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—Claro, a veces la lectura del café no dice cosas agradables —me explico—, pero yo siempre les digo que pueden cambiar su futuro si así lo desean.
— ¿Cómo? Si tú ya viste su futuro, ¿No se supone que tiene que suceder? —le pregunté.
—No, Ana, yo no veo nada. Solo es una interpretación, la gente tiene el poder de llevar su vida por el camino que desee.
Muchas veces le pedí a mi mamá que leyera mi café, pero nunca quiso hacerlo. Me decía que si de entrada ya era inquieta, con una taza de café encima no habría quién me aguantara. Sin embargo, creo que no accedió por otra cosa, algo sobre mi futuro que no me quería revelar.
Tengo otra cosa muy importante que contar acerca de Carlo y Melva Amser, pero eso también será en otro momento. Por ahora, basta con que sepan que son padres muy cariñosos y que los amo como loca. Siempre me dijeron que para ellos yo era un regalo del destino. No entendía en ese entonces, pero ahora sé exactamente a lo que se referían.
La ultima de mis rarezas es más bien una cualidad. Soy el paño de lágrimas de todos mis amigos Se los explico por si no conocen la expresión: es cuando, por alguna razón, la gente se acerca a ti para contarte sus penas y terminan desahogándose a punto de pegar el grito. Algo así como lo que hace mi mamá con la gente que va a que le lea el café; solo que sin café ni lectura ni nada, solo escucho y aconsejo.
Según dicen mis amigos, siempre tengo las palabras precisas para consolarlos. No sé, será que hay algunas situaciones que a la mayoría de la gente le resultan muy difíciles de solucionar, y para mí son tan sencillas como contar hasta tres.
El maestro Bulnes me dijo una vez que yo tengo mucha inteligencia interpersonal, eso significa que se me da lo de entender lo que le pasa a los demás y darles consejos, o sea que soy una especie de psicóloga. Y la verdad, a mí me fascina aconsejar a mis amigos y ayudarles con sus problemas. Como aquella vez que Mina hizo trampa en un examen y se sentía muy nerviosa y culpable. Le aconsejé que confesara la verdad, pidiera disculpas y afrontara las consecuencias. O cuando a Eric se le murió Alejo, su cotorro, y se deprimió tanto que no hablaba con nadie.
Lo malo era que, aunque se me facilitaba ayudar a otros a solucionar sus problemas, no terminaba de entenderme a mí misma. Ese sentimiento de no pertenecer al mundo en el que vivía no de jaba de torturarme. Había días en los que les sonreía a todos, pero por dentro me sentía extraña y nostálgica. Me daba por pensar que todas mis rarezas se debían a que yo era algo así como una extraterrestre que se quedó estancada en el planeta Tierra como E.T. Por eso nunca me enfermaba y sabía idiomas que nadie me enseñó.
Mi suposición no estaba tan equivocada. Esa pintura, “Anacronismos”, era la hebra que había que jalar para descubrir el hilo de mi historia, solo que este hilo estaba lleno de nudos que tendría que deshacer.
Bueno, ahora que me conocen mejor, puedo seguir contando la historia.
Señales
La segunda vez que vi al misterioso hombre barbón del museo fue en Zhang’s, el restaurante de comida china favorito de mi papá. Y lo era por la simple y sencilla razón de que era el único restaurante chino en la ciudad del que no salía con el estómago hecho pedazos, a pesar de que siempre que íbamos barría sin piedad con el pollo agridulce y los rollitos primavera.
Era viernes de bufé y papá iba por la tercera vuelta. Yo ya había tenido suficiente y, al parecer, también mamá, porque tenía una cara de “debí parar en el tercer bocado”.
— ¿Estás bien, amor? —le preguntó papá a mamá al regresar de la barra con un plato inundado de tallarines con camarón.
—Creo que me cayó mal la comida.
Apenas le llegó a mamá el aroma de los camarones y su cara empeoró.
