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—Si señor. Dice Juan.
—Argentinito mí chica pidió un ron con coca light, y este que trajiste tiene coca común. Llévatelo y tráenos uno como corresponde. Vamos tío que no tenemos toda la noche. El muchacho catalán mira a Juan desafiante, su novia ríe y lo abraza
—Si señor. Juan comienza a pensar que esa frase, es si señor, será la más repetida que salga de su boca de camarero aprendiz durante mucho tiempo.
El cambio de bebida se produce. El barman, un venezolano con doble ciudadanía, un comunitario como él, que entró, como él, por la puerta de atrás, de servicio, por el culo de Europa, le reprende.
—Argentino pídeme bien los tragos. El próximo cambio lo vas a pagar de tu bolsillo.
—Sí señor, dice, otra vez, Juan, y lleva el pedido.
—Aquí tiene señor, ron con coca light.
—Pero qué coño Argentino ¿de qué coca light me estáis hablando? ¿Acaso ves a mi chica gorda? ¿Creéis acaso que necesita una dieta? Mi novia pidió ron con coca común, no me faltéis el respeto argentinito.
—Perdón señor, debo haber entendido mal. Juan se disculpa, tolera la soberbia del primermundista europeo, regresa a la barra, pide un nuevo cambio de bebida. El barman venezolano, tan comunitario como él, le advierte a Juan que este trago saldrá de su sueldo, a fin de mes Juan cobrará aún menos que la miseria que le prometieron. Ganarse Europa será difícil. Juan lleva el pedido.
—Perdón Señor por las molestias, señorita aquí tiene su ron con coca.
—¿Y la cerveza argentinito?
—¿Qué cerveza señor?
—La cerveza que te pedí capullo.
—Usted no me pidió ninguna cerveza señor.
—Te pedí una cerveza argentinito, tráemela o te juro que hablo con el dueño y te vuelves sin escalas a tu Buenos Aires querido del coño.
—Sí señor, enseguida le traigo la cerveza. Juan se aleja, mastica la rabia, se retiene, sublima la pulsión de cólera, trae la cerveza.
—Su cerveza señor.
—Yo no te pedí ninguna cerveza, y el ron de mi novia es con coca común y te pedimos con coca light. ¿Sois así de subnormales todos los argentinos? Así les va a ustedes.
El nene bien de Barcelona maltrata al camarero pobre argentino, lo mira con desdén, desde el púlpito del primer mundo. Su novia, la nena bien, se puso a mil ante la escena de supermacho de su chico, le besa el cuello, muerde el lóbulo de su oreja, los dos se ríen, le hacen un gesto de desprecio a Juan.
—Vete argentino, no te quedéis ahí mirando como un mamón.
Juan revienta, ya no sublima más, deja que su rabia salga, se desborda, ya no dice si señor, piensa que ya nunca más dirá si señor.
—La concha de tu madre gallego de mierda.
Y el gallego de mierda pasa a la acción: la piña le estalla a Juan en plena cara. Juan sangra, Juan es agarrado, es inmovilizado por manos cuyos dueños no ve, otra trompada estalla en su rostro, más sangre, más dolor. A Juan ensangrentado se lo llevan a la barra, el venezolano, casi europeo, le grita, lo amenaza, le contará todo al jefe, a don Joseph. La noche termina para Juan y su nueva vida también.
Aún no amanece, Juan vuelve a la realidad, trapea el piso, le duele la nariz, le duele mucho más el orgullo. Dos horas después llega el dueño, Joseph lo hecha, la indemnización te la debo, nada para un sudaca, por más ciudadanía que tenga. El sueño de conquistar Europa comienza a convertirse para Juan Álvarez en una verdadera pesadilla.
