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Intervención: Si volvemos al principio de la clase, cuando Freud trabaja el chiste lo ubica de manera diferente al lapsus, el acto fallido o el sueño. El error juega con el malentendido; en vez de ser un padecimiento es otra cosa.
Graciela Brodsky: Como ven, el chiste tiene más de una arista por donde captar nuestro interés cuando ponemos la mira en los afectos.
Tenemos entonces ubicado lo que la palabra no dice, lo que es la estructura de la palabra que no sirve para nombrar la cosa: de eso padece el sujeto. Se trata de lo que más adelante, en «La dirección de la cura…», o sea en el 58, va a aparecer explícitamente como «la pasión del significante»: el sujeto padece el significante, carga con él. Pasión comparte la familia de palabras con padecer. La pasión del significante es el padecimiento que el significante introduce en el viviente transformándolo en sujeto, es decir que el efecto del significante es una pérdida del ser. La dialéctica de la alienación, en el Seminario 11, ilustra bien este punto. En el Seminario 1, la palabra es la desgracia del ser.
Amor, odio e ignorancia
Ahora bien, si el ser padece por la palabra, entonces, ¿qué son estas pasiones: amor, odio e ignorancia? Hay que tener en cuenta que a la altura del Seminario 1 el objetivo del análisis es la realización del ser. El ser se realiza. Esto quiere decir que en el análisis encontramos un ser en potencia, no en acto.
Si bien en el Seminario 1 el ser se realiza en el análisis, no hay que confundir esto con la falta en ser; no estamos en ese terreno. Habrá que esperar cuatro años, hasta el 58, para que ese ser en potencia que se realiza en la cura –porque el advenimiento del ser se produce en el análisis– sea abordado como «falta en ser».
Son dos conceptos que conviene distinguir. Cuando hablamos de la realización del ser, o del ser en potencia tal como se propone en el Seminario 1, el psicoanálisis le devuelve al sujeto su ser. Hay una realización del ser por la vía de lo que Lacan llamaba en esa época la palabra plena. Sin embargo, cuando estamos en el campo de la falta en ser del Seminario 5, 6, y de «La dirección de la cura…», el final de análisis no remedia de ninguna manera la falta en ser. No hay ninguna afirmación del ser cuando se pasa al terreno de la falta en ser. La falta en ser se sostiene, no hay una solución; hay en todo caso otras soluciones que acompañan la falta en ser. Mientras que en el Seminario 1 la realización del ser aparece como la perspectiva del final del análisis, y es en esta vía de la realización del ser en la que consiste el análisis que se interponen el amor, el odio y la ignorancia.
Tanto en este Seminario como en el siguiente, amor, odio e ignorancia tienen una función de velo. Esto es manifiesto en la pasión de la ignorancia. Asimismo, decir que el amor cumple una función de velo es algo familiar. El amor de transferencia es, efectivamente, un velo. Lacan lo reitera tanto que ya nos resulta algo sabido y tiene que hacer un gran esfuerzo al final de su enseñanza para demostrar que no todo el amor es velo. Pero en el Seminario 1 el amor, que es abordado a través del amor de transferencia, surge para proteger la pasión de la ignorancia, que es la posición radical del sujeto.
La palabra condena al desconocimiento del ser, al refugio en un falso ser. ¿Pero acaso el analizante quiere saber? Más bien se vale de la transferencia para mantener su «no quiero saber nada de eso». A la pasión de la ignorancia se le contrapone el advenimiento de una palabra plena, plena de sentido. Podría pensarse que la pasión de la ignorancia es un nombre del inconsciente. Pero ¿por qué no hablar sencillamente de inconsciente?, ¿por qué hablar de «pasión de la ignorancia»? Es, precisamente, porque así pasa al primer plano la dimensión ética que implica el hecho de no querer saber. El inconsciente así presentado no implica ninguna idea de sustancia, de profundidad o de ente, y no tiene otra estructura que la afirmación de un falso ser en el rechazo al saber.
