Mientras el cielo esté vacío

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Al año más o menos, la guerrilla mató a ese señor; era un paramilitar del bloque de Los Montes de María, que robaba ganado y extorsionaba y mataba a los campesinos; dicen que se había apropiado de muchas tierras con fraudes y amenazas. Aquí celebraron su muerte en una venganza ebria y descorazonada por las vidas que este hombre arruinó. Muchos me han dicho que debió ser él quien asesinó a mis hijos, y aunque yo no lo sé con certeza, también celebré durante días con una borrachera entristecida. Ahora ese monte está en manos de un político muy amigo del alcalde de aquí.
La planta se había encendido en el pueblo hacía unas horas, pero ellas continuaban a la luz de las velas. Altagracia no miraba a las dos mujeres, alejada de la realidad les hablaba a las sombras.
—He intentado destruir la esperanza que los mantiene vivos.
Entonces, tomando una de las velas comenzó a cantar la “Elegía a Jaime Molina”, de Rafael Escalona:
A dos amigos que se amaron con el alma, ¡ay hombe!
Recuerdo que Jaime Molina
Cuando estaba borracho ponía esta condición
Que, si yo moría primero él me hacía un retrato
O, si él se moría primero le sacaba un son.
Ahora prefiero esta condición
Que él me hiciera el retrato y no sacarle el son.
Se iba hacia los lados, con el movimiento de una lenta borrachera. Dejó la vela sobre la mesa y se abrazó a sí misma mientras bailaba aquel vallenato que cantaba con voz entrecortada.
—Eran unos hermanos muy unidos –dijo, sirvió un ron doble, brindaron juntas y se fueron a dormir.
Un mareo suave hacía inclinar a Noemi hacia los lados y le costó encontrar la cama, no quería despertar a Elena al encender la luz. Se tendió a su lado, pero no podía dormir, volvió a levantarse, abrió con cuidado la ventana que daba hacia el campo y apoyada sobre el alfeizar se quedó mirando hacia el monte.
Me falta el aire, pensaba. Cada vez que escucho esas historias mis pulmones se encogen. No puedo vivir sumando más dolores. Me siento muerta y rígida como una piedra; no me interesa hablar ni contar mi historia, igual a la de todos: asesinados y desaparecidos. Los desterrados estamos solos, como almas buscando otras almas para morir juntos. Y entre esa Noemi que les dio el desayuno a sus hijos antes de que se fueran a trabajar y desaparecieran, y la de hoy, existe el largo camino de un dolor.
A los desplazados nos asusta el sonido de las guacharacas, escuchamos nuestra pena en los lamentos de los pavos reales en celo, el ladrido de los perros es siempre el anticipo de las balas, y los truenos en el horizonte son los bombardeos a alguna población. Todos asentimos con la cabeza y negamos con el alma, reímos para que el dolor no cuartee los labios. Nadie nota nada, no se percibe la inercia de nuestras vidas. Ya no se habla en las plazas de mercado, no hay cosechas de las que hablar, no hay vacas para criar; los hijos se han ido a la guerra, y la guerra, ya nos ha matado a todos.
Comenzaba a hacer frío y los pensamientos penetraban hondo en su alma e iban endureciendo su rostro. Por la calle vio aparecer a una pareja joven que reía, en sus pasos se notaba que también habían bebido. Pasaron frente a la ventana y se dirigieron hacia la arboleda cercana a la pensión. Los vio abrazarse y besarse, lo vio subirle la falda a la mujer y esta visión hirió sus ojos, trajo a sus labios un aliento asqueroso que agitaba recuerdos de violencias antiguas. Se tendieron sobre el pasto, y ella no quiso mirar más; cada imagen se abría en cascada hacia atrás, hasta que vio rodar sangre por sus muslos infantiles.
CAPÍTULO 3
EN LOS LÍMITES
El reflejo de su rostro en la ventana del bus en el que viajaba con Elena hacia Sincelejo, le robaba la visión de la sabana. Ya no había paisaje que no removiera en su mente las fosas comunes y sus olores fétidos y nauseabundos. Se preguntaba si bajo esos árboles habría seres humanos enterrados, perdidos para siempre del rito de despedida y atrapados en la memoria. Ese rostro que la enfrentaba desde el cristal de la ventana se veía envejecido: los párpados caídos le imprimían una mirada triste, los pómulos surgían perfilados y prominentes y sus labios terminaban en una leve inclinación de amargura. Había envejecido más en aquellos días, que durante los años que llevaba buscando a sus hijos. Nunca había vivido sin sufrimiento, y a lo que más le temía, el desgano por la vida, comenzaba a invadirla. “Sería un triunfo más de los asesinos”, pensó, mientras miraba a Elena dormir.
