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Terminado mi desayuno, marché a la oficina. Estaba más que impaciente.A las doce menos un minuto tocaron a la puerta de mi despacho. Cuando abrí, encontré a una preciosa y elegante mujer de unos cuarenta años. En eso era experto. Con solo ver la estampa de un hombre o una mujer, incluso por primera vez, me hacía un pronóstico de la edad y casi siempre acertaba. Manías que tiene uno, o quizá deformación profesional.
—Soy Dorothy Kilgallen.
—Adelante. ¿Me permite? —Quise recogerle la estola que llevaba sobre los hombros.
—No es necesario. Muy amable.
(Pausa y cambio de hoja).
Con un gesto educado y ofreciéndole paso, le abrí la puerta de mi despacho y acerqué una de las sillas para que se sentara. Observé que su mirada fotografiaba aquel lugar, y no tuve ninguna duda de que le gustó.
—Usted dirá.
—Necesito la ayuda de un buen profesional.
—Dígame de qué se trata.
—¿Su nombre es…?
—William, William Stowe —le dije con cierta indiferencia. No quería estar tan pendiente de sus gestos. Quería darle a su problema la naturalidad que un detective experto sin duda daría.
—Señor Stowe, ¿no es usted muy joven para ser detective?
—Entiendo que le pueda llamar la atención, no es la primera vez que me ocurre. Pero no estamos aquí para hablar de la edad, ¿verdad?
Creo que eso le impactó. Mi forma de hablarle mirándola fijamente a los ojos dio resultado.
—Quiero que haga el seguimiento de esta persona —me dijo al tiempo que abría un sobre del que sacó fotografías y recortes de periódicos.
Recuerdo que me quedé mirando el rostro de la mujer a la que tenía que seguir y de quien tenía que informar.
—¿Durante cuánto tiempo? Porque, según veo, se mueve por todos los lados.
—Al menos seis meses. ¿Puede hacerlo?
—Sí. La cuestión…
—Sé lo que le debo pagar. Estoy acostumbrada a tratar con detectives privados. ¿Sabe quién soy? —me interrumpió.
—No. La verdad es que no hace mucho que me he trasladado a Nueva York. —No quise que me cogiese en un renuncio y le dije la verdad.
—Soy columnista de La voz de Broadway y participo de forma permanente en el concurso televisivo ¿Cuál es mi línea? Sigo todos los importantes juicios de este país, además de otras cosas.
—¿Como esto?
—Como esto —me respondió con cierta gallardía.
(Pausa y cambio de hoja).
—¿Pero por qué yo?
—Pues porque los otros dos detectives con quienes también trabajo están ya comprometidos con otros personajes. Además, me parece ideal que sea de fuera. ¿De dónde es usted?
—De Atlanta.
—¿De la misma ciudad?
—Sí.
—¿Hace mucho que vino a Nueva York? —me preguntó.
—Cuatro años.
—Estupendo. Prepare el contrato y hágamelo llegar a esta dirección. Cuando dé la aprobación puede comenzar su trabajo. Por supuesto, los gastos son pagados aparte, siempre que sean justificados.
—Se lo llevaré personalmente. Muchas gracias, señora Dorothy.
—¡Ah, se me olvidaba! Cada mes necesitaría un informe de sus movimientos: los lugares que ha visitado y las personas con quien ha estado Alice Darr, ¿entiende?
—Por supuesto.
La acompañé hasta la salida. Me despedí con agradecimiento, pero en ese momento me lanzó una pregunta que no venía a cuento:
—SeñorWilliam, ¿qué edad tiene? —Me quedé asombrado. Ninguna mujer me había hecho esa pregunta.
—Treinta —le mentí. Por entonces tenía veintiocho años.
—Aparenta más mayor. Le hacía unos treinta y seis, o treinta y ocho años.
—No sé si eso es bueno o malo, pero viniendo de usted, lo tomaré como un halago.
