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Era el año 1908, Don Nicanor y Doña Florencia pisaban la gran Argentina que se aproximaba al centenario de su génesis. Se instalaron aquí, en su barrio, en este barrio del General Entrerriano al que mi desvelo me trajo esa mañana calurosa, enigmática. El Parque La Libertadora, el viejo cementerio que mi abuelo me enseñó. Su barrio amigo lector: con su majestuosa iglesia Nuestra Señora de la Merced, inaugurada dos décadas antes que mis abuelos, como buenos católicos, recibieran misa entre sus muros, quemada por los bárbaros en el 55, reconstruida por la voluntad y la fe de los vecinos, a quienes seguro, soy creyente, Dios cobijo. Su barrio querido lector: con su Plaza del Autor del Matadero, que describió sin tapujos, y con coraje, la primera de las tiranías, nuestro George Louis se encargaría de condenar literariamente la segunda. Su banco Nación; sus escuelas públicas, aquellas de principios del siglo que pasó, sede de las sanas generaciones que se instruían, fuentes de inspiración para la juvenilia de Miguel Cané. Sus veredas arboladas y anchas. Algunos rastros muestran, como sobrevivientes arqueológicos, que los tranvías solían circular estas calles adoquinadas. Sus colegios católicos, de exquisita educación, su biblioteca popular (no populista, por favor es imperioso no confundir los términos). Con su teatro 9 de Julio, hoy lamentablemente con sus puertas cerradas, su magia ruega re inauguración, quizás alguien la escuche, quizás no, pero quiero soñar que pasará. Su Avenida de los Triunviros, centro comercial, mercado activo de la zona. Su ferrocarril, que le dio vida, como una arteria que conecta un órgano con el todo corporal. Su Estepa Rusa, aquella zona alejada de historias de arrabal y tango.
La vida llevó a mis padres hacia otros lugares de la CABA, otros barrios, otras historias, Pero estuve ahí, esa mañana, desvelado, con el corazón palpitando de alegría. Resucitando mis raíces, mi genealogía, el origen de mí ser. En lo más profundo de mi corazón, sepa querido amigo, que su barrio es también el mío.
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Siempre escucha el despertador, su sueño es liviano, cada sonido, aún los casi imperceptibles para el oído relajado, es percibido por su cerebro alerta, es que cada sonido puede ser el comienzo de la brutalidad, de la golpiza, del sufrimiento de mamá, de la locura violenta de papá. Por eso esa mañana, como todas las mañanas, Agustín escuchó el despertador a las 6 y 30, era hora de ir a la escuela, las últimas semanas del primer grado lo esperaban.
Para Agustín el año había transcurrido de forma insoportablemente lenta, cada día, cada noche latía el peligro de papá, de su fuerza incontrolable, de los llantos de mamá, angustiantes, imposibles de soportar. Si el día pasaba en tranquilidad, si papá no sacaba su furia, si sus padres eran felices, él agradecía a Dios rezando un padrenuestro, porque era sin duda Dios el que lograba mantener a papá calmado, porque papá sin la ayuda de Dios era realmente peligroso. Dios los ayudaba, Dios era bondad, como se lo habían enseñado en su colegio, la maestra de catequesis de la Sagrada Bendición de Cristo hablaba de la infinita bondad de Dios, el gran padre Foris lo hacía, les enseñaba que Dios todo lo podía, que Dios todo lo perdonaba, que Dios era amor, y ese amor de Dios era el que calmaba a papá, el que hacía que mamá sonriese en vez de llorar; y ese infinito amor había que agradecerlo, Agustín, por eso, rezaba su padrenuestro antes de acostarse a dormir. Aquellas noches en que el amor de Dios parecía no alcanzar, las cuales eran cada vez más, cuando papá no podía contener su furia, cuando papá volvía a ser peligroso, y mamá terminaban lastimada, dolorida, en llanto desconsolante, Agustín rezaba igual, pedía fuerzas, pedía que Dios, que es amor absoluto, no lo abandone, que no dejara a mamá, que calmara a papá, que les diera paz. Si papá se enojaba, si papá le pegaba a mamá, si papá desataba su furia, no era Dios el que había fallado, era él el culpable, él que no rezaba lo suficiente, él que no