Hernán Cortés, el hijo de Quetzalcoatl

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Las campanas de la catedral sonaron, meditabundas, dando las diez de la noche. Impaciente, rondaba la casa oculto en la penumbra, miraba al cielo por si encontraba alguna señal; solo las sombras de la noche que avanzaba me acompañaban. Dudaba ante mi aventura, pero mis deseos de conquistas eran tan grandes que aún superaban a mi excitación que no me permitía distinguir a una sombra de un viandante. En todas ellas esperaba encontrar al marido de doña Ana acercarse hacia mí y, que con su espada, atravesara mi pecho. Aquel presagio pudo acabar en realidad. Todavía con ese temor, mis deseos se impusieron y ataqué de forma impetuosa la fortaleza. Nada me haría desistir en mi conquista. Mis deseos de gloria estaban en firme resolución de avanzar con fe. Era mi naturaleza la que me impulsaba, la que me llevaría por los confines del mundo en mis conquistas futuras.
El portalón apenas se resistió. Traspasé aquel vejestorio portal y volviendo a poner el tranco en su sitio avancé por el patio trasero de la casa. Tal como me había advertido doña Ana, me encontré con el cobertizo donde estaban las cuadras de los animales que, al oír los pasos de un extraño, se inquietaron y bufaron. Con todos mis sentidos en alerta avancé unos pasos y al finalizar el cobertizo giré y me topé con la escalera que me había indicado. La luna iluminaba mi camino. Miré hacia arriba y encontré la ventana que estaba medio abierta. El paisaje parecía despejado. Empecé a subir por la escalera mirando al cielo para no despertar a ningún santo que esa noche estuviese de guardia, no quería molestar a nadie, para que así nadie me molestase a mí.
Llegué a la altura de la ventana y suavemente empujé la hoja. Miré hacia el interior y la oscuridad no me permitía distinguir nada. En el interior de aquel reciento la negrura era total. Con suavidad alcé mi pierna y me apoyé en el alfeizar de la ventana, un pequeño escorzo y mi cuerpo ya estaba dentro de la habitación. Nuevamente miré y casi no distinguía muebles o persona. Solo el silencio reinaba en el ambiente. Trataba de adaptar mi vista a la oscuridad, no quería tropezar con algún mueble y despertar a la madre del amo.
En un rincón de la estancia, unos ojos brillantes delataron la presencia de aquella mujer hermosa, y segundos después, una voz muy dulce y templada, en tono muy bajo, me susurró.
—Habéis tardado mucho en conseguirlo, mi joven poeta. Guardad silencio, por Dios. Estáis haciendo mucho ruido.
Al reconocer su voz supe que estaba con seguridad en los aposentos de doña Ana, la cual me aconsejó que no hablase y que me quitase las ropas. Su voz delataba el deseo escondido en su cuerpo.
Al oír aquellos consejos no dudé ni un instante; sus deseos me contagiaron. Me desnudé cual rayo y a tientas me acerqué hasta el borde de su cama, levantando las sábanas me metí con sumo placer.
Esas sábanas olían a azahar, por unos instantes recordé el olor de mi casa en Medellín, otro mundo eran las de mi jergón en la posada, donde me alojaba, y sentí un arrebato de vergüenza. Poco después sentí el cuerpo de aquella mujer que latía con sofoco. Alargué mi mano y rocé su cuerpo que se estremeció al sentirlo. La noche presagiaba la tormenta que estaba a punto de desarrollarse en esa habitación.
—Creo que la poesía no está reñida con el baño, mi joven poeta. Oléis un poco a verdulero de la plaza de San Francisco —comentó sonriendo la señora.
—Perdonadme, señora mía, pero ni el tiempo lo aconsejaba ni el agua me esperaba.
Yo, que poco a poco ya me había perdido por el interior de las sábanas, no tenía mucho tiempo para hablar de limpieza ni otras zarandas de aquel tipo. Mi cuerpo se había puesto en tensión y acariciaba el suyo con avaricia. Quería llegar a todos los rincones de su cuerpo a la vez, acariciar sus senos, sus muslos y, además, besar sus hermosos labios. El frenesí se apoderó de mí y me vi envuelto en un torbellino de deseos que hacían que no pudiera frenar ese ímpetu. La tomé y la poseí, y ese deleite me llevó por la senda del paraíso.
