Hernán Cortés, el hijo de Quetzalcoatl

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Xochiquétzal sonrió a duras penas, ella bien sabía que el niño era un dios.
La explicación de la parturienta no había sorprendido a Xochiquétzal. ¿Acaso no sería posible que su hijo fuese un dios siendo ella una diosa? Quizás fuese un mortal, puesto que su padre sí lo era. Desechó aquellos pensamientos. Acababa de nacer y quizás más adelante, con el tiempo, la piel oscurecería y su cabello se tornaría más oscuro. La debilidad de su cuerpo hizo que se durmiera dulcemente.
La parturienta llamó rápidamente a Tepexcolco para solicitar a un sanador. La reciente madre había perdido mucha sangre y su aspecto no era muy halagüeño. Tepexcolco, asustado, mandó llamar a los mejores sanadores que hubiese en la ciudad. La salud de esa mujer era algo muy importante para su rey y él no podía fracasar en su cometido. Después ordenó llamar a su rey, pues debía de estar al tanto de lo que ocurría en las estancias de su amada.
Mixcóatl acudió a la zona del palacio en las que Xochiquétzal se debatía entre la vida y la muerte. Comprobó que aquella mujer luchaba por rehacer su vida y después miró al niño que había nacido sano. Abrazó tembloroso el cuerpo de su amada y acarició sus cabellos. Rogó a todos los dioses para que la protegiesen de la muerte y después de besarla en la frente cogió al recién nacido y levantándolo al aire le dijo:
—Hijo mío, serás un gran príncipe y algún día un gran rey, me sucederás en el gobierno de este vasto imperio que he conquistado para ti. Pero no quiero perder a tu madre. Si muere ella por tu nacimiento, una estrella desgraciada amparará nuestros caminos y las desgracias se enfrentarán a nosotros. Tepexcolco, quiero que vengan los mejores sanadores del reino. Deseo que la salven y que ella vuelva a la vida. En caso de que ella muera, ordenaré que todos la acompañen en la pira funeraria. Empezando por ti, parturienta. —Una mirada de odio traspasó la estancia y se fijó en la pobre mujer que ya sentía sobre su cuerpo la espada de la muerte.
La parturienta, abatida, inclinó su cabeza y pensó que su sentencia de muerte ya estaba firmada. Xochiquétzal luchaba pendiente de un fino hilo y sabía por experiencias que aquella débil hebra se rompería en cualquier momento.
Tepexcolco informó que ya había realizado lo que su señor le indicaba. Los mejores sanadores de la ciudad se encontraban en la sala contigua esperando que les autorizasen la entrada para intentar curar a la enferma.
La noche se volvió profunda. Xochiquétzal respiraba con dificultad. Había perdido mucha sangre en el parto y su cuerpo presentaba una gran debilidad. De vez en cuando recobraba el conocimiento y en la soledad del silencio reclamaba a su hijo junto a ella. Los sirvientes le acercaban al niño, pero ya no tenía fuerzas para sujetarlo. Ni el llanto de la criatura conseguía reanimarla y rescatarla para la vida. Su mirada se nublaba y no era capaz de percibir la figura de su hijo. Poco a poco la vida se le escapaba y el dolor le traspasaba lo más profundo de su alma. Dejaba atrás al hombre que amaba más que a su vida y al fruto de ese amor. El hijo que acaba de venir al mundo.
Xochiquétzal moría al amanecer. Fallecía cuando nacía el sol en el firmamento y todos los pájaros del mundo comenzaban a trinar gozosos por la nueva promesa que acompañaba al día. Ella ya no tendría aquellas promesas de felicidad que todos los días les había traído el dios sol. Había bebido el elixir de la felicidad con demasiada rapidez y ahora su vida se había apagado como una antorcha sin resina.
