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—Sí, en mi casa también lo quieren
—¿Y vos lo querés?
Julieta no traga, fija en Agustín sus ojos celestes, profundos, duros, de niñez robada.
—No, yo lo odio. Lo odio mucho.
Julieta llora, Agustín la abraza, la angustia sale en forma de lágrimas, solitos contra todos, solitos en su amor puro, los dos nenes sufren la violencia del mundo adulto, corrompido, impiadoso, se ayudan entre ellos, se necesitan, se empiezan amar.
*****
Siempre lo mismo, la historia repetida, la envidia de quien tiene al lado.
—No querés progresar- le dice -No querés que yo progrese.
Golpea al aire, un cros de derecha, un cros de izquierda.
—Cagarme la vida, eso querés, no dejarme avanzar, eso querés, convertirme en un mediocre como vos, en un tipo común, en uno del montón, ¿Querés eso no? Contestá conchuda ¿Querés eso no? Pero no lo vas a lograr hija de puta, no vas a conseguir hundirme, que sea una mierda como vos.
Tira más golpes, dos, tres, cuatro shaves de izquierda, un cros de derecha.
—Qué manera de cagarme el día, venía tan bien, estaba tan bien, tenía ilusión, ¿sabés lo que es eso conchuda? ¿Sabés lo que es tener ilusión por algo? Que vas a saber, si sos una inservible, una puta del montón, me cago en tu ataque de honestidad, me paso por las pelotas tu decencia, boba, tarada, forra, puta del orto, ¿decente de que sos vos? Puta remilgada.
Y sigue con las piñas al viento, shave de izquierda, shave de izquierda, shave de derecha, shave de izquierda, dos ganchos de derecha. Pega y respira, ejercita la respiración: inspira y relaja, expira y piña.
—No lo vas a lograr, ni vos ni nadie me va a cagar la vida, no nací para ser mediocre, nací para triunfar, nací para tener guita, mucha guita, nacía para comerme al mundo, soy Sergio Casillas, ¿me oís? Soy Sergio Casillas y al lado tuyo soy Dios, sos mierda si te comparás conmigo, el mundo es mío ¿oíste hija de puta? El mundo es mío, o estas a mi lado, o me apoyas, o te voy a hacer conocer el infierno.
Y pega más piñas al aire, buenas combinaciones, fueron varios los años de aprender boxeo. Izquierda, derecha, exhalar, inspirar, la habitación es un ring apócrifo, sobre la lona, a un costado, en derrota total, Débora busca la funda del diente arrancada, mañana le dirá a su dentista que, otra vez, torpe de ella, se cayó en la calle, al parecer las veredas rotas de la CABA son cada vez más peligrosas.
*****
Julieta duerme. Pedro lee en la cama. Es la hora de los amantes, el sexo silencioso y clandestino, pero legal, conyugal. El matrimonio Aversente cumple con sus obligaciones maritales. Verónica domina, se sube sobre su marido, lo cabalga, primero despacio, pero va subiendo de a poco el ritmo, armoniosamente y en su justa medida. Está extasiada, acaba una, dos y tres veces. Él no entiende mucho, el sexo nunca fue así con su mujer, tan pasional, tan salvaje; y ella, tan desatada, tan, hay que decirlo, puta. Verónica gime, se muerde los labios, rasguña a su marido, lo lastima, se sacude y tiembla sobre él; y él, Franco, acaba, su pija se pone laxa, boba, se amorcilla y se escapa del cuerpo de Verónica. El final le viene bien a Franco que ya no podía más.
Verónica se levanta, el semen le escurre entre los muslos, cae lento por ellos; va al baño, desaparece de la vista de su marido; y su marido se duerme segundos después, agotado, sorprendido, quizás algo asustado. Verónica lleva media hora en el baño, el bidet realiza su trabajo, el agua tibia fuerte sobre su clítoris, sus ojos cerrados; se imagina junto a ella, se mastruba pensando en ella. Verónica está en su fantasía con Debora Casillas. Sabe que pronto la fantasía dejará paso a la realidad.
