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Akal / Literaria / 85
Francisco Silvera
El mar de octubre
(Estampas negras)

Un cementerio marino. Policías corruptos. Hombres de éxito y gustos exquisitos que nunca se manchan las manos. Próceres arruinados por hijos yonquis. Habitantes de la exclusión. Existencias rotas en unos márgenes de la sociedad que cada vez acogen a más personas y donde las drogas son el único medio de paliar la desesperación. El fracaso. El mundo que vivimos.
Un relato turbio, atravesado por un lirismo conmovedor, que derrama literatura en cada frase. Una lectura que no dejará indiferente a nadie que se asome a ella.
Francisco Silvera es licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y doctor por la Universidad de Valladolid. En la actualidad es profesor de Secundaria de Filosofía.
Gestor de relevantes eventos musicales y literarios en Andalucía, ha sido editor de la obra de Antonio Carvajal y, junto al profesor Javier Blasco, codirector de Obras de J. R. Jiménez y autor, entre otros, del ensayo Obra y edición en JRJ. El Poema Vivo (2017).
Su actividad literaria propia deambula entre la novela, el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. En 2019 recibió el XXV Premio de la Crítica Andaluza por Libro de los silencios (2018).
Diseño de portada
RAG
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© Francisco Silvera, 2020
© Ediciones Akal, S. A., 2020
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4884-8
Si tales fuesen las obras de Dios, que fácilmente
por la razón humana se pudiesen entender, no
se dirían inefables ni maravillosas.
Kempis
Una novela es un espejo que se pasea
a lo largo de un camino.
Saint-Réal (Stendhal)
EL MAR DE OCTUBRE
1
Sin resistencia, me ofrezco a la calor leve de la tarde de octubre. En lontananza veo la playa, desierta. Siempre he tenido una nostalgia del Norte porque allí apreciaba mejor lo que el calor y la luz significan; el Sur, en cambio, es borrachera de angustia y blanco, un exceso de los sentidos; debí ir al Norte. Y me resulta curioso que ande preocupada con estas cosas, justo ahora. Porque he entrado precipitadamente en el agua y me he hundido con rapidez; el estruendo del mar al romperse conmigo resuena en mis sentidos, sordos ahora; y la espuma blanca sigue brotando, ya menos, de cada movimiento que hago. Al parar, tras la primera impresión, la tarde es igual de suave dentro que fuera, por lo que me sereno, ¿me sereno?, y miro hacia arriba. Veo la panza del barco, el sol como si fuese una brillante medusa que no se está quieta y, entonces, reparo en la frialdad del agua... Y octubre se hace presente como si un aire imposible me comunicara la estación que viene entrando; la playa de octubre es hermosa, porque es playa de caminar pensando, de dorados en la arena o en el océano, de aires fuertes, oleaje ambiguo y olores a peces y algas que se asoman en los restos de la orilla sucia. Está frío este océano y, sin embargo, nítido; floto a media altura, quizás haya cinco metros de mar por encima y otros tantos por debajo, pero llega la luz y veo nítidamente arriba, abajo, a los lados, pero no detrás. Ahí está, comenzando, mi primer atisbo de espanto, porque dos cosas me aterran sin remisión: el vuelo y la falta de referencias bajo la superficie acuática. Es al pensar en lo indefinido de mis referencias cuando el pánico me hace intentar zafarme y volver arriba, pero no puedo. Una piensa que no va a pasar, porque tiene la idea de que, en última instancia, algo te va a salvar de una situación tan absurda; sin embargo, este miedo mío a la profundidad sin fin aparente, ese pavor a caer sin límite (porque nunca he podido volar en avión, bueno, lo he hecho un par de veces que no volveré a repetir, ¿cómo podría soportar de nuevo la sensación de un tiempo detenido y la impresión permanente de que comienzo a caer, otra vez, otra vez...?), este odio al vértigo se me ha solidificado en los pulmones y vuelvo a mirar arriba, pero ya no veo barco ni sol, sólo aire, tan sólo el aire fresco y limpio de octubre. Porque me agota tener los pies atados, con esa piedra que se fue a plomo al fondo, en línea recta vertical indiferente a las corrientes del mar y su resistencia; me da ansiedad tener las manos juntas con estas bridas de plástico que tanto me dañan la piel con cualquier pretexto; y abro la boca dejando salir una vaharada redonda de mi aire, que huye asustado al exterior en forma de elipse cambiante, como los rayos del sol de fuera que crecen y menguan al ritmo de la superficie marina. He hecho unos movimientos raros y caigo en un sopor lento, lento y helado, ya no echo de menos respirar; siento un tirón violento y la bolsa en la que estoy me niega esta luz que me quedaba, siento cómo el mundo entero sigue rondando con toda tranquilidad, los niños, las parejas, mi tierra lejana y mi padre que no sabe nada, y es como si yo fuera una parte de todo eso y fuera fluyendo como todos los días; ¿qué va a ser de mí en la oscuridad? No, se abre, la bolsa se abre un poco más, lentamente... entra un sol lejano...
