Diamantes para la dictadura del proletariado

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En su detallado informe Ioffe escribía desde Berlín:
El canciller ha declarado que considera la colaboración ruso-germana una barrera en el camino del expansionismo político de Francia y de la presión económica de Inglaterra. Considera que el principal obstáculo para cumplir con el plan de intercambio económico y cultural serán no tanto las fuerzas externas como la oposición interna por parte del potente capital del Ruhr. Rathenau ha recalcado que la irresponsable dureza de las contribuciones impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles permite ahora aislar el excesivo extremismo del capital germano, pues los productores —los obreros y los campesinos—, así como los intelectuales con disposición patriótica, van a apoyar, sin duda alguna, al gabinete en sus intentos de organizar unas relaciones equitativas con una gran potencia, incluso aunque esta potencia resulte ser la Rusia comunista…
Krasin informaba desde Londres sobre el curso de las últimas conversaciones con los representantes de las tres principales firmas de acero y con el secretario Lloyd George. Escribía:
Los ingleses están tan seguros de ser una potencia que no ven necesario disimular los puntos de empalme que consideran de interés estratégico. En particular mister Enright me preguntó directamente: «¿En qué medida van a limitar ustedes el capital francés no solo en Rusia, sino también en los países limítrofes, y cómo piensan ayudar a los empresarios británicos a crear barreras contra el posible resurgimiento del poderío industrial germano?». A diferencia de conversaciones pasadas, se nota la ajustada concreción en el planteamiento de las preguntas, lo que atestigua las serias intenciones de la parte contraria.
Chicherin se llegó a la estufa de azulejos, pegó bien la espalda, sintió el lento calor y cerró los ojos. Esbozó una sonrisa.
«Han empezado a revolverse —pensó Chicherin—. Por fin se han dado cuenta de que el gobierno de Lenin “no se vendrá abajo definitivamente y para siempre” al cabo de tres días».
Chicherin regresó a la mesa, descolgó el teléfono y llamó a Karaján.
—¿Cómo van las cosas con los cursos breves de francés y de inglés? —preguntó—. Por favor, tome este asunto bajo su más estricto control. Siempre nos fallan minucias enojosas: reconocernos, aceptarnos…, ya lo están haciendo, pero diplomáticos que puedan encaminar este reconocimiento en provecho de la causa… se cuentan con los dedos de una mano.
765. 651. 216. 854. 922. 519… 648. 726. 569. 433… 113. 578. 723. 944… 137. 649. 523. 966. 483… 465. 282. 697. 193.2… 663 …
Querido Auguste:
¡Qué contento estoy de poder enviarte noticias con ayuda de unos amigos! Te has olvidado por completo de nosotros. ¿Cómo está la tía Roza? Imagino que allí con vosotros está como una rosa, pero aquí se hubiera congelado del todo: nuestro clima no es para ella. Igoriok estudia de la mañana a la noche, es bastante difícil que entre en la universidad, por cuanto ahora en la república no es imprescindible la experiencia laboral; sin embargo, el chico tiene tanto talento que seguimos confiando en que se convierta en un auténtico ingeniero ferroviario de verdad. Se le está pasando su antigua pasión por la geología: excepto el tío Iván, nadie puede darle consejos sobre los minerales útiles de Siberia, pero el tío Iván está tan ocupado con sus cosas que no tiene tiempo ni para dormir bien. Además, le ha subido la presión sanguínea de 150 a 190. Y los médicos de aquí de momento no pueden hacer nada al respecto, lo tratamos con una dieta de setas, dicen que ahora es la novedad. En verano secamos dos atados de cincuenta y trescientas unidades. Será suficiente para todo el invierno, pero si le servirá a Iván… no me atrevo ni a pensarlo. Si puedes, invita a Liólochka a París, dos o tres meses. Seguro que le dan el pasaporte si te muestras insistente y demuestras la necesidad de su estancia contigo, no solo como pariente, sino como persona que conoce a la perfección tu manera de escribir solfeo de oído, sin notas. Si puedes, envíame con quien tengas ocasión varias latas de cacao. Espero tus cartas.4
Tu afectuoso tío.5
25. 67. 41.5982. 6.3519.4.69.416. 5. 8893. 14. 9. 6421.6
Yo, R. R. Volobúiev, agente de la Policía Judicial de la provincia de Mozhaisk, Gobierno de Moscú, he levantado la siguiente acta de detención del ciudadano Grigori Serguéievich Belov. Circunstancias de la detención: el ciudadano G. S. Belov llegó en tren a Moscú y empezó a buscar un cochero de punto para ir a la aldea de Vozdvizhenka. Todos los cocheros ya estaban repartidos entre los trabajadores; sin embargo, Belov, que estaba en estado de cierta embriaguez, sacó de su maletín un reloj de oro de bolsillo abombado con el sistema «Hnos. Buhre» y ofreció al cochero Kuzorguin Afrikán Abrámovich la tapa de oro puro si este echaba a sus viajeros y lo llevaba a él, al ciudadano Belov, a la aldea. Basándome en esto, detuve al ciudadano Belov y lo conduje a la comisaría de la milicia en la estación.
