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Jorge tampoco había tenido un buen día, hasta para eso a veces tenía conexión con su madre. Su extremada sensibilidad hacia el mundo, las personas, lo que le hacía brillar del resto, era motivo de envidia y maldad para otros niños. Desde hacía varios meses la situación en su clase no era la ideal para un chico de su edad. Salir al recreo, casi todos los días de su vida, era un verdadero suplicio.
Pero esa mañana con motivo del cumpleaños de su madre pidió a su profesora que si podía ayudarle a hacer una tarjeta de felicitación con recortes de fotos que tenía junto a Julia y que había llevado de su casa. La profesora accedió encantada a ayudarle y entre los dos consiguieron hacer una tarjeta de felicitación maravillosa.
El recreo había terminado y de nuevo tendría que verse la cara con el típico chulito de la clase que le hacía la vida imposible, pero hoy la maldad de ese niño llegaría a puntos insospechados.
La clase continuaba con total normalidad, delante de la profesora nunca lo insultaban ni humillaban. En ese aspecto, era un niño muy inteligente, pero por desgracia para Jorge ese día la profesora tuvo que ausentarse unos minutos para hacer unas fotocopias que había olvidado hacer, y entonces Manuel aprovechó la ocasión para hacer lo que tanto le gustaba hacer: machacar al pobre Jorge.
—¡Qué! ¿Te tienes que quedar con la profe como un niño pequeño que tiene miedo de salir al recreo?
—Quería que me ayudara con unos deberes, Manu.
—Para ti Manuel, mis amigos me llaman Manu, y tú y yo no somos amigos, no soy amigo de mariquitas.
La clase se había paralizado para observar lo que estaba ocurriendo en ese momento. Si ya de por sí es doloroso que te humillen, que encima de eso hayan más de veinte niños mirando a la vez y ninguno sea capaz de decir nada por miedo es una situación tremendamente embarazosa para cualquiera.
—Manuel, por favor déjame en paz, la profesora va a venir.
—Como le digas algo a la profesora te vas a enterar, uy, esto que asoma por aquí qué es.
Debajo del pupitre asomaba la tarjeta que acababa de terminar.
—Feliz cumpleaños, mamá. Ja, ja, ja, ja, pero qué mierda es esta.
—Dame eso , ¡dámelo ya! —Jorge se levantó de la mesa de un salto y le chilló.
—¿Esto?
—Que me lo des —volvió a repetir en un tono que asombró a todos y hasta a él mismo.
Y entonces, con un gesto rápido y de una maldad propia de un demente, mientras Jorge escuchaba su risa estridente y casi demoniaca, rompió en todos los trozos que pudo la tarjeta dejando totalmente impotente y destrozado al joven.
Aunque quería llorar de la rabia e impotencia, no iba a hacerlo, no podía darle el lujo a ese niño ni a nadie de la clase. Ese despreciable niño con total falta de humanidad había roto la tarjeta pero también las ilusiones que había depositado en ese sencillo recorte de cartulina con fotos para su madre.
Se agachó a recoger todos los trozos que habían por el suelo. Mientras lo hacía, intentaba recomponer la felicitación, pero lo más duro, recomponerse a el mismo, y aparentar delante de todo el mundo que no había ocurrido nada. La profesora estaría a punto de llegar y no quería levantar sospechas de lo ocurrido.
Y al igual que su madre, cuando esa tarde la vio junto a su abuela en ese coche, eran dos las personas que estaban interpretando de nuevo ese papel, la cual muchos admiramos o incluso podemos sentir envidia, porque siempre parecen inalterables al dolor, que desprenden una fuerza, a veces casi ilógica, pero que en la más oscura soledad de una habitación con las luces apagadas son una rabiosa tormenta de sensibilidad deseando estallar.