agradecía lo necesario, porque Dios es amor y bondad infinita pero también requiere nuestra atención permanente, nuestro rezo, nuestra fe inclaudicante, así se lo había explicado el Padre Foris, que era, según a él le habían enseñado, un hombre que sabía la palabra de Dios, que conocía a Dios mejor que nadie; y Dios, decía Foris es amor indeterminado, amor para todos, por eso le llamó tanto la atención esa chica, que era tan linda pero tan callada, esa chica que sin saber porque ya no podía dejar de mirar. No era su amiga, por el momento, sería mucho más que eso en poco tiempo, pero hay que ir despacio, contar los hechos con calma, interpretarlos lo más serenamente posible. No eran, decíamos, amigos, aunque había existido un encuentro pasado, pero fue irrelevante, se habían visto fuera de la escuela, sus familias se conocían, sus papás trabajaban juntos, habían ido el verano pasado a la quinta de su abuelo; todos, mamá y papá, en familia. Pero después de eso no hubo nada. No lograron jamás pasar del mero compañerismo frío, de la convivencia indiferente en el aula, siempre ella ponía distancia, siempre una tristeza silenciosa los separaba. Pero esa chica se había decidido a hablarle, el silencio separador comenzó a romperse, fue apenas la semana pasada, cuando vio en su cuaderno de catequesis la imagen dibujada por él, de su familia, en épocas de papá calmado, felices, sonriendo todos, con su casita de fondo, con un sol refulgente como el de ese diciembre en la CABA, y con un frase por encima, que titulaba la obra, que le daba sentido, “Dios nos ama” decía, y era verdad, para Agustín Dios los amaba, aunque a veces papá se olvidara de eso. La chica, rubia, de unos ojos celestes profundos, hermosos, pero tristes, apagados, sin pasión, se acercó a él y dijo la frase que tanto asombró a Agustín, que lo espantó, pero que al mismo tiempo lo enamoró, lo vinculó a ella como nunca antes se había vinculado a alguien, era un proceso de empatía que comenzaba entre ambos niños, “Dios no existe” le dijo Julieta.
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El aula durante la hora de plástica es un caos, nadie sentado, el espacio aéreo es invadido por todo tipo de objetos: papeles, biromes, gomas de borrar, escupidas, todo circula buscando objetivos a lastimar, a molestar. Hay corridas, voceríos ensordecedores, un alumno salta y grita en su oído, lo hace una vez, y otra, luego una vez más, y otra, lleva más de veinte minutos realizando tan fatigosa, y fatigante para quien la padece, acción, ella no se enoja, pide casi en susurros la vuelta a la calma, les dice que está mal lo que hacen, pero su voz es leve, no hay autoridad, y los adolescentes del primer año del Instituto Nuestra Sagrada Bendición de Cristo son hijos del rigor, sin rigor te comen crudo, te gritan, como este pendejo, en el oído, te faltan el respeto, te escupen como la escupen a ella, su espalda, su saco que solía ser negro es ahora blanco burbujeante de la cantidad de saliva que tiene, de un mechón de su pelo, ya grasiento por falta de champú, se desliza un espesa escupida verde y le cae en la cara, ella la limpia con su mano, se refriega la escupida en el pantalón. Pide calma otra vez, y otra vez el efecto es nulo, ella no se inmuta, es que casi nada de ella está allí, en el aula, su esencia, el sujeto que solía ser está muy atrás, casi treinta años de viaje hacia el pasado, de trip, como esos trip que la hacían volar, que le hicieron pintar sus mejores cuadros, que se los hicieron quemar también cuando el viaje era bajón, negativo; pero no es esa clase de trip el que la transporta ahora, este trip es inspirador, le permite escapar del caos presente, es un trip relajante, como esos viajes de ácido de los 70´, que la aleja del aula, que le brindan un escape. Su mente navega por la temporalidad, su ser viaja, solo su cuerpo está allí, ese cuerpo que recibe el impacto de papeles, de escupidas, de insultos y faltas de respeto de pendejos abusivos y mal criados. Miriam González está en pleno trip y sonríe mientras el contenido de una botella de coca-cola de medio litro le baña el cuerpo.