Nunca pensé que fuera tan fácil morir...
2
«Tú te lo mereces», he leído al entrar. No he sabido interpretarlo, no era el día más indicado para algo así, lo de «merecer». Porque, aunque hago como si la costumbre me dominara, aquí estoy borracho y pasado de rosca. Si no es hasta el culo de todo, hoy no duermo. Me miro la postura de mis dedos, en la derecha, y sé que ya voy bastante bien; el tabaco me tiene los dedos como atrofiados y el colocón me los paraliza más, los dos dedos de coger el cigarro en posición, hacia delante, no importa que ahora no esté fumando, mi mano la mantengo levantada como si estuviera señalando a alguien; me he visto en una luna grande del pasillo, renqueando, las piernas flojas y los ojos caídos, la boca pastosa, apuntándome con los dos dedos amarillos y las uñas anaranjadas, me acuerdo de mi padre, exactamente igual, tan borracho que ya no quiero volver a casa nunca más, y lo hago, seguro, lo hago.
He pagado a la tía para que no hable; mejor, para que hable lo que interesa. Le he dicho que no tenía ganas, que iba colocado, y es verdad, pero hace algún tiempo que tengo el nabo como tonto. Hoy me ha afectado mucho su mirada; la mía en el espejo del pasillo, es de lado y esquiva, porque, lo sé, tengo cosas que ocultar; la suya era como... sí, me acuerdo, «Cordero de Dios», me viene eso a la cabeza, porque los borreguitos se quedan quietos, como ofreciendo su cuello, firmes de miedo; y firme ha entrado ella en la mar, los ojos como platos y sin mirar de soslayo, de frente, sin mala idea, inocentes como si no pudieran creer lo que estaba ocurriendo, esperando ese hecho que tuerce lo peor para que no ocurra... pero no llegó, y la vi hundirse mirando hacia el barco sin una palabra, sin una emoción más que su mirada redonda como de búho prisionero; yo no podía follarme a la puta, ni teniendo las fuerzas. Era la catalana, llevaba un tiempo, la que más ha durado.
Ha sido un día para olvidar. Por la mañana me cabreé mucho con el niño; ya estaba nervioso. Empecé a ponerme frenético y sabía que le iba a dar por todos lados; cuando ocurre esto, el día no puede salir bien. El otro, el grande, el enganchado ése, me decía: «¡Papá, no!», y me repetía: «¡Papá, no!», y casi me dolía más que la paliza que iba a dar al chico, porque él me habla ya con su cuerpo de hombre, aunque sea un mierda, pero sabía lo que venía perfectamente... No sé qué me entra que no lo puedo remediar. Y le di, y no le di al grande y a la madre porque al final se quitaron de en medio; no fue tanto, me contuve, pero se pone muy pesado y le tengo que dar.
