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—Me gustan las cosas claras desde el principio, Sr. Fisher.
—Por favor, llámame Sergio.
—Bueno, pues entonces nos tutearemos —anunció. Yo asentí—. Quiero presentarte a mi hija Penélope, aunque creo que sabes quién es ¿cierto?
—Sí, la verdad es que una mujer tan bella no se olvida fácilmente. —Ella se ruborizó mostrándome una sonrisa.
Mi hermano pasó a un tercer plano en la conversación y no le importó, siempre era así. Él gestionaba mi vida y luego a la hora de trabajar, no se metía, dejaba que yo hiciera lo que mejor sabía hacer, negocios.
Las horas fueron pasando y la verdad era que el Sr. Meyer era bastante terco y testarudo, pero yo lo era aún más y tras cuatro horas de reunión, enseñándole nuestros balances durante todo el año, me dijo que lo iba a pensar. Al menos, no dijo que no. Comenzamos a cenar, porque había llegado la hora y ni siquiera nos habíamos dado cuenta, así que ya nos quedamos cenando, aunque sin hablar de negocios.
—Bueno, Sergio ¿y estás casado? —Preguntó Jackson sorprendiéndome.
La verdad es que no me esperaba esa pregunta. Miré a su hija, la que seguía sonrojada y que, suspiró cuando su padre me insistió en la pregunta. Mi hermano me dio un codazo y carraspeé para aclararme la garganta. Tomé un sorbo de mi copa de vino y miré de nuevo a Jackson.
—No, no estoy casado. —Sus ojos se abrieron a la vez que su ceja se elevaba—. Pero tampoco quiero compromiso de momento. Estoy muy bien solo, gracias.
—Bueno, pero llegará el momento en el que quieras formar una familia y…
—No, no llegará ese momento. Si me disculpan. —Me levanté y salí del restaurante.
Me cabreó la manera en la que me estaba intentando endosar a su hija, porque para eso me preguntó y no, no pensaba dejar que lo hiciera. Jamás me casaría con esa mujer, con ninguna mujer. Sabía que era una estupidez, que algún día debía olvidarla, pero no podía, no era tan fácil y no sabía si algún día lograría conseguirlo.
Subí a mi habitación y me senté en el balcón con una botella de ron en la mano. Sorbo a sorbo, fui vaciándola, quemando mi garganta cada vez que el líquido pasaba por ella. No me importó, no me dolió en los más mínimo, más me dolía recordarla e imaginarla en los brazos de ese hombre que seguramente en este momento la estaría amando como debería estar haciendo yo en su lugar. Deseché la idea en cuanto su cuerpo desnudo se cruzó en mi mente. Estampé la botella contra el suelo y me levanté enfurecido en busca de otra para volver a beber. Quería perder la conciencia, olvidarme de todo y dormir para siempre o al menos, hasta que mi mente hubiera olvidado todo.
Por la mañana, me desperté desorientado. Mi cabeza comenzó a latir fuertemente a la vez que escuchaba como alguien aporreaba la puerta. Estaba seguro de que era mi hermano. Caminé hasta ella y la abrí, dejándome ver a un Nick muy cabreado, aunque no me importara demasiado.
—Eres el tipo más estúpido que he visto en toda mi vida —dijo nada más cruzar la puerta.
—Buenos días a ti también, hermano —ironicé.
Nick alzó una ceja y bufó cabreado. No sabía exactamente qué era lo que había hecho ahora para que estuviera así y la verdad tampoco tenía intención de preguntarle, de todas maneras, me lo iba a decir igualmente. Caminé hasta la mesa donde me serví un vaso de agua y me senté en el sofá a escuchar lo que tenía que decirme. Siempre era igual. ¿Qué más daba ya?
—Anoche le hiciste el peor desplante que se le puede hacer a Jackson Meyer.
Seguí mirándole sin responder, me daba igual lo que tuviera que decirme y mucho menos lo que pensara, pues haría lo que me diese la gana.
—¿No piensas decir nada? Has dejado escapar a esa pedazo de hembra por gilipollas —escupió levantando las manos.
Al escuchar eso sí que me levanté y lo encaré, me puse ante él y lo empujé fuerte hasta pegarlo a la pared. Nick me miró desafiante, pero eso no hizo que parase y mucho menos que me quitaría el cabreo que con tan solo unas malditas palabras se habían instalado en mi cuerpo.