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Siempre tiene la misma sensación cuando el avión aterriza en Ezeiza, no es una sensación de vacío, no, tampoco la invade la simple añoranza por las vacaciones finalizadas, ni la congoja por regresar a esas bellas playas de Miami, todo eso no pasa por el corazón ni la mente de Susana Danti, no, la sensación es otra, la invade la desesperante idea de ser una más, del igualitarismo asfixiante, de ser una simple sudaca, rodeada de negros ignorantes, de villeros, de resaca latinoamericana. Al arribar a Buenos Aires adviene la realidad de no ser clase alta, de ser la inamovible, aburrida, reseca y cursi clase media. La ilusión del uno a uno, del derroche de dólares termina cuando la mierda porteña se instala bajo sus pies. Susana es ahora una más, una clasemediera como cualquier otra, conviviendo con la negrada, con la indigenada argentina. Miami ha quedado atrás y con él quedaron atrás los sueños de Susana, sueños de rodearse con famosos, de comprar esas fantásticas carteras, esos maravillosos vestidos, de no ver negros atorrantes y borrachos a su alrededor, invadiendo su barrio, merodeando su casa siempre en riesgo de ser robada, negros de mierda que te llevan a la paranoia del miedo a todo, de que maten a sus hijos, de que la violen, del asalto permanente a su justa propiedad privada. Susana dejó Miami pero su corazón quedó allá, su esencia pertenece a ese fantástico lugar, lleno de magia y glamur y no a este país de mierda, sudaca, roñoso e incapaz de progresar.
El Boing 747 de American Airleans aterriza en el aeropuerto internacional de Ezeiza a las 18 y 15 horas del 3 de diciembre del año 2001. Susana vuelve a la realidad que tanto odia.
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Una mujer camina por su lado indiferente, su cara es de angustia, nada nuevo le ocurre, no son noticias negativas recientes, es simplemente la cara de no querer resignarse a vivir entre desiguales a ella. Pero a Vanesa Bilotti poco le importa indagar sobre caras y destinos de prójimos lejanos, ella tiene sus propias preocupaciones, sus propios problemas, sus propias angustias. Se va, la deja, no hay fecha de retorno, no hay período de espera, la espera será la incertidumbre de no saber cuándo lo volverá a ver. Mira como sus padres lo abrazan, como mamá llora, como la familia se despide. Se siente una extraña en el grupo, no la une a él la sangre, la une el amor escogido, el noviazgo pasional, dos años amando para esto, para ser una ajena no consanguínea despidiendo hasta quizás nunca al amor de su vida. Juan se va, Juan la deja, Juan no se sabe si volverá, lo espera la vieja España, dispuesta a que Juan le limpie bien el culo, le lustre su soberbia de nuevo rico, su prepotencia de madre patria. Ulises viaja y no se sabe cuánto durará su travesía, Penélope se queda tejiendo las miuras de su corazón roto. Es en ese momento, mientras Juan se acerca y la abraza y la besa y llora en su hombro, cuando Vanesa siente ganas de mandar a Homero, a la Odisea y a la crisis de su puto país a la recalcada concha de la lora.
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Creo que fue Leopoldo Marechal el que alguna vez escribió que la Patria es un suceder, una imposibilidad infinita. Sigamos este razonamiento: la Patria es una imposibilidad que nunca termina, es eterna, se proyecta hacia el futuro en modalidad perpetua, jamás dejará de moverse, su dinámica es inmanente, siempre fluye, y es por eso un suceder, pasa todo el tiempo, nunca dejará de pasar. En esa imposibilidad infinita nada estará quieto, el movimiento que le otorga la perpetuidad la convierte en una imposibilidad, lo posible no es eterno, lo posible se encuentra en el mundo en calidad de praxis, de verificación, de empírea, de contrastación. La Patria no es praxis, o es en todo caso una praxis en movimiento, una praxis que muta, que vive en vértigo, en constante devenir. La Patria es un devenir, un suceder, nada hay fijo, nada es pétreo, nada es para siempre, todo es modificable. Aquí se encuentra el dato esperanzador. Si la Patria muta, cambia, si nada es inmodificable, llegará el día en que de ese movimiento permanente surja la equidad, la Patria justa, la Patria de todos y para todos. Marechal peca de optimismo, su peronismo, su adhesión al primer Perón lo hace soñar, le hace creer, la Patria podrá ser, piensa el escritor de Adán Buenosayres, de todos, los desposeídos serán iguales a los que poseen, llegará el fin de la marginalidad. El Estado de bienestar se cargará la Patria a los hombros y la conducirá a la equidad: justicia social, independencia económica, soberanía política, son las tres banderas hacia donde la Patria deviene, es esperanzador que la patria se mueva hacia ese lugar, es esperanzador pero es mentira.
