Hernán Cortés, el hijo de Quetzalcoatl

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La vida en Sevilla transcurría con la placidez y felicidad que siempre había soñado vivir. Sin embargo, sabía que este no era mi destino, había algo más allá que me llamaba. La fuerza de aquella llamada hacía que mi sangre se impacientara. Cada día que transcurría, sentía la languidez del clima y adormecer mis deseos de aventuras. Mantenía una vida plácida, había juegos y bonitas mujeres, la tentación vivía a mi alrededor, pero en mi mente notaba que algo me faltaba.
El mundo se había detenido en Sevilla para el grupo de jóvenes cuyas mentes corrían disparadas. Para ellos no existían frenos ni impedimentos. Solo la ley y el Santo Oficio eran respetados o, al menos, esquivados.
CAPÍTULO 3
SEVILLA
Había marchado de mi casa, en Medellín, hasta Sevilla, la gran ciudad que era, en aquellos tiempos, la puerta de las Indias. El rey había ordenado que allí se asentase la Casa de la Contratación, y al obispo Fonseca le había entregado las llaves de la fortuna, dando al puerto de la ciudad el monopolio del comercio con las Indias. Allí donde las riquezas llegarían navegando desde la otra orilla del océano vasto y ancho que nos separaba de las tierras recién descubiertas, aunque ese caudal de oro y plata nunca llegaría al pueblo, solo la alta aristocracia se beneficiaría del río de beneficios.
Marchaba con el pecho henchido, el corazón radiante y unas ganas de vivir que oscurecían el paisaje del camino que llevaba recorrido. Durante unos momentos el mundo me pareció pequeño y diminuto. Era tal el poderío de mi zancada que con andar unos pasos ya soñaba que había recorrido medio mundo. Deseaba llegar a las Indias y empezar a recorrer sus tierras, descubrir aquellos territorios que permanecían vírgenes, perdidos en lo intrincado de las selvas que lo ocultaban. Estaba seguro de que con mi caminar firme y poderoso llegaría hasta los rincones más escondidos.
Miraba el radiante amanecer y ya divisaba en la lejanía los horizontes de grandeza que llevaba grabado en mi piel. Mis compañeros, algunos de aventuras juveniles, se habían dejado arrastrar por mis sueños. Años después se unieron a mis deseos de conquistas los Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Diego de Ordas, Alonso Hernández Porto Carrero, Andrés de Tapia, Juan de Sanabria y algunos más. Muchos de ellos nacidos en mi pueblo de Medellín. Otros en poblaciones cercanas, pero todos con una meta común: conquistar la fortuna que les volvería ricos y poderosos al regresar.
Mis dudas sobre mi destino se habían despejado ocasionalmente. En Cáceres residía don Nicolás de Ovando, comendador mayor de la Orden de Alcántara, que recientemente había sido nombrado gobernador general de las Indias en sustitución de don Francisco Bobadilla, caballero de la Orden de Calatrava. Así que por el trato de amistad que don Nicolás tenía con mi familia, fui admitido en el séquito para acompañarle en la poderosa flota de treinta navíos que se aprestaba en Sevilla para llevar al nuevo gobernador hasta las Indias descubiertas nueve años atrás por Cristóbal Colón. Mi cargo aún no estaba previsto en la organización de aquel gobierno, así que no sabía en calidad de qué viajaba yo. Pero para mí lo más importante era llegar, después Dios dispondría.
La armada llevaría también a hidalgos con sueños de conquistadores y a labriegos, que portando sus semillas tratarían de preñar los campos nuevos para extraer los frutos que alimentasen a todas aquellas gentes que aspiraban a una nueva vida. No era una expedición militar, por lo que no marchaba un gran contingente de soldados. Era una mezcla de aventureros y campesinos que, con familias a sus espaldas, trataban de poblar esos terrenos.