Y después el cabrón éste, que hay que tirar una tía. Ya me lo venía barruntando. Y a mí las tías siempre me dan no sé qué. Y ésta más. Porque la conocía y no estaba histérica como otras, sino sorprendida, como esperando algo que ocurre y evitando lo que parece que no debe ser... Tan callada siempre... Sí, esperaba algo, indefensa, inocente... Y se hundió en el agua con los ojos desencajados pero todavía con esa esperanza; no me fui hasta que no salieron los borbotones últimos de su aliento, siempre espero por si pasa algo. Después tiro de la tanza y cierro la bolsa, para que no coja aire y dé problemas. En octubre murió mi madre; cada año que pasa me siento más viejo y tirado, ridículo de tener que simular lo contrario.
3
—El niño de Juan está tirado por ahí, enganchado hasta los ojos...
—Pues un cabrito de éstos puede ser un problema.
—Habrá que hacer algo.
—Me da cosa, por Juan.
—Mira, Julián, esto es una cadena: tirando de uno, caemos todos. Y aquí no va a caer ni Dios.
—Ya sabes que yo no me voy a negar.
—Por supuesto; tú y yo, aquí mandamos tú y yo, y si no fuera así: habría que empezar de nuevo.
—... ¿Sin mí o sin ti?
—... ¡Ja, ja...! ¡No seas rencoroso!
4
Este hombre que camina despacio por la calle Ancha guarda varios secretos. Ha sido un personaje importante, locutor de radio. En su vestimenta hay una ajada distinción, extemporánea. Porque el primer secreto, que no lo es tanto, consiste en que está arruinado; no es que fuera rico, la gente identifica ser conocido con tener mucho, y eso no es así, pero tenía su piso, su casa en la playa, dinero en las cuentas, lo justo para una vejez holgada; ahora, sin embargo, pasa estrecheces y la vergüenza de ir al banco a retrasar un pago o, directamente, a pedir. El otro secreto, que tampoco lo es, viene de su hijo, drogadicto y causa de todos sus males, piensa él. Su hijo empezó con la música y unos amigos que lo tenían todo el día en la calle; ahora está en casa, ¿por cuánto tiempo?, pero ha estado –y estará– tirado. A este hombre le parece irreal, en este meandro de una cierta tranquilidad, recordar haber vivido sabiendo que su hijo estaba en algún sitio aparcando coches, mendigando; su hijo tiene personalidad, después de todo, lleva siempre un gorro como de pistolero hecho de piel, un cuero viejo, sufrido, sucio, pero que se reconoce de lejos. Él no quiso verlo, y ha estado sin dormir muchas semanas, meses, porque no quería verlo pero lo veía... este hombre, extemporáneo, ahora camina endeble y con la cara chupada, bolsas debajo de los ojos, los carrillos embebidos y la osamenta marcando las arrugas de su carne abandonada. Aún saluda, la gente le dice «¡Adiós!» con cierta alegría, y él se piensa un instante como en otra época, pero la gente sabe más de lo que él se dice a sí mismo que sabe, esos enigmas; aquel mundo ya está muerto.
… Y tiene otro secreto. Porque su hijo está en casa y anoche, hablando de no sé qué, se lo contó. Y esto sí es algo reservado para él, una confidencia, y querría que no lo fuera. Dice que un «colega» suyo, otro yonqui, le ha contado que su padre trabaja para una mafia y que tiran, cerca de la playa militar, donde no va nadie, a personas amarradas a un muerto de hormigón...
Al recordarlo, el hombre se ha parado, y uno que lo ha visto ha cavilado acerca de sus cuitas equivocadamente. Los ojos los tiene aún más tristes; está delante de una joyería, junto a un bar y frente a una ferretería: la vida sigue. Y, sí, hay gente que ejecuta esas cosas, una vez que lo has hecho ya da igual, se puede seguir, sólo es cuestión de que no te cojan... Le dijo su hijo que el tipo que manda hacer esto tiene su casa y vive tan tranquilo, que hace deporte y cena todas las noches espárragos, para prevenir el cáncer.
5
Lo realmente difícil es tocar lento, como Nick Mason, con ese plato, el bombo marcando los compases y la caja de remate... Pink Floyd, la batería lenta... Qué cabrón mi padre. De qué me quiere dar lecciones; un tío que no ha trabajado en su puta vida, que vive de mamársela, de hacer los favores y la faena a un par de traficantes, que ha sido toda la vida un putero guarro y un golfo... ¿Me va a dar lecciones?