Había tenido un sueño pesado, asediada por el miedo. No sabía si se trataba de un presentimiento o si los viejos recuerdos de la noche anterior la habían puesto en ese estado de alerta. Quería tomar la decisión de no regresar nunca a esos montes cubiertos de horror y sangre, pero pensaba en Carlota, en la pensión, en María Clara y Altagracia, que había decidido quedarse, a pesar de todo.
“Toma nuestros datos por si decides venir algún día o por si necesitas algo, me gustaría volver a verlas”, le había dicho Altagracia, mientras tomaban un café antes de salir. “Por primera vez en muchos años guardé el nombre y la dirección de alguien en quien puedo confiar. Pero debo seguir el rumbo de esa fuerza imperiosa que me impulsa a abandonar la región. Quizá pueda regresar dentro de un tiempo. Cuando haya encontrado a mis hijos”, pensó.
Se observaba en el vidrio y del silencio brotaba su historia encerrada. Tenía sensaciones que asimilaba a paisajes, olores, a tardes de tormenta, al sabor de una fruta, al canto de un pájaro, mas no a las palabras que solo le habían mentido, se habían vaciado de significado. Vivía en el límite, en el final de sí misma. Se decía “yo” y cuanto surgía de esa palabra era la mirada empañada y el paisaje borroso. Quizá ese yo podría adquirir una existencia verdadera si ella se aliara al odio y a la venganza, pensaba. Entonces sería posible que descubriera un yo inmenso, sin límites, que se expandiera como se expanden los egos de los asesinos que habitan el mundo como si fueran sus dueños. “El mío es un yo pequeño, tímido, un yo pobre, sin las admiradas hazañas del mal y por eso el mundo me puede ignorar o destruir como lo ha hecho con mis hijos y con los miles de asesinados y desaparecidos”, se dijo.
Ella tendría que renunciar a sí misma, acercarse a los horrores vividos, a esa violencia ininterrumpida y alimentarse de eso, volver una y otra vez sobre sus recuerdos, darles la carne y la sangre de su cuerpo para que el odio surja y la rabia y la venganza. Debía permanecer en la tensión de esas vivencias, en el fuego que inician, en el furor que hacen emerger, como en arena movediza en la que se hundiría cada vez más.
No podía regodearse en el dolor y dejar que la rabia corriera por sus venas. No quería. Había sentido la vida estremecerse entre sus muslos y crecer y temblar. Aunque lo que sentía no era odio, acaso tampoco amor, la poseía un dolor que nada tenía que ver con el deseo ni con sus mentidas esperanzas, era la visión aterradora de la vida en agonía. Entonces se dijo: “Nunca más permitiré la derrota que crece desde mi misma y me abate y me ensombrece”.
El movimiento del pueblo la trajo de nuevo a la realidad. Tenía que decidir si buscaban a su pariente o continuaban el viaje hacia Sahagún, lejos de las tierras arrasadas. Sabía que allí en Sincelejo, se encontraba muy activo el paramilitarismo, pero ¿dónde no? Pronto estarían en la terminal de autobuses, en medio del bullicio y de la gritería.
Caminaban entre esas fronteras extrañas, lugares amorfos e inciertos, de amores rápidos y ebriedades violentas, de marginales y hampones, a donde llegan los viajeros, los desterrados convertidos en mendigos o en prostitutas empujadas a catres sucios para amores tristes y humillantes. Elena escrutaba el rostro de Noemi y miraba esas pensiones donde mueren los sueños y las esperanzas, veía a las mujeres con niños barrigones y calvos, a los campesinos con sus camisetas raídas, sus tres puntá gastadas, sus sombreros vueltiaos y la vergüenza en sus rostros al tender las manos mendigantes. Entonces Noemi le devolvía la mirada y Elena regresaba a las escenas callejeras. No se decían nada, en esos trayectos de huida y miedo habían desarrollado una lengua donde el desasosiego, la duda y la desconfianza se trasmitían sin palabras.