—Firme —indicó Volobúiev—, mire ahí, a la esquinita.
—No es «a la esquinita», sino «en la esquinita» —lo corrigió Belov—, un representante del poder debe expresarse con corrección. En cuanto a la firma, no voy a hacerlo.
—¿Cómo que no?
—Pues como que no.
—Si no está de acuerdo con algo, cámbielo, volveremos a escribirlo, pero tiene que firmar, aquí todos firman cuando los pillamos.
—¿En base a qué me han apresado?
—¿Por qué estropear un reloj? Los bandidos suelen ofrecer las cosas así, los que no tienen dinero legal, sino solo trastos del pueblo robados ¡a los proletarios!
—Yo soy un trabajador con responsabilidades, ¿queda claro? Sería mejor que me soltara ahora, sin hacer ruido y por las buenas, de lo contrario… haré que tenga muchos disgustos en todo Moscú.
—¡Tengo los nervios curtidos de sustos! No me da miedo…
La puerta de la milicia se abrió y en el pequeño cuarto, lleno de humo de cabo a rabo, un militsioner metió a dos mendigas con unos niños de pecho. Un crío y una cría de unos cinco años se agarraban a la falda de las mujeres. Y un rapaz de unos diez años forcejeaba por escaparse de la mano seca y campesina del miliciano al mismo tiempo que se des hacía en blasfemias realmente originales.
—¿Y esto? —preguntó Volobúiev—. ¿Qué ha pasado, Lapshín?
—Son del Volga, y el chiquillo hurga en los bolsillos…
—Mételos en la celda, allí lo arreglaremos…
—Ay, gusano, gusano —dijo con amargura una de las mujeres, con el pelo negro y despeinado al descubierto—, seguro que tragas bien de pan, pero mis tetas no tienen leche, y ya ves, mi crío se apaga… Y gracias a Dios te dan ropa…, pero si no hay ni para pan, ¿cómo van a dar ahora dinero por ropa? Mi Nikolashka hurga entre los billetitos, salva a sus hermanos, a sus hermanas.
—Suelta al chiquillo, Lapshín.
—Es que muerde, camarada Volobúiev…
—Eso es que va a vivir —se sonrió sombrío Volobúiev— , al menos los dientes no se le mueven.
Abrió un cajón de la mesa, sacó unas rebanadas de pan, partió la mitad y se la tendió al chico:
—Toma.
Este agarró el pan y, dividiéndolo a su vez en dos, se lo tendió a las mujeres.
Volobúiev resopló y le dio al muchacho el trozo que había decidido quedarse.
—Podéis iros —dijo—. Suéltalos, Lapshín…
Cuando las mujeres se hubieron marchado, Belov dijo:
—Suelta a un ladronzuelo, pero a un hombre honrado…
Un aldeano es un aldeano, por mucho que vaya de uniforme…
Volobúiev lanzó una mirada dura al rostro colorado, juvenil y todavía lampiño de ese joven guapo y vestido a la usanza del viejo régimen, mientras empezaba a rascar la funda de su arma; sacó su Nagant y levantó el percutor. Habría disparado a ese Belov bien alimentado y rosáceo, pero este empezó a lanzar unos gritos tan espantosos y estridentes que Volobúiev se recompuso en un santiamén, aunque la mandíbula se le quedó entumecida y los brazos se le movían como bailando.
—¡Se lo contaré todo! —gritaba Belov—. ¡No dispare! ¡Aquí está todo! ¡En el maletín! ¡Mire! ¡No dispare, buen hombre!
