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La costeña y colonial Cartagena se deleitaba, por el contrario, con la sensual celebración de la belleza femenina, aunque regida por reglas que enfatizaban las barreras de clase y color. Las historias que se remontan a la fundación española de la ciudad en 1533 evocan al equivalente colombiano de La Malinche en México, la beldad caribeña Catalina, a quien describen como “alta, de busto elegantemente formado, grandes ojos rodeados de largas y aterciopeladas pestañas, nariz aguileña, boca de contornos delicados y brazos que armonizan con las demás líneas de su cuerpo”.21 Era dulce y elegante, la adorada encarnación de la exuberancia juvenil; las demás mujeres indígenas la admiraban, pero le envidiaban sus elegantes vestidos españoles. A lo largo de los siguientes 150 años, mujeres como la encantadora “India Anica”, cuyo fascinante atractivo privó a un admirador masculino del apetito, el sueño y el alma;22 como Guillermina, la muchacha española de “rasgos bonitos y cuerpo hermoso”;23 y como Eva, “quien aunque no era de la nobleza sí era digna de llevar corona de reina debido a sus encantos”,24 prueban que la belleza del cuerpo femenino era más visible y apreciada por los ojos masculinos en la costa tropical que en las más frías y recatadas regiones andinas.
Una maravillosa historia social de las danzas festivas que se realizaban en Cartagena a principios del siglo XIX, escrita por el general conservador Joaquín Posada Gutiérrez, ilustra el color y las jerarquías de casta representadas en las danzas mismas y alude a las raíces africanas de lo que se convertiría en el actual concurso de belleza. Posada (1797?-1881) era nativo de Cartagena y escribió a mediados del siglo XIX basándose en sus recuerdos de los bailes que se llevaban a cabo a principios de siglo durante las celebraciones en honor a la santa patrona de la ciudad y el Carnaval. Su relato, vívido y ameno, ilustra cómo las sociedades coloniales tardías y las republicanas tempranas reforzaban las jerarquías de casta en sus danzas, tanto a través de un ritual de orden social como abriendo espacios en entornos menos formales que propiciaran la mezcla de colores y las aventuras. El relato de Posada también sugiere que las raíces de los concursos actuales en Colombia y las Américas se hallan en las culturas africana y europea.25
Independientemente de dónde se realizaran, los bailes que Posada describió caracterizan una sociedad sumamente consciente y ordenada por color, clase y casta. El primer día de la novena antes de la celebración del 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria, un gran salón de baile se llenaba de bailarines en el siguiente orden: 1) el baile de las mujeres blancas puras, las llamadas “blancas de Castilla”; 2) el de las “pardas” o mulatas libres; y 3) el de las “negras libres”. Solo las mujeres de clase alta y con cierta vestimenta podían participar en este baile de élite, una regla que era “entendida por todos”. Curiosamente, este orden reflejaba la ideología colonial de la “limpieza de sangre” de los blancos, ya que ponía de relieve la importancia de ser libre en una ciudad íntimamente implicada en el comercio transatlántico de esclavos. Además, la casta de las mujeres, no la de los hombres, determinaba el orden de los bailes, lo que subraya el papel de la mujer en el establecimiento de los parámetros del honor familiar y social, así como en el futuro de su descendencia en el sistema de castas.26
Los bailes al aire libre, más populares, seguían la pauta de la élite al obedecer el orden de participación por castas. Comenzaban los blancos, seguidos por los mulatos, los negros libres, los esclavos o la “gente pobre” y los indios. De nuevo, miembros destacados de cada casta dirigían cada grupo hasta que, finalmente, los jóvenes, los pobres y los descalzos podían unirse a la diversión. Las danzas incluían el bullicioso y sensual currulao de origen africano y su ritual de posesión de espíritus, semejante al que se practica en la religión candomblé, y el aun más erótico mapalé y su canto a Eros; la más discreta gaita indígena; una cuadrilla española y un vals “hispanizado”. Los bailes y la música tendían a reforzar las nociones estereotipadas de cultura: el africano se percibía como más sensual; el indígena, más contenido y derrotado; y el español, más ordenado.
