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Los calificativos para indicar la intensidad del sismo son muy variados y cubren una amplia escala, que incluye desde ligero, débil, tenue y leve, hasta, en grado ascendente, regular, brusco, fuerte, bastante fuerte, recio, rudo, terrible y violento. En ocasiones, Polo combina rasgos y resultan expresiones como recio e instantáneo o recio e impetuoso, que abren interrogantes. Menos aclaradoras son expresiones como casi imperceptible, poco considerable, de poca consideración, de gran intensidad o extraordinario y alarmante, calificativo con el que las fuentes se refirieron al sismo del 26 de noviembre de 1870.
Menos frecuente es la mención de otros fenómenos asociados, como la dirección del movimiento; en estos casos, la fuente indica la dirección supuesta, usando puntos cardinales. Cuando se carece de tal indicación, se opta por expresiones como sacudimiento oscilatorio u oscilación débil, y, si se considera la dirección del vaivén, se utiliza vertical recio.
Otro elemento asociado al sismo es el ruido, sobre el cual también hallamos variados calificativos, como insignificante, escaso o excesivo. Aunque pudiera parecernos redundante calificar el ruido de un sismo como subterráneo, la fuente original podría estar refiriéndose a otras consideraciones. Alguna alusión poética se desliza cuando nos encontramos con la expresión bramido pasajero. Polo también combina términos, y el resultado se expresa en calificaciones como ronco y prolongado, bastante intenso, el contradictorio ligero y sordo [sic], o aquel que entendía el ruido del sismo del 16 de agosto de 1891 como de golpes. Infrecuente es la calificación de extraordinario, como la utilizada para el sismo del 18 de noviembre de 1872.
Las descripciones del evento sísmico pueden ser muy ricas en detalles. Destacan, por ejemplo, aquellos terremotos que no permitían a los individuos mantenerse en pie, o aquellos en los cuales las campanas empezaban a tocar solas, como efecto de la fuerza del vaivén producido por el sismo. De igual modo, el hallazgo de alguna manifestación religiosa puede resultar indicativo. Es difícil que un temblor ligero origine de inmediato una procesión, lo cual será, más bien, consecuencia de un terremoto, como sucedió luego del sismo del 23 abril de 1884.
En algunas fuentes, la información se ve sumamente enriquecida por el afán del testigo de asociar el evento sísmico con otro tipo de fenómenos, como los meteorológicos o astronómicos.
A partir de todo lo planteado se nos abren difíciles problemas, que solo dejamos enunciados. En aras de la unificación terminológica, ¿qué término resulta idóneo para calificar un sismo entendido como poco considerable o de gran intensidad? ¿Es apropiado calificarlo de ligero o fuerte, respectivamente? ¿Cómo diferenciar un sismo calificado de fuerte de otro entendido como recio? Y, por último, el asunto medular: ¿cómo transformar la adjetivación en un grado específico de una escala sísmica? En definitiva, se trata de la empresa más delicada de un catálogo sísmico, pues supone el esfuerzo de entender la riqueza expresiva del lenguaje y sintetizarla, para a partir de allí producir un parámetro estandarizado, luego de asignarle a un sismo un grado específico en una de las escalas sísmicas disponibles.
En el mismo sentido, debemos plantear otro orden de problemas. Lo primero está asociado al asunto de las réplicas, y creemos que en algunos casos se puede hallar ese comportamiento; si presumimos la existencia de ellas, es evidente que no podemos considerarlas como eventos en el catálogo histórico-sísmico. El caso que, entendemos, presenta ese carácter es el de Abancay, el 5 de diciembre de 1875, y otro caso podría ser el del 23 de enero de 1871.
Finalmente, la determinación de los epicentros se puede establecer a partir de cierto tipo de información; por ejemplo, cuando de dos sismos percibidos en dos localidades, se identifica en cuál de las dos se sintió primero: 5 de octubre de 1871, primero en Tarapacá y luego en Arequipa; 10 de junio de 1872, primero en Arequipa y luego en Tacna; 5 de abril de 1875, primero en Trujillo y luego en Lima y Callao.