INTERRUPTUS II
Soy yo, la pequeña, la que habla, y seguiré hablando, al menos mientras pueda, que, por desgracia será muy poco, Ella despertará y seré suya nuevamente, seré absorbida por su ego gigante, desbordante de soberbia. Es hora de hacer una genealogía, el origen determina el presente, y el presente nos conduce, sin duda a un fin trágico. Hagamos historia, veamos de donde surgimos. El héroe de la Conquista del Desierto, por segunda vez presidente del país, firmó el decreto ley. Se cumplían cien años del nacimiento del gran morador del Palacio San José, y hubo homenaje. Nacía el barrio del General Entrerriano, corría el año 1901. Pero el homenaje tapó la tragedia, para algunos causa verdadera del nombre del barrio
La historia es lógica, y simétrica, como le gustaba al gran George Louis, nuestro mejor literato. Si un decreto del asesino de los pueblos originarios nos dio entidad, nos ubicó en el mundo, nos significó, otro matarife nos comenzaría a dar vida un tiempo antes. Don Pancho era hijo de alemanes, cursó sus estudios en el país ario, pero vivió y murió en la Argentina. Venía de la Guerra de la Triple Alianza, de la masacre al Paraguay, actúo con el grado de Capitán, soldado de la patria de Buenos Aires. A los cincuenta años comenzó a dirigir la empresa Los Albatros, necesitaba extraer tierra para rellenar zonas cercanas al río, la ciudad avanzaba sobre las aguas. Buscó las tierras, las encontró y fundó los primeros asentamientos, así don Pancho fundó La Cima, la prehistoria del barrio comenzaba. Desde allí todos comenzaron a conocerlo como el Alemán. Mientras tanto, el Gran Conquistador del Desierto le había dejado paso a su concuñado, el país, cuando no, avanzaba hacia un abismo, parecido a este, al que se viene, en breve, paciencia, llegará, lamentablemente llegará. El concuñado del asesino de pueblos originarios era el presidente, eran malos días para la clase obrera, serían malos sus días por mucho tiempo. El Alemán lo sabía, y abusaba de esa situación para beneficiarse. La tierra debía ser removida y los obreros comenzaron a llegar, sabían ellos que se trataba de un trabajo duro, nunca pensaron en la fatalidad que ocurrió. Ciento veinte hombres llegaron a La Cima, venían todos de la provincia del caudillo ganador de la batalla de Vences, el entrerriano más famoso. El trabajo era extenuante, los obreros comenzaron a asentarse junto con sus familias en la zona, construyeron sus primeras casas, precarias, frágiles, ni sueños había entonces de movilidad social ascendente para los negritos del interior.
La empresa de Don Pancho “el Alemán” trabajaba en forma eficaz, pagaba poco y maltrataba a sus empleados, cualquier desobediencia era castigada con severidad, incluso con la muerte, la policía y la justicia no intervenían, las instituciones del país apoyaban a Los Albatros, una empresa moderna, garante del orden y el progreso. El país de nuestros abuelos era fantástico. El desastre ocurrió. La tierra era dura, su remoción necesitaba fuerza, las explosiones eran necesarias, la dinamita explotaba y la tierra se desprendía, y el Alemán se llenaba de dinero. Pero algo falló, y los muertos llegaron. La dinamita explotó involuntariamente, el material dañado, la falta de seguridad, el desapego a la vida del reemplazable, setenta y cuatro obreros murieron, algunos en el acto, otros retorciéndose del dolor ante los miembros amputados, despedazados por la furia del explosivo. Cinco chicos se encontraban en la tragedia, todos menores de diez años, hijos de los obreros entrerrianos, todos muertos. Familias rotas, empresas grandes. Nada pasó, ni justicia, ni castigo, ni venganza. El barrio pronto adquirió su nombre, a cien años del nacimiento del traidor del Restaurador, ni una palabra de los obreros muertos, sus familias retornaron a la provincia mediterránea, el silencio los engulló, el país siguió funcionando.
El barrio del General Entrerriano desconoce su historia, niega su origen, se sabe hijo de militares conquistadores, del Desierto, del Paraguay, en suma: de la barbarie, somos hijos del orden civilizado, somos lo que queremos ser, las chances de cambiar son mínimas, no hace falta más que leer la historia que les cuento para comprenderlo.
*****
Eva no descansa, el sábado la encuentra trabajando desde temprano. La casa de los Alvear-Aversente debía estar preparada para esa noche, cena de negocios, alguna mierda de ricos, pensaba Eva. La pileta era la peor parte, recoger las hojas, pasar el barrefondo, evitar el deseo de zambullirse en el agua refrescante, olvidarse del sopor del verano y del desencanto de ser pobre. Pero nada de caer en tentaciones, había que trabajar.
