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De esta prisión.
Susana Danti, en sus sueños, abre los ojos. Poco es lo que ve al principio, la luz la ciega, son sombras borrosas que de a poco adquieren nitidez para transformarse en figuras negras, gronchas. La cumbia villera explota, y ella, mientras, observa la invasión que pronto llegará a su lugar. Los Voleiboys corren en manada, desnudos, con sus falos parados, pero son falos negros, pijas negras, tan negras como sus dueños, todos cabezas, avanzan tomando vino de cartón, comiendo sandía, destrozando todo a su paso; se acercan amenazantes hacia ella, hacia toda la buena gente. El gran Ex Presidente, aquel que nos condujo al primer mundo, está siendo copulado por uno de los negros invasores, el champagne es utilizado como lubricante. Las odaliscas son violadas y descuartizadas, aún están vivas cuando empiezan a devorarlas. Los surfistas, ahora negros también, y bien al palo como siempre, desembarcan en la playa, tiran sus tablas de cajón de manzana a un costado, atacan a la Diva Total, la violan, entre tres, entre seis, entre quince, por la concha, por la boca, por el culo, hasta que el cuerpo de la Reina de la Televisión estalla en fragmentos de sangre y mierda. El perrito, diminuto y estúpido sale de la cartera, ladra, un negro cabeza lo toma, lo levanta en el aire, se lo lleva a la boca y lo parte en dos de un solo mordisco. La Más Grande de las Damas de la Alta Sociedad es degollada por un negro catinga jugador de voley, su cabeza es usada para felatios varias. La Mujer que Vino de Abajo y Prosperó, ve como todo pasa, indudablemente no olvidó su pasado, se desnuda, quiere ser parte del frenesí, quiere que se la cojan, pero nadie le da bola. El Conductor Cool, soltero asediado por las más bellas mujeres, corre aterrado, pero los negros punguistas son rápidos de profesión, lo alcanzan, lo golpean, le meten una de las tablas de cajón de manzana por el culo, el astro televisivo muere tras un grito de insoportable dolor.
Susana Danti grita, toda la negrada se da vuelta y la mira, corren hacia ella, entonan una nueva canción:
Susana siempre cuando bailas a vos se te ve la tanga
Y de lo rápida que sos
Vos te sacas tu tanga
Vos te sacas la bombachita
Y le das para abajo
Pa bajo
Pa bajo
Pa bajo
Pa bajo
Pa delante y para tras
Pa delante y pa tras
Pa delante y pa tras
Para delante y para atras
Los negros se le acercan, tiene la pija bien parada, sus bocas chorrean sangre y vísceras. Todos los negros juntos, de la cabeza, la invaden. Una avioneta cruza la playa, por un parlante al ritmo de una estruendosa cumbia villera, anuncia: “bienvenida Susana al lugar donde los sueños se convierten en realidad, y son realidad también tus peores pesadillas”
El sol refulge en el cielo, un cartel anuncia que estamos en alguna parte del conurbano, ni una sola nube lo opaca, es, sin duda, un día peronista.
Susana Danti solloza en la cama. Se mueve, se inquieta, despierta a su marido, conyugue desde hace muchos, demasiados, años, él se enoja:
—Negra, ¿qué hacés?, quedate quieta la puta madre, que quiero dormir che. Facundo Danti habla casi a los gritos, claramente está irritado.
Ella se despierta, le queda la espantosa sensación del sueño vivido, le cuesta diferenciar realidad y fantasía. Se queda mirando el techo, asustada, llorando. Sabe ser buena esposa, finge, traga sus lágrimas
—Perdón negrito, descansa tranquilo
Ni ella, Susana, ni él Facundo, ninguno de los integrantes del matrimonio Danti nota la ausencia en casa de su único hijo Santiago.
*****
El Laucha Alberti es el rey de las picadas. Y no se trata de una mala publicidad de embutidos y fiambres, las picadas son otras, veloces, adrenalínicas, a veces mortales, de autos preparados, desafiantes, que rugen ante el enemigo, que es otro auto como ellos, prepotentes, sin miedos. Estas picadas se producen, ya lo vimos, todos los sábados por la noche en una zona específica del barrio del General Entrerriano, en el límite con el conurbano bárbaro, rancho externo, desigual, y por suerte lejano.
El Laucha es en verdad Martín Alberti, tiene veintidós años y es un nini, ni estudia, ni trabaja, y no quiere hacer ninguna de las dos cosas. Sus padres son dueños de cinco concesionarias de autos, dos de ellas en el barrio, ambas sobre la Avenida de los Originarios del Perú. Plata en la familia Alberti hay, y bastante. Martín creció en la abundancia, sin embargo la abundancia de dinero no se traducía al cuerpo de Martín. Por demás delgado daba siempre el aspecto de un chico con problemas de nutrición serios. La realidad era lejana a esto, Martín Alberti comía bien, pero no salía de su extrema delgadez; era, lo que se dice, flaco, muy flaco, y a los doce años, a causa de ello, comenzaron a llamarlo el Laucha.