Llegué a Sevilla, la bella Isbiliya, según los almohades, en septiembre u octubre de 1501, no recuerdo bien la fecha. Hacía un día muy caluroso, aún recordaba al verano andaluz y la ciudad estaba engalanada, no sé bien por qué festividad, ya que la ciudad siempre se ha distinguido por su mezcla de beatería y rufianería. Me alojé en una posada en el barrio de San Bernardo, por aquel entonces un arrabal, allá en extramuros, pero la bolsa no daba para mucho y había que ser precavido con los dineros, y muy pronto me acomodé. Los juegos y las mujeres abundaban, así que me hallaba en mi salsa. Más de alguna vez dudé si debía de embarcarme o quedarme a vivir allí. Solo los acontecimientos posteriores me empujaron hacia mi destino. La ciudad, a pesar de sus ostentosos edificios, olía muy mal y las calles estaban muy sucias, eran estrechas y llenas de viandantes, caballerías, basuras y escombros. Resultaba difícil transitar por sus calles y plazas comerciales. La pobreza reinaba por todas partes. Cada cual se buscaba la vida como podía. Unos robaban, otros comerciaban con generosde adulterados y así, al eludir pagar los impuestos, sacaban unas monedas de más. Sevilla era un hervidero de vida, donde el trasiego de sus calles era ya una fiesta que adornada por el decorado del ambiente perfumado de la primavera calmaba el olor a suciedad y a caballerías.
Todo transcurría dentro de una rutina que, para nuestras mentes, que volaban sobre los sueños de las conquistas, era tediosa. Había cumplido ya los diecisiete años, así que me consideraba un hombre experimentado y eso representaba una pérdida de tiempo, pensaba, pero la fecha de nuestra partida aún no estaba fijada y todos deberíamos esperar hasta que llegara. Todos los días traspasaba la Puerta de la Carne y superaba las murallas de la ciudad para ir a mi acomodo o para volver a la ciudad en busca de alguna noticia o algarabía.
Cierto día fui invitado a una fiesta a una casa principal, como se distinguían las viviendas, con salas, cámaras y recámaras, portales y patios. El dueño, un rico mercader, ya metido en años, gustaba de presumir de su hacienda y de su mujer, joven y guapa.
La fiesta se me apetecía debido a que en ellas presentaban multitud de platos y la verdad era que yo no me alimentaba convenientemente. Desde mi llegada no comía otra cosa que huevos fritos o garbanzos con espinacas, algo típico entre los pobres. Yo añoraba las chacinas de mi tierra, que ya se habían agotado del cargamento, que mi madre me proveyó, así como la de todos mis paisanos. Por lo que accedí al asistir con la idea de llenar la tripa y después observar si el campo me proporcionaba alguna hembra, pues en aquellos tiempos siempre suspiraba cuando un vestido sonaba cerca de mí. Hasta ahora me las había apañado con prostitutas de alguna mancebía y, en alguna ocasión, allí en extramuros, junto al río, rondé a mujerzuelas que traficaban con sus cuerpos. Algo no muy digno para un joven hidalgo como yo, pero mi fortuna era precaria y las posibilidades de encontrar algo mejor, para satisfacerme, eran escasas.
Aquel atardecer paseaba tranquilamente entre las flores del hermoso jardín, muy bien decorado con plantas y otros ornamentos, algo muy corriente en un patio sevillano que, aunque era otoño, allí el tiempo era suave y templado como la primavera. El agua cantarina danzaba en una fuente cercana y la luna, que se había derramado por toda la ciudad con su luz plateada, me sonrió, lanzando una mirada con destellos de picardía que atravesó las orillas del río que regaba la ciudad. Todo el conjunto quedó hechizado y mi cuerpo sintió que la diosa Venus me marcaba para una nueva aventura. Soñaba que navegaba por un jardín embrujado.
Y así fue. La fortuna me sonrió. El hambre, que mi estómago demandaba, había quedado saciada, y el amor me rondaba, pues cierta damita que revoloteaba por el patio no paraba de mirarme. Se llamaba doña Ana, ella me confesaría su nombre más tarde. También me enteré de que era el ama principal de la casa, y la verdad es que tenía un cuerpo muy hermoso, la piel parecía pulida y la boca con una dentadura blanca y perfecta, adornada por unos labios sensuales que me incitaban a besarla. Las carnes rollizas y los pechos turgentes eran el acicate por el que me derretí en cuanto noté cómo me miraba la joven dama. No pasaría muchos más de los veintidós años. En aquellos tiempos era muy corriente que las jóvenes se casaran muy pronto con comerciantes mayores que ellas. La busca de la seguridad y el deseo de una vida mejor empujaban a los padres sin recursos a casar a sus jóvenes hijas buscándoles un marido que las protegiese en la vida. Pero una cosa era el marido y otra bien distinta el amante.