Esa desconfianza las apartaba de todo y de todos; Noemi miraba los rostros de las personas y ninguno le generaba simpatía. Rostros amargos como el café negro que se estaba tomando. Y en medio de esa baraúnda alcanzó a leer los encabezados de periódicos: “Sangrientas masacres en los Montes de María, semanas de horror”, “Cientos de desplazados en Los Montes de María por masacres de los paramilitares”. Otros titulares, en cambio, explicaban el desplazamiento por los enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla: “Cientos de bajas en la guerrilla”. Al leer esto, sintió que la sangre se le convertía en fuego. Caminaba presa de una honda desazón, con ganas de gritar, de destruir aquellos puestos de cachivaches, y tan rápido que obligaba a Elena a correr detrás de ella. Las calles no tenían el más mínimo espacio. Todo le parecía compacto, era imposible sentirse libre del contacto físico, sin presión, sin miradas sobre su cuerpo. Sentía que respiraba pasteles, bollos, alegrías, que el aire estaba lleno de raspados de hielo, camisetas de equipos de fútbol, herramientas chinas “todo a mil pesos”, de minutos para celulares y de susurros de cuerpos en venta: “Barato papacito que hoy no he desayunado, venga mi amor para que se relaje”, el aire la asfixiaba y le llenaba los pulmones de humo de fritanga, y los ojos se obnubilaban con las miradas derrotadas y los cuerpos arrancados de la humanidad, asediados por la ignorancia y el hambre.
“¡Necesito un trago!”, se dijo. Entró al primer bar que encontró abierto y su corazón volvió a volcarse y la sangre palpitó más fuerte en sus sienes. En una mesa estaban unos hombres tomando ron; vociferaban, dueños del mundo y de la vida, autoritarios, seguros, libres. Llevaban los adornos de oro que siempre exhiben con orgullo, pues saben que allí, todos conocen la gramática de la ostentación que expresan en sus gestos y en la actitud de sus cuerpos en la que puede leerse el desprecio por la vida y la resolución inquebrantable de destruirla. Esos hombres llevaban la marca de la muerte en el tono despótico de sus voces, en sus piernas abiertas y en el modo como se dirigían a la mujer que los atendía. Son los señores de la muerte, lo sabe también Elena, lo saben todos en aquel bar.
Noemi retrocedió y en actitud desafiante, los miró. Acostumbrados a que su presencia intimidara, le sostuvieron la mirada hasta que uno de ellos dijo:
—¡No lo mate! Se lo suplico, no es guerrillero, es cultivador de tabaco. –Y soltaron unas carcajadas delirantes, llenas de soberbia.
Otro, sacando la lengua obscenamente, agregó:
—¡A que les hubiera gustado verla con ese cactus en la boca y los chorros de sangre resbalándole por los labios! –Y volvieron a reír mientras brindaban con sus copas.
Noemi y Elena se paralizaron al oír aquellas palabras, esos rostros serían inolvidables. Salieron de allí, giraron en la esquina y los perdieron de vista. Desoladas, caminaban sin rumbo. Ya Noemi no tenía deseos de llamar a su primo, y aunque debía pedirle su plata, solo quería tomarse un ron y huir de esa ciudad cuyos malos augurios la aplastaban. Necesitaba pensar con lucidez y no movida por aquellas emociones.
Entraron en un restaurante, Elena miraba la carta: mote de queso, empanada de huevo, bollos de yuca y jugos, Noemi pidió un ron doble y cigarrillos. No tenían nada que decirse, y el silencio creaba entre ellas un espacio vasto para las imágenes y esos rostros que las golpeaban repetidamente, en un eco que crecía. Cuando Noemi sintió que iba a gritar hundida en la impotencia y la desesperación, aspiró una bocanada de humo que la contuvo, y dirigiéndose a Elena, dijo con resolución:
—¡Nos vamos! No podemos estar cerca de esos asesinos, aquí se ve la muerte tatuada en los rostros. Siento que una cosa oscura crece dentro de mí y la detesto, es como una marea que arremete contra la esperanza y me llena de rabia.
