Hernán Cortés, el hijo de Quetzalcoatl

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La rueda del tiempo se había puesto en marcha y mientras la vida seguía su curso, los sucesores de Quetzalcóatl planeaban la llegada a aquellas tierras en busca del imperio oculto por los bosques de verde vegetación que en las costas anunciaban ese mundo que, un día lejano, había sido el imperio de su dios Quetzalcóatl.
Un hombre ambicioso y valiente viajaba entre ellos. Toda su vida había estado soñando con la conquista. Su codicia no tenía límites. No ha conocido a Quetzalcóatl, pero siente correr por su sangre el influjo de aquel dios que le impulsa a seguir avanzando y conquistar esas tierras, para gloria de su rey y para la de él. Solo el destino es el portador de los secretos de los reinos, pero él quiere abrir esos secretos y ver con sus propios ojos ese mundo maravilloso y extraño que existe en aquella parte del mundo, hasta hacía bien poco, desconocida para ellos.
CAPÍTULO 2
MEDELLÍN
—Martín, hijo. Acercaos, he de deciros algo de mi pasado, no quiero morirme sin que lo sepáis.
Desde una cama sencilla y desvencijada, aquel hombre moribundo llama con voz débil a su hijo, que acude con lágrimas en los ojos. Estos, trémulos, apenas vislumbran ya la luz del atardecer. Unos cercos mortecinos adornan los ojos cansados que tanto han visto en sus correrías por el mundo. La habitación, iluminada por unas débiles bujías de cera, refleja la sombra del gallardo joven que con paso incierto se acerca hasta la cama donde yace el anciano que con infinita tristeza le llama.
El invierno crudo se cuela por las ventanas de la casa de Castilleja de la Cuesta. Martín Cortés se acerca a la cama donde su padre, ahora viejo y abatido por la enfermedad, respira con dificultad y presume que su vida se acaba. Le mira con tristeza y congoja, no espera la salvación de aquel hombre, que durante un tiempo fue un guerrero fuerte y valiente, ahora es un pobre anciano que se debate entre la vida y la muerte. Advierte que la agonía por la vida es una lucha perdida, su padre ya no tiene fuerzas ni ganas para ganar la batalla.
El anciano, en su último caminar, ve que la muerte se acerca, ya siente la procesión que camina por las calles de Castilleja y muy pronto se detendrá en aquella casa, donde ahora se cobija.
Desea contarle a su hijo algo que oculta en su mente, algo que quiere expresar para calmar su alma. Su larga vida ha sido una lucha interna entre todos sus sentimientos. La ambición se había enfrentado al honor, y el amor al deseo carnal. Es ahora, cuando ve el final de ella, que siente la necesidad de sincerarse con su hijo. Ya lo ha hecho con Dios, al que ha confesado todos sus pecados. La ambición le ha dominado y desea descargar la pesada carga, no quiere viajar con ella a la otra vida, donde el Creador le espera para pedirle cuentas. Aunque se ha confesado con el sacerdote de los pecados cometidos en la vida, aún le queda la confesión con su propio hijo.
—Ahora que la vejez me ha derrotado, siento que mis recuerdos me asaltan y veo que ese mozalbete, ese niño de salud muy enfermiza, al que encontraron muchas veces en trance de muerte, se pasea delante de mí. —Su voz apagada casi no la oye su hijo, y el hablar lento indica que su vida se está escapando por aquellos hilos de sonido que con gran esfuerzo escapan de su garganta.
Martín Cortés acerca su rostro al lecho donde su padre agoniza. Quiere oír aquello que le dicta. Pueden ser sus últimas palabras, y así comienza su historia.