—No, la pedazo de hembra que he perdido se llama Lucía y fue por tu culpa. ¡Por tu maldita culpa! —Grité cogiéndole por el cuello de la camisa.
El haber escuchado eso, el darme cuenta de que realmente sí había perdido a alguien, a esa persona que sabía que no dejaría de amar fácilmente, hizo que un fuego interior subiera desde mis pies hasta llegar a mi cabeza, nublándome por completo, importándome una mierda que al que estuviese a punto de golpear llevase mi misma sangre. Nick se merecía todo esto, Nick merecía que le partiera la boca de una vez por todas.
—Vamos, pégame —me animó. Yo alcé una ceja mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro—. No tienes los suficientes cojones para hacerlo, así como no los has tenido para impedir esa boda, por qué no lo hiciste ¿eh? ¿Acaso tenías miedo de que te rechazara, de darte cuenta de que ya no te ama?
—Eres un imbécil —murmuré dándole la puta razón.
Fui un cobarde, uno que no luchó lo suficiente por ella y el único culpable de haberla perdido, había sido yo mismo, por no venir cuando tenía que hacerlo, por no llamarla y contarle todo, por dejarla de lado cuando ella me esperaba. Lucía había rehecho su vida porque yo la dejé y ahora no podía pedirle nada y muchos menos exigirle un perdón que no merecía. Solté a mi hermano y caminé hasta el mueble bar, donde, tras sacar una botella de ron, bebí a morro un buen trago, uno tan largo que me haría perder la conciencia en unos pocos minutos. Nick no me dijo nada, me miró de reojo y salió de mi habitación dejándome completamente solo y vacío, aunque así ya me encontraba antes de que viniera a tocarme los huevos.
5
Lucía
Meses antes del enlace.
Hacía unos días que no veía a Pablo y la verdad estaba bastante preocupada, ni siquiera en la Universidad habíamos coincidido. La última noche que nos vimos, fue la primera que decidí entregarme a él, acostándome con él aun habiendo jurado hacía tiempo que ninguno que no fuera Sergio lo haría, pero esa noche no sabía qué me había pasado. No sabía si fue el alcohol o simplemente le necesitaba. El caso era, que llevábamos saliendo cinco meses, unos meses en los que se había convertido en alguien muy especial para mí, alguien que me entendía, que me escuchaba y, sobre todo, que quería a mi hijo por sobre todas las cosas. Y eso, para mí, era mucho más importante que todo lo demás.
El único problema de todo era que, al sentir sus labios en mi piel, fue como si en realidad fueran los de Sergio. Al sentir sus manos, acariciando con mimo cada curvatura de mi cuerpo, fue como la última noche que pasé con él. ¿Estaba loca por pensar en otro al acostarme con mi novio? ¿Era una locura que aún no lo hubiera dejado de amar aun teniendo a un hombre maravilloso conmigo? Era joven, demasiado, pero todo lo que había vivido a corto plazo, me hizo madurar de una manera muy brusca y, realmente, me gustaba.
Salí de mi habitación para buscar a mi madre, pues aún no me había llamado, teníamos que salir a hacer unas compras. Mi padre se había encargado de llevar a mi pequeño terremoto, que recién comenzaba a caminar, a la guardería. Me volvía loca y estando de exámenes, era mucho, pero, aun así, no cambiaría nada de mi vida en este momento.
—Pablo, está desesperada desde que no la llamas. ¿Qué harás?
Escuché la voz de mi madre hablando por teléfono y la persona que estaba al otro lado, era mi novio desaparecido. ¿Tan mal lo hice? Puse un dedo en mi barbilla y unas imágenes fugaces se cruzaron por mi mente.
Los besos, esos besos que en este momento necesitaba, fueron desde mis labios, bajando por mi cuello, donde su lengua saboreó mi piel y bajó hasta mis pechos, donde tras quitarme la blusa y sujetador, se metió uno en la boca. Un gemido salió de mi boca, uno tan potente que Pablo se volvió loco y se separó para cogerme en brazos y obligarme a enroscar las piernas alrededor de sus caderas, haciéndome sentir su gran erección. Estábamos excitados, demasiado para ser nuestra primera vez.
—Te deseo tanto —susurró en mi oído al tiempo en el que devoró mi boca, metiendo su lengua para buscar la mía.
