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—¿Señor Sullivan?
Plegué el periódico y presté atención a la persona que tenía enfrente. Era un rostro como de un ángel, pelo rubio y ojos claros.
—¡El mismo! —contesté.
—Paseemos, por favor. ¿En qué podemos ayudarle?
Le expliqué brevemente el problema que tenía y que, según mi criterio, podría ser el más difícil de resolver conforme pasara el tiempo, atendiendo a lo que le había avisado al señor Scott. La joven me escuchó sin interrumpirme. Luego comenzó a ofrecerme ciertas sugerencias y ruegos a los que no tuve nada que objetar.
—El primer problema que tenemos es el idioma, aunque eso se puede salvar. Esto es lo que haremos.Antes de volver a casa le daré una dirección de uno de nuestros hombres en Nueva York; con él aprenderá finés, y le pido que se aplique y haga el máximo esfuerzo por aprenderlo; de ello depende su vida. Será con él, solamente, con quien tratará este asunto. Una pregunta: ¿de cuánto dinero estamos hablando que debe sacar?
—Lo tengo en efectivo en una caja de seguridad. Cerca de 300000 dólares.
—Eso es mucho.
—Son los ahorros por los esfuerzos de mi trabajo.
—No digo que no se los merezca. Lo comentaba por cómo pasarlo sin levantar sospecha.
Hubo unos minutos de silencio.
—¿Se fía de nosotros, señor Sullivan?
—Por eso estoy aquí.
—¡Bien! Cada vez que tenga un encuentro con nuestro hombre, usted le entregará 25000 dólares en un paquete bien cerrado. Buscaremos una nueva identidad y abriremos con ese nombre una cuenta en el Banco de Finlandia, donde iremos depositando cada uno de los importes que recibamos.Así, solo usted los podrá retirar cuando ya sea ciudadano finlandés. Cuídese de tener suficiente efectivo para poder moverse hasta entonces.
—¿Cuándo prevén que esto ocurra? —pregunté.
—Dentro de un año, a no ser que todo se precipite; en ese caso, ya resolveremos.
—De acuerdo.
—Ahora está la otra cuestión, la más importante: por precaución, necesitaría un lugar en Finlandia, una casa aislada, cerca de la frontera rusa. Cuando pase un cierto tiempo, podríamos buscar residencia en Helsinki u otro lugar. ¿Qué le parece?
—Lo que usted diga, señorita.
—Llámeme Inkeri. Piense en su alias, que utilizaremos a partir de mañana.
—¿Por qué mañana?
—Mañana nos trasladaremos a Karelia y buscaremos una casa que se acomode a sus preferencias. Le recogeré a las 11:00 horas, estaremos unos tres días ocupados. Así conocerá mejor el país que le va a acoger. ¿Está casado?
—No. Estoy solo. No llevo ninguna mochila.
—Eso lo hace todo más fácil. ¡Que descanse!
Aquella preciosa mujer se marchó alejándose con paso ligero, dejándome con un montón de preguntas y dudas que tenía en mente. Segundos después, volví al hotel. Haber escuchado ese plan con tanta seguridad me tranquilizó, aunque, por otra parte, no dejaba de pensar en los paquetes que debía entregar al profesor de finés.
—¿Qué otra solución tienes, Stowe? —me pregunté.
Al día siguiente Inkeri me recogió con su coche.
—¿Está preparado?
—Lo estoy.
—Nos esperan en un lugar que creemos que reúne todas las condiciones que buscamos. Si no es así, subiremos hasta Joensuu, e incluso hasta Kajaani. No hay prisa ni tenemos que precipitarnos, máxime cuando el lugar que elija podría ser para el resto de su vida. ¿Le parece bien?
—OK.
—¿Ha pensado su apodo?
—¿Sibelius?
—Simple pero bonito. Me gusta —afirmó Inkeri.
—¿Lo cree acertado?
—Es acertado. Hasta que tenga su carta de ciudadano finés, solo utilizaremos este nombre.
—OK.
—Mi primer consejo es que evite pronunciar «OK», eso delata mucho. Intente decir una expresión más nuestra como «mukaan», que es como decir «conforme», pero sin abusar.
—OK. Perdón, mukaan.
Después de un momento en silencio, Sibelius inició una conversación.
