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Entre mis dos abuelas me pusieron el vestido de princesa y ya ahí en ese mismo momento me convertí en la estrella del día. Todas las miradas estaban puestas en mí, todos los piropos y cumplidos eran hacia mi persona, me sentía radiante.
Cuando llegamos a la iglesia estaban todos mis amigos y otros compañeros del colegio, pero lo más importante es que se encontraban mis amigas ahí esperándome. Creo que todas estábamos impacientes por ver nuestros vestidos y esperar que el nuestro fuera el más bonito, en el fondo todas lo pensábamos.
La ceremonia empezó, yo estaba muy nerviosa, inquieta porque tenía que hablar por el micrófono unas frases de la Biblia que no me había estudiado antes y aunque me gustaba ser una estrella, me daba miedo hacer el ridículo.
Llegó el turno de que Olib, Aura y yo dijéramos nuestras frases, respiré hondo y empecé a dar mis pasos hacia el púlpito que estaba pegado al altar. Cuando llegamos, primero empezó a hablar Olib, luego Aura y, por último, yo. Sentí como si un foco se encendiera en mi dirección enfocándome para que empezara la función y en ese mismo instante vomité toda mi frase de carrerilla sin respirar, para no tartamudear ni quedarme enganchada en ninguna frase, y para mi sorpresa, me salió genial. Miré al frente, sonreí y pensé, «pues ya está, lo he hecho», y muy satisfecha me coloqué en la fila de tres compuesta por mis amigas y yo; y otra vez nos pusimos en fila para colocarnos en nuestro sitio. Bajamos unos escalones para pasar por delante del altar y teníamos que volver a subirlo para llegar a nuestra posición. De nuevo, primero subió Olib muy bien la primera y luego Aura, la cosa está en que antes de que Aura subiera el último escalón, me aceleré yo y empecé a subir sin darme cuenta de que su vestido se había quedado debajo de mi pie; sí, amigos, le pisé el vestido de tal manera, que nos fuimos las dos de bruces al suelo y en ese momento se cumplió el pánico ese que me perseguía durante todo el día de hacer el ridículo. No me hizo ninguna gracia , solo quería levantarme y que la misa terminara pronto. Cuando retomé la compostura, me puse en mi sitio y miré a la gente que nos miraba y se reían, yo pensaba: «A ver, Serena, eres tú, ¿cómo llegaste ni siquiera a pensar que te iba a salir todo perfecto?», por un momento la vergüenza se apoderó de mí, pero tuve una lucha interna y me dije a mí misma: «No voy a permitir que nada me empañe mi día especial», y en menos que canta un gallo borré todo pensamiento negativo y conseguí disfrutar del momento.
Cuando terminó la misa, pasaron a realizar las respectivas fotos con los familiares, amigos y demás, al terminar de hacernos las fotos nos fuimos todos al restaurante.
Al llegar con mis padres al restaurante, se puede decir que en el momento que puse un pie en él, empezó mi reinado, porque fue así exactamente como me sentí: reina por un día. Mi madre estaba guapísima, perdió veinte kilos para el evento y mi padre, se portó muy bien, no perdió las formas en ningún momento. Entramos los tres por la puerta, todo estaba decorado y se veía precioso, la gente nos miraba, sobre todo a mí, me aplaudían y me gritaban: «¡Guapa!». Yo estaba encantada.
Comimos hasta reventar. Estaba todo buenísimo; fue una fiesta increíble, inolvidable, debo decir que en mi mesa, que era la mesa presidencial, estábamos sentados mis padres, mis abuelos y mi abuelita; con ella a mi lado, era perfecto del todo, la miraba y me sonreía guiñándome el ojo. Eran pequeños momentos tan especiales para mí que jamás podré olvidar.