Volobúiev cerró los ojos y se mantuvo así durante unos segundos, después guardó el Nagant en su funda, se acercó a Belov, le quitó de las manos el maletín y, tras abrir los cierres, esparció el contenido en la mesa. Brotó una montaña de oro: tres pitilleras, doce relojes, quince anillos con diamantes, cuatro monedas zaristas de diez rublos.
Volobúiev se quedó un buen rato sentado junto a esta montaña de oro y lentamente tocó todos y cada uno de los objetos… Después —sin que ni siquiera él se lo esperara— dejó caer la cabeza sobre el oro frío y mate y lanzó un aullido, de una sola nota, espantoso, como de mujer…
—Si quieres, quédate todo, pero por Dios te lo pido, déjame ir —oyó a su espalda la voz de Belov—. Quédatelo, nadie lo sabrá, yo seré una tumba, seré mudo, no se me escapará ni una palabra, buen hombre…
Volobúiev se secó las lágrimas, se sonó en un trapo y dijo:
—Discúlpeme la debilidad; la propuesta de soborno la recogeremos en un acta aparte, por supuesto, y ponga del revés los bolsillos: eche encima de la mesa todo lo que lleve.
En los bolsillos de Belov había ciento cincuenta mil rublos, un carnet de trabajador del DEA de la RSFSR y una carta sin dirección con el siguiente contenido:
Grisha, me veo obligado a escribirte esta carta porque una y otra vez esquivas los encuentros personales, algo que me duele, como ser humano y como amigo (perdóname, pero te sigo considerando un amigo, igual que antes, y no un compañero de habitación accidental).
Cuando nos encontramos —¿lo recuerdas?—, eras una de las mejores personas que yo conocía, eras capaz de regalar tu última camisa a un amigo.
Pero ¿qué es lo que te ha pasado, Grigori? ¿De veras el poder del oro y de las perlas es más importante para ti que el poder de la amistad entre los hombres? Si es así, sírvete entregarme una tercera parte de lo que te sacas en el DEA. En caso de que te niegues a cumplir mi petición, denunciaré a las autoridades tu actividad en el trabajo, no la abierta por la que recibes dinero del Gobierno de nuestra república trabajadora, sino la secreta que perjudica a los proletarios infelices y hambrientos. Por consiguiente, si para el día de mañana por la mañana no vienes a nuestro piso y repartes conmigo joyas por valor de 1 (un) millón de rublos, al momento pondré una denuncia en la Checa.
Tu antiguo amigo y ahora conocido
Kuzmá Tumánov
—¿Dónde reside Tumánov? —preguntó Volobúiev.
—En Palija.
—Palija, ¿y eso qué es?
—Hay una calle así, en Moscú.
—Entonces tiene que decir: calle tal, número tal.
—Número doce, piso seis «a».
—¿Cómo es eso, seis «a»? El cinco es cinco, el seis será seis, y si hay siete, pues hay que decirlo.
—¡Maldito burro! —empezó a gritar Belov—. ¿Por qué has tenido que meterte en mi vida? ¡Oscuridad con patas! ¡No voy a hablar contigo! No lo haré, ¿lo has comprendido? ¡No lo haré! —Y entonces Belov se lanzó sobre el agente judicial, pero lo hizo con poco arte, era un muchacho delicado, por eso a Volobúiev no le costó nada darle un puñetazo en el hombro; Belov se cayó y empezó a dar cabezazos al suelo sucio, lleno de escupitajos.
—Lo que tenemos aquí no es un interrogatorio — com entó Volobúiev mientras se alejaba hacia la puerta—, sino sendas crisis nerviosas. Solo que cuando yo aúllo, lo hago por los hambrientos, mientras que tú te comportas como un bruto por los relojes y las monedas, perro sarnoso.
Abrió bien la puerta y gritó:
—¡Lapshín! A ver, alguno, buscadme a Lapshín, que invite a unos testigos y que tire para acá, tengo un burgués baboseando el suelo y sacudiéndose el trasero con los talones.
Ese mismo día la Checa moscovita se llevó a Belov. Se encontraba en estado de postración: entendía mal las preguntas. El médico al que llamaron hizo constar que sufría un fuerte choque y dio al detenido un tranquilizante, no sin ordenar antes que no se le sometiera a interrogatorio en los cinco días siguientes.
El presidente de la Checa moscovita, Messing,7 escribió su resolución: «Al jefe de la cárcel: pido que se cumplan las instrucciones del médico».