La habitación del matrimonio Aversente. Hacer la cama, enorme cama, inabarcable, extensión inconmensurable solo apta para los amantes más aeróbicos; podía ser el caso de la señora Verónica, se decía Eva, pero no del señor Franco, estaba algo gordito para una maratón sexual de ese tipo, la señora Verónica tendrá algún joven amante por ahí, demasiado en forma está, demasiado hermosa es la señora, una mujer fatal, impactante, mucho para el señor Franco. Después de la cama, limpió los muebles, las mesitas de luz, el enorme televisor, recogió la ropa tirada, una camisa de él, una tanga minúscula, casi imperceptible de ella. Pasó la aspiradora, luego un trapo con cera para que brille el piso de madera, estaba terminando y allí sucedió.
Franco entra en la habitación. Se acercó, sigiloso. Eva lo percibe igual, sabe de su presencia pero lo oculta, finge no saber. Él se acerca, demasiado, ella siente su respiración en la nuca, el calor de su aliento, su miembro duro en el culo, la excitación de su patrón, sus manos en los pechos, el apretujón ansioso, sus palabras jadeantes:
—Dale negrita, sé que te gusta, me doy cuenta como me mirás.
Eva busca apartarse, él no la deja, ella vuelve a intentarlo, esta vez tiene éxito.
—Perdón señor debo seguir trabajando, discúlpeme. Eva habla y su voz tiembla. Agacha la cabeza y comienza a salir del cuarto, se aleja, hará de cuenta que nada ocurrió, debe cuidar su trabajo. La mente de él divaga, confunde el miedo de Eva con timidez, una negrita de mierda no puede decirle que no, pero la deja ir, habrá otras oportunidades se dice Franco.
—Así nunca vas a salir de pobre Evita querida. Pensalo bien. Franco habla desde el poder del dinero, se siente seguro, los hechos confirmarán su seguridad, ya lo veremos. Eva no contesta, se va, la siguiente escala es el cuarto del señor Alvear, don Pedro, ese sí que es un hombre decente, no como la mierda de su yerno
*****
Sacalabrini Ortiz decía que la Argentina era una nación ficticia, una nación nominal. El gran pensador de FORJA justificaba tan temeraria afirmación sosteniendo que nuestro país solo era lo que Inglaterra deseara que fuere, la Argentina era solo un producto más del genio británico, no tenía entidad propia, carecía de subjetividad, por lo tanto era simplemente la extensión de un ente principal, de un imperio dominante. La liberación, la constitución de una entidad propia, llegaría cuando el país lograra salir de esa ficción, pasar de lo nominal a lo real, construir su propio destino. Independencia económica, justicia social y soberanía política. Sacalabrini levantaba las banderas del peronismo aún antes de que el peronismo existiera.
La Argentina se constituyó, perdón a los semiólogos expertos, en un enunciador segundo bobo, sin carácter, de un enunciador principal, en una marioneta de un maestro titiritero, desde su propio nacimiento la Argentina hacía lo que Inglaterra decía que haga.
Ahora, si nacimos así, si nuestro nacimiento es producto de la voluntad de otro, si nuestra propia voluntad está sujeta a la voluntad de otro, si somos una ficción, el producto de la acción de una entidad distinta, si somos solo eso ¿realmente existimos? ¿Puede existir algo que es meramente producto de una voluntad externa? ¿O es esa voluntad externa la que nos hace existir? Si somos efecto de una causa que no controlamos, si la Nación, si la Patria, nace y se desarrolla no controlando su origen ni su destino, si la Patria Argentina es efecto de la causa Inglaterra, ¿somos algo? ¿Somos solo ficción? ¿Somos solo un producto elaborado por una entidad autónoma que no nos compete? ¿Podemos salir de ese lugar? ¿Se puede lograr un renacimiento? ¿Puede la ficción ser realidad?
Somos una Patria constituida por otros, nos han creado a imagen y semejanza, no nos dejaron margen para la autonomía, nos han hecho así y hemos dejado que así nos hagan. Somos una Nación creada por un imperio constituyente, un imperio creador, una voluntad devoradora. Los imperios han cambiado, antes Inglaterra hoy Estados Unidos, pero nuestro lugar sigue igual, pétreo, no salimos de la ficción, somos una Patria sin entidad, nos impusieron todo, la economía, la política, la cultura, el destino.
