La vida de los Maestros

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Se nos instaló confortablemente para la noche. Nuestros tres amigos nos informaron que irían a visitar a algunos de sus compañeros y que estaban dispuestos a llevar nuestros mensajes. Escribimos entonces a nuestros compañeros, indicándoles cuidadosamente nuestra posición, fecha, hora y localidad. Guardamos copias de nuestros mensajes y tuvimos la oportunidad de comprobar más tarde que habían sido remitidos a los destinatarios en menos de veinte segundos después de haber dejado nuestras manos. Cuando les dimos los mensajes a nuestros amigos nos estrecharon la mano diciendo «hasta luego», hasta mañana y luego desaparecieron uno después de otro.
Después de una buena comida servida por los guardianes, nos retiramos, pero sin dormir, ya que nuestras experiencias comenzaban a impresionarnos profundamente. Estábamos a tres mil metros de altitud, sin un alma cerca, excepto los sacerdotes, y sin otro ruido que el sonido de nuestras propias voces. El aire estaba completamente inmóvil. Uno de nuestros compañeros dijo: «No hay nada de sorprendente en que se haya elegido el emplazamiento de estos templos como lugar de meditación. El silencio es de tal modo intenso, que parece tangible. Este templo es ciertamente un buen lugar de retiro. Voy a salir a echar un vistazo por los alrededores».
Salió, pero volvió para entrar diciendo que había una espesa niebla y no se veía nada. Mis dos compañeros se durmieron pronto, pero yo tenía insomnio. Entonces me levanté, me vestí y subí al techo del templo y me senté con las piernas colgadas fuera de la muralla. Había suficiente claro de luna filtrándose a través de la niebla cuyas ondulaciones se extendían en la proximidad. Esto me recordaba que uno no estaba suspendido en el espacio, que había algo más abajo, que el suelo existía, que el lugar en el que yo estaba sentado permanecía ligado a la tierra.
De repente tuve una visión. Vi un gran haz luminoso cuyos rayos se extendían en abanico. El rayo central era el más brillante. Cada rayo continuaba su trayectoria hasta que iluminaba una parte bien determinada de la tierra. Después todos los rayos se fundían en un gran rayo blanco. Convergían en un gran rayo central de luz blanca, tan intensa que parecía transparente como cristal. Tuve entonces la impresión de planear en el espacio sobre el espectáculo. Mirando hacia la lejana fuente del rayo blanco, percibí espectros de un pasado inmensamente remoto. Avanzaban en un número creciente y en filas estrechas hasta un lugar en donde se separaban. Se alejaban más y más los unos de los otros hasta llenar el rayo luminoso y cubrir la tierra. Parecían emanar todos del punto blanco central, después cuatro pares, después dieciséis pares, y así hasta el punto de divergencia, donde llegaron a ser más de cien, uno junto a otro y desplegados en forma de abanico apretado. En el punto de divergencia, se desparramaban y ocupaban todos los rayos, marchando sin orden cada uno a su gusto. El momento en que los espectros cubrieron toda la tierra coincidía con el máximo de divergencia de los rayos. Después las formas espectrales se aproximaron progresivamente las unas a las otras. Los rayos convergieron hacia su punto de partida, donde las formas entraron una a una, habiendo así completado su ciclo. Antes de entrar se habían reagrupado, lado con lado, en una fila cerrada de una centena de almas. A medida que avanzaban su número disminuía hasta que todas se unieron en una sola, y esta entró en la luz.
Me levanté bruscamente con la sensación de que el lugar era poco seguro para soñar y me retiré a mi lecho, donde no tardé en dormirme.
XVIII
Habíamos pedido a uno de los guardias que nos despertara con las primeras luces del alba. Golpeó nuestra puerta cuando me parecía que apenas había tenido tiempo de dormir. Saltamos todos fuera de nuestros lechos, ansiosos como estábamos de ver la salida del sol desde lo alto de nuestro mirador. Nos vestimos con rapidez, y fuimos a la terraza como tres escolares impacientes. Hicimos tanto ruido que los guardianes, asustados, vinieron apresuradamente a ver si habíamos perdido la cordura. Pienso que algazara similar no había turbado la paz de aquel viejo templo desde su construcción, es decir desde hacía mil años. En efecto, el templo era tan antiguo que formaba parte la roca sobre la que descansaba.