La verdad era que Pablo besaba demasiado bien y tenía un cuerpo de infarto. Caminó hasta la cama, donde me dejó en ella y tras quitarse los pantalones y el slip, se puso encima de mí para hacer lo mismo con mi parte de abajo. Me dejó desnuda ante él, me quedé completamente vulnerable ante una persona que solo conocía hacía unos meses, pero que se estaba convirtiendo en alguien imprescindible en mi vida. No lo amaba, no y tampoco creía hacerlo algún día, pero sí lo necesitaba a mi lado.
Entonces, abrió mis piernas y tras ponerse un preservativo entró en mí, llenándome por completo, haciéndome gritar al sentir su miembro duro y latente ajustarse a mi interior, como si en realidad fuese mi primera vez. Comenzó a moverse a un ritmo pausado, uno que nos haría disfrutar, mientras sus labios besaban los míos. Pablo me hacía el amor y yo no quería eso, pues era hacerme ver que él podría estar sintiéndolo hacia mí.
—Te quiero Lucía —declaró mirándome fijamente.
Mis ojos se abrieron y me quedé estática sin poder moverme, pues escuchar esa declaración me hizo verle a él, hizo que Sergio entrase en mi mente como un maldito huracán, arrasando con todo, con la poca cordura que me quedaba, incluso, con este momento que quería disfrutar, él no me dejaba.
No respondí, no pude… entonces hice lo que creí apropiado, le obligué a girarse, quedando él debajo de mi cuerpo para llevar yo las riendas y no le hice el amor, no podía hacerle el amor a alguien que no estaba en mi corazón de esa manera. Yo le follé, era una palabra que no me gustaba emplear, pero era la realidad. Estaba manteniendo sexo con un amigo, porque eso era él para mí.
—Oh, vamos Pablo. Tienes que venir ya, no puedes dejarla así tantos días.
Al volver a escuchar a mi madre, provocó que volviese al presente y me acerqué a ella, quitándole el teléfono de las manos para hablar yo misma con Pablo. Me lo puse en la oreja y la voz de mi novio me sorprendió, diciendo que me tenía preparada la sorpresa para esta misma noche. Obviamente no sabía que era yo quien estaba escuchando.
—Así que una sorpresa ¿eh? —Puse voz burlona—. ¿Por eso has estado tan distante?
—¿Lucía?
—No, María Teresa de Calcuta, no te jode. Pues claro que soy yo.
Escuché la carcajada de mi madre, provocando que me uniese a ella.
—Lo siento nena, no quería dejarte tantos días sola, pero… —Suspiró—. Estoy preparando algo que lleva su tiempo y creo que para esta noche lo tendré listo. ¿Podrás esperar?
—Si no hay más remedio.
—Perfecto, a las nueve paso a recogerte y ponte guapa.
—Oye… —Me quejé.
—Me refería a más guapa de lo que ya eres. Te quiero Lucía y no veo la hora de tenerte entre mis brazos de nuevo.
Tragué saliva nerviosa y me despedí de él aceptando su propuesta de salida por la noche. La verdad era que me estaba poniendo nerviosa, pues las sorpresas no me gustaban demasiado. Habría que esperar ¿no? Aunque también podía hacerle un tercer grado a mi madre para que me contase lo que supiera. Me giré para mirarle y comenzó a negar riéndose. Alcé una ceja a la vez que ella comenzaba a correr para salir de la cocina, donde aún estábamos metidas.
—¡No huyas cobarde! —Le grité.
—No soy ninguna cobarde, pero tampoco te diré nada —respondió sentándose en el sofá.
Me senté a su lado y la miré fijamente, intentando disuadirla y que soltase todo lo que Pablo tenía planeado, pero su excusa fue la de ir al baño porque tenía que hacer… bueno, mejor no cuento lo que tenía que hacer. Me quedé mirando al techo, pensando en mil cosas y en todas estaba Sergio y Pablo. Pablo y Sergio. ¿Será que algún día pensaré en uno solo?
Las horas pasaban lentas y agonizantes y yo seguía en el sofá tirada, hasta que mi padre llegó con mi pequeño en sus brazos y la calma y, sobre todo, aburrimiento, acabó. Me levanté como un resorte y corrí a su encuentro, como si llevase días sin verle. Amaba a mi hijo y eso era algo que no podía esconder. Lo cogí entre mis brazos, lo besuqueé y apreté tanto que hasta se quejó.
Solté una carcajada, pues aun hablaba muy mal. Tenía poco más de un año y me volvía loca a veces intentando averiguar qué era lo que me había dicho.
