Diamantes para la dictadura del proletariado

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Vorontsov tenía alquilada una pequeña buhardilla en las afueras de Revel. La casa era de madera; olía a mar y a mina al mismo tiempo. El dueño, Hans Saaks, había navegado en América en los «mercantes» y desde aquella lejana época estaba «enfermo» de mar: junto a su casa descansaban cables llenos de brea y cabos de Manila, que habían absorbido los aromas misteriosos y lejanos de los veleros del siglo pasado; la casa se caldeaba con esquisto, como en toda Estonia, por eso Vorontsov, mientras ayudaba a Nikándrov a desvestirse y se quitaba él mismo su abrigo pequeño y ligero, dijo:
—Ponte cómodo, Leniushka, te cedo mi yacija; yo me apañaré en el suelo, como en el frente.
—No quiero causarte molestias, Víktor, me iré a un hotel, allí podré convocar conferencias de prensa, reunirme con los editores.
Vorontsov lanzó una mirada algo extraña a Nikándrov y algo parecido a una sonrisa cambió su cara, que se volvió triste y bella, de una belleza de las que calan.
—De acuerdo, veamos —dijo—, ¿cuánto dinero tienes?
—No tengo… Bueno, algo suelto, unos veinte dólares… Sin embargo, me he traído el manuscrito de mi nueva novela.
Vorontsov sacó de un armarito vodka, un par de huevos duros y un queso poroso, amarillo fuerte.
—¿Sobre qué es la novela?
—Sobre los decembristas.
La cara de Vorontsov se congeló y preguntó en voz baja:
—¿Y para qué quieren aquí a los decembristas?
—¡Ya estamos con el escepticismo ruso!
—Vale, vale… —repitió Vorontsov y sirvió el vodka.
—Tiene aristas —reparó Nikándrov—, como los de tu montero en Sosnovka.
—Yelizárushka —dijo Vorontsov, y su rostro se volvió cálido, se estremeció—, ¿cómo estará ahora el viejo? Me quería y era leal, con entusiasta lealtad, esa que solo encuentras en los monteros rusos. —Cortó dos lonchas gruesas de queso y añadió—: Y en las mujeres.
—Y si te engañan, las mujeres o los monteros, también lo hacen a la rusa: con crueldad, con locura.
—Yo tengo la culpa de lo que pasó con Vera…
—No me refería a Vera… Yelizárushka fue el primero en prender fuego a tu casa en Sosnovka y en sacarles los ojos a los caballos… con un hacha…
—Eso es imposible, Lenia. Ahora cuentan de todo sobre los hombres, solo porque sí, por aburrimiento…
Nikándrov había visto a Yelizárushka cuando vivía en la aldea vecina —barbudo, entrecano, vestido con harapos—, ¡quién habría reconocido entonces al brillante escritor petersburgués! Había visto a Yelizárushka arrancándose del pecho escuálido, de clavículas salientes y angulosas, la ropa y gritando: «¡Esos parásitos nos han chupado la sangre! ¡Ya está bien!».
—Quizá tengas razón —respondió Nikándrov, que no quería causar dolor a su compañero y por primera vez en todo ese tiempo se fijó bien en la habitación de Vorontsov. Vio unas manchas grandes esparcidas por el techo; el papel en las paredes, antiguo y desencolado; el suelo mal teñido; una de las patas de la mesa estaba calzada con un periódico doblado varias veces.
—Hale, por el encuentro, Lenia.
Bebieron en silencio.
—Señor, qué envidia te tengo, todavía hoy estabas en Rusia…
—No la tengas, Víktor. Tú estás aquí, en tu cas… —Nikándrov se paró en seco, Vorontsov lo ayudó:
—En una caseta, no te compadezcas, Lenia, en una caseta. Vivo como un perro. Aunque mis perros vivían en casa, debajo de la biblioteca, ¿te acuerdas? Una vez, en Pascuas, te colaste allí con el lebrel… ¿Cómo se llamaba? Lizaveta, creo. Sí, seguro, era Jerry y la rebautizamos… En una caseta de perro, Lenia… Cuando te azuzan, un vasito viene bien.
—Ten paciencia, venderemos la novela y daremos el salto a París, aquello está lleno de los nuestros.
—En Berlín hay más.
Se tomaron otro vaso. Vorontsov se levantó —era de piernas largas, bien plantado— y con paso suave, como todo miembro de la caballería, se fue a la puerta.
