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—Torturas Pedro
—¿Torturas? ¿Los milicos torturaban? No te lo puedo creer. Falta que me digas que la CIA también tortura, o que lo hacen ustedes en la SIDE. Pedro se ríe, irónico
—¿Nosotros Pedrito? Jamás lo hicimos, y jamás lo volveremos a hacer.
—En serio Rogelio, contame el tema de las torturas.
—El Nuestra Sagrada fue un centro clandestino de detención Pedro, el más secreto, el menos pensado.
Ahora Pedro ya no ríe, se sorprende, no esperaba ese dato.
—Y si a todo esto sumas las denuncias por abusos sexuales a menores tenés de sobra para apretar a quien te esté jodiendo.
—¿Y quién te dijo que alguien me está jodiendo?
—Somos pocos y nos conocemos muchos Peter.
—Contame todo.
Pedro anota, elucubra un plan, está más seguro que nunca que jamás se hundirá ante nada.
*****
No nació para esto, se hizo con el tiempo. De chico, en su infancia en Chascomús, quería ser policía, o mejor bombero. Pero muerta la infancia murió también su vocación por el bien, por ayudar al otro. A los quince repitió tercer año del secundario por segunda vez, luego otra vez más, a la cuarta dejó los estudios. Su madre ya no estaba, nunca estuvo, lo abandonó poco después del nacimiento, eran solo él y su padre, y su padre le dio la opción: o laburás y aportás guita para la casa o te mandás mudar. No lo dudó ni un segundo, se mandó a mudar.
Llegó a la Capital Federal, que ya era el centro del universo, pero que aún no era la CABA, la autonomía llegaría cinco años después, con la reforma del Más Vivo de Todos. Corría el año 1989: hiperinflación y crisis. No fue fácil establecerse, pero Gonzalo Gutiérrez tenía una gran virtud, algo que pocos poseen: perseverancia ante la adversidad. El destino le tenía su futuro preparado, la Providencia decidió por él, llegó en el momento justo: la Ciudad puerto, su periferia, los saqueos a los supermercado, y él, con diecisiete años, comenzando a robar, aprendiendo a vivir al margen. Cayó preso, en la comisaría primera del Partido del Libertador de América se comió la primera paliza de la bonaerense, serían varias las que seguirían. Se conoció con gente, prosperó, avanzó en la vida, al margen, ese era su lugar, su oficio, su vocación. Él, que quería ser policía, o mejor bombero, comenzó a delinquir como forma de ganarse el pan. Se estableció en Villa Severino a principios de los 90´, cuando el negocio recién comenzaba. Estuvo en el lugar justo y en el momento preciso, todo se estaba por hacer. Comenzó de punta, de gil, fue creciendo, armando sus propias cocinas de merca, su propia empresa, su monopolio del comercio de cocaína. No fue nada fácil, corrió sangre, algo de la suya, mucha de los demás. A los veinte mató por primera vez, un encargo de los de arriba, un ajuste de cuentas con un bobo. No le costó, mató fácil, y algo que sale tan fácil, casi natural, casi un don, no puede dejarse, no debe dejarse. Siguió matando: soplones, adversarios, indecisos. Mató también porque sí, para no perder la práctica.