Mixcóatl cayó de rodillas al suelo y sus lágrimas rodaron por sus mejillas llegando hasta el frío suelo de mármol, que se convertía en un río de dolor. Tepexcolco le daba la noticia y no encontraba palabras para consolar a ese gran guerrero, aquel rey, como un hombre débil, gemía y maldecía a la vida que le robaba lo que más había querido. Para qué quería todo un reino, para qué todos los tesoros acumulados en sus palacios si a partir de ahora no tendría a Xochiquétzal para compartir con ella la felicidad que le había aportado en todo el tiempo que ella le había acompañado. Su llanto traspasaba las paredes del palacio y todos los habitantes de la ciudad lo escuchaban, enterándose de la desdicha de su rey. Corrió como un loco hasta la habitación de Xochiquétzal y allí encontró su cuerpo sin vida, lánguido e inerte. Se abrazó a ella y deseó la muerte para acompañarla en el viaje tan siniestro. La vida, que era caprichosa y cruel, le había quitado al ser más querido, pero también era generosa y le había proporcionado al más deseado: un varón. Un hijo al que había de proteger, cuidar y enseñar para que el día de mañana le pudiese suceder. Debería de seguir viviendo con el dolor dentro de su corazón, pensó mientras permanecía en la cama abrazado a la mujer que había amado con esa pasión. Con su muerte, Xochiquétzal se convirtió en la diosa del amor.
—Tepexcolco, buscarás a una nodriza que amamante a mi hijo para que crezca sano y fuerte, y tendrás que jurarme por todos los dioses que le cuidarás y le protegerás aun con tu vida, para que algún día sea rey de este imperio. Pase lo pase vivirás solo para protegerle. Mi vida ya no importa, solo la de él; es lo importante.
—Sí, mi señor. Juro que así lo haré. ¿Ha pensado mi señor en el nombre que le pondrá al niño?
—Mi hijo se llamará Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. El primer nombre por el año de su nacimiento. Así quedará registrado en la historia de este mundo. Algún día será un dios y gobernará sobre muchos pueblos con su sabiduría e inteligencia. No quiero que gobierne con la fuerza, como lo he tenido que hacer yo, quiero que se gane el cariño y la voluntad de las gentes y gobierne en paz.
Los años desgranaban las cosechas y las lluvias aportaban nuevamente la promesa de buenas recolectas. La soledad de Mixcóatl se veía ensombrecida por las envidias y las luchas por el poder que aquel rey dormido y abatido había dejado crecer bajo sus pies. Habían pasado ya unos años desde que le abandonó la mujer tan amada, y su apatía había llevado al reino a una situación de desamparo ante otros pueblos enemigos suyos. Su propio pueblo había caído en el letargo de la indiferencia y sus enemigos, que habían esperado este momento durante muchos años, se lanzaron como chacales contra aquel rey-dios que se había convertido en un hombre vulgar y desamparado.
Una mañana oscura y grisácea, con un cielo que amenazaba una fuerte tormenta, se desencadenó la ira que algunos de sus enemigos tenían encerrada en sus corazones.
—Mi rey, señor. Algo grave está sucediendo. —Tepexcolco llegaba a palacio alterado, con el rostro desencajado y la mirada perdida.
—¿Qué sucede, Tepexcolco?
—Las gentes de Ihuitimal se han sublevado. Han comenzado las matanzas y creo que vendrán hasta palacio para mataros. Debéis huir, mi señor. Son muchos los guerreros que le secundan y vos apenas tenéis partidarios —la voz de Tepexcolco se quebró y sus ojos se inundaron de lágrimas. Había combatido toda la vida por aquel rey y, sin embargo, ahora, en los momentos más amargos, era un pobre viejo que casi no podía luchar. Aún sonaban en sus oídos las palabras que su rey le había predicho: la derrota había llegado y su pueblo le daba la espalda.
—No, Tepexcolco. No puedo huir. Mi destino ya está fijado en las estrellas y debo esperar lo que los dioses han dispuesto para mí. Pero tú todavía tienes que servirme con un último encargo. Llévate a mi hijo Quetzalcóatl y ocúltalo en alguna ciudad hasta que sea mayor y pueda luchar para recuperar lo que es suyo. Si lo encuentran los partidarios de Ihuitimal lo matarán. Así que date prisa y llévatelo antes de que sea tarde. —Mixcóatl hundió la cabeza entre sus manos y allí en la negrura de su pensamiento vio por unos instantes el rostro de Xochiquétzal, que le llamaba con una sonrisa dulce. Por unos instantes pensó que su muerte sería un acto de amor, por fin se encontraría con ella, aunque fuera en la otra vida. Así que no opondría ninguna resistencia a su destino y aceptaría aquella muerte como su última voluntad.