Las blancas que no pertenecían a la élite, o “blancas de la tierra”, quienes carecían del prestigio y el pedigrí para recibir una invitación de las “blancas de Castilla”, evitaban los bailes callejeros populares y los inevitables chismes ofreciendo sus propios bailes en casa, a los que invitaban a sus superiores blancos y a “cuarteronas” (mujeres con un cuarto de sangre africana o indígena). Las cuarteronas eran las fabricantes de cigarros, costureras y modistas de la ciudad, y se las describía de “piel entre madreperla y canela, ojos claros y dientes perlados”. Tanto los hombres blancos de la élite como los de menor rango se escabullían para bailar y juguetear en privado con las cuarteronas. Cada uno de estos bailes y lugares reflejaban jerarquías de clase y color, pero también abrían un espacio social para trascender las barreras formales de casta.27
El 2 de febrero llegaba el clímax de los ocho días previos de juerga y la población vestía sus mejores atuendos para honrar a Nuestra Señora de la Candelaria. La élite sacaba sus pesadas telas de terciopelo bordado, las damas se ataviaban con faldas holgadas, crinolinas, medias de seda y montones de joyas de oro, esmeraldas y perlas. La gente joven prefería las galas menos restrictivas que la Revolución Francesa había puesto de moda: pantalones, camisas y zapatos con cordones en lugar de hebillas. Quienes no podían pagarse esos lujos llevaban ropas de telas más comunes, pedían prestadas joyas y perlas falsas y se conformaban con enchapes de plata.28
El carnaval seguía de cerca a las celebraciones del 2 de febrero, y nuevamente la participación se ordenaba por casta y nivel social. El último domingo de la temporada de Carnaval, grupos competidores de “negros bozales”, o esclavos africanos de nacimiento recién traídos, organizaban celebraciones y desfiles, cada uno con su propia reina y rey, princesas y príncipes, y su corte real. Las celebraciones evocaban su África natal, pero también ubicaban a los participantes y espectadores en América, reavivando la tradición monárquica africana, mientras que reflejaban las tensiones y la búsqueda del orden en una sociedad colonial americana y esclavista.
Las familias reales no vestían atuendos africanos, sino europeos, pues los propietarios de esclavos les prestaban las mejores ropas y joyas para adornar a “sus” esclavos en una ronda más de competencia de las élites y emulación popular. Las reinas llevaban joyas de oro y coronas profusamente incrustadas, que valían su libertad y la de sus familias, en esos cortos días en que “los esclavos eran casi libres”. Solo las reinas y reyes podían llevar sombrillas para cubrirse —otro símbolo de estatus en África—, mientras que las princesas llevaban guirnaldas de flores en la cabeza, pues se les prohibía usar sombreros. Una vez finalizada la competencia de los diferentes grupos y familias reales, devolvían la ropa y las joyas, y los esclavos tenían días libres hasta la misa del Miércoles de Ceniza, luego de la cual las reinas volvían al “agudo dolor moral y las penas físicas de la esclavitud”.29
Esta rica descripción apunta a varias conclusiones. Primero, los propietarios de esclavos utilizaban la temporada de carnaval como escenario para competir entre ellos por prestigio, pues enfrentaban a sus respectivos grupos de negros bozales, clásica técnica de dividir para vencer común en muchas zonas urbanas de las Américas. En segundo lugar, las celebraciones públicas en Cartagena, y por extensión en Colombia, brindaban oportunidades tanto a los sectores de élite como a los populares de participar en rituales incluyentes, pero ordenados y jerárquicos, que denotaban su rango y poder, como los que despliegan los concursos de belleza. En tercer lugar, las raíces de los desfiles modernos se pueden rastrear no solo hasta la nobleza europea y las tendencias de la moda que dictaba la corte virreinal en las Américas, sino también en África y en la inclusión de tradiciones populares que coronaban como soberanos a representantes de las comunidades afroamericanas.