—Pero... —papá se alarmó—. Nunca en la historia nos ha caído mal la comida de Zhang’s. Habrás mezclado.
—Necesito ir al.
Mamá no dijo más y se lanzó a correr al baño.
Papá estaba desconsolado. Si la comida enfermaba a mamá, adiós pollo almendrado y sopa wantan. Tendría que iniciar la búsqueda de un nuevo lugar donde comer a sus anchas, porque mamá ni loca querría regresar ahí.
—Voy por más comida, quizá sea la última vez que vengamos aquí —papá se puso de pie y fue de nuevo al ataque.
En ese instante se apareció. Al principio no lo reconocí porque creí que era un mesero de Zhang’s. Bueno, en realidad lo era. Llevaba puesto el traje típico de los empleados del restaurante: una chaqueta negra con motivos orientales en rojo, pantalón amplio y banda en la cabeza. Fueron sus barbas canosas las que lo delataron.
—Cortesía de la casa —dijo el hombre barbón mientras me extendía una charola repleta de galletas de la suerte.
—No, gracias.
— ¿No quieres saber tu futuro? —insistió el hombre, y trató de sonreír, lo hizo tan mal como cuando lo intentó en nuestro primer encuentro.
No me quedó más remedio que aceptar la galleta. También dejó una para mi papá.
—Provecho —dijo el hombre barbón, y se retiró de la mesa justo cuando papá regresaba con una montaña de rollitos primavera en su plato.
—Galletas de la suerte. También las voy a extrañar —dijo papá con melancolía, y se apresuró a partir en dos la galleta y sacar el papelito de su interior.
— ¿Qué dice? —le pregunté mientras partía mi galleta.
—“Una inmensa alegría llegará a tu vida” —papá leyó el mensaje voz alta—. Espero que esa alegría sea el mejor restaurante de comida china del mundo, porque dudo que tu mamá quiera regresar acá después de esto.
Me reí.
— ¿La tuya qué dice?
Mi mensaje no era tan claro como el de papá.
Cinco giros has de dar...
Cinco momentos que fueron y serán...
—Quizás se refiere a que debes practicar gimnasia —sugirió papá.
Puedo entender cualquier idioma, pero este mensaje, que más bien era un acertijo, no me resultaba para nada claro.
Mamá regresó muy desmejorada.
—Creo que debo ver a un médico, esto no es normal.
Para fortuna de papá, no sería su última visita a Zhang’s. En un par de días, y tal como lo indicaba la galleta de la suerte, el malestar de mamá se convertiría en una inmensa alegría, un giro inesperado en sus vidas.
Giros. Cinco giros. Cinco momentos que fueron y serán. El enigma seguiría en mi cabeza por el resto del día. No pude evitar pensar en la pintura que había visto un día antes en el museo, y en el hombre de barba que ahora también se había aparecido en el restaurante. Qué cosas tan raras me estaban pasando.
Mientras papá pagaba la cuenta, me acerqué a otro mesero y le pregunté por el hombre que obsequiaba las galletas de la suerte. El joven chino me explicó que nunca antes había visto en el restaurante a alguien con esas características.
Al día siguiente era sábado y había quedado con Mina en ir a casa de Eric para hacer un proyecto de Educación en las Artes. El maestro Bulnes nos encargó que investigáramos la biografía de un personaje que hubiera sido revolucionario en su arte.
Como suele pasar cuando hacemos trabajos en equipo, ponernos de acuerdo fue un problema. Yo quería hacer el trabajo sobre Leonardo Da Vinci, pero ni Eric ni Mina estuvieron de acuerdo. Él puso como opción a Demóstenes, un orador de la Antigüedad, y Mina estaba aferrada en que la biografía fuera sobre alguna top model.
Finalmente elegimos a Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, mejor conocido simplemente como Mozart. Empezamos a buscar información sobre él y ¡vaya que era un genio! A los cinco años, cuando la gente normal apenas aprende a hablar con sentido, él ya componía obras musicales. Escribió un montón de canciones, óperas, sinfonías y toda la cosa, algo así como seiscientas.