*****
Débora Casillas no duerme, pero su marido si; el pugilato improvisado en el dormitorio matrimonial agotó a Sergio, duerme plácido, calmo, inofensivo. Lo que sí hace Débora en lugar de dormir es llorar. Le duele la boca, palpa con su lengua el vacío de la funda del diente arrancada y llora aún más, su vida es un infierno, solo hay miseria, humillación, dolor. Y ahora la buena nueva de Sergio, el negociado con Franco Aversente, los dólares de la financiera, la supuesta crisis de fin de año, la tajada indecente de la especulación. No entiende nada pero sabe que el negocio es turbio porque turbio es todo lo que rodea a Franco, ese estafador de cuarta, una sombra de su suegro, el gran Pedro Alvear, el caballero más grande del barrio del General Entrerriano, un señor con todas las letras, un hombre de bien. Pero su yerno no, un sorete es Franco. Y ahora su marido metido en negocios con él, no le gustaba el tema, no le gustaba para nada, tenía un mal presentimiento, porque Sergio sería un bruto que le pegaba, pero era un hombre que mantenía a su familia, nada faltaba en su casa, ni a ella ni a Agustín, y no quería perder a su marido, no quería que terminara preso por meterse con la mierda de Franco Aversente, porque peor que ser una mujer golpeada era ser una mujer sola, sin marido, o con marido preso. Debía proteger su matrimonio, debía cuidar a Sergio, la cena era este sábado, su diente estaría en su boca nuevamente, impecable, con su nueva funda, fingiría que nada había pasado, iría a cenar espléndida y prestaría atención, a Franco, a Sergio, a que traman, cuidaría su hogar, que tendrá sus defectos, pero que sigue siendo un hogar como Dios manda, los golpes pasan, los valores de la familia quedan. Y allí, en la cena del sábado estaría también ella, Verónica Aversente, un motivo más, quizás el más importante, quizás el único, para verse radiante, ponerse linda, aunque nunca podría llegar al grado de belleza de Verónica, imposible competir contra esa mujer, con su cuerpo entrenado, con su bellísimo rostro, con su glamor, mezcla de estilo y mujer fatal. Ella estará allí piensa Débora, y se abraza a su almohada, le va ganando la somnolencia. Verónica el sábado en la cena de los Aversente, y la almohada se transforma en su inconsciente en el cuerpo de Verónica, y la abraza, y apoya su cabeza en ella soñando que son los pechos de Verónica, grandes, hermosos, apetecibles. Débora se duerme enamorada, sonríe al dormir dejando ver el hueco de la funda del diente arrancada, producto de un fantástico cros de derecha de su marido, Sergio, gran boxeador amateur, futuro empresario exitoso. La clase media porteña refulge en la habitación matrimonial de los Casillas.
******
La familia Danti ha terminado de cenar. Santiago está en su pieza, el zapping lo mantiene adicto, los canales pasan tac-tac-tac-tac, uno tras otro, a velocidad elevada, de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás, -la concha de tu madre, setenta y cinco canales y ni una sola teta- putea Santiago indignado.
En la cocina se presenta la sobremesa de los adultos. Susana recoge la mesa, se dispone a lavar lo utilizado en la cena. Facundo con las piernas cruzadas, el cuerpo reclinado hacia atrás en la silla, mira el resumen de la fecha de fútbol, piensa lo de siempre, que nadie sabe nada, que el opinaría mejor que la manga de bobos que están en el programa; pero no, maneja un taxi y ellos allí, llenándose de guita, -este ispa es así, una mierda-, se dice Facundo. Perdió River, y eso lo irrita aún más, putea a todo el plantel, titulares y suplentes, cuerpo técnico y dirigentes, -nadie sabe nada de fulbo- piensa Facundo mientras un escarbadientes rebota de un lado a otro de su boca.
—Gorda traeme un feca, exige Facundo, su mirada no se aparta del televisor, mira el segundo gol de Estudiantes, indudablemente River ya no es lo que era.
—Estoy lavando los platos negro, todavía en dos no me puedo partir, dame un segundo, pide Susana, sin enojo pero llena de tedio, de rutina clasemediera.
