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Sergio sonríe, acepta la cena ¿Quién dijo esa boludez de que la vida es una herida absurda? Seguro lo dijo un negro vago, piensa Sergio.
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El colectivo la deja a unas cuadras, igual llegará a horario. Camina por el Boulevard Cuyano hacia la altura 5244, allí la espera la casa de los Alvear, porque la casa es del señor Alvear; Aversente, Franco “culo gordo” Aversente es solo un inquilino de lujo y nada más. Su día laboral dará comienzo. Toca el timbre, tardan en abrirle, el señor Pedro no debe estar, él nunca tarda en abrir, él es un caballero, todo un hombre, pero su hija no, su hija se toma todo el tiempo del mundo, total ella se rasca la argolla todo el día, piensa Eva Ibarguren, y yo la boluda cagada de calor acá afuera. Al final la mujer abre, Eva la saluda.
—Buenos días señora Verónica
—Buenos Días Eva.
Eva pasa, enseguida el aire acondicionado la envuelve, fresco, hermoso, hay otra vida piensa Eva, hay otras vidas, y todas son mejor que la mía.
—Meté un repasito general Eva, y ordenale la habitación a Juli, creo que hoy me traigo a un amiguito para que juegue, así que compra leche y unas galletitas. Me voy a correr en la cinta un rato. Después nos vemos.
La casa es enorme, el repasito general llevará unas horas, ordenarle la pieza a Juli es un oxímoron, la nena es un culto a la prolijidad, el día al parecer será tranquilo piensa Eva y comienza a trabajar.
En el gimnasio de la casa, en el subsuelo, Verónica corre sobre la cinta, cuarenta minutos se plantea, hay que mantener el físico, sino los treinta años te caen en la cabeza piensa Verónica, las tetas operadas quedan, pero mantener el culo requiere esfuerzo. Verónica corre, transpira, Eva trabaja. Eva va a la habitación de Julieta, a ordenar lo ordenado, pero bueno, la patrona es la que manda, aunque sea una estúpida siliconada. Entra a la habitación, ella se sorprende tanto como él.
—Perdón señor, no sabía que estaba acá
—No pasa nada Eva, pasá nomás, dice Pedro. ¿Estás muy linda hoy Evita? Te pareces a ella hoy, con el pelo rubio recogido, te falta el traje sastre nomás. Pedro sale de la habitación y le guiña un ojo a Eva, seductor como siempre. Eva se sonroja, compararla a ella con Evita, con la abandera de los humildes, ese señor sí que es un caballero, todo un hombre, piensa Eva y se olvida de lo que vio. Se olvida Eva de Pedro de espaldas, oliendo algo, se olvida Eva de Pedro escondiendo eso que olía en el bolsillo de su pantalón, se olvida de todo Eva ante la seducción de Pedro. Pero Pedro no se olvida de nada, está en su habitación, pensando, Pedro siempre piensa, espero no me haya visto, espero que esta negrita de mierda no diga nada si me vio, es lo que piensa. - - Lo espero por su bien- murmura en voz baja, mientras huele una vez más la bombacha de su nieta.
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¡Qué viajecito por dios! El soliloquio del otro, del que no coincide, del diferente. Pero el diferente también integra la Patria, piensa Daniel. Todos somos la Patria, incluso los incompatibles a uno, incluso el taxista que lo trajo a su casa. Fue un error, ahora lo sabe, el subte es más anónimo, o el colectivo, pero el taxi no, tomarse un taxi te introduce en la insoportable levedad del discurso fácil, común, la charla vulgar, el debate político asertivo, desubstanciado. Apenas subió el taxista lo arremetió, ni chances de defensa tuvo, lo arrinconó contra las cuerdas ni bien iniciado el primer raund.
—Hay un corte en Córdoba, a la altura de Juan B. Justo, le dijo el taxista. Mejor agarremos, porque el taxista lo incluía en la planificación de la ruta a tomar, agarremos, entonces le dijo, por una paralela así evitamos el corte de estos atorrantes. Déjeme a mí don, continuó el tachero, que de esta la sé lunga.