Ya en la terraza, las recomendaciones se volvieron inútiles. Desde el primer vistazo, mis dos compañeros quedaron boquiabiertos, y con los ojos desorbitados. Supongo que hice otro tanto. Esperaba sus comentarios cuando gritaron casi al unísono: «¡Pero estamos ciertamente suspendidos en el aire!». Su impresión, era exactamente la misma que tuve yo en el otro templo. Todos habían olvidado por un momento que sus pies reposaban sobre el suelo y tenían la sensación de flotar en la atmósfera. Uno de ellos remarcó: «No me sorprende que los Maestros puedan volar después de haber tenido esta sensación». Una breve explosión de risa nos sacó de nuestros pensamientos. Nos giramos y vimos inmediatamente detrás de nosotros a Emilio, Jast y nuestro amigo de los documentos. Uno de mis compañeros quiso estrechar la mano a todos y a la vez exclamó: «¡Es maravilloso! No hay nada sorprendente en que podáis volar después de haber estado aquí». Sonrieron y uno de ellos dijo: «Sois libres de volar como nosotros. Es suficiente saber que vosotros tenéis el poder interior de hacerlo, y después utilizad ese poder».
Observamos el paisaje. La niebla había bajado y flotaba en grandes ondulaciones. Pero estaba todavía bastante alta, como para dejar ver algún metro cuadrado de tierra. El movimiento de los bancos de niebla nos daba la impresión de estar transportados sobre olas silenciosas. Mirando a lo lejos, se perdía todo sentido de gravitación y era difícil imaginarse que no se estaba planeando en el espacio. Personalmente había perdido de tal modo el sentido de la gravedad que flotaba sobre el techo. Al sonido de una voz, caí rudamente; sentí un choque cuyos efectos tardaron muchos días en disiparse.
Como el templo nos pareció muy interesante, esa misma mañana decidimos permanecer en él tres días más, puesto que no había más que un solo lugar interesante antes de reencontrar a las otras secciones. Emilio había traído mensajes. Uno de ellos nos informó que la sección de nuestro jefe había visitado este templo tres días antes. Después del desayuno, salimos para ver la niebla disiparse gradualmente. La observamos hasta su completa desaparición y la aparición del sol. Vimos el pequeño pueblo anidado bajo el acantilado y el valle extendiéndose a lo lejos.
Nuestros amigos habían decidido visitar el pueblo y nosotros les pedimos permiso para acompañarlos. Ellos respondieron afirmativamente, riendo, y nos aconsejaron servirnos de la canasta, diciendo que así tendríamos un aspecto más agradable que si tratábamos de usar su modo de locomoción. Descendimos uno a uno sobre el desplome, y de allí a la pequeña meseta que dominaba el pueblo. Apenas el último había saltado de la canasta, cuando nuestros amigos se presentaron. Descendimos todos juntos al pueblo, donde pasamos la mayor parte de la jornada.
Era un viejo y extraño pueblo, característico de las regiones montañosas. Comprendía una veintena de casas, cavadas en la pared del acantilado. Las aberturas se tapaban con losas de piedra. Habían adaptado ese modo de construcción para evitar que las casas se aplastaran bajo el peso de las nevadas invernales. Los habitantes no tardaron en reunirse. Emilio les habló unos instantes y se convino una reunión, que tendría lugar al mediodía del día siguiente. Se enviaron mensajeros para avisar a las gentes de la vecindad deseosas de asistir.
Se nos informó que Juan Bautista había vivido en ese pueblo y recibido ciertas enseñanzas en ese templo, que estaba en el mismo estado que en aquella época. Se nos mostró el emplazamiento de la casa que había habitado, pero que había sido destruida. Cuando volvimos al templo, al final de la jornada, el tiempo se había aclarado y pudimos ver una vasta extensión. Nos mostraron los caminos que Juan seguía para ir a los pueblos de los alrededores. El templo y su pueblo existían seis mil años antes de la visita de Juan. Nos hicieron ver que el camino que seguíamos estaba en uso desde esa época. Hacia las cinco de la tarde, nuestro amigo de los documentos nos estrechó la mano, diciendo que se ausentaría pero que volvería pronto. Después desapareció.