—Sí, mi señor. Así lo haré. Que los dioses os protejan. —Tras una gran reverencia, Tepexcolco salió deprisa hasta las dependencias del niño, al cual arroparon con ropas más corrientes, ocultando sus cabellos con una peluca negra y untando su piel con grasas para oscurecerla, para que así que no fuese reconocido y mezclado con varios niños, hijos de criados, se marcharon del palacio por un pasadizo secreto que los comunicaría con el exterior de la ciudad.
Poco tiempo después cientos de guerreros enfurecidos y encabezados por aquel malvado de Ihuitimal entraron al palacio gritando, pasando a cuchillo a todos con quienes se encontraban. No respetaron ni a mujeres ni a niños. Todos murieron en ese día funesto para la vida de ese reino.
Mixcóatl moría en su trono atravesado por un puñal de obsidiana en la garganta. Su mirada, perdida en la niebla de la muerte, buscaba con ansiedad encontrase con la mirada de Xochiquétzal, quien le esperaba ardientemente en el paraíso de los dioses del firmamento.
Tepexcolco y el cortejo que ocultaba al joven Quetzalcóatl huyeron por caminos poco transitados para no ser descubiertos, sin saber que, en palacio, Mixcóatl y la mayor parte de la familia real caían asesinados por Ihuitimal, quien, a partir de ese momento, usurparía el trono de aquel imperio. Ihuitimal había ordenado buscar al niño-príncipe, el único que, junto a su hermana Quetzalpétlatl que se escondió en un lugar secreto y que habían conseguido escapar, para que fuese asesinado. Todo el palacio fue removido, en cada rincón y en todas las estancias buscaron afanosamente para encontrarle. Pero Quetzalcóatl ya no estaba allí. Su cuerpo joven y vigoroso marchaba veloz por los caminos en pos de la salvación de su vida. Aquel niño, ágil y ligero como un pajarillo, revoloteaba por los campos del reino en busca de un lugar más seguro.
Tepexcolco y toda la comitiva que ocultaban al joven príncipe caminaban por senderos junto a los maizales y a través de los campos donde los frijoles y los frutales crecían en su larga marcha. Durante el camino comían tortillas, algunas aves y bebían chocolate, la bebida de los dioses, que los criados preparaban para él. Caminaban con una meta: Teotihuacán, el lugar donde los dioses se reunieron. Las leyendas narraban que había sido construida por los dioses y allí decidieron crear la Tierra y las gentes.
Allí tenía sacerdotes amigos que le protegerían. El camino era largo y la marcha lenta, pero anduvieron por senderos seguros, pues estaban convencidos de que los partidarios de Ihuitimal le estarían buscando para darle muerte. Cinco largos días necesitaron para llegar sanos y salvo a su destino.
Tras pasar todas las penalidades que la huida les había proporcionado, Tepexcolco y su personaje real llegaron a Teotihuacán. Allí les darían refugio y cobijo, allí nadie les encontraría, pensó.
—Nezahual, amigo mío. —Tepexcolco abrazó a aquel viejo sacerdote—. Debo pediros que acojáis a este joven en vuestras estancias y le eduquéis como mejor podáis. Los dioses os lo premiarán. No me preguntéis su nombre, solo puedo deciros que es un príncipe chichimeca y su vida corre un gran peligro. Nadie ha de saber que se encuentra aquí.
El niño quedó sorprendido al ver esas pirámides gigantescas que los hombres habían construido en esa ciudad. Se trataba de un mundo mágico donde los hombres adoraban a los dioses desde aquellas alturas. Allí podría aprender a hablar con los dioses.
—Dime, Tepexcolco, ¿qué son esas pirámides de piedra tan gigantescas? —preguntó Quetzalcóatl intrigado.
—Esas pirámides las construyeron los hombres de estas tierras para así poder alcanzar el cielo y hablar con los dioses —reveló Tepexcolco—. Esta tan gigantesca es la pirámide del Sol y esa un poco más pequeña, es la pirámide de la Luna.
—Pues yo subiré algún día a ellas y desde allí alcanzaré el cielo y hablaré con los dioses.
—¿Para qué quieres tú, Quetzalcóatl, hablar con los dioses?
—Quiero preguntarles por qué permiten realizar esos sacrificios tan horrendos. —Quetzalcóatl miró pensativamente hacia la cima de la pirámide del Sol que, orgullosa y desafiante, se postraba delante de él.