En la escuela el Laucha no era muy bueno, terminó el secundario a duras penas, repitiendo segundo y tercer año una vez cada uno. Seguir estudiando no fue siquiera una posibilidad que hubiera pasado por su mente, trabajar menos. Se fue convirtiendo entonces en un joven nini. Pero, sin embargo, el Laucha algo hacía, dos cosas al menos, una era familiar, la otra casi una vocación. De muy pibe el Laucha ayudaba a acomodar los autos en el interior de los locales concesionarios de sus padres, esa actividad le dio al Laucha una gran muñeca en el manejo, meter treinta o cuarenta autos en espacios reducidos, con milímetros de distancia entre uno y otro, evitando roces, era tarea para pocos, y el Laucha era uno de esos pocos; desde los trece años se dedicó a acomodar autos en las cinco concesionarias de los Alberti, jamás hubo rayón alguno. La otra actividad del Laucha, la vocacional, tiene sin duda relación con la primera. La muñeca extraordinaria otorgada por su oficio de acomodar autos despertó en el Laucha un amor por el manejo, se fue haciendo un gran conductor, un apasionado de los autos. Fueron eternos los años transcurridos hasta cumplir los dieciocho para poder sacar el registro. Fueron una decepción sus primeras excursiones en el tránsito diario de la CABA, demasiado fácil, un bodrio. El Laucha se sentía un surfista audaz en un mar calmo, bobo, sin oleaje. Manejar así no servía, necesitaba algo más, y lo obtuvo. A los diecinueve años descubrió las picadas, llevaban años desarrollándose, en el mismo lugar, el mismo día, y a la misma hora, al amparo y el silencio de la Policía Federal. Martín “el Laucha” Alberti por fin se sintió a gusto, manejar así, rápido, de forma imprudente, alocada, era otra cosa. Ese sábado el Laucha conoció, de forma muy poco casual, a su extorsionador, Santiago Danti; pero Santiago ya conocía al Laucha desde hace dos semanas, y ese encuentro si fue de pura casualidad.
INTERRUPTUS IV
Si hasta el gran George Louis nos dedicó un poema, el mismo que sintió a Sarmiento en aquellas albas de septiembre cuando la libertadora comenzaba a fusilar, cuando, dicen algunos, la catástrofe del siglo XX argentino comenzaba. Para George Louis nuestro barrio eran campos, luego fueron incertidumbres, y son hoy un pathos reconocido, determinado, por su génesis, pero sobre todo por elección, por propia determinación. Elegimos ser uno de los majestuosos núcleos de la CABA, somos la armazón de la clase media argentina, creyente, trabajadora, de buenos sentimientos, quejosa, racista, peligrosa si se siente acorralada, egoísta, materialista al mango, inconforme con todo, nada le alcanza, siempre va por más, siempre quiere que el otro, el de abajo esté lejos, que los desposeídos no posean lo que poseo yo, que los límites sean claros, definidos, y si no se entiende, si los de abajo quieren subir, si el límite se torna difuso hagámoslo concreto, nada de abstracción, amurallemos la Avenida del General Antifederal, levantemos muros que separen, nosotros por un lado, ellos por el otro, es necesario, es urgente. George Louis, que nos dedicó un poema, hubiera estado de acuerdo.
Nuestro barrio remite a una historia, es la historia de la CABA, de la vieja ciudad puerto, de la civilizada Buenos Aires; lo otro, lo de afuera, son los ranchos del interior de los cuales hay que diferenciarse. Somos, qué duda cabe, una sustancia histórica definida, nuestro ethos es la cultura, los buenos modales, el refinamiento, el esprit de finesse.
Nuestra plaza lleva el nombre del primer y más profundo sociólogo argentino, del mejor escritor de la generación del 37´ que, con arte, atacó a la barbarie, que defendió los buenos modales de la ciudad culta invadida, ofendida, agraviada por los federales brutos. La “Plaza del Autor del Matadero”, que mejor nombre que ese, el pulmón que oxigena el barrio, que nos da vida, es el que nos recuerda al enemigo, que fue vencido, pero que siempre está al acecho, que siempre debemos vigilar, alejarlo de nosotros, debemos cerrar el círculo y velar sobre él, somos la cepa criolla, como nos definió el gran Miguel Cané, somos lo único bueno de este paisito agreste, ignorante, brutal.
Nuestra Iglesia fue quemada por las hordas del Tirano, que aún no estaba prófugo pero que pronto lo estaría. Nuestra Señora de la Merced ardió bajo el fuego fatuo de la barbarie, se redujo a humo y cenizas, a devastación. Pero somos el barrio del General Entrerriano, el barrio de un valiente, fundado por otro valiente, que fue al norte argentino a combatir la incivilización, y regresó victorioso. Somos producto de quienes nos crearon, sabemos reconstruirnos, sabemos luchar, el país nos necesita para establecer el orden, el progreso. Surgimos de las cenizas, somos el ave Fénix de la civilización, luchamos porque somos la buena gente, los honrosos habitantes de la CABA, nada nos detendrá, fundaremos el país que queremos y al que no le gusta que se vaya o muera resistiendo en su ignorancia.
Somos un barrio decente, somos la buena gente, la clase media porteña, somos la amalgama que une a este país, que evita que se disgregue, que no caiga en manos de la brutalidad ignorante. Somos la reencarnación del Gran Educador Argentino, del que nunca faltó a la escuela, él es nuestro ejemplo; somos buenos, somos sanos, somos civilizados, somos la Patria, los de afuera, los otros, los ranchos, el conurbano pardo, deben ser vencido, no hay lugar para integrar lo inintegrable. Este es nuestro destino manifiesto, esta es nuestra CABA way of life, y que su lado oscuro, sus miserias se vayan a la recalcada concha de la lora.
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