Esa tarde asistimos, desde el techo del templo, a la más extraordinaria puesta de sol que jamás he visto, y sin embargo he tenido la buena suerte de verlas en casi todos los países del mundo. A la caída de la tarde, una ligera bruma cubría una cadena de montañas, bordeando una vasta zona de mesetas, sobre las cuales se extendía nuestra mirada. Cuando el sol alcanzó ese borde, parecía dominarla desde tan alto que contemplábamos un mar de oro en fusión. Después vino el crepúsculo, que inflamó todas las altas cimas. Las montañas nevadas resplandecían lejos. Los glaciares parecían inmensas lenguas de fuego. Todas esas llamas encontraban las diversas tonalidades del cielo y parecían fundirse. Los lagos esparcidos en la llanura parecieron súbitamente volcanes, lanzando un fuego que se mezclaba con los colores del firmamento. Durante un momento tuvimos la impresión de encontrarnos al borde de un infierno silencioso, después el conjunto se fundió en una sola armonía de colores y un atardecer dulce y tranquilo cayó sobre el paisaje. La paz que se desprendía era indescriptible.
Nos quedamos sentados en la terraza hasta medianoche, conversando y haciendo preguntas a Emilio y Jast. Esas preguntas trataban más que nada sobre la etnografía y la historia general del país. Emilio hizo numerosas citas de documentos conocidos de los Maestros. Estos documentos probaban que el país había estado habitado miles de años antes de nuestros tiempos históricos.
Emilio, terminó por decir: «No quiero criticar vuestra historia, ni halagar a vuestros historiadores, pero la verdad es que no se han remontado muy lejos en el pasado. Han admitido que Egipto significa tinieblas exteriores y desierto, como su nombre lo indica. En realidad, su nombre significa “desierto de pensamiento”. En la época egipcia, como hoy, una gran parte del mundo vivía en un desierto de pensamientos, y vuestros historiadores no han buscado el sentido escondido de esta fórmula, para profundizarlo. Han aceptado y reafirmado los testimonios superficiales (para los sentidos). Ese fue el principio de vuestra historia. Es muy difícil de unir a la nuestra. No os pido que consideréis la nuestra como auténtica, pero recomiendo que elijáis libremente entre las dos».
La luna apareció entonces redonda y plena sobre las montañas que barrían el horizonte en la lejanía. Nos quedamos a contemplarla hasta que estuvo casi en su cenit. El espectáculo era extraordinario. Ligeras nubes pasaban de vez en cuando delante de una montaña vecina, un poco más alta que el templo. Cuando las nubes pasaban cerca de la luna, teníamos la impresión de desplazarnos con esta ante las inmóviles nubes. Esto duró una hora.
Súbitamente, escuchamos detrás de nosotros un ruido similar a la caída de un cuerpo. Nos levantamos para mirar y he aquí que una dama de cierta edad estaba allí y nos preguntaba sonriendo si nos había asustado. Tuvimos la impresión de que había saltado desde el parapeto que estaba sobre la terraza, pero simplemente había rozado su pie para atraer nuestra atención y la intensidad del silencio había amplificado el sonido. Emilio avanzó con rapidez para saludarla, y la presentó como su hermana. Ella sonrió y preguntó si había estropeado nuestros sueños.
Nos sentamos de nuevo y la conversación se orientó sobre las reminiscencias de sus experiencias y su trabajo en la vida santa. La señora tenía tres hijos y una hija, todos educados en el mismo espíritu. Preguntamos si sus hijos la acompañaban. Respondió que sí, que estaban precisamente libres, y enseguida aparecieron dos personajes, un hombre y una mujer. Ambos saludaron a su tío y a su madre, y después avanzaron para ser presentados a mis compañeros y a mí. El hijo era gallardo, erguido y de aspecto varonil. Parecía tener treinta años. La hija era más pequeña, delgada y con rasgos encantadores, era una bella muchacha, bien equilibrada, parecía tener unos veinte años. Supimos más tarde que el hijo tenía ciento quince años y la hija ciento veinte y ocho. Los dos asistirían a la reunión del día siguiente, y no tardaron en descender.