Después de un breve descanso, durante el cual nos reponíamos del primer ataque, el sudor y el fulgor de la batalla la habían descompuesto, se abrazó a mi cuerpo y al sentir su roce se despertaron mis sentidos, que estaban alertas, pues bien sabía que una batalla había terminado, pero no así la guerra que continuaba.
La noche se me ofrecía interminable, pues la lucha, cuerpo a cuerpo, se me antojaba dura; doña Ana no daba tregua. Su cuerpo llevaba mucho tiempo deseando el placer del amor, pues con su esposo no lo practicaba con demasiada frecuencia, y exigía todo mi esfuerzo para su satisfacción. Pronto el cansancio aconsejó una tregua. Mi cuerpo estaba exhausto, y aunque no quería detener mis ansias de placer, pedía un descanso. Pero la noche se había marchado silenciosa y nosotros enfrascados en los lances del amor no nos habíamos dado cuenta de ello.
El cielo empezaba a clarear y doña Ana, temerosa de que alguien viese salir por la ventana de su habitación a un hombre, me pidió que me vistiera y me marchara pronto. Pero al levantarme de la cama para vestirme se aferró a mi cuerpo y me apretó fuerte, luchaba denodadamente por retenerme, pero los primeros rayos de sol me invitaron a marcharme. Deseaba correr o volar desde aquella ventana, pues mi cuerpo había alcanzado la gloria de la felicidad.
Me vestí rápidamente y con un beso apasionado me despedí de la dama que había sabido llevarme por el camino del amor. Siempre la recordaría, consideré.
Bajé nuevamente la escalera y con sumo sigilo caminé ocultándome lo que podía por el patio. Los animales sintieron algo extraño y nerviosos relincharon. Un perro lejano se soliviantó por los ruidos de los animales y prorrumpió con frenéticos ladridos que me hicieron huir con toda la velocidad que mi cuerpo era capaz. Alcancé el portalón y con sumo cuidado descolgué el tranco, miré con atención hacia ambos lados de la calle y al no observar ningún moro en la costa salí de la finca. Volví a alargar el brazo y coloqué el tranco en su sitio.
Antes de marcharme, doña Ana me había pedido que regresara a su alcoba en cuanto la noche volviera. Deseaba estar conmigo y sentir mi cuerpo sobre el suyo, que había estado durante una temporada muy larga en ayuno y penitencia. La promesa había de cumplirla; por mi vida se lo juré.
Llegué a mi posada y el jergón me acogió, con un poco de asco, dejando que mi cuerpo recuperara el aliento, pues al de la noche tan ajetreada le acompañaba la brutal carrera que había realizado desde la casa de doña Ana hasta la posada, como si el diablo me persiguiera. Jadeando como un podenco me acerqué a él y caí de bruces. La respiración entrecortada no me dejaba saborear los recuerdos de aquella noche de placer y amor. Quería dormir, pero tampoco el sueño acudía a mi mente, solo los recuerdos de cada instante de la noche pasada me hacían permanecer en vigilia. Disfrutaba en mi mente con el cuerpo de la dama que horas antes había tenido entre mis manos y mi cuerpo se tensionaba, tal era la dicha de esos recuerdos. La vida me sonreía, me entregaba momentos de felicidad y recuerdos que satisfarían mis momentos más solitarios.
Después de un buen rato despierto y gozando con aquellos recuerdos sentí que los primeros rayos del día se asomaban a la habitación donde estaba y estos, acariciándome, consiguieron que el sueño me dominara y perdiera el control de mis sentidos.
Hacia el mediodía unas voces que armaban gran alboroto me despertaron. No cabía duda, eran mis amigos y paisanos que acudían en mi ayuda para organizar el almuerzo.
—Arriba, gandul —gritaron al unísono—. ¿Acaso no veis ya que el sol ha llegado a su cenit? —Todos vociferaban con voces juveniles y potentes que traspasaban los muros de la casa.
—Dejadme dormir, la noche ha sido muy inquieta y el cuerpo lo tengo dolorido —les pedí de malas ganas.
—¿Inquieta decís? Contad, pues, cómo fue la borrachera de amor y quién fue la afortunada, pues vos bien lo sabéis y no queréis contárnoslo.