—Siento lo de su padre.
—Sí, ha sido un duro golpe. Todos sentimos su pérdida, pero la vida continúa. Y esto que estamos haciendo por usted es lo que él hubiera hecho para ayudarle.
—¿Sigue con actividad su red?
—Prácticamente está dormida. Nos activamos según sea la importancia de la persona.
—No creía que fuese tan importante.
—Usted no, esto se hace por el señor Scott.
Después de bastante tiempo en silencio y recorridos unos cien kilómetros, Inkeri comenzó a hablar en un tono más personal.
—¿Por qué no se ha casado?
—No he tenido mucho éxito con las mujeres.
—¿Por alguna circunstancia especial?
—Quizá sea mi actividad la que no me ha permitido echar raíces, no sé…
—Usted es aún muy joven. Ahora, en su nueva vida, seguro que tendrá la oportunidad que espera.
—La verdad es que no sé si tengo tiempo ya para eso.
—¿Qué edad tiene?
—Cuarenta y cuatro; aunque bien pensado, tal vez puedo tener alguna oportunidad.
—Me parecía más mayor. En cuanto a sus posibilidades de conquistador, creo que las tiene todas, confíe en mí. Bueno, dejemos esta cuestión; ahora escúcheme con atención. A donde vamos nos espera una pareja que nos acompañará; veremos dos lugares muy próximos a la frontera rusa. Ellos serán los que pregunten y serán los interesados en la compra. Usted péguese a mí, y si le gusta algo que veamos, hágamelo saber.
—OK.
—¡Sibelius! Ese OK… —le recriminó.
—¡Perdón!
No tardaron mucho en llegar a Hamina, una ciudad con puerto al Báltico. Inkeri se dirigió al ayuntamiento, en cuya plaza les esperaba una pareja. Hechas las presentaciones, se marcharon a comer. Después reanudaron la marcha hacia Imatra, que estaba en Karelia del Sur. Los nuevos acompañantes, Heikki y Seija, no tuvieron ningún problema de comunicación.Ambos hablaban perfectamente inglés, lo que hizo el resto del viaje mucho más cómodo.
—Me gustaría visitar Norteamérica, ver Washington, Nueva York, Los Ángeles… Debe ser maravilloso —comentó Heikki.
—Bueno, no sería tan difícil. Podría volver conmigo si no le ata nada aquí. Podría estar el tiempo que quisiera.
Cuando acabó de soltar tal sugerencia, las dos mujeres permanecieron calladas durante unos momentos, no parecía haberles hecho gracia aquella propuesta.
—Perdonen si he dicho algo que les pudiera molestar. No era esa mi intención.
—No, no es su culpa, ha sido Heikki quien se ha precipitado. No puede ir a Norteamérica, al menos ahora. Su mujer está embarazada y debe permanecer aquí.
—¿Su mujer? —preguntó Sibelius.
—Sí, su mujer; que soy yo —contestó toda orgullosa Seija.
—Heikki es mi hermano, y aunque todos sabemos que su sueño es visitar Estados Unidos, tiene que quedarse aquí, esperando a que su mujer tenga el bebé —aclaró Inkeri.
Tras unos momentos de silencio, se escuchó:
—¡Sassa! Tal vez no sea una mala idea. Yo puedo esperar hasta que vuelva. Ya sabes que nunca estaré sola, mi madre estará encantada de hacerme compañía. ¿Qué dices? —dijo con esperanza Seija, a quien hasta ahora se hacía llamar Inkeri.
Todos se dieron cuenta del error que había cometido Seija al llamar a Inkeri por su verdadero nombre. Hasta Sibelius se percató de ello.
—Os he comentado muchas veces que lo más importante es no llamarnos por nuestro verdadero nombre cuando estamos involucrados en este tipo de trabajo entre personas desconocidas. La suerte que hemos tenido es que Sibelius es de total confianza. Con otra persona, lo ocurrido hubiera sido suficiente como para eliminar testigos. ¡Que no vuelva a ocurrir, Seija!
—Bueno, tampoco ha sido tan grande el error cometido, yo no me había percatado de ello —mintió con toda intención Sibelius para salvar a la joven.