—Ahora vengo. Voy a avisar al dueño de que regresaremos al alba. Ahora tengo un dueño. Vivo en casa de otros, Lenia.
Nikándrov sintió una inmensa pena por ese hombre de ojos grises que ya empezaba a perder pelo, que en Rusia había poseído fincas y haciendas célebres por su hospitalidad, por sus amplios rasgos democráticos —a la manera inglesa—, su magnífica colección de pinturas, sus bibliotecas y, lo más importante, por su espíritu único de bienquerencia e interesada respetuosidad, algo ajeno tanto a los ricos alcanzados como a los nobles empobrecidos, quienes de todas las formas posibles acentuaban su origen precisamente noble, pero en modo alguno aristocrático.
«La verdad, tiene un comportamiento admirable —pensó Nikándrov—. Habiendo perdido todo lo posible, se ha conservado a sí mismo, su dignidad. Por eso saldrá vencedor. Te destruyes cuando empiezas a hacer tratos contigo mismo. Por eso te observa vigilante el zar-fortuna, mientras forma sus enigmáticas combinaciones de ensamblaje del bien y el mal, de la falta de voluntad y la contundencia, de la fidelidad y la traición. Te tropiezas —contigo mismo, a solas con tu auténtico “yo”, das paso al mal aunque sea una pizquita— y estás perdido. Y esos tratos ya pueden traerte después gloria, reconocimiento y riquezas por un tiempo, da igual, estás sentenciado por la implacable lógica de su majestad fortuna, bajo cuyo dominio estamos todos, pero a quien no nos ha sido dado comprender. Es como Dios. Hay que temerla piadosa, espiritualmente; solo un miedo así puede domar al diablo que hay en el hombre».
Una vez abajo, con el dueño, Vorontsov preguntó:
—Hans Gustávovich, ¿me permite utilizar el teléfono?
—Sí, claro, pero que no sea mucho tiempo…
Vorontsov llamó a la redacción del periódico Vaba Sõna y pidió que se pusiera al aparato el señor Jürla.
—Buenas tardes, Karl Ennovich, al habla Vorontsov.
—Buenas tardes, conde.
—El escritor Nikándrov ha venido de Moscú a verlo.
—¿A mí? —se sorprendió el reportero principal de la sección de artes y crónicas—. Yo no lo he invitado. Me parece que habrá venido a verlos a ustedes, no a mí…
—No, no le merece la pena relacionarse con nosotros. Se mantiene al margen de la política, es uno de los escritores con mayor talento de Rusia. Me gustaría pedirle que viniera hoy al Corona de Oro, Nikándrov le contará lo que está ocurriendo en Rusia.
—Creo que, a grandes rasgos, podemos sospechar qué es lo que está ocurriendo en Rusia.
—Pero obtendrá las noticias más frescas de mano de un escritor que se ha visto forzado a abandonar la patria.
—Comprendo, comprendo… ¿Me darán de beber?
—Habrá vodka.
—¿Ve en qué burdo materialista me he convertido desde que en su país vencieron los materialistas? —Jürla se echó a reír—. No se me retrasen.
—Lo esperamos sobre las diez.
Vorontsov dejó el auricular en su sitio, sus dedos fuertes se restregaron los pómulos y alargó varias veces los labios en una mueca de risa violenta, insonora.
Llamar a las redacciones de los dos periódicos rusos — Últimas Noticias y El Popular— era arriesgado. En Últimas Noticias sentían inclinación por la plataforma de los cadetes, mientras que El Popular era el órgano de los socialistas revolucionarios. Estos periódicos no tenían peso alguno, y Vorontsov quería atraer sobre Nikándrov la atención no tanto de la emigración infeliz, sin dinero y sumida en intrigas, como de la intelectualidad local. Por eso no llamó ni a Liajnitski, el editor del Últimas Noticias, ni a Vladímir Baránov, el principal crítico de El Popular. Al editor Vajt simplemente no podía llamarlo: el eserista lo odiaba.
«Siempre nos pasa lo mismo —pensó mientras pasaba las hojas de su agenda—. Cuando los extranjeros demuestran interés, entonces también los nuestros empiezan a dar vueltas alrededor. Y si llevo ahora a Nikándrov a que se relacione con los nuestros, empezarán a arrugar la nariz: unos porque no ha sido suficiente de izquierdas, y otros porque no tiene excesiva fama de ser de derechas… Nada, que los locales armen ruido, entonces también lo harán los nuestros… sin necesidad de pedírselo».