—Te doy tres gordita, te doy lo que vos quieras. Facundo cambia de canal, no soporta las explicaciones, las excusas de esos once muertos que portan la gloriosa, su gloriosa, banda roja. Adviene el zapping, más lento que el de su hijo, pero con iguales intenciones: tetas. Un noticiero: crisis, muertes, cortes de calles, mierda y más mierda. Sigue, un canal de deportes: otra vez River y su eterna derrota. No se detiene, sigue: una novela estúpida, ella lo besa, él la besa, y felices para siempre, un asco. Avanza con el channel del control remoto, se detiene, se exalta, se tambalea de la silla, al borde está de caerse, su escarbadientes sale eyectado de su boca, grita:
—Vení negrita, vení mirá, está el pelotudo este de los viajes, ese que come bichos, mirá negrita esta en Miami, ¡mirá gorda que lindo! Y pensar que estuvimos ahí, Susi vení, mirá que espectáculo.
Susana sigue lavando, gira su cabeza, mira lo que su marido ve: Miami, primer mundo, shoppings, gente linda, nada de gronchos, nade de negros villeros, nada de Argentina.
—¿Y gordita? ¿Viste? El año que viene nos vamos, no sé cómo pero nos vamos, aunque me tenga que dibujar la raya del orto de tanto estar en el tacho, pero nos vamos, te juro que nos vamos ¿no gorda?
—Si negrito, el año que viene volvemos. Susana no transmite nada, está inerte, Miami en la Televisión, Miami cada doce meses durante quince días, el resto del tiempo en la Argentina roñosa, el país de mierda en el que le tocó nacer y vivir. Ella merece otra cosa, pertenece al norte majestuoso. Miami allá, lejos, y ella acá, lavando los platos. Una lágrima se derrama de su ojo izquierdo, rueda por su mejilla, cae, se confunde con el agua jabonosa de la bacha de la cocina. Él interrumpe su angustia:
—Negrita, ¿ahora si me traes el feca? Dale que mañana arranco temprano con el tacho. Facundo exige, el escarbadientes ha vuelto a su boca, se mueve de una lado a otro, ansioso, mientras espera el café.
*****
Está en el estudio, su parte de la casa, su lugar intocable, aunque el resto de la familia, y del barrio, saben que en realidad todo es suyo, la posesión es su mayor atributo, su virtud cardinal, su máximo poder; es un don de Dios, no lo buscó, es un líder nato, nacido para mandar, para imponer orden, para ser obedecido. Construyó una empresa próspera, una familia decente. Construyó el buen nombre de su apellido, que tiene prosapia, alcurnia histórica, pero que él le agregó su granito de arena, sus millones de dólares. Es un Alvear, y se nota. Dueño y señor de todo y de todos. Pero sobreviene el peligro, se está desgastando, no se logra reconocer, ¿cómo pudo llegar a esta situación? ¿Cómo empezó? ¿Cuándo empezó? ¿Por qué mierda empezó? Hay un daño, y hay irreversibilidad en ese daño, hay inevitabilidad en que vuelva a ocurrir. No puede detenerse, lo hecho hecho está, lo que está por hacerse se hará seguro, no parará, porque él nunca para, nada lo detiene. Salió del barro, de la clase media cursi, no se conformó con ser solo portador de un apellido prestigioso, construyó una financiera millonaria, supo leer los tiempos, se llenó de guita con los milicos, cultor devoto de la bicicleta financiera, de la plata dulce, y con el Turco revalidó lo ganado, y lo duplicó, y lo triplicó y lo cuadriplicó, y su fortuna no tuvo límites, se tornó inimaginable. Magnate de buena familia, millonario y buen tipo, creyente católico, padre y abuelo ejemplar, viudo con coraje, un tipo al que la adversidad jamás pudo derrotar, su nombre es sinónimo de prestigio en el barrio del General Entrerriano, nadie hablaría mal de él, las malas lenguas se convierten en lenguas beatas cuando pronuncian su nombre.
Y sin embargo el peligro, el derrape.
Se permitió derrapar, seguirá derrapando. Es inevitable, le quema el cuerpo, la sangre bulle, su nieta en la cama, su ropita interior, su olor a mujercita latente. Nada lo detuvo, ni siquiera él mismo, se dejó hacer y lo hizo, nada lo detendrá, se dejará hacer y lo hará.
El peligro acechando, derrapando en la pedofilia.
