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¡Dios bendiga a esta nación que me ha acogido en sus brazos!
Día a día, Stowe iba plasmando sobre papel lo que recordaba con todo detalle. Entretanto, sus nuevos amigos —que sabían por propia experiencia, por los muchos casos que habían conocido, que romper con el pasado no es nada fácil; al contrario, que llevaba su tiempo— no querían forzar la situación, no querían molestar. Estaban pendientes de él, atentos a lo que necesitase, pero sin caer en el hostigamiento. Le estaban ofreciendo, sin decírselo, tiempo y espacio.
En el mes de julio de 1970 Stowe recibió una carta certificada para que se presentara personalmente en los juzgados de Helsinki. El motivo no era otro que recoger la nueva ciudadanía y jurar sobre la Carta Magna defender las leyes finlandesas. Fue todo un acontecimiento y un motivo de enorme alegría. Así que, después de realizar el juramento y para celebrarlo, Aleksi preparó un viaje con sus tres amigos finlandeses.
El domingo 2 de agosto de ese mismo año cogieron juntos el tren desde Helsinki con destino a Oulu, tardando nueve horas. Querían saborear el tenue sol que, conforme avanzaban hacia el norte, se hacía más presente en la noche. Iban en departamentos separados. Solo había un ligero inconveniente: en aquel viaje Seija estaba en avanzado estado de gestación, ya que, según sus cuentas, esperaba al bebé para mediados de septiembre. En principio, nada que objetar.
A las cinco y media del día siguiente llegaron a Oulu. Tomaron un fuerte desayuno y subieron a un nuevo tren, pasadas las ocho, que los dejó sobre el mediodía en Kemijärvi, primer objetivo del viaje. Allí descansaron en un pequeño hotel, donde celebraron con una típica cena la incorporación de su amigo a la ciudadanía finlandesa. Hablaron de muchas cosas en aquel maravilloso viaje:
—Bueno, Aleksi, ¿qué opinas de nuestro país? —preguntó Sassa.
—¿Qué quieres que diga? Finlandia me cautivó desde el primer momento que puse los pies en él. Pero su gente es lo mejor que he conocido. Sois personas que amáis la vida, la naturaleza, la familia y cuidáis muy bien a vuestras amistades, lejos del materialismo al que estoy acostumbrado a ver en otras ciudades y países. No tengo más que palabras de agradecimiento, de felicidad, y espero que podamos pasar muchos años de nuestras vidas juntos. ¡Jamás olvidaré lo que habéis hecho por mí! ¡Gracias, amigos!
—Por todos los espíritus, me has hecho emocionarme, Aleksi. Nos tendrás siempre a tu lado. ¡Eres de nuestra familia! —añadió conmovido el bueno de Heikki.
Mientras escuchaba aquellos halagos, Sassa notó que, cada vez que se encontraba junto a aquel hombre, se sentía feliz y despreocupada de todo y de todos. Sintió que se estaba enamorando. Ella, una mujer fría que nunca había expresado blandura o emoción ante nadie, ni cuando murió Jalo, su padre, ahora sentía que el amor llamaba a su puerta. Nunca había sentido nada igual, y mucho menos tan de repente. Se sentía insegura, incapaz de afrontar aquellos sentimientos; sin embargo, aun con todo, su admiración y su atracción tanto física como sentimental hacia Aleksi era ya irreversible. Aquella noche tenía ganas de abrazar, de gritar y también de besar a su amado. ¿Hasta cuándo podría disimular aquel sentimiento?
Al día siguiente el grupo alquiló un todoterreno para dirigirse a su destino: Inari. Tardaron en llegar cuatro horas y media, no tenían prisa. Iban contemplando el paisaje que había dejado al descubierto el manto de nieve que lo cubría en invierno. Aquella región de Laponia, la más grande de Finlandia, era única. Tanto es así que cuando uno la visita, se queda enmudecido al contemplarla. Uno siente estar en otro mundo donde la naturaleza te habla, se comunica contigo mediante un silencio acogedor. Durante largos momentos nadie hablaba, cada uno de ellos mantenía un diálogo consigo mismo.
—¿Te gusta, Aleksi?
—Me estremece contemplar tanta belleza.
—Pues verás cuando estemos en Inari; la paz que se vive por cualquier rincón por donde paseas es indescriptible. Nuestro padre decía que era como tocar a Dios.