Tal vez parte de la popularidad de la belleza y los reinados en las Américas tenga que ver con esa mezcla de tradiciones nobles de Europa y África en una sociedad colonial disfrazada con una envoltura americana democrática. Además, la transformación de una muchacha común en reina confiere notoriedad y prestigio, pero no derribará las instituciones (como la esclavitud) ni los sistemas sociales (como el patriarcado de élite) que subordinan a las mujeres.
A lo largo del siglo XVIII, la popularidad de las celebraciones de carnaval y las danzas con influencias africanas que llegaron con ellas se extendió por el río Magdalena y hacia el sur de Colombia con los esclavos que enviaban a trabajar en las minas y plantaciones de Antioquia y del Valle del Cauca. Danzas como la cumbia, el currulao y el bullerengue (originalmente un baile para niñas y una celebración de la pubertad) se difundieron en el interior del país, llevando consigo una porción de la costa afrocaribeña y su celebración de la sensualidad y la belleza femenina. Hoy en día el currulao se asocia con Cali, el bullerengue se baila más en los departamentos de Bolívar y Magdalena, y la cumbia se ha convertido en éxito nacional e internacional. Las celebraciones de los carnavales son importantes en las sureñas ciudades nariñenses de Tumaco en la costa Pacífica y Pasto en la zona andina. Cartagena perdió el liderazgo en la celebración del carnaval en beneficio de Barranquilla, que es más grande, pero aún alberga el mayor espectáculo de la nación en torno a la belleza femenina, el Concurso Nacional de Belleza, plataforma construida, en parte, por su antigua importancia como puerta de entrada de la cultura africana al resto del país.30
La exhibición pública de la belleza femenina en bailes, fiestas o concursos puede reforzar los dos polos alrededor de los cuales se construye a las mujeres en Colombia y gran parte del mundo: el de la mujer santa, casta y pura, y el de la mujer mundana, erótica y cosificada del deseo y la fantasía. Tanto hombres como mujeres tienden a dividir a las mujeres latinoamericanas en estos grupos polares: el de las “mujeres buenas” que reflejan una devoción mariana a la religión, el sufrimiento y el servicio a los demás, y las “mujeres malas” que —como varones sociológicos— son sexuales, pecaminosas, egoístas y desvergonzadas. Las mujeres como objetos sagrados tienden a recibir la protección de la iglesia y la familia, especialmente cuando se las representa como monjas, místicas, esposas y madres, mientras que las mujeres públicas de la calle, ya sean prostitutas, no conformistas, extranjeras o solteras enmarcadas por fuera de un entorno familiar, son encarnaciones de la belleza corporal y objetos de la depredación sexual masculina. Esta ambivalencia en la construcción del género femenino conduce a todo tipo de dobles estándares y conductas contradictorias. Por ejemplo, un hombre venerará a su madre y protegerá a su esposa e hijas mientras persigue la satisfacción sexual y la aventura con varias amantes. Además, en un país como Colombia, donde la “mercantilización institucional de la belleza femenina” se sustenta en la jerarquía, el patriarcado y el machismo, el estatus legal, social y político de las mujeres es inferior al de los hombres. Las mujeres solo lograron la igualdad jurídica con los hombres en 1974; antes de ese año se definían jurídicamente como menores de edad a quienes representaban sus padres o esposos. Hasta 1980, se exoneraba al violador que se casara con su víctima y el esposo podía matar a la esposa si la atrapaba en la preparación o consumación del acto sexual con un amante.31 Obviamente, la belleza en las mujeres podía promover una disonancia tanto social como personal, dadas las contradicciones y la ambivalencia en las construcciones del género en una nación donde la modernidad y la igualdad jurídica se realizan solo parcialmente.