Los noventa avanzaban y Gonzalo Gutiérrez se nutría de ellos. Capo y señor de Villa Severino, amo de todo, respetado y temido, hombre de negocios, un chiquillo de pueblo comiéndose al mundo. Si lo viera su viejo, pero no, el viejo nada quería saber, no aceptaba su vida, le repugnaba, la rechazaba. Para mediados de 1995 Gonzalo le mandó pasaje, lo recibió emocionado, se excedió en gastos para agasajar a su anfitrión, pero su padre comenzó con las preguntas, quiso saber de dónde salía tanta plata, y se enteró, y se angustió, y se fue ofendido, puteándolo, arrepintiéndose de haberlo procreado. Que se vayan todos a la mierda pensó Gonzalo, a la mierda la familia, a la mierda todo, el mundo es de los audaces, y un audaz no le teme a nada. Se fue haciendo de a poco, se creó el mismo, se convirtió en un narco importante. Pero aunque simulara que nada le importaba fue, de a mucho, de puro nervio, perdiendo todo su pelo, en menos de un año todo Severino lo conocía como el Pelado Gutiérrez
******
El corazón le late demasiado rápido, debe calmarse, debe pensar con tranquilidad, pero no puede, hoy es la cena, faltan solo un par de horas. ¿Qué se va a poner? ¿Cómo estar a la altura de las circunstancias? ¿Qué se pondrá ella? ¿Cómo estará? Espectacular sin duda, como siempre, como ella la sueña, la imagina, la fantasea. Debe ducharse, comenzar a prepararse, es una noche especial, no solo para ella, Sergio está como loco, más loco que de costumbre ¿y más agresivo? Ella espera que no, lo que menos necesita ahora es un hematoma, o peor aún, terror de los terrores, un diente menos. Debe lucir hermosa, ella debe verla hermosa. Débora Casillas comienza a prepararse para la cena en casa de los Aversente, Verónica la espera, y eso la llena de entusiasmo, y también, para que negarlo, de lujuria.
*****
Agustín Casillas dibuja sentimientos, dibuja lo que le pasa en el corazón, se dibuja él: dos palitos por piernas, un palito para el cuerpo, otros dos palitos por brazos, un círculo forma la cabeza, una línea curva la sonrisa, un garabatito le añade el pelo. A su lado, pegado al palito-brazo derecho, la dibuja a ella: iguales palitos, un triángulo simula una pollera, el garabato final es más grande, intenta imitar su pelo, la línea curva, otra vez, emula la sonrisa. Por detrás un sol de crayón amarillo los ilumina.
Ojalá la vida fuera para Julieta y Agustín un dibujo feliz, la realidad es otra, ya lo sabemos.
*****
Está en la cocina, frente a él un vaso de whisky, primero y último, debe tener la mente lúcida, debe pensar con claridad. Esta noche podría ser la más importante de su vida, negocios, prosperidad, salir de lo chato, de lo mediocre, de la mierda vulgar de la clase media. Crecer, avanzar, conquistar, el mundo debe ser de él, todo es poco, ahora es poco, ¿cuál es su vida? ¿Su mujer, pálida, aburrida? ¿Su hijo, callado, bobo? ¿Sus amantes fugaces? ¿La idiota del boliche del viernes pasado? ¿Su trabajo estancado? No, eso no puede ser la vida, tiene que haber una salida, hoy es la salida, hoy es la noche, su noche, nada la va a arruinar, nada se podrá interponer entre él y su destino. Sergio Casillas toma el vaso de whisky de un sorbo, se siente con fuerzas, lleno de coraje, se levanta, entra en su dormitorio, llama a su mujer, nadie contesta pero escucha la ducha prendida, la idiota debe estar bañándose piensa Sergio, mejor así, hoy hay que ser puntuales, esta noche debe ser perfecta piensa Sergio y sonríe loco de ambición.
*****
Se está duchando, un baño normal, como siempre, rutinario, hasta que la ve, ahí, al costado de la bañera, la guillete de su marido, la espuma de afeitar, no duda, un impulso inmanejable la dirige, un presentimiento de lo que pasará esa noche, la sensación de querer estar perfecta, inmaculada. Se esparce la espuma por la entrepierna, la acomoda con prolijidad, el pubis, el monte de venus, comienza a afeitarse, no deja de pensar en ella, se moja, todo se confunde en la ducha, la espuma, el flujo, el placer, los orgasmos, el éxtasis total. Termina, la ducha llega a su fin, se pone la bombacha en el baño, no quiere que Sergio la vea así, lampiña, eso es solo para ella y no para el bobo de su marido. Sale del baño cubierta por una mínima tanga, Sergio está en la cama, ve la televisión, ni cuenta se da de la semidesnudez de su mujer, gajes del matrimonio consolidado.