Después de su partida, cumplimentamos a su madre por ellos. Ella se volvió hacia nosotros y respondió: «Todo hijo es bueno y perfecto cuando nace. No es malo. Poco importa que su concepción haya sido perfecta e inmaculada o por el contrario material y sensual. El niño de la Concepción Inmaculada reconoce rápidamente su filiación con el Padre. Sabe que él es el Cristo, hijo de Dios. Se desarrolla rápidamente y no concibe más que la perfección. El niño concebido por la vía de los sentidos puede también reconocer inmediatamente su filiación, percibir que el Cristo mora en él y realizar su perfección haciendo de Cristo su ideal. Al contemplar ese ideal lo ama, lo quiere y al final manifiesta o reproduce el objeto de sus pensamientos. Ha nacido de nuevo, es perfecto. Hace resaltar su perfección interior que había existido siempre. El primero se ha conservado en el ideal, es perfecto. El segundo ha percibido el ideal y lo ha desarrollado. Los dos son perfectos. Ningún niño es malo. Todos son buenos y vienen de Dios».
Uno de nosotros sugirió que ya era hora de ir a dormir, pues era medianoche.
XIX
A la mañana siguiente, a las cinco, todos estábamos reunidos en la terraza del templo. Después de los saludos de rigor nos instalamos formando una rueda y según la costumbre, uno leyó extractos de las sagradas escrituras. Esa mañana habían sido elegidos entre los documentos del templo. Jast los tradujo. Tuvimos la sorpresa de constatar que la primera cita correspondía al primer Evangelio según San Juan y la segunda al primer Evangelio según San Lucas. Pedimos buscar nuestras Biblias para comparar. Se nos permitió de buen grado. Jast nos ayudó a hacer los paralelos y nos sorprendimos del parecido de las dos Escrituras.
Apenas habíamos terminado, cuando sonó la campana que anunciaba la comida matinal. Entramos todos al interior. Después de la comida nos preparamos todos a descender al pueblo y no pensamos más en los paralelos entre las escrituras. Allí nos encontramos con una asamblea de numerosas personas de la vecindad. Jast nos dijo que eran especialmente pastores, que en verano conducían sus rebaños a los altos pastos, y que el momento de descender de nuevo a los valles se acercaba rápidamente. Era costumbre reunir anualmente a esas personas, un poco antes de su partida.
Atravesando el pueblo nos encontramos con el sobrino de Emilio que nos sugirió dar un paseo un poco antes de comer. Aceptamos de buen grado, ya que teníamos deseos de conocer los alrededores. En el curso del paseo nos mostró de lejos diversos pueblos del valle que presentaban un interés especial. Sus nombres, una vez traducidos, se asemejaban mucho a esos de los primeros capítulos de la Biblia. Pero el verdadero significado del conjunto se nos reveló solamente más tarde, después de que hubimos regresado al camino del pueblo, desayunado y tomado lugar en la reunión.
Había alrededor de doscientas personas reunidas cuando nuestros amigos del templo aparecieron. El sobrino de Emilio se dirigió hacia dos hombres que tenían un objeto que se parecía a un grueso libro. Cuando lo abrieron, vimos que era una caja en forma de libro. La caja contenía paquetes de hojas similares a páginas de libros. El padre del sobrino de Emilio eligió uno y puso la caja en el suelo. Se lo dio al primer hombre y este lo abrió. Enseguida pasó las hojitas una a una. Después de leerlas, las pasaba al segundo hombre y este las volvía a meter en la caja.
La lectura proseguía con Jast como intérprete. No tardamos en darnos cuenta que la historia se parecía de una manera sorprendente al evangelio según San Juan, pero con muchos más detalles. Siguieron hojitas similares al evangelio de San Lucas, después otras similares al de Marcos y otras en fin al de Mateo.