La noche llegó y los nervios crecieron. Pablo debía está a punto de llegar y no sabía qué era eso que me tenía preparado ni con qué fin. Dejé a mi hijo dormido y salí en cuanto el timbre del apartamento donde vivía con mis padres, sonó. Salí corriendo, atacada de los nervios, no era solo por saber la sorpresa, sino, porque también tenía ganas de verle, hacía cinco días que no le veía.
—¡Yo abro! —Grité en cuando vi a mi padre acercarse a la puerta.
Me miró con una sonrisa y ¿feliz? Podría decirse que sí, que mi padre en este instante era feliz, por mí y por todo lo que había dejado de sufrir gracias al hombre que estaba a punto de entrar en casa.
—Por fin llegas —dije tirando de él.
Pablo se rio a carcajadas y cogiéndome por la cintura me dio un beso, primero en la frente y luego buscó mis labios, donde con solo un roce, provocó que me sonrojase, mi padre nos miraba y no me gustaba ser el centro de atención.
—Estás preciosa —murmuró en mi oído.
—Gracias, solo es un trapito que encontré por ahí —respondí bajito para que solo lo escuchara él, pero mi madre parecía tener los oídos bien puestos en nosotros.
—¡Mentira! La he tenido que obligar a ponerse ese precioso vestido.
—¡Mamá! —Me quejé.
—Es verdad, si por ti fuera, irías a todas partes en vaqueros.
Soltamos una carcajada. Yo asentí, pues tenía razón.
—Bueno, dejen ya las risas y váyanse —nos apremió mi madre.
—¿Nos estás echando mamá? —Pregunté alzando una ceja.
—No, para nada cariño, pero tenéis que iros ya ¿verdad Pablo? —Lo miró a él.
Mi novio asintió y le guiñó un ojo. Entrecerré los ojos, haciéndola conocedora de lo poco que me gustaban los secretitos y más cuando yo estaba en medio de ellos. Pablo cogió mi mano y salimos del apartamento, pero antes de que entrásemos en el ascensor, me paró y tapó mis ojos con un pañuelo de seda, poniéndome más nerviosa aún.
—¿Esto es necesario? —Expresé.
—Muy necesario. —Me dio un beso en los labios, pero esta vez más profundo—. Quiero que esta noche sea inolvidable.
Me encogí de hombros con los labios apiñados y escuché como se reía. Entramos en el ascensor y luego la brisa otoñal chocó con mi cara, asegurándome de que ya estábamos en la calle, aunque por poco tiempo, pues Pablo me ayudó a entrar en un coche, supuse que era el suyo, pero no, porque él se sentó a mi lado, muy pegado a mí. Su mano derecha se entrelazó con la mía y se la llevó a los labios. Noté su nerviosismo y quise quitarme la venda, pero me lo prohibió.
—No hasta que lleguemos.
—No aguanto más.
—Vamos, solo quedan unos minutos. ¡No seas impaciente! —Exclamó.
No podía verle, pero noté su sonrisa, noté como su cuerpo se tensaba y erizaba. Eso solo podía afirmarme que lo que me tenía preparado, era algo muy importante, demasiado importante y eso solo provocaba que mi impaciencia se incrementase aún más.
Unos minutos después, el coche se paró y esperé a que Pablo me ayudase a salir, pues aun no me dejaba quitarme el pañuelo de los ojos. Entramos a algún lugar, donde olía demasiado bien, se respiraba un ambiente relajado. Caminamos y volvimos a entrar en un ascensor, lo supe por el sonido. Comenzó a subir y subir, sin término alguno.
—¿Piensas llevarme a la luna? —Pregunté divertida.
—Si la quieres, no tienes más que pedirla —respondió bajando su mano que reposaba en mi espalda, hasta mi trasero.
—No me tientes —respondí con la boca seca.
No sabía realmente su juego, pero no me importaría averiguarlo. Cuando por fin y después de unos largos minutos, el ascensor llegó a la planta cincuenta. Sí, así dijo el altavoz del ascensor. Mis ojos se abrieron desorbitadamente, pues había pocos edificios en Madrid con tantas plantas y uno de ellos, era mi favorito. Siempre le había dicho a Pablo que tenía ganas de ver mi ciudad desde lo más alto, por la noche debía de ser una gozada.
—Venga Pablo, déjame ver donde estamos —le pedí con voz suplicante.