—Es algo misterioso que en esta tierra los patios despiden un olor tan intenso —susurré, a sabiendas de que ella, que estaba detrás de una columna de rico mármol, me escuchaba.
—Sí. En esta tierra todo es misterioso. Pero vos, que sois un joven poeta, sabréis cantarle con todo vuestro ingenio a nuestra bella ciudad.
Doña Ana, volviéndose de su escondrijo, se acercó hasta ponerse delante de mí. Su mirada altiva y provocadora me causó cierto rubor, ya que, aunque había estado con mujeres, no tenía aún bien aprendida todas las artes de la galantería. La oscuridad del atardecer hizo que mi rubor no lo apreciase la dama.
—Porque vos sois poeta, ¿verdad? O, ¿tal vez soldado? —dudó, sonriendo con malicia al notar mi juventud, aunque aparentaba algo más de edad de la que tenía, y apreciar un cuerpo tan poco curtido. Su perversidad en las preguntas y la malicia de su sonrisa me empujaban hasta el deseo.
—En efecto, señora mía. Soy poeta, estudie gramática y latín en Salamanca y soy soldado porque formaré parte del séquito que acompañará al nuevo gobernador de las Indias en su viaje de toma de posesión —le revelé lleno de energía tratando de impresionarla—. Pero esta noche, señora mía, soy vuestro admirador y hasta las estrellas se pondrán celosas cuando vean el fulgor de vuestros ojos.
—Bien veo a mi joven poeta lo lanzado que sois. ¿Acaso sabéis si soy una mujer libre? ¿Acaso podéis cortejarme con vuestro desparpajo? —Sus ojos brillaban con la luz del galanteo. Su cuerpo, antes inclinado, adoptó una posición erecta y parecía haber rejuvenecido.
—Señora mía, vuestros ojos me dicen que la puerta de vuestro amor está abierta y yo pido permiso para traspasarla. —Me acerqué silenciosamente hasta ella y cogiéndole la mano se la besé suavemente.
—¡Joven! ¿Cómo sois tan insensato? No soy una mujer libre y vos no podéis cortejarme con tal descaro en el patio de mi casa. Mi esposo debe de andar por algún aposento cercano y podría salir en cualquier momento.
Sentí un acaloramiento súbito y mis manos, antes ligeras y truhanas, se pusieron a atusarme el cuello de la camisa y el pelo. No sabía bien qué hacer.
—¿Al menos podré saber cuál es vuestro nombre? —le pedí muy recatadamente mirándola fijamente a los ojos.
—Mi nombre es Ana. Mañana, a las once de la mañana, en la catedral. Allí os espero —casi en susurro sus labios me confirmaron el deseo que tenía de encontrarse conmigo.
—Allí estaré —confirmé azorado ante aquella cita que la dama me proponía.
Nunca había sufrido tal proposición de una forma tan directa. Durante unos instantes me sentí nervioso y confuso. Mi corazón estaba tocado, pensé.
Doña Ana se dio la vuelta con determinación, caminaba despacio. Estaba claro que quería que la observase detenidamente. Su arrogancia femenina la convertía en algo sensual que caminaba por el jardín del deseo. Se volvió y me dirigió una sonrisa pícara y rápidamente desapareció de mi vista. Al principio, dudé si aquella conversación había sido real o imaginaria. Todos los fantasmas de la noche se habían presentado en ese patio. Mi pecho sentía una agitación muy fuerte. Decidí marcharme, mis actividades habían sido liquidadas con resultados positivos.
Una vez en la calle, marchaba deprisa. Mis pies, alegres y juguetones, eran el símbolo de mi juventud que volaba por el mundo. Me sentía el hombre más feliz del mundo. Miré al cielo y le di las gracias por la ofrenda tan generosa y maravillosa que me había hecho.
Aquella noche en mi jergón de la posada di rienda suelta a todas las historias de amoríos que mi mente me podía transportar. Soñaba con que amaneciera pronto, con ver la luz del nuevo día que me llevaría hasta la mujer hermosa que suspiraba por mi amor. Ansiaba poseerla y acariciar ese cuerpo tan maravilloso.