Por fuera de los parámetros de las singularidades de Colombia, la apariencia física es más importante para las mujeres que para los hombres e influye en el comportamiento humano en todos los lugares donde se la ha estudiado. Si esto es así, surge la clásica pregunta de si la importancia de la belleza para las mujeres se basa más en la naturaleza y los procesos biológicos o en el comportamiento aprendido que se les enseña en las sociedades humanas a través de la cultura y la socialización. La perspectiva sociobiológica de la belleza y la apariencia física utiliza un largo lente de miles o millones de años de evolución humana. Según este enfoque, los humanos estamos “programados” para reconocer la belleza en las mujeres, porque en ellas la apariencia física se relaciona más con la reproducción que en los hombres; la simetría de un rostro ofrece pistas sobre la integridad genética y la ausencia de una infección parasitaria; y la proporción de la cadera a la cintura son marcadores del éxito reproductivo. La belleza, entonces, es una Gestalt que se conoce cuando se la ve, independientemente de la edad, el sexo o la cultura, y ejerce una fuerza poderosa sobre el comportamiento humano, incluso en individuos y sociedades que han perdido el imperativo demográfico de procrear.32
Los críticos socioculturales, por el contrario, sostienen que las culturas y las sociedades enseñan a los humanos a valorar una apariencia atractiva más en las mujeres que en los hombres y por lo tanto investigan la relación entre los valores y comportamientos culturales e individuales. La cita de la estrella británica del teatro de finales del siglo XIX Lillian Russell según la cual “los hombres deben ser fuertes y las mujeres hermosas” debería entenderse como una afirmación sobre una sociedad que valoraba a los hombres en tanto proveedores en una sociedad patriarcal competitiva, mientras que las mujeres adornaban la vida pública como parte de una expresión de género de su estado femenino y cosificado. Al igual que Linda Jackson, quien escribió un exhaustivo análisis de las perspectivas sociobiológicas y socioculturales sobre el género y la apariencia física, adoptaré elementos de cada enfoque al estudiar la importancia de la belleza para los seres humanos, lo que me permitirá reconocer que somos producto de la naturaleza y que se nos cría para aprender lecciones culturales y sociales.33
Aunque por mucho tiempo la belleza física se ha interpretado como seductora y como una “expresión de la perfección de la forma humana”, también se la ha considerado como un indicador de la virtud interna; la belleza se convierte entonces en una “proyección de la espiritualidad humana, fuente de creatividad humana y símbolo moral”. En el culto caballeresco de la baja Edad Media, las mujeres y su belleza se convirtieron en símbolos de las “virtudes pacíficas del amor, la verdad y la caridad”.34 Este culto y su centro en la virtud de las mujeres y la belleza, que surgió en parte como una protesta contra las brutales guerras de la alta y plena Edad Media, tuvo gran resonancia en la Colombia de los siglos XIX y XX, sociedad también destrozada por la violencia, los ejércitos privados, los despojos de tierras y el abuso de la autoridad gubernamental, que tenía la esperanza de que la belleza femenina pudiera salvarla de los estragos de la bestia masculina. Incluso cuando se veía a la belleza como un deber de la mujer y como una poderosa herramienta mediante la cual ellas podían escalar socialmente y conquistar a hombres poderosos, también se la veía como la virtud moral que traía esperanzas a las sociedades en problemas.35