—¿Cómo se llamaba Jalo? —preguntó Aleksi.
—Nicolái Isaákovich Jomiakor —contestó rápidamente Heikki.
—¡Era ruso!
—Sí. Nació en 1915 y, por entonces, a todo el territorio finlandés se le llamaba el Gran Ducado de Finlandia, dependiente del Imperio ruso, aunque nació en Kuhmo, en la región de Kainuu. ¡Era más finlandés que ruso! —matizó Sassa.
—Era un gran hombre —remató Heikki.
Después de aquella corta conversación, otro largo silencio envolvió de nuevo al grupo, hasta que Seija lo rompió:
—¿Has matado a alguien, Aleksi?
—¡Seija! —le gritó su marido.
—¿A qué viene eso? —le recriminó su cuñada Sassa.
—Perdonad, era simple curiosidad.
—No os preocupéis, no me ha molestado la pregunta. Contestaré.
Unos segundos de silencio antes de contestar dirigieron toda la atención del resto hacia Aleksi.
—Es difícil de explicar cuando se habla de situaciones en que se raya la ilegalidad. Sabéis perfectamente que el crimen organizado y la policía a veces colaboran entre sí puntualmente y por circunstancias que favorecen a ambos lados. Lo sé por propia experiencia.
—¿Por qué no lo cuentas, Aleksi? —le rogó Heikki.
—No creo que sea de gran interés.
—A mí me interesa —replicó Seija, apoyando sin duda a su marido.
—En 1961, un jefe mafioso contactó conmigo para realizar un trabajo de protección y vigilancia. Por aquel entonces, yo era detective privado, pero también agente externo del FBI. Se hizo un trabajo perfecto y bien pagado, y aunque me ofrecieron pasar de bando, no lo acepté. Sabía dónde estaba mi sitio. Sin embargo, el jefe de aquella familia a la que ayudé, pasado unos años, se puso de nuevo en contacto conmigo. Me envió un mensaje claro: quería ayudar al FBI a cambio de que quitaran de la circulación, es decir, arrestaran al cabecilla de la familia Buffalo en el oeste de NuevaYork, que no era otro que Stéfano Magaddino. Como la policía lo tenía en su lista y siempre se había escapado con recursos y escusadas enfermedades, aceptaron. Su primo hermano, Peter Magaddino, siempre fiel a Joe Bonanno, mi cliente, participó con su complicidad ofreciéndonos todo tipos de datos: dónde guardaba el dinero, lugares de reuniones y de sus actividades ilegales.Ya sabéis… A finales de noviembre de 1968 intervinimos y se le arrestó en la calle. Se registró toda su casa en Lewiston, también la casa de su primo Peter para disimular y la funeraria que tenía, que usaba como una de sus tapaderas. Finalmente, arrestaron a nueve hombres por cargos federales de conspiración y violación de la Ley de Transporte Interestatal y se incautaron de 530000 dólares, pero uno de ellos murió. Al intentar escapar, disparó y me alcanzó; yo estaba muy cerca. En poco tiempo tuve que tomar decisiones rápidas, y disparé. Le vi caer al suelo como un muñeco de trapo. Sí, Seija, he matado y puedo asegurarte que no es nada agradable.
Los tres enmudecieron. Sassa, que conducía atendiendo más a lo que contaba Aleksi, no supo cuánto tiempo ni cómo había estado conduciendo sin prestar atención a la carretera; se quedó perpleja con lo que había escuchado.
—Hemos venido para disfrutar el presente y no el pasado —afirmó tajante Sassa, como queriendo cerrar la conversación.
El resto del tiempo lo dedicaron a hablar de lo que veían, de lo bonito que era Finlandia y de las excursiones que harían cuando llegasen a Inari. Una vez allí, buscaron el pequeño hotel reservado a orillas del lago. Pasaron dos días en él, visitando la ciudad y sus alrededores. La tenue luz del sol de la noche daba a aquel lugar un toque aún más romántico, sobre todo para Sassa, que no veía el momento de insinuarse a Aleksi.
—¿Te gusta todo esto, Aleksi? —le preguntó Sassa.
—Es como ver postales navideñas.
—¡Son postales navideñas!Y tú estás aquí, contemplándolas conmigo.
Él, abstraído por lo que veía a su alrededor, no se percató ni sospechó de las pretensiones de la hija de Jalo.