—¿Jan? Hola, buenas —dijo Vorontsov cuando hubo llamado al siguiente número—. Tengo algo que pedirle. Coja a alguno de sus compañeros poetas y vengan hacia las diez al Corona de Oro, Nikándrov ha venido de Moscú.
—¿Y ese quién es?
—Su colega escritor. Es un cerebro y un muchacho encantador. He invitado a Jürla, va a dar la noticia: una conferencia de prensa que conducirán los poetas, sensacional por sí sola.
Vorontsov se volvió hacia Saaks, volvió a restregarse las mejillas frías y bien afeitadas y dijo:
—Hans Gustávovich, quería pedirle algo. ¿Haría el favor de prestarme cinco mil marcos?
—No puedo, amigo mío. No puedo de ninguna manera.
—Siempre he sido formal… Cinco mil, son solo quince mil dólares…
—Su formalidad solo puede interesar a una persona: a usted. De lo contrario tendría que pagar intereses. ¿Y a mí qué más me da? No se ofenda, señor Vorontsov, pero cada persona debe tener su propio objetivo.
—Tiene razón… ¿Puedo hacer otra llamada?
—Claro, claro, ya se lo he dicho.
Vorontsov cubrió ligeramente el auricular con la mano:
—Zhenia, soy yo. Ha venido Nikándrov. Va a ser muy violento que el primer día se dé de bruces con… Bueno, ya me entiendes. Coge a uno de los nuestros y venid hacia las diez al Corona. Si Zamiátina, Jolov y Glébov no están ocupados en el cabaré, tráetelos también. Y preparad el máximo de preguntas sobre su pasado, sobre su papel en nuestra vida cultural y su relación con los traductores en Europa. ¿Me has comprendido?
Vorontsov se giró de nuevo a Hans Gustávovich y dijo:
—Le ofrezco un anillo de compromiso. Este, ¿cómo lo ve?
—fale, pero todas las joyerías han cerrado la compra-fenta.
—¿Qué me está diciendo, que lo que llevo en el dedo es cobre?
—¿Por qué cobre? No es cobre. Comprendo que no va a llefar cobre en el dedo. El cobre deja en los dedos chorreaduras y después viene el reumatismo. Simplemente no sé cuánto fale ese anillo y quiero ser honrado.
—No le estoy vendiendo el anillo. Se lo dejo en prenda. Por cinco mil marcos. Si no se los he devuelto dentro de una semana, podrá venderlo por veinte mil.
—Anda, qué astuto e inteligente es usted, señor forontsov —Saaks se echó a reír mientras sacaba el dinero—, y cómo le gusta el riesgo. ¿Acaso se puede dejar el amor en prenda?
—Eso ya no es de su incumbencia.
—Hasta la fista. Y no se cabree, es una broma. Por cierto, ha llamado la mujer que lo llama por las noches.
—¿Qué mensaje ha dejado?
—Me ha pedido que le diga que el estado de su amigo ha empeorado.
—¿Ha empeorado mucho?
—Sí, sí, es ferdad, dijo «ha empeorado mucho». Pidió que pasara a verlo hoy por la tarde.
—Tengo que hacer otra llamada —dijo Vorontsov y, sin esperar el permiso detallado y lento de Saaks, solicitó el número y, en alemán, cambiando ligeramente la voz, dijo—: Por favor, dígale a la dama que los sábados alquila la habitación número siete que hoy me retrasaré y que no llegaré a las diez, sino hacia la medianoche.
—Sí, señor, le dejaré una nota a nuestra huésped.
—No es necesario. Dígaselo de palabra.
—De acuerdo, señor, se lo diré de palabra.
—Perdona, me he entretenido —dijo Vorontsov de regreso en su cuarto—, ¿por qué no has bebido sin mí, Lenia?
—Solo no soy capaz.
—Así que estás asegurado contra el alcoholismo, ¿eh?
—Cierto.
—Aquí ya se ha montado cierto revuelo alrededor de tu figura: la prensa, los poetas…
—¿Se lo han olido? ¿Cómo?
—Los folicularios, ya sabes qué trabajo tienen, además, no eres una aguja en un pajar. ¿Tienes hambre?