Todos rieron ante la insinuación de Alonso que, a fuerza de chanzas, siempre quería saber la verdad de todas las aventuras que nos acontecía en nuestros amoríos.
—No pienso deciros nada. Un caballero bien debe saber guardar el honor de una dama.
—¡Ah, pero la dama tenía honor! —Las carcajadas sonaron estrepitosamente y hasta en la calle debieron de oírse.
—¡Ya está bien, señores! Creo que tendré que levantarme y acompañaros hasta el mesón. Mi estómago se está rebelando contra mí y me pide comida. ¿Alguien tiene preparado algún almuerzo? ¿O hemos de aguzar el ingenio y buscar a alguien que nos invite?
Nuevamente las carcajadas se soltaron y las voces se atropellaron para contestar al bueno de Hernán.
—Levantaos, Hernán, que Dios proveerá.
Mis amigos me invitaban a acudir con ellos al mesón de turno.
Ajustándome el jubón, salí del aposento y sin apenas lavarme la cara enfilé la calle, acompañado de aquella cuadrilla de amigos que soñaban con la gloria de las Indias, igual que yo.
—¿Alguien sabe ya la fecha de la partida? —cuestioné tratando de cambiar el tema de la charla.
—Don Nicolás se hará a la vela en los primeros días de febrero. Hemos de ir hasta Sanlúcar para embarcar —informó Diego, siempre el más formal de toda aquella partida de truhanes que trataban de embaucarme para que soltase por mi boca la aventura de la noche pasada.
—Entonces comencemos con nuestros preparativos, nos queda menos de un mes —propuse, aparentando la seriedad que me caracterizaba, no en vano ya ejercía de líder de aquella cuadrilla.
—Pensad que con el tiempo que nos queda, aún han de pasar muchas cosas, ¿no creéis?
—Indudable que sí, en ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas, pero no creo que sea ninguna buena. Así que hemos de tener cuidado, el diablo acecha y no quisiera por nada del mundo que nuestro futuro se viera truncado por alguna desgracia.
Sin saberlo aún, me encontraba presagiando la desdicha que mi destino me tenía preparado antes de la partida para las Indias. Bien sabía ya, a pesar de mi corta edad, que la vida estaba sujeta a todos los vaivenes que el destino imponía. Solo Dios estaba libre de aquellas desdichas.
El almuerzo transcurrió por los mismos lances que otras comidas. Las burlas se juntaban con risotadas a las que acompañaban el buen vino que la tierra les daba. Algunos jóvenes hidalgos jugaban a las cartas, partidas en donde a veces incluían algún intruso al que le sacábamos los buenos ducados. Su irreverencia no tenía freno, la vida era corta, pensaban algunos, y había de aprovecharla y sacarle todo el jugo posible. No conocían impedimento a su juventud que desbordada arrasaba en lances buscando aquel placer que sobrevolaba por la ciudad.
El atardecer empezó a acechar la ciudad. Transcurría enero y el frío, aunque templado, acariciaba los rostros. Algunos se embozaban en sus capas, pero nosotros, extremeños recios, dotados de sangre joven, sentíamos arder en nuestro interior el fuego que la vida nos había dotado, y caminábamos sin recato ante la templanza de esas noches frescas de Sevilla.
Retomando, cada cual, su camino, yo me marché hacia mi posada. Descansaría un poco y esperaría el anochecer con deseos. Mi cuerpo, aún maltrecho por la noche pasada, sentía el vivo placer recordando los momentos más excitantes que había vivido. Aquella empresa me transportaba a un mundo de inquietud y frenesí y mi alma me exigía continuar la historia.
Al compás de las campanas de la catedral, me dirigí hacia la casa de mi amada doña Ana. Soñaba con ella y deseaba tomarla, y sabía que ella también me estaría esperando con los brazos abiertos.
Mis pasos sonaron al entrar en la calle. Procuré delimitar mis ruidos acercándome al portalón. Una vez ante él miré a ambos lados. Comprobando que nadie me observaba, forcé el portón y alargué la mano. Suavicé el tranco y penetré en el patio. Ya en el interior de él pude comprobar cómo aquella zona me era conocida de la noche anterior. Caminé templado y aguzando el oído por si algún sonido se escapaba de la casa. Avancé con confianza al sentir el silencio como compañero. De nuevo, los animales de la cuadra se retorcieron y sus ruidos se dejaron sentir en el exterior. Traspasé la zona de la cuadra y alcancé la escalera que fiel seguía allí para ayudarme en mi conquista.