Cuando se marchó, me quedé con las ganas de preguntarle su edad, pero eso hubiese sido un grave error. A una dama nunca se le debe hacer esa pregunta. Y en mi caso aún menos, porque me hubiera jugado medio año de trabajo.
Esa misma mañana busqué una imprenta y encargué tarjetas, sobres y cartas con mi membrete y dirección. Tenía que hacer el contrato y no sería de recibo hacerlo sobre un papel en blanco. De manera que a los tres días recogí mi encargo y me puse a redactar un contrato sencillo pero muy claro. Para mí lo fundamental estaba en lo referente al cobro…
(Pausa y cambio de hoja).
Anoté que mis incentivos ascendían a 1500 dólares al mes, gastos aparte. Firmé tres ejemplares, los doblé y los metí en un sobre que no cerré, y el viernes día 21 marché a la dirección que me había anotado: el 300 Oeste de la calle 57 y el 595 de la Octava Avenida. Cuando llegué, comprobé que el edificio era propiedad del magnate de los medios de comunicación William Randolph Hearts, quien, por cierto, había muerto hacía tres años. Era un edificio de seis plantas de piedra artificial roja, precioso. Al entrar en recepción, pregunté por la señora Dorothy Kilgallen.
—¿De parte de quién?
—De William Stowe.
—Espere un momento, por favor.
Aguardé mientras contemplaba toda la decoración. Estaba realizada con mucho gusto. No entiendo mucho sobre arte, pero me parecía que su arquitectura estaba entre líneas modernas y clásicas. Me gustó.
Una recepcionista me avisó de que en diez minutos me recibiría, así que me senté y esperé. Pasados quince minutos me llamaron.
—Suba a la tercera planta, saliendo del elevador a la izquierda. Allí pregunte a la secretaria.
—Muchas gracias, señorita.
Cogí uno de los elevadores, y tal como me dijeron, cuando estuve delante de una mujer tan guapa como seca, me dijo que esperase en el salón de visitas. ¡Cinco minutos más! Hasta pensé que me estaba tomando el pelo o que quería comprobar mi carácter. Pero la espera merecía la pena; era mi primer trabajo, y de los buenos. Encendí un cigarrillo y aspiré una enorme bocanada de humo, que después fui exhalando poco a poco por la nariz, saboreando el aroma del tabaco. Entonces llegó Dorothy, como recién salida de la peluquería, con elegancia y personalidad, caminando con pasos seguros. Se sentó en el sillón.
—¿Ha traído el contrato?
—Aquí lo tengo.
Se lo acerqué, habiéndolo sacado del sobre. Recuerdo que lo miró sin mucho detenimiento. Supongo que se fijó en la cuantía. No parpadeó. Se apoyó en la mesa y firmó las tres copias. Luego me entregó un sobre con 5000 dólares.
(Pausa y cambio de hoja).
—De todos los detectives con los que trabajo, usted es el más caro. Debe de ser muy bueno. Si es tan amable, anote en esta copia que recibe 5000 dólares a cuenta y firme, por favor. En dos meses recibirá el resto.
Cuando lo hice, se lo entregué.
—¿No lo cuenta?
—No es necesario, viniendo de usted —le contesté.
—Bueno. Ya puede empezar. Por cierto, ¿quiere acompañarme a comer? ¿O tiene ahora otra cosa mejor que hacer?
—Desde luego que no.
Nos levantamos y me dijo que esperase.
—Voy a dejar el contrato y dar algunas instrucciones. Enseguida vuelvo.
—No pienso marcharme sin usted.
Creo que aquella frase le gustó, y no lo hice con ninguna intención, pero ella me respondió con una pequeña y maliciosa sonrisa. Entramos en un restaurante donde ella habitualmente iba a comer, porque nada más entrar nos acompañaron a la mesa que siempre ocupaba. No recuerdo muy bien lo que comimos: ella, algo de pescado, y yo, ternera guisada. Estuvimos más de una hora hablando, sobre todo se interesó mucho por mi persona. En menos de una hora ella sabía tanto como yo de mi pasado. Era una mujer que sabía embaucar. Luego hablamos sobre el trabajo.