—Qué rica, qué rica... –y un calor intenso le ha trepado por el brazo hasta el corazón y después le ha saltado a la cabeza, y parece que ese sopor hirviente le cierra los ojos, y se amodorra y recuesta sobre los escombros...
6
—¿Dígame? –le ha sonado el móvil, tiene la boca seca y la cabeza reventada, anoche bebió, y una mirada de mujer joven se le cruza perdiéndose en el agua.
—Vende usted casa, ¿no? –y el tono revelaba su procedencia del Este.
—Sí... Quién es...
—Vende usted casa, ¿no?
—Sí, vendo una casa en el campo.
—Quiero ver.
—Pues... cuando usted quiera.
—¿Puede ahora?
—... Sí... ¿Usted quién es?
—¿Puede?
—Sí, pero ¿quién es usted?... Tendré que saber con quién hablo, ¿no le parece?
—... Ionut.
—¿Cómo?
—Ionut.
—¿Rumano?
—... Sí.
—Ya. Rumano. No pasa nada. ¿Ha visto la dirección?
—Sí, conozco.
—¿Media hora?
—Bien.
—Allí nos vemos. Yo soy Juan.
Una cosa buena que ha hecho el inútil de su hijo, piensa, eso de Internet. Si vende la casa, es un pellizco. Coge el coche, sale de la ciudad y mira el campo; la mañana es bonita, piensa en algún momento pasado mejor, quizá con la familia, en esa casa de campo, pero los ojos de la muchacha, ¡tan hermosa!, le cruzan todo lo que sale de su cabeza. «Pobrecita», se atreve a decirse. Entonces enciende el resto de un canuto que lleva en el cenicero y su piel, cetrina, aceitosa, la cara de barba albina y sucia, se ilumina levemente.
Abre la verja; la deja abierta y entra con el coche. Baja y echa un vistazo, coge unos pimientos tardíos, llena una bolsa. Ve entrar otro coche, no muy nuevo, ¿el rumano?, ¿dinero?
—Usted, ¿dueño del móvil?
—¿Ionut?
—¿Juan?
7
Ha despertado. Le duele el costillar, como si tuviera un mirlo pasando de hueso a hueso, «Blackbird», se ha despertado con ese soniquete de guitarra, «Blackbird singing in the dead of night... », el álbum blanco...; tiene una acacia desgarbada a su lado, brotando de la inmundicia; la ropa está sucia de la escombrera, un pensamiento lejano en otro pico y la imaginación de niño le lleva a creerse una estrella de la música que no puede sufrir la vida sin meterse algo... la batería, si pudiera recuperarla... todo lo que ha vendido, lo que ha engañado, todo lo que se ha metido brazo arriba, por el muslo, hasta por el cuello. Y una sonrisa pastosa, como de haber bebido, pinta su boca al recordar las caras de sus acreedores, algún hijo de puta se lo merecería. Y piensa si no podría sacar algo de lo que su padre sabe... pero tendría que tener cuidado, porque esos tíos son muy fuertes y matan sin dudar; pero mientras esté su padre ahí, no le va a pasar nada.
Atraviesa las casas del Hotel Suárez, en las ventanas trapichean; en la puerta del bar hay un coche de secretas. Lo reconoce, Sebastián, quizá esté Fran con él... dos golfos. Y, entonces, olvida salir de la barriada, espera a que salgan ellos, seguro que puede conseguir algo. Y se va feliz en el aguardo a un sitio discreto, para que no le digan «chivata», mirando y cantando «Turn, turn, turn», con esas guitarras Rickenbacker rebotándole en el cielo de la boca.
—Y si te pego dos hostias... –ha contestado Sebastián, mirando hacia delante como si no hubiera dejado de conducir. Juan, Juanito, mira hacia dentro. Fran sonríe sin asombro.
—Tío, esto es gordo y yo te lo largo si me das material un tiempecito, colega.