Necesita orden, necesita pensar con claridad, comienza a resolver. Recuerda a la directora, la gordita boba de Norma Conesa, el pis crónico de Julieta, la nena hablando y tacándose ante el ardor, mucha mierda podía emerger, mucha mierda lo podía salpicar, tenía, a toda costa, que impedirlo. El cheque para la nueva capilla no alcanzaría, solo había ganado algo de tiempo, necesitaba el poder que solo daba la buena información, necesitaba ponerse, una vez más, al mando. Pedro Alvear piensa, es un hombre inteligente y piensa, es también un hombre pragmático, si piensa es porque va a resolver, y resuelve: levanta el teléfono, hace averiguaciones, ofrece precios, indaga, sonríe, ha resuelto, es la sonrisa de un hombre feliz. Se levanta de la silla, apaga la luz, abandona el estudio, la habitación de Julieta es su próximo destino, el cuerpo le empieza a arder.
******
Santiago Danti, trece años, morocho como papá, los ojos de mamá, la nariz, dicen, del abuelo Horacio, llega al colegio. Último día de clases para el nivel medio, al fin, aunque no para él que debe varias materias, sus padres, claro, lo ignoran. Santiago saluda a papá, baja del taxi. Su viejo a laburar y él a formar, a cagarse de calor en el patio, mientras la bandera es izada, nada significa esa bandera, ni para él, ni para todo el piberío del Nuestra Sagrada. Pero hay que formar, protocolo del colegio, y con la formación y con la boludez de la bandera viene, acto seguido, la boludez no menor de la lectura del evangelio. La patria y dios se mixturan, Santiago mandaría las dos cosas al carajo, pero hace caso y forma. Son las siete y media de la mañana, el día arranca bastante para el orto. La bandera es izada, nadie da bola. Jesús multiplica panes y peces, menos bola aún, ¡multiplícame ésta! Dice por lo bajo unos de los pibes de quinto año, bravos de verdad esos pibes. Norma Conesa, la rectora, saluda ¡Buenos días alumnos! Pocos contestan, un amodorrado buenos días coral apenas se escucha. Santiago junto con sus compañeros de primer año van al aula, segundo piso, por la escalera, la mañana sigue una mierda, nada la mejora, o quizás una cosa sí, quizás algo levante este bajón, tienen con la boluda de plástica hoy, ¡vida imposible a la tarada! La clase pasada fue la coca sobre la cabeza, Santiago tiene que superarse hoy, es la despedida de la boba, tiene que hacer algo que quede en la memoria de todos, algo más allá de la travesura simple, algo zarpado de verdad, eso esperan sus compañeros, es líder Santi, quiere ser líder Santi. Veintisiete grados y no son ni las ocho. Entra Miriam al curso, comienza la hora de plástica, saluda a sus alumnos, nadie le devuelve el saludo. Que quilombo te voy a hacer conchuda, piensa Santiago, mientras le tira un chicle que impacta directo en la cabeza de Miriam y se le embadurna en el pelo. Ahora el día parece, para Santiago, un poco más transitable.
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La ronda se formó, todos en torno a él. Lo rodean amenazantes, lo humillan, prepotentes, soberbios, la seguridad y la impunidad que otorga la muchedumbre ante el individuo aislado. Lo empujan, rebota de un lado a otro de la ronda, se tropieza, cae al piso, su guardapolvo blanco se cubre de mugre, mala limpieza de la escuela pública, malas noticias para mamá: lavar a mano, secar al sol. Los gritos le llegan de todos los rincones, la ronda entona una caleidoscopía de insultos, un coral de voces agraviantes, algunas se confunden en gritos inentendibles, otras pueden ser desglosadas para el correcto entendimiento de la víctima, que sufre:
—Negro de mierda. Dice una chica, no mayor a él, rubia, blanquita de piel.
—Che ¿tú cama es de cartón? ¿Tú papá la sacó de la basura? Dice un gracioso, el más gracioso del curso, varón, gordito, lleno de granos, pero con papá oficinista, trabajo digno.
—Dale basura. Defendete basura. No seas basura basura. Le dice otro, también varón, también lleno de granos, pero no gordo.
—¿Y la mano de tu papá basura? ¿Se le olvido la mano en la basura, basura? Grita una nena, guardapolvo impecable, peinadita impecable, de familia impecable.
Las voces vienen de todas partes, le duelen, entran en su cuerpo, le atraviesan el corazón, son cuchillos filosos, envenenados. Llora y sufre, su guardapolvo blanco ya es gris, mamá se va a enojar, trabaja todo el día y él que le lleva problemas. Y el acoso sigue, su oído escucha, las voces van unificando su mensaje, entonan la melodía, surge la canción, y dice:
—Cartonero, tu viejo es cartonero.