Nací, como bien sabéis, en Medellín, en el año de 1485. Es un bello pueblo a orillas del río Guadiana, cerca de Villanueva de la Serena, en el valle del mismo nombre, allá en las tierras de Extremadura. Su orgulloso castillo mira desde la cima de un risco al pueblo y en una de sus laderas se encuentra un teatro romano, legado de nuestros antepasados. También cuenta con dos iglesias, la de Santiago Apóstol y la de San Martín Obispo, donde fui bautizado. Mi padre, vuestro abuelo, tenía unas tierras allí. Fui hijo único de aquel hidalgo, que ya cansado y harto, luchaba contra la naturaleza para extraerle los frutos que significaban el bienestar de los suyos. Tuve muchos primos, pero ningún hermano o hermana. En época de malas cosechas, la escasez y la estrechez se hacían patentes en mi hogar. El trabajo nunca lo rehusaba, pero los años también le fueron doblegando y ese hombre recto y seguro de sí mismo buscaba el consuelo de ver que yo, su hijo, le sucedería en la dirección de aquellas tierras. Al reír presentaba la cara quemada por el sol y se le arrugaba como un cuero suave adornando su rostro y el cabello canoso anunciaba que la juventud se había escapado de su vida hacía ya largo tiempo. Los recuerdos, que ahora acuden ante mí, los veo con más claridad, si cabe, que los hechos que me acaecen ahora mismo. Por eso deseo exponéroslo para que podáis perdonar a vuestro padre por todos los excesos que cometí en esta vida.
A pesar de las fiebres cuartanas que me persiguieron en mi niñez, las cuales reaparecieron varias veces en mi vida, y más de una vez estuvieron a punto de llevarme de esta vida, seguí creciendo, volviéndome un mozo muy revoltoso. Mis juegos eran simples correrías a caballo, la caza de liebres y alguna que aventura más con otros niños del pueblo. Llegamos a cruzar el umbral de lo permitido y cogíamos frutas en algún huerto prohibido o nidos en los árboles Mis dotes de mando se empezaron a practicar, pues era el jefe de aquel grupo de mozalbetes que alborotaban la vida del pueblo y así, mi vida transcurría entre los juegos infantiles y las enfermedades que me azotaban. Organizaba las guerrillas callejeras y blandiendo mi espada de madera gritaba y asaltaba a los cabecillas de los otros grupos.
Pronto, mis padres salvaguardando mi futuro, fui invocado para ser protegido por san Pedro, mi benefactor, al cual mi familia me ofreció y me protegió hasta el día de hoy.
Todos los vecinos ya sabían quién era el pequeño Hernán, pues todas las travesuras que sucedían en ese pequeño pueblo llevaban la mi firma y la de mis compañeros de aventuras. Mi padre me reprendía y castigaba, pero aquellos castigos pronto se me olvidaban, no obstante, en su interior disfrutaba de la rebeldía y esas ganas de vivir que poseía su hijo. Aunque nunca me lo expresaba para que mi aprendizaje fuese lo más recto posible.
La vida era muy primitiva para un niño en aquellos campos. El sol y la buena vida debían de fortalecer mi cuerpo si no quería que mi existencia se truncase en cualquier momento. Algún baño me di en los bordes del gran río que acariciaba las orillas de mi pueblo, el río Guadiana, aunque no muchos; el agua no era mi pasión. El ardor juvenil me lanzaba con valentía, pero pronto perdí esa afición. Algunos años después, una vez perdido el amor hacia aquellos baños, cambié de amante: del agua pasé a las mujeres. Luego, en mis años de plenitud, me enfrenté al ancho océano y surqué por los mares del Caribe misterioso. La inmensa extensión de los campos de Extremadura pronto se quedó cortos para mi pensamiento, que soñaba con ver otros mundos. Fantaseaba de todo corazón que algún día conseguiría la gloria y las riquezas. Mi ambición en esos tiempos no tenía límite. Era un joven lleno de pensamientos en los que siempre me colocaba en lo alto de esa escala de triunfadores de la vida.
En Medellín estudié las primeras letras en la escuela que, por aquel entonces, tenía el pueblo. También fui paje en la iglesia. Por lo que pronto empecé a relacionarme con el latín. Algo bastante latoso, pero que no pude eludir en todos mis años de aprendizaje. Yo no sentía ninguna atracción hacia las letras, al igual que por el sacerdocio, a mí lo que más me gustaba era aprender a montar a caballo y el manejo de la espada, que muy pronto comencé a tomarle el gusto. Mi padre no dudó en ponerme un preceptor para que aprendiese el montar a caballo y a utilizar bien la espada.
Mi padre me miraba en silencio, viendo que yo, que sudaba con todo el ardor del verano, y siendo apenas un chiquillo, manejaba la espada de madera con soltura y gallardía. El buen hombre recelaba de mi afición. Se notaba que me gustaba. Al caer la tarde y finalizar las clases, siempre pedía que estas no acabasen nunca.