1. Los sismólogos y la historia: la identificación de los eventos
A mediados de la década de 1940, la geofísica dio entre nosotros un gran paso con el establecimiento del Instituto Geológico del Perú. Desde junio de 1944, la flamante entidad expresaba —en palabras de su director, Jorge Broggi— “la necesidad de conocer mejor el pasado sísmico del país”.
Como forma eficaz de difusión, el instituto decidió, tempranamente, durante su primer año de vida, sacar a luz un boletín. Entre 1945 y 1950 se publicaron trece números dedicados a asuntos varios, como glaciología, climatología y, ciertamente, sismología. El primero de los boletines fue de una utilidad extraordinaria: presentó una exhaustiva bibliografía sobre el desarrollo de la sismología en el Perú, de Alfredo Rosenzweig (1945). Luego apareció una serie en la que se daba cuenta de la ocurrencia sísmica anual registrada en todo el país, gracias a las numerosas estaciones sismológicas establecidas por el instituto a lo largo del territorio.4 La responsabilidad de su publicación recaía en la sección de geofísica del instituto, a cuya cabeza se encontraba un joven egresado de la Escuela de Ingenieros y que había cursado estudios de especialización en el Instituto Tecnológico de California: Enrique Silgado Ferro, uno de los más importantes científicos dedicados al estudio de la geofísica en el Perú durante el siglo XX.
Desde su puesto, Silgado jugó un rol importante en la sistematización del registro sísmico, pues era el encargado de procesar y publicar la información que llegaba de las estaciones que el instituto monitoreaba en todo el país. Del mismo modo, cada vez que se registraba un evento sísmico de gran magnitud, encabezaba comisiones técnicas que, constituyéndose en el lugar del desastre, levantaban información valiosa. Tras los devastadores sismos de Satipo en 1947 y Cusco en 1950, las misiones dirigidas por Silgado evacuaron interesantes informes sobre el área afectada, los efectos sobre la población y la infraestructura, etc.
Existen sismos para los cuales la documentación resulta abundantísima; es el caso del terremoto de Arequipa, de 1868. En cuanto a los relatos disponibles sobre este sismo, contamos con los valiosos testimonios de los testigos directos del evento, como los marinos norteamericanos Billings y Gillis, los viajeros ingleses Stevenson5 y Hutchinson, y el comerciante G. Nugent, agente en Arica de la Compañía Inglesa de Vapores. Pese a no haber podido acceder de manera directa a algunas de las obras originales, el panorama documental es alentador, pues se dispone de traducciones, al parecer completas, de los relatos de Stevenson y Billings (Silgado 1992: 53-58; 60-67), y de otras, más bien parciales, como la de Nugent.6 También hay versiones parciales del texto de Billings en la web.7
¿Qué credibilidad nos ofrecen estas fuentes? Una breve aproximación biográfica a los autores puede contribuir a delinear la calidad documental de los testimonios. Veamos un caso. Luther Guiteau Billings, marino norteamericano, nació en Nueva York en 1842 e ingresó al servicio de la armada norteamericana en 1862. Luchó al lado de los confederados en la Guerra de Secesión y luego estuvo asignado a la dotación del USS Wateree, en el Escuadrón Naval del Pacífico, y, en su condición de oficial, fue testigo del tsunami que arrasó Arica, donde dicha nave se hallaba al ancla. Condecorado por los servicios que prestó en tan álgida circunstancia, desempeñó posteriormente otros cargos administrativos, hasta retirarse del servicio activo en 1898. Murió en 1920, pero antes, en 1915, publicó en National Geographic el relato que devino casi en el relato “clásico” que testimonia la dimensión del maremoto de 1868. No obstante, debe considerarse el hecho de que dicho relato, al haberse compuesto pocos años antes de su publicación, representa un recuerdo lejano de lo vivido, lo cual, ciertamente, plantea cuestiones esenciales sobre el grado de confiabilidad que debería asignársele.