La Patria deberá reconstituirse, pero no desde el lugar en donde estamos, imposible pasar de lo nominal a lo real partiendo desde lo nominal mismo. La solución es otra, habrá que destotalizarnos por completo, des-escribir (acepten el neologismo) la historia, anular el parto de la Patria, nos parieron mal, debemos volver a engendrarnos, destotalizarnos para volver a construirnos completamente, totalizarnos desde foja cero, sin intermediarios, sin voluntades externas supremas, engendrar la Patria nueva.
No se puede definir lo indeterminado, solo aquello que es perceptible, que es concreto, que no totaliza todo sino que por el contrario se caracteriza por sus partes, y que esas partes son productos de una voluntad autónoma, colectiva, nacional, solo aquello que está determinado puede ser definido. La Patria no podrá definirse hasta que ella misma no logre determinarse, hasta que ella misma no se dé una entidad propia, hasta que ella misma se niegue como ficción. Sé que Scalabrini estaría de acuerdo con ello.
Daniel García deja de escribir, mira la pantalla de la notebook; pasan los minutos, cinco, diez, quince. Vuelve a escribir: ¿Cómo lograr determinar algo que está indeterminado? ¿Cómo lograr la conciencia colectiva nacional? ¿Cómo construir una Patria cuando todos tienen una concepción tan distinta de ella? Si la indeterminación de la Patria es producto de la mirada heterogénea que tienen sobre ella las personas que las componen, si esa heterogeneidad es irresolvible, si el conjunto social no representa a cada una de sus partes, si esas partes al unirse explotan por los aires debido a sus respectivas incompatibilidades, si la voluntad general de Rousseau es un quimera de un optimista inteligente ¿podemos plantear entonces la posibilidad de un construcción conjunta, unívoca? ¿Nos podemos totalizar desde diferencias tan basales? ¿Es posible la reconciliación de esas diferencias? ¿Es posible la Patria?
Frena abruptamente, relee los últimos renglones, parece sólido, pero sabe que no lo es, y lo sabe porque recuerda: el hombre tirado, sucio, malnutrido, desahuciado, las miradas que lo cruzan pero que siguen de largo, el desprecio, los chicos bien que se acercan, las escupidas, los insultos, las patadas, la sangre, las convulsiones, la quietud, su cobardía al esconderse, el miedo físico, el mendigo muerto, la pintada en la pared “La Patria Renacerá”, su fuga, la llegada a casa, la seguridad de la propiedad privada, la tesis a desarrollar, el mecanicismo académico de la escritura sin sentimiento, el logro de avanzar en su trabajo, la mentira hacia sí mismo. Mira la pantalla, se sabe una mierda, un cobarde, borra todo lo escrito, la Patria vuelve a ser para Daniel un indeterminante a descifrar.
*****
Se acostó a dormir en el amanecer de la madre patria. Le dolía la cara, pero le dolía más el orgullo porteño de comerse al mundo estropeado por un galleguito idiota y su putita.
Seis horas después despierta, le duele aún la golpiza, pero el orgullo empieza a levantarse. Después de todo se considera un tipo sagaz, que no arruga ante la adversidad. En eso, pensaba, era bien argentino, el vaso siempre había que verlo medio lleno, el pesimismo no estaba permitido en la fantástica Europa. Se pega una ducha, se saca de encima la modorra y la bronca, se cambia, y está dispuesto salir a buscar lo que esa madrugada se le había negado: laburo. Tiene la ciudadanía, por el abuelo Braulio y la abuela Teresa, tiene la capacidad y le sobran las ganas.
Tenía que pagar la pensión. No le había gustado el lugar, daba a sucio, a reservorio de sudacas y moros. Hasta ese día había pensado en cambiar por un hospedaje mejor, más a su altura, más europeo. La idea era laburar unos días y con las propinas ir viendo otros lugares más decentes, con gente como él, con comunitarios a su alrededor. Compartir baño con negros no le copaba demasiado. Por eso solo había pagado una semana cuando llegó a Barcelona. Tenía la habitación hasta el próximo lunes. Decidió seguir ahí, pensión roñosa pero barata, y para estas contingencias imprevistas que sufría servía, lo sacaba del apuro. Hablaría con el dueño y pagaría una semana más por adelantado. Confiaba que en el transcurso de esos días las cosas empezarían a enderezarse y podría irse a otro hospedaje como quería desde un principio. Pero ahora había que resolver la urgencia. Buscó la billetera. Cargaba con toda la plata encima, unos cuatro mil Euros que había ahorrado en la Argentina, ventajas del uno a uno. No confiaba en dejarlo en esa pensión, moros, gitanos y sudamericanos oscuros, bolitas y paraguas, le inspiraban la seguridad de un choreo. Mejor la guita en el bolsillo, siempre con él. Pero la billetera estaba vacía. El mundo, más precisamente Europa, se le venía, una vez más, abajo. Lo habían fajado y robado en una sola tanda. Temió algo peor, el terror a la indocumentación, a ser un ilegal. Pero el pasaporte, que también llevaba a todos lados con él, cualquiera de estos inmigrantes que lo rodeaban mataría por un pasaporte comunitario para adulterar, estaba en el interior de su campera. Lo tomó, le relajo bastante sentirlo en su mano, vio una hoja doblada en su interior, alguien lo había manoseado, lo abrió, en la cuarta página, que esperaba en sus sueños ser sellada por las aduanas de cientos de hermosos países, estaba escrita la palabra SUDACA.