Después de la lectura, los oyentes se reunieron en pequeños grupos. Nosotros, junto a Jast, buscamos a Emilio para que nos diera explicaciones. Emilio nos informó que esos documentos se leían en cada asamblea anual y que el pueblo, en el que se hacía la lectura, era el centro del país que había sido antiguamente el teatro de aquellas escenas. Le hicimos notar la similitud con las historias relatadas en la Biblia. Respondió que muchas de las historias del Antiguo Testamento habían sido tomadas de los documentos que acabamos de ver, pero que las escenas más recientes, como aquellas de la crucifixión habían pasado en otra parte. Sin embargo, el conjunto estaba centrado sobre el nacimiento y vida del Cristo. El tema principal era la búsqueda del Cristo en el hombre y buscaba mostrar a los extraviados, alejados de este ideal, que el Cristo vivía siempre en ellos. Emilio mismo nos dijo que el lugar del acontecimiento no tenía mucha importancia, porque el deseo de los Maestros era sobre todo perpetuar el sentido espiritual de los acontecimientos.
Empleamos el resto del día y de la jornada siguiente en hacer comparaciones y tomar notas. Por falta de espacio no puedo reproducirlas aquí. El lector comprenderá el sentido espiritual de la historia de las hojitas, releyendo los capítulos citados de la Biblia. Descubrimos que el padre del sobrino de Emilio que había hecho la lectura, descendía en línea directa del padre de Juan Bautista. Era costumbre que un miembro de su familia leyera los documentos en esta asamblea. El templo donde nos alojábamos había sido un lugar de adoración para Juan y Zacarías.
Nuestros amigos manifestaron el deseo de hacer su camino. Nosotros convinimos entonces con Jast para que se quedara y que los otros se fueran. Al día siguiente acabamos de leer los documentos, y al otro día partimos a nuestro turno. Aunque la hora era muy temprana todos los aldeanos se habían levantado para desearnos buen viaje.
XX
Durante los cinco días siguientes atravesamos el país antiguamente recorrido por Juan. Al quinto día llegamos al pueblo donde nos esperaban nuestros caballos. Emilio estaba allí, y a partir de ese momento el viaje fue relativamente fácil hasta que llegamos a su pueblo natal. Al acercarnos al pueblo, observamos que el país estaba más poblado. Las rutas y pistas eran las mejores que habíamos encontrado hasta entonces.
Nuestro camino corría a lo largo de un valle fértil que remontamos hasta una meseta. Notamos que el valle se cerraba más y más. Al fin las paredes se acercaron tanto al río que el valle no formaba más que un barranco. Hacia las cuatro de la tarde llegamos de repente a un acantilado vertical, de un centenar de metros de altura, desde donde el río caía en cascada. El camino llevaba a una explanada al pie del acantilado de gres cerca de la cascada. Un túnel se abría en la pared y subía cuarenta y cinco grados hasta una meseta superior. Habían tallado escalones en el túnel, de manera que la subida era fácil.
Enormes trozos de piedra habían sido preparados para tapar, llegado el caso, la abertura inferior del túnel y presentar así una barrera formidable a un eventual ataque. Al llegar a la meseta superior, constatamos que la escalera subterránea constituía el único acceso posible a partir del barranco. Muchas de las casas del pueblo estaban adosadas a la muralla. Las casas tenían por lo general tres pisos, pero sin aberturas antes de la tercera planta. Cada abertura tenía un balcón, lo bastante ancho para que dos o tres personas pudieran estar cómodamente y observar los alrededores.
Nos contaron que la zona había estado antiguamente habitada por una tribu indígena, que se mantuvo aislada del mundo hasta el punto de desaparecer como tribu. Los raros sobrevivientes se habían agregado a otras tribus. Así pasó con el pueblo natal de Emilio, y los lugares de encuentro de muchos de nuestra expedición, que se habían repartido en pequeños grupos para cubrir más territorio.
Una encuesta nos reveló que éramos los primeros en llegar, y que los otros vendrían veinticuatro hora más tarde. Se nos asignó por alojamiento una casa del pueblo adosada a la muralla. Las ventanas del tercer piso daban sobre los pliegues montañosos. Nos instalaron confortablemente y nos informaron que la cena sería servida en el salón. Bajando, encontramos a la hermana de Emilio sentada a la mesa, con su marido y los hijos que habíamos encontrado en el techo del templo, así como al mismo Emilio.
Apenas habíamos terminado de cenar, escuchamos un ruido en el pequeño jardín frente a la casa. Un aldeano vino a advertirnos que uno de los otros destacamentos acababa de llegar. Eran los compañeros de nuestro jefe Thomas. Se les sirvió la comida y los instalaron esa noche con nosotros, después todos subimos a la terraza superior. El sol se había puesto, pero el crepúsculo duraba aún.