La Patria, querido Marechal, -escribe Daniel García-, no es un suceder, no hay movimiento, el devenir está petrificado desde su génesis. La Patria nació fija, pétrea, sin movimiento, no se eyecta hacia el futuro, vive en la modalidad del pasado, vive como nació, la Patria es de unos pocos, ellos la hicieron, ellos la cuidan, ellos matarán por conservarla en su poder. La Patria es la voluntad de poder nietzscheana, se conserva y avanza sobre quienes buscan sacarla de su modalidad estática, se avanza matando, se avanza sometiendo, se avanza anulando todo proyecto que la quiera sacar de su estado natural de inmovilidad permanente. La Patria es de ellos, de nosotros nunca. Iniciar una tesis sobre el significado de Patria con la definición marechaliana sería entretenido, sería un comienzo optimista, pero ya lo dije, el estado optimista idiotiza al ser, Marechal vio al Estado de bienestar peronista y confío, y no lo culpo, hizo bien, pero la historia que le siguió no fue feliz, la marina bombardeando Plaza de Mayo, el terror militar, la disciplina del Consenso de Washington, el neoliberalismo que vino a colocar a la Patria en el lugar que le corresponde, el lugar que le dieron sus creadores, el lugar de la inmovilidad, el lugar del no suceder, del no devenir. Porque la Patria fue creada por ellos, me lo contaron mis maestras del primario, una y otra vez, como ese relamido discurso de que tenemos todos los climas y el mejor de los suelos. La fertilidad de la tierra como posibilidad de progreso, la tierra fértil dio a luz a la Patria oligarca, esa que odiaba Eva, que la odiaba con pasión, con fuego, como la odiaron a ella, tanto la odiaron que bendijeron su cáncer, que brindaron su muerte. A la Patria la crearon los dueños de las tierras fértiles, ellos preñaron esa tierra, la penetraron en forma viril, violenta, a lo macho argentino, se la cogieron, son los padres de la Patria, los dueños de ella, es puro patriarcalismo, el padre es el dueño de su vástago, de su creación, la Patria es la hija de la oligarquía machista, viril y asesina. Se las dio Rivadavia con su Ley de Enfiteusis, se las dio Roca con su Conquista del Desierto, la Patria nació ilegitima, todo fue ilegal, la usurpación violenta del territorio, la Patria nació de la violación a la tierra por parte de la oligarquía, la penetraron por la fuerza, la preñaron sin consentimiento y se adueñaron de su resultado: la Patria es de ellos, no es un suceder, no es una posibilidad infinita, es una realidad injusta, es una posibilidad cerrada, es de ellos, y los demás miramos de afuera, muriéndonos en la inanición, sufriendo la perpetuidad del no movimiento, sufriendo la violación originaria, la violencia, el poder del preñador.
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Llegó a casa, un monoambiente sobre la calle Conquista de la Barbarie al 3100, frente a la Plaza del Autor del Matadero, aún llora. Despedida de mierda. Su suegro ¿o ex suegro? Que delirio no saber, la acercó a su casa. Juan se fue, el monoambiente está opaco, parece enorme, inabarcable por su ausencia. Él se fue y ella está acá, tirada en el sillón, con la tele prendida, el noticiero anuncia un nuevo robo, un nuevo asesinato, crisis y más crisis. La angustia la envuelve, la depresión la invade. ¿Por qué se fue? O peor aún ¿Por qué no la llevó? ¿Por qué nunca le dijo de irse con él? Hubiera aceptado, se hubiera ido corriendo de este país de mierda. A sus veintidos años siente que no pertenece a este lugar, se sabe frustrada, nada tiene la Argentina para ofrecerle, nada quiere ofrecer ella tampoco. Agarra el blíster, saca 0,5 miligramos, los toma bajándolo con un poco de agua, deja el blíster, se arrepiente, vuelve a tomarlo, necesita 0,5 miligramos más. El alprazolán apagará la angustia, al menos por un rato, pero está bien así, en esta Argentina imposible pensar más allá de un rato, nada se puede proyectar acá, es el país de la inmediatez, el anti-proyecto, la anti-ilusión, porque nada se puede proyectar en un país que se hunde cada día más en la mierda. El sueño comienza a llegar, la somnolencia va ganando terreno, mientras la televisión pone en primer plano a un hombre, su tez es oscura, reclama trabajo, pide por sus hijos, muchos hijos tuvo, está cortando con su familia la avenida Corrientes, a la altura del Abasto, no es solo su familia, son muchos más, vienen de Jujuy, hablan sobre la privatización de YPF, que quedaron en la calle, que fueron expulsados del sistema. Pero Vanesa se duerme, solo percibe sombras, sombras negras, sombras de negros, que país de mierda piensa somnolienta, mi Juan se va los negros se quedan. Finalmente Vanesa se duerme. En unas horas, pasados los efectos del ansiolítico, despertará para vivir en un lugar que odia.