—¿Colega? ¡A que te las doy todavía, cabrón! –y el Fran sigue sonriendo, sin asombro–. Juanito, no me largues un embuste de los tuyos porque te vas a acordar tú... y tu casta entera, para siempre.
—... ¿Te cuento? Venga, tío. Pero te cuento una parte y me das algo para ahora.
—¿Negociando?
—Es para que lo compruebes. Mañana el resto y nos vemos un ratito a diario...
—Mañana...
—Sí, mañana, por mi madre.
—¿Por tu madre? –y el Fran sonríe, sin asombro–. ¡Será cabrón! Por su madre...
—Tío, mi madre es sagrada.
—¡Tu puta madre, Juanito! De una perra como tú, cómo será la madre...
—Te cuento... pero tú llama al Filete, que después voy para allá.
8
Ya pasaron los monos, pero, y Max lo sabe, ahora viene lo peor. Porque ahora tiene conciencia de las cosas que ha hecho y que, teme, sin embargo, volvería a hacer... y querría estar tirado en cualquier sitio puesto de algo. Pero está tirado en su habitación, la de siempre, aislada, separada, aquel antiguo cuarto-almacén en la segunda planta de la vivienda, en mitad de la azotea donde las ropas gualdrapean arrebatadas por el viento; una habitación con llave. En una esquina su cama, repleta de cojines con motivos hindúes, pósters que ya son reliquias –el desplegable del Dark side of the Moon de Pink Floyd, un Roger Daltrey sudoroso al frente de The Who, The Beatles aquí y allá, un Taj Mahal soberbio bajo un cielo celeste, todo con el papel viejo arrugado en las esquinas–, libros, discos, el viejo equipo Denon metálico de gordos potenciómetros, incensarios... todo como una instantánea de la vida que ya no es, una vida paralizada y anticuada... y Max agradece que no le dejaran entrar en ocasiones, todo lo habría malvendido, como hizo con la pulsera de su madre o tantas cosas de la casa familiar o de su padre. Y aunque oye «One wing» de Wilco, se siente fuera de época; su cabeza murió allá por los finales de los setenta y mediados los ochenta, murió con el rock clásico, y no es que reniegue de lo que vino después, pero las vidas de aquellos músicos, aquellos discos... ¿Acaso es un heroinómano por otra causa? Cuando su padre culpaba a la «puta música», él lo habría matado, pero porque sabía que en el fondo conocía su debilidad: Richards, Clapton, Hendrix, Lennon, Morrison, Joplin, Barrett, Young, cuántas horas allí mismo, en esa habitación con los colegas, al principio con el Juanito en los timbales y él con aquella imitación de Gibson Les Paul imposible de afinar que no llegaba ni a Epiphone, desquintada, y vengan barritas de incienso, humos crasos de maría, gomosos de hachís, aires de pastillas y luces de papelitos impregnados de sabe Dios qué mierda, y la heroína, para ser Clapton o el Neil Young ido con los iniciales Crazy Horse. El primero en vender fue Juanito, siempre ha estado muy mal. Que su padre era un golfo lo sabían todos, lo de las tundas que daba a sus hijos o a su mujer, también... pero no que mataba gente; y Juanito sigue tirado por ahí, porque siempre ha sido un chaval con mala suerte, desde que dio de chico con la puta maricona aquélla, hasta las palizas de su padre a todos los de la casa, con lo que Juanito quiere a su madre, y las estrecheces, pasando del dispendio a la necesidad con el puto loco de su padre... no, él no ha tenido una vida normal. Y, cuando se drogaba, tenía ese rollo musical, no a lo culto y sofisticado de James Taylor, se la traía al pairo, él quería joderse y joder a todos, un poco a lo Keith Richards, porque tocaba la batería con toda su mala leche, aunque siempre estaba con lo de tocar lento, como Nick Mason, era un psicópata tocando y lo sabíamos, y en las peleas no seguía lógica ninguna, de repente se pegaba con uno destrozando cualquier argumento, o daba un paso atrás dejándonos en evidencia, para atacar después a la espalda del que se retiraba...