—¿Cuándo podré manejar la espada de acero? —suplicaba a mi buen padre, con la esperanza de que al fin accediera.
—Tal vez algún día. Sois aún muy joven para pensar en ello. Antes debéis aprender bien las letras. Eso es lo que más os conviene. —Con rostro serio, mi padre se concentraba en lo más íntimo de su corazón. Veía en mí algo que no quería que ocurriese, pero era algo que estaba allí delante de sus ojos. Ese deseo de aventura y el ardor juvenil por la batalla. Quizás, con el tiempo, decaiga ese espíritu y sus caminos se dirijan hacia otros logros, pensaba en su interior.
Mi padre, hombre prudente y escarmentado de los tiempos de las luchas civiles de espada y mosquetes, que la España reciente había sufrido, no quería que entrase en mis venas el fuego que atormentaba a los más jóvenes. Algo que al final no pudo impedir, pues si algo llegó a envenenar mis venas fue el deseo de usar mi espada en toda refriega que se me presentó en adelante.
Un nuevo sueño había embriagado la mente de la juventud de aquellas tierras. Todos soñaban con las conquistas de los nuevos territorios, que allá en los confines del océano, un navegante genovés había descubierto para nuestra Corona. En el horizonte de ese mundo, unas islas habían aparecido y todos querían acudir a las nuevas tierras para conseguir aquella gloria que, en España, los árabes, con su rendición, habían negado a todos esos jóvenes. Deseaban embarcar y batallar, aunque luego las rutinas y la fatiga al avanzar por esas selvas con marchas interminables, pasando frío o calor según el lugar, fueron las emociones que tuvieron que padecer. Todos iban en pos del oro y de las riquezas que debían de aparecer, pero pocos eran los que regresaban con los faldones llenos de oro y riquezas que brotaban sin parar en aquellas tierras, según decían los que pregonaban las nuevas buenas.
Yo no fui ajeno a esas noticias de los descubrimientos y pronto sentí correr por mis adentros las ansias de encontrar en ese nuevo mundo la gloria que deseaba para mi vida. Como cualquier joven de la época, escuchaba las noticias de aquellos descubrimientos que llegaban al pueblo perdido en la meseta extremeña, con avidez. Mi mente se ensanchaba con los escasos conocimientos que disponía y la fábrica de sueños, que era mi cerebro, producía los escenarios más disparatados y las heroicas aventuras que terminaba disputando. En la soledad de mi cama, yo forjaba la vida que llevaría por esos mundos y el final feliz que obtendría, volviendo a mi patria chica con el oro y las riquezas que todos soñaban conseguir.
En cualquier lugar que alguien comentase las nuevas noticias que se recibían por entonces sobre los descubrimientos, yo escuchaba, atentamente, con mi mente juvenil bien abierta, y entusiasmado soñaba con los lugares que alguien mencionaba. Había otros mundos lejanos y diferentes al mundo en el yo vivía y deseaba conocerlos algún día. Por las noches, después de la cena, salía del portón de mi casa y sentía que algo me impulsaba hacia aquellas tierras en busca de aventuras. Después me acostaba, y en la placidez de mi lecho, miraba a través del ventanuco de mi habitación fijamente al cielo donde las estrellas me guiaban hacia los confines de grandes aventuras. Ya me veía cabalgando por esos nuevos rincones que habían descubierto para nuestra nación.
A la edad de doce años mi padre, Martín Cortés, vuestro abuelo que era un hombre recto y buen caballero, aunque hidalgo pobre, había heredado de mi abuelo, Rodrigo Pérez de Monroy, el cual había servido a caballo en las vegas de Granada a las órdenes de Álvaro de Luna, unas escasas rentas de unos treinta mil maravedís anuales, un viñedo, un molino de trigo en el río Ortigas, colmenas y fanegas de cereales allá en la ribera del Guadiana. También poseía algunas vacas. Era un buen negociante, cualidad que heredé de él; también su carácter sobrio y las dotes de mando, ya que él había sido capitán con cincuenta soldados a su cargo en la lucha de la nobleza contra la reina Isabel, al lado de Alonso de Monroy, maestre de Calatrava, hombre belicoso y guerrero que mantuvo las disputas por nuestras tierras hasta su muerte. Era pariente de Alonso de Hermoso y por fidelidad a él, aportó su lucha. Decidió, harto de mis travesuras, cortar de raíz mis sueños y me envió a estudiar a Salamanca con mi tía Inés, una casi hermana suya, que vivía en la capital salmantina. Su esposo, Francisco Núñez de Varela, era profesor de gramática e impartía clases en su propio domicilio.