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La familia Casillas está lista para la partida. Sergio de Jean y camisa, ambos Tascani, la apariencia es vital, te juzgan como te ven, Sergio lo sabe muy bien. Débora está hermosa, el pelo planchado, un vestidito liviano, veraniego, le cubre el cuerpo hasta unos centímetros debajo de su culo, provocación buscada por ella; él, su marido, ni se entera. El matrimonio encara la futura noche lleno de deseos, lamentablemente ninguno coincide. Él busca negocios, escaparse de lo que es, de la inconformidad que lo agobia, del presente estancado, mediocre. Ella busca ser vista, seducir a quien la seduce, sentirse deseada por quien ella tanto desea, ser una mujer a la altura de Verónica Aversente. Marido y mujer salen en busca de sus destinos, casi ni perciben a su vástago, su hijo, Agustín, de bermudas y musculosa, con el dibujo de su amada escondido en un bolsillo, que sale también buscando su destino. Una familia más de la CABA, nada distinta a tantas otras, negar lo que se esconde es la idiosincrasia principal de esta hermosa ciudad.
*****
La mansión Alvear-Aversente, siempre Alvear va primero, nadie debe olvidarlo, se prepara para recibir visitas. Pedro, como casi siempre, está encerrado en su estudio, habla por teléfono, una charla pendiente con su amigo, contacto interno de la SIDE, Rogelio Anglada.
—Ya no hay mucho más para contar Pedro. Este tipo Zuñiga comenzó a cuidarse después del escándalo.
—Son más de quince denuncias concretas Rogelio, todas cajoneadas, tonto no es el tipo, o frenaba o el episcopado le retiraba el apoyo,
—El barrio entero cayó en el silencio, nada se dijo del tema de los abusados
—Supuesto abusados Rogelio
—Supuestos tengo los huevos Peter. El tipo estaba hasta el cuello, taparon todo, presionaron, pusieron guita, sobornos, y algo más
—¿Algo más? Pedro disfruta cada vez más de la conversación, informarse sobre posibles enemigos es construir poder.
—Una familia siguió con las denuncias.
—Contame. Dice Pedro, se inclina en su sillón, cierra los ojos, absorbe la información.
—Dejame leer el expediente Peter, a ver, familia Echarte, Guido y Luisa, padres de Lucía, cinco años. Se las buscaba pendejitas de verdad el cura. Rogelio habla y ríe con sarcasmo.
—Y los Echarte ni con presiones ni con sobornos. Arriesga Pedro.
—No, el matrimonio no cedió ante nada. Los frenó el accidente
—¿Accidente? Pedro abre los ojos, se acomoda en el asiento, cuando comenzó a buscar información para presionar a Norma Conesa, si la estúpida directora se metía donde no debía, no esperaba esta novela de intrigas que Rogelio le estaba contando.
—Se mataron Peter, todos, la nena incluida. Invierno de 1981, intoxicación por monóxido de carbono, el calefón mal conectado, la casa poco ventilada, el expediente dice esas y algunas mentiras más.
—¿Y vos crees que el Nuestra Sagrada estuvo metido en esto? ¿Para tanto es el poder de estos tipos?
—Yo no creo en nada Peter, solo te informo.
—Y yo te agradezco. Muy útil todo lo que averiguaste.
—Peter.
—Si Rogelio
—Una cosita más. Dice Rogelio que se propone atacar
—Decime. Contesta Pedro, que se ve venir el ataque.
¿En qué andás? Contame.
—No. El tono de Pedro es frío, terminante
—Te conviene. El tono de Rogelio es sereno, pero algo amenazador
—¿Por qué? ¿Me vas a mandar a la SIDE?
—No jodas Peter, somos amigos.
—Y los amigos se respetan el silencio
—Es verdad.
—Chau Rogelio, te va a llegar el cheque por tu trabajo, pago bien, lo sabés.
—Lo sé Peter. Hasta la próxima amigo.
Pedro cuelga, su mente prende, una vez más, la luz de alarma. En su libreta, recuadrado, entre los datos de las corruptelas varias del Nuestro Sagrada, anota: cuidarse de Rogelio Anglada. En ese momento suena el timbre, las visitas llegaron, Pedro Alvear, señor y anfitrión, baja a recibirlas.