Se nos hicieron las tantas en el restaurante y se acercaba la hora de cenar. Ya se había ido todo el mundo y solo quedábamos mis padres, mi hermano, los amigos de mis padres y yo. A mi hermana se la llevaron mis abuelos, porque todavía era un bebé. Nos fuimos a cenar al bar de unos amigos de ellos; a todo esto, iba con mi traje. En las comuniones siempre se tiene el segundo traje y yo también lo tenía, pero no lo utilicé ese día, yo no me quería quitar mi vestido hasta la hora de irme a la cama, solo lo iba a llevar ese día y quería disfrutarlo al máximo.
La noche se iba alargando cada vez más y estábamos de celebración y mis padres no iban a casa. Íbamos de sitio en sitio exhibiéndome y a mí me daba igual, ya que ese día no quería que terminara nunca. Acabamos el tour en un pub de un amigo de mis padres que lo cerró y nosotros nos quedamos dentro con el resto de los amigos de ellos. La noche terminó a las cuatro de la mañana subida en una mesa de billar, bailando, taconeando como si fuera un tablao flamenco.
Ese día brillé como las estrellas del cielo, y me encantó.
4
Detrás de mi colegio había un descampado al que yo iba bastante con los amigos. Me quedaba embobada mirando un grupo de gente haciendo ejercicio y corriendo, me di cuenta de que yo quería hacer eso.
Era un club de atletismo. Le pedí a mi padre que me apuntara; la sorpresa fue que lo hizo. Nos apuntó a mi hermano y a mí.
Íbamos tres veces por semana al descampado a entrenar y los fines de semana nos acercábamos a las competiciones y disfrutaba mucho de ese ambiente. Me desahogaba corriendo y soltaba toda mi rabia en mi último esprint, procuraba estar entre las seis primeras y casi siempre hacía pódium. Era bastante buena.
Había un chico en el club que me sacaba unos años, pero sin darme cuenta, comencé a fijarme en él cada vez más, y sentía cosas que desconocía, las famosas mariposas. Él se llamaba Diego.
El era un chico moreno, alto y muy delgado, de hecho era un «larguirucho», muy feo, con el pelo cortado a capa y la cara entera llena de granos. No tenía ni un hueco libre, los granos le salían hasta de las orejas. No entendía cómo alguien con tal acné me pudiera llegar a gustar, no me lo explicaba.
Mis padres se hicieron muy amigos de los suyos y yo estaba encantadísima de eso, porque pasaba horas en su casa con él y nos hicimos muy amigos; eso para mí era increíble, algo «bueno» me estaba pasando a mí, no podía creerlo, aunque él a mí me veía como una niña y él se comportaba como lo que era, un adolescente.
Nunca me había dado cuenta de que Diego iba a mi colegio hasta que empecé a sentir las mariposas por él.
Tenía sueños imaginarios con él, que íbamos cogidos de la mano, que sentía las mismas mariposas que yo por él, pero al revés, él hacia mí.
En el colegio yo me quedaba a comer en el comedor, me gustaba mucho. Me hice la dueña de aquello, hacía lo que me daba la gana, pero lo que más me gustaba era esperar a las tres de la tarde que abrían las puertas y empezaban a entrar el resto de los alumnos, entre ellos, Diego, al que yo esperaba muy impaciente para verlo, acercarme a él para que me diera un beso en la mejilla. Era como un ritual para mí, él jamás me ponía pegas, al revés, era muy cariñoso conmigo y todos los días lo hacía.
A mi amiga Aura también le había empezado a gustar un chico del colegio, ella era menos tímida que yo, y sí que consiguió llamar su atención de otra manera, ya que al chico que le gustaba a Aura también le gustaba ella.
Aura y yo éramos muy buenas amigas, se puede decir que en esos momentos las mejores, decidimos escribir un diario que nos intercambiábamos cada día; una escribía todo lo que hizo ese día, y al día siguiente nos lo cambiábamos, las páginas empezaron a llenarse de corazones que ponían:
AURA SERENA
X X
AARON DIEGO
Hay que reconocer que con once o doce años éramos un poco dramáticas porque también manchábamos las páginas del diario con lágrimas cuando teníamos un mal día, en el que uno de los dos chicos no nos prestaba la atención que queríamos.