No discutió, inútil discutir con la cultura de la calle. Discépolo les mintió con la de aprender filosofía en un cafetín, filosofía se aprender estudiando, leyendo, no jugando al tute con un par de de viejos, puteando contra todo, hablando sobre todo, asegurando sobre todo. Porque la cultura de la calle no duda, ni admite que dudes de ella, porque el saber para el taxista, y para muchos como él, está ahí, en la calle, a la que cariñosamente llaman “lleca”. En la lleca todo se aprende porque la lleca todo lo enseña, y quien transita por ella se vuelve un sabio, un hombre sapiente. De todo habló el taxista, de política, de filosofía, de fútbol, y de todo sabía, y mucho. La Patria es él también, se dice Daniel García, este taxista que lo trajo a su casa es parte insustituible de la Patria, y si él, Daniel, quiere entender a la Patria va a tener que escuchar al taxista, va a tener que escuchar a todos, los cercanos a él, los lejanos a él, los buenos y los malos. Porque la Patria es de quien la ama y también de quien se queja de ella, de quien amenaza con abandonarla, de quien considera que en cualquier lugar estará mejor que allí.
Daniel prende la Notebook, escribe: La Patria es una heterogeneidad infinita, por eso es tan difícil saber bien que es. La Patria incluye todo y a todos, en ella penetran todos los discursos y todas las ideas. La Patria al incluir todo, no se diferencia de nada, al no diferenciarse de nada es todo, es un absoluto y al ser todo termina no siendo nada. Frena el tipeo, lo lee, lo marca, lo borra. La pantalla queda en blanco, Daniel también, indudablemente no siente el llamado de la Patria.
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Las cuatro y media de la tarde, dejó el carro en casa, en Villa Severino, no quiere que los compañeritos de Matías lo vean cartoneando. Néstor está ahora esperando la salida de su hijo de la escuela Media “Hernán Benítez”. Matías sale, corre sonriente hacia su padre, se abrazan y comienzan la vuelta a casa. Matías a hacer la tarea, Néstor a separar los cortones, producto del trabajo del día. Padre e hijo regresan, Eva llegará más tarde, está en la CABA, limpiándole la soberbia y la mugre, por monedas nomás. La lucha por sobrevivir. Atraviesan los basurales, las canaletas llenas de mierda, de tóxicos. El olor a podrido lastima y asquea. Pasan por la casa del Pelado Gutiérrez, transa principal, controla la merca de la zona y le vende al piberío del lugar esa basura del paco, que los mata en vida, que les anula la infancia. A eso, él, Néstor, le dijo que no. Fue hace un par de semanas, dos a lo sumo, el Pelado Gutiérrez le ofreció laburo, controlar a un par de punteritos, vigilar que se hagan bien las entregas, es que algunos pendejos se estaban tomando lo que debían vender, y el Pelado Gutiérrez es un hombre de negocios muy estricto, las mercaderías que se producen se venden, no se consumen, que él se tire unas líneas por día, vaya y pase, es parte de llevar adelante la gerencia de una empresa tan estresante como la del transa. Pero estos villeritos ya le estaban ocasionando pérdidas. Tolerancia cero con los faloperitos pobres, si quieren tomar que garpen. Al principio pibe que jodía pibe que moría, pero cargarse un par de decenas de pibes tenía sus complicaciones, algunos familiares reclamaban por sus negritos perdidos, otros no, una boca menos que alimentar pensarían. Y estaba el tema de la bonaerense, el comisario ya se lo había advertido, no podía tapar más muertes, las organizaciones de derechos humanos ya estaba empezando a romper las pelotas. Nadie pregunta por el pobre muerto, afirmaba el comisario, pero te estás zarpando Pelado, estás llamando demasiado la atención decía, no puedo cubrirte tanto las espaldas, si querés cargarte a tantos pendejos vas a tener que subir la guita, nosotros no laburamos gratis, sentenció el directivo policial. Para el Pelado Gutiérrez darle más guita a la bonaerense era inconcebible, ya le quitaban un margen muy grande de sus ganancias, el negocio así no iba a prosperar. Por eso el Pelado Gutiérrez paró con las matanzas de pibes falopa, y pensó en Néstor Ibarguren, el cartonero manco, para que le controle a los pendejos cabeza. Pero Néstor dijo no, y Néstor supo desde un primer momento que decirle que no al Pelado Gutiérrez era una gran cagada, decirle que no al Pelado Gutiérrez más temprano que tarde se pagaba. Por eso cuando Néstor pasó por la casa del Pelado Gutiérrez, transa capo de Villa Severino, tuvo un amarga sensación, sensación de peligro sí, pero hubo algo más, una sensación distinta a la del miedo, la sensación del destino inevitable, de la tragedia por venir. Sabe Néstor que metió la pata en la mierda más profunda de Villa Severino, con los transas no se jode. -Estás jodido- se dice Néstor, mientras pasa por la casa del Pelado Gutiérrez, -jodido de verdad- repite. Y no ve, abstraído en su preocupación, unos ojos que si lo ven a él, ojos cuyo dueño, en el interior de la casa del Pelado Gutiérrez, lo apunta con un arma y finge dispararle.