Subí con determinación y arrojo. Esta vez no dudé ni un instante al llegar al final de la escalera, empujé suavemente la hoja de la ventana y entré con decisión a la habitación.
Al entrar en esa habitación sentí, como la vez anterior, que la oscuridad reinaba en aquel recinto de una forma total, pero después de unos instantes, mi vista se adaptó a la penumbra y pude vislumbrar la cama y en ella, entre las sábanas, a la mujer a la que deseaba.
Sin pensarlo un segundo me despojé de mi jubón y de mis calzones, así como de mis botas. Solo la camisa me cubría el cuerpo joven y ansioso del amor de esa mujer que silenciosa me aguardaba en la cama. Me introduje en ella y busqué con deseo el cuerpo que me recibió con avidez, besándome y abrazándome con fuerza. Los besos y las caricias se repartieron por toda la superficie de los cuerpos. Ambos sentíamos sobre la piel el roce del otro y ambos sentíamos correr la sangre como caballos desbocados. Los corazones latían con celeridad y las pulsaciones se precipitaban. Nuestros cuerpos eran como un volcán que entraba en erupción.
La noche transcurría en medio de aquel vendaval de lujuria y sexo que solo un hombre en plena juventud, con su ímpetu, sabía proporcionar a la dama, quien, soñando con esos momentos, había dejado pasar el día reposando para poder saborear el encuentro mágico que la noche le proporcionaba.
Exhausto y cansado, empecé a sentir que el vigor y las fuerzas me abandonaban, por lo que solicité un descanso.
—Pues si queréis descansar marcharos a vuestra posada, aquí es peligroso que estéis. Podríais quedaros dormido y sorprenderos la madre de mi esposo en la mañana.
—¿Acaso os vigila? ¿Tiene dudas de vos, señora mía? —Mi voz prudente y musical sonó entre las sábanas y ante las dudas a la que me sometía mi cuerpo, deseé marchar y descansar, además de huir del peligro, pero también quería seguir en aquella pelea; mi cuerpo no concebía rehusar el envite de esta mujer que era un trueno devorador de sexo. La lucha de sentimientos se desarrollaba en mi cabeza.
—¡Tal vez! ¡Pero quien evita el peligro, evita el castigo, ¿no creéis?
—¡Cierto, señora mía! ¡Pues permitidme que me marche! Mañana será otro día y habrá otro después. No creo que sea por falta de jornadas que se ausente mi compañía.
—Pensad que no serán tantos días los que presumís. Mi esposo estará al llegar pasado mañana y nuestra aventura tendrá su fin.
—No penséis ahora en el final. Pensad en el comienzo. Mañana será como el primer día y pasado mañana, Dios dirá.
—¿Vendréis mañana otra vez? —preguntó con voz dulce y melosa. Por el tono de su voz se delataba la ansiedad de su cuerpo para que llegase el nuevo día y yo acudiese a la cita.
—Claro está, señora mía, que aquí estaré. El día me dará el descanso oportuno y mi vigor repuesto de este desgaste volverá con más empuje y más tesón si cabe.
Besándola dulcemente me levanté y con sumo cuidado me fui vistiendo poco a poco iniciando mi retirada.
La noche era oscura y ello me serviría de protección en mi huida. Calzadas mis botas y puesto el jubón, tomé mi espada y de un brinco me posé en el borde de la ventana, miré hacia el patio y no encontré ninguna sombra que por allí caminase. La verdad era que si hubiese alguien en el patio no lo descubriría con aquella oscuridad, pensé.
Caminé entre las sombras hasta perderme por las callejas de la Sevilla morisca. Mi silueta se paseaba en la negrura de la noche como un alma en pena hasta encontrar la casa de mi posada. Aquella noche mi cuerpo no corría con alegre marcha. El cansancio me obligaba a caminar con detenimiento. La fatiga se había adueñado de mí y esta era una situación nueva. Debía aprender que el exceso no era bueno y tenía que ser más previsor. Guardaría las fuerzas para que nunca me fallara el ardor.