Ninguna de las búsquedas de Kuzmá Tumánov dio resultado: había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Un grupo operativo de la Checa de Moscú salió en dirección a la aldea Avérkino, donde vivía el padre de Belov, Serguéi Mokéievich. Antes tenía tres tractores, pero el nuevo poder se los había confiscado en el diecinueve. El registro de la casa del viejo Belov no aportó nada nuevo.
Una semana después el médico vio en el detenido una brusca transformación. Este lo miraba ansioso a los ojos y preguntó en un susurro:
—Doctor, si soy sincero, ¿no me fusilarán?
—Yo solo soy el médico, querido, y de verdad que no conozco los pormenores… A ver, un pie sobre el otro…
—Dios mío, ¿qué pinta aquí el pie? La noche después de que usted se fuera, me desperté empapado de sudor. Me daba miedo abrir los ojos, pensaba que había sido un sueño, ha sido un sueño… Me quedé echado, sin levantarme, después abrí un ojo… el techo gris y la bombilla con rejillas. Y lo que pude llorar, doctor, toda la noche llorando. Aunque llorar era como dulce: ¿cuánto más tengo que llorar en esta vida? Y sentía dolor en una mano, como si la atravesara una corriente, estar tumbado en el catre resultaba incluso agradable… Y mear en el bacín, también es como dulce, tierno…
—Y antes ¿en qué pensaba? —preguntó el médico—. ¿Cuándo empezó con todo eso?
—¿Usted en qué piensa cuando está borracho?
—Huy, mi querido amigo, ya no recuerdo cuando he estado yo borracho…
—Pues yo, borracho, soy tonto. A saber las cosas que puedo llegar a hacer por una moza. Cuando estoy bebido, el coraje se me desata. Y a la mañana siguiente me da vergüenza mirarme al espejo: me escupiría a la jeta, pero achispado me gusto tanto… Entonces soy fuerte, lleno de desprecio, y a las mozas les resulto enigmático.
—¿Cómo es usted con respecto al sexo?
—¿El sexo es el acto sexual?
—Casi. —El doctor no pudo evitar una sonrisa.
—Solo puedo si estoy borracho. Sobrio, me quedo pasmado delante de las mozas, no puedo decir ni una palabra, y de sexo ni hablamos.
—¿En su familia nadie ha tenido la enfermedad de las caídas?
—No estoy loco, doctor, no lo estoy… Comprendo con precisión todo lo que ocurre a mi alrededor, dónde estoy y qué me puede pasar…
El doctor recetó una nueva sesión de tranquilizantes, aunque en su conversación con el jefe de la cárcel expresó su suposición de que el arrestado era completamente responsable de sus actos.
Esa misma noche Belov escribió una carta a Dzerzhinski en la que le pedía que lo llamara para interrogarlo. Cuando le denegaron el interrogatorio, se declaró en huelga de hambre. No se esperaban eso del joven. Messing, el presidente de la Checa moscovita, se acercó a la cárcel.
—¿Cuáles son sus peticiones? —preguntó a Belov—. ¿Por qué una huelga de hambre?
—Porque no me interrogan.
—No está en condiciones de ser interrogado.
—Cada día que paso sin saber… es como morir… ¡Pondré fin a mi vida!
—Con relación al fin de su vida, intentaremos no permitírselo. —Messing medio se giró hacia el jefe de la cárcel y le pidió—: Si notan algún truco de esa clase, métanlo en una celda de castigo.
—Claro, camarada Messing.
—¿Quiere declarar algo más, Belov?
—Y usted, ¿usted no tiene nada que declararme?
—¡No se haga el gracioso!
—No lo hago. Cada persona tiene su propia forma de comunicarse… Quiero saber qué es lo que me aguarda si hago una confesión.
—La confesión espontánea se ofrece cuando el hombre no puede pasar sin ella, si quiere sentirse limpio… Pero si este negocia («deme pan a cambio de mi confesión»), entonces no hay nada de qué hablar…
—Yo no pido pan, sino vivir…
—Mientras ponga condiciones, no habrá conversación que valga. Y esa huelga de hambre… acabe ya, no es serio. Aguantará dos días, después empezará a quejarse…
—¿Por qué me habla con tanta dureza?
—Dé gracias de que hable con usted, Belov. Tengo muchas ganas de fusilarlo, justo aquí, sin moverme del sitio… Está bien, está bien… Moscú no cree en las lágrimas, ya sabe. ¡Con las joyas que le hemos quitado podría alimentarse una fábrica!