En este contexto Lacan se ocupa de diferenciar la pasión de la ignorancia del analizante, su no-querer-saber, de la pasión de la ignorancia del lado del analista, a la que llama la docta ignorancia, que es el ejercicio de ignorar lo que se sabe para tomar cada caso como si fuera la primera vez. Hay un texto precioso de Éric Laurent que hace hincapié en las pasiones del ser, donde toma a Jung, a Ferenczi y a Rank e interpreta la pasión de la ignorancia en cada uno de ellos.
Entonces, por un lado nos encontramos con la pasión de la ignorancia del lado del analizante, con su posición radical que es la de no querer saber. Freud se preguntaba por la Wissentrieb, la pulsión de saber. Pero para Lacan no existe el menor deseo de saber. Años después va a agregar que se habla para gozar, no para saber. Por eso, cuando la interpretación va en la dirección de transmitir un saber, yerra el blanco.
Intervención: Con respecto al humor, el chiste y el superyó, el humor le gana al superyó, pero el chiste juega con la palabra en vez de padecer de ella.
Graciela Brodsky: Sí, la cuestión que habría que trabajar es por qué un chiste hace reír a varios y no solamente a uno. No digo a todos, pero el chiste funciona si logra la carcajada colectiva. Es un fenómeno de muchos, y eso es lo que me parece que habría que investigar.
Gustavo Stiglitz: Recién ahora entiendo mejor la función del chiste. La pregunta es si el agujero, el ombligo del sueño, es un real, si es el mismo real que el del cuerpo. Lacan dice que son dos reales distintos, pero son dos impasses entonces; el impasse de la formalización que vos traías al principio como demostración es el agujero equivalente al ombligo del sueño, no se puede decir más nada. En cambio el otro, el del agujero corporal, es de otra estofa, y entonces se me ocurre que el chiste está justo en el lugar donde toma algo del agujero simbólico, de lo que no se puede decir, y lo hace resonar en el otro, en el cuerpo. Por eso me parece que ahora puedo entender bien cuál es el lugar del chiste como conexión entre los dos impasses.
Graciela Brodsky: ¿Cómo resuena esto entre varios?
Gustavo Stiglitz: Que muchos se rían o que muchos aplaudan no nos dice nada de por qué aplaude o se ríe cada uno. Un cartel, por ejemplo, produce un efecto de afecto colectivo, pero no sabemos nada de cuál es el efecto de afecto en cada uno.
Graciela Brodsky: No deja de ser una curiosidad que cuando el chiste es bueno nos riamos muchos; no digo todos, puede ser que alguno no lo cace, pero hay otros que efectivamente se ríen colectivamente.
Gustavo Stiglitz: Que haya algunos que no lo cacen es justamente decir «hay algo que no pasa».
Graciela Brodsky: Efectivamente, eso es más demostrativo. Que para algunos no tenga ningún efecto es demostrativo de lo que no pasa. La cosa podría ir por ahí, y eso lo une también con la sublimación, que estaría en ese cabalgamiento de dos agujeros. Lo que interesó a Freud de la sublimación fue la satisfacción colectiva. Por eso Joyce es interesante como contraejemplo. No resuena en nadie, no entusiasma a nadie. Él se ríe solo.
Gustavo Stiglitz: Pero sí nos entusiasma mucho lo que Lacan hizo por él.
Graciela Brodsky: Efectivamente.
Intervención: En principio, lo que tomó Gustavo está en la línea de lo que yo evocaba en relación al chiste, que es la mención que Lacan hace en el Seminario 23, de que lo importante del chiste no es el sinsentido, sino que, concibiéndolo en ese momento como lapsus del nudo, lo que produce es un cambio en el régimen de goces. Me parece que esto del agujero y del cambio en el régimen de goces está en juego en el efecto del chiste, y comparto con Gustavo la idea de que habría que ver cómo se ponen en juego en la singularidad.
