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Este es el barrio del General Entrerriano, esta es su gente, esta es su magia y estas son, también, sus miserias más terribles. Hagan silencio, tómense de mi mano, sin temor, pero con precaución extrema, evitemos despertarla, no necesitamos ahora su ira despiadada, acompáñenme a escuchar a Dios, o al menos a quien en este barrio mágico, habla por Él.
II
LA CENTRALIDAD DE LA PERIFERIA
Las soledades de Babel ignoran
Que soledades rozan su costado
Nunca sabrán de quien es el proyecto
De la torre de espanto que construyen.
Así/diseminados pero juntos
Cercanos pero ajenos/ solos codo a codo
Cada uno en su burbuja/insolidarios
Envejecen mezquinos como islotes.
Y aunque siga la torre cielo arriba
En busca de ese pobre dios de siempre
Ellos se desmoronan sin saberlo
Soledades abajo/sueño abajo
Las soledades de Babel.
Mario Benedetti.
*****
Por un momento, solo por un breve instante, siente que algo va a suceder, una sensación metafísica que le indica que se avecina Lo Grande, y Lo Grande siempre adviene en forma de tragedia, de tempestad. Pero la sensación se desvanece pronto, la liturgia, transformada, cada semana más, en rutina, se impone y ocupa todo su ser, un ser santo, o al menos eso creen sus fieles, que lo observan, que lo escuchan, que lo obedecen. El padre Raúl Foris levanta la voz, toma la palabra, que es ahora la palabra de Dios.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios haya luz, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz “día” y a la oscuridad la llamó “noche”. Y atardeció y amaneció: Día primero.”
La grey mira, los fieles reales, los impostados, los que se creen pero no lo son, los de corazón puro, los de alma corrompida. Todos en silencio, el respeto ante Dios: el verdadero emisor primero, la causa única de todo, el creador de la existencia, y sobre esa creación, sobre el Génesis, Foris sigue leyendo:
“y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios, al ser humano a imagen suya.”
Podía leer, podía transmitir, mirar a cada uno de sus fieles con seriedad, con supuesta concentración, cualquiera que estuviera ahí vería al cura de su barrio adentrado en su fe, en la palabra de Dios, en su vocación de sacerdote. Porque Foris era ante todo, y más aún en estos tiempos, un burócrata. Y ahí estaba el problema. Él era, en exterior, un sacerdote dando misa, mientras pensaba en su interior en otras cosas: en el tedio, en los tiempos nihilistas que le tocaba vivir. Dios es ante todo Ser, Foris pensaba sobre todo en la Nada. Tiempos del nuevo milenio, el triunfo de las democracias liberales, el fin de la historia como anunció el japonesito ese, pensador privilegiado del gran imperio. El enemigo no existía más, la Nada asolaba. Todo era aburrido, los buenos tiempos habían quedado atrás, esos tiempos donde la lucha con Satán no se presentaba como la lectura fría del Génesis o cualquier otro pasaje de los textos sagrados, no, antes era distinto, antes Dios era verbo, pura praxis, el mal se combatía desde la acción. Como en el Génesis que leía mecánicamente a su congregación, se trataba de separar la luz de las tinieblas, de combatir la oscuridad de Satán con la luz de Cristo. La nueva luz de la modernidad reemplazaba la vieja luz espiritual, la electricidad para sacar el demonio del cuerpo, no eran torturas, era salvación. Los viejos buenos tiempos que no volverían, los tiempos veloces, los tiempos del verdadero Dios, del Dios que imponía temor, que no dudaba ante sus enemigos, que enviaba plagas, inundaciones, lluvias de azufre y fuego, el Dios precursor del napalm utilizado por los nuevos elegidos milenios después. Pero ahora sobrevenía el tedio, la Nada, el Dios creado por el hombre blando, el que perdona, el que tolera, el que respeta hasta lo imposible, un Dios vulgar. Prefería pensar como aquel filósofo que odiaba, pensar que esta nueva entidad a quien él representaba como miembro de la Iglesia no era Dios. Prefería pensar, a lo Nietzsche, que Dios había muerto. Eso le daba algo de esperanza, lo dejaba un poco más tranquilo. La sensación de que algo grande iba a suceder lo invadió una vez más, pero la burocracia de su oficio nuevamente la apagó. Foris leía a su iglesia atestada de fieles en este domingo 2 de diciembre del año 2001.