La mirada asombrada y temerosa de Elena la interrumpió. Trató de cambiar el tono pero no pudo. Callar sus pensamientos era continuar con el engaño, sumarse al artificio, y no estaba dispuesta, así que le dijo sosteniendo su mirada.
—Sí. Odio todo esto y no voy a callarlo aunque seas una niña. Ya te robaron la infancia, la vida fue asaltada en ti cuando apenas comenzabas a vivir. Has visto y vivido tantas cosas que podrías tener mi edad, y no voy a protegerte ahora.
—¿Escuchaste lo que dijeron? Me parece que hablaban de una mujer a la que seguro mataron. Tengo mucho miedo. También me quiero ir, pero cómo vamos a llegar a la terminal sin pasar por donde ellos están.
—Esperemos aquí hasta que esos hombres se hayan ido. Más tarde vamos a comprar los pasajes.
—¿Crees que estuvieron en El Salado? Allá se cultiva tabaco.
—Eso no lo sé, pero no me queda duda de que son paramilitares. La vida para ellos es un campo de batalla y de una manera u otra, siempre están destruyendo o humillando a alguien.
Decía esto mirando a las personas que se encontraban allí; caras tristes marcadas por la soledad, seres hundidos en el silencio, aburridos y ensimismados frente a sus tazas de café, entre nubes de humo de tabaco. Noemi se preguntaba cuántos de esos hombres habían sido desplazados de sus pueblos y de sus tierras, cuántas de esas mujeres, jugando a la vulgaridad y al desafío, habían sido violadas como ella, cuántos de esos seres lisiados escaparon de una matanza y agonizaron entre matorrales; y de todos esos locos, cuántos habían perdido la razón, al ser testigos del desmembramiento en vida de sus seres queridos. Entonces, sintió que el deseo de huir de allí implicaba una negación. ¿Qué hacían abandonando a quienes como ellas eran perseguidos y asediados por la necesidad y conducidos a la margen oscura de un mundo que los ignoraba y les quitaba la dignidad?
Sabía que ellas no se encontraban aun en esas orillas del vértigo, que todavía no clavaban sus uñas en la tierra, garras ya las manos, ni se defendían como animales para no ser lanzadas a la sima de la completa pérdida de la vida. Sin embargo, aquello era su futuro más probable, pues eso hace la violencia: lanza a los hombres a esos límites donde mandan los instintos. No, ella no huiría de aquellos que le señalaban su porvenir. Y el de Elena.
—Este mote de queso me recuerda a mi mamá –dijo Elena.
Esas palabras subieron por su garganta trayendo recuerdos que la ensordecieron con gritos: “Corre, Elena, huye de aquí”, y sintió nuevamente la mano sobre su brazo. De nuevo, como entonces, comenzó el batir acelerado de la huida. Sumida en el silencio y con el sabor amargo de las palabras pronunciadas sin pensar, quiso empujar su memoria. ¿Qué había pasado luego? ¿Quién había sido aquella persona empeñada en salvarla? Parecía estar ante una pared que ocultaba lo ocurrido después de los gritos de su madre; esa voz que quizá no volvería a oír nunca de sus labios y sin embargo, escucharía siempre como una letanía.
Apretó los párpados para no llorar, cerró los puños y dijo tres veces el nombre de su madre: una a su cuerpo cuando la cargaba y la llevaba a la cama, otra a su corazón que palpitaba cuando ella la abrazaba y otra a su alma que la llenaba de imágenes cuando le contaba cuentos. Pedía con todas sus fuerzas, que su rostro no se borrara jamás, que el amor fuera como las ceibas bongas, altas y robustas; pedía y se prometía que nunca dejaría de proteger su memoria. Mientras tanto, Noemi miraba los titulares de los periódicos sin atreverse a leer el contenido, le disgustaba enfrentarse a esa voluntad de ocultar la realidad, de disfrazarla con la gramática de las mentiras.
Caminaron para alejarse de aquel hervidero. En cada recodo había un mendigo con el rostro deformado, un paralítico o un hombre exhibiendo una herida, y las miradas de quienes se les acercaban ofreciéndoles algo pasaban de la inocencia fingida a la malicia y al engaño. Allí cohabitaban la desesperación y la lucha más intensa por recoger algunas monedas. Aquello parecía una feria de seres acorralados en cárceles invisibles, despojados de toda dignidad. El desamparo latía en los cuerpos y una ira contenida palpitaba entre las palabras que usaban para pedir, vender o amenazar. La violencia vivida los había conducido hasta allí.