—Supongo, solo que no tengo sensación de hambre.
—¿Tienes muda de recambio? ¿Nada de piojos?
—He pasado por el centro de desinfección y no tengo recambio. ¿Nos movemos a alguna parte?
—¿No tienes una camisa algo más nueva? ¿Corbata?
—Nada, no he traído nada de Moscú, ni de Washington.
—Si hubieras venido de Washington, colaría, pero como has venido de Moscú… el portero del local no va a dejar que…
—¿A quién?
—A nosotros. Mejor dicho, a ti, yo llevo corbata.
—¿Quieres decir que nos va a echar? ¿Qué es, miembro del Sóviet de los Diputados?
—Para nada —respondió Vorontsov mientras sacaba de una maleta escondida debajo de la cama una camisa muy almidonada—, no le tiene mucho cariño a ese Sóviet, aunque podría decirse que es un trabajador. Los que se han consagrado al servilismo también tienen sus parias y patricios, sus esclavos y aves de rapiña. Y hace mucho que comprendieron que la riqueza y la independencia solo pueden alcanzarse por medio de una autohumillación sofisticada, especial. Odia a los clientes, los odia muy en serio, aunque es todo sonrisas, respeto y dulzura y ofrece dosis de trato familiar. Creo que los lacayos moscovitas tenían fichas con nuestros nombres… hasta la revolución. Y cuando pidieron la cuenta, pues no había quién les pagara, y por eso sacaron los ojos a los potros… Con un hacha…
Nikándrov se quedó mirando fijamente a Vorontsov, pero su rostro era impenetrable.
—La industria local de humillación lacayuna es asombrosa —continuaba Vorontsov—. Ofrece ocho horas de esclavitud y dieciséis de una misteriosa libertad, potente. Los lacayos empezarán pronto a crear sus propios clubs, créeme. Bueno, pues que les vaya bien. ¿Una más para el camino? La corbata no es del mismo tono, ya me perdonarás, solo tengo dos.
—¿En serio no te llevaste nada de casa, Víktor?
—Unos cien mil en diamantes…
—¿Bebiste mucho?
—Lenia, he prestado ayuda. Al principio a Antón Iványch Denikin, después me fui a Omsk, le entregué todo al almirante… ¿Recuerdas al corneta Ratomski? Murió de hambre en Shanghái, y había una vacante, de lacayo en un club inglés. No fue. Siempre había considerado que sus antepasados no eran de sangre muy pura, su soberbia era excesiva… Porque yo sí me habría humillado y habría ahorrado dinero en el club para el viaje a Europa… Su señoría, haga el favor, por aquí…
—Por ti, Víktor —dijo Nikándrov alzando el vaso y sintiendo que, por tercera vez en el día, no podía contener las lágrimas—. Por tu corazón y tu valentía.
—Está bien, Lenia… Está bien… Todo lo que pasó… ha sido útil. Hombre escaldado…
Ya en la calle, mientras avanzaban entre el precavido crepúsculo primaveral, tardío, con el presentimiento alarmante del mar, con el agua lila del primer deshielo junto a la orilla, cortado por el relieve marcado de los tejados oscuros, Nikándrov preguntó por fin:
—¿De verdad que no pudo ayudarte ninguno de los nuestros?
Vorontsov no respondió, se limitó a esbozar una sonrisa amarga.
—Recuerda el camino, Lenia —dijo por fin—, te toca volver solo, yo tengo una cita de trabajo hoy por la noche.
—¿No te molestaré?
—No, no llevo a nadie a casa…
—¿Te avergüenzas de tu cueva?
—¡Qué dices…! No soy un mercader, ni mucho menos… No, la persona vive en el centro y le resulta más fácil acercarse hasta aquí. Lenia, dime, como cuando de pequeño te confesabas a un viejo bondadoso, ¿en casa es igual de terrible que antes? ¿Como en el dieciocho?
—Para mí que es peor. Han llevado al aldeano a la extenuación total. Nuestra aldea les da igual… Ellos quieren al proletariado urbano… Resulta que han decidido destruir el sistema campesino, hacer que los aldeanos se marchen a la ciudad, que se conviertan en fuerza trabajadora gratuita para construir fábricas: según su esquema, sin fábricas no habrá felicidad ni en la vida ni en la revolución mundial. Un esquema cruel, y en ese esquema nosotros solo somos componentes inanimados, llamémoslo así, elementos transferibles de la sociedad…
revel, para román.