Pero me estoy adelantando, como siempre... Lo que les quería contar sobre ese sábado no era tanto por Mozart (que sí, ni como negar que era fabuloso), sino por Eric. ¿Recuerdan que estaba vuelto loco por el concurso de oratoria en el que iba a participar? Pues bien, ese día que llegamos a su casa, su mamá nos abrió la puerta y nos dijo que pasáramos a su cuarto. Antes de que tocáramos la puerta lo escuchamos ensayar su discurso. Mina y yo nos quedamos sorprendidas de lo bien que lo decía. Hasta se nos puso la piel chinita cada vez que levantaba la voz. Le ponía mucho sentimiento.
Eric no es ni de chiste el alma de la fiesta, es un niño bastante tímido y callado.
De hecho, cuando se inscribió en el concurso de oratoria nos dejó a todos con la quijada en el suelo. ¿Eric en oratoria? Y es que deben saber que cuando estábamos en tercero de primaria, él no solo hablaba poco, sino que además lo hacía tartamudeando. Ya sabrán cómo le iba con las burlas de otros niños: le ponían apodos, lo imitaban o lo presionaban para que hablara y pusiera en evidencia su problema.
A mi pobre amigo le costó mucho trabajo superar su tartamudez. A medida que fue desapareciendo, también se fueron las burlas. De todas maneras, él prefería hablar poco, quizás por miedo a que en un descuido volviera a tartamudear. Cuando se supo que se había inscrito en el concurso, las risitas y los comentarios malintencionados aparecieron nuevamente.
No saben la rabia que me daba ver a las bolitas de niños sangrones reírse mientras lo señalaban A ver, que ellos también participen para ver si son tan buenos como para tener derecho a burlarse.
Llego por fin el día de la primera eliminatoria en el salón. Participaron tres niños: Calixto, Danya y Eric. Los primeros dos hicieron muy buen trabajo, pero no eran nada en comparación con lo que estábamos por presenciar.
Mi amigo se paró frente a todo el grupo. Había preparado un tema que se llamaba “La paz: el camino hacia el futuro”. Algunos niños se veían a las caras, ansiosos por iniciar con las burlas, pero a él no pareció importarle. Antes de pronunciar su discurso, paseo la mirada por el salón con una actitud orgullosa. Era como si el Eric que todos conocíamos, de pronto fuera sustituido por otro que se vela lleno de confianza —quizás su doppleganger—. Y entonces comenzó:
—“Las oportunidades pequeñas son el principio de las grandes empresas”, esta frase pertenece a Demóstenes, el célebre orador griego.
Fue una sorpresa enorme. Mina y yo estábamos felices viendo como todos los burlones del salón se tragaban sus palabras. Eric empezó a decir su discurso lleno de seguridad, haciendo pausas y movimientos muy precisos. Su voz retumbaba en todo el salón.
No faltaron quienes se emocionaron al punto de soltar un par de lagrimillas, entre ellos, yo.
—No somos el futuro, somos sus constructores. Cada acción nos lleva a ese mundo que imaginamos en nuestra mente y que solo será posible con esfuerzo, fe y decisión.
Los aplausos y los chiflidos inundaron el salón. Eric abandonó su personaje seguro de sí mismo y volvió a ser el chiquillo asustadizo que todos conocemos, pero ahora en su cara había una gran sonrisa. Por supuesto que él fue quien ganó el concurso del salón y luego el de la escuela, y finalmente, el del distrito. El siguiente paso era competir en la final contra niños de toda Reindera, y eso era lo que lo tenía muerto de nervios.