Vuestro abuelo soñaba con que yo sería un buen letrado, no quería por nada del mundo que mi vida estuviese ligado a las armas. Quería que mi vida se afianzara en los tribunales de justicia. Tal vez me veía débil por mi aspecto enfermizo y pensó que no tenía madera para ser un soldado. La vida entre los libros me sería más útil y provechosa en aquella España donde los analfabetos eran gran mayoría entre el pueblo y aún entre la nobleza.
El día que vuestro abuelo me comunicó la partida hacia Salamanca sentí una fuerte sacudida en todo mi cuerpo. Era lo más parecido a esas aventuras que un mozo, como yo, había soñado. Pasé la noche en vela dando vueltas en mi cama y mi cerebro buscando algo que se pareciese a lo que yo iba a encontrar, pero no había nada. Mi vida estaba vacía y hasta ese mismo instante el viaje representaba el hecho más importante en mi vida. Durante el trayecto hasta la ciudad salmantina mi excitación iba aumentando según nos acercábamos al destino. El viaje duró cerca de dos días de camino; para un viajero como yo que casi no había andado unos metros en la vida me pareció un viaje excesivamente largo. Mis ojos no perdían detalles de todos los paisajes y pueblos que se presentaban ante mí. El mundo empezaba a abrirme sus puertas por las que yo entraba con las dudas de un joven de apenas doce años.
Acudí a Salamanca, acompañado de mi señor padre, por vez primera. La ciudad impresionó mi visión. Tan solo era un niño y contemplaba las estructuras de una gran ciudad. No había salido nunca de Medellín y la visión de la catedral con su imponente torre marcó mis creencias del esplendor del cielo ante aquellos pobres mortales que éramos nosotros. Sus hermosas calles con las casas de piedra le daban un realce que nunca había apreciado. La grandiosa plaza del Sol, nombre antiguo, ahora se había transformado en la plaza de San Martín por hallarse junto a la iglesia del mismo nombre, me dejó impresionado por sus dimensiones. La plaza era tan grande como mi pueblo entero, pensé. Luego supe que era la plaza más extensa de la cristiandad. Allí se celebraban los mercados y todos los comerciantes de la ciudad se afanaban en desarrollar en ella sus negocios.
Cuando llegué a Salamanca, una mañana clara de septiembre, mis ojos se abrieron extasiados para poder percibir aquel esplendor de belleza. Me vi ante el edificio de la universidad y no supe, hasta pasados unos pocos de años, qué representaba ese centro para el saber. Me hallaba ante una de las catedrales más grandes del conocimiento que irradiaba su cultura a toda España y a gran parte de Europa.
—Algún día pisarás sus aulas y te convertirás en un buen magistrado —vaticinó mi buen padre.
Pasado un tiempo alguien dijo que yo había estudiado allí, pero la verdad es que nunca estuve en sus aulas. Algo de lo que no me arrepentí, ya que siempre soñé con alcanzar la fama espada en mano.
La primera vez que mi padre me insinuó que iría a Salamanca a estudiar había sentido una gran alegría. Aquella gran ciudad tenía lo que yo deseaba, representaba un desafío para mis ilusiones de juventud. Un ambiente estudiantil para poder compartir mis andanzas con jóvenes como yo, algunos hijos de grandes de España, otros, hidalgos pobres en busca de ese conocimiento que le ayudase en la escalada del poder.
Al presentarme en la casa de mis tíos en Salamanca, la imagen de mi tío Francisco y la gravedad de su mirada me hicieron temer lo peor. Mi vida asilvestrada y casi salvaje se había acabado.
—Francisco, quiero que acojas en tu casa a mi hijo y le prepares para que algún día entre en la universidad y curse estudios de magistrado. Me temo que allá, en el pueblo de Extremadura en donde vivimos, este mozo se nos perdería en riñas pendencieras y su vida se truncaría como un arbolillo desamparado.