“Dijo luego Yahveh Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada. Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver como los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que le diera”
Le costaba tanto a Foris pronunciar ese nombre, lo hacía por oficio, tragaba saliva al decirlo, no podía evitarlo, como un mal trago que necesariamente tenía que tomar, reprimiendo la arcada que provocaba. Debería reescribirse el Antiguo Testamento, pensaba Foris, limpiarlo de semitismo, sacar esos nombres, esos éxodos, esas ciudades. Dios era Dios, Yahveh era una cuestión judía, y como toda cuestión judía era impura. Si Dios renacía, si el Dios Antiguo, amo y señor absoluto, implacable contra el mal, el Dios de la mano dura y firme volvía a reinar sobre la tierra, y Foris a veces, como esa mañana en dos ocasiones, pensaba que sería así; si Dios volvía a vivir, la Biblia debería ser reescrita, una nueva historia, la historia de la creación, la historia de la Iglesia Católica, de la verdadera fe, desprendida de basura hebrea, y un nuevo mesías que nos traiga la salvación. Otro Judío a quien sacrificar. Mataría más de lo que mató, Raúl Foris, por conocerlo.
“Entonces (traga saliva, reprime el vómito) Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que (traga, esta vez lo que reprime es un eructo) Yahveh Dios había tomado del hombre formó un mujer y la llevó ante el hombre”
El padre Foris da misa mientras piensa. Y piensa en el voto de castidad. Como ha exagerado todo el hombre. Dios mismo lo dijo, Dios habló a los hombres que están sordos ante su palabra. Dios, no Yahveh ese avaro usurero, creó al hombre, luego, ante su soledad le dio animales, y por último, y menos importante, creó a la mujer, y encima la creó impura. El hombre y los animales son elementos naturales de Dios, los crea de la nada, producto de su infinita sabiduría, de su incalculable poder. La mujer no. La mujer es creada desde un desecho de Adán, de una parte que Adán no necesitaba para vivir, que siquiera le causaba dolor o malestar su pérdida. La mujer es un producto impuro de Dios, una creación innecesaria. Era lógico que el mal vendría por ella. La impura trajo el desastre, la caída. Eva tentó a Adán. Eva escuchó al Diablo. Eva es culpable. Perdimos el paraíso por la mujer, enfermamos, sufrimos, sentimos dolor, morimos por su culpa. El voto de castidad era tan simple, no requería sacrificio alguno. El sexo no podía ser deseado, no había tentación. La mujer era el mal, y al mal se lo combate, no se le da placer. No coger era fácil, no coger era servir a Dios. Ahora, si la mujer era el mal el castigo físico sobre ella estaba permitido. A Satán se lo derrota actuando, provocándole daño, con fuerza y fe en Dios. Violar a una mujer era acción santa, ese era la única modalidad pasible del sexo para un verdadero cristiano. Qué época aquella, recuerda Foris, los viejos buenos tiempos del Dios verbo, del catolicismo en acción.
“Entonces (otra vez, ya casi sin saliva, traga lo que puede) Yahveh Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás”
Decide ir cerrando, abrevar, la náusea le sobreviene, es hora de concluir la misa de domingo, y cada uno que, por fin, se vaya a su casa.
“A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos. Con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido ira tu apetencia y él te dominará. Al hombre dijo: Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa. Con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos producirá, y comerás la hierba del campo. Con sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.”