—Me gustaría que pasásemos dos o tres días de acampada en una de las más de tres mil islas que tiene el lago —dijo Sassa en cierto momento en que estaban tomando unos refrescos.
—¿Y cuál sugieres? Porque tienes donde elegir —respondió su hermano.
—La que más aislada esté y donde menos gente haya. Podemos preguntar en Información. Ellos sabrán cuál indicarnos, supongo.
—¿Por qué no? Alquilamos un bote y exploramos la zona que nos indiquen. Montamos las tiendas y a disfrutar de la naturaleza. Me parece bien, pero tendríamos que comprar o alquilar todo lo necesario —añadió Aleksi.
—Sí, porque nos quedan ocho días.Tenemos que regresar el domingo 16. Eso es lo que dijimos, ¿verdad?
—Bueno, eso se dijo, pero pueden ser más o menos días. Depende de cómo nos vaya —replicó Sassa.
—¿Tú que dices, Heikki? —preguntó Aleksi.
—Sería estupendo encontrar ese paraíso.
—Pues adelante. No hay más que hablar —dijo Sassa, cerrando la conversación.
Con toda la información obtenida, decidieron dirigirse a la isla de Palkissaari, a treinta kilómetros hacia el este de Inari. Por supuesto, fueron trasladados en un pequeño barco. Para navegar entre centenares de islas había que ser un experto. Cuando llegaron a Liinasvuono —el Fiordo de Lino, al norte de la isla—, descargaron todos sus bultos y el kayak de aluminio para moverse por el agua y, siguiendo el consejo de la gerencia del hotel, lo primero que hicieron fue montar la batería y la antena de la emisora de radio en un lugar seguro, por si se presentaba algún imprevisto. Lo tenían todo pensado. Parecían colegiales, y la más contenta por aquella aventura era Sassa.
Entre todos montaron las tres tiendas y, a la hora de la comida, terminaron de tener todo en su sitio. El encargado de la logística y del material que pudieran necesitar era Heikki; de la comida estaban encargadas las dos mujeres. A Aleksi le dejaron la organización de las pequeñas excursiones que pudieran hacer. Llegó la noche y, como el sol nunca se ocultaba en los días de verano, al menos en aquellas latitudes, nadie tenía sueño ni se quería acostar; de modo que alrededor de una hoguera comenzaron unas conversaciones marcadas por la actualidad internacional.
—¿Qué opinas de Nixon? ¿Lo está haciendo bien? —La pregunta provino de Heikki, sensible siempre a todo lo que afectaba a Estados Unidos.
—En mi opinión, creo que sí; al menos, en lo referente a los asuntos exteriores. Por ejemplo, con el caso de la «vietnamización», buscando una solución negociada. Además, está claro que quiere acercarse a China y a la Unión Soviética, y eso es bueno para todos.
—Pues a los rusos no sé si les gusta tanto —remarcó Sassa.
—Y en tu opinión, ¿cómo fue Kennedy? —preguntó la joven Seija.
—¡Nefasto!
—¿Cómo que nefasto, si lo señalan internacionalmente como el mejor presidente? —replicó Heikki.
Fue entonces cuando Sassa, a quien no le gustaba por dónde iba la conversación, dio muestras de interés.
—¡Pues cuéntanos tu versión!
—Me ocuparía mucho tiempo explicarlo.
—Tenemos todo el tiempo del mundo. Hasta dentro de siete días o más, como ha dicho Sassa, no tenemos que volver —sentenció con todo interés Heikki.
Aleksi no tuvo más remedio que comenzar, como se preveía, un largo monólogo. Sabía que a Heikki le obsesionaba todo lo referente a los Estados Unidos, especialmente los temas políticos.
—Comenzaré por explicaros a modo de introducción lo que considero fundamental para entender mejor lo que más tarde os contaré. Para mí, los acontecimientos recientes que estamos viviendo empezaron en Cuba con su revolución. En los años 50 gobernaba Fulgencio Batista, un hombre que fue acumulando una enorme fortuna gracias al control y los cobros por conceder licencias de construcción y juegos a numerosos millonarios norteamericanos, principalmente, que querían invertir en Cuba, lejos de la fiscalidad norteamericana. Uno de los más importantes mafiosos de Nueva York, Meyer Lansky, se convirtió en una figura prominente en las operaciones del juego en Cuba, ejerciendo influencia directa sobre las políticas de Batista con respecto a los casinos. Tanto fue así que convirtió la isla en un puerto internacional para el tráfico de drogas.