—Voy a llamar a mi primo para que me mande la plata a Sahagún y nos podemos quedar allá un tiempo mientras averiguo dónde van a abrir fosas –dijo Noemi.
Y pensó: “Aunque no sé cómo voy a reconocer a mis hijos si no tenían ninguna seña y jamás habían ido al dentista; era don Tomás, el barbero del pueblo, quien les sacaba las muelas cuando les dolían y él no llevaba registros. ¿Todavía tendrán las cadenitas de plata con sus nombres y fechas de nacimiento? ¿Nada más? No. Tengo que confiar en lo que diga mi cuerpo”.
Cuando el autobús tomó la carretera hacia Sahagún, Noemi dijo:
—Esta es una ciudad sin perros.
La luz del atardecer perfilaba el contorno de los árboles donde los loros se refugiaban en medio de aleteos y alboroto. Elena amaba a esas aves. Producían en su alma infantil un efecto mágico. Sacaba la cabeza por la ventana y disfrutaba escuchando la algarabía. Todo parecía estar en su sitio justo.
“Es maravilloso observar el mundo cuando me aleja de los temores, sin el cansancio de pensar que me roba el cuerpo –pensó Noemi–; quiero quedarme en este velo, en esta niebla que me detiene ante el paisaje como si solo existieran mi mirada, el rojo del horizonte y el aire caliente que me golpea el rostro. Sentirme una de esas loras en un mundo ordenado y preciso: caer del sol, correr del viento, volar hacia el sueño. Necesito abandonarme ante el paisaje y que los sonidos arranquen hasta el último dolor. Olvidar al menos por unas horas, permanecer vacía, salir de las aguas en las que siempre estoy al límite del ahogo. Cerrar los ojos y vagar. Lejos del mundo feroz, del temor de ese animal asustado que nada dentro de mí”.
La invadía la sensación de dejar atrás el único material intocable e inmutable de su vida que la anclaba al pasado denso que odiaba, aunque a veces le enviara señales de ilusión y esperanza, signos de cambio y de lugares fecundos en el alma en los que no todo era violencia. “Pero camino con los pies atados a una piedra que me frena los pasos. A punto de emprender el vuelo hacia otros sueños, la realidad me ataja y regreso, atrapada, hacia la muerte. A veces me basta una palabra, a veces una mirada furtiva en la calle, a veces un sueño, a veces el asalto del miedo. Es estéril la vida naufragando en el desasosiego. No logro cambiar el rumbo de las imágenes ni las marcas sobre mi sexo saqueado. Atacado con el pretexto del amor –seguía pensando Noemi–. Muerte. La busco afuera, donde ella palpita, íngrima; la encuentro entre los cuerpos harapientos, en los ojos desamparados y suplicantes. Eso es la muerte. ¿Pero acaso la muerte, el asesinato, es solo el que destruye al animal y no la acción que saca a una persona del sentido y la deja náufraga en la superficie del mundo? ¿Por qué no puedo denunciar a aquellos hombres por haberme vaciado el alma, por haber robado mis esperanzas y haberme dejado en un mundo estéril donde solo permanece el animal que respira y tiembla? ¿Por qué ninguno de aquellos hombres será juzgado por haberme quitado la vida? ¿Y la vida? Es este olor a estiércol y leche cuajada; tocar el viento, la suavidad de la hierba, el calor de un animal”. Entonces apretó los puños, clavó las uñas en las palmas de las manos y contuvo el aire casi hasta el ahogo; y en ese instante preciso del ya no más, donde podía sentir la presión de la muerte, la bestia que latía en sus venas invadió su cuerpo y abrió sus manos al mismo tiempo que la obligaba a respirar. Sentía la vida.
Noemi pensaba que el objetivo de la guerra no era el animal, sino reducir lo humano, humillarlo hasta despojarlo de su dignidad. Sospechaba que los guerreros habían comenzado la destrucción de la vida en la lucha contra las pulsaciones de lo vivo, expresada en risa, en ternura, en pensamiento. Para resistir era necesario recordar y sostener en la mirada el misterio que nos inquieta de otra mirada. Entendió que la memoria era lo único que podía sacarla del camino hacia el vacío al que la conducían aquellas muertes.