Pasaban los días sin muchos cambios; yo, «feliz» con mis sueños de amor con Diego y también me sentía dichosa porque la chica más popular de la clase era mi mejor amiga, aun sabiendo que mi vida resultaba algo complicada y mis padres bastante «especiales».
Un día en el entrenamiento con el club noté algo distinto. Sentí que Diego me trataba de una manera más distante de lo normal, me trataba como más niña todavía y no lo entendía, puesto que no había hecho nada para que cambiara la actitud conmigo. De repente, en ese mismo instante, sentí como si un rayo me partiera en dos, me quedé petrificada, con el estómago en la boca, como si de un puñetazo me lo sacaran por la garganta. Ahí estaba ella, Ari, una compañera del club de atletismo de la misma edad que Diego con la que yo me llevaba genial y me trataba con muchísimo cariño. Ella era un poquito más bajita que Diego, pero se la veía robusta, fuerte, era de esperar que cualquier chico se fijara en ella, tenía un culo respingón y unos pechos bastante pronunciados, se le marcaban con cualquier camiseta que llevara; yo, en cambio, era más plana que una tabla de planchar, mis garbancitos no tenían nada que hacer con aquellas montañas picudas bien plantadas.
Ese día algo era distinto, habían miradas cómplices, sonrisas, juegos entre ellos dos, me ignoraban, ya no contaban conmigo para las conversaciones y entonces me di cuenta de que ahí se estaba cociendo algo más que una amistad, quería llorar como cualquier adolescente con el corazón partido.
Ellos siempre lo negaban, incluso se molestaban cuando alguien les preguntaba si estaban juntos, pero yo les observaba y a mí no me engañaban.
Cuando íbamos a todas las carreras en el coche de mi padre, yo siempre corría para sentarme lo más pegada a Diego; lo miraba y él me sonreía con ternura, pero al otro lado se sentaba la otra, Ari, y a ella le daba la mano. Luego, se iban a entrenar antes de la carrera juntos y después de la carrera, cuando la competición ya había terminado, se iban los dos solos a pasear. Y yo, con mi madre que lo sabía todo sobre mis sentimientos hacia él, me consolaba mientras me hinchaba a llorar.
Un día fui a una tienda que por aquel entonces se llamaba «todo ha cien» y le compré una cadena con una cruz de Caravaca para que le diera suerte; con toda mi vergüenza me acerque a él y se la di. Lo recuerdo con mucha alegría porque la aceptó con bastante cariño y se la puso de inmediato y nunca se la quitaba. Cuando iba a las competiciones, se colocaba en el puesto de salida y siempre le daba un beso a la cruz. Casualmente siempre ganaba todo, me tenía eclipsada y yo era la niña más feliz del mundo porque llevaba puesta mi cruz de Caravaca.
Todo iba genial, hasta que un día, en uno de los entrenos, uno de los compañeros le dijo:
—¿Qué haces con eso en el cuello tan negro?
Es cierto que no era de plata, era chatarrilla de un «todo a cien», pero yo le dije una mentirijilla piadosa, pero el amiguito de turno le tuvo que decir que se lo quitara que se veía muy feo todo ennegrecido, que ni de coña era de plata. Diego, aun así, salió en mi defensa. Yo me escondí detrás de un coche de la vergüenza que me dio, pero él lo hizo muy bien, no se la quitó en el momento, supongo que lo haría para no ofenderme a mí, aunque después de ese día ya no se la volví a ver colgada del cuello; por supuesto, nunca le saqué el tema ni le hice preguntas de por qué no la llevaba.