Graciela Brodsky: Estoy interesada en el efecto colectivo. El efecto colectivo de la enseñanza tiene ese aspecto demostrativo. Puedo hacer fórmulas y demostrarlas, pero eso no tiene que ver con el entusiasmo o el aburrimiento que puede producir la enseñanza. Hay algo que Freud intentó explicar con la psicología de las masas, y lo explicó bien; no sé si habría buenas maneras de explicarlo con otros instrumentos que no sean los de la identificación. Es un instrumento muy potente, que demuestra. En cambio, cuando entramos en el terreno de la resonancia, de la satisfacción que pasa, estamos en un terreno más difícil de argumentar. Sabemos que hay cosas que nos entusiasman colectivamente, eso es un hecho, pero la dificultad es argumentarlo psicoanalíticamente sin el recurso de la identificación.
Intervención: Hace un tiempo hice un trabajo sobre el chiste. Me pareció que Freud decía –al menos es mi lectura– que el chiste estaba en otro régimen de satisfacción que el principio del placer. O sea que el placer en el chiste es positivo, no es negativo, porque el principio del placer tiende a la descarga, a cero, y el chiste no. Por eso quizás no es una formación del inconsciente y está más del lado de la sublimación, que también es un cambio en el régimen de la satisfacción.
Graciela Brodsky: Está del lado del más. Una ganancia de placer y no un velo. Continuaremos la próxima. Vamos a trabajar las pasiones del ser en «La dirección de la cura…», pero me interesa especialmente trabajar la cuestión del odio: el odio es el único afecto lúcido, dijo en su momento Lacan.
13 de mayo de 2016
1- Lewis Carroll, Lo que la tortuga le dijo a Aquiles, 1894.
2- Jacques-Alain Miller, Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2013, p. 71.
3- Idem.
4- Ibid., p. 72.
5- Idem.
6- Sigmund Freud, «Manuscrito K. Las neurosis de defensa (Un cuento de Navidad)», en Cartas a Wilhelm Fliess, Buenos Aires, Amorrortu, 1896.
Las desgracias del ser
La reunión de hoy estará dividida en dos partes. La primera será destinada al comentario del texto que envió Mercedes Simonovich. Luego nos detendremos en algo que resultó ser una sorpresa fuera de programa. Durante una reunión institucional en la Sede de Ciudad de México de la NEL, en una mañana de trabajo dedicada al texto de Miller «Affectio societatis» (1), escuché una contribución de Fernando Eseverri que está en total sintonía con nuestras reflexiones. Dice Fernando:
Affectio societatis es una expresión en latín que proviene del derecho romano, ¿qué tenemos que ver nosotros con los romanos? La semana pasada estaba pensando eso. Fui al cine y vi ¡Salve César!, una épica romana, como Ben-Hur. La historia se desarrolla en los cincuenta, en la era dorada de Hollywood. El personaje principal, interpretado por Josh Brolin, es un ejecutivo del estudio cuyo trabajo es salvar la reputación de las actrices, mediar entre directores y actores, y, sobre todo, evitar que cualquier escándalo llegue a la prensa. Es alguien que arregla problemas. Pero la cosa se complica cuando el actor principal, interpretado por George Clooney, es secuestrado por un grupo misterioso que se hace llamar el futuro.
La película trata, entre otras cosas, sobre el contraste entre la imagen que Hollywood proyecta y lo que hay detrás. Sobre las ambiciones personales y las grandes causas, y lo fácil que es confundirlas.
Es una comedia. Y lo cómico surge de la comparación con el ideal, y del gasto de energía que podemos reconocer en las paranoias de un tiempo pasado.
Podríamos hacer un paralelo con la Escuela. Porque la Escuela tiene un lado glorioso. Es Lacan contra la IPA (nos encanta esta historia). Miller incluso habla en algún lugar de «la epopeya de Lacan», que es un elogio que se escucha como parodia.
Por supuesto podemos aprender mucho de la lectura que hace Miller de esa historia –porque separa la estructura de todas las anécdotas–. Pero si comparamos los acontecimientos que llevaron a Lacan a fundar su Escuela con nuestros problemas cotidianos y locales, lo que obtenemos –además de una prueba de realidad– es un efecto cómico.