Qué Dios fantástico, el Dios del Antiguo Testamento, el de la espada llameante con sed de justicia. La náusea se hizo total, Raúl Foris, harto y angustiado, puso fin al domingo en la iglesia Nuestra Señora de la Merced. Saludó a su rebaño obediente, cada uno se fue a lo suyo. Foris deseó sentir lo que, por dos veces ese día, había sentido: el advenimiento de la tragedia, de que lo grande, la tempestad, volvería por sus tierras. De que el barrio del General Entrerriano sería recordado por el verdadero Dios, y los impíos, los blandos perecerían. La sensación de que él tenía una misión especial en esta nueva era que llegaba, como ya había ocurrido, como tantas misiones había hecho. Pero nada sucedió. La fantástica sensación no retornó. Foris dicidió irse a dormir, desconectarse de esta realidad chata, aburrida. Rezó antes, como buen católico, a Dios. Le pidió que resucite, que vuelva a reinar con su fuego voraz esta tierra carcomida por el mal. Durmió sin soñar largas horas.
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Se lo pidieron solo una vez. Atendió el llamado su secretaria. Le pasó el mensaje. Mintió diciendo que estaba ocupado. Era una mentira a medias, después de todo no soportaba interrumpir el solitario en la computadora. Dos horas después le transmitió a Adela, su vieja secretaria, la resolución. Ella llamó al diario barrial para confirmar la buena predisposición del gran Periodista Independiente. Fue así como Marcelo “Chelo” Martínez escribió una nota en “El Héroe de Vences”, el diario del barrio del General Entrerriano.
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Está agazapado, contra un rincón de la sala, si supiera el dicho popular lo diría, exigiría que se cumpliera, sería su nueva fe aquello de “trágame tierra”. Pero la tierra sigue firme bajo sus pies temblorosos, nada sabe de tragar, mantiene a sus habitantes sobre su superficie, lo mantiene a él, con sus miedos y vergüenzas, con sus visiones de la degradación. Su palidez es preocupante, también lo es el temblor de su cuerpo, sus ojos abiertos parecen desconocer la necesidad humana de pestañear. Nada puede hacer, ni siquiera se anima a pensarlo, todo es indetenible, inevitable, es el destino que le toco: ser testigo mudo e ineficaz. Maldice su corta edad, su infancia débil, su cuerpito frágil, pequeño, absurdo. El sol comienza a ocultarse, serán cerca de las nueve de la noche, diciembre brinda largas tardes, calurosas y llena de horrores, al menos para él, que mira y tiembla. Por la ventana del departamento del 2° B de la calle Promesa Patria al 2338, en el próspero barrio del General Entrerriano, las sombras comienzan a ponerle a todo un manto de piedad, no por evitar lo que ocurre, sino por oscurecerlo, por taparlo con penumbras, mejor así, mejor no ver, mejor no saber, saber es la imposibilidad de seguir amando, saber es matar la infancia; porque ya no volverá a jugar después de esto, estará agotada su imaginación, su inocencia robada, el niño habrá muerto. Tirará todos sus juguetes, quemará todas sus figuritas, pinchará sus pelotas de fútbol, partirá a martillazos su metegol, irán directo a la basura sus juegos de mesa, derretirá con fuego sus soldaditos; sus luchadores, aquellos que solían participar de peleas épicas, serán descuartizados por tijeras sin sentimientos ni piedad. Toda la niñez será aniquilada. Mientras Agustín Casillas crece de golpe y de trauma, mientras renuncia irreductiblemente a sus seis años, ve como su padre arrastra de los pelos a su mamá, la golpiza ya lleva una eternidad de tiempo, y Agustín llora y maldice vivir. Le encantaría que lo tragara la tierra, pero tiene seis años y ni siquiera conoce, ya dijimos, la frase popular para nombrarla y que su magia pagana lo trague, lo engulla, lo desaparezca de la violencia de papá.