—Espera solo unos segundos más, por favor.
Bufé cabreada y me esperé esos malditos segundos que parecían horas, unas eternas horas que me estaban volviendo loca. De nuevo sentí una brisa, aunque esta vez era más fresca, más fuerte y me quitó el pañuelo de los ojos, dejándome ver al fin donde estábamos. Me había traído al Hotel Tower; era uno de los más lujosos de Madrid y con el que yo había soñado tantas y tantas veces.
Miré al frente, clavando mis ojos en las luces encendidas de mi ciudad, enamorándome mucho más de ella. Si algún día me pidieran que dejase mi hogar, no creía que lo hiciera, tendría que ser algo muy importante para alejarme de aquí. Tras unos minutos, en los que no podía apartar los ojos de Madrid, me di la vuelta, encontrándome a Pablo con una rodilla hincada en el suelo y un anillo entre sus dedos. Mi cuerpo se tensó, mis manos comenzaron a sudar y sentí una presión en el pecho tan fuerte, que no me dejaba respirar. No sabía el motivo, no entendía como un hombre que me conocía de unos meses solamente, podría estar pensando en matrimonio, en casarse conmigo. Yo era una muchacha humilde, una muchacha que tenía un hijo que no era suyo y que no sabía si le amaría algún día.
—Sé que te he sorprendido, incluso más de lo que me esperaba —comenzó a hablar—. También sé que esto es una auténtica locura, pero ¿qué sería de nosotros sin algo de locura? ¿Qué sería de mí sin tu locura Lucía? —Me preguntó con la voz entrecortada—. Te has metido aquí. —Se señaló el pecho—. Tan profundamente que no puedo dejarte escapar, por favor ¿te casas conmigo?
Sin decirle nada, me di la vuelta y caminé hasta el interior de la habitación que había alquilado para esta “sorpresa”. Miré todo a mi alrededor; estaba lleno de rosas rojas, de
pétalos en el suelo, velas en las esquinas. Era todo precioso, pero yo no podía aceptar tanto, no podía aceptarle a él, pues no era a quien amaba.
—Maldito Sergio que no me dejas seguir con mi vida —susurré con lágrimas en los ojos.
6
Lucía
Me quedé anclada al suelo, sin poder moverme. No podía irme de la habitación como si fuera una novia a la fuga. Que irónico ¿no? Siempre quise tener una noche de ensueño en este hotel, en donde me pedía matrimonio a la luz de la ciudad y cuando me lo cumplían, quien lo hacía no era el que tenía que hacerlo. Sentí las manos de Pablo en mi cintura, pasándolas delante para después abrazarme fuerte y pegarme a su pecho, el que latía fuerte, muy fuerte. Posó su barbilla en mi hombro y suspiró.
—¿A qué tienes miedo Lucía? —Me preguntó.
¿Miedo? No, yo no tenía miedo. ¿A quién quería engañar? Claro que tenía miedo y mucho, pero no a él, no a lo que venía… mi miedo era a no poder amarle como se merecía, porque merecía tener a una mujer que lo quisiera de verdad, que le diese ese amor tan puro como el que él me regalaba a mí. Mis ojos seguían aguados, dejando salir unas lágrimas que demostraba lo frágil que era. Pablo me obligó a darme la vuelta y con sus dedos, secó cada lágrima que bajó por mis mejillas y luego las besó, siempre hacía eso cuando la visita de Sergio me dolía tanto. Había venido a verme tantas veces que no podría contarlas con los dedos. Siempre conseguía de mí lo mismo, una gran negativa a volver con él, a darle esa oportunidad que tanto me suplicaba, porque fue tan fácil para él dejarme aquí, como lo fue difícil para mí dejarle marchar.
—¿Te he dicho alguna vez lo bonitos que son tus ojos? —Negué sorbiéndome la nariz.
—Son simples.
—Nada de eso —replicó—. Son perfectos, porque reflejan a la persona que eres.
—Soy simple.
—¿Quieres dejar de decir esa palabra? La simpleza es algo que no está a tu alcance, eres mucho más que eso. Tú eres luz, eres una persona espléndida que da amor sin pedir nada a cambio… eres todo lo contrario a simple, Lucía y yo te enseñaré a verlo —expresó con voz ronca.
Había cambiado el temor que tenía para demostrarme lo que me quería, lo que pensaba de mí. Pablo era así, te enseñaba lo bueno de cada persona y eso lo hacía siempre conmigo.