Se preguntaran: ¿Y cómo logró Eric superar su tartamudez y volverse un súper orador? Yo también tenía esa duda y no me quedé con las ganas de preguntarle. Eric me contó sobre ese tal Demóstenes, un orador que vivió en Grecia allá por el año 300 antes de nuestra era. Nació siendo rico, pero quedó huérfano y en la miseria cuando apenas era un niño, y por si fuera poco, también era tartamudo. Quería con todas sus fuerzas ser un gran orador, pero su problema con el habla ponía esa meta fuera de su alcance. Aun así no se rindió y prefirió echarle coco para no quedarse frustrado. ¿Qué hizo? Pues practicó y practicó e hizo cosas raras que le ayudaron a solucionar su problema; por ejemplo, se llenaba la boca de piedritas para mejorar su pronunciación.
Eric no se puso piedritas en la boca, pero si ensayó un montón, y tomó clases con un maestro que no solo le ayudó a superar la tartamudez, sino que también le enseñó a transmitir sentimientos a través de la voz, y lo puso a leer mucho para aprender un buen número de palabras y tener temas de qué hablar.
A pesar de los grandes triunfos que había conseguido, Eric no dejaba de sentirse nervioso. Esa tarde, en la que nos reunimos a hacer el proyecto, se notaba a leguas su intranquilidad: estaba desconcentrado, distraído; incluso tiró un vaso de agua sobre la libreta de Mina, ya se imaginarán sus gritos Faltaban un par de días para la final de oratoria y, pese a que Eric se sabía su discurso al revés y al derecho, su angustia aumentaba a cada momento.
El trabajo sobre Mozart nos quedó fantástico. Pusimos toda la información en una presentación de Power Point a la que le agregamos un fragmento de una de sus composiciones, la Marcha turca, que fue el tema que más nos gustó de todos los que escuchamos.
La presentación del trabajo sería el lunes. Por desgracia, yo no estaría en el salón para exponerlo junto a mis compañeros. No tenía ni idea de lo que me pasaría en los días siguientes, o mejor dicho, en los siglos anteriores...
Giros
Ese domingo cumplía 11 años con 11 meses con 11 días. Sí, ya sé, soy una obsesiva con esto de contar días. Desde hace algunos meses esperaba esa fecha para poder escribir en mi estado de Facebook: “11.11.11”. Lo hice y recibí muchos likes, pero luego pensé que era tonto porque casi nadie sabía en realidad lo que significaba, así que lo borre.
El día pasó sin nada interesante que reportar, salvo los malestares que no dejaban en paz a mi mamá y la lucha de mi papá por armar un librero que compró para acomodar todos sus DVD de series y películas de ciencia ficción. Muy ingeniero él, pero tuvo que desarmar las piezas del mueble en un par de ocasiones porque se había saltado uno de los pasos. Todo por no querer leer el instructivo.
Por la noche, estaba yo muy a gusto escuchando el disco de Lara Flitzpin, mi cantante favorita, cuando recordé que tenía tarea de Civismo: debía investigar la historia de la Constitución de Reindera. Cosa rara en mí, la había dejado para el último. Ya que conseguí la información que necesitaba y la copié en unas fichas de trabajo, recordé la pintura que había visto en el museo, ya saben, la de mi doppleganger. Abrí Google y escribí las palabras “anacronismo” “renacimiento” y “Di Verninni”, que eran el título, la época y el autor, respectivamente, y seleccioné la opción de imágenes.
Entonces la pantalla se inundó de “anacronismos”. ¿Recuerdan la imagen que les mostré anteriormente? No la Mona Lisa deforme, sino la otra pintura. Bueno, sí, esa misma apareció en un montón de sitios de Internet. Resultó ser bastante famosa. Seleccioné la primera imagen y la guardé en una carpeta.
Luego entré a un sitio sobre pintores para buscar información del autor: Giuliano Di Verninni. Y aquí viene lo raro, la pintura sería muy famosa, pero sobre él no se decía nada. Pasé de una página a otra y en todas era lo mismo: “se desconocen datos biográficos del autor”.
Solamente su nombre y su obra habían sobrevivido a los siglos. Triste, ¿no? Hacer una pintura que se vuelve muy popular y que nadie sepa nada de tu vida.