Fantaseando con el encuentro de la mañana siguiente me quedé dormido profundamente. Cuando desperté, el sol, ya radiante, iluminaba con fuerza la mañana. Mi cuerpo protestaba debido a que no había descansado bien. La noche se había vuelto ajetreada con mis pensamientos y no había encontrado el sosiego.
La ciudad estaba en todo su ajetreo. Los comerciantes se afanaban en lucir sus mercancías ofreciéndolas a los viandantes que habían madrugado y a los que aún acechaban por los puestos. Allí acudían todas las criadas de las casas de postín en busca de las viandas para sus amos. También se citaban las amas de casa más pobres en busca de algo que llevarse para preparar el guiso. El pescado estaba en los puestos a orillas del río y hasta allí acudían como tropel todos los que buscaban, y podían pagarlo, aquel exquisito alimento. El río era un inmenso lago lleno de fustas y tartanas que cargadas con toda clase de género trataban de descargar. Los hombres con sus esportillas danzaban desde las escuálidas embarcaciones hasta la orilla a través de gruesos tablones de madera que se cimbreaban a su paso y al peso de la carga.
En aquella ciudad, representada por la Torre del Oro, no era oro todo lo que relucía. La famosa torre la habían levantado los árabes hacia el primer tercio del siglo XIII. Fue llamada así por el resplandor de sus azulejos al reflejo del sol. Esos azulejos habían desaparecidos y solo quedaban los ladrillos de su fachada. Después fue utilizada para muchas cosas, hasta para cárcel.
La mayoría de la población no tenía mucho que llevarse a la boca y la gracia y la picaresca se desarrollaron por doquier. Allí, el que no se espabilaba se lo llevaba la corriente del río, decían. Todo el mundo soñaba con las riquezas del nuevo mundo que se había descubierto allende los mares. Pero estas no llegarían tan pronto. Habrían de transcurrir unos pocos de años para que aquel comercio con las Indias prosperase y diese a la ciudad riquezas que muchos ya habían profetizado.
«Yo disfrutaré algún día de esas fortunas», me dije, mirándome al espejo acicalándome un poco para mi cita en la catedral. Me puse mi mejor jubón, bueno, el único que tenía, claro está, después de limpiarlo lo mejor que pude y supe. En aquellos momentos en los que la torpeza me dominaba, recordaba con cariño a mi madre, la que siempre me había cuidado y protegido.
La mañana se había ido despejando y la hora a la que debía de acudir estaba próxima, no quería llegar tarde a tan especial cita. Salí a la calle con la ilusión por bandera. En esos instantes no hubiera cambiado mi existencia por la de un noble o la de un rey; yo era el rey de la nobleza.
Me puse en marcha hacia la catedral, joya, orgullo y emblema de la ciudad. Aquella iglesia era la obra de unos hombres que ofrecieron el monumento a su Dios. El arte gótico resplandecía por doquier con sus sietes naves, gran altura y ventanales. Era la catedral más grande del mundo, además de la más suntuosa de las Españas.
Entré en la catedral por la Puerta del Príncipe. Caminaba despacio admirando el resplandor de aquel arte tan grandioso. Dios había puesto en las manos de los hombres la sabiduría para poder realizar esa magna obra que se alzaba con sus agujas hasta el cielo.
Me detuve en la entrada de la capilla de la Virgen de Antigua. En el fondo había un retablo en cuyo centro había una imagen de la Virgen pintada al fresco. Después de admirar el retablo, en donde la Virgen sostenía a su hijo con la mano izquierda y con la derecha sujetaba una rosa, mientras el niño Jesús sostenía a un pájaro y dos ángeles agarraban la corona que orlaba la Virgen, paseé la mirada por el interior de la capilla.
Al mirar entre los asientos, en un extremo de uno de los bancos, una mujer joven oraba muy devotamente. La miré detenidamente y vi que su figura se asemejaba a la joven ama con la que estaba citada. Aunque al principio tuve mis dudas, pues al encontrarla con tal recogimiento distaba mucho de la mujer sensual que había conocido la noche anterior. Tenía un velo de fino encaje negro de Flandes que le cubría la cabeza. Su capa era de suave seda de un tono malva y brillaba en el fondo un vestido, también de seda, de un color carmesí. Deduje por su estampa que aquella dama debía de ser doña Ana. En sus manos portaba un fino rosario de cuentas de marfil y un libro de rezos a los que abrazaba con devoción.