****
Mis padres, de vez en cuando, hacían de las suyas en el club, sobre todo mi padre. Pensaba que conociendo a otro tipo de gente cambiarían, pero no, en cada sitio cuecen habas y hay ovejas negras por todas partes, y mis padres tenían poderes telepáticos para dar con ellos. La madre de Diego, sin ir más lejos, era muy parecida a ellos, por lo tanto, pasábamos mucho tiempo con ellos en su casa y aunque egoístamente no me importaba esta vez, porque así podía estar más tiempo con Diego , entre sus cosas, aunque reconozco que llegaba a ser agotador estar enamorada de él, mucho sufrimiento para tan corta edad…
5
La vida con mis padres no cambiaba. Yo me centré mucho en mí, sobre todo en mis entrenamientos y competiciones, me mantenían la mente fría y ocupada.
Una tarde de viernes, al salir del colegio a las cinco de la tarde, vi una cara que me sonaba de algo y entonces caí en que el viernes de la semana pasada a esa misma persona la pude ver en el mismo lugar donde se encontraba en ese momento.
Me quedé mirándole y entonces se cruzaron nuestras miradas, se me estremeció el cuerpo para mal. Esperé a que saliera mi hermano, y los dos juntos nos marcháramos para casa; entonces, la persona misteriosa empezó a andar también detrás de nosotros, yo intentaba mantener la calma, la respiración y la conversación con mi hermano sin levantar sospechas, empecé a notar que esa persona iba acercándose más y más a nosotros. A cada paso que daba, me iba inquietando más, era un chico moreno, de complexión delgada, sus ojos eran muy oscuros y profundos, tan profundos, que su mirada era aterradora, empecé a sentir mucho miedo y en mi mente necesitaba trazar un plan para que si el individuo ese se acercaba más, saber cómo actuar, lo que tenía claro es que si en algo era buena era corriendo, la gente me llamaba gacela por lo rápido que corría , empezaba a correr y no había nadie que pudiera alcanzarme, iba con mi hermano al lado andando hasta que giramos la esquina y entramos en la calle donde estaba mi casa. Eran como seiscientos metros en línea recta y ahí lo vi claro, como si de una carrera se tratara, eché la vista hacia atrás, vi al tío prácticamente encima nuestra, mire a mi hermano y le dije :
—¡Acabo de acordarme que la hora del entrenamiento la adelantaron, me voy!
Y mi hermano me respondió:
—Pero ¿qué dices?
Estaba claro que tanto el individuo como mi hermano se dieron cuenta de que me ocurría algo, tiré a dar un paso y entonces ocurrió, el malnacido que me seguía me agarró por detrás, me quedé rígida, no podía moverme, muerta de miedo, a plena luz del día, pero rápidamente mi hermano reaccionó, cogió el paraguas que llevaba encima y se lio a paragüazos con él; yo logré escaparme de sus asquerosas garras, mientras Edu le seguía dando con el paraguas, y como si de un pistoletazo de salida se tratara, escuché su voz:
—¡Corre, Serena!
Ese grito fue el disparo del inicio de la carrera más importante de mi vida y, sin dudarlo, automáticamente empecé a correr. Tuve tal subidón de adrenalina que en vez de correr parecía que iba volando, pero, aun así, solo oía la voz del depredador:
—¡Hija de puta, no te vas a escapar! ¡Te cogeré! ¡¡¡Te follaré y te mataré!!!
Por fin, después de mi eterna carrera, llegué al portal de mi casa y empecé a quemar el timbre, pero no me contestaba nadie; mientras tanto, yo estaba en llanto, temblando, y me había mareado. Mi madre no me abría la puerta, después de todos mis esfuerzos por huir, veía que el monstruo se acercaba a mí, y no me quedó otra que buscar refugio entre un grupo de madres que se encontraban en la otra esquina de la calle; llorando, me acerqué a ellas y tartamudeando señalé al monstruo y les dije:
—¡Me persigue!
Él clavó su mirada en mí y solo con un grito me dijo:
—¡PUTA! —Y desapareció.