Vimos una depresión, de donde fluían las profundas gargantas de los torrentes provenientes de las montañas de los alrededores. Esos torrentes se vertían todos en el río principal, justo antes de que este se precipitara en cascada por encima del acantilado de gres ya descrito. El gran río emergía de un barranco profundo y no recorría más de una centena de metros sobre la meseta antes de caer en cascada por el precipicio. Otros torrentes pequeños formaban cascadas de veinte a sesenta metros sobre las paredes verticales que bordeaban al río principal. Muchos llevaban un gran volumen de agua, otros solamente algunas gotas, otros al fin, habiendo cruzado las paredes laterales de las gargantas, se precipitaban en una serie de cascadas.
Muy arriba en las montañas, los barrancos contenían glaciares, que se proyectaban como dedos gigantes a partir de las nieves eternas que cubrían toda la cadena montañosa.
La muralla exterior del pueblo se juntaba con las paredes de la garganta del río principal, después bordeaba hasta la cascada. En el lugar de unión las paredes eran casi verticales, de unos seiscientos metros de alto y formaban una barrera natural tan lejos como se podía ver. La meseta se extendía de norte a sur un centenar de kilómetros y de este a oeste unos cincuenta. Fuera del túnel inclinado, el único acceso a la meseta se encontraba en el lugar más ancho, Allí un sendero conducía a un puerto defendido por una muralla similar a la nuestra.
En tanto que nosotros comentábamos las ventajas de este dispositivo, la hermana y la sobrina de Emilio se nos reunieron. Un poco más tarde su cuñado y su sobrino también vinieron. Notamos en ellos síntomas de agitación contenida, y la hermana de Emilio no tardó en decirnos que esperaba la visita de su madre. Nos dijo: «Estamos tan dichosos que a duras penas podemos contenernos, tanto amamos a nuestra madre. Nosotros amamos a todos los que viven en las esferas más altas de la realización, ya que ellos son todos bellos, nobles y compasivos. Pero nuestra madre es tan bella, tan exquisita y adorable, servicial y amante, que no podemos negarnos a amarla mil veces más. Por otra parte somos de su carne y de su sangre. Sabemos que vosotros la amaréis también».
Preguntamos si venía con frecuencia. Se nos respondió: «¡Oh! sí, viene siempre que tenemos necesidad de ella. Pero está tan ocupada con su trabajo en su esfera, que viene solamente dos veces al año por sí misma, hoy es el día de una de sus visitas anuales. Esta vez se quedará una semana. Estamos tan dichosos que no sabemos qué hacer mientras la esperamos».
La conversación se orientó sobre nuestras experiencias después de nuestra separación, y ya había tomado un cariz animado cuando un súbito silencio se abatió sobre nosotros. Antes de habernos podido dar cuenta, estuvimos sentados sin decir ni palabra y sin que ninguno hiciera una reflexión. Las sombras de la tarde se habían agrandado y la cadena nevada de las lejanas montañas era semejante a un monstruo enorme dispuesto a lanzar sus zarpas de hielo en el valle. Después oímos un ligero rumor nacido del silencio, como si un pájaro se posara. Una niebla pareció condensarse al este del parapeto, y súbitamente adquirió la forma, ante nosotros, de una mujer magníficamente bella de rostro y aspecto, rodeada de un brillo luminoso tan intenso que apenas podíamos mirarla. La familia se precipitó hacia ella, los brazos extendidos y exclamando a una sola voz: «Madre». La dama descendió con ligereza del parapeto a la terraza del techo y abrazó a los miembros de su familia como cualquier tierna madre lo hubiera hecho; después nos presentaron. La dama dijo: «¡Oh! ¿Sois vosotros los queridos hermanos venidos de la lejana América para visitarnos? Estoy muy feliz de daros la bienvenida a nuestro país. Nuestros corazones van hacia todos, y si los hombres nos dejaran hacer, los estrecharíamos a todos en nuestros brazos, como yo acabo de hacer con aquellos a los que llamo míos, ya que en realidad no formamos más que una familia, la de los hijos de Dios Padre. ¿Por qué no podemos reunirnos todos como hermanos?».