Dormí hasta bien entrado el día, después comí algo y soñé mucho. Esa mujer era mucha mujer para un hombre tan joven como yo, pero ya había comenzado la guerra y no pensaba retirarme por nada del mundo, antes muerto que huir de ese reto. Mi experiencia con las mujeres se había ensanchado mucho, ahora podría presumir de conocer mejor al sexo contrario. Mi vida era un torbellino en pos de unas faldas y ahora que había encontrado las de doña Ana no pensaba salir de ellas hasta el último día en que las fuerzas me fallaran. Pero también pensaba que la fecha para mi partida estaba próxima, estábamos a mediados de enero y la expedición saldría de Sanlúcar a principios de febrero, los días se acercaban y la desdicha de abandonar a esta hermosa dama me producía desazón. Tenía que aprovechar la ocasión hasta el máximo, ya que el fin de la empresa estaba por llegar pronto y después quién sabe lo que encontraría. Esperaba que allí en las Indias hubiese mujeres tan hermosas como ella. Se comentaba que en la expedición marchaban muchos expedicionarios casados, lo cual no era ningún impedimento para mis conquistas, además, marchaban mujeres de dudosa reputación que anhelaban encontrar otro mundo para soñar con nuevos episodios amorosos.
La noche se fue acercando. Lamentaba que el día no diera más de sí para el descanso, pero las jornadas para mi deleite estaban llegando a su fin y no podía desaprovechar el exquisito pastel que Dios me había puesto en la boca. Por mi mente se mezclaron el deseo y el cansancio de esas dos noches que llevaba gozando a todo placer. En aquella lucha, una vez más ganó el deseo y con toda mi fuerza me dispuse a abordar a la dama.
Las rutinas de mis visitas anteriores a la casa me habían granjeado el camino que recorría ya con toda naturalidad. Nuevamente la noche estaba bien oscura, pero yo, ya conocedor del terreno, caminaba presto y derecho hacia mi destino. Subí con determinación por la escalera, soñando que me conducía al mismísimo cielo.
Miré al firmamento y las estrellas me miraron con envidia. Todas sabían del éxito de mi conquista con aquella dama, mi vida había comenzado con todo el esplendor que mis diecisiete años me proporcionaban. Soñaba con ser soldado y conquistar el mundo, pero de momento me entrenaba conquistando mujeres casadas, ávidas de amor, que soñaban con los brazos de un hombre joven que les proporcionara el placer que sus maridos, ya metidos en años, la mayoría, cuyo único fin en la vida era comerciar para ganar más y más dinero, vigilando sus riquezas y abandonando el cuidado de su mayor tesoro, la honra de su esposa.
Una vez más me encontré en la habitación de la dama. Ya la oscuridad no era obstáculo para desenvolverme por ella. Mis ojos se habían adaptado a la falta de luz de la estancia, además, ya conocía la situación de los pocos enseres que en ella había.
Doña Ana, que me esperaba ansiosa, suspiró al verme llegar.
—¿Habéis descansado bien, mi señor poeta? —preguntó, no sabía si con sorna o con ganas de poder disfrutar del placer de aquel cuerpo joven.
—Sí, señora mía. He descansado a gusto para estar bien pertrechado esta noche. Vos lo habréis de comprobar.
Y dicho esto, me metí en la cama con gran diligencia. Sentí el roce del cuerpo de ella y todo mi cuerpo se convulsionó. Como un huracán, esos que luego conocería bien en las Indias, mi cuerpo arrasó todo el de ella, en unos instantes. Mis manos acariciaron cada rincón íntimo de ella y mis labios besaron sus fuentes de amor tratando de producir en ella todo el placer que dormía en su interior. Doña Ana se retorcía disfrutando y, a veces, no podía impedir que de su garganta se escapasen pequeños gemidos que yo trataba de apagar tapándole la boca.
Los ruidos que provocábamos no se podían oír en la planta baja, en cambio, estaba segura de que si alguien se hubiese acercado a la escalera sí escucharía algo.
Enfrascados en nuestra lucha no percibimos que alguien llegó a la casa. Era el dueño de ella, que inmediatamente preguntó a la anciana madre.
—¿Dónde está mi esposa?
Sus deseos estaban justificados por los días que había faltado de aquella casa y por la necesidad que tenía de estar con ella.
