mikhaylovich Golitsyn. Ahora está en Moscú, en la misma academia de la KGB, terminando la carrera de abogado. Es un personaje que está asumiendo peso representativo dentro del partido y muy cercano a los círculos del poder. La KGB se está reorganizando y él ya ocupa un papel importante. Está desempeñando trabajos como analista en la sección OTAN. Nosotros no disponemos de recursos para ampliar y cotejar que es nuestro personaje, además de que levantaríamos todas las alarmas. Eso se lo dejamos a Scott. Pero si se confirma, se trataría de un hombre de primera línea, muy importante.
—¿Puede repetirme el nombre?
—Anatoliy Mikhaylovich Golitsyn.
—Creo que debo escribirlo hasta que lo tenga bien memorizado —le contesté.
—Ya he pensado en ello. Tenga estas postales de la ciudad. En cada una de ellas está escrito en goma arábiga el nombre, lo que lo hace invisible, a no ser que la moje con un colorante para poder leerlo. Pero lo mejor será que repita muchas veces el nombre hasta que lo memorice, buscando alguna regla nemotécnica, ya sabe… Así nunca se le olvidará.
—Entiendo que con esto mi estancia aquí ha terminado.
—Creo que sí.
—Bueno, ha sido un placer conocerle. Si alguna vez va por los Estados Unidos, no dude en visitarme. Para mí será un honor corresponderle. El señor Scott sabe dónde encontrarme.
—El placer ha sido mío.
—Dé recuerdos a la señora dos.
Así fue como cerré la información que tenía que llevarle al señor Scott. Me marché inmediatamente al hotel, y en el mismo baño mojé una de las postales con colonia. Luego escribí el nombre en un papel para no olvidar cómo se deletreaba. Repetí la misma operación con otra postal; el mismo resultado: ANATOLIY MIKHAYLOVICH GOLITSYN. Lo repetí tantas veces en voz alta que no se me olvidaría jamás. Luego hice otro ejercicio: memoricé las letras de aquel nombre, pero de derecha a izquierda y en grupos de siete letras: NYSTILO GHCIVOLYAHKIMY ILOTANA, NYSTILO GHCIVOLYAHKIMY ILOTANA, NYSTILO GHCIVOL YAHKIMY ILOTANA. Lo hice tantas veces para fijarlo en mi memoria que, pasados los años, aun soy capaz de recordar aquella serie.
Después de aquel ejercicio memorístico quemé todo lo que había escrito, incluidas las postales. Sin embargo, por precaución, quería asegurarme de que el olvido no me jugara una mala pasada, por lo que anoté cada grupo de siete letras en las páginas 7, 31, 61 y 97, todos números primos, siguiendo la frecuencia, en la novela finlandesa más popular, SeitsemänVeljestä (Los siete hermanos), del autorAleksi Kivi, que compré a tal efecto; mi tranquilidad quedó más que satisfecha. Pronto mi mente me pedía recitar aquel ejercicio que con cierta frecuencia realizaba mentalmente: NYSTILO GHCIVOL YAHKIMY ILOTANA [...], así una y otra vez. Satisfecho, preparé todo para mi marcha.
Al día siguiente, compré los billetes de vuelta con la compañía Finnair hasta Nueva York; luego con la Mexicana, para llegar a final de destino. Así que, dejando los pormenores del viaje de vuelta, llegué a Ciudad de México el viernes 31 de enero por la tarde.
El lunes 3 de febrero tuve la reunión con mi superior,Winston M. Scott.
—¡Bill! Cómo me alegro de verte.
A partir de aquel día, que yo recuerde, siempre me llamaría con el diminutivo de mi verdadero nombre.
—Lo mismo digo.
—Traes cosas importantes, ¿no?
—Creo que muy importantes.
—¿Qué te han parecido mis hombres?
—Extraordinarios —le aseguré.
—Pues que sepas que tú estás entre ellos. Bien, ¡cuéntame!
Le conté con detalle todo lo que me ocurrió y cómo lo viví desde mi perspectiva. Le encantó y se rio conmigo de lo ocurrido en el teatro con la desaparición del hombre de la barba.
—Bien, todavía no me has dicho el nombre verdadero de Klimov —comentó con cierta impaciencia.