*****
Termina de cambiarse, se mira al espejo, se arrepiente y se quita la corbata, le da más informalidad a su look, mete panza, engordó mucho los últimos años, se le cayó mucho el pelo también, se ve algo pálido, viejo, lo contrario de su mujer, cada día mejor ella, claro que la cirugía ayuda, pero la actividad física también, parece una pendeja, el culo firme, las tetas fabulosas, el abdomen plano, y esas terribles ganas de coger de las últimas semanas, o se ponía en forma o pronto su mujer le iba a meter los cuernos con algún pendejo pelotudo pero con pija firme. Pobre de ella y pobre del bobito que se atreviera, su suegro tenía contactos en la SIDE, un llamadito y el pibito desaparecía. Franco Aversente sale de su habitación, baja a la cocina, allí esta Eva que prepara la cena, le mira el culo, paradito, chiquito, y seguro bien negro, como ella. Se calienta, esa negrita de mierda lo ponía a full, se acerca por detrás, la rodea con sus brazos, le manosea las tetas, Eva se aparta, sin hablar, Franco insiste.
—Dale Evita, hay guita ¿sabés?, más de la mierda que ganás limpiando mugre.
No contesta, Eva calla y sigue trabajando, cocinando para su acosador, para la mujer de su acosador, para el suegro de su acosador, y para las visitas que invitó su acosador.
—Ya vas a ceder Evita, a todas les gusta la pija, y la guita.
Antes de irse le palmea el culo, Eva cierra los ojos, se concentra en sus tareas, una lágrima rueda por su mejilla.
*****
Su marido acaba de salir de la habitación y Verónica Aversente acaba de salir de la ducha, se seca en el dormitorio, elige la ropa interior, la última que compró, osada, hermosa, creada para ocasiones especiales ¿era esa una noche especial? ¿Disfrutaría ella y alguien más de su nueva ropa interior? Su deseo era que sí. Se pone la tanga, se pone los tacos altos, se mira al espejo, bronceada, estilizada, el culo en lo alto como una ermita llena de lujuria, se sabe hermosa, fatal, irresistible. Se termina de cambiar, descarta el corpiño, una musculosa cubre sus tetas, casi no las puede contener, los pezones sobresalen, urgentes, necesitados. Completa su vestuario con una pollera, algo larga, pero suelta, dócil, de fácil acceso para unas manos de amante apasionado, o mejor dicho, apasionada. Se peina, se maquilla, todo listo. Suena el timbre, es ella, es Débora, piensa Verónica y se muerde el labio excitada.
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Vestida para la ocasión, pollerita rosa, remera de Barbie y sandalias blancas, Julieta Aversente está intentando rezar, a solas, porque en familia siempre rezaba y nunca funcionaba, el Monstruo la seguía lastimando. Así que, ahora, volvía a rezar, pero en soledad. Le pide a Dios que la ayude, que se lleve al Monstruo bien lejos, que ya no la lastime, le pide a Dios porque alguien le dijo que Dios existe, que ella estaba equivocada, que Dios además de existir es bueno y nos ayuda, y no fue el padre Foris, que siempre dijo eso de Dios, que existe y que es bueno, no, esta vez quien se lo dijo es alguien en quien ella confía, alguien de quien se enamoró, alguien que esta noche vendrá con sus padres a casa. Entonces Julieta reza:
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, salvame del Monstruo, alejame del Monstruo, llevate al Monstruo. Agustín me dijo que sos bueno, que todo lo podés, que me vas a ayudar. Ayudame Diosito, soy chiquita y sufro.
El sonido del timbre interrumpe el rezo. Julieta salta de la cama y corre escaleras abajo, Agustín la espera.
*****
Sábado a la noche y horas extras, estaba podrida de las horas extras, pero eran necesarias, todo era gastos, todo era esfuerzo ¿y para qué? ¿Para sobrevivir y nada más? ¿Valía la pena? Más vale no preguntarse nada, más vale ponerse las anteojeras, no mirar hacia los lados, fijarse el rumbo y darle para adelante. Aguantar la pobreza, aguantar el acoso del pajero de Franco. La humillación le cortaba el alma, pero es parte de la vida, al menos de su vida. Vestida a la orden del día, de muqui diría la chetada, y ella trabaja para la chetada, es limpiamierdas de ricos. Todo saldría bien, sus patrones quedarían contentos y ella llevaría alguna platita más a casa, por Néstor y por Matías, por sobrevivir, que ya era mucho. Eva Ibarguren esta lista, las visitas pronto llegarán, la mansión Alvear-Aversente, siempre, a no olvidarlo, el Alvear va primero, se prepara para la farsa del esnobismo de la CABA. Suena el timbre, Eva abre la puerta, saluda:
—Bienvenido señor, señora, niño. Adelante por favor.