La belleza en el mundo moderno también se construyó alrededor de tipologías raciales que en parte se conjuraron sobre la base de la reputada belleza de las mujeres circasianas del siglo XVIII que habitaban en las montañas del Cáucaso. El biólogo austriaco Johann Frederick Blumenbach ideó las aún familiares y poco científicas categorías raciales de caucasoide, mongoloide y negroide, y denominó a los caucásicos por la belleza de las mujeres circasianas, supuestamente las más bellas de todas, al tiempo que alegaba que las demás “razas” habían involucionado de la hermosa raza blanca.36
Semejantes ideas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX reforzaron la asunción del liderazgo mundial por parte de Europa, mientras esta se disculpaba por el colonialismo, pero obviamente ya no se sostienen debido a que se construyeron sobre el mito de la belleza femenina circasiana y a los hallazgos arqueológicos del siglo XX que ponen a África como la cuna de la evolución de una sola especie humana. Sin embargo, el mito mezclado con seudociencia todavía tiene un fuerte impulso en las sociedades multiculturales contemporáneas, al igual que la perdurable lección de que la belleza y la blancura equivalen a un estatus y poder potencial en las sociedades americanas aún familiarizadas con las pigmentocracias coloniales.37
En el nivel visual, el vestido y la moda son un medio para comunicar definiciones sociales e individuales de género, clase, etnia, ocupación, ubicación, poder y belleza. En general, entre las personas que tienen los medios materiales para hacerlo, las mujeres se han vestido para seducir, mientras que los hombres lo han hecho para indicar estatus. El dominio masculino sobre la libertad femenina en la esfera pública ha significado tradicionalmente que la belleza de una mujer constituye una importante mercancía para asegurarse un futuro. Las cambiantes nociones de la edad y las formas de las mujeres más bellas han influido en el énfasis del carácter seductor de la moda femenina. En un solo párrafo, Rachel Kemper concluye que los seres humanos harán todo lo posible por ser elegantes y hermosos:
Probablemente no haya nada, sin importar cuán doloroso o repulsivo sea, que haga que la humanidad renuncie a la búsqueda de la belleza; no hay traje, por incómodo o ridículo que sea, del que no se alardee con orgullo en nombre de la moda. La moda funciona y siempre ha funcionado como medio para satisfacer deseos. A lo largo de los siglos, las mujeres han deseado parecer jóvenes, de belleza deslumbrante e infinitamente deseables. Los hombres han buscado parecer viriles, distinguidos, ricos y superiores. En todos los países, climas y épocas, tanto los hombres como las mujeres han perseguido las esquivas metas del estatus y el reconocimiento, atributos que por lo general son prerrogativa de la riqueza y la posición social. Al seguir o, mejor aun, al imponer la moda actual, nos identificamos constantemente con el grupo social, el ideal, de nuestra elección. Todavía estamos muy convencidos de que la ropa hace al hombre. Tal vez intelectualmente seamos más sensatos; en lo emocional, seguimos siendo creyentes convencidos. Al brindarnos seguridad psicológica, la moda se convierte no solo en un lujo sino en una necesidad. De hecho, si la moda no existiera ya, deberíamos inventarla.38
El recato en el vestir refleja estándares sociales y religiosos e, irónicamente, contribuye al atractivo seductor de la moda. Los seres humanos somos una especie curiosa que a menudo se vale de la visión para satisfacer su curiosidad, sopesar lo que ve e imaginar lo que permanece oculto. Las mujeres y las modas tienden a ocultar o revelar la cara, los labios, los ojos, la boca, los senos, las caderas, las piernas, la cintura y las nalgas, según la sensibilidad cambiante de la moralidad, el pudor y la libertad personal. La sumamente recatada moda española del siglo XVI denotaba una sociedad de formalismos, orden, control y poder de élite. Las leyes suntuarias intentaron restringir el despliegue de riqueza que afluía a las Américas y a la vez buscaron limitar el ascenso de clase y casta desde abajo.