ORGULLO
Y después de la noche siempre llega el día. Cuántas veces no hemos deseado al levantarnos no querer salir de la cama y pensar que lo que nos ha ocurrido sea un efímero y olvidado sueño, unos segundos en nuestro inconsciente nocturno que ha deseado jugar con nosotros a un cruel juego. Nos abrazamos fuertemente a la almohada o nos tapamos como si fuera el último suspiro que nos queda a ese falso momento en que creemos que nada ha pasado. Pero ya era hora de abrir los ojos, Ginés no estaba, se encontraba sola en la habitación con la mirada perdida pensando en salir o no de la cama. Venga, despierta y levántate, José Ángel, ¿dónde estará? Por favor, que haya llegado ya a casa, me da igual lo que pasó anoche pero que esté en su cama .
El problema de su hijo, en la cena, salió a la palestra delante de todos. Ella se había dado cuenta de que desde hacía unos años eligió un camino fácil: el de no querer aceptar los problemas que había en casa, prefirió evadirse en compañías más que dudosas y buscándose problemas que podrían desencadenar disgustos muy serios para la familia, pero sobre todo para el mismo. Hay tantas y tantas maneras de superar los obstáculos con esfuerzo, con entereza, pero también con trampas y creando heridas, y su hijo mediano, en este aspecto, sería una persona débil.
Al abrir la puerta, pudo respirar aliviada, el ritmo de su corazón se calmó: José Ángel estaba durmiendo tranquilo en su cama. Con todo el cuidado que pudo se acercó, se puso de rodillas frente a él y le dio un beso en la mejilla. Ya habría momento de pedir explicaciones de su comportamiento pero no ahora. En la imagen de su hijo, que aunque ya era adolescente y para ojos del mundo era casi un adulto, ella veía a su pequeño renacuajo que tan follonero fue de niño.
Se dirigió a la cocina y había alguien que con mucho cariño y preocupación le había preparado el desayuno, era su hijo Jorge.
—Pero, chico, ¿qué, me has preparado el desayuno?
—Sí, mamá, espero que te guste: tostadas. Ahí tienes un plato con jamón y queso, un zumo de naranja que he exprimido, el café y esto…
El pequeño Jorge se dio la vuelta: había cortado un pequeño pedazo de tarta y le había puesto las velas de la tarta que no sopló la anterior noche. Julia no pudo evitar tener esa sensación tan adorable que todos tenemos de reír y llorar a la vez de felicidad.
—Muchísimas gracias, si es que eres un primor, un encanto. Ven aquí, que te como —decía Julia entre lágrimas y risas, que no podía disimular el asombro del pequeño gesto que significaba tanto para ella.
—Tenía también un regalo para ti, pero creo que me lo he dejado en clase, perdóname —mintió, pero ¿qué podía hacer en ese momento?
El lunes aprovecharía para hacer de nuevo un regalo para ella, no era capaz de decir la verdad, tampoco quería asumirlo, fue muy humillante para él cuando sufrió el odio sin sentido de su compañero de clase Manuel.
—Jorge, cariño, ahora mismo tú eres el mejor regalo que puedo tener.
RING, RING… Sonó el teléfono.
—Yo voy, mamá, no te preocupes. Tú siéntate que además te he subido el periódico.
Jorge fue corriendo por el pasillo en dirección al salón con una sonrisa de oreja a oreja de ver cómo le había alegrado la mañana a su madre.
—¿HOLA? ¿HOLA?
De primeras solo escuchó silencio, pero a los pocos segundos pudo notar una ligera agitada respiración que reconoció al instante.
—¿Abuelo?
—Sí, Jorge. Hola, grandullón. ¿Cómo estás?
Su voz resonaba entrecortada, llamar a casa de su hija era una lucha con su orgullo, tenía hasta dudas en ese momento de hablar con su amado nieto. Si en vez de él lo hubiera cogido su hija, hubiese colgado en el acto .
—Abuelo, muy bien, voy a desayunar con la mamá.
—Así me gusta, que quiero que te hagas un hombretón.
—JE, JE.
—Tengo muchas ganas de verte, que lo sepas, algún día te doy una sorpresa, ya lo verás.
—¿Vas a venir a casa? —dijo con ingenuidad.
—Bueno, ya veremos, pero una sorpresa seguro que te doy.
—Yo también tengo muchas ganas de verte, anoche vino la abuelita al cumpleaños.
—Sí, lo sé, pero yo no me encontraba bien y me tuve que quedar en casa.