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La cena transcurrió como suelen transcurrir en estos casos, todo políticamente correcto, no hubo palabras de más, tampoco de menos, se evitaron silencios incómodos, hubo risas fingidas, preguntas forzadas, respuestas más forzadas aún, lo típico. Sentados a la mesas están los matrimonios, cada uno en un lateral, los hombres enfrentados, lo mismo las mujeres, los niños enfrentados también. En la cabecera, al mando como siempre, Don Pedro Alvear.
Eva sirvió la entrada: coctel de langostinos. El plato principal: lomo al champiñón. El postre: mousse de chocolate con frutos rojos. Para los niños todo fue milanesas con papas fritas y mucho helado de chocolate y frutilla. Coca-cola para los pequeños, vino tinto, de alta gama, para los adultos. Eva se retira, debía lavar la vajilla usada por los afortunados comensales, ellos de sobremesa, ella, esponja en mano, en el fregadero de la cocina, apurada por volver, Severino se ponía bravo a estas horas. Se acerca Pedro, le habla:
—Evita, linda, apenas terminés te tomás un taxi, un hermosa mujer como vos no es aconsejable que ande sola por la calle a estas horas. Además debés estar cansada.
—No importa señor Pedro, el colectivo viene rápido, no se haga problema.
—Ningún problema Evita, tomá, agarrá y disimulá para que los patrones no se enteren. Pedro le guiña un ojo, le sonríe y deposita en sus manos dos billetes de cien pesos. Eva los toma.
—Gracias señor Pedro, es usted un buen hombre
—Estuviste impecable Evita, sos una gran cocinera, el lomo me hizo acordar al que me hacía mi vieja. Siempre seductor Pedro, no descansaba nunca en su rol.
—Descansá que te lo merecés, nos vemos el lunes.
Eva se sonroja, ese hombre era maravilloso, caballeros así el mundo ya no alumbraba más.
—Gracias Señor Pedro. Hasta el lunes.
Mientras termina de lavar Eva piensa y toma decisiones. Sabe que va a guardar el dinero, sabe que va a tomar el colectivo. Le mentirá al pobre don Pedro, pero necesita esa plata para cosas más urgentes que un viaje en taxi, ahí estaban el pan dulce y la sidra para la navidad, y algún regalito para el Mati. Pobre señor Pedro, piensa Eva, y se siente horrible por tener que mentirle.
A Pedro Alvear Eva Ibarguren le chupa un huevo. Sabe que los doscientos mangos se los va a guardar esa negra, para comprar vino en cartón seguramente, pero no estaba de más dorarle un poco la píldora y tenerla de su lado, nunca se sabe, podían venir tiempos difíciles. El instinto de Pedro auguraba tormentas en su futuro, su percepciones a veces fallaban, pero muchas otras no. Se retira a su estudio, saluda a todos, respetuoso, protocolar, aduce temas de edad, se ríe, seductor, deja solo a los matrimonios con sus charlas estúpidas, seguro se yerno hablará de guita, de lavado, de devaluación futura, él lo sabe, él mismo se va a forrar en guita con eso, pero está cansado y tiene temas más urgentes que resolver, dejará actuar el estúpido de Franco, un inservible, pero padre de su nieta, la criatura que lo pierde, que lo fascina, que lo lanza al extravío. Que haga la pasta el bobo, que se vaya lejos, que quede solo su hija y su nietita, y si su hija se iba, si lo acompañaba, mejor aún, sería como una luna de miel, dos amantes asimétricos: Don Pedro Alvear, sesenta y cinco años, de profesión millonario, Julieta Aversente, seis años, de infancia arruinada. Abuelo y nieta juntos en el medio de la CABA.