Es imprescindible averiguar cuál de los colaboradores de nuestra embajada tiene contacto con gente de las representaciones extranjeras acreditadas en Estonia. Por cuanto los informes proporcionados por nuestra fuente están sujetos a comprobación, le pedimos que mantenga excepcional cautela y tacto.
Boki
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15 Durante el levantamiento de los decembristas en 1825. (N. de la T.)
LA DISTRIBUCIÓN DE FUERZAS
Päts, jefe del Estado estonio, salió rápidamente al encuentro de Litvínov por una alfombra gruesa que disimulaba el sonido de los pasos.
Al principio no había alfombra y había que salir al encuentro de los embajadores atravesando una sala enorme, cuyo parqué se expresaba de una forma especial, resonante a más no poder, y al presidente lo alteraba ese estruendo soldadesco cuyo eco resonante golpeteaba por toda la sala, aunque él intentara que sus pasos fueran suaves, de puntillas.
—Buenas tardes, señor presidente…
—Buenas tardes, disculpe que le haya hecho esperar… Päts hizo una pausa creyendo que Litvínov respondería lo obligado en este caso, algo tipo «comprendo lo ocupado que está», pero el embajador no respondió nada, la pausa se alargaba y el presidente, extendiendo el brazo izquierdo, indicó dos sillones junto a la chimenea:
—Por favor.
—Gracias.
Como si fuera a embestir, Litvínov bajó la cabeza —en ese momento al presidente le pareció que era enorme, más grande que el cuerpo del embajador—, adelantó un poco el cuerpo y empezó a hablar:
—A pesar de nuestras repetidas peticiones, la policía estonia no ha dado ningún paso en contra de los grupos de delincuentes que, con base en Revel, realizan incursiones en ciudades y poblaciones ubicadas en nuestra república, donde se dedican a saquear, asesinar y violar.
—Por favor, hechos, señor embajador. La falta de pruebas en una cuestión así puede ser interpretada simplemente como un intento de injerencia en nuestros asuntos internos.
—Creo que, si empezamos a citar hechos, el cuadro puede ser justo el inverso. No somos nosotros quienes injerimos, sino que en nuestros asuntos internos hay injerencias: desde el territorio de Estonia se trasladan a Rusia grupos de delincuentes, aquí encuentran protección.
—Me veo obligado a repetirme: la base para debatir esta cuestión solo pueden ser hechos rigurosamente documentados.
Litvínov extrajo del bolsillo de la chaqueta varias hojitas de papel. Las fue sacando despacio, torpemente, y lo hizo de forma calculada y alegre: el presidente nunca habría pensado que traería un documento oficial en el bolsillo en lugar de en una carpeta. El embajador se permitía gastar bromas, a veces tenían su riesgo, pero siempre eran precisas y ganadoras.
Antes —tanto deportado como emigrado—, Litvínov tenía una remota idea sobre la diplomacia. Esta idea es imposible de cambiar hasta que una persona no se convierte ella misma en diplomático. Solo entonces comprende que la diplomacia es una de las variantes del comercio internacional y que es, a su vez, parecida al comercio común y corriente, aunque en los momentos de mayor peligro para el mundo recuerde al comercio de los bazares, donde vence el más tranquilo, fuerte y, obligatoriamente, honrado: la mercancía mala te pringa los morros y te difama por mucho tiempo, no es tan fácil recuperarse…
Litvínov había aprendido mucho de Chicherin, Krasin y Vorovski.
El estilo de estos hombres era magnífico: tirando a seco, sin emoción alguna, las cartas sobre la mesa, el trabajo es el trabajo, nada de bullicio y un elevado sentimiento de autoestima; no estaban representando a cualquier potencia, sino a la primera socialista en el mundo.
Una vez Litvínov le dijo al vicecomisario Karaján:
—Estoy convencido de que tarde o temprano llegaremos a resolver un problema importantísimo —todavía no nos hemos acercado, y cómo acercarse a él es la cuestión de las cuestiones, porque puede liarse pero bien—, me refiero al problema de extirpar de la conciencia de la intelectualidad rusa ese sentimiento que tiene de ser de segunda categoría.