—¡Pero es que tengo veinte años! ¡Solo veinte! —Belov empezó a gritar y a hacer crujir los nudillos—. ¡Quiero vivir! Es necesario que viva, lo que pasa es que soy joven y tonto.
—A los veinte años ya hay que tener algo de cabeza… Yo tengo veintiséis, por cierto. Si quiere, escriba todos los detalles y póngalo a mi nombre: cómo mató a Kuzmá Tumánov, dónde tiene instalado su escondite —Messing hablaba sin prisa, fijándose en que las pupilas de Belov se dilataban y en que este retrocedía despacito—, y cuantos más detalles escriba, será mejor…
—¿Para mí?
—Para nosotros más, por supuesto —se sonrió Messing— , pero el tribunal puede que tenga en cuenta su tonta edad, ¿por qué no? Demuestre, ¿por qué no?, que no los robó usted, sino otros, y que usted solo es un eslabón de transmisión…
«No digas nada, nada de nada —recordó Belov con precisión y claridad pasmosa la cara de Iván Ivánovich durante su último encuentro—. Por mucho miedo que tengas, por mal que te vaya, no digas nada. No es por asustarte, te estoy contando un secreto. Fíjate: hay amnistías todos los años, para el Primero de Mayo y para el aniversario de Octubre. Punto uno. Después, no van a durar mucho, el hambre los derrotará. Punto dos. No permitimos que se ofenda a los nuestros, nuestros brazos también son alargados, hemos salido de situaciones tales que tú… este es el tercer punto. Y recuerda que el tiempo siempre trabaja en beneficio de quien es valiente y duro. Al que se desanima al momento se le considera un gasto prescindible».
—No voy a escribir nada —dijo Belov al fin—. Puede no interrogarme incluso: agua que corre nunca mal coge. No han querido por las buenas, pues no hace falta.
—Pero qué canalla… —De la sorpresa, a Messing se le alargaron las palabras—. Vaya canalla estás hecho, ¿eh? Muy bien, vuelve a tu celda. Y recuerda que no volveré a hablar contigo, por mucho que lo pidas. Es mi última palabra, gusano.
Messing puso en conocimiento de Alski,8 el vicecomisario de Economía, el arresto de Belov y le pidió que no informara a nadie más del asunto.
—Incluso le recomendaría que informara al DEA de que Belov ha partido en viaje de trabajo a Tobolsk.
—No me gustan mucho estos trucos —respondió Alski— , pero si a usted le parece completamente oportuno, le haré el favor, como excepción.
—Camarada Alski, las excepciones aquí no tienen nada que ver, simplemente Belov ha robado joyas por valor de un millón.
—¿Cómo? —exclamó Alski—. ¡Eso es imposible!
—Sabe, bastante me estalla ya la cabeza con la verdad, así que no tengo fuerzas para inventarme nada, aparte de que mi profesión no me lo permite.
—¿Quién lo ha tasado?
—Hemos llevado a Petrogrado las alhajas para no meter en este asunto a su gente del DEA.
—¿Pone en duda a todo un colectivo por culpa de un solo rufián?
—¿Dónde ha visto usted un colectivo?
—¿Y Shelejés? ¿Y Pozhamchi? ¿Alexándrov? Y, por último, Levitski, el viejo maestro y especialista que trabaja tan bien.
—Aparte de los camaradas citados, allí trabaja mucha más gente. Y tengo una petición que hacerle: sería conveniente que tres de los nuestros se introdujeran allí, como si fueran trabajadores. ¿Cómo lo ve?
—Negativo —respondió Alski—. ¿En serio cree que no somos capaces de poner orden nosotros solos? Solicitaré una inspección, mandaré especialistas de verdad, ¿por qué considerar al DEA una cueva de ladrones?
—Mire… No tengo derecho a inmiscuirme en sus privilegios, pero pienso informar a Félix Edmúndovich.
___________
1 Murió la víspera de su detención en 1951. (Si no se indica otra cosa, las notas son del autor).
2 «Para Dzerzhinski: Fuentes cercanas al Ministerio de Economía aseguran que en Rusia existe una organización clandestina dedicada al pillaje de diamantes y de oro. Estos artículos se traspasan —o deben ser traspasados— a Revel y a Amberes». (Félix Dzerzhinski (1877-1926), fundador de la Policía secreta bol- chevique, la Checa, dedicada a combatir la contrarrevolución. [N. de la T.])