Siempre pensé que nadie podría volver a enamorarse de mí, porque si uno lo hizo y me dejó. ¿Quién lo haría de nuevo? ¿Quién iba a querer a una joven como yo, teniendo un bebé a cargo?
No quería engañarle, no quería que se hiciera ilusiones conmigo, pues, aunque deseara amarle, mi estúpido corazón latía por otro.
—Pablo… —Puso un dedo en mis labios para callarme.
—No digas nada. —Suspiró—. Sé que no me amas, lo sé y, aunque me jode que así sea, esperaré el tiempo que sea necesario, porque estoy seguro de que llegaré a entrar en tu corazón.
—No sé si algún día consiga quererte, Pablo y no quiero que te pierdas toda una vida luchando por conseguir algo que a lo mejor no logras —le dije sinceramente—. Yo te quiero muchísimo, te aseguro que eres un gran hombre que…
Sus labios se pegaron a los míos, callándome de nuevo, pues parecía no querer escuchar nada de lo que le decía. Me dejé llevar, hice todo lo posible por disfrutar ese beso, por disfrutar el momento. Pablo me cogió en brazos y enrosqué las piernas alrededor de su cintura. Sus manos bajaron hasta mi trasero y tras apretarlo, provocando que un gemido se me escapara desde lo más profundo de mi garganta, mordió mi labio inferior con delicadeza, un simple mordisco que te dejaba con ganas de más.
Caminó conmigo hasta la cama y cuando caímos, los pétalos volaron hacía arriba. Era todo precioso, algo que cualquier mujer disfrutaría estando enamorada. En cambio, yo, solo disfrutaba de buen sexo, aunque quisiera darle algo más.
—Solo quiero hacerte feliz —dijo entre beso y beso—. Déjame hacerlo, déjame ser el padre de Edu, déjame que sea algo más que tu amigo, Lucía.
Me perdí, en el momento en el que mencionó a mi hijo, me perdí… Él era más importante que nada en este mundo, que mi propia felicidad y si para que viviese en un hogar feliz, debía casarme con Pablo, darle la oportunidad de entrar en mi corazón, lo haría.
—Acepto, Pablo. Seré tu esposa —respondí y su boca volvió a buscar la mía, besándome con pasión.
Era muy fogoso y me hacía delirar. Cada encuentro con él era diferente, cada momento, cada caricia, cada beso, siempre era diferente. Pablo era un buen hombre, uno de esos a los que no podías dejar escapar, uno que, merecía ser feliz y yo, yo lo haría, haría todo lo que estuviese en mi mano para que lo fuera, lo fuéramos.
El día del enlace.
Estaba demasiado nerviosa, solo habían pasado unos meses hasta este día en el que estaba a punto de darle el sí quiero a Pablo. La verdad era que después de mucho meditarlo, de mucho hablarlo, llegué a la conclusión de que sí, de que podría ser que un día llegase a sentir lo mismo que él sentía por mí. Y estos días atrás, me había dado cuenta de que la boda era algo que no me disgustaba, al contrario, me hacía feliz. Era feliz en este momento y mi familia lo era aún más.
—Hija, estás bellísima —dijo mi madre cuando me di la vuelta.
—No exageres, mamá.
—Siempre menospreciándote cariño. Eres una mujer hermosa y buena… además, tienes a tu lado a un hombre que vale millones —reconoció. Era cierto, lo de Pablo digo.
Asentí y tras darle un fuerte abrazo, salí al salón donde mi padre nos esperaba junto con mi hombrecito. Al verme, soltó una pequeña lágrima y lo abracé con fuerza.
—Estoy muy orgulloso de ti, hija —susurró en mi oído.
—Te quiero, papá —declaré.
Cuando terminamos de prodigarnos todo el amor que sentíamos, salimos del apartamento para ir a la iglesia. Bajamos y en la puerta del edificio nos esperaba una limusina, Pablo había pensado en todo, como aquella noche que me pidió matrimonio. Entramos y en cuanto se puso en marcha, me entró el pánico, provocando en mi interior un miedo enorme. ¿Y si me estaba equivocando? ¿Y si no era adecuado casarse con alguien sin amarle? ¿Y sí? ¿Y sí? Mierda, solo eran puras preguntas estúpidas que no me daban una respuesta coherente. Tenía que ser fuerte, ser la mujer que él necesitaba. Tenía que amar a Pablo de una vez.