Pasaban por caseríos que parecían pueblos fantasmas; solo las luces lánguidas los denunciaban en la sabana.
—Sé de estos pueblos que eran alegres y parranderos y ahora enmudecen apenas cae la noche y las puertas de las casas se cierran con doble tranca con la falsa ilusión de detener a las jaurías de asesinos. No se escucha el hincharse del acordeón ni los sonidos opacos de las tamboras. Las gentes de esta región han sido siempre abiertas, dispuestas y simpáticas, curiosas del otro, de relaciones fáciles; pero todo eso se perdió, igual ocurre aquí, en el autobús: el miedo silencia las palabras espontáneas y arrebata la confianza. Lo reconozco en las miradas que huyen recelosas, esquivas, casi acusadoras –hablaba Noemi como para sí misma, en un tono tan bajo y monótono, que Elena no le prestaba atención.
—Yo misma abandoné mi pueblo cuando se hizo invivible por la violencia más atroz e inimaginable. Luego de los asesinatos, no confiaba en nadie, y solo vivía para protegerme. Diariamente se esparcían rumores, prohibiciones, advertencias, amenazas entre las familias, entre hermanos, entre amigos entrañables de la infancia. Algunos muchachos habían ingresado en las autodefensas, otros a la guerrilla y muchos se mantenían en un equilibrio más mortal incluso, pues atraían las sospechas de todos. Mis hijos no estaban en la guerra, iban al jornal y regresaban sin hablar con nadie, esto también era extraño. Quizá por eso habían desaparecido. Un día salieron a trabajar y no regresaron más.
El autobús frenó sorpresivamente e interrumpió el monólogo de Noemi. Al pasar una curva se encontraron con varios carros detenidos. En medio del sobresalto el chofer gritó:
—¡Un retén! ¡El que deba algo coja el monte!
—¿Un retén de quién? –preguntó una mujer con voz apretada.
—No sé, no alcanzo a ver detrás de ese poco de carros. Pero se les advirtió sobre lo arriesgado que era salir a estas horas. ¡Ustedes saben que está prohibido! ¡Y aún así puyaron y ajá! Acá nos cogieron. Ve a mirar Fredo.
El ayudante del chofer se bajó de un salto y fue a pedirles información a los conductores de los automóviles. Los pasajeros quedaron expectantes y temerosos; las miradas inquisidoras que se dirigían ahora mostraban que la duda y el miedo ya comenzaban a actuar. Cuando el ayudante regresó, encendió la luz y dijo que era un retén del ejército y que tuvieran los papeles de identificación a mano.
Elena se aferró a Noemi y le dijo:
—¿Y si ese hombre está ahí?
—No te preocupes, estamos muy lejos del Carmen –le dijo.
Sin embargo, Noemi sabía que sí podía encontrarse allí y que en un retén a esa hora en medio del camino, era muy fácil que las detuvieran e incluso que las mataran. Asomada por la ventana, veía a hombres armados, nerviosos y listos para disparar.
Algunos militares abordaron el bus mientras otros los esperaban en la carretera.
—¡Bájense! Los hombres pongan las manos contra el bus, las piernas separadas y mirando al frente. La libreta militar lista. Las mujeres hagan fila al lado derecho. –Dijo el que estaba al mando. Revisaba los papeles y miraba los rostros con desprecio. Entonces le preguntó a Noemi.
—¿Dónde está su marido? En la guerrilla seguramente, y es tan cobarde que la deja viajar sola con niños por esta zona –dijo mirando a Elena.
—Es mi hija. –Elena, pegada a Noemi, buscaba disimuladamente un rostro entre los rostros, el de aquel hombre que la había reconocido.
—Y su marido dónde está –repitió–, o es que no tiene. –Se acercó más y le tocó ligeramente la mejilla.
Con un gesto de rechazo. Noemi le respondió:
—Está muerto.
El militar le devolvió los papeles, ya de espaldas les dijo que regresaran al autobús y se dirigió a los hombres que estaban tal como se les había ordenado.
— Miren hacia el frente, guerrilleros de mierda. ¿Dónde llevan las armas? En estos pueblos solo hay terroristas. Han hecho muchas masacres en los Montes de María y la orden es darles plomo a todos.