—Pero estás bien, ¿no?
—Sí, Jorge, no te preocupes, estoy hecho un chaval, si seguro que te gano jugando al pilla pilla.
—JA, JA. Abuelo, no se pase.
—Oye, rey , ten… ten… tengo que… colgar .
Durante unos segundos tartamudeó, su voz sonó frágil como el cristal.
—¿Le pasa algo?, ¿quieres hablar con mamá?
—Tengo que colgar ya, Jorge.
—Vale, le quiero.
—Y yo, Jorge, muchísimo.
—Adiós, abuelito.
—¡Espera!
—¿SÍ?
—Deséale a tu madre feliz cumpleaños con retraso de mi parte.
Y entonces, y sin dejar un segundo para reaccionar, colgó, dejando a Jorge pensativo con las últimas palabras. Cabizbajo volvió de nuevo a la cocina.
—¿Quién era, cariño?
—Era el abuelo.
La última persona que en ese momento se podía imaginar Julia que llamaría era su padre. Su relación, como con casi todos los hombres de su vida, también había sido tan tormentosa. Se quedó helada, le costó hasta reaccionar unos segundos.
—¿Y qué quería?
—Me ha dicho que te diga que feliz cumpleaños.
A Julia le dio un vuelco el corazón. Jamás hubiera pensado que su padre dejara a un lado su gran orgullo y se dignase a marcar el teléfono y felicitarla. Le sorprendió muchísimo, y para bien. Sabía que, aunque a su manera, su padre la quería, pero ese pequeño gesto le alegró todavía más la mañana. Y es que, de vez en cuando, tenemos que presuponer o dar por sentado que alguien nos quiere, pero nunca vienen mal unos pequeños gestos, un toque de atención, un «que sepas que no te olvido», algo fácil, pero que amarra los lazos más fuertemente con esa persona a la que queremos.
LAZOS DE SANGRE
Para suerte de todos, y sobre todo para nuestros queridos Jorge y Julia, el fin de semana pasó sin sobresaltos. Tanto ella como Ginés intentaron hablar con su hijo José Ángel, estaban preocupados por él, sobre todo Julia , pero con el poco tiempo que pasó en casa, les fue casi imposible. Además, su hijo no atendía a razones , no quería escuchar nada. Pidió disculpas casi obligadas a su madre, que carecían de verdadero arrepentimiento, pero una madre es una madre y ellas se conforman con tan poco… Julia aceptó las disculpas de su hijo buenamente, aun así, no paraba de darle vueltas y vueltas a la cabeza intentando entender por qué su hijo se estaba comportando así últimamente. Pero en su cabeza, en sus pensamientos que tanto iban y venían bombardeándola sin cesar no solo estaba su hijo, estaba su amiga Sofía. Estaba realmente intranquila por ella, quería ayudarla como pudiera, haría todo lo posible por ella. El sábado por la tarde, después de comer, y cuando su marido no estuviera, ya que no quería que Ginés se enterase de que tenía pensado costearle a su amiga la visita al medico, cogió el teléfono y llamó a su clínica privada. Al ser fin de semana tuvo que remover cielo y tierra para que al siguiente lunes le dieran una cita, pero para ella era de extrema urgencia, su amiga tenía que volver la semana siguiente a Francia con su familia y tenían que verla antes de su marcha. Así fue, obtuvo su cita para Sofía, tuvo hasta que amenazar con que se iba a personar ella misma esa tarde para darse de baja si no se la concedían, pero después de varias llamadas, atendieron conformes a sus exigencias. En cuanto lo supo, llamó a su amiga.
Ese mismo lunes, a mediodía, se pasó por casa de los padres de Sofía, que era donde ella se quedaba cuando venía de visita, y la recogió para llevarla a la clínica. Allí le explicó su caso y la medicación que ella estaba tomando, y el doctor las calmó a ambas. Les dijo que no se preocuparan, que lo habían cogido a tiempo y que los pasos que estaban siguiendo con ella eran los adecuados y los normales. No obstante, le presentó otras alternativas a seguir, pero debería abandonar su casa, su vida y su familia, y comenzar en esa clínica, siempre y cuando billetera en mano, algo que Sofía no podía permitirse. Julia, como prometió, le pagó la consulta a su amiga y en cuanto salieron de la clínica, algo más tranquilas, insistió en que contara con ella.