Según Lacan, «todo lo serio cobra sentido de lo cómico». De hecho, lo cómico le parece más serio. Tiene más dignidad porque nos saca de la queja. Ironizar sobre nuestras ambiciones es de por sí terapéutico. Puede persuadirnos de querer algo completamente distinto.
Pienso que hacer una lectura psicoanalítica del grupo debería tener el mismo fin, y la ironía es un poderoso recurso. El gran texto político de Lacan, «Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista» (1956), es una sátira; El banquete de los analistas, de Miller, también. Precisamente por esa razón, creo que no podemos tomar ninguno de estos textos como si fueran un manual, o un plan de acción.
Los chistes no nos dicen qué es lo que tenemos que hacer. Muchos chistes apuntan a una verdad –hacen algo con la verdad–, pero no existen chistes prescriptivos.
En una estación ferroviaria de Galitzia, dos judíos se encuentran en el vagón. «¿Adónde viajas?», pregunta uno. «A Cracovia», es la respuesta. «¡Pero mira qué mentiroso eres! –se encoleriza el otro–. Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cracovia. ¿Por qué mientes entonces?».
Pocas cosas nos unen más a otros que el humor. Aunque, por supuesto, también puede dividirnos. El chiste es así, lo entiendes o no lo entiendes. Y no hay ningún racismo en eso. No nos reímos de las mismas cosas. Pero cuando sí lo hacemos, es un fenómeno muy particular. Es algo eminente social. Es una práctica en la que existe un acuerdo tácito (puedo hacerte reír). Es un afecto social. Cicerón usaba el término urbanitas en el sentido de ‘cortesía, buen trato y buenos modales’, pero la expresión también abarcaba el estilo, el lenguaje, el gusto, el sentido del humor. Es un aspecto distinto de la psicología de grupo. Con el chiste también se crea una comunidad efímera, pero es una comunidad muy distinta a la que arma el ideal. Pero eso no solo pasa con el chiste, pasa también, por ejemplo, cuando en un evento la gente aplaude. Sabemos que Lacan se inspiró en el objeto transicional de Winnicott para inventar el objeto a. El objeto transicional se incluye en una teoría más amplia de lo que Winnicott llamó «fenómenos transicionales» (el juego, el arte y toda la experiencia cultural). Es un espacio intermedio entre el interior y el exterior. Pienso que lo más valioso de la vida de Escuela transcurre en este espacio (tuvimos ejemplos de esto ayer). Un espacio intermedio entre lo más singular de cada uno y lo más público (los estatutos).
¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiera la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona debiese atraparlo y devolverlo, pero que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metiesen en el bolsillo.
Es decir que se necesitan ciertas condiciones. El juego solo es posible en una relación digna de confianza. La pregunta es si podemos preservar este espacio potencial a pesar de nuestras diferencias. Por el momento, no es seguro que así sea. (2)
El chiste
¿Fueron necesarias diez horas de avión para encontrarme con esto? ¿Cuál fue el milagro? ¿Transmisión de pensamiento? No sé. El texto me condujo directamente a Wittgenstein. Me tentó Wittgenstein más que Winnicott. En el aforismo 474, Wittgenstein escribe:
¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan correctamente entre sí. Es como si entre ciertos hombres se hubiera vuelto costumbre arrojar a otro una pelota que este debe atrapar y devolver. Por cierto, hay gente que no la devuelve, sino que se la mete en el bolsillo. ¿Qué sucede cuando uno no es capaz de adivinar el gusto del otro? (3)
Y un poco antes, en el aforismo 448, encontramos lo siguiente:
Dos hombres, que juntos celebran, quizás, un chiste. Uno ha usado ciertas palabras, algo desusadas, y ahora los dos rompen a reír o algo por el estilo. Pero para alguien que viniera a nosotros desde otro ambiente, esto resultaría muy extraño en tanto que nosotros lo consideramos muy racional. Hace poco vi esta escena en un autobús y pude planteármela como alguien que no estuviera acostumbrado a ello. Me pareció entonces muy irracional y como las reacciones de un animal que nos fuera completamente extraño. (4)
El chiste requiere la lengua común. Por fuera de este uso compartido del lenguaje, la escena de dos personas riéndose puede resultar incompresible. Además de su texto, Mercedes Simonovich nos hizo llegar un chiste de Tute. Allí, una pareja riega una maceta en la que crece, enorme, un objeto que parece un corazón: rojo, desmesurado, deforme, como un árbol retorcido. El texto reza: «Lo regamos todos los días como recomiendan, pero no sé... está creciendo raro».