Stowe se sorprendió al escuchar aquel nombre nuevo, de modo que se volvió a ella y, con cierta malicia, comentó con una sonrisa:
—Eso, ¿qué opina, Sassa? Mi aprendizaje será más rápido teniendo la compañía de Heikki; seré un buen anfitrión.Además, para él será el sueño de su vida. Y todo el mundo sabe que nos movemos, nos motivamos y vivimos gracias a nuestros sueños.
—Tendría que pensarlo. Dejemos ahora esa cuestión y centrémonos en lo que nos ha traído hasta aquí: la búsqueda de un nuevo hogar para un hombre que lo necesita. ¿No le parece?
Así termino aquella conversación. Cuando llegamos a nuestro primer destino, Imatra, la luz ya había desaparecido y tuvimos que hacer noche en un pequeño hotel de la ciudad. Tomamos algo ligero y caliente y nos marchamos pronto a descansar. Cuando nos despedimos, Seija me dio un beso en la mejilla, al tiempo que me daba las gracias en voz baja por haberla salvado de aquel error.
El día siguiente se presentaba bastante movidito. Sin embargo, cuando subí a mi habitación, no me resultó tan fácil conciliar el sueño. Entonces recordé lo que desde Hamina a Imatra hablamos Inkeri y yo, mejor dicho, Sassa y yo.
—¿Qué significa «Sassa»?
—Es un diminutivo de Alejandra. Mi madre era sueca.
—¿Y cómo quiere que la llame?
—A estas alturas, como más le guste.
—Me gustaría que me tuteases, simplemente porque me siento más cómodo. En cuanto a mí respecta, el nombre de Sassa me gusta más. Es precioso y suena más dulce que Inkeri.
—Me parece bien —respondió Sassa con una leve sonrisa.
—¿Falta mucho para llegar?
—Un poco… Con referencia a lo que hemos estado hablando sobre que mi hermano te acompañe, no podría ser, a menos que se tomen todo tipo de precauciones. Creo que, si es cierto lo del señor Scott, y no tengo la menor duda, ¿quién dice que no tengas problemas en cuanto llegues o a los pocos días? Podrían estar a la caza.
—¿Tan pronto?
—¿Por qué no?
Hubo momentos de silencio antes de continuar con la conversación.
—Si fuese así, sería arriesgado ir —contesté.
—¿Tienen registrado el nombre que lleva el pasaporte que utilizas?
—Más que registrado.
—Pues entonces tenemos problemas. Hay que cambiar el plan previsto. Se requiere otro que deje atrás cualquier rastro de tu persona. Hablaremos de ello más tarde. Hay que estudiarlo bien y tomar la delantera.
Me llamó la atención la seguridad con la que reflexionaba y anticipaba cambios en los planes. Era como si ella dirigiese toda la red de su padre. Quizás, ¿por qué no?
—Esto debe de ser precioso en verano.
—En primavera y verano no hay otro igual. Estarás en plena naturaleza y vivirás al ritmo que ella te marque. Ningún extranjero se ha arrepentido de haber echado raíces en esta tierra.
—Espero que así sea.
No pude recordar más sobre aquella conversación, porque el sueño se presentó casi sin aviso...
De pronto, escuché las palabras de un hombre desconocido:
—A nadie le sorprende oír la frase de que Finlandia es única, y menos a un finlandés. Los fuertes contrastes que provocan las estaciones son la principal causa para afirmar que ese dicho es cierto. En Finlandia, gran parte del año la tierra está cubierta de hielo y nieve, pero con las estaciones el paisaje cambia y con él también sus gentes.
Aquellas palabras le provocaron una sensación de omnipresencia. Sin saber cómo, se encontró sentado en un teatro. Frente a él, en escena, sobre una decoración de interior apenas iluminada, uno de los actores comenzó a hablar con palabras solemnes, ensalzando las ventajas de su maravillosa tierra al tiempo que una mujer respondía a modo de arenga.
—Todos saben que la primavera por estas tierras pasa de puntillas y es en verano cuando la actividad bulle. Es cuando los finlandeses se comportan como hormigas, utilizando esa estación para realizar todo tipo de actividad; salen a la calle y se aprovechan de cualquier acontecimiento para relacionarse y hablar después de mucho tiempo casi aislados por la nieve y el frío.