—Sofía, por favor, júrame que si algo va mal, me vas a llamar, que cuentes conmigo para lo que sea, que en la medida que esté en mi mano, te voy a ayudar en todo lo que pueda.
—Julia, gracias, pero ya has oído al médico: en principio todo es correcto y no debo preocuparme, y además esos tratamientos son carísimos.
—Vale, pero júramelo.
—Te lo juro.
Pero Sofía, por mucho que le había jurado a su amiga que lo haría, no lo podía cumplir. Ya no era el hecho de dejar a su familia y la vida que ya tenía establecida en Francia y afrontar la enfermedad sin ellos, cosa que la destruiría, los costes de poder luchar contra esa enfermedad eran casi insultantes y no se los podía permitir, ni tampoco iba a permitir que su amiga se gastara ese dineral.
—Julia.
—¿Sí?
—Te quiero mucho, amiga.
—Y yo a ti, Sofía. Prométeme que no te vas a rendir, que vas a seguir luchando.
—Te lo prometo, Julia.
Justo al terminar esas palabras, Julia corrió a darle un abrazo. En ese momento deseó ser Dios y tener el poder en sus manos de quitarle de un plumazo todo ese mal que recorría cada célula del cuerpo de Sofía, pero por desgracia, nadie de nosotros, por mucho que deseemos desde lo más profundo de nuestra alma y con el mayor de nuestros deseos, no podemos, es una impotencia tan exasperante, irritante y dolorosa. Sofía rompió a llorar, tenía que explotar, necesitaba hacerlo. Al igual que Julia , delante de todos había cogido las riendas de su situación con la mayor fuerza y entereza posible, pero hasta los grandes héroes de todas las historias tienen miedo. Había que tirar para adelante, eran dos grandes luchadoras incansables e iban a luchar con garras y dientes, como siempre habían hecho y esta iba a ser una batalla extremadamente dura.
Golpes como estos en la vida son como pasar de cero a cien en un solo frenazo te hacen replantear todo; tu día a día, tu trabajo, tu familia, amigos, absolutamente todo. Cualquier enfermedad y está, en este caso, es un duro bofetón que te dan sin previo aviso y que te va a doler durante mucho tiempo, pero también nos hace reflexionar y en la mayoría de casos nos permite ver con otra perspectiva a qué cosas le damos excesiva importancia cuando en realidad no la tienen, menospreciando tal vez lo que tenemos más cercano y que realmente sí que la tiene, como nuestros abuelos, padres, hijos y personas a las que queremos pero que están ahí, nos rodean en nuestra rutina y desgraciadamente pasan a ser, en muchas ocasiones, eso, rutina. A veces, y para muchas personas, son las desgracias y los palos que nos da la vida lo que nos hacen reaccionar y ver el verdadero valor que tiene la vida. En cuántas ocasiones no se nos pasa por la cabeza la siguiente pregunta cuando algo se escapa de nuestra comprensión lógica: «Por qué me está pasando esto». Pero no hemos venido a la vida para entenderla, sino para vivirla con lo malo y si somos inteligentes, exprimiendo al máximo lo bueno.
Todas estas cosas y más volaban por la cabeza de Julia en el viaje de camino a casa. ¿Lo estaré haciendo bien con mis hijos? ¿Con mi padre? ¿Debería seguir con Ginés? No paraba de preguntarse una y otra vez , pero al igual que Roma no se construyó en un día, las respuestas, aunque a veces las sepamos, no podemos o no queremos afrontarlas y otras, sencillamente, no las sabemos.
Julia llegó a casa con el corazón a flor de piel, se había tomado el día libre en la fábrica y esa tarde en cuanto acabase su hijo Jorge iría a por él y volvería a por su otro hijo, José Ángel, y se los llevaría a merendar y pasar la tarde con ellos de compras. Hoy necesitaba imperiosamente ver a sus dos hijos sonreír junto a ella y olvidar un poco que la vida en cualquier momento puede ganarte la batalla de la forma más cruel posible.