INTERRUPTUS I
Seguiré, yo la pequeña, advirtiendo lo inevitable. Es el 6 de diciembre, el año: 2001. Nuevas palabras, surgidas de la nada, al calor del verano que se aproxima, que estallará, llevándose al país por delante. Nuevos concepto que de golpe, bruscamente, se arraigan a nuestro lenguaje más cotidiano: riesgo país, reservas en baja, servicios de deuda externa, corralito, cacerolazos, aún débiles, pero ya furiosos. La Argentina, los argentinos, aprendiendo un nuevo léxico, ¿quién dijo que las crisis son negativas? Las crisis enriquecen nuestro vocabulario, le agregan sustancia, lo nutren de nuevas terminologías, muy técnicas, y muy de mierda también.
El desempleo crece, la pobreza se expande, los desesperados comienzan a hacer oír sus gritos, una década llevan siendo empobrecidos por el poder idiotizante, represor, gatillofacilista, corrupto, obsceno. Docentes en carpas blancas que nadie quiere ver, que el poder invisibiliza, paros y huelgas, violencia contenida, producto de una violencia mayor, motor originario de todas las violencias. Violencia contenida que comienza a desatar las cadenas que la inmovilizan. La primavera se despedirá con furia, nacerá un verano con calor y con muertos, el milagro de las estaciones, una variedad curiosa del cambio climático.
El país se prepara para morir, de muerte lenta ya viene pereciendo hace rato, agoniza en el medio de la impudicia. Y mientras tanto, en la CABA, en el barrio del General Entrerriano, dos chiquitos viven su primer enamoramiento, es un amor infantil, inocente, puro, lleno de amor.
*****
La maestra escribe la fecha en el pizarrón: jueves 6 de diciembre del 2001, al lado un sol con carita feliz, simboliza el verano porteño que se aproxima. La clase empieza con la lectura de un cuento. El Nuestra Sagrada agota sus herramientas para incentivar los valores en sus alumnos, ¿y qué valor más grande, más importante puede haber que la familia? Para el Nuestra Sagrada ninguno. Las familias son el orden de Dios, lo que queda por fuera de la familia es disfuncional a ese orden, una anomalía, y ya lo sabemos, la suma de anomalías pueden producir la ruptura de un paradigma, una revolución, y la revolución es caos, es anarquía, es des-orden, y Nuestra Sagarda vela por el orden, y ya dijimos, agota los recursos para lograrlo, heurísticas dirigidas a preservar la familia, la institución, el amor a Dios, para lograr que la CABA vuelva a ser aquella de nuestros abuelos: familias unidas, seguridad y prosperidad, nueva versión de Dios, patria y propiedad. El cuento comienza a ser leído, cada niño lee un párrafo, todos leen, Julieta y Agustín también. La maestra va nombrando uno a uno a todos los alumnos del primer grado:
—Santiago: Había una vez un muchacho llamado Juan. Juan tenía seis años y vivía con su mamá y con su papá en una linda casita en un lindo barrio de la ciudad. Su mamá se llamaba Susana y su papá Ricardo.
—Micaela: Era domingo, el día del Señor, y Juan no quería ir a la iglesia con su mamá y su papá.