—¿Cómo? —Karaján no lo había comprendido—. Eso nos devuelve al chovinismo de las grandes potencias.
—Ni mucho menos —replicó Litvínov—, de devolvernos a algo, sería al orgullo nacional de la Gran Rus. Adoro a Byron, ¡pero Rusia ha dado al mundo a Pushkin! ¿Maupassant? Admirable, ¡pero nosotros tenemos a Chéjov! ¿Flaubert, Zola, Dickens? Cierto, sin ellos el mundo no sería mundo. Pero ¿y sin Tolstói, Dostoievski, Turguénev, Schedrín o Lérmontov? ¿Verdi? Bien, ¿y Chaikovski, Rimski-Kórsakov, Músorgski…? ¿Cómo vivir sin ellos?
—¿Se ha dado cuenta —se sonrió Karaján— de que nuestra revolución ha despertado tanto en mí, armenio, como en usted, judío, el sublime sentimiento del patriotismo de la Gran Rus socialista?
—Sí —Litvínov estuvo de acuerdo—, y por eso durante las conversaciones no es conveniente poner los pies encima de la mesa, pero sí se debe recordar siempre que vivimos bajo el techo de la gran cultura rusa y que es posible que en el mundo no haya cultura más poderosa… Aunque luego a cualquier sueco u holandés le estrechamos la mano y le sonreímos solo porque incluso en su propia casa se comporta con educación, como si fuera extranjero.
… Habiendo sacado del bolsillo las hojitas de papel, Litvínov las estiró sobre las rodillas y empezó a leer tranquilamente:
—El 5, el 12, el 13, el 16 y el 23 de febrero de 1921 se re alizaron doce intentos de violación de las fronteras estatales, además durante el intercambio de disparos que tuvo lugar el 23 de febrero fueron heridos dos soldados fronterizos soviéticos y uno estonio. Durante un tiroteo el 2 de marzo murió un oficial blanco, el capitán ayudante Piotr Vasílievich von Bromberg. En el muerto se descubrió una importante cantidad de dinero y un paquete de documentos soviéticos falsos. Von Bromberg residía en Revel con el líder de los delincuentes monárquicos blancos, el conde Vorontsov. El 14 de febrero del presente año la embajada de la República Soviética notificó a los órganos correspondientes estonios dónde residen y dónde se reúnen los representantes de los grupos de delincuentes emigrados…
Litvínov siguió leyendo un documento que nadie podía refutar, y el presidente, escuchándolo, pensaba triste y serio: «Nuestra única culpa es ser un país pequeño. ¡Qué trágico es el papel de los países pequeños en este gran mundo! ¿A quién echar la culpa de que Dios nos instalara en esta tierra pedregosa, bella, estéril pero tan querida?».
Cuando Litvínov hubo terminado de leer el documento, el presidente se encendió un cigarrillo y se quedó un minuto inmóvil, con los párpados caídos…
—Daré instrucciones para que lo arreglen.
—El ministro de Asuntos Exteriores ha dado instrucciones tres veces, sin embargo los bandidos siguen viviendo y reuniéndose tranquilamente en Revel, y bien sabemos nosotros dónde se reúnen y de qué hablan cuando se reúnen.
—Nosotros no vivimos según sus leyes, señor embajador. La policía necesita pruebas irrefutables… De lo contrario no podemos dar contra la parte violenta de la emigración rusa los pasos que ustedes sugieren…
—Mi gobierno me ha autorizado a hacerles saber que no está dispuesto a tolerar más acometidas de este tipo realizadas desde el territorio de un Estado con el que mantenemos relaciones diplomáticas.
—Pero espero que entienda las dificultades a las que nos enfrentamos. Usted, personalmente usted, al vivir aquí…
—No acostumbro a separar mi opinión de la opinión de mi gobierno, señor presidente.
—¿Qué quiere que hagamos, que implantemos una Checa para aislar a la emigración rusa?
—No estoy autorizado a darle consejos. Podría considerarse como una injerencia en sus asuntos. Pero quisiera que los respetables señores a los que usted encargue este asunto presten la debida atención al hecho de que el Gobierno de la República Soviética no está dispuesto a tolerar más actos de este tipo por parte de grupos de delincuentes rusos que cuentan con la tolerancia de las autoridades estonias…
—Comprendo sus palabras…
—No son mis palabras, señor presidente —lo corrigió Litvínov con rudeza.