Sin darse cuenta, eran ya las cuatro y media de la tarde. Se vistió y se marchó rápidamente a por su hijo, que salía a las cinco. Justo cuando salió del coche, y sin esperárselo, una ligera brisa acarició todo su cuerpo. Al instante, se le puso la piel de gallina, esa brisa que apareció de la nada la quiso abrazar. Lejos de asustarla, la hizo sonreír. Inmediatamente vino a su cabeza la imagen de su tía Carmen. Muchos y muchas podréis pensar: casualidad, pero para ella no lo era. Aunque su tía Carmen hacía décadas que ya no se encontraba entre nosotros, no solo perduraba en ella su recuerdo, sino también en muchas ocasiones lo que ella creía que era su presencia. Estuviera donde estuviera, Julia sentía en pequeños detalles que estaba allí, a veces imperceptibles, como por ejemplo una brisa, otras un atardecer o un dulce olor que le recordaba a su perfume.
Se encaminó a la puerta del colegio, aún quedaban diez minutos para que saliera Jorge, pero así se pondría al día con las madres y escucharía algún chismorreo, pero esa tarde no encontró a nadie que conociera con la que tuviera mucha confianza, así que se limitó a esperar. Pasaban los minutos, pensando en sitios a dónde ir con sus dos hijos, cuando una voz que reconoció perfectamente sonó detrás de ella.
—Hola, Julia.
—¿Padre, qué hace usted aquí? —dijo Julia visiblemente sorprendida.
—El otro día hablé con Jorge y esta tarde había pensado en darle una sorpresa y traerle la merienda, pero, bueno, ya veo que has venido tú a recogerlo, así que me voy.
No le dejó ni un segundo de réplica para poder contestarle y se dio la vuelta. Jesús seguía tremendamente enfadado con su hija por haber vuelto con su marido. Desde casi el principio que ellos se conocieron, nunca quiso a ese hombre para su hija. Le dolía ver cómo seguramente desperdiciaba su vida junto a él, habiendo aguantado y sufrido tanto.
—Padre, espere…
Julia lo detuvo, ella sabía cuánto quería a su nieto Jorge y su hijo a él, así que en el último momento decidió cambiar de planes y sorprender a su padre.
—Dime, Julia.
—Ya que has venido hasta aquí y le has traído la merienda, ¿por qué no te lo llevas al campo y lo traes esta noche?
—Vaya, pues si a ti de verdad no te importa…
—De verdad que no, padre. Pues entonces me voy, ya me lo traes luego.
—De acuerdo.
—Julia —le dijo con su típica cara seria y ruda de siempre, pero con una diferencia: un brillo en los ojos que hacía tiempo que no le veía—, gracias.
—De nada, padre.
El corazón de Julia rebosaba sensibilidad y emoción en ese momento. Volver a ver a su padre después de años hacía en ella sentir una descarga de felicidad contenida.
Muy a su pesar, no le dio tiempo para mucho más, el timbre había sonado, el encuentro inesperado entre ellos silenció todo a su alrededor, hasta los griteríos de los niños, y Jorge ya aparecía corriendo por el patio, aunque de pronto se paró. Manuel salía corriendo detrás de él y le había intentado poner la zancadilla, que muy a su pesar pudo esquivarla.
—¿Por qué corres, gallina? ¿Qué, me tienes miedo?
—Déjame en paz de una vez.
—Te vas a salvar porque he visto que ha venido tu madre a por ti porque si no la próxima vez te comes el suelo para merendar.
Jorge le lanzó una mirada de rabia, pero sentía una mezcla de impotencia e indefensión frente a él. Manuel era el chico que todos admiraban en la clase porque era el más chulito, el que tenía más amigos, casi siempre iba con su séquito de matones detrás para hacerle sentir más fuerte, el que ligaba con todas las chicas. Un niño, con esa edad, luchar contra alguien así puede llegar a ser casi imposible. Puso todo el esfuerzo que tenía para cambiar su cara y sacar una sonrisa en ese momento al ver a su madre y su abuelo juntos. Después de tanto tiempo le resultó sencillo, sabía disimular muy bien en sus peores momentos, esa cualidad la había heredado de su madre y se encaminó de nuevo corriendo hacia ellos. Por desgracia para Jorge, este suceso pasó inadvertido para su madre y su abuelo al encontrarse a una larga distancia todavía.