—Agustín: El problema era que Juan era muy dormilón y prefería dormir que ir a misa. Juan no quería ser egoísta, pero no se estaba dando cuenta de que lo era.
—Thiago: Ni mamá Susana ni papá Ricardo lograron que Juan se levantara. Mamá Susana estaba muy preocupada y comenzó a llorar por la actitud de su hijo Juan.
—Cecilia: Pero papá Ricardo tuvo una idea, era una idea maravillosa, sabía a quién recurrir para solucionar este problema. Llamó al abuelito que era el más bueno y sabio de toda la familia.
—Ignacio: Por suerte abuelito vivía cerca y llegó muy rápido a la casa de Juan. Abuelito le habló a Juan, le explicó lo importante que era estar juntos en la iglesia y agradecerle a Dios por todo lo que tenían y por todo lo que Dios los amaba.
—Abril: Juan entendió, su corazón volvió a ser solidario, dejó de ser egoísta, se levantó, se bañó, se cepilló los dientes, desayunó, y con su ropa más linda fue a misa con su familia.
—Fernando: Camino a la iglesia Juan fue de la mano con su abuelito. Juan lo miró y desde su corazón, que era otra vez puro, le dijo: te quiero mucho abuelito Pedro.
—Julieta...
—Julieta...
—Julieta...
La maestra la nombra, dos, tres, cinco, siete veces, Julieta está pálida, abuelito Pedro la inmovilizó, abuelito Pedro del cuento, de la mano con su nieto, abuelito Pedro de la vida real, con sus manos invasivas sobre su cuerpo, abuelitos Pedros por todos lados. El pis inundando su bombacha, su shorcito, mojando sus piernas, formando un charco en el piso. Las burlas de todo el primer grado del Nuestra Sagrada, la maestra enojada, gritándole que vaya al baño, que la próxima vez le va a poner pañales. La humillación, la incomprensión, el desinterés de quienes la miran; y él, Agustín, abrazándola, besándola en la mejilla, comenzando a llorar con ella, sintiendo su angustia, añadiéndole la suya, defendiéndola ante todos. Dos chiquitos frente al mundo, una pelea imposible, despareja, injusta, pero enormemente valiente, enormemente digna.
*****
Doce y media. El mediodía azota el barrio del General Entrerriano. Treinta y cuatro grados. Agobiante. Sobre la calle Combatiente del Ejército Sanmartiniano al 5140 los niños del Instituto Nuestra Sagrada Bendición de Cristo hacen su salida. Ha concluido un nuevo día de clase. Uno de los últimos. En unas semanas comenzarán las vacaciones de verano.
Primer grado hace su salida, las mamás retiran a sus hijos, cada niño espera en la puerta del colegio junto a su maestra, cuando ésta divisa a la mamá correspondiente el niño es entregado. Comienza la libertad de tener todo el día por delante: el almuerzo, los dibujitos, alguna siesta, la merienda, jugar y jugar, tarea ya no hay a esta altura del año, saturación de los chicos para realizarla, saturación de las maestras para corregirla.
Agustín está en la puerta, Débora Casillas levanta su mano, la maestra lo deja ir. Agustín abraza a su mamá, la ve mejor que a la mañana, todo va bien, aún Dios puede existir piensa Agustín.
Salen cuatro chicos más, dos de ellos demoran su salida, la maestra llama a las madres, les habla, les advierte, las madres escuchan y retan a sus hijos, no hay chance de explicación, los niños mudos soportan los gritos, surge el viejo axioma argentino del algo habrán hecho.
En la puerta, rubia, hermosa, está ella, sus ojos son más celestes que nunca bajo el sol relamido de diciembre, los heredó de mamá, y mamá los heredó del abuelo, abuelito Pedro, como el del cuento infantil de esta mañana. Verónica Aversente levanta la mano, Julieta va a su encuentro, la carita triste de la niña es apenas percibida por su mamá, es que los ojos y la atención de ésta se encuentran fijos en otros lugares, más tentadores, más divertidos que su hijita. La niña es entregada, la maestra nada dice de lo ocurrido esa mañana.