—Vuestra esposa duerme en la habitación de la planta superior. Alega que allí los ruidos no le impiden dormir y prefiere estar allí mientras vos, hijo, estáis fuera de la casa.
—Ah, muy bien, pues allí arriba estará bien guardada —dijo el hombre muy convencido de que a la planta superior solo se podía acceder por el zaguán y la sala de la planta baja en donde su madre dormía con el ojo avizor.
—¿Y cómo es de vuestra llegada? No os esperábamos hasta mañana.
—Los asuntos se resolvieron satisfactoriamente, madre, y según anunciaban mal tiempo por Marchena, decidí partir rápidamente. Sabía que la noche nos encontraría antes de llegar a Sevilla, pero decidido a realizar el camino nos adentramos en él y ya veis la hora de nuestra llegada, pero gracias a Dios hemos llegado a nuestra casa sanos y salvo, y ahora podremos descansar en ella. José, desengancha las mulas y llévalas a la cuadra para que descansen. Ponles algo de heno y agua, las pobres se han llevado también una gran paliza.
El criado, rápido y eficaz, ejecutó lo mandado por su amo y llevó las mulas hasta la cuadra. Al caminar por el patio, el ruido y la algarabía que emitieron alertó a la joven dama, que de un salto se encabritó en la ventana para observar que uno de los criados, que acompañaban a su esposo, llevaba las mulas hasta la cuadra.
—Rápido, mi esposo ha regresado antes de tiempo. Tenía que venir mañana, pero se ha presentado esta noche. Vestiros y marcharos, pero habéis de esperar a que nuestro criado se marche de la cuadra para poder bajar por la escalera.
Atónito y nervioso empecé a vestirme con gran desatino. Me coloqué las calzas y mis botas. Nunca en mi corta vida me había visto en una situación tan ridícula y comprometida. Si me pillaba el marido de doña Ana tendría funestas consecuencias. No en vano el honor de un marido era algo que la justicia amparaba.
—Esposa mía —gritó el marido al pie de la escalera que conducía al piso superior—. Vuestro marido está aquí y quiere descansar del largo viaje con vos.
—Daos prisa, por el amor de Dios, mi marido viene hacia aquí —doña Ana, con el rostro desencajado, me apremiaba a que abandonara la habitación. Su marido irrumpiría en cualquier momento.
Cogí, como pude, mis pertenencias y me acerqué a la ventana, no quería que me viese nadie bajando, pero dudaba de descender pues había visto que alguien se dirigió al establo. Podría dar la voz de alarma y estaría perdido. Pero, al mismo tiempo, sentí las pisadas del marido de doña Ana que alcanzaba la puerta de la habitación. Salté rápidamente al alfeizar y coloqué un pie en la escalera. Agarrándome con una sola mano, en la otra portaba jubón y espada, acelerado y nervioso quise bajar muy rápido, con tan mala fortuna que al posar mi pie en uno de los tramos resbalé y, sin apoyo, caí al vacío. Con gran estrépito se estrelló contra el tejado de la cuadra, el cual se desmontó debido a que estaba formado por unas vigas de madera muy viejas y paja.
Al recibir el golpe, debido al dolor, grité. Mi pierna había chocado con una viga. Al llegar al suelo las magulladuras eran muchas, pero el dolor de la pierna, mayor. Pensé que estaba perdido, era incapaz de ponerme de pie, no podría huir. La sangre me delataba por muchos puntos de mi cuerpo. Las heridas, algunas superficiales, eran muy escandalosas, pero, sin lugar a duda, el dolor de la pierna era quizás lo peor y más peligroso. La tendría rota y no podía huir de aquella situación.
—¿Qué ha sido ese ruido? —interrogó el marido mirando a su esposa. Al ver la ventana abierta se asomó por ella y contempló que el techo de la cuadra estaba destrozado.
Su mirada quedó fija. A través de la rotura del techo se divisaba la figura de un hombre que se lamentaba de sus dolores.
—¿Qué hace ese hombre ahí? ¿De dónde ha salido? ¿Acaso ha intentado huir por esta escalera y ha caído a la cuadra? ¿Venía de la habitación de mi esposa? —La cólera y la furia le fueron subiendo según hilvanaba las suposiciones—. ¡Dadme mi espada, por Dios que le atravesaré el pecho!