Me acerqué despacio hasta el asiento contiguo. Al notar mi presencia ella giró su mirada y al verme sonrió.
—Pensaba que no vendríais, mi joven poeta —dijo en voz baja, a la vez que escondía una leve sonrisa burlona.
Yo también sonreí. Algo en mi interior hizo que la alegría desbordara mi pecho. Era ella y estaba allí junto a mí.
—Os equivocáis, señora. Nunca rechazo un lance de amor, mi valor no tiene límite.
Me sentía arrebatado de pasión al verla con aquella presencia tan hermosa. Deseé acariciar sus manos, pero el lugar era tan recatado que tuve que luchar con todas mis fuerzas para sujetar el empuje de mis instintos y calmarme dejando la ocasión para otro momento y lugar.
—Aquí no podemos hablar. Debemos respetar el culto a Nuestra Señora la Virgen —apuntó muy sensata—. Escuchad, mi marido se marcha esta misma tarde hacia Marchena, allí posee unas tierras y acude a comprobar cómo marchan sus asuntos. Estará fuera de Sevilla durante tres o cuatro días. Acudid esta noche. Pero no entréis por la puerta principal, mi marido no está, pero su señora madre sí, y tiene el sueño muy ligero. Por la parte posterior a la casa hay un gran portalón que no está cerrado, solo un gran tranco lo sujeta. Forzadlo un poco y entrad, luego dejadlo tal como estaba, pues no vaya a ser que alguien note la entrada de un forastero y dé la voz de alarma. Caminad por el patio y una vez que alcancéis las cuadras, a vuestra mano diestra, encontraréis una pared que tendrá colocada una escalera, subid por ella hasta la ventana que se os aparece, yo la dejaré abierta. Allí os estaré aguardando. Recordad, no acudáis antes de las diez de la noche.
—Bien, mi señora, allí estaré.
Nuevamente me sentí turbado por aquella mujer que me arrastraba hacia su lecho. La aventura me abría sus puertas y mi vida se lanzaba con toda su juventud en pos de ella.
Con gran recogimiento se levantó del asiento y tras persignarse ante la figura de la Virgen se marchó. Yo, atónito aún por el desenlace de la cita, me quedé sentado ante el retablo. Cómo era posible aquella devoción a la Virgen y después pecar con toda la intención. Esa sociedad era un mundo desconocido para mí, con el tiempo me acostumbraría y navegaría por él con cierta soltura. Mi juventud me delataba y no encontraba respuesta a la pregunta. Después, con el paso de los años, las encontraría. Mis piernas me flaqueaban de la emoción. No sabía si levantarme y seguirla o permanecer sentado. Tenía miedo de verla desaparecer como un alma etérea ante mis ojos.
Salí de la catedral y caminé por esas callejas hasta llegar a la plaza de San Francisco, la que siempre ofrecía un ambiente festivo. Los comerciantes se afanaban en vender sus productos y los viandantes observaban los puestos en busca de algún producto que les pudiese interesar. Yo intentaba encontrar a mis amigos para ver cómo se las ingeniaban en llevar algo a nuestros estómagos, ya que el hambre siempre estaba arañando sus paredes; era nuestra eterna compañera.
A mí, el amor siempre me producía ganas de comer. Soñaba con que llegara la noche, pero antes debía encontrar algo para solucionar aquel problema tan pueril.
Hallé a dos amigos, paisanos de mi tierra extremeña, que se habían agenciado una buena pitanza y se disponían a marchar hasta un mesón cercano donde darían cuenta de ella.
—Hernán, acudid pronto, querido amigo. Nuestras barrigas reclaman la ración de comida y vamos al mesón del Pollo. Allí hay buen vino y nuestra comida será repartida entre todos como buenos compañeros.
Estaba claro que sabían compartir la sal y la gloria del mundo, pensé. Caminamos hasta el mesón y entramos como un tropel, tal que si entrara un regimiento. El ruido y el barullo, contagió a otros paisanos que pronto se apuntaron a nuestra mesa. El vino corría y la comida desaparecía con mayor celeridad de la que deseábamos. Pero nuestra camaradería así nos lo exigía, compartir todo. Todo, excepto las mujeres. En ese punto, la rivalidad y el deseo, no estaban sujetas a las reglas del compañerismo. Todos lo sabíamos y respetábamos, y cuando alguno trasgredía las reglas, las espadas siempre estaban a punto para dilucidar aquellos lances.