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Cenan los tres juntos, en familia, como lo hacen siempre, lo que no sucede siempre es la cena, pero está vez Dios ayudó, el cartón fue vendido y la cena fue comprada, por eso está ahí, frente a ellos. Néstor Ibarguren bendice los alimentos, Eva y Matías cierran los ojos y agradecen con él, una noche afortunada para ellos, no siempre sucede, y cuando sucede hay que bendecir, para que se repita, para poder cenar mañana, y pasado, y no vale la pena pensar más, el futuro es para ellos inmediato, cortoplacista, pensar más allá de uno o dos días es una tontería, no se pude planificar nada cuando es nada lo que se tiene, cuando se vive en la marginalidad, cuando la vida es solo suburbio, cuando la pobreza te invade e invade a tus hijos y te avergüenza decirles que no, que no hay plata, que no hay juguetes, que no hay ropa nueva, que, tristeza de tristezas, vergüenzas de vergüenzas, no hay comida. Néstor agradece el hoy, su alimento de esta noche, mañana se verá, y piensa en su padre, en su madre, en su infancia, tan distinta, tan digna, tan feliz, y llora por no poder darle a su hijo el mismo presente, asegurarle un destino próspero, se indigna y se avergüenza de su fracaso. Piensa en papá trabajando en la fábrica, en mamá cocinando la cena cada noche, en sus meriendas de la tarde, sus cafés con leches, sus galletitas. Piensa en papá volviendo cansado del trabajo, cansado pero con la frente en alto, lleno de dignidad obrera, mucho antes del colapso, del cierre de la fábrica, de las nulas explicaciones, de los patrones fugándose con todo, del desempleo masivo, del banco rematando la casita de Flores, de la mudanza a Villa Severino, de las primeras noches sin cena, del abandono de la lucha, del alcohol entrando en la vida de papá, de mamá encaneciendo, llenándose de arrugas. Piensa en la brutal caída de su familia en la marginalidad, en los milicos controlando todo, en los obreros con la boca cerrada y los bolsillos vacíos, y en las panzas que comienzan a crujir pidiendo alimentos. Piensa Néstor en Villa Severino, que crece con sus casitas de chapa y cartón, en la entrada de las drogas, en los transas reventando a tiros al que se atreviera a cuestionarlos. Mientras, la democracia mostraba su lado más obsceno, el presidente de turno en Ferraris, sus bailes con odaliscas, y toda la corrupción pornográfica. Y entre tanta mierda asomaba la vida. El amor de Eva que se llamaba como aquella que mamá tanto admiraba. Eva, oriunda de Merlo, pero que llevaba muchos años viviendo en Severino, entregándole su amor, y su hombro trabajador. Y la llegada de Matías, el hijo buscado. Ese hijo por el cual Néstor comienza a pensar que la lucha vale la pena, la pelea por él, por ella, por los tres juntos. Nada podría detener ese amor. Hay que salir a la calle y revolver la basura de la ciudad capital, ostentosa y soberbia, prejuiciosa y agrandada. Para llegar al presente de hoy, a la cena de esta noche, a estos fideos con tuco que saben a la gloria del hambre sosegada, y mañana, mañana se verá, por ahora Néstor se limita a agradecerle a Dios por la simple felicidad de este momento. Cenan en familia, sirenas policiales se escuchan en el entorno, otra vez la bonaerense entrando a Severino, algún transa se olvidó seguramente, y valga la paradoja, de transar con ellos, irán presos o algún gatillo fácil les recordará la gravedad de su olvido.
Néstor cierra sus oídos al ruido ajeno, externo, siempre amenazante. Acaricia con su mano derecha la cabeza de su hijo, mientras su muñón izquierdo permanece impasible e inútil en su regazo. Fatalidades que pasan.