¿Cuál es la condición para que esto nos provoque una sonrisa? Que compartamos –y esto constituye una comunidad– un uso del lenguaje. No se trata simplemente de hablar el mismo idioma, se puede entender el sentido de cada una de esas palabras, sin entender el Witz que componen. Es una comunidad mucho más restringida que comparte, ya sea porque lo escuchó, o porque se lo dijeron, la idea de que «a una relación hay que regarla, cuidarla, alimentarla, para que crezca». Sin ese dato compartido que forma parte de los dichos de una comunidad, el chiste es insensato. El chiste se apoya en un sobreentendido que compartimos. No se trata del lenguaje que se estudia en los libros de gramática, no se trata de su sintaxis, de sus reglas. Es un uso del lenguaje que compartimos sin haberlo estudiado, es un lenguaje que sabemos usar y que resuena para nosotros. Hablamos el castellano, pero no jugamos el mismo juego acá que en otros países de habla hispana. Tenemos entonces una primera respuesta a la pregunta por el efecto de afecto colectivo, que me alegró encontrar.
Vayamos ahora al texto de Mercedes Simonovich que tiene por título «Entre demostración y charlatanería: el chiste». Siguiendo al detalle la argumentación de Freud, ella destaca la ganancia de placer que reporta el chiste, y explica bien cómo dicha ganancia proviene del ahorro de un gasto de trabajo psíquico que requiere la represión a la que nos forzaría la crítica del superyó. En lugar de padecer las desgracias del ser que acarrean la arbitrariedad de la palabra y la pérdida del referente, el sujeto se adueña del equívoco, del doble sentido, de la ambigüedad, y los usa a su favor, ahorrándose el gasto que exige la represión –el chiste le gana de mano al inconsciente– y burlando al superyó.
Tengo una hipótesis que les paso, y con esto termino. El primer elemento que tenemos a partir de Wittgenstein es el juego de lenguaje compartido. Eso introduce una dimensión del «para todos». Siempre hay excepciones, pero es una lógica de «para todos». Wittgenstein no reflexiona sobre aquel que no juega el juego sino para demostrar la aceptación tácita de las reglas del uso del lenguaje. Lo que me preguntaba esta mañana era cuál sería, desde la perspectiva del chiste, esa dimensión «para todos» que justificaría su efecto social. La fórmula que nos recordaba Mercedes es «ganancia de placer por ahorro de inhibición». ¿Ganancia de placer respecto de qué? Mi hipótesis –se las leo tal como la escribí hoy a las seis de la mañana, que es una hora muy productiva para mí– es que si buscamos un «para todos» –no para toda la humanidad, pero «para todos» los miembros de un conjunto que puede ser el de los que escuchan el chiste, o el «para todos» de un cartel–, este tiene que estar articulado a un «no cesa». Lo que no cesa de escribirse, es decir, el síntoma, no me sirve para mi hipótesis porque el síntoma es lo más singular, no me sirve para pensar el efecto colectivo. Tengo que pensar entonces en «lo que no cesa de no escribirse». El chiste representaría en este caso una ganancia respecto de lo que no cesa de no escribirse, es decir, sobre la ausencia de la relación sexual. Si sigo mi hipótesis mañanera, el chiste es un ahorro respecto del «no hay», y lo formulo así: es un ahorro respecto de la angustia de castración. Para Wittgenstein, se trata de la lengua compartida. Para Freud, leído desde Lacan con la ayuda de Mercedes, se trata de la ausencia de relación sexual, que es uno de los nombres de la castración para Lacan. Insisto: es un «para todos» dentro de un universo restringido, para todos los que comparten un juego de lenguaje y para todos los que comparten el imposible de la relación sexual, al que el chiste de Tute alude muy bien porque es un chiste sobre el fracaso del amor. Tute siempre nos dice algo, pero en esta ocasión nos dice más de lo que parece, en tanto su chiste está montado sobre el fracaso del amor para velar lo que no anda entre un hombre y una mujer.