Aquella respuesta dejó pensativo a Tepexcolco. El príncipe no era un niño normal, sería un pequeño dios dentro de su diminuto cuerpo.
Pasados los años, Quetzalcóatl vivía feliz en Teotihuacán, una ciudad muy grande, pues tenía unos doscientos mil habitantes. Crecía y era un niño listo y poco a poco se había convertido en un muchacho con grandes aptitudes para el conocimiento. Tepexcolco no había dudado en ningún momento que los mejores profesores que habitaban en la zona le enseñaran todas las materias conocidas. Nezahual era un buen sacerdote y astrólogo. Aprendió los secretos del firmamento, la ciencia de la agricultura, los del calendario y todo aquello que consideraba importante para que el niño alcanzase un grado de madurez e inteligencia para el cargo, que estaba seguro, en un futuro tendría que desempeñar.
Algunas veces preguntaba por su madre o por su padre. ¿Todos los niños tienen padre y madre?, ¿por qué yo no he de tenerlos? El pobre Tepexcolco, quien había tenido que hacer de ambos padres, no sabía qué responderle.
Los años transcurrían en la placidez y la felicidad que le aportaban los juegos y las enseñanzas. Añoraba a aquellos padres desconocidos, pues no recordaba nada de su niñez. Los años habían borrado los recuerdos que su mente guardaba, pero Tepexcolco había suplido a sus padres, con todo su corazón y su paciencia. El niño se había convertido en un joven cuyas aptitudes eran generosas y sobresalían por encima de los demás jóvenes. Aprendió a escribir los jeroglíficos, el calendario solar y la aritmética basada en el número veinte. Su cuerpo atlético recordaba al de su padre, con la diferencia de que su piel era muy blanca y el cabello rubio, como el maíz maduro, algo que sobresalía en la ciudad.
A pesar de todo, Quetzalcóatl recorría todos los días plácidamente la plaza del Sol y al llegar a la gran pirámide se quedaba extasiado contemplando aquella grandeza. Desde su cima el cielo estaba muy cerca y él soñaba con tocarlo con sus manos. No le importaban los palacios, sobre todo el de Quetzalpapálotl, ni las demás pirámides. Solo la gigantesca construcción le atraía con todas las fuerzas. Esas piedras tenían una fuerza que le llamaban y su corazón se sentía feliz al poder contemplarlas.
Las noticias llegaron un buen día. Ihuitimal había muerto. Los partidarios de Quetzalcóatl, heredero legítimo del imperio, no le habían olvidado, y mandaron en su busca. Un enviado llegó a Teotihuacán con la noticia. Este se presentó ante Quetzalcóatl y le entregó la petición de su pueblo. El joven, aturdido, no encontró respuesta. Había descubierto su verdadera identidad. Todo su pasado se empezaba a desvelar y aquella oscura cortina que había ocultado sus primeros años de vida se había descorrido para dejar ver al mundo quién era verdaderamente Quetzalcóatl. Rápidamente acudió nervioso al palacio en donde vivía. Debía de hablar con Tepexcolco, quien le desvelaría los últimos secretos de su padre, el rey. Por lo que le aconsejó que aceptara su destino.
Tepexcolco llevó al joven Quetzalcóatl de regreso a Oaxaca, en donde le ofrecieron que fuera su sumo sacerdote y gobernante supremo.
Quetzalcóatl regresaba triunfal, como un día su padre lo hizo de una de sus muchas victorias. Ahora era un joven, aún no había alcanzado la madurez de un hombre, así que no había cosechado hazañas bélicas, pero algún día las conseguiría y entonces su pueblo le aclamaría con más vigor, pensaba.
Quetzalcóatl aceptó lo que el destino le había ofrecido, pero sus enseñanzas le recordaron que debía de gobernar con la razón, la sabiduría y no con la fuerza. Algo que su padre le había inculcado a Tepexcolco y este, a su vez, a él.
Pronto las campañas de guerra se pusieron en marcha. No podía eludirlas puesto que su país estaba amenazado por otros pueblos limítrofes y debía de conseguir para los suyos tranquilidad, además de felicidad por la victoria. Quetzalcóatl demostró su gran valía. Avanzó hacia el norte penetrando en el valle de Toluca. También estuvo en Acolman volviendo a Teotihuacan, a la que respetó, pues no olvidaba que allí había vivido su niñez. Siguió conquistando territorios como lo había hecho su padre. Las victorias eran conseguidas con facilidad y los tesoros se acumulaban en los palacios. Luego se estableció al sur de los lagos, en Cerro de la Estrella.