Cuba se transformó en una máquina para hacer dinero. Pero ya sabéis, nada es eterno.Aquella manera de gobernar de espaldas al pueblo cubano prendió un espíritu revolucionario que poco a poco iba marcando la meta dentro de los corazones de la gente, que luchaba por alcanzar una vida digna, distinta a la que vivían llena de penalidades.
—Es que machacando al pueblo no se puede gobernar —interrumpió Seija.
—Es cierto, y eso es lo que ocurrió. En el verano del 53, un grupo organizado de rebeldes asaltó un cuartel militar en la zona de Santiago, en el extremo este de la isla. Como era de esperar, las fuerzas gubernamentales derrotaron a los asaltantes. Muchos fueron encarcelados, mientras que otros muchos participantes huyeron del país.A partir de entonces, Batista suspendió las garantías constitucionales, si es que las había, y gobernó en toda la isla con una policía bien pagada e inquebrantable al régimen. Ese fue el comienzo. Tres años después, los estudiantes, cada vez más apoyados por las clases más pobres y reprimidas, se manifestaban en las calles en contra del presidente Batista. La contestación gubernamental: ¡más represión! Resumiendo, el gobierno dictatorial se hacía cada vez más impopular entre la oprimida población, y la Unión Soviética comenzó a apoyar en secreto a la guerrilla de Fidel Castro.
A finales del siguiente año, en 1958, se llevaron a cabo nuevas elecciones, exceptuando a las provincias, que para entonces ya estaban bajo el control de Castro. Ni con trampa pudo el Gobierno parar el descontento. Para diciembre, los únicos que apoyaban a Batista eran los terratenientes y empresarios cubanos que se habían beneficiado económicamente de aquel sistema dictatorial; el resto, estaban en contra. Pero los acontecimientos se desencadenaron tan rápidamente que a las grandes fortunas de la isla no les dio tiempo de llevarse ni las joyas ni el dinero en efectivo. Así que, en la fiesta para recibir al nuevo año y ante la sorpresa de los asistentes, el presidente se despidió y se marchó a Santo Domingo. El primer día del año Fidel se encontró una capital vacía de poder. Por donde pasaban las fuerzas revolucionarias, todo eran vítores y alegrías. Proclamaron al magistrado Manuel Urrutia Lleó como presidente de la nación. Por el momento, Estados Unidos reconoció al gobierno revolucionario como legítimo, dando consentimiento internacional tanto de derecho como de hecho al final de la dictadura de Batista. Ese mismo mes, enero de 1959, Fidel Castro cerró todos los casinos de la mafia en Cuba y expulsó a los gánsteres.Así que los mafiosos que salieron corriendo y dejando allí todas sus propiedades, como Roselli y Sam Giancana, mafiosos de Chicago, y Santo Trafficante, el jefe de la mafia de Tampa, Florida, se la juraron. ¿Os aburre lo que estoy contando?
—Por favor, sigue. Para mí es como una clase de historia que no conozco —interrumpió Heikki muy interesado.
—Algunos simpatizantes norteamericanos vieron en el revolucionario Fidel un hombre carismático con quien mantener y emprender nuevos negocios donde la corrupción no fuera la moneda de cambio. Y le invitaron a dar numerosas conferencias, tanto en Washington y Nueva York como en otras ciudades de Estados Unidos. Pero no os perdáis lo que ahora os digo. Llegó a entrevistarse con el vicepresidente Richard Nixon, y sus solo quince minutos de intercambio programado se transformaron en casi dos horas y media. El presidente Eisenhower, por diferentes motivos, no quiso reunirse con Castro, aunque reconoció rápidamente al Gobierno revolucionario. Más tarde, Estados Unidos comenzó a preocuparse por las cerca de quinientas condenas a muerte por fusilamiento dictadas por el nuevo régimen en juicios sin garantías procesales durante sus primeros meses.