Tu viejo es cartonero.
Sos un negro villero.
Y se repite, dos veces, diez veces, treinta veces, y llega la maestra y los reta. El coro musical se dispersa, se retiran, se olvidan, será hasta la próxima vez, que lamentablemente siempre está cerca. La maestra se olvida también, no piensa complicarse la vida por la mierda de sueldo que le pagan, que se arregle solito el pibe, que aprenda lo dura que es la vida. No hay citaciones, no hay padres que se responsabilicen, hay nenes sin límites, hay adultos llenos de desidia, hay crisis en la escuela. Y Matías Ibarguren sufre, siente vergüenza, siente impotencia, se odia y llora, maldice una y mil veces ser quien es.
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Viernes por la noche y Ciudad Central explota. Vanesa Bilotti explota con él. Baila desenfrenada y se sumerge en el olvido. Perder la memoria es la condición de posibilidad para vivir en la Argentina, olvidarse de Juan, su novio en España, de la crisis eterna, agobiante, de la falta de futuro, de la negrada que avanza, amenazante, que acecha a la buena gente de la CABA. Es el desencanto de vivir en el peor de los lugares y en el peor de los momentos. Por eso baila, porque bailar es olvidar. Su talento es natural, se mueve rítmicamente al compás de la música electrónica, el estruendo la posee, sus pies, sus manos, sus caderas, todo en una armonía envidiable. Sin embargo hubo ayuda. Olvidar a veces cuesta. El éxtasis está subiendo, su cabeza se despeja, ya nada importa, no hay más problemas, todo es éter, ella está en el éter, el limbo, la embriaguez química que anula la verdad, todo es efímero. Nunca leyó a Hegel, pero sin embargo coincide con él: la realidad es el delirio báquico en el que cada miembro se entrega a la embriaguez, y allí está Vanesa, en entrega absoluta. La música y ella se unen, se aman, se mixturan, una simbiosis de notas y carne, de mente y ritmo, de espíritu y compases. Baila y olvida, y al olvidar baila aún más. Vanesa es libre, Juan ya no existe, Juan no es ya posibilidad alguna de conflicto, al menos por esta noche, pero ¿quién piensa en mañana en este país de mierda?
Se le acerca un hombre, pupilas dilatadas, bailando, no tan bien como ella, pero el muchacho se defiende. Le ofrece agua mineral, ella acepta, bebe. Lo mira, no está mal piensa ella. Bailan juntos, se comunican sin hablar, telepatía por pastillas, MDMA: la penicilina del alma, la cura para los accidentes del espíritu, antídoto contra la tristeza. Él la mira, pregunta su nombre, se gritan al oído para apenas oírse, ella responde:
—Vanesa, ¿y vos?
—Sergio, terrible fiesta ¿no?
—Muy buena, bailás muy bien para ser hombre. Vanesa recuerda brevemente los pasos discordantes del patadura de Juan, pasa fugaz por su mente la imagen de su novio, pasa y se va, el olvido nuevamente la invade.
—Gracias, hago lo que puedo. ¿Cuántos años tenés Vanesa?
—Veintidós, ¿vos?
—Treinta y cinco ¿sos de acá, del barrio?
—Sí, del General Entrerriano desde que nací. ¿vos?
—También ¿Querés una?
—Obvio.
Vanesa toma la pastilla que Sergio le ofrece, la pone en su boca, la traga, la baja con un poco de agua. Él realiza el mismo ritual. La liturgia del éxtasis se produce, el cáliz del amor descomprometido. Se miran, se besan, sus lenguas juegan entre sus bocas fundidas, la música arremete a su alrededor.
Así fue como se conocieron Vanesa Bilotti y Sergio Casillas.