—¿Tiene alguna idea de por dónde empezar?
—Sí. Por Atlanta. Iré al Departamento de Policía. Allí tengo buenos amigos y me deben algunos favores.
—¿Cree que conseguirá algo?
—No lo sé, pero por algo tengo que empezar. Lo importante es conseguir el número de alguna cuenta bancaria, o descubrir su carnet de conducir, alguna multa. Si encuentro alguna huella, empezaré por ahí. Después improvisaré. Por cierto, me sería de mucha utilidad, ya que se mueve en los medios de comunicación, saber el nombre de alguno de los fotógrafos que hicieron las fotos para los periódicos.
(Pausa y cambio de hoja).
—Lo intentaré. Como entiendo que tendrá necesidad de consultarme o aclarar alguna cuestión, le voy a dar un teléfono. Llame cuando quiera y a cualquier hora. No hablará conmigo, pero me localizarán donde esté. Luego le llamaré yo. Si no es su teléfono de la oficina, indíquelo para que yo le pueda devolver la llamada lo antes posible. No quiero que hable de este asunto fuera del círculo de trabajo nada más que conmigo. ¿Lo ha entendido?
—Lo tengo muy claro.
—Me sorprende que a estas alturas no me haya preguntado por qué, por qué tengo tanto interés en esa persona.
—Nunca pregunto el porqué. Trabajo sin más. Así es este oficio. La lealtad, la sinceridad y la confianza con el cliente es lo que vale.
—Me gusta lo que ha dicho.
Así fue como comencé a trabajar con Dorothy Kilgallen.
A finales de mayo marché hacia Atlanta. Allí estuve toda una semana pidiendo favores a mis excompañeros, e incluso hablé con el jefe Jenkins. Sus contactos con el FBI dieron resultados. De ellos supimos que su verdadero nombre era Bárbara María Kopczynska, según los archivos. Aunque ahora utilizaba el nombre de Alicia Darr Clark. Nació en Polonia, de ascendencia judía-polaca. Entró en Estados Unidos en 1950 con su madre bajo el amparo de la Ley de Personas Desplazadas. Su último domicilio, en Boston, Massachusetts. Toda esta información me costó alguna que otra cena. Obviamente, la siguiente parada sería Boston.
Sin darme cuenta, cada día que pasaba me iba obsesionando con esa mujer. A veces, hasta soñaba con ella, con Alice Darr. Estuve todo un día vigilando el domicilio donde vivía su madre, pero en ningún momento pude ver a su hija. Supuse entonces que no vivía con ella en esos momentos, o que estaba de viaje.
Dos días después, asegurándome de que la madre estaba sola, me presenté en la casa. Después de tres intentonas llamando a la puerta, por fin aquella mujer abrió. Pregunté por su hija. La noté muy temerosa y se negaba a hablar, aunque al final lo conseguí. ¿Cómo? ¡Mintiendo! Como casi siempre hace un detective…
(Pausa y cambio de hoja).
Le dije que era del Servicio de Inmigración y Aduanas, que no temiera nada, pero que necesitaba saber dónde estaba viviendo ahora su hija, porque pronto finalizaría el plazo de su estancia en el país, y debía renovarlo o tendrían problemas. Poco a poco, la mujer desamparada se avino a hablar; entonces me hizo pasar al interior de su casa y, señalándome algunas fotos, fue contándome cosas de su hija.
—Nada más llegar a este país se puso a trabajar. Su primer trabajo fue vendiendo palomitas en una sala de cine de Hyannis Port. Tenía por entonces dieciséis años, pero conoció a un joven de buena familia y se enamoró, aunque pronto la dejó. Se olvidó de ella. Usted… ¿cómo ha dicho que se llama?