Además, en mayo de 1959, cuando Castro regresó de su gira por las Américas, se promulgó la Ley de Reforma Agraria, que prohibía la tenencia de tierras por extranjeros y que dio paso a las primeras «nacionalizaciones», que afectaron a compañías estadounidenses, así como a la presencia de interventores en las compañías de servicios públicos de propiedad estadounidense. Motivos más que suficientes para que nuestro Gobierno se plantease la ruptura de las relaciones, máxime cuando en febrero de 1960 los rusos firmaron un convenio comercial con Cuba, bajo el cual Moscú compraría por lo menos un millón de toneladas de azúcar cubana al año, a precios preferenciales, y le suministraría a cambio petróleo barato y con facilidades de pago, así como trigo, fertilizantes y maquinaria, aportando los barcos. Todo un reto para los nuestros.
—¿Y no hubo respuesta por parte de Eisenhower? —interrumpió Heikki.
—Sí. Tardó en tomarla. Un año después Estados Unidos rompió sus relaciones diplomáticas con Cuba. A partir de entonces comenzó un intercambio de golpes políticos entre ambos gobiernos. Fue entonces cuando apareció la consigna antiamericana. Ya sabéis… ¡Cuba sí, yanquis no! Fueron expropiadas fábricas, ingenios azucareros y tierras, compañías de servicios, hoteles y compañías comerciales mayoristas y minoristas norteamericanas. Los expertos económicos calcularon que el daño sufrido fue de miles de millones de dólares. Eisenhower reaccionó a este despojo masivo imponiendo un embargo a todas las exportaciones estadounidenses a la isla, salvo las de alimentos y medicinas.12 En menos de un año, el presidente Eisenhower ordenó a la CIA que comenzara a armar y entrenar a un grupo de exiliados cubanos para atacar Cuba […].
Poco a pocoAleksi fue contando detalles, como la malograda invasión de Cuba desde el mar por Bahía de Cochinos, donde unos 1500 exiliados cubanos, entrenados y financiados por la CIA fueron capturados. El entonces presidente John F. Kennedy se negó a ofrecerles apoyo aéreo, ya que, en opinión de Aleksi, el presidente estaba decidido a mantener la participación de su país en secreto. Y siguió con su explicación, observando la máxima atención de sus amigos.
—Los dejó abandonados a su suerte. Nadie se lo perdonó. Ningún presidente puede hacer lo que hizo. Cuando dio el consentimiento para aquella intervención, se comprometió. Pero después se comportó como un traidor y nadie le perdonó que los dejase tirados; ni la CIA, ni la mafia, ni él ejército, ni los exiliados cubanos.
Con estas palabras, y atendiendo a las horas que estaban despiertos, se marcharon a descansar, cada cual a su respectivo nido. Cuando se levantaron al día siguiente, después de tomar su primer alimento, se decidió que Aleksi y Heikki fueran con el kayak a explorar el contorno de la isla para descubrir dónde había pesca, y así lo hicieron.
Después de tres horas volvieron con un lucio de unos seis kilos. No tuvieron que recorrer el perímetro de toda la isla, tan solo navegaron un kilómetro y medio y encontraron lo que buscaban, una zona donde abundaba la pesca. De aquel trofeo hicieron un suculento manjar friéndolo con tomate. El día no podía ir mejor. Con las fuerzas plenas, decidieron realizar una excursión al lago interno que tenía la misma isla. En dirección sureste y recorriendo tan solo cuatrocientos metros, llegaron al lago, bastante alargado atendiendo a su anchura. Allí, con aguas más tranquilas, se dieron un largo y refrescante baño. La temperatura era más que agradable, unos 18 ºC. Pero cuando volvían, durante la marcha Seija dio un traspié y se le dobló completamente el pie, produciéndole un fuerte dolor que le impidió contener las lágrimas.Todo fueron atenciones. HastaAleksi propuso llevarla a caballo, pero no fue necesario. Caminando despacio y apoyada en su esposo, llegaron al campamento.
Su pie no mejoraba, el dolor era entonces más fuerte y la hinchazón denotaba que lo tenían que mirar y hacer una radiografía por si se trataba de alguna rotura. La cuestión es que llamaron por radio para que vinieran a recogerla, cosa que hicieron en treinta minutos. Todo estaba hablado: Seija y Heikki se irían y, una vez conocido el alcance de la lesión, les llamarían para informarles y tomarían las decisiones oportunas. Cuando el ruido del fueraborda desapareció, el silencio envolvió a los únicos habitantes de la isla, Aleksi y Sassa.
—Espero que no sea una rotura —dijo Sassa.