Se hizo la oscuridad.Apenas una luz entraba por una pequeña ventana que iluminaba al actor principal, el protagonista de la obra. Con pasos pausados pero seguros, y con una calavera entre sus manos, recitaba:
«¡Ser o no ser, esa es la cuestión!
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas y, afrontándolo, desaparecer con ellas?
Morir, dormir, no despertar más nunca, poder decir todo acabó en un sueño; sepultar para siempre los dolores del corazón, los mil y mil quebrantos que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara concluir así! ¡Morir… quedar dormidos… Dormir… tal vez soñar!
¡Ay! Allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte! Eso es, eso es lo que hace el infortunio planta de larga vida.
¿Quién querría sufrir del tiempo el implacable azote, del fuerte la injusticia, del soberbio el áspero desdén, las amarguras del amor despreciado, las demoras de la ley, del empleado la insolencia, la hostilidad que los mezquinos juran al mérito pacífico, pudiendo de tanto mal librarse él mismo, alzando una punta de acero? ¿Quién querría seguir cargando en la cansada vida su fardo abrumador?
Pero hay espanto allá, al otro lado de la tumba. La muerte, aquel país que todavía está por descubrirse, país de cuya lóbrega frontera ningún viajero regresó, perturba la voluntad, y a todos nos decide a soportar los males que sabemos más bien que ir a buscar lo que ignoramos.
Así, ¡oh, conciencia!, de nosotros todos haces unos cobardes, y la ardiente resolución original decae al pálido mirar del pensamiento. Así también enérgicas empresas, de trascendencia inmensa, a esa mirada torcieron rumbo, y sin acción murieron —[silencio]—».
Poco a poco, ese personaje se fue transformando en un hombre actual, su rostro fue cambiando y su calavera se convirtió en una esfera terrestre. William Stowe se vio a sí mismo. Podía verse como un espectador más, podía saber lo que estaba pensando y podía ver cómo la decoración cambiaba. Y en esa transformación leyó su pensamiento.
Fue tal la intensidad y el realismo vivido en ese sueño que me incorporé bruscamente sobre la cama.Tuve que levantarme para mojarme la cara y sentir que aún estaba vivo. Luego miré tras la ventana; estaba nevando. ¿Qué otra cosa podría ocurrir en Finlandia en diciembre? La abrí y extendí el brazo, quería sentir cómo los copos de nieve se posaban acariciando mi mano. Luego, sin saber por qué, dije:
—¡No me abandones!
¿A quién iba dirigida esa petición? Ni yo mismo lo sé; quizás a la nueva tierra que me había acogido, a la esperanza de una nueva vida, a la naturaleza que ya me saludaba o al Creador de todo aquello.
A la mañana siguiente, teníamos que ver tres propiedades en venta en Imatra, en la región de Karelia del Sur. Una ciudad tranquila a las puertas de uno de los países más poderosos de la tierra: la Unión Soviética.Vimos las tres. Yo ya lo había decidido, no necesitaba ver más, y así se lo hice saber a los compañeros. El lugar era un terreno de unos 5850 m², con una casa de madera de 110 m² que aún se conservaba bien, situado en la avenida Kuparintie. El precio era asumible, 138325 dólares, de manera que la búsqueda, por lo que a mí respectaba, había acabado aquel mismo día. Así pues, decidimos volver a Helsinki.
Esa misma noche cenamos juntos para celebrarlo y, por supuesto, invité yo. Se habló de todo. Recuerdo que un sentimiento de fidelidad y sinceridad nos envolvió aquella noche; todos confesaron su identidad y su pasado, incluyéndome a mí como por la familia de Jalo. Era Nochebuena y todos los corazones se abrieron.
Cuatro días después, Sassa me explicó su nuevo plan. Era un poco complejo y difícil de ejecutar, pero se jugaba con el factor sorpresa y el de la anticipación, y eso era una gran ventaja. Tuve que cambiar el billete de vuelta y retrasarlo hasta el sábado 3 de enero. Ni que decir tiene que recibí en compañía de la familia de Jalo el nuevo año. Aquel ambiente y atmósfera familiar me insuflaron nueva energía y esperanza por mi nueva vida.