—George Turner —respondí lo primero que me vino a la boca.
—Usted, señor Turner, ¿ha estado enamorado alguna vez?
—Sí. Me casé con la mujer que me enamoró y luego me abandonó. Me paso igual que a su hija —le dije la verdad, y creo que esa circunstancia hizo ganarme más si cabe su confianza.
—Lo peor es que aquel joven la dejó embarazada. Así que tuvo que abortar. No está bien visto que una chiquilla tan joven tenga un bebé sin estar casada. Pero dejemos eso… Como dicen, agua pasada no mueve molino.
—¿Dónde vive ahora su hija?
—No lo sé.
—¿No sabe dónde vive? —le insistí.
Ya tenía la información suficiente como para comenzar la búsqueda, pero me retuve. Debía aparentar lo que dije que era.
—Ella me envía mensualmente dinero por correo postal. Vive en la ciudad donde hay tantos artistas de cine. ¿No le he dicho que mi hija ya es artista?
—No, no me lo ha dicho.
—Espere que le enseñe.
Se dirigió a una cómoda y abrió un cajón, del cual sacó una caja de cartón. Dentro tenía recortes de prensa que hablaban de su hija. Me quedé sorprendido. Era cierto, al menos se codeaba con celebridades del cine; de hecho, uno de los columnistas más famosos del país, Harrison Carroll, especializado en noticias de famosos, señalaba que ella y Hugh O’Brian eran una nueva pareja. Me fijé en la fecha, febrero de 1953…
(Pausa y cambio de hoja).
—¿Ve como no le miento? —me dijo orgullosa.
—Nunca lo he dudado, señora.
—Espere, espere. Aún hay más. Mire, otro recorte donde hablan de mi niña.
Cuando me fijé no podía creerlo. Allí decía: «Gary Cooper sigue moviéndose a gran velocidad. ¿Su último amor? Alicia Darr, una actriz vienesa…». Lo firmaba la columnista Dorothy Kilgallen. Era de marzo de 1953.
«¡Mierda! ¿Qué está pasando? ¿Por qué no me ha dicho nada de esto Dorothy?, recuerdo que pensé todo cabreado.
Observé lo que aquella madre tenía guardado de su hija, entre otras cosas, bastantes cartas. Entonces se me encendió una luz.
—Señora Kopczynska, ¿me podría dar un vaso de agua?
—¿Quiere un café? También tengo café.
—No, gracias, solo agua. Estoy seco. Se me está haciendo tarde y me debo marchar.
Cuando fue a la cocina, cogí una de aquellas cartas y me la metí en el bolsillo. Sé que eso no es legal, pero lo hice. No me gustan esas prácticas, pero en esa ocasión estaba justificado. No lo hacía por el contenido, sino por el remite. Me tomé el vaso de un solo trago.
—¡Pues sí que estaba seco! —exclamó la madre.
—Muchas gracias. Si le llama su hija, dígale que no se preocupe. Ya le enviaremos nosotros los papeles a esta dirección.
—Muchas gracias, señor…
—Turner, George Turner.
Cuando salí de la casa, escuché la voz de aquella señora, que me decía:
—¡Vuelva cuando quiera!
—¡Gracias! —le respondí.
Subí al coche y puse tierra de por medio […].
Ahí acabo aquel capítulo escrito en finés. Los siguientes ya los podía leer ella.
—¿Te está interesando o crees que es aburrido?
—No me resulta aburrido, todo lo contrario. Lo que me atrae más es saber que el contenido no es fabulado ni falso. Seguiré leyendo yo — añadió Kathleen, para darle un merecido descanso a Stowe.
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23 «Todo comenzó en 1954». Aleksi había escrito todo este capítulo en idioma finés.
24 Del 18 de mayo de 1954. El MS Alfhen, un carguero de bandera sueca, se hizo famoso por transportar una gran cantidad de armas y munición checoslovacas para el gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán de Guatemala.
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