En 1571, Felipe II de España ordenó, como parte de las Leyes de Indias, que “ninguna negra libre o esclava, ni mulata, traiga oro, perlas ni seda”,39 lo que indica que le preocupaba que la gran riqueza y relativa libertad de las Américas desmoronaran los mecanismos de integridad y control aristocráticos de la sociedad colonial española. Las leyes suntuarias tuvieron que dictarse y reiterarse —lo que prueba su ineficacia— para cada clase y casta a lo largo del periodo colonial en América Latina, y las mujeres debían seguir los dictados que definía la casta de su esposo. Irónicamente, los intentos de España por controlar el vestido y legislar sobre el recato tendían a llamar la atención hacia la moda y los accesorios que ayudaban a una persona a destacarse sobre las demás.40
Varios factores hicieron de Francia la capital mundial de la moda durante la última mitad del siglo XVIII, posición que los diseñadores parisinos disfrutaron hasta después de la Primera Guerra Mundial. El impacto de un sector textil moderno e industrial en Europa, la mayor libertad comercial en las Américas y el alcance de las reformas borbónicas en España y sus colonias le ayudaron a Francia a surgir como líder del negocio. Aunque la moda definía los parámetros que habían heredado y practicaban un Estado y una sociedad jerárquicos, autoritarios y discriminatorios en las últimas etapas del colonialismo en Colombia, la Revolución Francesa le abrió el espacio a una expresión de libertad que presagiaba el movimiento de independencia contra la tradición y el colonialismo.
Después de 1795, la moderna túnica neoclásica de muselina pesaba cinco onzas (más o menos 140 g) y se escurría en agua justo antes de vestirla para que se adhiriera a un cuerpo libre de la carga de la ropa interior. La moralidad y los modales eran mucho más relajados, haciendo que los individuos y no las sociedades fueran los árbitros de la conducta personal. En la caótica década entre los primeros arrebatos independentistas de 1810 y la dramática victoria de Simón Bolívar en Boyacá en 1819, los realistas tendían a imitar la rancia moda monárquica, mientras que los partidarios de la república usaban las modas más ligeras y cortas inspiradas en el Directorio francés.41
La moda en Europa durante la primera mitad del siglo XIX mostró una serie de tendencias pasajeras, como suele suceder. Al furor francés por la transparente camisola de muselina le siguieron vestimentas mucho más pesadas y en capas durante la época romántica de la década de 1820 a 1850, que le daban cabida a un exotismo escapista que se inspiraba en telas o estilos tomados de Egipto, Persia e India. La moda inglesa, que tendía a rezagarse alrededor de cinco años respecto a las tendencias francesas, adoptó el estilo neoclásico griego en 1800, seguido por la tendencia inspirada en la India en la década de 1820 y, finalmente, se cubrió con el pesado armamento y las telas de la Inglaterra victoriana, marcándole la pauta a una sociedad menos turbulenta que la de Francia.42
La moda entre las élites de Colombia ciertamente recibió la influencia de las tendencias francesas e inglesas, aunque en la primera mitad del siglo XIX predominaron más los trajes regionales y surgió un “vestido nacional”. Las élites conocían las tendencias de París y Londres, y cosían en casa copias de los diseños que encontraban en ilustraciones; las modas francesas e inglesas competían por la atención de los colombianos según las últimas tendencias extranjeras. A diferencia de hoy, en aquella época las amigas cercanas trataban de vestirse exactamente igual para expresar mutuo afecto. Las pinturas bogotanas de la década de 1830 muestran pruebas del exótico estilo asiático popular en la época romántica, con mujeres de la élite sentadas con las piernas levantadas y cruzadas sobre los sofás, con turbantes alrededor de la cabeza, vestidas con pantalones de piel de jaguar y fumando delgados cigarrillos mientras disfrutan de una tarde llena de conversación y chismes.43 Sin embargo, las persistentes restricciones heredadas del periodo colonial se mantenían y la gente de las diferentes castas seguía muchas de las prohibiciones en la vestimenta a las que su color y clase la obligaban. El poder de la Iglesia contribuía a mantener una moda recatada, oscura y simple; por ejemplo, cuando reservaba solo al arzobispo el derecho a usar medias de colores.
La moda masculina también tendía a ser bastante oscura y apagada, pero la ropa deportiva, especialmente la indumentaria de caza y equitación, introdujo algunas novedades en las que las mujeres también se fijaron y algunas las comenzaron a seguir. Además, en las décadas de 1820 y 1830 se identifica la tendencia, ya encontrada anteriormente en Francia e Inglaterra, de que las mujeres de la élite vistieran de manera informal, especialmente cuando se aventuraban en la calle y en la esfera pública.44