—Vaya, también ha sido mala suerte. Estaremos atentos a la radio por si nos dan alguna noticia.
—No es que tenga apetito, pero creo que deberíamos cenar algo, Aleksi.
—¿Qué te parece alguna lata? Mira a ver qué hay en el arcón de tu hermano y elegimos.
—¿Carne o pescado? —gritó Sassa mientras caminaba a mirarlo.
—¡Carne, por supuesto!
Sassa volvió con dos latas de grillimakkara13.
—¿Crees que tendremos bastante?
—Más que suficiente —respondió Aleksi.
Como casi siempre ocurre, cualquier situación puede ir a peor. No tardaron en notar que el tiempo estaba cambiando rápidamente y que las nubes iban cubriendo el cielo empujadas por un viento frío. Aleksi entró en la tienda y trajo unas prendas de abrigo y la guía. Estuvo leyendo la climatología predominante en el mes de agosto. Pudo comprobar que la media de las precipitaciones de ese mes era de 9 días, un 29 %. No cabía duda de que habían elegido, sin saberlo, uno de aquellos días.
—Ten, ponte esto. La temperatura está bajando —le dijo a Sassa al tiempo que le cubría los hombros.
Un escalofrió recorrió todo su cuerpo, y no precisamente por el frío, sino por notar que Aleksi la cubría con su chubasquero.
—¿Lloverá?
—Según señala la guía, quince días del mes hay nubosidad abundante y de esos, nueve días llueve. Sí, creo que lloverá. ¡Nos ha tocado!
Aunque Sassa ponía mala cara a aquello que le decía Aleksi, lo escuchaba con una alegría interna que casi le resultaba difícil de ocultar, y comenzó a preparar sus armas de mujer. Es fácil imaginar lo que allí ocurrió. Solos, con un tiempo que invitaba a permanecer cobijados por la lluvia y el frío, el ambiente perfecto para meditar con cariño lo que somos y lo que podemos ser.
Sobre las once de la noche se escuchó por la emisora la voz de Heikki:
—Aleksi, Sassa, ¿me escucháis? ¡Os habla Heikki! ¿Me escucháis? Estación Lino. ¿Me escucháis?
—Te escucho, Heikki. ¿Cómo ha ido todo? Corto.
—Seija tiene fractura en el maléolo externo. Le han escayolado el pie. Creo que para nosotros se han acabado las vacaciones. Corto.
—Comprendo. ¿Cuánto tiempo tiene que llevarlo enyesado? Corto.
—Entre tres y seis semanas. Corto.
—Aquí ahora está lloviendo. Mañana desmontaremos y regresaremos. Envía el transporte hacia el mediodía. Corto.
—Repite eso último. Corto.
—Envía transporte sobre las 12:00 horas. Estaremos preparados. ¿Entendido? Corto.
—¡De acuerdo! Corto y cierro.
Cuando Aleksi volvió a la tienda todo mojado, Sassa le secó con caricias y besos. El romanticismo llegó a sus corazones.
Apenas terminaron sus días de descanso y celebración, una noticia inundó todos los periódicos del mundo. En la ciudad de Panamá se produjo un terremoto el domingo, a las 6:40 de la mañana, hora local. Un terremoto de 7,8 grados que dejó 9000 muertos y 50000 heridos. A Aleksi aquello le trajo malos recuerdos. Hasta Sassa observó su cambio de ánimo.
—¿Te ocurre algo, Aleksi? ¿Estás arrepentido?
—No, Sassa, no hay nada de lo que debamos arrepentirnos Las noticias del terremoto de Panamá me han traído malos recuerdos.
—Debe de ser tremendo vivirlo.
—Creo que ni el infierno se asemeja, sobre todo cuando ves a personas inocentes morir sin causa, motivo o justificación, especialmente los niños. Entonces, tus valores éticos, religiosos o morales se entierran también entre aquellas ruinas.
Sassa supo enseguida que el pensamiento de Aleksi estaba con el sufrimiento y dolor de aquellas personas.
Aquel viaje tuvo dos caras: la inolvidable para Sassa y Aleksi, y la amarga para Seija y Heikki; sin embargo, el destino quiso compensar a la joven pareja. Tan solo treinta días después de regresar de Inari, Seija tuvo un hijo al que llamaron Heikkinen —hijo de Heikki— y que nació mediante cesárea.