Las calzas blancas moldean su figura, se aprietan a su cuerpo, ajustan sus curvas, que son, vale decir, perfectas. La musculosa gris, con prominente escote, deja ver gran parte de sus tetas, impecables, vía cirugía, pero impecables igual. Verónica Aversente es una de esas mujeres que llaman la atención, y a ella eso le encanta, sabe que cualquier hombre se daría vuelta por la calle para verla, para admirarla, sabe que ningún hombre puede resistírsele, y en este caso tampoco ninguna mujer.
—¿Cómo estás Debi? Te ves genial, divinas tus gafas.
—Hola Vero, acá ando ¿Vos? Los lentes de sol tapan con eficacia el hematoma del ojo de Débora.
—Mejor imposible gorda. Che los chicos arreglaron para cenar el sábado en casa, así que podemos chusmear tranquilas mientras ellos hablan de negocios, trabajo y esas cosas aburridas.
—Buenísimo ¿Llevo algo? ¿Algún postre?
—Quedate tranqui amiga, cocina la mucama, nada de laburar quiero charlar tranquila.
—Dale, me gusta la idea.
—Ah, traete la maya linda, que tenemos la pile climatizada, comemos algo y tomamos un champancito ahí.
—Qué bueno Vero, linda noche vamos a pasar. Débora ríe, una imagen pasa por su cabeza, su amiga en bikini, sus poderosas tetas estallando bajo la malla, su culito parado, pero lo deja ir, reprime la calentura, al menos por un rato
—Che Debi ¿lo dejás venir a Agus a casa para que juegue con Juli en la pile?
—No le traje malla
—No hay drama, tengo una de las mallas que dejó mi sobri el verano pasado. Le va a quedar medio grande pero va a zafar
—Bueno, dale entonces. ¿Agus querés ir?
Agustín asiente con la cabeza, no puede disimular su alegría, Julieta sonríe por primera vez en el día, se toman de la mano. Las madres de ambos se ríen ante la escena.
—Se nos van a poner de novios los chicos. Dice Débora
—Consuegras vamos a ser. Contesta Verónica, y piensa la terrible cogida que le daría a su futura pariente política. Débora piensa lo mismo.
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Rocío Canaletti sabe que actuó mal, sabe que debió informar lo ocurrido, sabe que ante eso que ocurrió le sobrevino su mal carácter, su impaciencia, y por eso calla. ¿Será la docencia su vocación, su destino? A veces no aguanta a los chicos, a veces dejaría todo atrás, sus gritos, sus peleas, sus caprichos de nenes bien, se iría a la mierda, bien lejos. Un tipo con guita necesitaba, que la saque del pozo, de la docencia mal paga. Actúo mal y lo sabe, Norma Conesa, la rectora del Nuestra Sagrada lo sabe también, fue imposible no seguir su orden, le gritó a una alumna que se hizo pis encima, la pueden denunciar por eso, veinte nenitos de testigos, se los imaginó a todos juntos en una Cámara Gesell, denunciándola, acusándola, arruinando su vida. Mejor hacer lo que dicta Conesa. Mejor no decir nada, el pis está seco, no hay rastros, no habrá sospechas. A la mierda con la pendejita, nenita de mamá, llenos de guita todos, puta de lujo esa señora Aversente. Cornuda sin enterarse también, si lo sabría ella. Rocío reflexiona, imagina, saldrá adelante, conseguirá un gil con mucha plata, alguna punta ya tiene. Viajará por el mundo, tendrá las tetas divinas de la putita Aversente, será feliz. Cierra los ojos, ve otra vez a todos los chicos que la acusaban, pero ya no lo hacen, ahora gritan, corren, se caen, lloran, mientras la Cámara Gesell arde en llamas. Rocío Canaletti sonríe.
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No toma alcohol en el trabajo, salvo excepciones. Cada vez son más las excepciones, y ésta es sin duda una excepción. Toma la botella de Whisky escondida en el armario de su oficina, tres grandes tomos con las obras completas de Freud la ocultan. Se sirve un vaso, es generosa en la medida, necesita relajarse y pensar.