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Otro viernes de terror. El título parece un ciclo de cine berreta transmitido por un canal de cable de poco éxito, pero es la vida real, lo cual lo hace más patético que terrorífico. Débora Casillas recorre la casa, siente el vacío, su matrimonio es una mentira y lo sabe, pero no renunciará, seguirá luchando, no será una mujer sola, con un hijo, desesperada, en busca de un macho nuevo que la sostenga. Se trata solo de hacer algunas concesiones, de bancarse un par de golpes, los viene aguantando desde hace muchos años, desde la luna de miel, desde aquella trompada en Cancún, y se bancará ahora las salidas imprevistas, le mentirá a su hijo, le dirá a Agustín que papá tiene una reunión hasta tarde, que se duerma tranquilo, que cuando se levante papá estará, como siempre, en casa, con él, con ella, todos juntos, en familia. Se sirve un vaso con agua, lo toma de un sorbo, largo, ruidoso, reprime un erecto, una dama debe cuidar las formas. Débora va al baño, orina, le duele un poco, los riñones son uno de los puntos favoritos de Sergio. Se levanta y mira el fondo del inodoro, unas gotas de sangre se destacan entre el agua amarillenta del pis, son pocas las gotas, nada de qué preocuparse. Se mira al espejo del botiquín, se obliga a sonreír, el optimismo es una herramienta de lucha, la funda nueva del diente asoma en su boca, blanca, inmaculada, el crimen perfecto. Se va a la cama, intenta dormir, da vueltas y más vueltas, y no lo logra. Prende el aire acondicionado, la culpa es del calor, treinta grados, imposible conciliar el sueño. Pronto la pieza está fresca, tirando a fría. Se tapa, se acurruca en la cama, acomoda la almohada, se pone cómoda, pero no se duerme. La ausencia la inquieta. Las trompadas eran cosa conocida, y a lo conocido no se le teme, le dolían los golpes pero no le daban miedo. Sergio era un golpeador, como su padre, pero su marido, a diferencia de su padre, era un golpeador que respetaba a la familia, que dormía cada noche junto a su mujer, tuviera su mujer un ojo hinchado o no, un diente menos o no, los riñones a la miseria o no. Sergio cada noche estaba allí, durmiendo con su familia, amaneciendo juntos, marido y padre presente, hombres así quedan pocos y Débora lo sabe.
Pero de pronto esto, las novedades malas, los nuevos negocios con Franco Aversente, la salida a la noche, el no me esperes despierta, el terror de quedarse sola, no una noche, sino de quedarse sola para siempre, el miedo de que su marido descubra una nueva mujer, que la supere, que la desplace, el miedo al abandono. Un cuerno vaya y pase, Débora sabe de las amantes de Sergio, compañeras del gimnasio, colegas del trabajo, y la lista es, sin duda más larga, putas hay por todos lados, y los hombre son débiles, pero eran solo trolitas de turno, polvos pasajeros, cada noche su marido la elegía a ella, elegía el hogar, la familia. Pero ya son las cinco de la mañana y Sergio no llega, no es un polvo más, es una vida nueva la que está encarando, nuevos negocios, nuevas mujeres, y ella por fuera de todo. Pasa el tiempo, se hacen las seis, y las siete, el día la sorprende somnolienta, finalmente Débora se duerme. Cerca del mediodía Sergio vuelve a casa.
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Juan Álvarez está a más de diez mil kilómetros de distancia de su novia Vanesa Bilotti, ella explota en un boliche de Buenos Aires, él es explotado en Barcelona.
Juan trapea el piso, son las seis de la mañana, lava las copas, limpia los excesos de la noche anterior. El nuevo trabajo, la nueva vida que tanto le entusiasmaba, se estaba yendo a la mierda casi antes de empezar.
El bar catalán lleva el mismo nombre que su dueño “Joseph”. En bar “Joseph” el cliente siempre tiene la razón, y mucho más si discute con un sudaca de mierda. La vida de Juan, su nueva vida, comenzó a complicarse esa noche de su primer viernes en España.
Juan trapea, cierra los ojos, recuerda...
...Sonaba la música, la gente entraba, los tragos y las tapas salían de la barra. Juan, emprendedor solícito, llevaba los pedidos a los clientes en sus mesas. Había recibido ya, primer mesa que atendió, dos euros de propina, sentía que eso era el comienzo de algo grande. Todo iba bien, pero todo comenzó, pronto, a ir mal.
—Eh, Argentino, ven para aquí. Era un catalán, soberbio, no pasaba los veinticinco años, a su lado una mujer, nada especial, una más del montón, ambos, hijos de la nueva clase media alta española, la prosperidad pos franquismo en todo su esplendor.