Quetzalcóatl quería construir una nueva ciudad. No deseaba reinar en aquella donde la sangre de su padre había corrido por los pasillos de su palacio. Construiría una ciudad en el valle, en las tierras que había conquistado. Fundaría la ciudad de Tula-Xicocotitlan, «lugar donde abundan los tulares o carrizales».
Pasados los años, Tula se convirtió en una hermosa ciudad. La capital de aquel imperio de los chichimecas. Los palacios que se construyeron sobresalían por su elegancia, por las figuras de jade y estatuas en piedra, así como toda clase de ornamentos, entre ellos las plumas de quetzal. Poco tiempo después, Tula se había convertido en una ciudad más hermosa que Oaxaca.
Pronto la ciudad alcanzó gran auge en el comercio y la prosperidad alcanzó a su pueblo. El cacao llegaba de todas las partes del altiplano, así como los metales preciosos y las piedras de obsidiana. El jade llegaba desde el valle de Coplán. Las pieles de animales tan queridos, como los jaguares y las figuras de arcilla, procedían de Chiapas o de la lejana Guatemala. También llegaban plumas de los pájaros más exóticos, así como el algodón para la confección de las prendas.
Los años transcurrían y Quetzalcóatl, al igual que su padre, se había convertido en una deidad. Un hombre amado por su sabiduría y por la sencillez de su vida. Odiaba la violencia y había conseguido desterrar todos los sacrificios humanos en las ofrendas a los dioses. Algo que a los sacerdotes no les había hecho mucha gracia, pero que acataron por la gran devoción que el pueblo tenía por su rey. La semilla del rencor dormiría en el seno de aquellos hombres hasta el día en que despertase y recordasen a su rey-dios que las tradiciones estaban para cumplirlas. El dios Sol reclamaba sangre para poder salir todos los días y darles luz y calor.
Quetzalcóatl se había convertido en un hombre alto con un cuerpo bien hermoso de piel muy blanca. Algo que llamaba mucho la atención entre las gentes de su pueblo que tenían la piel tostada. Su cabello era dorado, como el sol, decían, y su rostro se pobló con una gran barba. Poseía grandes conocimientos científicos y enseñó a su pueblo todo aquello que había aprendido en Teotihuacán. En astrología, inventó los calendarios, la situación de las estrellas y nuevas técnicas de agricultura, pues enseñó la implantación del algodón. Los instruyó en la construcción de casas, a trabajar los metales y, en general, a vivir mejor.
Un buen día, unos sacerdotes y otros dioses celosos de su vida le pidieron a Tezcatlipoca que se transformara en un anciano para poder tener acceso a él. Cuando llegó Tezcatlipoca a la presencia del rey, este le dijo que estaba enfermo y el viejo le prometió que le daría una sustancia que le curaría. Quetzalcóatl probó un poco de la bebida, que no era otra cosa queoctli, algo que él en su vida de abstinencia y rectitud nunca había probado, y le gustó. Quetzalcóatl bebió octli en gran cantidad. No tenía costumbre y le produjo una borrachera que le llevó a cometer actos que a un hombre de su posición no le fueron perdonados. Los sacerdotes le habían incitado a beber, deseaban su perdición y encontraron el momento. Sus enemigos le engañaron y, al verle en su estado, le llevaron a una habitación con la promesa de que yacería con una mujer hermosa. Pero dicha mujer era Quetzalpétlatl, mujer dedicada al culto divino por lo que había contraído los votos de abstinencia. Mantuvieron relaciones sexuales rompiendo todos los votos sagrados que habían prometido. A la mañana siguiente y descubierto el engaño, los sacerdotes le recriminaron de tal forma que Quetzalcóatl, avergonzado y deprimido por la acción que había hecho, decidió marcharse renunciando a todos sus cargos. Se iría de la ciudad abandonando todos sus tesoros y renunciando al trono de su padre. Viajaría hacia el este.