—¡Abuelo! Era verdad que me ibas a dar una sorpresa.
—Claro, grandullón, cómo te iba a mentir. Te he traído la merienda. ¿Oye, pasaba algo con ese chico?
—Ah, no, nada, abuelo, que me estaba preguntando por unos deberes de inglés, que si lo podía ayudar.
No quería levantar sospechas con lo que estaba pasando con Manuel, así que hasta se inventó que necesitaba su ayuda, aunque por dentro rabiase de dolor cada vez que le venía a la mente.
—Bueno, Jorge, esta tarde te vas a ir al campo del abuelo. ¿Qué te parece? —dijo Julia con una pequeña sonrisa en la boca mientras miraba fijamente a su padre, donde en su mirada quería agradecerle el profundo amor que tenía por su nieto.
—¿De verdad? ¡Bien!
—Pórtate bien y haz caso a los abuelos en todo lo que te digan.
—Sí, mamá, tranquila.
—Abuelito, ¿cómo está mi pato?
Cada nieto había llevado un animal para cuidarlo en la pequeña granja que tenía Jesús y él decidió llevar un patito pequeño que era la envidia del resto.
—Bueno, ya lo verás cuando vayamos, pero está grande y bien hermoso.
—Padre, yo ya me voy, en fin…
Julia en ese momento deseó darle un abrazo y decirle que lo quería, pero no pudo hacerlo, una fuerza indeseada le resistió a hacerlo, pero sus ojos, a veces ese reflejo de lo más profundo de nuestra alma y nuestro ser, clamaban el amor que tenía por él a pesar de todo.
SORPRESA, SORPRESA
Jorge se juntaba de nuevo con su abuelo, aunque hacía unos años tuvo que pasar una larga temporada en el campo con ellos por la situación tan tremendamente complicada que se estaba dando en casa con sus padres, y añoraba mucho a su madre. Qué niño no lo haría si de la noche a la mañana te tienen que arrancar de su vida por complicaciones que no llegas a entender bien. Aún así, tenía muy buenos recuerdos de su estancia con ellos. El amor que tenían sus abuelos por él era claramente palpable, casi podríamos decir que era su nieto favorito, con el que más congeniaban y con el que más reían.
—¿Qué tal en el colegio, Jorge? Espero que lleves bien las notas.
—Sí, todo bien, aunque la verdad es que las matemáticas me cuestan un poco.
—Cómo te entiendo, a mí me pasaba igual de pequeño, pero ya sabes, a ponerle más empeño.
—Pues no será que no se lo pongo, pero me cuesta mucho, abuelo.
—Se te resisten, pero no podrán contigo, Jorge, ya lo verás.
—Abuelo, me gustaría hacerte una pregunta, pero no quiero que te enfades si te la hago.
—¿Por qué me iba a enfadar? Dime.
—¿Por qué nunca vienes a casa? ¿Ya no nos quieres?
—Pero qué tonterías estás diciendo, Jorge. ¿Cómo no os voy a querer? Lo que pasa es que hay cosas que tú no sabes o no puedes llegar a entender. A veces la vida es muy complicada.
—¿Y no crees que al igual se más de lo que todos creéis?
—¿A qué te refieres?
—Nada, abuelito, déjalo, que ya casi hemos llegado y quiero jugar a la pelota con Diana y ver cómo está mi patito.
Jorge sabía perfectamente a lo que se refería su abuelo. Aunque habían intentado protegerlo desde pequeño de la cruda y dura realidad a la que se enfrentaba su madre día a día en casa, a las palizas, insultos y abusos, sabía perfectamente qué ocurría en su hogar. Su padre había vuelto y por mucho que intentaran disimular la espantosa rutina en la que había entrado su madre, había pequeños detalles que no se le escapaban, algo no iba bien en casa.
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