Tal como se había previsto, regresé a casa, a Nueva York. Solo que esa vez, en el pasaje de aquel vuelo iban también, separados de forma deliberada, Heikki y Sassa, los hijos de Jalo.
Y así comenzó el plan de retirada. Lo primero que hice al aterrizar fue llamar al segundo de La Oficina para mantener una entrevista urgente y darle información personalmente, dada la importancia de esta. Quería anticiparme y poner una bomba en la línea de flotación del FBI para que apretase las tuercas a la Agencia Central de Inteligencia.
El miércoles 7 de enero, cuatro días después de su llegada, a las 10:00 horas y con un plan más que premeditado, me entrevisté en Washington con el subdirector del FBI, Clyde Tolson.
—Me alegro de volver a verle, señor Sullivan. ¿Noticias importantes?
—Más que importantes.
—¡Estoy impaciente!
—Todo ha resultado un poco rocambolesco.
—Cuénteme.
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8 Déjeme que le ayude.
9 Gracias por la ayuda.
10 Agradezco mucho (traducido literalmente).
11 Richard Nixon.
3. Plan «Sibelius»
Dejando a un lado lo que Stowe le contó a Tolson, sigamos al grupo finlandés y cómo fue ejecutando el plan de huida y la adaptación de aquel a su nueva patria.
Mientras realizaba la reunión con el FBI, los hijos de Jalo mantenían una conversación con Hannes Nieminen, un agente de aduanas que no era otro que su hombre en Nueva York, perteneciente a la red finlandesa, el cuarto hombre que iba a intervenir en el plan «Sibelius».
El tiempo previsto para su total ejecución sería inferior a 60 días. En dicho plan, se utilizarían ocho pasaportes falsos y se llevarían a cabo ciertos viajes para dejar rastros falsos, que hasta al más sabueso dejarían estupefacto. Llegado el momento, todos tomaron sus vuelos en el mismo día y con diferentes destinos, a saber:
William Stowe, con pasaporte a nombre de Pedro Alvarado Aguilar, y Sassa, con pasaporte a nombre de Miska Harmaajärvi, volaron desde el Aeropuerto Internacional de La Guardia hacia Toronto, Canadá. Allí cogieron vuelo a Londres, y desde allí hasta Finlandia; en el caso de Stowe, con un pasaporte diferente a nombre de Aleksi Sibelius Virtanen.
Heikki Smirnov (hermano de Sassa), con pasaporte a nombre de William Stowe, salió delAeropuerto Internacional de Idlewild hacia Río de Janeiro, Brasil. Desde esta ciudad viajaría a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, como Kevin Sullivan. Tras una corta estancia, regresaría a Finlandia con el mismo nombre con el que salió de su país, Kustaa Laukkanen.
Hannes Nieminen (el hombre de Nueva York de la red de Jalo) viajó a París, Francia, desde el aeropuerto de La Guardia como Kevin Sullivan. Días después volaría a Ciudad de México como Kallio Mäkinen y regresaría tres días más tarde a Nueva York con pasaporte a su nombre.
Con todo ello se pretendía que, si hubiera algún seguimiento o rastreo a posteriori, se produjera un cruce de nombres diferentes, suficiente como para dudar de cuál era el destino verdadero del nombre a buscar y rastrear, que no era otro que William Stowe, más conocido en las agencias de inteligencia como Kevin Sullivan. Y tendrían que buscarlo en cualquier estado norteamericano, Brasil, Sudáfrica, Francia o quizá México, el país en el que más probabilidad de estar tendría, a vista de los futuros rastreadores, dado que lo conocía y disponía de los contactos suficientes como para moverse fácilmente por todo su territorio.
A primeros de marzo de 1970 todos estaban definitivamente en su lugar de destino, tal como se había previsto. El plan se había ejecutado sin ningún problema, incluso las primeras transferencias habían llegado ya a la cuenta del Banco Central de Helsinki a nombre de su titular, que no era otro que el de Aleksi Sibelius Virtanen, nombre muchas veces reflejado en la solicitud de la ciudadanía finlandesa, lo que implicaba esperar a obtenerla para poder utilizar aquellos recursos.