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Fácil decirlo, pero que quien me lo diga se siente acá, frente a la notebook, con el cursor del procesador de texto titilando sobre el blanco total y aterrador de fondo, el blanco que no es un color, ni una ausencia de color, sino que es una ausencia total, es la nada, la náusea, el desierto que crece, el cursor que titila como si fueran las aguas de un reloj, la temporalidad del ser, de mi mediocridad, que me condena, que me introduce en la nada. ¿Por dónde empiezo? Y cuando empiece, cuando al fin escriba los primeros caracteres, cuando forme las primeras palabras con conexión de sentido, cuando me introduzca en el relato y rompa el terror de la nada blanca ¿Cómo sigo? Es decir, si logro empezar ¿cómo continúo? Y si, por esas suertes inexplicables, puedo seguir, si a los primeros caracteres le siguen unos cuantos más, si el relato cobra cada vez mayor sentido, hasta que, quizás ocurra que el argumento logre solidez y sea realmente eso, un argumento y no un caos de conceptos académicos, si logro comenzar, si logro seguir, ¿cómo termino? ¿Cómo escribo aquellos caracteres finales que cierren el relato y le den su sentido total? ¿Cómo llegar a la totalidad? ¿Existe la totalidad? ¿Ocurrirá el final de mi relato? Quizás ocurra, quizás comience, quizás continué, quizás termine, quizás todos los caracteres juntos, los primeros, los que le siguen y los finales logren armonía y el trabajo sea realizado con eficiencia. Pero, ¿creo en lo que escribo? ¿A la capacidad académica, al expertise, le puedo añadir una fe militante? Después de todo, ¿el estado optimista no termina por idiotizar al ser? ¿Cómo escribir si no creo en lo que escribo? Tesis de mierda, Patria de mierda. Fácil es decirlo, que vengan los que dicen y escriban ellos. La puta que los parió.
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Marcelo “Chelo” Martínez se consideraba un afortunado. Había salido de la caverna de Platón, había dejado de ver sombras, de confundirlas con la realidad, había aprendido a que la realidad era una construcción humana, y la construían aquellos que tenían mayor poder. Esa realidad construida era la verdad aceptada por el gran público, y esa verdad era indiscutible, por más mentira que fuera. Odiaba al vulgo que nada entendía, que no había visto la luz como él, el iluminado Periodista Independiente. Pero a veces este oficio requería sacrificios, bajar al nivel del rebaño, embarrarse, mostrarse como un tipo de barrio, simple, campechano. Había que, de vez en cuando, volver a la caverna. Tardó dos horas, un vaso de whisky y un mensaje de texto de su joven amante que lo puso de buen humor, y un poco caliente, para decidirse. Escribiría una nota simple, vulgar, optimista, sobre ese barrio del orto que apenas conocía.
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Néstor Ibarguren revuelve, hurga, se empecina en buscar, no se rinde, no puede rendirse, por Matías y por Eva, tiene que seguir, se estira, alarga sus brazos un poco más de lo posible, le crujen las articulaciones del hombro, algo toca, bien en el fondo, duro, corrugado, áspero al tacto, tiene que ser lo que cree que es, un poco de suerte, una ayuda de Dios, una señal de esperanza. El calor de Diciembre arrasa sobre su cabeza, el sudor se escurre por sus axilas, pero se estira más, parecía imposible, pero lo logra, por Mati y por Evita, por ellos la vida, por ellos todo, venciendo la vergüenza ante las miradas condenatorias, estigmatizadoras, que logran la imposible esquizofrenia de condenarlo e invisibilizarlo al mismo tiempo. Toca otra vez, tiene que ser lo que su mano cree, porque su mano, sabia en su oficio, reconoce el material de su trabajo. Toma el contenido de lo que antes tocaba, su vista confirma lo que su mano sospechaba, un puñado de cartones, secos y de buen tamaño, salen del conteiner de basura, una señal, un poco de suerte, por Matías y por Eva, ahora la cena está un poco más cerca. Néstor sonríe y agradece a Dios. Mira al cielo, el sol refulge, relamido e indiferente, diciembre en la CABA es puro calor bochornoso, el país es bochorno también, incluso en invierno, pero Néstor es optimista, el estado optimista ayuda a vivir, a soñar con un futuro mejor, por Mati, por Eva, por su hijo, por su mujer. Camina con su carro cargado, siente su peso, se esfuerza, si pesa más mayor es la chance de cenar, se dirige hacia el próximo conteiner, y pide a Dios que la suerte siga.