A Juan Álvarez, ya a esta altura, le empezaba a costar mucho ver el vaso medio lleno.
*****
La escena es una más de tantas. El estereotipo de la clase media porteña en el barrio de General Entrerriano. Una familia como cualquiera, padres como cualquiera, hijos como cualquiera. La CABA en todo su esplendor, refulgiendo esnobismo, queriendo ser siempre un poco más, buscando su lugar entre la clase alta. Nunca lo tendrá. Se ilusiona que sí, nadie le quitará ese sueño, salir de la estrechez, del pequeño ahorro, entrar en el consumo masivo del posmodernismo, en la fabulosa tilinguería de tenerlo todo, la posesión como condición de posibilidad de la propia existencia. Los Danti despliegan toda su majestuosidad de familia católica y decente.
—Pendejo pelotudo ¿Qué mierda hiciste ahora? El inquisidor es el padre de familia, Facundo, de profesión taxista, filósofo de la calle.
—Nada papi, es ese colegio de mierda, me tienen de punto. El que se excusó es el hijo único de la familia, Santiago, alumno, maleducado, pendejo insoportable.
—¿Nada? ¿No hiciste nada? Pero la directora me cita pendejo, como si yo no tuviera nada que hacer, me mato todo el santo día en el puto tacho para pagarte la escuela, para darte de morfar, y vos nada, no pegás una, sos un sorete mocoso.
Anulada de la situación, neutral, oyendo todo pero no acotando nada, está la madre de tan simpático núcleo familiar, se llama Susana, ama de casa, odia su país, le gustaría vivir en Miami.
—Contame pendejo ¿qué mierda hiciste? ¿Te agarraste piñas? Peleate nene, así demostrás que sos macho, pero tenés que ser pisho, mandate unas cuantas cuadras lejos del cole, y ahí, lo surtís a cualquiera, te falta lleca nene, mucha lleca, no parecés hijo mío.
—No me peleé con nadie papá.
—¿Qué, entonces te fajaron a vos? O arrugaste ¿No me digas que arrugaste? Que seas quilombero te la dejo pasar, pero que seas puto no, me salís puto y te mato pendejo. Es culpa tuya Susana, siempre consintiéndolo a este boludo, y así salió marica, unos días conmigo y te hago bien hombre, ya vas a ver nene.
—Para papá. No me peleé, no me pegaron, no arrugue con nadie, nunca arrugo viejo, soy tu hijo, vos me enseñaste a meter una buena piña a tiempo. No es eso, es esa hija de puta de plástica.
—La boca hijo. Es Susana que rompe su silencio, sabe que en Miami estás discusiones no existirían, pero está acá en el culo del continente sudaca.
—Vos cállate Susi, que si el pibe dice una puteada por algo será, ¿qué querés, que sea un refinadito maricón? Dejalo que puteé, la lleca te da eso, la palabra fuerte, el coraje, la hombría. Igual ni en pedo voy a tu colegio, decile a tu directora que yo laburo, que si un día dejó el taxi no traigo guita a casa, y la cuota de su querido colegio es bastante salada como para romperle las bolas a la gente. A ver Santiago, contame que pasó.
—Pasó que esa mina está loca papá, loca mal. Santiago comenzó a relatar su mentira de lo que pasó la mañana del viernes en el colegio. Buscó culpables, los encontró, convenció a quien debía convencer, su papá, de que era una víctima de la estupidez docente, de que no había hecho nada malo, de que todo fue una boludez, de que solo fue un festejo con sus compañeros por terminar las clases, le dijo que sí, que debía alguna materia, solo matemática en verdad. Todo lo dicho fue creído. Todo lo dicho fue mentira.