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Deambuló por quién sabe dónde toda la tarde, es de noche cuando llega a su casa. Se desnuda, se mete en la ducha, el agua limpia la gaseosa pegoteada en su pelo, el jabón elimina las escupidas secas en su rostro, sigue viajando mientras se enjabona, recuerda. Recordar le evita el presente, y el presente es un sinsentido, ni siquiera es sufrimiento, es aún peor, es la nada, es el nihilismo, el desierto que avanza y no se detiene, y el viaje la aleja, la evade de ese lugar, la remonta a sus años felices, cuando tenía amigos, cuando creía en la lucha, cuando peleaba por un mundo mejor, recuerda las charlas, los debates políticos, las peleas dentro de la militancia, las lecturas, recuerda a Marx, a Gramsci, a Fanón. Pero el viaje deriva al lado oscuro, el trip la lleva a donde no quiere volver: recuerda el 20 de junio de 1972, recuerda el quiebre, su desazón, su derrape, cuando la decepción cambió la militancia por la adicción, las drogas entrando en su vida, el ácido en exceso que le evitaba sentir la tristeza que le invadía el alma, la traición del viejo, la inutilidad de tanta lucha, “luche y vuelva” decía la consigna, y ¿para qué? Para que nos cague, para que nos dé la espalda, para poner al Brujo al frente de todo, era demasiado, era inaguantable, era el final del credo, de la fe, de la militancia. El ácido borraba el mal recuerdo, el sexo libre, el descompromiso, el hipismo sinsentido, la paz como símbolo pero no como pelea. Era la muerte de los sueños, el nacimiento de las drogas alucinógenas, que ilusionaban con una realidad menos deprimente, menos dolorosa, a la mierda el viejo, a la mierda la JP, a la mierda los sueños de construir la patria socialista. El ácido era su nueva fe, su nueva militancia, borraba de ella la tristeza, la hacía soñar, todo iría bien. Pero el nuevo sueño moriría también, comenzaría los viajes malos, los trips oscuros, la decadencia alucinógena, sus cuadros en el fuego, sus poemas en la basura, su dejadez, su locura, su estado de ausencia. Miriam González se termina de bañar, una sonrisa acompaña su rostro, siempre está allí, una sonrisa vacua, una sonrisa de quien ya no está dentro de la realidad, de quien ya hace muchos años se resignó a sobrevivir mientras la vida pasa por su lado.
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Madrugada cerrada, oscura, calurosa, bochornosa; esta última palabra es el adjetivo que mejor califica a la noche, el bochorno que comenzó justo a las dos de la mañana, cuando la puerta se abrió, en forma lenta, terrorífica, y la sombra de su abuelo se expandió por su habitación, amenazante, ladrona de su niñez, de su inocencia, que estaba rota, que nunca volvería. Cierra los ojos, conoce bien el ritual, siempre es el mismo: abuelito se sienta en su cama, abuelito le acaricia el pelo rubio, espléndido, abuelito sonríe, abuelito baja su mano izquierda, la derecha no, abuelito la tiene ocupada con otras cosas, igual de urgentes, igual de necesarias, y abuelito acelera su mano invasora sobre ella, llega a su cola, la aprieta, le hace doler, sus dedos invaden su privacidad, su femineidad en latencia, en desarrollo, que no llegará plena, por el robo, por el hurto deshonesto de su libertad, abuelito mueve sus dedos, la penetra, por delante, por detrás, el dolor la invade, cierra con mayor fuerza los ojos, sabe que soñar no la sacará de la pesadilla, la realidad es insoportable, pero no hay evasión, hay dolor, hay angustia, insuperable, incorregible, pero cierra igual los ojos, retiene el llanto, falta poco, lo sabe, es hasta que ese líquido blanco, viscoso, horrible, salga del pito del abuelo, ahí parará todo, abuelito se irá, ella dormirá otra vez, sobrevivirá una noche más, queriendo morir, queriendo escapar, pero sabe que no lo logrará, está plantificada en la tierra, en su realidad tan espantosa, en su niñez de mierda, siente el gemido de su abuelito, señal de que el líquido emanó de su pito, todo terminó, el terror quedó atrás, será hasta mañana, o pasado mañana o, en todo caso, hasta demasiado pronto, cuando recomience el ciclo, cuando la puerta una vez más se habrá, en la noche oscura, calurosa, bochornosa, y ella, cerrando los ojos, soporte una embestida más de su abuelo. Abuelito se levanta y se va, ella abre los ojos, ve su sombra alejarse, abuelito se da vuelta, sonríe, es feliz, una cadena cuelga de su cuello, la imagen de una cruz pende de ella, es Jesús, crucificado por todos nosotros, así se lo había enseñado el padre Foris, abuelito ama a Jesús, y Jesús es hijo de Dios, ella tenía razón, bien se lo dijo a ese chico, que le gustaba tanto, que la entendía tanto, Dios no existe le había dicho esa mañana en el colegio Julieta a Agustín. Viendo lo que pasó esta noche podemos subscribir la hipótesis de la niña.