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Julieta agacha la cabeza, su cuerpo recto, sentada a la mesa, su pelo rubio recogido en una cola de caballo, sus ojos celestes cerrados, repite junto a su familia.
—Padre nuestro que estás en los cielos.
Y si era su padre del alma, si estaba en los cielos observándola, ¿por qué no la ayudaba? ¿Por qué no la socorría del infierno que no merecía? ¿Por qué permitía el horror en su vida? Julieta piensa y reza.
—Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.
¿Será su reino celestial distinto que el reino de la tierra? Porqué en la tierra donde ella habita reina el mal, la depravación, el ultraje, la desvergüenza, el sinsentido, la tristeza. No conoce la obra de San Agustín, si la conocería pensaría en la tierra como un valle de lágrimas que nos permitirá, luego de atravesarla, la bienaventuranza de los cielos, pasar de ser ciudadanos terrenales a ciudadanos celestiales, civitas dei. Pero San Agustín está lejos, no hay manera de justificar el valle de lágrimas, lágrimas lacerantes, humillantes, desgarradoras. El rezo sigue.
—Hágase tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo.
Pero si ésta es su voluntad en la tierra, si el robo de su niñez es el designio de la Providencia, solo pensar que esa voluntad se modifique absolutamente, solo si adquiere un giro copernicano, podría producir en ella el optimismo de una vida alegre, sin sufrimientos, sin dolor. Pero pensar en la voluntad de Dios como contradictoria es pensar que Dios es imperfecto, y si Dios es imperfecto Dios, como tal, simplemente no existe, y ella necesita que Dios exista, solo Dios puede sacarla del dolor y la angustia.
—Danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Sobre el pan de cada día nada que decir, está rezando ante ese pan cotidiano, no solo pan, sino milanesas, puré, ensalada, desconoce ella lo que es el hambre y la carencia de alimentos, pero conoce la carencia de amor, la carencia de la dignidad que le usurparon. Perdonar ofensas, ¿la perdonará Dios a ella? Quizás ella provocó toda esta situación, quizás es la culpable, como Eva fue la culpable por tentar a Adán, así le enseñó su maestra de catequesis en Nuestra Sagrada Bendición de Cristo, las mujeres son las culpables, por eso mamá sangra cada mes, es la mancha de la culpa, el castigo de Dios, ese Dios al que ella ruega que la perdone.
—Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal. Amén.
Reza con intensidad la última frase, líbrame del mal, líbrame del Monstruo, porque los monstruos existen, papá le dijo que no, que eran cuentos para asustar chicos, pero los monstruos están ahí, en la realidad, no vienen de cuentos, conviven con ella, es el Monstruo que la atormenta, que la hace sufrir, que se agazapa y ataca por las noches, en silencio, cuando el mundo duerme y nadie la cuida, es el Monstruo que la hace creer culpable del mal, que le hace pedir a Dios, a ese Dios que tiene que existir, que es su única escapatoria ante la realidad que la atormenta, que la libre del dolor, que la libere del Monstruo. Si hubiera leído a Dostoievski diría la frase, pero, al igual que ocurre con San Agustín, la niña ni siquiera conoce al escritor ruso, “Si Dios no existe todo está permitido”, por eso la existencia de Dios se vuelve para ella condición necesaria para volver a ser feliz, todo no puede estar permitido, lo que le pasa a ella no puede estar permitido.
La familia Aversente termina de dar gracias a Dios y se dispone a cenar, allí está Julieta, allí están también papá y mamá, allí está también el abuelo que le guiña a ella un ojo cómplice del horror que vive desde hace un año.
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GENERAL ENTRERRIANO
Lunes 3 de diciembre de 2001
Opinión
EL HÉROE DE VENCES
(La razón del barrio)
Por Marcelo “Chelo” Martínez.