Mi padre, que siempre había sido un hombre muy recto, dibujó mi vida ante mi tío, como la de un mozalbete salvaje, después repasó con él los dineros que había de costar mi educación. Buscó esos recursos vendiendo algunas tierras, pero aquel sacrificio bien valía la pena, pensaba.
—No os preocupéis, Martín. El joven Hernán aprenderá aquí en Salamanca los hábitos de un buen caballero. Estudiará retórica y gramática. Dominará el latín y podrá entrar en la Universidad y, por supuesto, será un buen letrado el día de mañana. —Este presagio de mi tío quedó volando sobre nuestras cabezas y el aire revoltoso y juguetón lo escondió en algún rincón de aquellas tierras.
De pronto, en mi vida me veía solo, alejado de mis padres y en una ciudad a la que no le tenía cogido el pulso. La sombra de mis tíos velaba por mí, pero no era la misma sensación que tenía en Medellín, donde mis padres me amparaban de todo lo que me rodeaba. La vida en esa ciudad era como la de un ave silvestre enjaulada. Mi cabeza daba vueltas y vueltas buscando, tal vez, la mejor forma de escapar de esa prisión. Soñaba con volar muy alto. Escapar de la ciudad y recorrer el mundo, quería ganar gloria y riquezas y allí, en aquella casa, solo ganaría conocimiento. Pero era aún muy joven para ello y debía permanecer enjaulado hasta que la ocasión fuese más propicia para volar por el ancho mundo.
La vida en Salamanca fue una etapa muy ajetreada. Yo, como hijo de hidalgo pobre, hube de codearme con la progenie de la nobleza. Tuve como compañero de estudios y de aventuras al hijo de un grande de España. Algo que me sirvió para estimular mis ambiciones y para salvaguardar mis espaldas en algunos momentos. Y como bien sabéis, ya desde bien mozo fui altivo y ambicioso, además de gustarme harto el juego. Tuve que aguzar mi ingenio para que el juego me proporcionara todo aquello que mi bolsillo no conseguía. Además, no podía pedir dinero a mis padres, puesto que habían realizado un gran sacrificio para que yo estuviera allí y no querían dispensarme más. A pesar de ello, nunca me faltó de nada, es más, me sobraba. Allí conocí las jaranas en los mesones y las noches de vigilia, aunque no por propia experiencia, pues por mi edad no podía experimentar aquellas vivencias. En el juego, aun siendo muy joven, me las tuve que ingeniar para engañar a mi buen tío Francisco, el cual siempre, con la mosca tras la oreja, vigilaba mis vaivenes, que unas veces con jóvenes mayores, me fui buscando la vida, y así, con vinos y cartas, hacía de mi vida en Salamanca un paraíso.
A consecuencias de los dos largos años en las clases de mi tío, además de un trabajo de ayudante de un pasante, adquirí una formación intelectual que dejaría en mí una profunda huella. Aprendí las técnicas de la escritura en latín, así como algunos conocimientos de las técnicas jurídica, por lo que demostré que aquellos dos años fueron bien aprovechados
A la finalización de ese periodo, mi vida de estudiante en Salamanca se vio truncada. A mi tío Francisco le habían ofrecido un cargo de relator en el Consejo de Castilla y debía de trasladarse a la ciudad del Pisuerga.
—Hernán, has de volver a Medellín con tus padres. Yo, de momento, tengo que finalizar las clases con todos los alumnos y marchar a Valladolid donde tomaré un cargo en el Consejo de Castilla.
Escuetamente, sin inmutarse diría yo, mi tío me despojaba de la vida tan lisonjera que llevaba en Salamanca. Había aprendido todas las correrías que un mozalbete como yo podía cultivar y ahora buenamente todo se paralizaba y mi vida volvería a la rutina y el aburrimiento que aquel pequeño pueblo me ofrecía. Debía retornar a la vida arcaica y pueblerina que me ofrecía Medellín.
Así que regresé a casa de mis padres, los cuales, al verme aparecer, se llevaron un gran disgusto debido a que siempre habían soñado que volvería con mis estudios de leyes terminados. Anhelaban verme lucir la toga de letrado y, sin embargo, allí estaba yo con mis manos vacías y la cabeza llena de sueños.
—Pero Hernán, ¿qué hacéis aquí en casa? ¿Acaso no deberíais estar en Salamanca, en casa de vuestros tíos? —preguntó mi señor padre con la extrañeza que daba mi presencia en época de estudios y no de relajación.