Por el contrario, los relatos de Hutchinson y Gillis son poco conocidos. Thomas Hutchinson (1820-1885) publicó en 1873, en Londres, Two years in Peru with exploration of its antiquities, obra dedicada al presidente Manuel Prado, donde relata el viaje que hizo por el Perú desde 1871. En ella afirma que el primer puerto peruano al que arribó, en abril de 1871, fue Arica, ciudad que se hallaba aún completamente devastada a raíz del terremoto de 1868 (Hutchinson 1873, I: 61). A diferencia de Stevenson, testigo directo del suceso, Hutchinson no estuvo presente en él. El valor de su relato radica, más bien, en lo iconográfico: tres grabados alusivos al evento de 1868 enriquecen su relato; el primero lleva por título: “Arica antes del maremoto”, y el segundo: “Arica después del terremoto”. El tercero es un grabado relativo a Arequipa (Hutchinson 1873, I: 64, 66 y 90).
El relato del comandante James H. Gillis, a cargo del USS Wateree, es de primera importancia, dado que Gillis fue sobreviviente de la tragedia. Tanto la carta que envía a T. Turner, comandante del Escuadrón del Pacífico Sur, como la comunicación que este envía, a su vez, al secretario de Marina, ambas de 1868, eran inéditas y las reproducimos —aunque, lamentablemente, no traducidas— en la sección correspondiente.
El USS Wateree fue una cañonera a vapor, de casco de hierro, de 1.173 toneladas, construida en Chester, Pennsylvania, en 1864. Ese mismo año, y luego de una larga travesía que la llevó hasta el Cabo de Hornos, llegó en noviembre a San Francisco. Desde 1865 hasta mediados de 1868 formó parte del Escuadrón del Pacífico de la Marina norteamericana, dedicándose a labores de patrullaje en las costas occidentales de Centro y Sudamérica.
En conclusión, para el evento de 1868 hemos emprendido un ordenamiento de la documentación identificando cinco relatos de diferente valor. Por una parte, testimonios proporcionados por testigos que se hallaban en la ciudad de Arica en el momento del maremoto, como Billings, Stevenson, Gillis y Nugent, se complementan con el que ofreció tiempo después el viajero Hutchinson, quien además ofrece grabados. Los documentos respectivos los incluimos en la parte correspondiente del presente catálogo.
Para 1877 no hemos hallado tanta variedad de relatos. Por el contrario, nos ha parecido de suma utilidad el texto publicado bajo la autoría de F.V.G., siglas que —en opinión de Montessus— corresponden a Francisco Vidal Gormaz.
Sismos y testimonios gráficos: la potencialidad de una fuente
Nuestro objetivo, aquí, es desarrollar las principales ideas sobre la información contenida en testimonios gráficos relativos a sismicidad histórica. Definidos como fuentes icónicas —aquellas en que la información descansa en la imagen—, dichos testimonios abarcan una gama diversa, que incluye pinturas, grabados y fotografías. Si bien no tenemos conocimiento de pinturas peruanas que testimonien la ocurrencia sísmica en el Perú en la segunda mitad del siglo XIX, por el contrario, los grabados y, especialmente, las fotografías representan una valiosísima fuente de información que complementa la proporcionada por la amplia gama de fuentes escritas disponibles. Es rica la oferta de grabados peruanos para el siglo XIX; obras importantes de nuestra historiografía engalanan sus páginas insertando numerosos grabados de artistas nacionales o extranjeros. Solo a título de muestra, véase la amplia oferta de grabados que se halla en la Estadística de Lima, de Manuel Atanasio Fuentes (1858); el Atlas, de Paz Soldán (1865), y los tres tomos publicados por Antonio Raimondi con el título: El Perú (1874-1878).
En lo que respecta a la fotografía, invento surgido a mediados del siglo XIX, su uso se difundió rápidamente en el mundo. No es este el lugar para hacer un recuento de sus orígenes en el Perú: otros investigadores lo han hecho con suficiencia (McElroy; Majluf; Majluf y Wuffarden). En un ámbito tan rico y sugestivo como la fotografía histórica, y no obstante los enormes desarrollos logrados en aspectos como la identificación de talleres y fotógrafos y la puesta en valor de archivos en Lima y provincias, aún hay muchos vacíos en el tema.