El Nuestra Sagarda es su responsabilidad, sus decisiones construyen el instituto, sus silencios también, y Norma Conesa sabe guardar secretos, mantener el silencio, ocultar historias pasadas, perdidas en el tiempo, olvidadas por la comunidad del barrio del General Entrerriano.
Apenas se enteró llamó a la maestra, la sentó frente a ella, fue imperativa, no sugirió nada, dirigió la situación, ese era su trabajo: -el tema está siendo tratado, el pis frecuente de la alumna es un problema que su familia está intentando resolver de la mejor manera, usted no diga nada, solo complicaría a la pequeña, y aquí lo primero son los alumnos, nuestros pequeños- Norma hablaba y la figura de un prócer sarmientino crecía en ella. La maestra, boba, obediente, con pocas ganas de problemas, se mantuvo callada, asintiendo con la cabeza todo lo que la rectora decía, nada dijo, todo obedeció, y finalmente se retiró de la oficina, quería irse a su casa, olvidarse de lo ocurrido para seguir soñando con otra vida que probablemente nunca iba a suceder. Luego hubo nada más que silencio, ese silencio que Norma sabía cumplir muy bien, ese silencio que prometió guardar a Pedro Alvear, ese cheque que aceptó, esa donación para la nueva capilla del Nuestra Sagrada, después de todo ¿por qué no confiar? Don Pedro Alvear era, sin duda, el ciudadano más probo de todo el barrio del General Entrerriano, si él quería mantener esto en secreto era porque, seguramente, lo resolvería, ayudaría a su nietita, no tenía dudas de eso, o al menos no se permitiría tener dudas de ello.
Norma apuró el whisky, se perdonó el silencio y dejó de preocuparse por la salud psíquica de Julieta Aversente, dejó la botella tras Freud, se rió de la culpa y comenzó a programar la construcción de la futura capilla.
*****
Lo primero era cambiarse, bombacha y short, estaban casi secos, pero la incomodaba la sensación de la humedad de toda la mañana, mamá no lo advirtió, como tantas otras veces, mejor así, puso la ropa meada en el lavarropas, lo hizo con tranquilidad, incluso con pericia, ya todo era rutina para Julieta. Se puso su bikini y fue a buscar a Agustín. Al niño la malla le iba grande pero no tanto para caer en el ridículo. Los chicos se estudiaron, se miraron sus cuerpos casi desnudos, sintieron pudor, timidez, pero se gustaron, se enamoraron aún más, se sabían iguales ante la violencia adulta, almas gemelas. Jugaron en la pileta, comieron panchos al mediodía, una tal señora Eva se los preparó. Al terminar el almuerzo fueron al cuarto de Julieta. Toda la tarde tenían por delante, ojalá no terminará nunca, deseaban ambos chicos.
La conversación ontológica, existencial, tuvo lugar, dos chicos de seis años la llevaron a cabo, Agustín y Julieta, frente a frente, sentados en corro, estaban en puro proceso empático, ella comenzó a hablar y él la siguió:
—¿Querés a tu papá y a tu mamá?
Agustín no responde enseguida, traga saliva, pasa a duras por su garganta, junto a la saliva pasa también la angustia.
—A mamá la quiero mucho
—¿Y a tu papá no lo querés?
Agustín traga otra vez, menos saliva, más angustia
—No sé, a veces lo quiero, a veces no tanto
—¿Porqué?
—Porque a veces papá se enoja. Cuando se enoja no lo quiero. Cuando se enoja es malo.
—¿Se enoja mucho?
—Sí
—¿Porqué se enoja?
—No sé. Creo que es mi culpa. Quizás me porto mal. Rezo mucho por papá
—Mi familia también reza antes de cenar. No sirve.
—¿Porqué no sirve?
—Ya te lo dije nene, Dios no existe
Agustín traga, solo angustia, nada más
—Pero ¿y lo que dijo el padre Foris?
—Miente. Los grandes son mentirosos
—¿A vos te mienten los grandes Juli?
—Si
—¿Quién?
Ahora es Julieta la que traga, algo de saliva, toneladas de angustia
—¿Quién te miente Juli?
—Mi abuelo
—¿Tu abuelo? En mi casa lo quieren mucho a tu abuelo, papá siempre habla de él, trabaja en su negocio.