Abrí la imagen en el visor de fotografías y le hice zoom para observar con más detalle los rasgos de la guapa modelo (idéntica a mí, se los recuerdo). Revisé con cuidado el lunar a un lado de la boca para comprobar que fuera como el mío. ¡Eran idénticos! Estaban justo en el mismo sitio, qué miedo Lo verifique mirándome al espejo y haciendo una medición al tanteo. Me dieron escalofríos. Después de todo, no resultaba tan descabellada la idea de que la chica de la pintura no fuera mi doppleganger, sino yo misma.
Casi me infarto cuando se escuchó el sonido de la bandeja de entrada de mi cuenta de correo. Había llegado un mail. Era enviado por un usuario llamado “Delfos”. Dude en abrirlo, no conocía a nadie con ese nombre, apodo o lo que fuera.
Intente resistir la tentación por un par de minutos, pero me ganó la curiosidad. Abrí el correo y me topé con un mensaje muy parecido a uno que ya había leído antes:
Cinco giros has de dar.
Las preguntas están en Delfos.
Las respuestas bailan en el tiempo.
Apenas lo leí y la pantalla se puso toda negra. Me traumé, pensé que había bajado algún virus y que había infectado la computadora ¡Mis papás me iban a matar! ¡Quien me tenía de curiosa abriendo mensajes de gente desconocida! De pronto, apareció una imagen, era una fotografía de unas ruinas que parecían griegas, porque tenían columnas medio destruidas. En la parte de abajo de la imagen decía: “Delfos, Grecia”. Luego apareció una fotografía del Museo de Ciudad Magna.
Empecé a atar cabos.
Primero, la pintura; después, el señor barbudo que se me apareció en el museo, y que luego me dio la galleta de la suerte en Zhang’s en la que venía un mensaje parecido al del correo electrónico que me acababa de llegar. Todo tenía que estar conectado. Quizás quien me había mandado el correo era justamente el hombre de barba. Pero, ¿para qué? Además, ¿cómo era posible que yo apareciera en un cuadro pintado hace más de quinientos años? ¿Qué era eso de Delfos, Grecia? Y, sobre todo, ¿qué me intentaban decir con lo de los giros?
Me habría estallado la cabeza de no ser por la llegada de papá a mi recámara.
—Ya es hora de dormir, Ana —me dijo algo preocupado, aunque les aseguro que no lo estaba más que yo.
— ¿Está todo bien, papá? —le pregunté.
—Tu mamá sigue teniendo malestares —respondió—. Vamos a la farmacia por algunas medicinas.
Mis papás salieron por unos minutos y yo me fui a la cama con un montón de preguntas taladrándome la mente. Era necesario que descubriera qué había detrás de todas las cosas locas que me estaban ocurriendo. Y el único lugar donde se me ocurría que podría hallar las respuestas era el museo.
A la mañana siguiente, me alisté para ir a la escuela, aunque en ese momento ignoraba que no iría. Se suponía que haría la exposición del proyecto de Mozart, así que debía escoger mi atuendo con mucho cuidado para no ser devorada por el club de arpías pre adolescentes de mi salón. Elegí un pantalón de mezclilla, una blusa azul y el fabuloso chaleco con estoperoles, también de mezclilla, que me regalaron en Navidad. Pensé en hacerme un chongo, pero proferí llevar el cabello suelto con una diadema que hacia juego con la blusa y los tenis.
Bajé las escaleras y me encontré con una situación bastante inusual, y además incómoda. Mi mamá, hecha un mar de lágrimas, abrazaba a mi papá, quien intentaba consolarla acariciándole la cabeza. Alcancé a escuchar que le decía: “se lo tenemos que decir, no queda de otra”.
Me alarmé, por supuesto. Temí que algo malo hubiera ocurrido. Lo primero que se me vino a la mente fue que el malestar de mi mamá había empeorado, y ahora era una enfermedad grave.
— ¿Qué pasa? —pregunté.