3 66: código de Román, el agente soviético en Revel, camarada Fiódor Sa- vélievich Shelejés.
4 «Al director de la firma Marchand, París: El precio autorizado por el Narkom de Economía para los brillantes de quilate y de quilate y medio es de 1500 rublos. Las perlas enhebradas no redondas, de 50 a 300 rublos en oro. Las perlas pareadas, redondas y, además, enhebradas, de 50 a 200 rublos el quilate. El platino se cotiza a 80 rublos el zolotnik. El oro, a 32 rublos el zolotnik de pureza 96. Niéguese a comprar joyas a los bolcheviques y a sus precios, no conocen la situación de nuestro negocio. Aquí somos solo dos: Pozhamchi y yo. Haga fracasar sus operaciones comerciales: es lo único que puede apartar- nos del contacto directo con usted. En caso de que los bolcheviques, habiendo comprendido la imposibilidad de comercializar con los diamantes, nos per- mitan salir a Riga o a Revel, nos llevaremos cantidad suficiente de mercancía. En el momento act. no veo otro camino». (El Narodny Komissar o Narkom, comisario del pueblo, es el equivalente al Ministerio en el organigrama sovié- tico. El zolotnik es una antigua medida rusa equivalente a 4,26 g. [N. de la T.])
5 «Afectuoso tío», seudónimo del principal tasador de brillantes del DEA de la RSFSR, Yákov Savélievich Shelejés.
6 «Para Chicherin y Krestinski: Las conversaciones con los representantes de las firmas comerciales Chomet, Marchand y Tarlind han sido un fracaso. Ofrecen unas sumas miserables por diamantes, zafiros y esmeraldas. Ga- netski». (Ganetski era el embajador de la RSFSR en Riga. Fusilado en el año 1937. [N. de la T.])
7 Fusilado en 1937.
8 Fusilado en 1937.
EL PRINCIPIO DE LOS PRINCIPIOS
Cuando por la mañana temprano sonó el teléfono en la recepción de la Checa y alguien de voz un poco ronca, con acento extranjero, pidió que lo pasaran directamente con el jefe de contraespionaje, y cuando se aclaró que quien llamaba a los chequistas era el polaco Stef-Stepansky, cuyo expediente era bastante abultado (Stepansky era empleado de la Segunda Sección del Estado Mayor polaco), el miembro del consejo de la Checa Kédrov,9 siguiendo el consejo de Dzerzhinski, envió a hablar con él al ayujefsecex, a Vsévolod Vladímirov.
—Vsévolod y su brillo son insustituibles en una conversación con los bailarines de polca —dijo Félix Edmúndovich Dzerzhinski—. La juventud de Vsévolod, su elegancia y dulzura nos permitirán comprender con precisión a Stepansky: es perro viejo, tratará de jugar con nuestro muchacho. Y, más pronto o más tarde, todo juego acaba descubriendo al agente, sus intenciones reales. Y negarse a contactar con Stepansky sería poco razonable: tiene acceso a Londres, París y Berlín.
Vsévolod se encontró con Stepansky en un despacho de tabaco en la calle 3.ª Meschánskaia. Tras observar de pies a cabeza y con tenacidad a su interlocutor, el polaco dijo:
—Me agrada que hayamos quedado y comprendo dónde nos encontramos usted y yo. Sin embargo, le pediría que la parte de ajuste de nuestra conversación la mantengamos en la calle, donde nadie vaya a escucharnos. Si nos comprendemos bien «en libertad» —sonrió—, creo que es así como hablan ustedes de «no estar en la cárcel», entonces continuaremos la conversación aquí, donde, como presumo, cada una de mis palabras será audible para al menos dos de sus colegas.
Vsévolod miró alegre a Stepansky, lo tomó del brazo y dijo:
—No voy a ocultarle que no estoy más cansado porque no puedo, así que un paseo no me vendrá mal, sobre todo con un interlocutor tan interesante.
Mientras iba al encuentro del polaco, ya sabía por el servicio de vigilancia exterior que Stepansky vendría solo. Cierto que, por si acaso, se había puesto unas gafas ahumadas con cero dioptrías; pertenecía a esa clase de gente a la que unas gafas le hacían cambiar muchísimo.