Lo que pasó es muy distinto de lo que Santiago cuenta, pero nadie puede juzgar al pibe, tiene trece años, quiere zafar, es un pendejo insolente, pero no tiene ganas de que su viejo le de cinturonazos por la espalda, pega fuerte el viejo, tiene cancha, experiencia con el cinturón, te da justo con la hebilla, y gritas, y duele mucho. Mejor mentir, cambiar lo que pasó, porque lo que pasó, lo que en verdad pasó, es demasiado zarpado...
...Viernes 7 de diciembre por la mañana, muy temprano, último día de clases en el nivel medio, el primer año del Instituto Nuestra Sagrada Bendición de Cristo, el Nuestra Sagrada para las fuerzas vivas del barrio del General Entrerriano, estaba en clase, si se puede llamar clase a lo que ocurre en ese aula, el descontrol es total, el orden no existe, los pibes por lo tanto se zarpan. Miriam González, la profesora de plástica, ex JP, ex creyente revolucionaria, ex adicta al LSD, ex pintora, ex poeta, ex ser vital, actual ente antropomórfico vacío, respira, mira, habla, pero no ve, no dice, no actúa. Profesora en medio del caos, nada hace, todo se lo hacen a ella. Papelitos por la cabeza, insultos, gritos, escupitajos, pero todo, que es mucho, se tornó poco porque es lo mismo de siempre, ya no hay transgresión, no hay trasvasamiento de límites, lo que le hacen ya se lo hicieron el año entero, nada nuevo surge, todo empieza a aburrir, el nihilismo envuelve el aula del primer año del Nuestra Sagrada. Santiago lo sabe, sabe que aquel que haga algo nuevo, algo zarpado, algo distinto, será visto por el resto como un líder, como el destacado del aula, como el más piola. Santiago quiere ser líder, está dispuesto a todo con tal de sobresalir. Se dispone a realizar su acto revolucionario. Para la revolución Santiago tiene todo, tiene la conciencia de hacerla, quiere revolucionarse, tiene conciencia de sí, no la sabe, Santiago nunca leyó, y dudo que lo haga, a Karl Marx. Tiene además, Santiago, las condiciones materiales para que su revolución sea exitosa. Tiene, entonces, la condición subjetiva, su conciencia de líder, y tiene también la condición objetiva, la materia en sí. Santiago es, además de líder, pijón, salió a papá. Papá Facundo y su pija enorme, está tan orgulloso de ella como de su tacho, alardea de ella tanto como de su sabiduría de la lleca, pija y lleca tiene Facundo, la vida entera se va a devorar con esa combinación. Pero volvamos a Santiago, el vástago de Facundo, que nació, producto de la pija de su papá, con las dimensiones de la pija de su papá, esa es su condición material para su hecho revolucionario, que inminente, se acerca. Hace unos meses le creció la pija, y mucho, a Santiago, le salieron pelos, y muchos, en la pija a Santiago, y adquirió la capacidad, nueva, adictiva, placentera, de eyacular. Santiago, no lo olvidemos, está dispuesto a todo con tal de ser el líder de su curso. Se la manosea, la para, la muestra, sus compañeros ríen, sospechan lo que se viene, una de las chicas del curso lo ayuda, se la agarra, lo masturba, la pija de Santiago se pone dura, igualita a la de papá, que orgullo para el viejo che. Se la toca más, siente que viene el borbotón, el estallido, se acerca a Miriam González, la profesora de plástica, el ente que perdió al ser, ese ser que huyó producto del exceso de LSD o producto de desilusiones profundas, quien sabe. Facundo está sobre la profesora, ella no lo nota. Facundo toma la cartera de la profesora, ella no lo sabe. Facundo acaba dentro de la cartera, ella ni se entera. Un espeso y abundante semen inunda la cartera de Miriam González, en pocas horas las páginas de su documento de identidad serán imposibles de separar cuando ya esté seco el semen que las invadió. Ese documento nacional de identidad, ya inútil, mostraba a una Miriam joven, llena de ilusiones, llena de alegría, llena de esperanzas. Todas cosas perdidas ahora para ella.