Mis papás se separaron al notar mi presencia. Ella comenzó a limpiarse las lágrimas.
—Nada, mi amor —contesto ella— ¿Lista para la escuela?
—Estabas llorando —dije esperando que me dijeran por qué.
—No, no estaba llorando, estaba... —mamá no supo que más decir. Claro que estaba llorando.
—Y qué es eso que tienen que decir, ¿y a quién?
Silencio.
— ¿Es a mí?
— ¡No, no, no! —se apresuraron ambos a contestar con el nerviosismo de un alumno en examen final.
—Algo raro pasa aquí.
Otro silencio en el que mis papás se voltearon a ver con caras de estar en un callejón sin salida.
—Bueno, sí, Ana —rectifico papá—. Hay una noticia que tenemos que darte.
—Carlo —intervino mamá—, ¿ahora? ¿No deberíamos esperar a que…?
— ¡Díganme que pasa! ¡Me ponen nerviosa! —grité de una manera que, en otras circunstancias, me habría costado un fin de semana sin salir.
Es comprensible, ¿no? Yo estaba hecha un manojo de nervios con el asunto de la pintura y de los mensajes. Ya no sabía ni que rollo. Papá respiro hondo.
—Seguro has notado que tu mamá no se ha sentido bien estos últimos días.
Claro, la pobre se la había pasado vomitando en el baño cuanta cosa intentaba comer.
—Pues bien —continúo papá—, fuimos anoche a la farmacia a comprar...
Papá no podía seguir, se frotaba las maños como cuando se limpia el aceite después de arreglar su coche.
—Medicinas —complete—. A eso se va a la farmacia, ¿no?
—Sí, medicinas, pero no solo eso. También compramos un aparatito, algo así como un termómetro, solo que sin el mercurio, que sirve para…Pues…O sea, te permite saber que una persona esta... —hizo un ademan con ambas maños intentando sugerir una panza gigante—. Tú sabes.
No, no tenía ni idea. Me intentaba decir que se había “empanzado” Mamá optó por cortar los rodeos de papá.
— ¡Estoy embarazada! —gritó, y enseguida se tiró al sofá, donde se puso a llorar aun con más fuerza.
La noticia me pareció increíble. Lo primero que hice fue gritar de emoción.
— ¡Un hermanito!
Pero de inmediato noté que las lágrimas de mi mama no eran de felicidad. Papá tampoco se veía muy contento. Me senté junto a ella.
— ¿Qué pasa? —le pregunté—. ¿No te da gusto tener un bebé?
—Claro que me da gusto —dijo mamá mientras me abrazaba—. Tener un hijo es lo que más he deseado en esta vida.
Sí, el comentario me sonó raro. ¿Tenía que recordarle que ya había tenido una guapa hija?
—Bueno —intentó corregir—, ya te tuvimos a ti, mi amor. Es solo que...
— ¡No me vayan a decir que yo no soy hija de ustedes! —solté una carcajada. Con la broma buscaba romper con la tensión del momento, pero mis papás seguían con cara de funeral. Era obvio que algo andaba mal.
—Ana, hay otra cosa que debemos contarte.
—No, Carlo —interrumpió mamá—, no es momento. Hay que esperar a que llegue. Es más, tal vez ni siquiera venga.
—Dijo que vendría cuando estuvieras embarazada.
— ¿De qué están hablando? —pregunte al borde del colapso.
Desde lo ocurrido en el museo mi vida se había convertido en un episodio de dimensión desconocida, una serie vieja que a mí papá le gustaba ver por Internet, en la que presentaban puras historias paranormales. Y eso que lo realmente “paranormal” de mi vida apenas estaba por ocurrir.
Papá iba a empezar a hablar cuando lo interrumpió el sonido del timbre. Sin decir más, se levantó a atender. Abrió la puerta, y yo tuve que ahogar un grito cuando vi quien llamaba: el hombre de la barba.
—Es hora —dijo con voz grave—, necesito que la niña me acompañe.
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