Mi hermano, el pobrecillo, llegó al punto donde yo me encontraba, no me podía mover, no creía lo que estaba pasando.
Edu empezó a llamar al timbre de mi casa y por fin mi madre contestó y abrió la puerta del portal.
Cuando subimos a casa y empezamos a contar lo sucedido a mi madre, ella alucinaba; aparte se sentía fatal porque no contestó a la primera cuando llamé al timbre, y es que la señora estaba echándose la siesta (típico de ella).
Enseguida se vistió y fuimos a la comisaría, aunque no nos sirvió de mucho, a la que casi detienen es a mi madre por desorden público.
Aquella época no era como la de ahora y la respuesta que le dieron a mi madre fue que si no había sangre no podían hacer nada. Ella no se calló y en plena comisaría empezó a dar gritos:
—¿Qué tengo que dejar que me la violen y la maten para que mováis el culo?
Fue un auténtico espectáculo, pero tengo que decir a favor de mi madre que ella tenía razón.
La policía evidentemente no hizo nada, sin embargo, yo sí cambié.
Al día siguiente tenía tantísimo miedo en el cuerpo que yo no quería salir de casa, estaba traumatizada, como en estado de shock. Mi madre tenía que acompañarme a todos los sitios, así como antes bajaba yo sola a todo, a jugar con mis amigos del barrio, a comprar el pan que la tienda estaba justo debajo de mi casa, pasé a encerrarme en casa y no hacer absolutamente nada.
****
A la semana siguiente de lo sucedido, el mismo día de la semana a la misma hora a la que yo tuve mi incidencia con aquel psicópata, vino mi madre a recogernos a mi hermano y a mí, y cuando estábamos todos juntos en la puerta, otra vez el mismo escalofrío de miedo me recorrió todo el cuerpo, y ahí estaba él con su mirada de depredador acechando a otra presa. Mi madre no hizo absolutamente nada, solo observarlo, yo lo único que hacía era suplicar que nos fuéramos.
El mismo día por la noche mis padres quedaron con sus amigos «guais», pero esa quedada era distinta, porque se había corrido la voz de lo que me había sucedido a mí y no gustó nada en mi barrio, más que una quedada entre amigos aquello parecía una reunión de mafiosos.
¿Sabéis el dicho ese que dice que es bueno tener amigos hasta en el infierno? Pues en el caso de mis padres pasaba así; ellos, como siempre, se juntaban con lo «mejorcito» y de esos amigos entendían bastante.
El hijo de uno de ellos era la persona probablemente más respetada del barrio. Había pasado unas cuantas veces por la cárcel y para mas inri, yo era la niñita de sus ojos, me tenía mucho cariño, siempre había sido muy amable conmigo y todo el mundo lo sabía; yo era intocable en todos los sentidos, cuando se enteró de lo que me pasó… se puso tan furioso que daba miedo, era como si le hubiera pasado a su propia hija.
Mi madre hablo con él, le dio la descripción al dedillo de cómo era el hijo de puta que me tenía aterrada, le explicó su modo de actuar: todos los viernes a las cinco de la tarde, esperaba en la puerta del colegio a que salieran todos los niños para elegir a su presa y la seguía hasta el portal de su casa.
Él le contestó:
—Perfecto, no necesito saber más, estaros tranquilas porque no volverá a pasar nada parecido.
Sacó su pistola del tobillo que llevaba escondida, la puso encima de la mesa y dijo:
—Aquí mando yo.
Me envió una sonrisa protectora que sentí cómo consiguió tranquilizarme.
El monstruo de las cinco de la tarde no volvió a aparecer.
Nunca supimos qué pasó y tampoco lo preguntamos nunca. Solo sé que pude recuperar mi vida y volver a salir a la calle a jugar con mis amigos sin miedo, aunque reconozco que desde entonces nunca he dejado de mirar a mis espaldas.
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