Max ha hablado con su padre para ver si le puede echar una mano a Juanito; quizá lo ha hecho porque ahora no tiene freno para lo que va pasando por su cabeza, o quizá porque tenía que defenderse a sí mismo y había estado demasiado cerca de esas cosas, ya que, aunque el cuerpo no se lo pide, cuando se ha visto con su sombrero de cuero en el espejo, entre la amalgama visible a retazos de plata gris, con su perilla canosa, sus dos ojos negros y hondos le pedían algo, algo más que ser un hijo de un papá conocido, ser un moderno y un rockero, mimado en la emisora o en la sala de redacción del periódico local, algo más que ser la vergüenza y la ruina de don Eduardo Ramos, gloria de la prensa, con su calle y todo... algo más que el viejo que ya es su padre y que comienza a ser él increíblemente.
9
Mientras camina hacia el coche, ahora ya para ir al fin a casa, Sebastián lleva impreso en su memoria el olor intenso del urinario, donde ha compartido meada y palabras con ese cabrón. Lo lleva metido en la nariz, en el alma de su ropa, ese olor... No sabe de qué; le hedía la orina a Néstor como... como... ¿como a enfermo?... No, no, no es a enfermo aunque parezca un medicamento, o un desinfectante... ¡Ya! Ahora se acuerda, lo tenía perdido en la memoria, ¡su padre!, el olor que dejaba cuando orinaba después de haber comido espárragos.
10
Qué hijoputa. Y a cuento de qué. Me duele. Me duele, pero a él... Este tío no venía a robar; buscaba algo, por eso preguntaba por mí. Pero no contaba con que me iba a revolver; los tres primeros me los dio, pero uno solo he tenido que soltar yo. Y pesaba; pesaba el rumano, y ni ha sangrado, se ha quedado con la cara como de tonto, como si ya hubiera tenido algo de muerto antes del golpe. Debía ser un profesional, porque parecía venir a cumplir, pero no contaba conmigo... Todo lo que me dolió la muchacha aquella tonta ha sido claridad con este tío; el hacha grande corta bien, la biotrituradora y la pocilga y las gallinas lo tapan todo. El bandullo se lo comen entero; el resto en un par de días, con hambre. El guarro viejo se impacientaba, me cago en Dios, no me había dado la vuelta y estaba crujiendo huesos, y los pavos... después deshago un buen puñado de lecha de olivo y eucalipto, mucha, que limpie... El coche se ha quedado allí guardado, con la capota vieja por encima.
¿Vendría por Néstor? ¿Por Julián? No... qué iban a buscar en mí, sólo soy un mandadero; nada tengo que ver con el negocio, ni quiero. Tienen donde morder, coño. Necesito una copa y un tirito. Su dinero es dinero como el mío y ya no lo quiere para nada. ¿Sería cosa del niño? Hasta los cojones del desgraciado éste. Que no se entere nadie, por lo que puedan pensar.
… Necesito una copa. Se me olvidaban los pimientos.
11
—¡Coño! ¡Qué sorpresa! ¡Cómo usted por aquí!
—Qué tal, Sebastián, cómo te va.
—Bien, don Eduardo, me va bien... ¿y a usted?
—Mejor que antes...
—¿El niño?...
—Ahora está en casa; hemos estado peor, Sebastián, qué te voy a contar que tú no sepas.
—Pues nada, usted me dirá.
—No sé... no sé por dónde empezar. Mi hijo tiene un conocido, otro colgado de éstos, un tal Juanito...
—Juanito.
—Sí; es uno que está peor que él... pero ese chaval es que ha estado tirado desde siempre; una familia desastrosa.
—Juanito, ¿no?
—Sí. Le ha contado una historia a mi hijo de su padre, y mi hijo me la ha contado a mí. Y yo llevo dos o tres días rumiando el asunto, y digo: Voy a contársela a Sebastián, a ver qué me dice él...
—De uno que mata gente.
—¿Cómo?
—Sí, de su padre, que mata.
—Me dejas de piedra, ¿cómo lo sabes?