El domingo di un paseo. No fue un paseo familiar como los que suelo dar. Fue algo solitario. Un domingo reflexivo, una introspección. Les cuento. Podemos comenzar adjudicando un culpable, es necesario buscar las causas de las cosas, soy periodista, lo sé muy bien. Busco responsables, de forma implacable, profesional. Lo hago por mí, por mi republicanismo, y también por usted, que como yo, a pesar de todo, ama este país. El culpable, amigo y fiel lector, fue el desvelo de madrugada.
Me desvelo mucho últimamente, es mi cruz, que soporto porque es necesaria, llevo el peso de mi responsabilidad, debo contarles a ustedes la verdad, iluminar con la razón tanta oscuridad que nos invade, defenderlos de los falsos profetas, de tantos sofistas que ejercen, con mal tino, con avaricia desmedida, esta noble profesión. Pero vayamos a lo nuestro. Se preguntará usted que hago acá, escribiendo en su diario barrial, algo les anticipe: fue el desvelo.
Madrugada del domingo 2 de diciembre, el amanecer estaba anunciado para las 5:45 horas, y me sorprendió despierto, en el sofá de mi casa, pensando en la Argentina desde hacía unas dos horas. Decidí recibir el alba de a pie, en la calle, como cualquiera de ustedes. Salí, entonces, a caminar.
La Ciudad de Buenos Aires es fantástica, de noche y de día, y es más fabulosa aún, casi mágica, en la transición de ambos. El sol aparecía, tibio al principio, con la descomunal fuerza de diciembre después. Y acá la historia se precipita. Pensaba caminando, como en el sofá de mi casa, como cada domingo en mis columnas del “Estado Patricio” y “Vecinos de la Argentina”. Pensaba en lo que viene, no mucho en el pasado, tenemos que construir el futuro, por nuestros chicos, el mayor tesoro de la Argentina. Pensar el futuro es ocuparnos de él, es un deber moral hacerlo, se vienen cosas buenas, se lo prometo, Argentina está incorporada al mundo, a la modernidad capitalista, de las crisis se aprende, las crisis abren oportunidades, los expertos del mundo están en nuestro país, saben, y esto es indiscutible, como solucionar nuestros problemas. Despreocupémonos al menos por un rato. Dejemos que los buenos técnicos hagan su trabajo.
El pensar evadió mi caminata. Caminé mucho, muchísimo, sin pensar una ruta, sin mapas orientadores, sin guías urbanas. Caminé al azar. Al menos eso pensaba. Me equivoqué. Mi corazón me llevó, desde el inicio, al lugar donde sabía iba a latir más fuerte. Eran las siete de la mañana cuando llegué al barrio del General Entrerriano. Su barrio querido amigo.
Estaba en el Parque La Libertadora. Dos veces fue liberado nuestro país de sus sádicos tiranos, en el Palomar de Caseros aquel majestuoso tres de febrero, y en aquellas albas de septiembre que el enorme George Louis poetizó.
Funcionó, aquí en este parque, un cementerio durante el siglo XIX. No le leí en ningún libro, no lo sé por ser periodista, lo sé porque en algún momento, hace ya unos años, fui nieto de Don Nicanor.
La buena población argentina descendió de los barcos. Construyeron, junto con la clase gobernante ilustrada local, la gran generación del ochenta, este país. Lo hicieron un gran país, una potencia. Todo se destruye después del 45. Una tristeza. Pero salgamos de este lugar. Hoy no voy a hacer política, aunque me tiente, hoy voy a ser un tipo más, como usted, que recuerda sus orígenes, sus lugares, sus aromas. El aroma del abuelo. Don Nicanor olía a tabaco para pipa, sus grandes enseñanzas me las dio mientras mordisqueaba su vieja pipa, la trajo del viejo terruño, de la Italia pobre de la que escapaba. Vino con esa pipa, con Florinda, mi abuela, y con nada más. A los seis meses tenía su tintorería. A los dos años compró su casa. El país de las oportunidades recibía así a los inmigrantes con ansias de trabajar, como lo indica el Preámbulo de nuestra constitución. Venían del otro lado del océano, venían con el sueño de construir una patria. Lo lograron. Después la lacra de la Segunda Tiranía lo echaría a perder.