Conforme a los resultados de nuestra investigación, podemos afirmar que casi todas las fotografías halladas en archivos, libros, revistas, periódicos e internet se refieren a los terremotos que asolaron puertos y ciudades del sur peruano en 1868 y 1877, sobre todo los del primer año, con lo cual confirmamos una de las hipótesis planteadas al inicio del estudio. Siguiendo un ordenamiento urbano, es decir, tomando como referencia cada una de las ciudades para las que disponemos de información, contamos con testimonios gráficos de los efectos del sismo de 1868 sobre cuatro ciudades: Arequipa, Arica, Ica y Moquegua, aunque es para las dos primeras que, con largueza, abundan esos registros.
Los efectos desastrosos provocados por el cataclismo de 1868 en Arequipa, se aprecian en forma nítida en una serie de quince fotos que fueron propiedad de Carlos I. Lissón, importante científico sanmarquino de fines del siglo XIX. A mediados de los años veinte, Lissón —a la sazón, profesor en la Facultad de Ciencias de San Marcos— asesoraba a un joven discípulo en la elaboración de su tesis doctoral, dedicada al estudio de la sismología peruana. Obtenido el grado y decidida la publicación de aquella, el autor, Raúl Picón, incluye dichas fotos como apreciable complemento gráfico (Picón 1926).8 En nueve de ellas se aprecia el grado de destrucción parcial de siete templos arequipeños: la Catedral, San Camilo, San Pedro, La Merced, San Agustín, La Compañía y San Juan de Dios;9 y en las seis restantes se distinguen grandes rumas de escombros en varias calles de la ciudad: Nueva, Lucmo, Santo Domingo, La Palma, Guañamarca y San Juan de Dios.10
Es bueno anotar que varias de estas fotografías se reprodujeron en obras posteriores. Por ejemplo, Silgado incluye dos de ellas en su clásico estudio sobre la historia sísmica peruana: una en la que se aprecia la destrucción del lado derecho de la Catedral y otra en la que se muestra la destruida torre de la iglesia de La Compañía, y para ambas indica su origen: “Publicado por Picón-1926” (Silgado 1978: 41).
Otra fuente apreciable de información gráfica proviene de la serie de fotografías que forman parte del álbum que reúne las que tomó (o adquirió) la tripulación del navío HMS Topaze en su largo viaje por el mundo, entre 1868 y 1869, álbum que pudimos consultar en la Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú. Entre las bellísimas fotos de paisajes de Oceanía y otras partes del mundo, aparecen varias que revelan la magnitud de los destrozos causados por el evento de 1868. También consultamos el archivo fotográfico de la misma biblioteca, pero ello no nos deparó ningún hallazgo relacionado con sismicidad histórica.11
Igualmente necesario consideramos hacer una búsqueda en la información disponible vía internet. En el inicio, decidimos indagar en cinco grandes repositorios americanos y europeos: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (Library Congress), la Biblioteca Pública de Nueva York (New York Public Library), la Biblioteca Británica (British Library), la Biblioteca Nacional de Francia (Bibliothèque nationale de France) y la Biblioteca Nacional de España. En tres de ellas no hallamos ningún material gráfico de utilidad: New York Public Library, British Library y Bibliothèque nationale de France; pero especialmente útil, por sus fondos, fue la Library Congress, mientras que la Biblioteca Nacional de Madrid posee rica información gráfica virreinal, mas no republicana.