Todos querían saber qué había sido de la hermosa dama que la noche pasada había conocido en la casa del comerciante que nos había invitado a su fiesta. Pues, aunque la charla había sido privada y silenciosa, todo el mundo la había estado observando, sin que yo lo notara, a la espera del lance final. Yo guardaba silencio, nunca me gustaba fanfarronear de mis conquistas amorosas. En mi interior estaba deseando contarles mi aventura con doña Ana, mi cita en la catedral y, lo más importante, mi quedada esa noche en su lecho, pero mi pudor y mi honor impidieron que mi lengua sacara a relucir ni el más mínimo de esos detalles. No era de buen caballero jactarse de conquistas y yo no estaba dispuesto a transgredir aquella frontera.
—No sé de qué me preguntáis —negué distraídamente poniendo cara de circunstancia, aunque en mi interior una sonrisa burlona adornaba esa mentira. Tenía miedo de que mi verdad se viese reflejada en mis ojos, pues aquel día brillaban con una luz muy especial, signo del deseo y del amor que salía de mi cuerpo a borbotones.
—¡Vamos, Hernán! Que todos sabemos cómo os las gastáis con las damas. Os vimos que hablabais en el patio con ella —apuntó, terminando con una gran risotada.
—En este lance os equivocáis —añadí, tratando de capear el temporal de aquellos dicharacheros, y viendo cómo se tornaba la ocasión, mucho tendría que cuidar de que no me descubrieran, pues echarían a perder mi empresa.
—Pues qué hacemos esta noche, señores. No tenemos caudales para irnos a una mancebía y el cuerpo ya nos va pidiendo un poco de jarana. —Alguien cortó la intromisión en mi empresa, y yo, dentro de mi alma, le agradecí aquel quite.
—Vayamos a los extrarradios a ver si hay suerte y encontramos a alguna que nos lo haga gratis.
Todos rieron la ocurrencia del compañero de jarana.
—Hecho. Esta noche nos reuniremos aquí y después partiremos —propuso uno de ellos.
—Lo siento, amigos, pero yo no puedo asistir a ese banquete —me disculpé serio—, tengo un compromiso muy importante y he de asistir sin falta.
—¿Con hombre o mujer? Contestad.
De nuevo un coro de carcajadas.
Por unos instantes dudé si contar la verdad debido a que todos esperaban mi respuesta con ansiedad y no sabía lo que responder.
—¡Mujer! —grité viendo la cara de expectación que todos ofrecían.
—La mujer del comerciante, ¿verdad, truhan? —Volvían a la carga en busca de una confesión que yo no estaba dispuesto a dar.
—No. No sabéis quién es. La he conocido esta mañana en la catedral. —Mi mentira a medias me podía salvar, así que continué narrándoles aquella historia sin especificar quién era la dama.
—Vaya, ¿y cómo es que vos acudíais a la catedral esta mañana? ¿Desde cuándo os habéis vuelto tan devoto? —formuló solemnemente uno de los comensales, el cual, pasado un tiempo, vislumbraba en su porvenir que algún día tomaría los hábitos de san Francisco.
—Ha sido un casual. Caminaba por la plaza de los Canónigos cuando vi a una hermosa joven que marchaba con su criada camino de la catedral. Decidí seguirla y cuando comprobé lo hermosa que era, no dudé ni un instante en abordarla. Había entrado para escuchar misa y yo, ya sabéis, no me detengo ante nada ni ante nadie cuando he de conquistar a una dama, y si es hermosa mejor. El resto, os lo podéis imaginar. Esta tarde ha quedado en salir de su casa, con su acompañante, claro está, y yo me incorporaré al paseo. Y esa es toda la historia, señores. Lo que ocurra después, solo Dios lo sabe.
La tertulia acabó y todos nos marchamos, cada cual a su cubil en busca de un descanso para atacar la noche con buen pie. En Sevilla las noches ofrecían siempre un campo hermoso para las diversiones y para las conquistas, aunque yo ya tenía una plaza por ganar, no podía causarme mayor diversión, en mi interior, el saber que mis compañeros me daban por acompañante de una joven dama desconocida, cuando en realidad yo estaría en el lecho de doña Ana.