Quetzalcóatl se despidió de las mariposas en Papalotla, cerca de Texcoco, marchó nuevamente a Teotihuacán, allí era venerado como un dios y aquel pueblo eligió para honrarle el más hermoso de los templos. Llevaría el nombre de la Serpiente Emplumada. Después de vivir un tiempo en esa ciudad que le había acogido en su niñez, inició un largo peregrinaje por las altas tierras de su imperio. Le acompañaban muchos de sus partidarios más allegados. Entre ellos Tepexcolco, que, a pesar de su vejez, no quiso dejarle en la soledad de su peregrinaje. Le seguiría hasta que su cuerpo le dijera adiós, solo entonces le abandonaría.
En su largo peregrinar llegó a la ciudad de Cholula, donde fundó un gran templo para adoración de su figura. El pueblo cholulteca, fiel a las doctrinas que ese hombre sencillo y bueno colaboró en la construcción, decidió que aquel templo fuese su lugar de devoción.
El templo de Cholula era una inmensa pirámide con cientos de escalones y al final de ellos se encontraba el santuario de La Serpiente Emplumada.
—Aquí veneraréis a este dios justo y noble, pues es el dios de la sabiduría —manifestó a sus habitantes.
Una vez sembrada las semillas de su reinado entre los habitantes de Cholula, Quetzalcóatl se marchó y continuó su peregrinar siempre caminado hacia el este, deseaba llegar al mar y ver el sol despertar cada mañana. Siguió caminando y llegó hasta Coatepec, «Cerro de las culebras», desde donde vio el Citlaltépetl, «Cerro de la estrella».
Al llegar a la costa de Veracruz, se embarcó en una balsa de juncos hasta Tlapallan y allí sintió que la vida se le escapaba; murió. Se había sentido muy cansado y no deseaba seguir viviendo en aquel mundo. Sus acompañantes sintieron mucho la pérdida. Su cuerpo fue incinerado en una pira y las llamas alzándose hacia el cielo se convirtieron en una estrella muy brillante que se posó en la cima del Citlaltépetl, en donde después de un buen rato desapareció; era como si se hubiese metido dentro del volcán. Se convirtió en el lucero del alba.
Pero antes de morir, Quetzalcóatl les habló a sus acompañantes. Prometió que volvería. Volvería cuando el quinto sol se dejara ver en el horizonte. Volvería acompañado de sus hijos y sus descendientes para recuperar los reinos que eran suyos. Sus enemigos le habían engañado, pero no vencido. Retornaría y castigaría a todos aquellos que mancillaran su nombre y maldijeran la imagen de la Serpiente emplumada.
Sus discípulos, desconcertados, se preguntaban cómo iban a saber cuándo llegará el quinto sol.
Había nacido el año Ce Ácatl (1 Caña) y regresaría un año Ce Ácatl, no sabía de qué ciclo, ya que cada cincuenta y dos años el ciclo de la vida se volvía a poner en marcha. Volvería para vengarse de todos los hombres que le habían obligado a abandonar su imperio. Castigaría a todos los sacerdotes que celosos de sus enseñanzas habían provocado su caída y desterraría a Quetzalpétlatl y a todos sus descendientes por haberse prestado al engaño usando su cuerpo para su desdicha.
Regresaría desde la otra parte de aquel mar inmenso que brillaba cada amanecer con la llegada de la luz del día.
—Algún día veréis una luz inmensa y unos barcos muy grandes que llegarán a estas costas —vaticinó—. Ese día será el anuncio de mi regreso al frente de mis hijos y de mis descendientes, unos hombres blancos y barbudos, hombres duros y curtidos por el frío y el sol, para la recuperación de estos, mis reinos. Regeneraré el culto a la Serpiente Emplumada, castigando a todos los hombres que hubieran hecho sacrificios humanos. —Algo que odiaba con todas sus fuerzas—. Regresaré con los vientos del este.
Retornaría a sus dominios y todos juntos gobernarían con amor y justicia para que su pueblo conociera la luz del mañana; la sabiduría y todas las ciencias del mundo que traería consigo. No quería que su pueblo permaneciera en la oscuridad de la ignorancia. Había conseguido hablar con los dioses y deseaba que su pueblo conociera la eterna felicidad.
El dolor por la larga marcha le había aportado sufrimiento, pero no lo tendría en cuenta. Solo la felicidad de su pueblo era lo importante. Su promesa estaba hecha, necesitaría un tiempo para cumplirla.