Entre las dependencias accesibles a los investigadores, en la Library Congress de Washington figura el Printings & Photographs Reading Room, que alberga 13,7 millones de imágenes. Mediante un buscador (http://www.loc.gov/rr/print/catalog.html) se tiene acceso al Prints & Photographs Online Catalog, espacio que permite búsquedas en, aproximadamente, el 50% de la colección. Buscando con la palabra “Perú”, resultaron 354 imágenes, no todas visualizables, que cubren fotografías, acuarelas y grabados. En el registro 241 se menciona la referencia “Álbum del Perú”, que contiene más de cien vistas sobre nuestro país, correspondientes a la década de 1860, extraídas de dos álbumes de época y tomadas por el famoso fotógrafo francés —afincado en Lima desde mediados del siglo XIX, coincidiendo con la época de opulencia guanera— Eugenio Courret. Aunque no todas las fotografías han sido digitalizadas, entre las veinticinco disponibles existe valiosísima información sobre el terremoto de 1868. Seis, en particular, ofrecen vistas sobre los estragos del terremoto en Arequipa y Arica: dos son especialmente valiosas, pues no las conocíamos anteriormente (una, muestra la ruina de la ciudad, con la vista del Misti al fondo; y otra, parte de la estructura de la Iglesia de Santo Domingo), y las otras cuatro ya eran conocidas. El registro de vistas útiles para la investigación es el siguiente:
Library Congress
Printings & Photographs Reading Room
Fotografías disponibles para 1868
N.o 23: (vol. 1, n.o 22). Arequipa, 1868. Ruinas de la ciudad y vista del Misti
N.o 41: (vol. 1, n.o 28). Arequipa, 1868. Ruinas de Santo Domingo
N.o 138: (vol. 1, n.o 11). Arica, 1868. Vista del muelle
N.o 161: (vol. 1, n.o 13). Arica, 1868. Vista de playa 1
N.o 164: (vol. 1, n.o 12). Arica, 1868. Vista de playa 2
Por último, en lo que respecta a la Biblioteca Nacional de España, en su antiguo catálogo de colecciones especiales (http://catalogo.bne.es/uhtbin/webcat) o en el nuevo (http://www.bne.es/esp/nuevocatalogo.htm) se halla la sección “Materiales gráficos”, en donde la búsqueda con la palabra “Perú” da como resultado 66 hallazgos, la mayor parte referidos a grabados virreinales. Es de lamentar que no exista disponible ninguna fotografía para los siglos XIX y XX. No obstante, hallamos varios sitios en los que se han digitalizado periódicos españoles del siglo XIX, en especial la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. El Museo Universal (http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=22748) es uno de los que nos ha atraído, editado en Madrid entre 1857 y 1869, pues cuenta con grabados en los que podría —si se hace una búsqueda más exhaustiva— obtenerse información sobre los eventos de 1868.
También nos pareció importante indagar por la información proveniente de instituciones arequipeñas tradicionales, como la municipalidad y el arzobispado, pero no encontramos en ellas ninguna, de naturaleza gráfica, relativa al terremoto de 1868. No obstante, en otras sí se abren posibilidades de hallazgo: en la Sección Iconografía, del Archivo Departamental de Arequipa (http://lanic.utexas.edu/project/tavera/peru/arequipa.html), se hallan series relevantes, como Ciudad (postales), de 1850 a 1985, y Fotografías, de 1850 a 1986; y en la Fototeca del Archivo Departamental de Moquegua se guardan 50 fotos (http://lanic.utexas.edu/project/tavera/peru/moquegua.html). Como puede observarse, la escasa información disponible viene de la identificación de repositorios peruanos hecha por la Universidad de Texas y no de las propias páginas web institucionales.
En el Perú se han montado exposiciones fotográficas sobre sismos; es el caso de Rafael Martín Choque, quien en 1997 y con auspicio del INC ofreció la muestra “Los terremotos de Arequipa” en la municipalidad mistiana (véase Caretas 1478). Caretas reproduce de aquella una foto en la que se aprecia la destrucción de un lado de la catedral, una de las que reprodujo Picón en su estudio de 1926.