El ser del analista
Retomemos las pasiones del ser. Pienso que hay que contextualizar un poco los momentos en los que Lacan utiliza esta expresión: «pasiones del ser». Fundamentalmente son tres: el Seminario 2, «La dirección de la cura…» y el capítulo «La feroz ignorancia de Yavhé» del Seminario 17. Una orientación que no hay que olvidar es que en cada una de estas ocasiones la idea de Lacan es una reflexión sobre la transferencia. Eso requiere que cada vez haya que plantearse la pregunta siguiente: cuando habla de las pasiones del ser, ¿de qué lado de la transferencia las ubica, del lado analizante o del lado analista? En el Seminario 2 y en «La dirección de la cura…», amor, odio e ignorancia están del lado del analizante. Es lo que afecta al analizante en el camino de la realización del ser en la medida en que este es el objetivo de la cura. Pienso que el esquema que Lacan tiene en mente es sencillamente el esquema «Z».
Hay que suponer que la realización del ser es lo que está en el camino del sujeto al Otro y que lo que interfiere es el eje imaginario, donde habría que ubicar las pasiones del ser. De ahí la relación entre las pasiones del ser y la transferencia, transferencia entendida como obstáculo. En la primera época de su enseñanza, Lacan ubica en el eje a – a’ todo lo que corresponde a lo libidinal, y entonces, lógicamente ahí entra el amor, el odio y muchas cosas más. ¿Y la ignorancia? Eso es harina de otro costal.
En el Seminario 15 y en el Seminario 17, las pasiones del ser –amor, odio, ignorancia– ya no están del lado del analizante, sino del lado del analista. Tanto es así que en el Seminario 17 Lacan las aborda a partir de Yavhé, el dios de los judíos, el dios celoso, e inspirándose en la tradición budista, indica que lo que el analista debe hacer es despojarse de estas pasiones: despojarse del amor, despojarse del odio y, nuevamente, la ignorancia sigue una lógica diferente porque no dice «despojarse de la ignorancia», sino que introduce la diferencia entre la ignorancia y la docta ignorancia. En el Seminario 15 esto se presenta por el lado de la neutralidad del analista: «me gusta», «no me gusta», son dos juicios que están vedados al analista.
En el Seminario 17 Lacan habla de purificación: el analista debe purificarse de estas pasiones del ser. A pesar de estar en el eje a – a’ hay que poner el acento en la disimetría radical que hay entre amor y odio, ir contra la idea de la «ambivalencia». El amor, al menos en esta época, siempre está en el registro del velo, de lo que la imagen vela del Otro; mientras que su reflexión sobre el odio va a desembocar en la famosa expresión «pasión lúcida», o sea, una pasión que corre el velo. Destaquemos lo siguiente: cuando estamos en el registro de las pasiones del ser, articuladas cada vez a la transferencia, estamos en el terreno de la relación entre el sujeto y el Otro. Esto, en cambio, no es para nada evidente en «Televisión», donde Lacan habla de las pasiones del alma. El entusiasmo, la manía, la tristeza, son trabajadas en un contexto donde lo que pasa al primer plano es la intersección entre el objeto a y el cuerpo.
Me parece que aquí vale la pena hacer una distinción que me orienta. En un inicio, para Lacan, el recorrido del análisis tiene que ver con el advenimiento del ser. Posteriormente, en «La dirección de la cura…», por ejemplo, no se trata de la realización del ser, sino de la subjetivación de la falta en ser, es decir, de la castración. Lacan no abandona nunca esta perspectiva que llega hasta la inexistencia de la relación sexual –última versión lacaniana de la castración, según demuestra Miller en su último curso–. Pero como con las pasiones del ser estamos en el terreno de la transferencia, las pasiones del ser atañen al Otro y atañen al ser del Otro, al ser del analista.