Sin embargo, no todo había terminado. Con cierta frecuencia recibía pequeños paquetes de la documentación que había guardado en su archivo de Nueva Orleans, tal como le había indicado Stowe a su amigo Jim Alcock meses atrás. De esta manera, en su nuevo hogar, fue repasando día tras día los documentos; clasificaba los importantes, y los que no tenían importancia los quemaba. Desde aquel escondido rincón, olvidado y perdido por el momento de sus amigos y antiguos compañeros, se dispuso a escribir los hechos más importantes de su pasado, incluyendo ciertos aspectos personales, para otorgar, si cabía, más autenticidad a los relatos y vivencias de su pasado. Con ayuda de todas las notas y de aquella selecta fuente, en el verano de ese mismo año comenzó a escribir sus memorias.
El prefacio decía así:
Creo que muchos sucesos, por increíbles que puedan parecer, están sujetos a las voluntades de numerosas personas cuyos intereses pudieran verse afectados o en peligro. No todo es lo que parece, o muchos intentan que parezca, sino que la realidad es más compleja o, por qué no, a veces más sencilla. El hilo de la madeja de la vida está lleno de imperfecciones, de irregularidades que a veces, si estiramos demasiado, acaban por romperse, y nosotros, marionetas del poder, caemos con más frecuencia de lo debiéramos en el vicio de hacer de la mentira una verdad.
El ejemplo que mejor describe lo que en estas líneas acabo de manifestar es el magnicidio del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy; hay muchos otros, pero este, por su universalidad, es el que tomo como ejemplo.
Yo fui testigo de aquel suceso y a veces, si no activo, sí pasivo o indirecto de aquellas circunstancias. Es posible que mi vida corra peligro al exponer por escrito mi vivencia y también la de otros al proclamar con metafóricos gritos la otra versión, por lo que hoy, más que nunca, trataré de reflejar y desenmascarar ¡la otra cara del poder!, la que se impone en nombre de la «Seguridad nacional» o del «Interés nacional», como se prefiera.
Existen muchos intereses para mantener que lo ocurrido el 22 de noviembre de 1963 en Dallas fue obra de un solo hombre, un antiestadounidense, un antisistema que obró en solitario. Nunca más lejos de la realidad. Lo que se pretende, en este teatro de la vida a través del engaño, de la contrainformación, es ocultar y modificar los hechos sucedidos, aun a costa de sacrificar vidas humanas inocentes, y eso no lo puede permitir ningún ciudadano que ame las libertades y los derechos de mí país.
Son muchos los detalles, los testigos, los recuerdos y anécdotas que, no se podrán exponer. Sin embargo, lo que a continuación dejaré escrito será más que suficiente para obtener una visión de conjunto de lo que ha sucedido en este país en una década. Lejos de la vida corriente, del día a día de las gentes aferradas a su trabajo y a sus sueños, existe otra vida aferrada al poder económico y político, que vive también su día a día, pero lejos del sentir del más humilde de los mortales.
Es cierto también que, en casi todos los países, la gente se comporta de la misma forma, pero en nuestra nación, la primera potencia económica mundial, la nación con la «democracia» como valor y bandera en sus instituciones y en la Carta Magna de todos sus ciudadanos, suceden hechos repudiables que alguien hace evacuar desde las cloacas del Estado. Todos los que hemos realizado esa mala praxis somos culpables, en una u otra medida, de deteriorar el futuro de nuestros hijos y de nuestras futuras generaciones.
Casi siempre encontramos el origen de ese mal en los ricos y poderosos que manejan los hilos, que solo se preocupan de corresponder y pagar los favores recibidos; de esa forma, el círculo vicioso se cierra una y otra vez.
Independientemente del periodo que se analice, estudie o investigue, el comportamiento humano siempre es el mismo. El dinero rompe voluntades, la corrupción es la herramienta con la que se aplica y el silencio forzado, el medio de acallarlas. ¡Esta es la verdad!
El mero hecho de que algún día, tú, lector, puedas leer estas líneas supondrá que he desaparecido para siempre o que la vida que aún me queda está perdida en algún lugar remoto, tranquilo y desconocido donde pueda, cada minuto que pase, contemplar como marioneta rota que mis hilos no responden a la mano que dirige mis movimientos. Eso es lo que deseo, contemplar la vida alejada de toda influencia, saboreando los silencios, los recuerdos y las alegrías de un pasado, de un presente y de un futuro por vivir.