—Veréis, padre, he abandonado Salamanca porque mi tío Francisco se marcha a Valladolid; le han ofrecido un puesto de relator del Consejo de Castilla y él ha aceptado. Yo, por mi parte, quiero ser un soldado y conquistar mundo —le contesté temeroso y dubitativo.
Aquella respuesta, que había salido de mi boca precipitada, era sincera, pero a mi padre, oyendo blasfemias, no le hizo mucha gracia. Yo había aprendido de él que la verdad siempre debía ir delante.
Mi padre, exaltado por el furor del desencanto, no dudó en llamarme inútil y otros muchos improperios que tuve que soportar con la mayor dignidad que pude. Tal vez mi padre estuviese en lo cierto, pero yo no deseaba ser un hombre de leyes, quería la aventura de las armas y hacia aquel destino enfocaría mis ambiciones.
En cambio, la que se llevó una gran alegría fue Cecilia. Era una joven del pueblo, que en silencio siempre había estado enamorada de mí. Ella era algo mayor que yo y me conocía, pues su madre trabajaba en mi casa, ya que se quedó viuda. El padre había muerto en las correrías que mi señor padre realizó en su juventud como capitán, en apoyo de don Alonso de Monroy. Por ello mi padre se vio en la obligación de proteger a la desdichada viuda.
Cecilia vivía en una casa muy cerca del río. Un día, al verme pasear por la orilla, me llamó.
—Hernán. Ven. —Una sonrisa tierna y picarona adornó su juvenil rostro.
Cecilia era una moza muy alegre y vivaracha. Había recorrido ya algunos caminos buscando los prados secretos con más de un mozo del pueblo.
Yo acudí, mi inquietud y mi inocencia ante lo desconocido siempre era un acicate para mí, y aún más viniendo de una joven. Caminé con pasos dubitativos. Entrar en aquella casa era como acceder a un mundo misterioso. Recelaba de Cecilia, pero a la vez me sentía atraído por el instinto que me empujaba hacia su persona.
Me pidió que la acompañara, me enseñaría la casa donde vivía. Y ya lo creo que me la enseñó. Me lo mostró todo. Apenas había cumplido los catorce años y ya empezaban mis correrías de cama en cama.
Cecilia se acercó a mí y mirándome a los ojos empezó a gozar al sentir el miedo y la angustia que la presencia de la joven despertaba en mí. Se quitó lentamente el vestido y después una camisa raída que llevaba debajo. Su cuerpo quedó totalmente al desnudo delante de mi mirada, que descubría, por vez primera, la desnudez del cuerpo femenino. Tenía un cuerpo lozano y la piel tersa. Trabajaba en las labores de los campos, pero aún los rayos del sol no habían hecho presa en ella. Acercó su mano y tomando la mía la llevó hasta sus senos para que los acariciara. Mi sangre se empezó a acelerar y todos mis sentidos se desbocaron como una manada de potros salvajes. Palpé su cuerpo con toda la inexperiencia que un mozo como yo, que estaba empezando a descubrir la vida, podía saber. Mis torpes movimientos me llevaron a todos los momentos más excitantes que jamás había sospechado que existieran. Después, el tiempo transcurría deprisa, yo sentía que se había detenido, deseaba seguir encima de la joven, una y otra vez. Aquello parecía no tener fin.
Después de la tarde en la casa junto al río, le siguieron otras muchas más. Gozaba plenamente del placer que esa mujer me proporcionaba. No sospechaba de los peligros a los que me encontraba expuesto, pues un embarazo de Cecilia me podría haber traído complicaciones. Algo que mi padre seguramente hubiera solucionado, pues no creo que hubiese consentido que yo, un hidalgo, me casase con una simple mujer del campo. Pero la vida siguió y aquella aventura no llegó a oídos de nadie, excepto a los del señor cura, al cual Cecilia se lo transmitió en forma de sacramento. Se había confesado con el párroco y allí se lo había soltado todo.
Pero pasado un poco tiempo mi padre tuvo noticias de mi tío Francisco, el cual me invitaba a que fuera a Valladolid, pues allí me había buscado un trabajo de ayudante de un pasante. Mi padre, sin dudarlo un instante, preparó con toda rapidez mi marcha; era la ocasión para que su hijo siguiera el camino que él había proyectado.