Muy al margen de los grandes repositorios mencionados, en internet está disponible una interesante colección de ilustraciones sobre sismicidad histórica en el mundo: la formada por el geofísico checo Jan Kozak, la más importante en su género, auspiciada por el Earthquake Engineering Research Center, de la Universidad de Berkeley (California). Se trata de 875 ilustraciones que dan cuenta de ocurrencias sísmicas que conforman la que llamaremos Colección Kozak (http://nisee.berkeley.edu/kozak). De ella, y sobre sismicidad peruana, está disponible vía web un conjunto de 31 grabados tomados de revistas contemporáneas al cataclismo de Arequipa en 1868, como Harper’s Magazine, revista que se publica mensualmente en Nueva York desde 1850 y que es importante por su alta circulación (antes de su primer año bordeaba los cincuenta mil ejemplares). Del mismo grupo editorial fue Harper’s Weekly, publicación aparecida entre 1857 y 1917. También en Estados Unidos se publicó, a partir de 1855, Frank Leslie’s Illustrated Newspaper, gracias a la iniciativa de un inmigrante inglés llamado Henry Carter (1821-1880), quien con el seudónimo Frank Leslie editó en Nueva York un semanario de gran impacto, caracterizado, al igual que las publicaciones de Harper, por el gran despliegue gráfico utilizado en la presentación de las noticias.12
Los extraordinarios sucesos sísmicos ocurridos en América del Sur, en 1868, no dejaron de repercutir en Europa. Cobertura importante fueron los artículos y textos aparecidos en L’illustration, primer semanario ilustrado aparecido en Francia en 1843 y que continuó publicándose por espacio de un siglo. Gracias a una enorme pléyade de corresponsales en el mundo entero, no era extraño que esta publicación acogiese la información vinculada a sucesos extraordinarios, entre los que cabía plenamente el suceso de Arequipa. Otra publicación del mismo estilo que las anteriores fue Illustrated London News.
Los 31 grabados de la Colección Kozak, provenientes de las cinco revistas reseñadas, no tienen gran resolución y es muy difícil reproducirlos; una excepción ha sido —ciertamente, un hecho casual— la imagen de la Plaza de Armas de Arequipa, que bajo registro KZ711 reproducimos como fotografía 2 y representa en realidad un grabado hecho sobre la base de la fotografía 1, aunque idealizándose algunas escenas, como la pareja que aparece al pie de la pileta y que no se observa en la fotografía original.
Igualmente en internet, y bajo el criterio de búsqueda “USS Wateree”, hallamos nuevas fotografías, custodiadas en el Naval Historical Center de la Marina Norteamericana, al que accedimos por primera vez a mediados del 2007, ocasión en que pudimos copiar algunas de las fotos disponibles, relacionadas con el evento de 1868 y que reproducimos como fotografías 3 y 4. Sin embargo, cuando posteriormente hemos intentado el mismo procedimiento, los resultados siempre han sido nulos13 y no sabemos la razón. Es bueno anotar que dichas fotografías, depositadas en el U.S. Naval Historical Center Photograph, provienen de donaciones hechas por marinos norteamericanos o fueron extraídas de publicaciones institucionales. Las que aparecen con los registros NH 42227 y NH 43759, por ejemplo, fueron donadas por A.B. Hendrickson, hija del almirante Luther Billings, testigo directo del suceso, a bordo del Wateree, acoderado en Arica ese 13 de agosto de 1868. ¿Las tomó el propio Billings o las adquirió luego y las incorporó a su colección? Nos inclinamos más por la segunda posibilidad. En cuanto a la fotografía signada como NH 42226, se señala haberse extraído del número correspondiente a julio de 1926 de Proceedings, revista del U.S. Naval Institute.14

La vista permite apreciar la destrucción de una sección considerable de los portales del lado oeste de la Plaza de Armas de Arequipa. En un primer plano se observan las carpas instaladas en la misma plaza, para refugio de los damnificados. Luego, frente a la esquina sobre la que confluyen los portales derruidos se erige la fachada del templo de La Compañía, en cuyo lado izquierdo se aprecia la destrucción parcial del cuerpo superior de su única torre. Finalmente, en el plano más alejado se divisa la campiña, flanqueada por una cadena de cerros que se extiende hacia el sur de la ciudad.