*****
Hablan de negocios. Se retiraron al jardín, fuman unos habanos Cohíba y beben whisky Johnny Walker etiqueta negra. La pileta climatizada frente ellos es la única testigo de la una conversación llena de éxito y de tilinguería, la CABA en su estado puro late en ellos.
—¿Hacemos negocios Sergio?
—Hagamos negocios Franco.
—Se viene un estallido amigo, la convertibilidad se va a la mierda, se acabaron las joyas de la abuela, la guita que ingresó vía privatizaciones se acabó, nadie presta un mango más, ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni el Club de París, ni nadie. Se acabó la ilusión, el uno a uno toca su fin.
—Mierda ¿y ahora qué?
—Ahora aprovechamos gilastrún. Dos negocios, uno a corto plazo, otro un poco más largo, pero de mucha más guita.
—A ver, explicame de que se trata. Dice Sergio, que ya siente su despegue de la opaca clase media.
—Primero, ahora, ya, a comprar dólares. A sacar los pesos del banco, hay contactos para evadir el congelamiento de dopósitos, no te preocupes, la gilada no puede sacar la plata, y nosotros de gilada no tenemos nada, no dejamos un solo peso, los convertimos en guita verde, cambiamos todo, en el mercado legal, en el paralelo, donde sea. Todo en guita yanqui.
—Ok. Hasta ahí vamos bien, ¿y después?
—Los dólares a una caja de seguridad, y desde allí los fugamos a Montevideo, en unos meses con parte de esa guita le compramos bonos al Estado.
—¿Estás loco? Si el uno a uno se termina se viene el gran quilombo, y vos querés darle guita al Estado.
—Sergio querido, el Estado en crisis vende barato, bonos basura, en unos años cuando esto levante un poco esos bonos van a valer mucho más. Se llaman fondos buitres, compramos bonos a Estados desesperados, que no tengan chances de discutir ni el valor, ni el interés, ni la plaza financiera que se fije; le damos guita, agarran rápido sin pensar, total cuando tengan que pagar ya no van a ser gobierno, que se arreglen los que vengan, en diez años compramos palas para levantar la guita que ganamos. Hay un yanqui que dirige un fondo de inversión, nos metemos ahí con él, el tipo es serio, pasó por Perú, Nicaragua, Zambia y el Congo, se forro en guita, y ahora se viene para acá, a nuestro querido paisito.
—¿y si el Estado no garpa?
—Hay riesgos que asumir Sergio, pero el Estado no quiebra, si no tiene guita tiene recursos, comenzaran los embargos, leí mucho sobre este yanqui, es dueño de medio planeta el tipo.
—¿Recursos?
—Empresas, petróleo, minerales, lo que quieras. ¿Te ves en diez años como magnate petrolero Sergito?
—Me veo muy bien amigo. ¿Pedro sabe de esto?
—Pedro hizo esto. Estuvo en todos lados, la economía de los últimos veinticinco años se llama Pedro Alvear, es él quien pone la mayoría de la guita, nos da los dólares, con lo nuestro no alcanza Sergio, mi suegro nos da un préstamo desinteresado, no busca ganar, su ganancia está en otro lado, Pedro quiere poder, guita le sobra.
—Entonces él pone la primera guita grosa.
—S, y con esa guita conviene rajarnos por un tiempo, él nos sostiene la fuga, ya te voy a contar, ahora brindemos. Brindá Sergio, brindá que hoy comenzamos la vida de los ricos.
—Por la guita Franco.
—Por la guita Sergio.
Los vasos de whisky chocan, chinchín y que siga el baile nomás.
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Es un ritual, una convención de género. No reconoce clases sociales, ni religión, ni apariencia física. No es producto de una determinada generación, más tradición que moda, toda mujer muestra a su invitada, algo orgullosa, algo avergonzada, los casos varían, el lugar donde vive, es decir, su casa, su propiedad, su lugar en el mundo, el oikos posmoderno del cual, al parecer, no puede salir, por más libertad que grite y suponga. En este caso no se produce excepción alguna, Verónica muestra su hogar, Débora observa y admira, a la casa, y a la anfitriona.




